31 de mayo de 2007

Papeles viejos

De un cuaderno de 1999:

(...)
En la esquina de Uruguay y Corrientes, mientras espero a que cambie la luz del semáforo, escucho al viejo que está a mi lado hablar por celular. Calculo que tiene unos setenta años y habla con tono dubitativo. "Esperame un poco, estoy en una cola larguísima . . . No sé a qué hora llego, depende de cuándo me atiendan acá", dice moviendo la cara en ese sentido, como si la persona con la que habla lo estuviera mirando. Enseguida lo pierdo de vista, entre toda la gente que cruza, pero en la vereda de enfrente lo reencuentro. Camino a su lado y lo veo pararse a mirar las carteleras del cine sin dejar de hablar. "Nooo, papá, lo del sábado se suspende al final", dice ahora. "¿No te comentó nada Alfredo? . . . Parece que Bochatón se enfermó y cancelaron la fecha . . . Después Alfred me tiró la idea de hacer un festi punk", explica, y aunque no puedo creer lo que dice y me gustaría seguir escuchando, sigo caminando para no llegar tarde a la oficina. En el ascensor leo una frase escrita con birome . . .
(...)

29 de mayo de 2007

Bahía, blanca

Sólo dos veces vi nevar en Bahía Blanca o la zona. La última fue en una mañana de invierno de 1991. Estaba en medio de una clase de geografía cuando, al ver cómo las gotas que caían junto a las palmeras del patio empezaban a emblanquecerse y a hacerse cada vez más pesadas, salí gritando del aula junto a todos mis compañeros. La primera vez, varios años antes, volvíamos con mi familia de Sierra de la Ventana. Cuando el asfalto se puso completamente blanco, mi papá decidió estacionar a un costado de la ruta. Mis hermanos y yo, también a los gritos, bajamos apurados para revolcarnos sobre esa superficie que no conocíamos. Después hicimos una guerra de bolas y construimos un muñeco gigante sobre el baúl.
Ayer volvió a nevar después de tantos años. Supongo que mis sobrinos, al levantarse de la cama, mirar por la ventana y ver todo blanco, también se habrán puesto a gritar.

A You Tube subieron, entre otros, estos dos videos de la jornada de ayer. El primero está filmado en Palihue, una zona residencial, y el segundo –al que, en un alarde poético, le agregaron música clásica– muestra los fondos de una casa de algún barrio de la ciudad.




23 de mayo de 2007

Parrilla al carbón (algunos a esto lo llaman poesía)

La otra noche estuvimos
con dos poetas de los noventa
aunque no sé si eran "de los noventa"
eran en todo caso dos tipos
de alrededor de cuarenta
que escriben poesía
cuando están inspirados.

Nos llamaban "los narradores"
y hablaban con gravedad
de palabras, de orillas lejanas
y de la omnipresencia del yo
en la articulación del lenguaje.
Pretendían saber qué pasaba,
si habíamos leído a Onetti
porque "no se puede escribir
sin haber leído esas páginas"
con el gesto ampuloso
con que un adolescente cuenta
"estoy leyendo a Cortázar".

En la mesa había una mujer
que de joven creía
que con
dos amigos de su edad,
o de su misma ciudad,
entraría en el canon.
Para eso había escrito
operado y hablado
en las últimas décadas,
ese había sido
su proyecto vital
encaminado al fracaso.

Pusieron más de cinco billetes
tras las tiras y el vino
pero como no estaban acostumbrados
a gastar "tanta plata
en narradores de ahora"
me preguntaron si les mandaría
algunos cuentos por mail.

Y bueno, le dije a mi amigo
ya en la vereda,
"comidas para llevar, ñoquis con tuco,
ambiente familiar, parrilla al carbón":
algunos a eso
lo llaman poesía.

16 de mayo de 2007

14 de mayo de 2007

"Melodrama" en Mil Mamuts

En el número actual de Mil Mamuts –revista trimestral de cuento latinoamericano dirigida por Alejandro Larre– se puede leer un relato mío, inédito y bastante largo –de unas diez o quince páginas de libro– titulado "Melodrama".

También hay cuentos de Fabián Casas y Elsa Drucaroff, un dossier sobre la chilena Alejandra Costamagna, y muchas cosas más.

La revista se consigue en estos puntos de venta, y, más allá de la inclusión de mi cuento, es muy recomendable.

11 de mayo de 2007

Mi barrio

Anoche, mientras escribía en silencio, escuché el ruido de un helicóptero. Pensé en mirarlo desde el balcón pero la persiana ya estaba baja. Esta mañana, mientras le daba la mamadera a mi hijo, vi la noticia por televisión: había habido un intento de robo, con tiroteo y policías heridos, a la vuelta de mi casa.

Un móvil transmitía en vivo desde el lugar de los hechos. A través de la cámara el barrio se veía diferente al que yo podía ver desde la ventana, como si fuera un recorte amplificado de lo que es en realidad. Hasta los detalles más familiares se veían distorsionados. Supongo que la sensación es parecida a la que uno tiene al ver ciertas fotos, escuchar su propia voz grabada o mirar filmaciones en las que aparece: ese que está ahí vengo a ser yo, piensa uno en esos casos, pero no se parece en nada a la idea que tengo de mí.

En cuanto al aborto del robo hubo versiones encontradas: el hombre que había sido encañonado dijo que una vecina había llamado a la policía, y, por otro lado, el comisario afirmó que un "móvil que patrullaba el lugar" había visto movimientos sospechosos "frente a la finca" y había "actuado con rápida prontitud". Cuando el conductor del noticiero se refirió al barrio como "Palermo Hollywood" tuve que cambiar de canal, un poco indignado, y al ver la noticia por Crónica TV el humor me cambió: firme junto al pueblo, este movilero no sólo no hacía mención a ese término ridículo, sino que a esta zona de la ciudad la llamaba "Colegiales".

(Y hablando de eso, como para ir calentando el ambiente: la semana pasada, en las oficinas de Entropía, me enteré de que ya se viene el –hasta ahora conocido como–"libro de los barrios", una antología, compilada por Juan Terranova, que cruza a casi treinta barrios porteños con la misma cantidad de autores argentinos nacidos en los años setenta y principios de los ochenta. El barrio en torno al cual girará mi texto es, por supuesto, Colegiales)

9 de mayo de 2007

Entrevista a Rafael Ferro

A Rafael Ferro lo incomoda dar entrevistas. O al menos eso asegura apenas comenzado el reportaje: "Está bueno tener una charla interesante, pero no me gusta cuando la nota sólo sirve para llenar espacios en las revistas". Esa premisa, la de no ocupar espacios en vano, también parece haber guiado el rumbo de su vida: Ferro fue jugador profesional de squash en Alemania hasta los veinticinco años, y en el apogeo de su carrera, cuando se dio cuenta de que el deporte ya no lo hacía feliz, abandonó todo y volvió a la Argentina para estudiar teatro. "Yo tengo la teoría de que cada tanto hay que reinventarse, romper todo y empezar de nuevo, así me pasó con el squash y en cualquier momento me puede llegar a pasar con esto." Con "esto", Ferro se refiere a la profesión de actor que hoy, a sus cuarenta y dos años, lo encuentra formando parte del elenco de La Lola, la tira emitida por América.

–¿Te aburriste de la actuación?

-No me aburrí de la actuación en sí misma. Disfruto del trabajo pero no del entorno, de la cosa de la exposición. Todo es muy hipócrita, porque parece que a veces sólo importa la fotito. Se dicen muchas pavadas, vos viste lo que es el circo que hay alrededor.

