30 de octubre de 2013

"Un realismo anómalo"


“Un realismo anómalo”, por Federico Levín

(Fragmentos de la presentación de Los puentes magnéticos en el CC Matienzo)

–Hay diferentes tipos de realismo. Existe el realismo estadístico, que es lo que se llama vulgarmente “realismo” –que es lo que no hace Molina–, y existe lo que yo llamo realismo anómalo –que es el que hace Molina–, que utiliza elementos realistas y una ética de trabajo con el verosímil realista pero que, dentro de la realidad, elige escribir lo anómalo.

–Cuando leí Los puentes magnéticos, esta novela de Ignacio Molina, pensé en vincularla con la escritura de Mario Levrero. A mí me generó eso, porque este realismo de Molina profundiza tanto en la anomalía de lectura de la realidad de sus personajes que logra, dentro de un relato estructurado de manera más o menos convencional, hacer pasar un cuento fantástico por debajo casi sin que se note. Esta novela es el cuento de un personaje que va armando un relato casi épico de un duelo. Es el trabajo épico sobre la construcción de un duelo, narrado por Camila, un personaje que se va moviendo entre un montón de estímulos externos, en parte porque no encuentra excusa para decir que no a lo que le van proponiendo. Ese es el formato en que se desencadena la acción en la novela. Hay más o menos siete u ocho veces, en los momentos decisivos, en que lo que Camila hace lo que hace porque no encuentra una excusa para rechazar esa invitación. Momentos en que ella, al mismo tiempo que cuenta lo que hace –que sería lo que hace cualquier narrador al narrar– aprovecha esta primera persona para contar, en vez de lo que está haciendo, lo que está dejando de hacer. Y en esa construcción de mundos posibles que hay tanto en la ciencia ficción como en textos que habremos escrito nosotros (como cuando escribí Igor y como cuando Romero escribió los cuentos de Tantas noches como sean necesarias) existe la lectura constante de lo que está pasando puesta en juego con una lectura paralela de qué habría pasado si se hubiera tomado otra decisión.

–En Molina hay un formato permanente de escritura fantástica que se estructura a través de una supuesta escritura realista que, por profundizar en las anomalías de la psiquis humana al leer la realidad que lo rodea, termina derivando en un relato que tal vez contado en tres pasos sería inverosímil. Y esta novela de Molina incorpora un montón de pequeños relatos con picos de intensidad con hitos narrativos muy distantes entre sí, muchas historias que tienen vaivenes muy pronunciados. Y en ese sentido, es un relato muy distinto a los de Los estantes vacíos, su primer libro de cuentos, donde el casi no vaivén era lo que estructuraba las historias que él decidía contar.

–Las anomalías de los personajes de Molina son las anomalías que podemos reconocer todos en nosotros mismos y a las que no les prestamos atención. Creo que descubrirlas es una de las experiencias más potentes al leer esta novela. Acá la ruptura de lo habitual no genera una ruptura con la identificación: uno puede identificarse con el personaje aun cuando lo que está pasando sea demasiado raro. Y Molina lo logra. ¿Cómo lo logra?: a través de sus anomalías. Su anomalía, como persona, como escritor, es una anomalía con el lenguaje que linda con lo sagrado. En sus formas de tomar ciertas decisiones, Molina es absolutamente intransigente. Al punto que, si uno lo conoce, puede ir imaginando, al leer su novela, en qué momento se detuvo y tuvo una discusión interna y se abrieron ciertas posibilidades narrativas.

–Quiero festejar le encuentro de Molina con la editorial Entropía. Porque hay un punto en donde están hechos el uno para el otro; hay una forma de trabajar en las decisiones del palabra por palabra con un entusiasmo que para otros sería inentendible… La musicalidad de las narraciones de Molina, que pone comas antes de decir que hacen algo no tanto por un motivo sino por el otro (uno no sabe por qué los personajes están imaginando que tienen que hacer esas comparaciones) es fantástica. Es una forma de escribir pero también es una forma de ver la realidad. Y al pensar en esas decisiones de cómo y dónde poner las comas, o por qué poner, por ejemplo, risotto en cursiva o cedé argentinizado, yo puedo imaginar claramente una madrugada de lluvia, en algún sótano de Colegiales, con Molina y sus editores reunidos, peleando por comas y por palabras gritando enfervorizados “¡no, no entendés lo que estoy diciendo, ahí tiene que ir una coma!”. Las imagino como esas reuniones de superhéroes que se juntan en un sótano y tienen que tomar decisiones muy importantes para la humanidad. Imagino la anomalía de nuestro amigo Molina con la anomalía de nuestra querida editorial Entropía fusionándose ahí, donde esa pequeña decisión de una palabra, sostenida en el tiempo, genera en la posterior lectura una suerte de hipnosis. Yo no sabría decir bien hacia qué lado van Molina y Entropía, pero van siempre para un mismo lado, que es como una especie de sofisticación del lenguaje, como una exageración. Intentan hacer algo tan sofisticado con el lenguaje, intentan darle tanta atención a cada punto y a cada palabra, que eso, al texto, lo vuelve épico.

–Hay una idea instalada en la literatura que indica que está mal ser un escritor para escritores. Para mí Molina es un escritor para escritores. Y dado que a cualquier concurso de novelas llegan al menos dos mil novelas, ser un escritor para escritores es ser un escritor popular, mucho más que ser un escritor para lectores que no escriben. En este caso, Molina debe su popularidad, su incipiente popularidad, a que es un escritor que acepta ser un escritor para escritores y no tiene ninguna concesión en ese aspecto. No lo camufla por ningún lado, no lo disimula.

