30 de junio de 2008

Este viernes

4 de julio, 21 hs.
Centro Cultural Abasto,
en Gallo y Humahuaca - Abasto

El Quinteto de la Muerte
(la fiesta de la narrativa)
Presenta:

“Una noche levinesca”


starring

Federico Levín (como Levín)
Ignacio Molina (como Levín)
Lucas “Funes” Oliveira
(como Levín)
Leonardo Oyola (como Levín)
y Ricardo Romero (como Levín)

Musicaliza y da sentido
a todo este despropósito: Facundo Gorostiza

Hablada en leviniano
Apta todo público
(a los pacoquis se les permite asistir acompañados por sus padres)

26 de junio de 2008

Entrevista con Pablo Trapero (1)

Hace ya varias semanas, cuando todavía era un periodista formal, fui a una función de prensa de Leonera, la excelente película de Pablo Trapero. Con un par de críticos nos metimos en una sala de un laboratorio cinematográfico de zona norte, y un par de veces tuve que hacer un esfuerzo para que no se me notara la emoción. Esa misma tarde hablé por teléfono con Trapero, que todavía estaba en Cannes, y a los tres días lo entrevisté en su productora de Palermo Viejo. Esta es la versión que salió publicada, y más abajo copio algunas partes del crudo (o semi crudo) de la desgrabación. Habrá una segunda entrega.


...Había ido varias veces al festival de Cannes, pero ir a la competencia, más allá de la alfombra y de la exposición que tiene, fue otro mundo. Fue muy linda la recepción, muy emotiva. Lo lindo es que tiene una sala enorme, de 2500 butacas, y cuando terminó la peli hubo aplausos y gente llorando. Fue muy emocionante, porque generalmente el público del cine no es tan demostrativo, y si una peli no le gusta la matan. Por eso no me esperaba una reacción emotiva.
La película se pasó el primer día de la competencia, y después, en vez de un día, como teníamos pautado, hicimos cuatro días con entrevistas de prensa. Algo que fue caótico pero también buenísimo para la película...

...Producir es muy lindo, desde la producción se definen muchas cosas de una película, desde el formato hasta el tipo de equipos que vas a usar. Me gusta estar siempre cerca de la película. Hacer cine no es sólo escribir y dirigir, también es aprender de tecnología, de sistemas de edición, de posibilidades. Yo entiendo al cine como una cosa global. En cada escena hay cosas que decidir, no sólo el texto y el mundo interior de lo que estás contando, también todo lo que lo rodea...

...Dirigir es entender la historia que querés contar, y a cada una de las personas con las que vas trabajando. En la película actúan presas, chicas que actuaban por primera vez, chicas con experiencia, personal del servicio penitenciario, ex presas. Pensá que Santoro es una estrella de Hollywood y Ragendorfer es un periodista de policiales, a mí me gusta esa mezcla, porque siento que enriquece mucho las escenas...

...Hacer una película no es sólo el momento en que filmás: es la vida cotidiana del equipo y la mía. Es enriquecedor trabajar con gente variada, aprender experiencias de gente que tiene vidas distintas. Las chicas y chicos presos compartieron un universo nuevo para ellos, y fue una manera de devolverle algo a la gente que nos había contado sus historias antes, darle un espacio y un lugar de esparcimiento, sacarlos de su cotidianidad. Esa es una de las particularidades que tiene el cine. La película terminada es una cosa, pero todo lo previo es la vida de lo que hacemos la película, y eso enriquece mucho nuestra vida antes de la película terminada. A mí me gusta esa idea de que el cine no sólo sea la escena o la película, sino que mientras se va haciendo hay muchas vidas que se van modificando o entrelazando. En un rodaje pasa de todo: se arman noviazgos, se pelea gente, se hacen amistades. Yo me conocí con Martina trabajando. Estábamos terminando Mundo Grúa y preparando un largometraje, y nos conocimos ahí. El cine es una actividad muy intensa, puramente emocional, porque estás contando tus sentimientos, tus miedos, tus fantasías, y casi toda la gente que labura en cine tiene esa sensibilidad, esa curiosidad por la comunicación, por conocer gente, historias nuevas. Entonces por un lado va eso que es la vida de todos los días, y por otro lado va el resultado, que es la película...
...A mí me gusta meterme en historias que me van a hacer conocer mundos nuevos, o que van a hacer pensar y generar debates. Cada una de estas historias va dejándote un universo afectivo y emocional muy fuerte. Como cuando te metés en el mundo de la bonaerense, o en las cárceles. No sólo es el hecho concreto de la película como un evento cultural o artístico, sino que todo ese proceso todas nuestras vidas se van modificando y teniendo contacto con realidades muy diferentes...