-¿Qué otras cosas te molestan del ambiente?

-Me desagrada la forma en que está medido el triunfo, los parámetros que se usan para medir el éxito. Ahora parece que el triunfo es sólo tener rating y ganar mucha plata. Al que piensa que triunfar es eso yo le diría "retirate y producí una película buena en serio en vez de seguir con los mismos programas". Hay muchos que ya tienen millones y lo podrían hacer tranquilamente.

En La Lola Ferro encarna a Gastón Sac, el primer personaje cómico de su carrera. Después de interpretar papeles serios en tiras como Resistiré y El tiempo no para, y de actuar en películas "de autor" como El buen destino y La mano de Dios, hoy siente que el público le agradece el hecho de hacerlo reír.


–Al principio tu personaje era más serio, ¿cómo lo compusiste?

–Es que al principio siempre pasa lo mismo: viene el guionista y te dice cómo tiene que ser el personaje. Pero después pasa lo que les debe pasar a los futbolistas: el director técnico te dice "parate en la derecha", pero cuando la pelota se mueve ya empezás a jugar vos. Uno al principio obedece y está durito, y después empieza a meter cosas suyas. Está bueno meter lenguaje propio. Además en La Lola tenemos mucho margen para improvisar, y eso te da mucha libertad.

–¿Qué te dice la gente en la calle?

-La gente te mira, muchos te dicen algo, en general es muy cordial el trato. Me tiran buena onda, pero yo extraño el anonimato. No podés darte el permiso de estar borracho en algún lado porque sabés que todos te van a mirar más. A mí me gusta el laburo, te repito, pero me gusta preservar la intimidad. Hay algo en que no transaría que es el tema de la invisibilidad de la gente.

-¿Sentís que les cuesta despegarte del personaje?

-Sí, eso pasa, hasta algunos me hablan como si fuera Gastón. Muchos no veían humor en mí, no creían que yo podía ser un tipo divertido, inclusive los mismos actores, mis compañeros, que no me habían visto hacer comedia. Me veían muy serio, muy formal.

-¿Y vos te ves más parecido al personaje de la comedia o al de los papeles serios?

–Tengo un poco de todo. Te diría que soy bastante ciclotímico, porque me la paso haciendo jodas y cagándome de risa en los pasillos, pero también tengo mi parte melancólica, depresiva. En el fondo soy tímido, pero cuando vos me conocés soy insoportable y excesivo. Lo que pasa es que también tengo una parte que se averguenza de eso y vuelve a meterse para adentro. Yo me defino como un payaso negro, porque me gusta mucho el humor, pero cuando caigo voy hasta al fondo… Aunque ahora no puedo caer tanto, porque tengo tres hijos.

Los tres hijos de los que habla Ferro se llaman Lorenzo, Matilda y Antonio, y tienen nueve años, seis años y seis meses respectivamente. Los dos primeros son fruto de una pareja anterior, y al bebé lo tuvo junto a Rosario, su actual mujer, una montajista de cine "divina". El tema de la familia aparece varias veces durante la charla. "La convivencia siempre es difícil –afirma–, hay que luchar todos los días para que la cotidianidad no aplaste lo demás, porque siempre aparecen los problemas por los detalles más chiquitos, los enojos por la pasta de dientes mal apretada, por los spaguettis recalentados…". Ferro vuelve a mencionar a los hijos cuando se le propone hacer un balance de su carrera.


–Estoy conforme –cuenta–, yo empecé grande, a los veinticinco, y me fui metiendo rápido, podría haber rebotado. Claro que siempre está la disyuntiva de cualquiera que supone que trabaja con algo creativo. Uno cuando empieza dice "voy a hacer cine ruso", y termina haciendo televisión. A veces pienso "no hago tele nunca más en mi vida". De hecho no actuaría más, porque ya cumplí un ciclo. Pero por otro lado sé que tengo tres hijos y que a veces hay que transar. Lo difícil es saber hasta qué punto.

–¿Y si hoy te retiraras qué harías?

-Me encantaría ser director de cine. Porque soy un amante del cine y un director frustrado, pero no te digo que lo voy a hacer. Quizás a los ochenta años lo haga, no importa el tiempo. Me fascinaría, pero le tengo demasiado respeto al oficio. Viste que ahora dirigen todos, todos escriben guiones. Da un poco de pudor, porque por ahí te podés pasar toda la vida para hacer bien una sola cosa… Ahora volví a jugar al tenis, y si pudiera volver quince años atrás volvería a dedicarme a eso y dejaría la actuación.

De tanto planificar futuros novedosos y de reinventarse para cambiar de piel, Ferro ve su época anterior a la actuación como algo lejano, como si la hubiera vivido otra persona. De aquella etapa juvenil también surge el recuerdo de su no tan tormentosa relación con las drogas y del descubrimiento de su propio histrionismo.


-De chico era un niño burgués, rico. Jugaba al tenis y después empecé a jugar al squash. Jugaba en Primera, viajaba, me contrataron de un club de Alemania. Era una vida muy diferente. Ahora soy como una especie de James Dean del squash, porque era muy bueno. Tenía talento, de hecho mucho más que para la actuación. Pero al mismo tiempo me gustaba mucho la farra, y mi relación fuerte con las drogas fue al final de esa época.

-¿Cómo convivían el deporte y las drogas?

-Convivían como dos extraños. Yo era muy bardero. Encima cuando me fui a Europa era la época del boom del extasis, y yo tenía la filosofía de que para deshechar tenés que probar todo. Con un par de amigos squashistas combinábamos entrenamiento con boliche, y por ahí pasábamos de largo. Fueron años salvajes, muy divertidos.

–¿Y cuando volviste a Argentina empezaste a actuar?

-Volví porque quería estudiar teatro. Me di cuenta de que me encantaba, de que eso era lo que quería hacer, y que al deporte había llegado como por inercia. En cambio el teatro fue algo que desde las primeras clases me dije "uh, esto es un caño". Ya en la última etapa del squash entregaba más show que juego y me empezaron a multar por eso. Le daba un show a la tribuna: hacía chistes, me peleaba con los referís, hacía bardo, mostraba el culo …

Dos años atrás Ferro protagonizó Squash, una obra de teatro autobiográfica, dirigida por el escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, en la que repasaba su vida con lujo de detalles, desde su infancia acomodada hasta su actual oficio, pasando por la etapa de deportista, los "años salvajes" y el conflictivo vínculo con sus padres. La relación laboral y amistosa entre el actor y el director había comenzado en el 2004, cuando Ferro protagonizó Ronda Nocturna, una película dirigida por Cozarinsky. "Pese a la diferencia de edad nos hicimos amigos, compinches –cuenta Rafael–. El me mostraba su noche y yo la mía. A él le gusta la milonga, el tango, y yo lo llevaba a Club 69. Eramos como adolescentes, él me mostraba el champagne y yo le mostraba otras cosas… Y cuando le ofrecieron hacer un biodrama a él se le ocurrió que un actor en escena contara su propia vida. Y como quería hacer algo con el deporte, le cerró que yo lo protagonizara."


–¿Y cómo fue la experiencia?

–Muy intensa. La obra me generaba problemas psicológicos. Cuando la empecé a hacer tenía dudas, me parecía demasiado narcisista hablar de mi vida. Y también era fuerte porque me representaba todos los días, y había un actor haciendo de mi mamá, otro de mi papá… Entonces tuve mis problemas, que los tengo siempre, pero en ese momento más todavía.

–¿Qué opinaron tus padres?