–En Los puentes magnéticos Molina va decidiendo cada palabra hasta que llega un punto cumbre, que es cuando Camila se cae de una escalera y se golpea la mano y entonces, como le duele, tiene que usar el tenedor con la izquierda. Entonces yo pensé en algo que sé que vamos a discutir en algún sótano de superhéroes. Yo leí que el personaje tiene que comer usando el tenedor con la mano izquierda y pensé que si bien yo como con el tenedor en la derecha (porque hago algo raro que es que cuando me siento a comer en un lugar donde están los cubiertos puestos los invierto, una anomalía mía que doy por natural porque se convirtió en un tic, en una configuración de mi sistema nervioso) pero que Molina le deja esa anomalía al personaje de comer con los cubiertos cambiados, y cuando ella se golpea nombra como anómalo el hecho de comer con los cubiertos de manera correcta, que es usar el tenedor con la izquierda, que es como lo usan casi todas las personas, que usan el cuchillo en la derecha porque consideran que más que de precisión es un elemento de fuerza, que es el problema que tienen las personas en occidente que consideran eso cuando en realidad es al revés.

–Dentro de este universo de anomalías, Molina, al dejar de lado su propio mundo de neurosis obsesiva, elige escribir desde un personaje que es casi opuesto a él (no voy a decir que cualquier mujer es opuesta a un hombre, en el sentido de que es lo contario, pero sí que está en el lado opuesto). Y ella, Camila, se vincula con amantes, con amantes más jóvenes y más grandes, y con un padre y con un padre posible y con la falta de un padre y con otros potenciales padres. Y en todo ese recorrido Molina se pone en el lugar de lo que para este personaje femenino es lo otro. Entonces ahí sí está haciendo una operación de posición, y al lograr eso, al animarse a eso (porque yo me preguntaba qué valor tiene en el mundo que un escritor varón narre desde una mujer, qué le agrega, si los hombres sabemos sólo un cinco por cuento de lo que le puede pasar a una mujer) le suma el valor de esa apuesta, la apuesta de alguien que trasciende su neurosis obsesiva como autor inventando un personaje opuesto a sí. Y ahí, cuando se quiebra esa retención de la propia anomalía y se da lugar al universo de la anomalía ajena, empieza la aventura. Porque Los puentes magnéticos es, para mí, una novela de aventuras…


–Los invito a leer Los puentes magnéticos y también a hacer el siguiente juego: no leer todo el índice con los títulos de los capítulos, sólo leer los cuatro o cinco primeros y tratar de entender cuál es el sistema que se usó para elegir los títulos y después jugar a leerlo a ver si uno adivina cuál es el título, muy particular, que le puso el autor a cada capítulo... Así que tienen que comprar el libro, leerlo y después pasar todo el verano jugando a eso con sus amigos. 

22 de octubre de 2013

Entrevista

Silvina Friera me entrevistó por Los puentes magnéticos para el suplemento Cultura y Espectáculos de Página/12.
Se puede leer clickeando sobre estas líneas.





9 de octubre de 2013

Hoy


11 de septiembre de 2013

Los puentes magnéticos

Ya salió. Y se consigue en librerías.

5 de septiembre de 2013

Taller de escritura, de octubre a diciembre

La dinámica:
 -Escritura y lectura de textos propios; corrección, comentarios y debate grupal
-Recomendaciones y análisis de cuentos y relatos de otros autores
-Dos horas semanales (o hasta dos horas y media, de ser necesario)

Duración:
 -Tres meses (de octubre a diciembre)

Los objetivos:
 -Experimentar el placer que genera la escritura; intercambiar textos, ideas, conceptos y sensaciones acerca de la literatura propia y ajena; leer y escribir en busca de motivaciones para seguir leyendo y escribiendo

El horario:
 -Jueves de 19:30 a 21:30 hs.

La zona:
 -Palermo Viejo-Colegiales

La tarifa:
 -$300 por mes

El contacto:
 ignaciomolina22@gmail.com
(o mensaje privado de FB)

El coordinador:
 Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó los libros de relatos Los estantes vacíos (Entropía, 2006) y En los márgenes (17Grises, 2011), los libros de poemas Viajemos en subte a China (Pánico el Pánico, 2009) y El idioma que usan todos (PeP, 2012) y las novelas Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010) y Los puentes magnéticos (Entropía, 2013), además de cuentos en diversas revistas y antologías. Como periodista ha colaborado en diferentes medios gráficos  y publicado el libro Tribus Urbanas (Kier, 2009).

16 de agosto de 2013

23 de junio de 2013

Taller de escritura de los sábados, a partir de agosto.

La dinámica:

-Escritura y lectura de textos propios; corrección, comentarios y debate grupal
-Recomendaciones y análisis de cuentos y relatos de otros autores

-Dos horas semanales (o hasta dos horas y media, de ser necesario)

Los objetivos:

-Experimentar el placer que genera la escritura; intercambiar textos, ideas, conceptos y sensaciones acerca de la literatura propia y ajena; leer y escribir en busca de motivaciones para seguir leyendo y escribiendo

El horario:

-Sábados de 11 a 13 hs.