...Yo siempre tuve muchas imágenes sobre la cárcel, sobre esa falta de libertad. Es muy difícil la vida en un lugar así. Y es más difícil cuando la mayoría de la gente que está en prisión está sin condena, en proceso de prisión preventiva. Porque mucha gente que conocimos está por intento de robo de una bicicleta o algo así, y está hace cuatro años esperando el juicio. La vida de esa persona se modificó para siempre. Y quizás un día le dan una condena de un año. Hay casos de criminales, pero la mayoría de la gente que puebla las cárceles son los “perejiles”, los que cayeron medio de boludos, y eso es muy fuerte, ver cómo muchas vidas se modifican tan violentamente y no necesariamente con un sentido de justicia.
Se sabe que la injusticia genera injusticia, pero fue muy fuerte verlo de esa manera. Y un descalabro social tan grande que hace que las divisiones sociales sean tan enormes, no hace más que generar más injusticia. Vivirlo durante tanto tiempo tan de cerca fue algo muy movilizador para mí, y a medida que me iba involucrando con la investigación y la escritura deseaba que la película pudiera servir como algo más que para ir a Cannes o adonde sea. Con Martina éramos conscientes de que teníamos la oportunidad no sólo de contar una historia sino de abrir un debate sobre una realidad de la que no se hablaba mucho. El intercambio que hubo con los presos, que además cobraron por su laburo, fue muy fuerte. Pasaron cosas como que chicas que estaban en una unidad, al trasladarse por la película, pidieron quedarse en esa unidad...

...A todos nos puede pasar caer presos. Y eso está claro en la película, no fue casual. El universo de Julia es muy diferente al de las demás internas, y ella se incorpora a ese mundo, donde no es tan habitual ver a una chica de clase media, de otra formación, y que por algún motivo tiene que estar ahí.
Y a ella la cárcel la va transformando. Porque, como siempre se dice, la cárcel no regenera sino todo lo contrario: es como una escuela de futuros delincuentes. Y Julia tuvo que aprender rápido, por una cuestión de supervivencia. Y a pesar de que hay una imagen de que la cárcel es todo el tiempo hostilidad, también hay vínculos afectivos y solidarios, surgidos de la necesidad de generar una esperanza todos los días para salir adelante. Hay realidades muy contrastadas, de gente que perdió las esperanzas y se deja estar y de otros que todo el tiempo tratan de buscar algo para renovar el compromiso de despertarse al día siguiente. Todas esas son cosas que no pasan desapercibidas cuando estás cerca. Cada vez que íbamos a filmar a la cárcel nos quedábamos con la cabeza dando vueltas. Espero que la película ayude para que algo pase...

24 de junio de 2008

Podría ser peor

Tener a tu hijo con fiebre, mocos y tos.
Perder un empleo.
Engriparte.
Que te dé un ataque al hígado.
Irte al descenso directo.

20 de junio de 2008

Criminales

Sigan desabasteciendo y caceroleando, nomás. Son re buena onda.

19 de junio de 2008

18 de junio de 2008

Gustavo Ferreyra dixit

(...)
No quisiera que mis más o menos cómodos ideales intelectuales (una sociedad sin clases, etc.) me libre del compromiso efectivo que hoy la realidad pone delante de mis narices.
Ante esto creo que es más noble equivocarse poniendo el cuerpo y asumiendo el compromiso de actuar, que lamentarse simplemente de que la historia no responda a lo que determina nuestras impotentes cabecitas.
(...)

(vía Tomas Hotel)
La mirada no debería estar puesta en los que, ejerciendo un derecho democrático, muestran sus utensilios de cocina en Cabildo y Cacerolazo soñando con derrocar a un gobierno. La mirada debería estar en las quince cuadras y los trece pesos que la señora que cuida a mi hijo tuvo que gastar para conseguir un cuarto de kilo de pan y una botella de aceite para dejarle a su familia antes de venir a mi casa.
–Yo no sé qué es lo que quiere esta gente –me dijo cuando llegó.

