27 de junio de 2006

"El agotamiento de un Sistema"

Algunos de los apuntes ordenados por Mavrakis y publicados en su blog, más en forma de ensayo que de simple reseña, luego de una dedicada y atenta lectura de Los estantes vacíos:


“Pero por otro lado, sostener, durante ciento sesenta y ocho páginas, un estilo y un lenguaje apático involucra, sin dudas, algo del orden del oficio que requiere la literatura.”

“Y no hay pérdida de la realidad: hay indiferencia. Los personajes, por ejemplo, no tienen reloj; pero se la pasan averiguando la hora a razón de sus propias percepciones temporales.”

“Una oposición a la dialéctica del lenguaje mercantil, por lo menos. (…) La dialéctica discursiva del mercado se opone al lenguaje de una apatía sin dialéctica –y no al revés, que es lo importante– a lo largo de todo Los estantes vacíos.”

“Ignacio Molina prefiere decir antes que nombrar. O, en todo caso, prefiere no nombrar para decir.”


"El genio apático también como “estilo” en la construcción de una figura de autor. Quien hace circular la mirada por la página de un libro que –de nuevo– prefiere ni siquiera mostrar.”

“El libro de Ignacio Molina, al correr de la lectura, entrelaza y entrecruza los géneros (estamos realmente ante una serie de ¿cuentos? ¿nouvelles? ¿un proyecto de novela?)”

“El pasado, entonces, como dislocación del presente: un pretérito imperfecto capaz de agrietar la continuidad del presente. La tragedia apática de Los estantes vacíos.”

“Los diálogos entre los personajes –que se cruzan y conviven pero no siempre se conocen ni quieren dejarse conocer– se entrelazan abruptamente como si los uniera fraternalmente un mismo espacio urbano. La ciudad como gran relato que los incluyera a todos.”

“Tal vez todo Los estantes vacíos quiere representar, apatía mediante, el agotamiento de un Sistema. Es decir, la inutilidad de toda narración que presuponga enlaces ineludibles entre sujetos. Y quien quiere escapar del Sistema –quien fantasea– se cae.”


(El ensayo completo, acá)

23 de junio de 2006

La (di)versión de Entropía

"El viernes pasado se presentó Los estantes vacíos, el libro de cuentos de Ignacio Molina, en el bar Bartolomeo. Lamentablemente, lo que se auguraba una fiesta para toda la familia, trocó en un episodio negro, de consecuencias hasta ahora insondables . . .

(Sigue en Las Apostillas)

22 de junio de 2006

"Un escritor burbuja"

(Desgrabación del discurso espontáneo ofrecido por Federico Levín -en letras negras- y mis dos sobrinas, Mora y María -en letras rojas- la noche del viernes pasado -hay fotos ilustrativas, pero por el momento tengo problemas para subirlas)


Molina, como personaje de sí mismo, se acuerda de todas las palabras que componen sus cuentos. Y sus personajes son personas que están presionadas por su memoria, al punto de –como decía Mairal– recordar cada detalle de la última semana de sus vidas. Yo creo que Molina es un escritor verdaderamente . . . burbuja

Molina es un escritor verdaderamente burbuja, lo cual quiere decir que, en este ámbito tan popular, él está como aislado, en parte, y está separado del resto por una especie de . . .
nube

Lo que quiero decir es que los cuentos de Molina son particularmente . . .
lindos

Sus cuentos son lindos. Porque uno puede decir “tal libro es bueno, está bien escrito”, pero eso se dice de cualquiera. Porque, con tantos talleres literarios, hoy por hoy cualquiera . . .
escribe

Hoy por hoy cualquiera escribe, verdaderamente. Por eso es importante que alguien escriba, aparte de bien, y aparte de correctamente, aparte de que no se le escape ni una palabra de su registro, es importante que tenga aparte esa especie de . . .
libro

Que tenga esa especie de libro. Como yo le decía a Molina el otro día, que, si bien es común leer volúmenes de cuentos, la gente que dice “yo escribo tengo como cuarenta cuentos, así que si me querés publicar…”. No, no, esto es otra cosa: publicar un libro de cuentos. Un libro que tenga una idea, unas palabras, unos personajes en común, nada demasiado pretencioso. Es decir, no es pretencioso, es . . . fuego

Es fuego. Es la pasión por escribir, es el fuego interno de un escritor. No hay literatura posible sin fuego. Hay un montón de gente, incluso amigos de Molina, que dicen “mirá, te escribo unos cuentos…”. Y lo hacen bien, pero no se genera esa efervescencia en una presentación porque le falta ese fuego. Queremos decir, mi consciencia y yo, mi consciencia que está formada por dos niñas, que el libro de Molina es recomendable, por una sencilla razón que podría ser definida en una sola palabra, que es . . .
pelo

Por un pelo: o sea, no es “ehhhh, mucho mejor que los demás”. Sí, es mejor que los demás, pero por un pelo. Lo cual está bien, porque no quiere enrostrarle a los demás lo bien que escribe, sino que dice “yo con los mismos elementos, escribo unos cuentos que son verdaderamente” . . .
papel

Son papel. Tenemos que darnos cuenta de eso: estamos comprando y vendiendo papel. Y de hecho hay una persona, un amigo de la casa, llamado Funes, que tiene un libro que está todo forrado con partes de la revista Ñ, titulado Papel. Y Funes, que es amigo de Molina, es un tipo verdaderamente . . . p$%a@fg?Xg%

