31 de agosto de 2006

Pre-parto III

Hace unas horas, cuando volví de cobrar un cheque en el Centro, Melina me recibió acostada en la cama. Acababa de volver de su visita al obstetra. Se acarició la panza y me pidió que me sentara a su lado.

–¿Qué pasa, son mellizos? –fue lo primero que se me ocurrió preguntarle, y ella se rió de mi cara de pánico.

El médico, después de medirle la dilatación, le había pedido que volviera a la casa, que descansara un poco, que saliera a caminar unas tres horas, y que volviera a la guardia para, en el mejor de los casos, quedarse internada.

Ahora son las tres y media, y, mientras espero a que ella vuelva de la caminata, escribo en el blog para no correr por las paredes. En un rato salimos los dos para el sanatorio, y ya veremos cuántos volvemos.

*

(Y aunque soy un poco ateo para esas cosas, no me queda otra que encomendarme al santo de hoy)

29 de agosto de 2006

En la otra punta de la mesa . . .

. . . hablaban de mí, y yo, mirando por la ventana, me hacía el que no escuchaba:

–Che, Molina piensa todo el tiempo . . . ¿no?
–¿Cómo?
–Eso, que se pasa todo el día pensando.
–No sé. Me parece que estás equivocada.
–¿Por?
–Para mí, parece que él piensa todo el tiempo, pero en realidad está registrando.
–¿Registrando?
–Claro, todo el tiempo. Y piensa sólo una vez por día … Se la pasa registrando, y después clasifica: "esto va para los cuentos", "esto para comentarle a tal", "esto para pensar antes de dormir", "esto para el blog".
–"Esto a la papelera", "esto para enseñarle a mi hijo" . . .
–Claro, algo así . . .
–Ahá, puede ser . . . Pero miralo ahora . . . parece como que estuviera pensando . . .

26 de agosto de 2006

Pre-parto II

No sé en qué consiste la depresión post-parto que sufren algunas mujeres. Pero sí sé que, sumada a otras sensaciones –expectativa, temor, ansiedad–, en las horas previas al primer parto se experimenta, al menos en mi caso, una intensa especie de nostalgia: la certeza de que ya nada, nunca más, volverá a ser como antes.

23 de agosto de 2006

Pre-parto

Hoy, 23 de agosto, es una de las fechas estimativas que nos dieron para el parto. Ese día, que parecía tan lejano a principios de año, cuando hicimos la primera consulta con el obstetra, finalmente llegó. El bolso con la ropa, las cosas del bebé y los papeles burocráticas para la internación ya está armado desde hace una semana. En estos días Melina tuvo algunos dolores, pero no concluyeron en nada. En el panel de corcho, arriba de la pantalla en la que escribo, hay enchinchado un papel con los números de teléfono a los que puedo llamar para que nos lleven al sanatorio. Sólo hay que esperar que empiecen las primeras contracciones fuertes o que se rompa la bolsa. Ojalá que el llanto de Fausto no me impida terminar el cuento largo que estoy escribiendo, y que pueda festejar conmigo en la final del Mundial.

18 de agosto de 2006

Mientras esa velocidad

Además de administrar este blog y de participar en esta editorial, de subir fotos como ésta a un fotoblox oculto, de obligarme a sacar su apellido de los links y a no publicar los apuntes que tomó para una reseña a Los estantes vacíos, Paula escribe poemas como "Cerveza" o como "Enero con Sara Gallardo" y cuentos como "La pelota, el carro y la planchita".

Los dejos con esa buena literatura hasta la semana que viene, cuando, tal vez, yo ya conozca la cara de mi hijo.

16 de agosto de 2006

Lecturas de un viaje

Durante su viaje por Salta, Humahuaca, Tilcara, Purmamarca, San Lorenzo, Cachi, Molinos, Cafayate, Tafí del Valle y San Miguel de Tucumán, Superloyds se hizo tiempo para leer de punta a punta Los estantes vacíos, y ahora transcribe en su blog un fragmento del cuento que le da título al libro.

14 de agosto de 2006

"Hay un estante vacío"

(publicado en el suplemento Radar Libros de Página/12 el 6 de agosto de 2006)

Primeros cuentos con personajes recurrentes y donde la desidia no equivale al aburrimiento juvenil.

Por Juan Pablo Bertazza

Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
188 páginas

Alguien dijo que lo más importante de una biblioteca son los espacios vacíos. Ignacio Molina, un joven bahiense blogger que ha realizado reseñas para algunos medios como la revista de crítica Los asesinos tímidos, tomó la idea para hacerla carne en lo que es su carta de presentación: un sobrio libro de cuentos. Y los quince relatos que vienen a llenar Los estantes vacíos se afilian muy claramente en esa tradición que inició Hemingway y que llevaron hasta su máxima expresión Cheever y Raymond Carver. En efecto, se podría jugar un poco y pensar que estas historias, que encuentran en el fútbol (ver el cuento “El opio de las masas”) una curiosa unidad, constituyen algo así como las variaciones argentas de dos cuentos de Carver que resumen, a su vez, los dos grandes procedimientos del autor norteamericano...

(La reseña completa, acá)

11 de agosto de 2006

Teórico

Anoche, en la mesa, Melina me preguntó si estaba listo para ser padre.
-¿Para el parto o para lo demás?
-Para todo lo que va a ir desencadenándose –me dijo, y yo bajé el volumen del televisor.