La zona:

-Palermo Viejo-Colegiales

La tarifa:

-$300 por mes

El contacto:

ignaciomolina22@gmail.com
(o mensaje privado de FB)

El coordinador:

Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó los libros de relatos Los estantes vacíos (Entropía, 2006) y En los márgenes (17Grises, 2011), los libros de poemas Viajemos en subte a China (Pánico el Pánico, 2009) y El idioma que usan todos (PeP, 2012) y la novela Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010), además de cuentos en diversas revistas y antologías. Como periodista ha colaborado en diferentes medios gráficos  y publicado el libro Tribus Urbanas (Kier, 2009). Mantiene el blog Unidad Funcional. Este año publicará la novela Los puentes magnéticos.

20 de junio de 2013

Hoy, en el mini Carrefour, la cajera metió mis compras en una bolsa y apoyó la bolsa en un libro muy grueso que había quedado olvidado sobre el mostrador. Mientras pagaba miré el lomo: era un voluminoso ejemplar de La montaña mágica de Thomas Mann. En cuatro o cinco segundos imaginé a su dueño llegando a su casa, dejando la bolsa en la cocina, sacándose el abrigo y dándose cuenta, con amargura, de que le faltaba el libro. En los siguientes cuatro o cinco segundos imaginé a la cajera agarrando el libro, metiéndolo en su cartera, googleando el precio en su casa y poniéndolo en venta en Mercado Libre. Y en los cuatro o cinco segundos posteriores me imaginé a mí mismo llevándome el libro medio escondido debajo de la bolsa, llegando a mi casa y, rojo por la culpa y la vergüenza, poniéndolo en el estante más bajo de la biblioteca. Al final, cuando terminó de darme el vuelto, le dije a la cajera “esto se lo olvidó alguien, ¿no?”. Ella miró el libro con un gesto raro, como si nunca hubiese visto un libro en su vida, me dijo “es probable” y lo guardó debajo del mostrador. Cuando salí a la vereda y caminé veinte metros, vi venir en el sentido contrario a un tipo de mi edad, medio apurado y con una bolsa del Carrefour en cada mano. “Te olvidaste el libro”, le dije, adivinando quién era, “te lo guardaron abajo del mostrador”, y él sonrió como quien encuentra plata en la calle o como quien ve acercarse a su colectivo, tras media hora de espera, a las tres de la mañana de una noche de invierno.

11 de marzo de 2013

Taller de escritura 2013


La dinámica:

-Escritura y lectura de textos propios; corrección, comentarios y debate grupal
-Recomendaciones y análisis de cuentos y relatos de otros autores

-Dos horas semanales (o dos horas y media, de ser necesario)

Los objetivos:

-Experimentar el placer que genera la escritura; intercambiar textos, ideas, conceptos y sensaciones acerca de la literatura propia y ajena; leer y escribir en busca de motivaciones para seguir leyendo y escribiendo

El horario:

-Martes de 19:30 a 21:30 hs.

La zona:

-Palermo Viejo-Colegiales

La tarifa:

-$300 por mes

El contacto:

ignaciomolina22@gmail.com
(o mensaje privado de FB)

El coordinador:

Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó los libros de relatos Los estantes vacíos (Entropía, 2006) y En los márgenes (17Grises, 2011), los libros de poemas Viajemos en subte a China (Pánico el Pánico, 2009) y El idioma que usan todos (PeP, 2012) y la novela Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010), además de cuentos en diversas revistas y antologías. Como periodista ha colaborado en diferentes medios gráficos  y publicado el libro Tribus Urbanas (Kier, 2009). Mantiene el blog Unidad Funcional. Este año publicará la novela Los puentes magnéticos.

30 de enero de 2013

No sé si esto es lo más lindo que escribí en mi vida,

pero seguro es lo que escribí con más amor:
(Para leer, clickear en la imagen)

1 de enero de 2013

El ocaso del 2012


El último crepúsculo del año desde mi ventana.

19 de diciembre de 2012

Anoche fui a comer con dos amigos y el señor de la caja hizo mal la adición: nos cobró unos treinta o cuarenta pesos menos de lo que habíamos consumido. Creo que los tres notamos algo raro al ver la cuenta pero recién hablamos de eso después de salir del local y caminar media cuadra. Ahí nos paramos para charlar al respecto: alguno con cargo de conciencia decía que volviéramos y pagáramos lo correcto; otro decía que no daba, que ya fue, que en definitiva nosotros éramos trabajadores y el restaurante era una empresa, que no le iba a pasar nada por cobrar una cerveza o unos pesos menos. Entonces un policía que había estado comiendo un pastel de papa en la mesa de al lado salió del bar y nos gritó imperativo: “ey, flaco, vení”. Hubo un segundo de nerviosismo hasta que agregó con tono más amable: “te olvidaste el bolsito”. Uno de los tres se había dejado un bolso sobre una silla y fue apurado a buscarlo. Más tarde soñé esto: yo estaba en el bar y cuando recibíamos la cuenta aparecía otro comensal, un flaco que en la realidad vi una sola vez en mi vida, en una fiesta de casamiento, pero que en la ficción del sueño era un ex amigo que ahora me odiaba por algún motivo indefinido, y le decía al mozo que mi intención era irme sin pagar y después me metía una mano en los bolsillos y empezaba a sacar billetes arrugados que iba alisando y desparramando sobre la mesa, como en las requisas policiales a los ladrones o narcotraficantes. Después aparecía el policía que estaba comiendo el pastel de papas y con el mismo tono con que había gritado desde la esquina me decía “ey, flaco”, y trataba de asfixiarme metiéndome la cabeza dentro del bolso que había quedado olvidado sobre el respaldo de una silla.