17 de junio de 2008

Cabildo y Cacerolazo

Calamaro decía esta frase en el 2001
(cuando parece que el contexto era otro)
y yo recién ahora la estoy aceptando:
“Cuidado con los vecinos de Cabildo y Cacerolazo;
son los primeros en llamar al patrullero”.

Parece que fue ayer

Entre la noche de ayer y la madrugada de hoy se cumplieron ya dos años de, entre otras cosas, esto y esto. Días después yo daba la versión oficial, y los editores de Entropía daban la suya -bastante reñida con la realidad.

Hoy, cuando casi ningún libro de doscientas páginas baja de los 35 o 40 mangos, Los estantes… sigue vendiéndose a sólo 21 pesitos en las librerías. Habría que agotar la edición antes de que algún eslabón de la cadena de comercialización se dé cuenta del despropósito.




12 de junio de 2008

Escribirá el Felipe Pigna del siglo XXII:

“(...) Y aún seguía funcionando el no-te-metás. Mientras el Partido Agrario desabastecía a la población con el objetivo de derrocar al gobierno nacional y popular e implementar la denominada “tercera década infame”, ciertos jóvenes intelectuales de la época miraban para otro lado (...)”

11 de junio de 2008

Recursos Humanos

Despliego la cuenta del teléfono frente a la ventanilla del Pago Fácil, pero el policía parado junto a la puerta del kiosco me frena con señas.
–Tenés un retraso de diez o quince minutos –me dice.
“No, de ocho o nueve años”, estoy a punto de responderle, pero enseguida me doy cuenta de lo que habla: en segunda fila estacionó un camión de caudales, y los empleados de la empresa se disponen a llevarse la recaudación del negocio.

Una vez, hace siete u ocho años, yo trabajé en esa empresa. Las oficinas centrales quedaban en una zona oscura y elevada de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo. Mi tarea consistía en contar la plata que los camiones traían de los comercios y de los Bancos. Encerrados en cabinas individuales de dos por dos y paredes transparentes, los empleados recibían los fajos de billetes y las monedas en grandes sacos y consignaban las cifras que arrojaban las cuentas en una computadora. No podían hablar entre ellos, y, para alejar las manos de la mesa de trabajo, debían mirar a la cámara que colgaba del techo de la cabina y avisar en voz alta, por ejemplo, “voy a toser” o “me voy a rascar un tobillo”. Las seis jornadas semanales eran de nueve horas diarias, de diez de la noche a seis de la manaña, y el sueldo era de 450 pesos.
-Claro que con el presentismo aumenta a 475 –nos había dicho sonriendo la encargada de Recursos Humanos, una rubia de unos veinticinco años, a los empleados que empezaban a trabajar la misma noche que yo, una mujer mayor de cuarenta y un hombre de alrededor de cincuenta.

Cuando escribo que una vez trabajé en ese lugar, es literal: esa primera madrugada, mientras empezaba a dolerme la cabeza y desde el 64 que me devolvería a Belgrano miraba los fondos de la Casa Rosada, pensé que ese trabajo no era para mí. O, mejor dicho, que ese trabajo no era para nadie pero que yo podía darme el lujo de renunciar. Al llegar a mi casa, y aunque no tenía hambre, rompí el ayuno y diluí tres aspirinas en un café con leche. Después vomité, bajé las persianas y esperé a que se hicieran las diez para llamar a la encargada de Recursos Humanos.
–A ese centro clandestino de trabajo no voy más –le informé intentando sonreír, y ella me dijo que esa misma tarde podría pasar a buscar la plata que me correspondía por las nueve horas de servicios prestados. Yo le agradecí y me quedé a oscuras, en la cama, hasta el anochecer. Creo que ese día empezaron mis migrañas.

9 de junio de 2008

Marulanda

El domingo en la plaza
mi hijo llena un balde con arena
y se lo pone de sombrero a una mamá.
Mejor dicho se lo pone de casco,
pienso en voz baja y me escondo
tras las páginas centrales del diario,
ojeo política, deportes, internacionales,
siento el repique de una murga
y me parece escuchar a una nena
decir que al cachorrito de su mascota

lo va a bautizar Marulanda.