–Mis padres no la pudieron ir a ver, porque obviamente hablaba mal de ellos: no me iba a perder la oportunidad de hablar mal de mis viejos. Pero sí se enteraron por otro lado. Fue fuerte, porque se trataba de contar mi vida, y se quiso contarla toda. Pero por ahí te das cuenta de que mostrando cómo un tipo dobla una servilleta, o cualquier otro detalle, estás contando más que si mostrás algo grande. Entonces nos pasó eso, se quiso contar mucho y no se enfocaba en nada, como dice la frase: el que mucho abarca poco aprieta…

–¿Qué cosas hubieras preferido no contar?

–Es que yo contaba todo. Estaba totalmente expuesto: había una línea de merca que ocupaba todo ancho del escenario y yo la tomaba toda… Ahora me pregunto qué necesidad había. Era muy amarillista contra mí mismo. Yo soy medio explosivo y salió así. Aunque no me arrepiento, hoy haría otra versión, pero ya sería el colmo del narcisismo.

Si bien nunca abandona el tono amable, Rafael se muestra más a gusto cuando la charla se ancla en una de sus pasiones: la literatura. Confiesa que se siente un escritor frustrado, menciona los últimos libros que leyó, pregunta por títulos que aún no conoce, y cuenta que a Antonio, el menor de sus hijos, lo bautizó con ese nombre en homenaje a Antonio Di Benedetto, su escritor favorito.


–¿Algún día te animarás a publicar lo que escribís?

–Me encantaría poder hacerlo, pero lo haría con un seudónimo, para no engancharme con esta moda de actores-que-escriben. No quiero que me cataloguen así. Tendría que ponerme otro nombre, porque si no voy al muere. Salvo que hiciera una especie de diario del sub mundo de la actuación.

–¿Y qué contendría ese diario?

–Sería un diario con las cosas más oscuras del ambiente: drogas, sexo … Tengo cosas bastante jugosas y heavies sobre todo lo que no se ve, sobre las cosas que pasan en las bambalinas, en los pasillos. Tendría que tomarme el trabajo de escribirlo bien, y ahí sí pondría mi nombre.

8 de mayo de 2007

Campo

El fin de semana estuvimos en un campo de la zona de Nueve de Julio. Mi mujer y el bebé viajaron el viernes a la tarde. Esa fue la primera noche que pasé lejos de ellos después de ocho meses. El sábado, antes de subir a la combi, conocí a mi ocasional compañera de ruta: una chica de diecisiete años que volvía a Bragado luego de haber visitado a sus hermanas mayores. Conversamos durante buena parte del viaje, y cuando se bajó –por atender a la persona que me pedía que dejara libre el pasillo– no pude saludarla como correspondía. Supongo que si en la charla no hubiera salido el tema del blog ese detalle me habría provocado un sutil malestar, pero como ella había anotado la dirección en su teléfono pensé que tendría el consuelo de poder escribir estas líneas.

Bajé en la ruta. Melina me esperaba con el bebé y los padres de su amiga en el nacimiento de un camino lateral. Al reconocerme, Fausto gritó y estiró los brazos para tirarme del pelo. Al día siguiente visitamos los pueblos vecinos, salimos a caminar y nos sacamos fotos con las ovejas y los caballos. Hace un tiempo escribí un proyecto de cuento que podría haber estado escenificado en ese mismo lugar. El dueño de casa nos mostró las instalaciones, hizo un asado y me enseñó a hacer huevos fritos a la parrilla. La noche anterior, mientras comíamos, él había sido claro al delimitar su posición:

–Soy rosista, oligarca, conservador, militarista y gorila –me dijo, con ese tono de voz.

Bueno, pensé, al menos de corrección política no se lo puede acusar.

2 de mayo de 2007

"Asimetrías del vacío" - en Bazar Americano

(Publicado en el número de abril de Bazar Americano, el sitio de la revista Punto de Vista)

Por Matías Moscardi


Sobre Ignacio Molina, Los estantes vacíos,

Buenos Aires, Entropía, 2006. 188 páginas.


[...] intentando imaginar una cara para la voz que acababa de oír. Una sensibilidad asimétrica abre Los estantes vacíos, el primer libro de cuentos de Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), publicado por la editorial Entropía, en 2006. Dos personas –el narrador y una chica recostada a su lado– comparten los auriculares de un walkman, en el micro. De un lado, conectado, el narrador escucha los graves de la música y se pregunta si por el otro audífono, simultáneamente, estarán entrando en la cabeza de Manuela los sonidos agudos. Como si el lenguaje de la mirada fuera siempre parcial, trazando por defecto una zona hipotética, un contrapeso narrativo que irradia de la suspensión, en equilibrio con lo explícito, con el alcance cómodo y efectivo de lo visible. Los personajes hacen de lo que miran y escuchan una insuficiencia que necesita ser decodificada o constatada. Por ejemplo: el narrador de “El sistema”, que en el medio de un recital de “cumbia romántica”, intenta descubrir los acordes que ejecuta un bajista sobre el diapasón; o la narradora de “Diapositivas”, que tira un papel plateado en un cantero con la promesa de comprobar su permanencia, al día siguiente. Pero los personajes no pueden traspasar, ni en sus percepciones ni en sus acciones, la línea que divide el saber de lo supuesto. Por eso, las notas quedan en un espacio de desciframiento y nadie vuelve a constatar la existencia del papel plateado.


[…] me gustaba pensar que, mientras yo estaba quieto, aún se movía el sistema de poleas activado por mí. Los cuentos proceden velados con una percepción concreta, con un registro límpido, dispuestos en la superficie para cubrir otra cosa, quizás el punto de tensión en donde lo cotidiano se fisura dejando entrever, como a través del desgarro de una tela, el destello posible de un relato. De ahí que lo inacabado sea lo común, lo compartido en el libro de Molina. Porque los cuentos se detienen antes, como si se quedaran sin fuerza, y hacen de un stand by narrativo, una suavidad intensa. La física dice que si un móvil acelera en la mitad de un recorrido, en lugar de aumentar, la velocidad disminuye. Digamos: la aceleración produce quietud. En cambio, Molina frena para acelerar, y sus cuentos generan un ritmo que hace del estatismo una dinámica, y extendiendo la metáfora: del corte una continuación. De ahí la serie que forman “Espirales”, “Los estantes vacíos” y “Brasil tiene esas cosas”. De ahí, también, sus puntos de hilación: escenas pausadas en el momento del tránsito, como el final de “Los estantes vacíos”, en donde Natalia, mientras paga una pizza, siente la temperatura de la muzarella tras el cartón. O como el final de “Seis novelas”, en donde Camila y Nahuel llegan a la conclusión de que los sueños siempre se cuentan en pretérito imperfecto.


(La reseña completa, clickeando acá)

1 de mayo de 2007

27 de abril de 2007

24 de abril de 2007

23 de abril de 2007

Córdoba y Callao

(Fotos y collage de Pedro Mairal)


Aunque, antes de mi instalación definitiva, había venido muchas veces a Buenos Aires –en navidades o vacaciones de invierno–, esta fue la primera esquina que conocí, de manera consciente, en la mañana de mi primer día hábil en la ciudad.

Llegué a Retiro un sábado de marzo de 1992. Mi mamá, que se había instalado en octubre o noviembre del año anterior, me esperaba en el andén. Tomamos un taxi hasta un edificio de Juncal a media cuadra de Pueyrredón, y un rato después, mostrándome el cuarto que compartiríamos, mi hermano me dijo: "este es el boliche". El departamento era de cuatro ambientes, pero no podía ni compararse con nuestra casa bahiense; los muebles que allá se acomodaban espaciados, acá se encimaban para entrar en el living.