7 de diciembre de 2012

En las redes sociales, al igual que en los medios, suelen crearse realidades paralelas. Trabajo a una cuadra del shopping Dot. Ayer, cuando empezó a correr la noticia de que había “saqueos en el Dot”, entré a Twitter y vi que decenas y decenas ya estaban tirando sus versiones de los hechos como si estuvieran en el lugar. Y muchos, muchísimos de ellos, parecían encantados con la posibilidad de que
esa fuera la primera chispa que desatara un incendio de saqueos a lo largo y ancho de la ciudad y el conurbano. Algunos, incluso, citaban supuestos textuales de los saqueadores: “nos morimos de hambre, la asignación universal no alcanza, venimos a llevarnos todo…”, y cosas por el estilo. Un rato más tarde, en la parada del 28 sobre la General Paz, pude charlar bajo la lluvia con algunos empleados del Dot que, como yo, esperaban el colectivo. La versión que contaban, como testigos directos, no incluía hordas hambrientas ni saqueos en masa. La situación fue otra. Cada vez que caen cinco gotas, las calles internas y las casas de Villa Mitre (un barrio de casas precarias que ocupa unas cinco manzanas y cuyo borde más cercano a la General Paz está ubicado a unos cien metros de terreno en declive del Dot) se inundan en veinte minutos. Esto se debe, dicen los vecinos, al sistema de desagüe del shopping que desagota directamente hacia el barrio. Por eso ayer a la tarde, cansados de la situación, unos treinta decidieron hacer una manifestación en las puertas del shopping. Y cuando algunos quisieron entrar para hablar con las autoridades, los guardias de seguridad intentaron cerrar las puertas y eso provocó empujones y forcejeos. Eso derivó en que los encargados de muchos locales, asustados “por los negros que entraban”, cerraran sus negocios. Y eso generó que algunos empleados y clientes empezaran a los gritos y las corridas. Y si de parte de los vecinos hubo roturas en un puesto del supermercado del shopping, fue debido a esa histeria y a la impotencia generada por su situación y no a un plan de saqueo general o robo en masa. Esos fueron los hechos. En el resto del día no hubo saqueos en otros lugares ni estado de sitio en todo el país. Lo lamento por aquellos (como el opinólogo de derecha Esteban Schmidt, que había twiteado: “el gobierno opera a cuatro manos para minimizar los saqueos en el Dot…”) a los que les hubiera gustado que este incidente vecinal se transformara en una gran revuelta popular decembrista que desestabilizara al gobierno-populista-mafioso. Lo lamento por ellos: no hubo balas, ni sangre, ni muertos, ni helicópteros.

2 de noviembre de 2012

Micro excursiones

Respondí el cuestionario de Escrituras Indie.
Para leerlo, clickear acá.



5 de octubre de 2012

Hoy, en la calle, una chica me preguntó, con lágrimas en los ojos, si no había visto una billetera negra tirada por ahí. Había bajado del tren, como yo, y en algún punto de esas tres cuadras había perdido la mitad del sueldo recién cobrado, además de documentos y fotos de sus sobrinos. Yo le dije que se tranquilizara y, mientras volvíamos para el lado de la estación concentrados en el suelo, vimos
cómo otra chica venía corriendo, le preguntaba "¿vos sos Micaela?" y, ante la respuesta afirmativa, sacaba de su cartera la billetera negra. Le explicó que desde una cuadra más allá había visto la billetera junto al cordón, que había visto desde ahí nuestros gestos de búsqueda y que se había fijado el nombre en el documento. Micaela le agradeció con un abrazo espontáneo y más lágrimas en los ojos. Después me saludaron y se fueron caminando juntas, charlando, como si fueran amigas. Yo volví pensando en escribir esto a la noche y diciéndome que me habría gustado que me invitaran a festejar.

16 de septiembre de 2012

A veces me pasan cosas que podrían pasar en los relatos que escribo. Hoy fui a Eterna Cadencia y me hicieron conversar frente a una cámara con un escritor chileno que hacía de librero por un día. Después, al confirmar que yo era yo, el chico que había hecho de sonidista me contó algo. Hace ya varios años, junto a su novia de entonces, iba a ver al Quinteto de la Muerte. En esa época también compraron y leyeron juntos Los estantes vacíos. Esas salidas nocturnas y esa lectura, pequeños hitos de la relación, forman parte de una etapa de sus vidas que ambos recuerdan con mucha calidez. Después se fueron de viaje y al volver descubrieron que el Quinteto no existía más. Al poco tiempo, también ellos se separaron. Ahora, años más tarde, están intentando reconciliarse. Ayer, en la librería, él vio un ejemplar de Los modos de ganarse la vida y, recordando aquella época dorada, lo compró para regalárselo a ella. Anoche se lo llevó a la casa. Después buscó Los estantes vacíos en la biblioteca y lo metió en su mochila. “Lo compramos juntos”, dijo cuando ella amagó con no prestárselo. Entonces hoy, tras contarme esto y decirme que le parecían muy locas todas esas casualidades, sacó ese ejemplar histórico, me lo mostró y me preguntó si podía firmarlo. Yo estuve un rato pensando la dedicatoria hasta que se me ocurrió: 

“Para Elena y Sebastián. Porque los estantes nunca llegaron a estar vacíos.”