Esta mañana fuimos a la clase de “cuidados al bebé durante el primer mes”. Era la segunda clase “para papis” a la que iba. En la primera, el miércoles, nos habían mostrado diapositivas: entre otras, la cabeza peluda de un bebé saliendo por la entrepierna rasurada de su madre. La mujer que daba el curso contó que, en los últimos veinte años, había disminuido a un tercio el porcentaje de padres que se desmayan durante los partos.

Hoy había unas veinte chicas en estado avanzado de embarazo. Casi todas estaban acompañadas por su novios o maridos, y antes de la teórica habían tenido una clase práctica en la que habían aprendido a pujar. Cuando llegué estaban descalzas y recostadas sobre sus colchonetas. Melina me pidió que me sentara a su lado, que prestara atención, y, cuando la clase terminó (se tocaron los temas “cómo bañar al bebé”, “cómo limpiar el cordón”, “cómo dar la teta”, “cómo cambiar los pañales”), volvió a hacerme, con un tono bastante más serio, la misma pregunta que ayer.

9 de agosto de 2006

Los Mudos

8 de agosto de 2006

"El niño salvaje"

De un mail, con fábula incluida, de Ricardo Romero:


PD: No te preocupes, la literatura es lo único que a la larga nos permite seguir siendo irresponsables. Hay señores mayores que se visten con las ropas de sus mujeres a escondidas, otros que no lo hacen a escondidas, los hay que se compran autos y lo lustran todos los domingos y les hablan, otros trabajan sonrientes y después cuando se mueren nadie se acuerda de que sonreían. Nosotros escribimos porque cualquier gesto nos resulta inverosímil: somos señores mayores pero al mismo tiempo somos niños remotísimos... permítanme muchachos, una fabulita para explayarme (es mi vicio, qué le voy a hacer)...

Alguna vez, el más lejano de nuestros antepasados, un niño, vio ponerse al sol por primera vez, sin saber si esa luz volvería. El miedo debe haber sido algo grande y poderoso, todavía innominado. Los sonidos de su desesperación, que todavía no eran palabras, fueron invocación, llamado, ruego. Cuando por fin la noche pasó y la luz volvió a aparecer, es posible que él haya creído en el poder de sus rugidos. Y comenzó a rugir cuando tenía miedo, cuando deseaba, y diferenció un rugido de otro. Desde entonces, nuestra fe en la palabra no es sólo una elección espiritual, sino también física. Nuestro cuerpo cree en ella, la siente como un músculo más, una víscera que palpita en la profunda oscuridad de la naturaleza, invocando e inventando la luz que nos permite empezar a construir un hogar y una historia. Por fin, el niño salvaje, en pleno día, cerrará los ojos para encontrarse con la oscuridad y exclamar ese grito del cual, sin saberlo, se ha enamorado.

7 de agosto de 2006

Sin título



igna, molín, rouge

pedro, carola, sartén

cañuela, cordero: domingo *


Foto de Paula
*epígrafe original en cierto fotoblox

5 de agosto de 2006

Es así...

...cuando querés darte cuenta tenés treinta años.

4 de agosto de 2006

Un índice absoluto

Hoy, 4 de agosto, un día antes de mi cumpleaños, y a un año de haberlo encendido, El Remisero Absoluto apaga su motor. Estaciona, abre las puertas y deja, como postales del viaje, sus contenidos agrupados en un índice absoluto: poemas, relatos y demás secciones, que pueden encontrarse a un costado de su pantalla.

3 de agosto de 2006

Jornadas literarias

La semana que viene, cuando yo ya tenga treinta años y esté a menos de quince días de ser padre (¿cómo? ¿esas cosas no les pasaban a los grandes?) Buenos Aires será sede de dos imperdibles eventos literarios.

El martes 8 a las 20:30 hs. en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525) Editorial Tamarisco presentará sus dos primeros libros de narrativa: Toronto no, de Leonel Livchits, y Hojas de Tamarisco, antología de cuentos de Hernán Vanoli, Félix Bruzzone, Sonia Budassi, Violeta Gorodischer. Los organizadores prometen brindis, música en vivo y lectura de textos.

Y el miércoles 9, también a las 20:30 pero en El Tano de Arriba (Díaz Vélez 4492, esquina Río de Janeiro) se llevará a cabo la jornada inaugural de Los Mudos, ciclo de lecturas organizado por Lucas “Funes” Oliveira. Habrá personalidades, música en vivo, grandes atracciones, y el Quinteto de la Muerte (ejército literario irregular que integro con Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Federico Levín y el mismo Funes) leerá fragmentos de su obras éditas o inéditas. Quedan todos invitados.


1 de agosto de 2006

Villa del Parque I

A las nueve de la noche del sábado estoy parado en una es­quina de Villa del Parque, esperando que el semáforo me dé luz para cruzar. Hace quince minutos, to­da­vía con los ojos ce­rrados, Manuela me dijo que tenía ham­bre y yo le pregunté si tenía ganas de comer una pizza.

Detrás mío hay dos chicos adolescentes, que se pasan de pique una pelota de básquet y hablan sobre un jugador de su misma cate­goría.

–Pero no es ningún gil, eh. Yo sé lo que te digo. En el fondo es bastante . . .

–Seguro. Muy en el fondo será así, pero se hace el pelotudo . . .

Yo los escucho con la mirada fija en el asfalto.

–Cuidado, ey, che, el bondi, cuidado –me grita uno de ellos.

Retrocedo dos metros y pasa un colectivo cerca de nosotros, con las ruedas de un lado sobre la franja blanca en la que estuve parado yo. Mien­tras lo vemos alejarse a toda velocidad, el se­máforo cambia de luz y caminamos hacia la vereda de enfrente.