El lunes, muy temprano, me disfracé con el uniforme de mi nuevo colegio. Padeciendo la humedad porteña caminé hasta Santa Fe y me metí en la boca del subte. Me soprendió que un rubio de pelo largo tocara el saxo a esa hora de la mañana. Entré al último vagón, y sentí el chirrido que –ahora lo sé– la máquina siempre hace antes de llegar a Facultad de Medicina. Enfrente mío viajaban unas chicas de mi edad a las que, por supuesto, el uniforme no les quedaba tan ridídiculo como a mí. Yo ya medía uno ochenta y cinco y era flaco como un alfiler, pero todavía me peinaba como un niño y no me había cambiado la voz.

Al salir del subte, pasar por el molinete y subir las escaleras me sentí un poco mareado. Aparecí en el cruce de estas dos avenidas, y aunque estaba a dos cuadras del colegio no supe hacia dónde ponerme a caminar. Con un poco de verguenza le pregunté por Riobamba a la mujer que abría el puesto de flores, y, parado en la esquina, durante varios segundos, me quedé mirando las ventanas de esos edificios antiguos.

¿Casualidad?

La semana pasada escribí sobre una casualidad: la chica que me pidió que le firmara un ejemplar de mi libro, en la presentación de Opendoor, había nacido en una de las pocas ciudades del interior (Santa Rosa, Pehuajó y Olavarría) que se mencionan en los cuentos. Y ahora me entero de que esa misma noche, antes de que yo llegara, Iosi, en el poema que leyó antes de la lectura de Romina, nombró a dos de esas ciudades.

18 de abril de 2007

17 de abril de 2007

Nuevo ciclo

NUEVA LITERATURA ARGENTINA

NARRADORES EN EL SIGLO XXI


Leen: SELVA ALMADA
CARLOS GAMERRO
MARIANA ENRÍQUEZ
ANDRÉS NEUMAN

Idea y coordinación:
ELSA DRUCAROFF

Auspicia editorial Páginas de Espuma

Un espacio para escuchar buena y nueva literatura, conseguirla a buen precio y tomar buenos tragos. ¡Los esperamos!

Jueves 19 de abril, 20 hs.
Estados Unidos 308. Buenos Aires.

15 de abril de 2007

"Ponela en el blog"

Además de la que aparece en la solapa, en las casi ciento noventa páginas de Los estantes vacíos se mencionan sólo tres ciudades del interior: Santa Rosa, Pehuajó y Olavarría (también están Córdoba y Arrecifes, sólo como gentilicios de clubes de fútbol). El viernes, después de la lectura de Romina Paula en la presentación de Opendoor, la excelente novela de Iosi Havilio editada por Entropía, una chica me pidió que le firmara el ejemplar de mi libro que acababa de comprar, y al enterarse de que yo era bahiense me comentó que ella era de Santa Rosa.
–Mirá vos, mirá que casualidad –le dije antes de ponerme a buscar esa página, y, mientras pensaba que la escena podría haber sido parte de ese mismo cuento, escuché que alguien me decía que la pusiera en el blog.

12 de abril de 2007

Hoy

11 de abril de 2007

4 de abril de 2007

Igor

Conocí a Federico Levín hace menos tiempo del que parece. Tal vez porque se me hace que todo lo que pasó antes del nacimiento de mi hijo fue hace una eternidad, o porque en el medio también pasaron muchas otras cosas, pero tengo la sensación de que la noche en que él, un segundo antes de saludarme, tiró hacia el cordón de la vereda el cigarrillo que estaba fumando, fue en alguna otra vida.

Pese a que no llevaba anteojos, yo lo había reconocido desde la esquina. El amigo en común con el que nos encontraríamos me lo había descripto por las dudas, por si él llegaba más tarde, para que no nos quedáramos sin hablar uno al lado del otro: "tiene una onda medio rara, una barba medio rusa . . .".
–Molina –me dijo Levín, antes de que yo le preguntara si era él, como si ya supiera que a partir de ahí nunca me llamaría por mi nombre de pila, y yo sentí un poco de vergüenza al imaginar cómo me habría descripto nuestro amigo en común.

No me acuerdo de todo lo que hablamos adentro del bar, mientras tomábamos cerveza y vaciábamos platitos de maní, pero sí recuerdo que él me contó que a los dieciocho años había editado una novela que ya no lo convencía mucho, y que ahora estaba terminando de escribir otra que sí lo tenía entusiasmado.

Como todo lo que pasó después (esa noche, ese año y los siguientes) es demasiado grande como para contar en un post, la elipsis imprescindible me deja en el jueves pasado, cuando Levín presentó Igor, la novela que estaba escribiendo en aquella época, en un tugurio tanguero de la calle Perón.

Esa tarde yo me escapé antes del trabajo, bajé del 151 cinco minutos antes de la hora anunciada para el evento, y al cruzar las vías me pregunté cómo se llamaría la calle Perón antes de la muerte de Perón. La persiana metálica del boliche todavía estaba baja, pero Romero me hizo pasar a través del portón. Adentro, en el salón del fondo del local, estaban Levín, los presentadores, algunos amigos más y dos maniquíes que representaban a los dos personajes principales de la novela.

El libro estaba hermoso y más grande de lo que yo había imaginado al leer el manuscrito. Mientras tomábamos una cerveza marca Igor fue llegando alguna gente más, y de repente, como pasa siempre, el salón se llenó sin que nos diéramos cuenta. A simple vista conté una concurrencia de unas ochenta personas. Si hubieran ido todos los que faltaban no habría quedado lugar.

En el escenario, Levín dio la bienvenida (al público y a su novela), Leo Oyola leyó este texto de presentación, y Mairal hizo unas preguntas de examen que el autor respondió a veces con evasivas y otras con solvencia. Después Gorostiza hizo magia con su guitarra, y junto a Federico cantó unos versos alusivos, de su autoría, que durante varias horas no pude dejar de tararear.

Lo imperante es Igor, un libro autosuficiente y muy recomendable, una de las novelas que yo hoy no dudaría en llevarme a una isla desierta. En la dedicatoria de mi ejemplar Levín escribió, entre otras cosas … "al primero con el que conocí todo esto" …, y al salir a la calle me acordé del vuelo de un cigarrillo encendido hacia el cordón de otra vereda. Unas esquinas más allá, mientras esperaba al 151 que tardaba demasiado en pasar, le pregunté a un viejo la hora e imaginé que él, después de hacer memoria, me respondía "se llamaba Cangallo".

28 de marzo de 2007

"De Fogwill (1941) a Ignacio Molina (1976) . . . "

Recortes de la nota Malvinas: una mancha temática que aún sangra, escrita por Elsa Drucaroff y publicada en el suplemento Cultura del diario Perfil el domingo pasado:



(clickear en las imágenes y después en el ícono "exapandir a tamaño normal")

27 de marzo de 2007

Ineludible

Terapia

El otro día, cuando terminé de leer, alguien me preguntó si yo me sentía identificado con el personaje del cuento, y, después de escuchar mi respuesta, con una seriedad preocupante me dijo:
“¿Y nunca pensaste en hacer terapia?”

22 de marzo de 2007

Vacaciones



Los trabajadores de Perfil siguen de huelga,
y los lectores quieren volver a leer un diario bien escrito y sin faltas de ortografía o en donde, al menos, los titulares de las reseñas de libros coincidan con los títulos de los libros reseñados.