Mis libros hablan, más que nada, de separaciones, de amores rotos y de estantes vacíos; sin embargo, a veces, pueden servir para unir cuerpos, bibliotecas y corazones. Ojalá que éste sea el caso.

12 de septiembre de 2012

Hoy sonó el teléfono de mi casa:
-Hola.
-Hola, ¿podría hablar con Leandro?
-No, acá no vive ningún Leandro.
-Ah, tengo ese número en una agenda vieja. ¿Seguro que ahí no vive ningún Leandro?
-Seguro. Puede ser un ex dueño o ex inquilino. Pero ahora no vive ningún Leandro.
-Ah, bueno, ¿le podrías preguntar a tu papá o a tu mamá si ahí antes vivió algún Leandro?
-¿¿A mi mamá o a mi papá?? ¡¡¡Yo soy el padre de la casa!!!

3 de septiembre de 2012

Nueve preguntas

(...) ¿Nos mandás una foto de tu lugar de trabajo?
Ahora, además de escribir literatura, el trabajo que más disfruto es el taller de escritura que estoy dando en mi casa. Lo hacemos alrededor de estas dos mesas que aparecen en la foto. A la mesa de plástico verde la compré en el sector jardinería del Easy de Palermo. Mientras la cargaba caminando hasta mi casa se desató una tormenta descomunal y juro que yo, que más temprano había leído algunos de los cuestionarios de esta sección, mojándome hasta las rodillas pensaba: “si el taller se pone bueno y después me hacen ese cuestionario me voy a acordar de este momento y voy a responder que uno de mis lugares de trabajo preferidos es esta mesa que ahora estoy cargando mientras me mojo hasta las rodillas”. Recién en las últimas dos cuadras me di cuenta de que podría usar la mesa a modo de paraguas, pero ya no tenía mucho sentido. Por suerte el taller se puso muy bueno y ahora, cada martes, disfruto leyendo, escuchando y hablando sobre literatura e intentando enseñar, por ejemplo, que cualquier hecho, como el de cargar una mesa quince cuadras una tarde lluviosa, puede servir como material narrativo. (...)
 
(Respondí las 9 preguntas del sitio de Eterna Cadencia, y pueden leerse clickeando acá)

11 de agosto de 2012


estoy en la "selección de escritores sub 40"

10 de agosto de 2012

Si hace un par de horas, al salir del trabajo, no hubiera decidido caminar hasta la estación en vez de tomar el 76, si no hubiera descarrilado un tren cerca de Retiro un par de días atrás, si ese accidente no hubiera provocado un cambio en la frecuencia del Mitre, si ese cambio no me hubiera hecho decidir tomar el 161, si la máquina del primer 161 al que subí hubiera aceptado mi moneda de dos pesos, si la máquina del segundo 161 al que subí no hubiera aceptado esa moneda, si diez cuadras más adelante nadie hubiera llamado al celular de una mujer que estaba por cruzar esa esquina de Vicente López, si esa mujer no hubiera atendido o no se hubiera mandado a cruzar la calle hablando distraída y mirando hacia cualquier lado, entonces yo no habría sentido el impacto, ni el frenazo, ni los gritos, ni los cuerpos viniéndoseme encima, ni el caño vertical contra mi cabeza, ni habría visto el parabrisas estallado, ni los golpes de impotencia del colectivero contra el volante, ni habría oído a una chica repetir como un mantra “cruzó sin mirar cruzó sin mirar”, ni habría visto el charco de sangre en el asfalto, ni habría bajado a ver el cuerpo inmóvil y despatarrado de la mujer, ni le habría hecho caso al vecino que me pedía nervioso que llamara a una ambulancia, ni habría vuelto al colectivo a palmear el hombro del tipo que tres minutos antes me había dicho de mala gana que sí aceptaba monedas de dos pesos y que ahora llorando desconsolado me decía “pibe, creéme, treinta y cinco años que manejo esto y nunca había atropellado ni a un perro”.

30 de julio de 2012

23 de julio de 2012

Remeras rockeras

Escribí, para ArteZeta, sobre mis remeras rockeras.

25 de junio de 2012

Taller de escritura


La dinámica:

-Escritura y lectura de textos propios; corrección, comentarios y debate grupal
-Recomendaciones y análisis de cuentos y relatos de otros autores

-Grupo reducido
-Dos horas semanales

Los objetivos:

-Experimentar el placer de la escritura; intercambiar textos, ideas, conceptos y sensaciones acerca de la literatura propia y ajena; leer y escribir en busca de motivaciones para seguir leyendo y escribiendo

El horario:

-Martes de 19:30 a 21:30 hs.

La zona:

-Palermo Viejo-Colegiales

La tarifa:

-$200 por mes

El contacto:


El coordinador:

Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó los libros de relatos Los estantes vacíos (Entropía, 2006) y En los márgenes (17Grises, 2011), los libros de poemas Viajemos en subte a China (Pánico el Pánico, 2009) y El idioma que usan todos (PeP, 2012) y la novela Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010), además de cuentos en diversas revistas y antologías. Como periodista ha colaborado en diferentes medios gráficos y publicado el libro Tribus Urbanas (Kier, 2009). Mantiene el blog Unidad Funcional. Tiene inédita la novela Los puentes magnéticos.