No se entendió nada. Pero es así, es la lucha de egos. De hecho yo iba a presentar hoy el libro de Molina, y Terranova vino y me dijo: “bueno Levín, hoy voy a presentar yo el libro, voy a decir unas palabras”. Son egos que se pelean, pero sin embargo yo debo decir que la presentación que hizo Terranova fue verdaderamente . . .
zapato

Bueno, ahora hay gente especializado, ya sea lecto-escritores, o . . . luz


O gente que tiene luz, gente de brillo, que quiere leer los cuentos de este libro, para que no sea todo bla, bla, bla. Así que, sin más prolegómenos, le doy la bienvenida a Funes, que va a leer “Brasil tiene esas cosas”, uno de los peores cuentos del libro –así que si les gusta éste, ni se imaginan lo que van a encontrar en el resto del libro–, y quiero felicitar a mi amigo Molina por la presentación de Los estantes vacíos y pedir nuevamente un aplauso para él.

20 de junio de 2006

Post-evento

El viernes se llevó a cabo, después de tantas idas y vueltas, la presentación de Los estantes vacíos. Agradezco públicamente a los editores de Entropía (Valeria y Gonzalo Castro, Sebastián Martínez Daniell y Juan Manuel Nadalini), a todos los que participaron desde el escenario (Pedro Mairal, Federico Levín, Juan Terranova, Magali Romero, Lucas “Funes” Oliveira, Mora Serrano y María Molina), a los que no conocía personalmente y se me presentaron, a los que no lo hicieron, y a todos y a cada uno de los que formaron el resto de la pequeña multitud que asistió. Fue una gran noche, incluso post-evento; lo lamento por todos los que habían confirmado su presencia y a último momento tuvieron cosas más importantes que hacer. Supongo que ya tendrán una nueva oportunidad. (Me tomé con mucha seriedad la propuesta que me hizo Romina Paula pasada la medianoche, antes de irse del bar: alentar la realización de una importante fiesta, una especie de presentación conjunta de los autores jóvenes de Entropía. Espero que pronto tengamos novedades al respecto)

16 de junio de 2006

Ahí estaremos

Quedan invitados. Allí estaré.

13 de junio de 2006

Pasetti

De los que elegíamos al fútbol para las horas de educación física, Pasetti era el más habilidoso. Hacía goles, jugaba y hacía jugar, y se enojaba con los que, como yo, no peleaban "a muerte" cada pelota. Era autodidacta; nunca había jugado en ningún club. Una mañana fue a probarse a las inferiores de Defensores de Belgrano, pero se lesionó en el segundo pique corto y nunca volvió a intentarlo.

Años más tarde, en el campo de sus suegros, el presidente de un club de Nueve de Julio, también invitado al asado, lo vio jugar un picado mientras se hacían la brasas y, durante la sobremesa, le propuso participar en la Liga semi amateur de la zona.

Pasetti estaba contento, había conseguido que le pagaran, además del sueldo básico de cuarenta pesos por partido, veinte por gol convertido y quince por cada punto ganado. Si bien su nombre no convocaba a multitudes y salía publicado en un solo diario, disfrutaba del aliento del público de su equipo y de los insultos de los hinchas rivales detrás del alambrado.

En el primer mes, ganó casi lo mismo que ganaba trabajando en el microcentro nueve horas por día. Los domingos llegaba temprano a Nueve de Julio, a media mañana entrenaba liviano con sus compañeros, al mediodía almorzaba en la casa del director técnico, y a la tardecita, luego del partido y con los músculos todavía sentidos, volvía en un Costera Criolla a Buenos Aires.

En la final de la Liga se juntaron casi mil quinientos espectadores. Era un domingo soleado, y la tierra de la cancha se veía más seca que en otras tardes. Por primera vez en su corta carrera Pasetti estaba nervioso. También por primera vez se había concentrado junto al resto del plantel; desde el viernes a la tarde estaba alojado en el campo de un dirigente. Su novia y parte de su familia le habían prometido que viajarían en auto a verlo, pero, diez minutos antes de la hora del partido, un teléfono sonó en la cantina del club.

9 de junio de 2006

5 de junio de 2006

Hitos

El nuevo teclado de la computadora es demasiado duro. Me dicen que hay que pegarle a las teclas hasta que se ablanden, pero yo creo que es al revés: que son los dedos los que, con el tiempo, se adaptan a las letras. Por eso, escribo preguntas y frases sin sentido para acostumbrarme. Por ejemplo: ¿cuántos hechos históricos puede vivir alguien en un fin de semana? En mí caso, más de uno: hice la mudanza, vi cómo se movía mi hijo dentro de la panza de su madre, dejé de ser un escritor inédito, y sentí el descenso de Olimpo a la B Nacional.

2 de junio de 2006

Cambio de fecha (y a vaciar los estantes)

Informo que, por razones ajenas a mí y a la editorial, debe posponerse la presentación de Los estantes vacíos anunciada para el viernes 9 de junio.
En cuanto se confirme la nueva fecha, postearé la invitación oficial.

Por otro lado: además de en las librerías de Palermo Viejo, el libro ya está en las de Avenida Corrientes: De la Mancha, Liberarte, Hernández, Zival's y Capítulo dos de Galerias Pacifico, y por estas horas sigue distribuyéndose en, al menos,
éstas librerías de Buenos Aires.

(Perdón por la autopublicidad, pero sería bueno que los libreros, al notar una venta considerable, lo dejen en las mesas de novedades la mayor cantidad de tiempo posible)