20 de marzo de 2007

"Narrativa en vivo y cocina de posguerra"

De un mail colectivo e informativo de Federico Levín (quien volvió a su blog y el próximo jueves 29 de marzo, en Perón 3615, presentará Igor, su segunda y esperada novela), sobre la última presentación del Quinteto:

(...) y hubo que improvisar una polenta bien consistente y hasta metafórica (ojo, muchachos, que puede haber sentado precedente: de ahora en más, ponele, narrativa en vivo y cocina de posguerra. Se lo puede pensar, no?). Después largó la lectura, con nuevo orden de pateadores de penales. Funes (con un aplomo narrativo notable, hizo llorar a un par, según cuentan) Levín (un poco distraído por la repentina función de cocinero popular pero levantando un poco con estética y prosa hebraica) un Romero entre llamativo y sutil, con cartelitos tautológicos pegados en el cuerpo y avanzando entre personajes tremebundos con la garganta relajada; Oyola leyó un cuento estreno absoluto, le revolvió la polenta en el estómago a los presentes con los doce apóstoles y su mejor deporte, y cerró Molina, que se calzó los lentes, reconvocando al público con un tono intimista - hipnótico, con esa prosa casi legal, como un acta que constata la melodía de la realidad (...)

Algo de ruido hace

Romina Paula presenta:

Mércoles 21 hs.
Espacio Callejón - Humahuaca 3759
Entrada: 15$ - Reservas 4862-1167

19 de marzo de 2007

La academia

Muchas gracias a la profesora Alicia y a los chicos de 5º y de 6º año del I.P.E.M. Nº 96 de la ciudad de San Francisco, Córdoba, por haber leído y analizado en clase “Miedo a la oscuridad” y por haber dejado estos comments:


La Profe dijo...
Hola Ignacio:Por favor leé los comentarios que los alumnos de 5º y 6º años hicieron acerca del cuento "Miedo a la oscuridad". Hablamos sobre la historia reciente de nuestro país que escucharon y charlaron con atención y responsabilidad (¡¡¡¡ una gran triunfo!!!!) Sus opiniones merecen ser leídas. Muchas gracias. Profe Alicia
10:07 PM

sexto año dijo...
El cuento fue entretenido; un final que requiere de la participación y del conocimiento del lector, conocimientos varios:históricos, sociales que permitieron una interpretación correcta. El tema del cuento nos pareció muy interesante.Sexto año del I.P.E.M N° 96 de San Francisco, Córdoba, agradece al escritor Ignacio Molina por compartir con nosotros un cuento verdaderamente atrapante.
1:22 PM

Quinto año dijo...
El cuento nos gustó porque nos refrescó temas aprendidos en la primaria, pero ahora lo vemos con ojos críticos y analíticos. A partir de la lectura del cuento "miedo a la oscuridad" buscamos información y también charlamos mucho sobre esa información con la profe en el curso. Muy interesante.5º año del IPEM Nº 96 de San Francisco, Córdoba, agradece al ESCRITOR Ignacio Molina por compartir su cuento.
5:58 PM

15 de marzo de 2007

2 de marzo de 2007

Vacaciones

Entre las horas de oficina, los ratos de ocio y los trabajos rentados y no rentados en mi casa, paso la mayor parte del día frente a una computadora. Esta noche nos vamos de vacaciones, y supongo que en las próximas dos semanas lo que más voy a sentir (a disfrutar en algunos momentos y a padecer en otros) es la falta de teclado y de pantalla. Es la primera vez que me tomo vacaciones en marzo. También es la primera vez que viajo con mi familia, o, mejor dicho, la primera vez que viajo con la familia creada por mí. Con la familia creada por mis padres fuimos a Sierra de la Ventana todos los veranos de mi infancia y de mi pubertad, desde el 78 hasta el 92, hasta que tuvieron que vender la casa. En los años posteriores volví algunas pocas veces a casas de amigos, y con Melina, hace cuatro eneros, pasamos ahí una semana de calor insoportable. El pueblo ya estaba demasiado cambiado y los nuevos habitantes me hicieron sentir extranjero. Ahora en las valijas metemos ropa abrigada para el bebé, porque a la noche, a esta altura del año, refresca bastante. Espero que la pasemos bien, y que él pueda disfrutar, a su manera, del aire limpio y del arroyo. Como no sé si desde allá voy a postear algo, dejo dos avisos: el viernes 16 de marzo hacemos con El Quinteto, en el Centro Cultural Pachamama, el primer recital de lecturas del año, y alrededor de esa fecha va a salir publicado Melodrama, un cuento mío, inédito y más o menos largo –de unas diez o quince páginas de libro–, como parte del próximo número de la hermosa revista Mil Mamuts.

28 de febrero de 2007

El factor climático

A una casa de la otra punta de la ciudad entran varias personas: una familia joven o, al menos, una mamá con sus hijos. Cuando de ese lado del cable me piden un minuto y dejan el tubo descolgado, como si fuera un micrófono de ambiente, yo escucho la voz de la nena y, de fondo, la cortina musical de un noticiero. Acá, y aunque el bebé ya está durmiendo en su cuna, el televisor sigue prendido en un canal de dibujos animados. Sólo me doy cuenta de eso cuando me despido y vuelvo a mirar la pantalla. Tengo que entregar un trabajo en menos de media hora, pero todavía me faltan corregir siete páginas y desde hace varios minutos estoy atascado en una misma frase: le doy vueltas, le saco y le agrego comas, la miro desde todos los ángulos, pero no le encuentro la forma ideal. En los comments del último post, con supuesta sorna, un anónimo me pregunta: "¿feliz Molina por llegar al paraíso Ñ?", como si yo le diera al hecho la desmedida trascendencia que en realidad le está dando él. Este fin de semana nos vamos de vacaciones. De movida, cuando empezamos a planearlas, hace alrededor de un mes, descartamos la playa por razones operativas. El cochecito se encallaría en la arena y tanto sol le haría mal al bebé. Acá el ánimo siempre fluctúa, y uno hasta llega a pensar que sólo influye el factor climático: la temperatura, la humedad y la fuerza de los vientos. Los personajes de los dibujitos son una familia de sapos y de ranas: el padre se casa por segunda vez, y su hija se pregunta si él va a seguir queriéndola como antes. Al lugar que vamos fui todos los veranos de mi infancia. Cada año, desde fines de diciembre hasta principios de marzo. Cuando volvía a mi casa, después de tantos meses, sentía que todo era novedoso: los autitos de carrera, la ropa de invierno, los caños de las estufas, la puerta de la cocina, las marcas en el empapelado de mi cuarto. También había otro comment que, aunque por un lado era bastante gracioso, tuve que eliminar. Tras un largo análisis auguraba que "el texto es mediocre y tendrá crí­ticas desfavorables o será, muy seguramente, ignorado" (sic), que "un escritor, si no tiene talento, debe trabajar esforzadamente en los conceptos que pretende tratar", y me aconsejaba que si me interesa "el miedo y la infancia" debería "poner tiempo y trabajo a desentrañar ideas nuevas". Anoche, sentado en el cordón de la vereda, esperé un 168 durante casi media hora. En alguna casa estaban escuchando la radio: un programa de poesía y de música punk a las dos de la mañana. A tres cuadras de ahí seguían hablando y riéndose, y supuse que todavía no habían tirado a la basura los carozos de aceitunas. Dos minutos antes de que pasara el colectivo, el tipo que había llegado a la parada al mismo tiempo que yo subió a un taxi en la esquina. Por la ventanilla, algunas cuadras después –y un instante antes de que el semáforo cambiara de luz–, pude ver sus manos sobre el asiento trasero: en la izquierda sostenía un cigarrillo intacto, y con la derecha alisaba un billete de diez pesos.