20 de junio de 2012

Esta noche


("Ignacion Molina" es un apócope de "Ignacio Nacho Molina")

12 de junio de 2012

Brick

La semana pasada fui a ver Brick, la obra de teatro escrita y dirigida por Camila Fabbri y protagonizada por Mario Sala, Bruno Campos y Julián Infantino. Y como volví a mi casa con muchas ganas de recomendarla, y, al mismo tiempo, me parecía que la obra se merecía algo más que un simple “¡andá a verla, no te la pierdas!”, decidí, aprovechando este blog, hacerle una entrevista a Camila sobre el germen de Brick y algunas otras cosas que fueran surgiendo. El resultado se puede leer acá abajo:
(Brick se da los viernes a las 22 hs. en Granate Espacio Teatral, Álvarez Thomas 1529. Reservas al 4551-8068)

-Brick cuenta algunos días en la vida de tres hombres, tres obreros (Jaime, Javier y Toni), que se conocen cuando se presentan a trabajar en una obra, en un lugar alejado de la ciudad, pero lo que terminan construyendo, más que un edificio, es una relación entre ellos, una relación, podría decirse, con tintes eróticos o amorosos. ¿Cómo surgió la idea de la obra?

-La idea de la obra surgió, de verdad, cuando pasé un día caminando por una obra en construcción y se habían olvidado el portón abierto. Las obras en construcción se particularizan por tener siempre los portones cerrados, cosa que uno tenga que adivinar qué pasa adentro. Bueno, justo este día me pasó todo lo contrario: pasé por ahí y puerta abierta. Vi todo. Era muy extraño, y encima, además...sonaba un bolero que salía de una radio. Ahí se armó un mundo.

-¿Y en ese momento salió la historia? ¿O sólo la idea del escenario para contar una historia?

-Fue la primera imagen. A partir de ahí vinieron miles de otras... Lo importante es llegar a la primera. Que no es una idea, es una imagen. Y eso es mucho más poderoso a veces.

-Claro, es una sensación. ¿Y cómo fue el proceso de la escritura?

-La escribí en el 2009. Hice taller-clínica con Romina Paula, y mis compañeros del taller en ese entones. Y la terminé de escribir ese año. Y después empecé a hacerla circular. Me mataba la ansiedad.

-¿Mientras la escribías ya sabías que la ibas a dirigir? ¿Ibas proyectando esa posibilidad?

-Sí. No me imaginé nunca que otro agarrase el material y lo dirigiera. Un egoísmo tremendo respecto a eso. Pero creo que defiendo la idea de que el autor debería dirigir sus materiales siempre que pueda.

-¿Pero tenías idea ya de dirección? ¿O eran sólo ansias?

-Tenía algunas ideas respecto a la puesta, a las formas de los actores, el espacio. Y además el texto ya de por si tenía un orden. No tenía mucha idea de dirección y fue mi primera experiencia. Llena de ansiedad, sí. Como las primeras veces de las primeras cosas.

-Supongo que mientras uno escribe una obra tiene una idea en la cabeza de cómo se verá finalmente, cuando se ponga en escena. ¿Esa imagen que tenías es muy similar al resultado final? ¿O fue sufriendo muchas modificaciones?

-No realmente. Es difícil saberlo. En el momento de escribir hay muchas imágenes que son más cinematográficas, o de sueño, pero que no serán así en la puesta. Hay algo más ideal en el proceso de escritura. Después eso baja, y una vez que están los cuerpos de los actores (en este caso estos tres tipos) todo se va contagiando un poco de eso también. Y la cosa se pone más seria, o incluso un poco menos ingenua que esa idea tan sensible...o frágil, que surgía en la escritura.

-Claro. Y hablando de "estos tres tipos", contame cómo fue meterte en la piel de esas personas de otro sexo que el tuyo y de otras generaciones (uno tiene 22, como vos, pero los otros son un treintañero y un cincuentón). Contame lo que quieras sobre la creación de esos personajes.

-Con los personajes fue muy divertido el trabajo. Quizás fue una de las cosas más divertidas de todo el proceso. Les hice ver materiales de algunos actores en particular, a cada uno de ellos. Mario Sala, el más grande, que hace de Jaime en la obra, tuvo que ver toda la producción actoral de Clint Eastwood. Para mí, Mario el actor, tiene algo de Clint...y algo de esa energía tenía que tener el personaje. Después Toni Claudio, vio muchos capítulos de Six Feet Under. Quería que observase mucho al personaje que hace Michael C. Hall (David Fisher), que es un tipo homosexual, no estereotipado, y extremadamente sensible. David Fisher podría haber besado paredes en Six Feet Under, igual que Toni de Brick. Por último Julián, que hace le personaje de Javier, el más pequeño de los tres. Para mí el en su naturaleza tiene una belleza "galanera" y al mismo tiempo, tiene algo muy infantil. De nene que no creció todavía, que está en proceso. Esas dos ideas conviven en la imagen de Lolita, de Vladimir Nabokov. Julián vio las dos películas de Lolita que se hicieron y también consumió mucho Marlon Brando...de joven...para entusiasmarse con su personaje. Cuando estrenamos por primera vez, le regalé a cada uno un portarretratos con la foto de cada actor-personaje que habían estado observando. Un portarretratos con David Fisher, otro con Marlon Brando y otro con Clint.