Lector crítico y atento

Lucas dijo...

Hola Ignacio.Compré tu libro hará algún tiempo y lo fui leyendo de a poquito hasta este momento que terminé el último relato. Como obviamente no tengo tu mail te hago un comentario por acá, y después te alabo el libro.

a-Comentario: en la página 184, el cuento es Ejército de Salvación. Hay un diálogo, me estoy fijando, que no cierra. Hablan acerca de dónde estaban durante un recital, y usan de referencia la ubicación de los músicos en el escenario. El tema es que no los llaman por el nombre. Me parece que le saca "realidad" ese detalle, es muy pelotudo de mi parte, pero, pensá, si vamos a ver un recital, ponele, a la renga, yo no te voy a decir que estaba del lado del cantante, te voy a decir "estaba ahí nomás del chizzo", por ejemplo. Queda medio grasa, no sé, son las 7 am, y es un detallecito.

b- si te digo esto, si solamente leyéndolo con lupa pedorra encuentro esta boludez, es que el libro tiene que ser excelente, y lo es, y me pone contento haberlo leído y me gustó mucho. Así que felicitaciones chabón, y no sé si tenés alguna otra cosa escrita pero me gustaría leerla.

Nada más. Sepa disculpar. Mis saludos.

4:39 AM

8 de junio de 2008

5 de junio de 2008

Capitana

4 de junio de 2008

Luctuoso episodio

Esto pasó hoy en el subte, y más o menos así fue relatado a través un teléfono celular por un agente de la policía:

Señor comisario, le relato sucintamente los hechos: un individuo fuera de sus cabales, aparentemente discapacitado, supuestamente drogado, estaba realizando su viaje en la formación del subterráneo, tomado del pasamanos, cuando imprevistamente y sin ningún motivo aparente comenzó a amedrentar con palabras ofensivas al resto del pasaje, haciendo especial hincapié en los sujetos femeninos de mediana edad en particular y en las damas en general. Los epítetos iban en aumento, tanto en su cantidad como en su capacidad insultante, por lo que en la estación Facultad de Medicina un sujeto masculino del pasaje dio aviso a un agente de la policía federal, o sea a mí, que en ese momento cumplía con su labor asignada cerca de la ventanilla expendedora. Por ese motivo me apresto a dejar mi lugar de trabajo para ascender a la formación del tren, y al pretender que el susodicho hombre drogado cese con su provocaciones y sus palabras soeces recibo de este energúmeno un fuerte golpe de puño cerrado en la zona de mi quijada. Es entonces que un pasajero de importante tamaño me ayuda en la tarea y logramos reducir al susodicho. No obstante lo cual, cuando estábamos por hacerlo bajar en la siguiente estación, esta persona, de unos treinta años de edad y, repito, fuera de sus cabales, procedió a golpear con el hemisferio central de su cráneo el material de una de las puertas del vagón, produciendo una rotura en dicho material, además de una herida punzo cortante en la piel que recubre su cráneo. Cuando la puerta del vagón se abrió en la estación denominada Catedral, y con la ayuda de un agente que ya había sido avisado por nuestro sistema de telecomunicaciones, pudimos reducir al supuesto malviviente, quien gracias a la providencia fue el único sujeto que salió herido del lamentable episodio. En este mismo momento me dirijo con un testigo del hecho a realizar la correspondiente denuncia a la comisaría. El sujeto que provocó el luctuoso suceso esta siendo derivado por el personal pertinente al establecimiento sanitario más cercano, donde recibirá las curaciones necesarias. Así se sucedieron los hechos, señor comisario.

Clausuraron el Pacha

¿Qué pasó?

¿Qué se puede hacer?

2 de junio de 2008

Papeles viejos (pastillas que encienden el fuego)

10-2

Soy un asador bastante mediocre. Cuando puedo, me ayudo con esas pastillas de no sé qué material que venden en algunos lugares. En el super de Ostende, después de comprar carne, chorizos y bebidas, le pregunto al cajero en voz baja, con un poco de vergüenza:

–¿No tenés esas pastillas que encienden el fuego?

–No, flaco . . . –me dice él con una media sonrisa, tras un par de segundos de silencio, y yo pago y recibo el vuelto con la cabeza gacha, sin saber cómo explicarle que no le pedí pastillas de viagra.