23 de febrero de 2007

Ñ

Se comenta que mañana se publica un texto made in Unidad Funcional en la revista Ñ del Clarín.

21 de febrero de 2007

Lean libros, loco

La novedad desnuda y aún sin dueño le trabajaba el ánimo. De esta manera recorrió las dos habitaciones, inspeccionó la cocina y el baño, el tamaño desproporcionadamente grande de los placares. Nunca le habían gustado las casas deshabitadas y las botellas vacías. Y encima ese placard que parecía imposible de llenar. Cansado y entumecido, sabiendo que no tendría fuerzas para elegir otro aviso de los clasificados y ver otro departamento desmantelado mientras una vieja le hablaba sin parar desde una lejanía ensordecedora, salió al balcón de lo que pronto sería su living-comedor y observó lo que se le ofrecía. Paredes, ventanas, paredes y otra vez ventanas; no le iba a costar desalentarse con ese paisaje. Y mientras pensaba esto, casi sonriendo a pesar suyo, y la vieja hablaba de sus problemas con la administradora del edificio, sus ojos buscaron el final de la torre que se elevaba diez metros más allá. Trece pisos que culminaban en una figura oscura y delgada sobre el borde de la terraza. El sol oblicuo de las nueve de la mañana recortaba la figura haciéndola vaporosa, como si fuera a desvanecerse antes de saltar, porque desde el momento en que lo vio, Vega supo que esa persona estaba a punto de saltar, y sin embargo no dijo nada. Dejó que la dueña del departamento terminara su historia plagada de cartas documento y citaciones judiciales, puso una sonrisa aprendida en las sesiones de alcohólicos anónimos, y le dijo que sí, que lo alquilaría. Fue como si se olvidara, o como si no creyera en lo que había visto. Después, en la primera mañana como inquilino, cuando al asomarse a la ventana descubrió de nuevo la figura vaga del suicida, recordó haber pensado "si se tira seguro consigo el departamento por cien pesos menos".


(Fragmento extraído del cuento "Mudanza", del libro de Ricardo Romero Tantas noches como sean necesarias, editado en la colección "Laura Palmer no ha muerto" de la Editorial Gárgola)

18 de febrero de 2007

Pogo

Tengo miopía pero me diagnostican astigmatismo. Mejor dicho: los estudios indican que tengo astigmatismo, pero mi vista se acostumbró a lentes para miope. Para todo lo que se haga con la mirada uso unos anteojos muy redondos y con poca onda que me pasó mi mamá hace un par de años, después de que a los que tenía me los robaran en un kiosco. En realidad no me los robaron: los dejé apoyados en un mostrador mientras estudiaba la caramelera, y más tarde, cuando me di cuenta de la falta y volví al kiosco, ya habían desaparecido.

Cuando tengo que leer en público no llevo los anteojos: me da vergüenza que me vean con ese armazón tan afeminado. Pero como a casi todos mis texos me los sé de memoria no tengo demasiados problemas: más que leer, recuerdo las palabras mirando sus siluetas borrosas en la hoja.

La cuestión es que ayer a la mañana, en el camino al oculista, escuché en el walkman algunas canciones en vivo de Cienfuegos. A ese casete –que antes de salir había elegido al azar, entre los que tenía más a mano– lo había grabado seis o siete años atrás. El mini recital era parte un programa de Supernova, la FM de Radio Nacional durante la administración aliancista, y me trajo bastantes recuerdos.

Cuando volví a mi casa, pensando en la miopía y el astigmatismo, Melina me preguntó si sabía que a la noche, en el marco de la programación cultural de la administración telermanista, tocaría Cienfuegos en el Planetario. El casete todavía estaba dentro del walkman y no había forma de que ella supiera que lo había estado escuchando. (Digresión: ahora Melina me llama para decirme que al colectivo que la lleva a Ituzaingó, a la altura de la calle Bolivia, subieron diez bolivianos).

A la noche caminé hasta el Planetario. Cienfuegos tocó en el primer turno. Rotman ya no usa dreadlocks hata la cintura –como cuando cantó en Supernova o como cuando yo le hice esta entrevista en el año 2000–: ahora tiene el pelo corto, ensortijado y canoso y, si no fuera por cómo grita y salta sobre el escenario, visto desde lejos parecería un abuelo.

Aunque ya no la viva con la misma intensidad que hace ocho o diez años, extrañaba la atmósfera recitalera: el volumen al taco, la emoción del pogo, las ráfagas de humo, la comunión de las voces. En segundo lugar tocó Pez, y después, como plato fuerte de la noche, Massacre, una banda a la que en los noventa había visto varias veces pero a la que no recordaba tan contundente. Aunque había planeado irme antes, estaba tan entusiasmado que me quedé casi hasta el final. Me alejé del escenario antes de que la multitud empezara a desconcentrarse, y, mientras caminaba por el bosque oyendo a mis espaldas la última canción, sentí que había valido la pena la salida nocturna.



(En un puesto que vendía bebidas y superpanchos había un cartel que rezaba: gaciosa $2 . . . Es bastante graseoso, pensé)


Ellos también estuvieron:

De los rubios

Psycho Power

Nicolás Igarzábal

Colgandoropa

12 de febrero de 2007

La mejor editorial...

... de literatura argentina de los últimos años, presenta:
(clickear en la imagen)

29 de enero de 2007

"El principio de la tragedia"

(Publicada en la revista Los asesinos tímidos)

Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía


Por María Eugenia Rombolá

¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Oliverio Girondo


Recuerdo que en algún momento el autor de Los estantes vacíos comentó que no puede pensar en una palabra sin pensar al mismo tiempo en cómo se escribe, es decir, en su materialidad gráfica, en su cuerpo más concreto. Pienso que esta obsesión por el cuerpo de las palabras es la condición necesaria para intentar rasgarlas y poder llegar a lo que está detrás (¿a la nada? No se sabe a ciencia cierta, pero sí puede observarse que en este acto radica la exploración del autor). Molina lo sabe, tal vez no sabe que lo sabe, pero lo sabe. Y para los que no lo saben, puede ser una tarea ardua comprender, por ejemplo, la necesidad de construir un personaje como Matías ("El camino del agua") que escucha (y acá vale la pena recalcar que no oye, sino que escucha) palabras sueltas en una conversación telefónica de su hermana, "técnico, tenedor, enganche, comentarios, filamento, volantes, campeonato, forra, camisa, líneas, público, chau". Las palabras no son las cosas, eso todo el mundo lo sabe, pero las palabras sí son cosas y hay quienes lo niegan en virtud de una fidelidad desmedida hacia las formas ya concebidas de los géneros (hay una anécdota que cuenta que una vez Gauguin se encontró con Mallarmé y le dijo algo así: "Tengo un montón de ideas para escribir una novela" y Mallarmé le respondió "Las novelas no se escriben con ideas. Se escriben con palabras").

El cuento
Hay muchas teorías respecto a qué es un cuento, pero vaciemos nuestros estantes de teorías y volvamos a la idea más simple, la que teníamos seguramente cuando empezamos a leer, ¿qué es un cuento, entonces? ¿No es acaso un relato en el que transcurren cosas y muchas veces termina antes de lo que querríamos, pero al mismo tiempo, en su propia constitución está la imposibilidad de que continúe? Es verdad que lo mismo puede decirse de la novela, pero a diferencia del cuento, en ella hay líneas de fuga intermedias que permiten digresiones casi, casi, infinitas. Entonces, el cuento le muestra el final al cuentista. El novelista, en cambio, decide cuando dejar de fugarse y en esta detención aparece el final.