-Hace poco me dijiste o te escuché decir que los actores te decían que dirigiéndolos eras "severa", o algo así. ¿Sos severa?

-Ja. No soy severa, pero me dicen que me hago escuchar. Y que si es necesario, me peleo. No sé, yo todavía no me percibo así. Habrá que hacerles caso. Igualmente son tres tipos en contra mío. Qué puedo decir…

-Antes hablabas de la pared. Una gran pared de ladrillos con la que Toni tiene una relación especial. Algo que me llamó la atención cuando vi la obra es que esa pared es una pared del teatro donde se da. Es decir, no es escenografía. ¿Esto fue casualidad?

-Tuvimos suerte de encontrar una pared de ladrillo. Aunque si no hubiese sido de ladrillo, la obra podía funcionar igual. Lo importante era más que nada ese erotismo con la pared.

-Hablando de ese erotismo, y de la relación entre los personajes, algo que me gustó de la obra es cómo está resuelto el paso del tiempo. Hay (al menos así lo vi yo) muchas elipsis. Pareciera que no se cuenta todo explícitamente, que hay espacios que el espectador tendría que llenar. Esto tal vez tenga que ver de alguna manera con que ellos, los tres, deben tomar una medicación que evita que pierdan la memoria…

-Sí, ellos toman una medicación para no oxidarse. Un antioxidante que funciona para la mala memoria. Se olvidan de que son hombres, de alguna manera. O dejan de lado lo rígido de la masculinidad del obrero, que está visto que debe ser así. Al mismo tiempo, no quería tratar tanto el tema de la mediación. Pensé que era interesante fuera una particularidad en común de los tres y nada más. Una recontra casualidad puesta completamente a propósito ahí.

-Decime qué le dirías a la gente para que vaya a ver Brick si vos no fueras la autora ni directora.

-Les diría que vayan a ver un rato a tres galancetes y a escuchar unos buenos boleros y canciones de Sandro, de Violeta Rivas, de Roberto Carlos. Además de miles de cosas más que se me irían ocurriendo...

-Una última pregunta: ¿qué hacés durante la obra? ¿podés disfrutar ese momento o estás un poco tensa?

-Estoy muy tensa siempre. Nunca es un momento demasiado grato. Uno hace estas cosas para sufrir. Dulcemente. Pero para sufrir igual.

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7 de junio de 2012

Tips para escritores

I- Cuando te pongas a escribir, nunca pienses "me estoy poniendo a escribir"; hacelo como al pasar, como si le estuvieras escribiendo un mail a un amigo, sin presionarte ni obligarte a nada.
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II-
 Si tenés muchas ganas de escribir pero no sabés qué ni cómo, hacé lo siguiente: preguntate qué cuento o relato que todavía no está compuesto te gustaría leer, pensá en qué situaciones y/o personajes debería tener ese texto, imaginalo durante un rato y ponete a escribirlo.

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III- Cuando estés escribiendo, no te detengas a pensar en tu “estilo” ni en nada parecido. El estilo no es algo que se pueda premeditar; es, más bien, una derivación del fluir de tu escritura. Y si reflexionás demasiado sobre ella mientras la ejercés, la escritura no fluye.
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IV- No abuses de lo autobiográfico o autorreferencial. No todo lo que te pasa a vos es, por el solo hecho de que te pase a vos, interesante o digno de contar. No te quedes encerrado en tu mundito. Comparado con lo vasto del universo tu mundo es pequeñísimo, y justamente una de las virtudes de la literatura es que te permite ampliar y expandir los márgenes de la mirada sin otros recursos que el pensamiento y la imaginación.


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11 de mayo de 2012

Carlos, desde México, parece que flasheó con unos textos míos que leyó en Internet y entonces, a través de una amiga suya que vino a Buenos Aires, compró un ejemplar de cada uno de mis libros y me regaló esta hermosa botella de tequila. ¡Gracias Carlos, te pasaste!

8 de mayo de 2012

"Las infinitas expropiaciones del amor"

Por Esteban Dipaola
(Texto leído en la presentación de mi libro El idioma que usan todos, editado por Pánico el Pánico, en La Usina)


Uno podría decir, en referencia a este libro de poemas de Ignacio Molina, simplemente: el amor en los tiempos K. Sin embargo, es mucho más que eso. Se trata de un muy buen libro de poesía, de poemas que no tienen como tema u objetivo al amor, sino que componen una historia de amor. Una historia de amor de estos tiempos: el amor en la era del fútbol para todos, el amor en la era del proyecto nacional, en la era de google, de las redes sociales y del chat. En la era de los planes, en el múltiple sentido que podemos dar a esa palabra. El poema que abre la serie de El idioma que usan todos dice:

Con vos quiero planear
hacer planes y volar


Es un poema síntesis, incluso me animo a arriesgar una afirmación contundente, como me gustan a mí, que diga que podríamos leer ese poema y no leer nada más. Claro que haciendo algo así nos perderíamos un montón de cosas. Y ahora estoy hablando de política, que es también una forma del amor: una política de lectura. ¿Cómo leer un libro? ¿Cómo leer un libro de poesía? ¿Cómo leer un libro de poemas de amor? ¿Cómo leer un libro de poemas de amor en los tiempos K?.. Bueno, planeando: quiero decir, haciendo planes y volando.