Los personajes
A la hora de relacionarse entre ellos, tienen miedo de incomodarse con preguntas, suponen, consideran que no vale la pena decir todo lo que están pensando. Por otra parte, registran todo: el tiempo, las calles, los carteles, cada detalle de la ciudad son su verdadera compañía. Es que estos detalles dejan de ser cosas para convertirse en palabras-cosa. Los barrios entonces no sólo tienen nombre, sino que además son de colores específicos ("El camino del agua"), tomar un colectivo no sólo implica trasladarse de un lado a otro, sino repetir el trayecto narrado en un libro que se encontró poco tiempo antes en una librería de saldos ("Kilómetro cero"), la puerta de la heladera exhibidora anuncia tormenta ("Polirrubro Ama-Faby"), las calles amanecen inundadas ("El sistema") y en ocasiones se humaniza a los objetos agregándole la preposición "a" cuando son objeto directo: "Después de unos minutos me acerqué a la ventana y me puse a mirar, alternadamente, al paraguayo que vivía al fondo del pasillo (...) y al empapelado violeta de la pieza" ("Kilómetro cero") o "Después de abarcar en un solo paneo a las golosinas, las estanterías despobladas, los envases vacíos (...) se queda mirando el plano de la ciudad que cuelga de una de las paredes" ("Polirrubro Ama-Faby").

Los finales
Si bien cada uno de los quince cuentos de Los estantes... exige su final, éstos últimos, de alguna manera, retumban, delicadamente, como ecos, en los demás cuentos y, por qué no, en la vida misma. Es que en cada conclusión hay una puerta abierta, una invitación a asomarse a un abismo que no se muestra, apenas se anuncia en palabras-cosa, en cosas que hablan, que nos dicen la soledad, la sorpresa, las coincidencias y desencuentros, los malentendidos inevitables, los olvidos evitables, pero necesarios... Podría decirse, entonces, que los cuentos concluyen en el principio de la tragedia. Un modo arriesgado y lúcido de trazar el antagonismo que presenta la vida de los hombres y mujeres en la ciudad contemporánea.

24 de enero de 2007

"...el nene no te lo cobro ..."

De: CABAÑAS TURÍSTICAS SOL
Para: Ignacio Molina
Asunto: RE: consulta por cabaña

hola , la cabaña para dos personas el nene no te lo cobro por dia $70 con desyuno totalmente equipadas no se abls de la primera quinsena nose si son 15 dias o para la primera quinsena te hago precio si son mas de 10 dias para las reservas al 0291, xxxxxxx ricardo o noemi

16 de enero de 2007

No es más que un hasta luego

A los que sigan entrando con la expectativa de encontrar un post nuevo, se les notifica que Unidad Funcional alargará su receso veraniego hasta, se supone, algún día del mes que viene.

4 de enero de 2007

Ceca

Escribí lo de más abajo hace un par de meses. Pensé en no postearlo, pero como mi tiempo de escritura está ocupado en otra cosa y no tengo nada para el blog, lo subo:


En el número de octubre de Los Asesinos Tímidos (revista dirigida por Eugenia Rombolá y Juan José Burzi) hay una sección dedicada a Los estantes vacíos. La sección se llama ''cara y ceca'' y, tal como su nombre lo sugiere, contiene una reseña positiva y otra negativa sobre un mismo libro. La reseña positiva, que puede leerse consiguiendo la revista, fue escrita por Rombolá. La reseña negativa está firmada por Ariel Bustos, y también puede leerse en este sitio de Internet (la decisión de enviar una misma reseña a dos medios al mismo tiempo es al menos discutible, aunque no es eso lo que me convoca a escribir esto).

Debatir cada una de los puntos de vista que Bustos expone en su texto me resultaría muy largo y tedioso, pero sí creo que no puedo pasar por alto algunos de ellos. Por ejemplo: al final del segundo párrafo se lee una afirmación lapidaria: ''En Molina se produce la muerte de las historias''. Resulta complicado rebatir una frase tan arbitraria, ya que al no existir argumentos válidos a favor de la misma tampoco es posible encontrar argumentos serios para contradecirla. Sólo hace falta saber leer de corrido para darse cuenta de que si algo hay en Los estantes vacíos son historias: historias que le dan vida a cada relato, historias más pequeñas dentro de esas historias, historias por reconstruir, historias que atraviesan o sobrevuelan todo el libro. El hecho de que esas historias no estén organizadas dentro de una estructura clásica no le otorga ninguna autoridad a Bustos para hacer una afirmación tan alejada de la realidad.

Al comienzo del tercer párrafo, el autor de la reseña descubre la pólvora al escribir ''Se trata de un libro poco convencional'' y ''Molina establece una idea personal del cuento''. Pero enseguida fija su posición al respecto al explicar ''para ello suprime dos claves de la definición clásica del cuento: la unidad de efecto y el punto de no retorno'', como si eso y lo antedicho constituyeran una herejía, o una irrespetuosidad imperdonable hacia las formas tradicionales del género. Y enseguida, cuando escribe ''Eliminada la arquitectura de la narración sólo le queda….'', vuelvo a preguntarme qué libro estuvo leyendo, o qué parámetros habrá utilizado para leerlo. ¿No hay arquitectura narrativa, acaso, en cuentos como Espirales, o Los estantes vacíos, o El camino del agua? ¿No es la arquitectura narrativa la que permite ensamblar varias series de relatos entre sí? ¿Cómo se sostiene sin arquitectura un libro en el que, supuestamente, el énfasis no está puesto sobre la trama?

Después de los puntos suspensivos, la última frase citada continúa: ''. . . sólo le queda al autor reciclar cuestiones formales, como los ciclos que forman distintos cuentos que comparten los mismos personajes, recurso que Liliana Heker escribió hace treinta años''. Y al leer eso no puedo más que reírme. ¿Cómo, en el mismo párrafo en el que me ''acusa'' de narrador poco ortodoxo, puede llegar al colmo de acusarme de plagiar un recurso de uno de los paradigmas de la ortodoxia cuentística argentina? Me quedo sin palabras ante eso. O podría decir ''sí, che, la verdad que me maté leyendo a Heker para robarle alguna idea'', pero sería una ironía sin gracia.

Como escribí antes, no es mi intención discutir cada una de las líneas de la reseña. Por eso voy directamente a la última y, sin dudas, más ligera e inadmisible afirmación: ''(los personajes) terminan por no conmover al lector'' ¿Cómo hizo el autor de la reseña para llegar a esa conclusión? ¿Hizo una encuesta entre todos los lectores del libro? ¿O se referirá a él mismo como un lector promedio o como EL lector? Por suerte, gracias al (modesto o no) recorrido que pudo hacer el libro entre lectores más o menos calificados, sé que no es ése el promedio. Si así fuera, más que sombrío sería el panorama.

31 de diciembre de 2006

¡Que año, Chuchu!


Hace justo un año, a la mañana del 31 de diciembre de 2005, me enteré de que Melina estaba embarazada. Lo que en ese momento nos pareció que no podía ser real, se fue confirmando y reconfirmando con los evatest de los primeros días de enero. Desde aquella fecha hasta hoy, lo que tenía el tamaño de una cabeza de alfiler no paró de crecer, dentro y fuera de la panza, hasta convertirse en una persona de más de siete kilos y sesenta centímetros, un bebé que ya nos reconoce y nos mira a los ojos, se esfuerza para reírse y balbucea en su extraña lengua palabras inventadas.