Sería muy fácil acusar a Ignacio Molina y arriesgar chicanas poco sutiles al estilo “poesía K”, “poesía seisieteochesca”, emitir ideas del estilo: “se vino la poesía para todos y todas”. Todo eso es muy fácil, pero quienes realizaran algo así, carecerían de una política de lectura (serían como la oposición, básicamente), es decir, no harían planes ni volarían. Sabemos, por la vida y por los poemas, que el amor está lleno de contradicciones y de congojas. Y en ese plan me parece a mí que habría que leer el libro de Molina: es un libro de poemas sobre el amor, que compone una historia de amor en los tiempos de la política. En ese contexto deberíamos apreciar también el título del libro: no es el idioma que hablan todos, es el idioma que usan todos. Ahí nos enfrentamos a un lugar de la praxis que es profundamente político: ¿cómo usar un idioma? El uso del idioma es plenamente político, y en ese sentido en este libro de Molina hay una composición de la historia, porque hay una praxis, hay un trabajo con la palabra, con el contexto de enunciación. Es decir, se va construyendo poema a poema una historia de amor que atraviesa las formas políticas de una era que es ésta, la presente.

Entonces, de lo que se trata en esa praxis es de la evocación. Con más precisión, se trata de cómo evocar una época, en donde además de las vicisitudes políticas nos hemos enamorado, hemos compartido, nos separamos, desenamoramos, en fin, usamos un idioma… que usan todos.

Hay un poema que marca el libro en este sentido preciso: se titula “Los domingos felices”:


Si un día vuelve la derecha
(o nuestro amor llega a su fin)
lo que más voy a extrañar
son los domingos felices
que pasamos en tu cama
con las persianas bajas
la luz verde en la pantalla
del televisor casi inaudible
y los gritos emocionados
de los hombres del barrio
por el fútbol para todos.


Más allá de esa exquisita referencia al “fútbol para todos” como ya parte ineludible de la felicidad popular de cualquier domingo juntos (mucho más si juega Estudiantes). El comienzo de este poema me llama la atención: “Si un día vuelve la derecha / (o nuestro amor llega a su fin)”, quiero aclarar, además, que ese “o nuestro amor llega a su fin” está entre paréntesis. Quiero decir, hay una justeza… o una justicia (no me animo a decir social) en esas palabras, que convierten al amor en una metáfora política y a la política en un acto de amor: pues tanto en el regreso de la derecha como en la inexorable conclusión de un amor, hallamos el fin de la felicidad. Eso es parte de la evocación que refiero: podemos decir que estos poemas de Molina, en tanto este libro es mucho más que el amor en los tiempos K, son experiencias de lenguaje o experiencias de un idioma que usan todos, que evocan a ese amor ausente –y eso es un acto profundamente político–, pero esa evocación no es a una figura particular, al ser amado podríamos decir recurriendo a horrendas retóricas clásicas, sino que es una evocación sellada por los objetos, las experiencias, las vitalidades, los lenguajes que mencionan y recuerdan ese amor. Es decir, una evocación sellada por los fantasmas, que en buena parte es el idioma que usamos todos. Recurriendo a metáforas políticas: “un fantasma recorre Europa” dijo alguien que yo leo mucho –y según La Nación y Clarín también lo lee mucho Kicillof–, y un fantasma recorre este libro –y quizás, por qué no, este ambiente hoy, acá entre nosotros–, y es el fantasma de haber perdido un idioma, un uso, un código en común. 

Una historia de amor, bien la representan estos poemas, es, entre otras cosas, compartir el uso de un idioma común y singular a partir de aprehenderlo en un código propio. Dice el poema que le da título al libro:

Volvamos por favor
aunque sea por un instante
a nuestro lenguaje anterior:

(ahora que para comunicarnos
usamos el idioma que usan todos
se me hace imposible mirarte)


Para mí en este poema es donde se encuentra la franja de dislocación del relato que componen estos poemas. Ingresamos en una nueva dimensión temporal: ahora ya no compartimos el código con el otro. Si una comunidad se conforma en el uso de un idioma, esa pequeña comunidad del amor compone en ese uso común su propia concepción de la utilidad, y cuando ese código se rompe nos hallamos otra vez en la comunidad total, en el idioma que usamos todos. Digamos, además, que los versos finales de este poema también se hallan entre paréntesis.

Entonces, “El idioma que usan todos” es un libro de trayectos, es decir, compone una narrativa o un plan desde su comienzo, nos evoca el principio del amor y su desenlace. Nos obliga a una política, a una política de lectura, pero también de la otra, esa que nos obliga a embarrarnos un poco, la política de las tragedias, podríamos decir. Pero además este libro de la editorial Pánico el pánico, nos involucra con un idioma que usamos todos: esto es, nos mete de lleno en la praxis, y la praxis es el uso tanto como el amor.
Así, uno podría decir simplemente: bien, este es un libro de pomas sobre el amor. Pero claramente estaríamos siendo injustos porque es mucho más que eso. Es un libro de poemas sobre la práctica concreta del amor, sobre sus contradicciones y sus congojas, sus posibles e imposibles. Para ser bien actuales y apropiadores de la coyuntura: entre otras cosas, el libro de Molina es un libro sobre las infinitas expropiaciones del amor. Porque seamos sinceros, en cuestiones de amor, todos hemos expropiado alguna vez y hemos sido expropiados otras tantas. Y eso es parte del idioma que usamos todos.