En el medio (además de varias cosas que no viene al caso publicar en el blog) cumplí treinta años y fui haciéndome a la idea de que algún día voy a ser viejo; hice nuevos amigos y conocidos y afiancé vínculos anteriores; publiqué un libro, generé lectores y pude seguir leyendo y escribiendo; trabajé para parar la olla en mi casa y dormí pocas horas por día; aprendí a ser padre, a ceder espacios y a no pensar sólo en mí; aprendí a cambiar pañales y a hacer la mamadera, a sentir una forma nueva e indescriptible de emoción, y a no hacerme mala sangre por cosas que en realidad no tienen importancia.


Feliz año nuevo para todos.

28 de diciembre de 2006

21 de diciembre de 2006

El lector

A la salida del trabajo, Melina ve pasar dos 93 (uno porque va demasiado lleno, el otro porque sigue de largo) y tras subir al tercero, mientras saca el boleto de la máquina, piensa que me debería llamar para informarme sobre algo increíble.

–Te llamo para contarte algo que no vas a poder creer –me dice un rato después, por encima del ruido ambiente y de la fritura del celular.

–A ver, decime.

–En el colectivo, en el asiento de adelante, viaja un pibe leyendo . . . Los estantes vacíos . . .

–Nooo –le digo yo, tras un par de segundos de silencio, sintiendo que es mucho más probable ganar la lotería que encontrar, en una ciudad de once millones de transeúntes, a alguno de los lectores de mi libro.

–En serio, no te voy a mentir. . .


Después de cortar y de marcar su número –para que no se le agote el crédito del celular–, le pido a Melina que le pase el teléfono al pibe.

–Estás loco, cómo voy a hacer eso . . .

–Dale, está buenísimo . . . Sabés lo que debe ser ir en un bondi lleno concentrado en un libro y que de pronto, como de la nada, se te aparezca la voz del autor . . .

–Pero estás loco. ¿Qué vas a hacer . . . le vas a corregir la página que está leyendo, se la vas a recitar de memoria?

–Dale, pasámelo . . .

–Pero va a pensar que es una joda, o un truco para robarle . . .

–Nada que ver . . . se va a volver loco. Podría ser parte de un cuento, dos personajes que se conocen así . . .

–Bueno, perá . . . Ahora está levantando la mirada del libro y preguntando dónde queda Plaza Francia . . . Me parece que es extranjero . . .

–Bueno, pasámelo antes de que se baje . . .

19 de diciembre de 2006

Work in progress

(…)

Haciendo rebotar contra la pared
las ondas del control remoto
el encargado del bar sintoniza
el canal que yo pongo en mi casa
para enterarme del clima.
Son las ocho de la mañana,
hay diecisiete grados
y cuarenta por ciento de humedad.
Aunque el volumen está bajo
no me cuesta darme cuenta
de que la mayoría de los titulares
que pasan por la pantalla
coinciden con los del diario
que estuve leyendo
mientras tomaba un café.

En la mesa a mis espaldas
se sientan dos chicas
que no dejan de hablar.
Por lo que dicen y sus voces
calculo que juntas no suman
más de cincuenta años
que una de ellas es bastante
más linda que la otra
y que están despiertas
desde la noche anterior.
Podría darme vuelta para
confirmar esas impresiones
pero tal vez para seguir
ejercitando la imaginación
o para no decepcionarme
decido hacer el esfuerzo
de seguir pensándolas así.

En otra mesa hay un hombre
que mientras habla de números
por su teléfono celular
tipea a toda velocidad
en una computadora portátil
como si estuviera haciendo
una versión taquigráfica
de su propia conversación.
Debe tener mi edad
pero el saco, la corbata
el peinado a la gomina
y la forma de hablar
lo hacen parecer
varios años mayor.

(…)

13 de diciembre de 2006

12 de diciembre de 2006

La ficha censurada

(No publicado en el número de diciembre de la revista Maxim)

Por Federico Levín


IGNACIO MOLINA

¿Quién es?
Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó el libro de cuentos Los estantes vacíos (2006). Administra el blog unidadfuncional.blogspot.com

Es bahiense y tiene treinta, ¿lo conoce a Ginóbili?
Por supuesto. Hasta jugó un partido contra él. Pero eso no viene al caso.

¿Salieron un par de reseñas de su libro, este año?
Por todos lados. Sorpresivamente Los estantes vacíos, un libro de cuentos de un autor hasta entonces inédito, tuvo una presencia llamativa en diarios, revistas e Internet en general.

¿Cómo escribe?
Tanto en el libro como en su blog (en el caso de Molina el blog es un pilar de su escritura) se ve su estilo personal, reconocible: una mirada profunda sobre la realidad, una atención casi enfermiza a los detalles y una ternura extrañada ante las cosas del humano. Para todo esto, le queda muy bien el formato del texto breve. Así lo piensa él: “No soy un militante acérrimo a favor del género, pero creo que un buen cuento contiene una tensión narrativa difícil de alcanzar en una novela. De todas maneras, muchos de mis relatos no obedecen a la estructura del cuento tradicional, son más bien como novelas en miniatura, o novelas llevadas a su mínima expresión”.

Tiene un ritmo cansino, en el que parece que no va a pasar nada, pero se siente que algo esconde. Las tramas son sutiles y no tienen golpes de efecto; no intenta llamarte la atención de entrada ni agarrarte para que no te vayas, lo que hace que algunos crean que a los personajes de Molina 'nunca les pasa nada'. Error. Molina pinta amablemente unos cuadros, un poco intrigantes, un poco cómicos, y te pide que te quedes si tenés ganas. A los personajes les pasan muchas cosas, pero él no va a andar diciéndolo a la vista de todos.

¿Y los cuentos del libro?
Los cuentos de Los estantes vacíos suceden Buenos Aires. Los personajes se mueven por la ciudad, se pierden, se buscan, se cruzan entre ellos y siguen sin conocerse, como si la misma Buenos Aires los moviera con sus manitos transparentes. Son casi todos jóvenes, todos son captados realizando pequeñas acciones, nunca nada trascendente: parecen poco importantes hasta para ellos mismos, y siempre un poco incómodos, como vestidos con trajes demasiado apretados. Una sensación que a cualquiera podría sonarle conocida.
Eso es lo impresionante del libro debut de Molina: cómo de a poco, mientras uno lee sintiendo pena por esos personajes, ellos se van haciendo cada vez menos visibles, menos importantes, y más parecidos al lector.

Para leer escuchando: Flopa Manza Minimal
Y bebiendo: Gin Tonic

11 de diciembre de 2006

8 de diciembre de 2006

Ayer y hoy

Uno de los puntos altos del evento de anoche se dio cuando a alguien, que intentaba tomar la palabra, le dijeron "pasale el micrófono a Molina ".
Al escuchar eso el pibe me señaló, como preguntándole a los demás si estaban hablando de mí, y, después de mirarme largos segundos con un gesto de incredulidad, dijo muy serio:

–Le faltan unos dieciséis liftings, para ser Dolina.

*

Hoy estaré acá:

5 de diciembre de 2006

Conclusiones post-lectura

De un mail de Pepe Trueno:


Molina:

Algunas conclusiones después de leer Los estantes vacíos:

1. Los amigos de Molina no tienen sobrenombre. Son "Fabián" o "Esteban" o "Santiago". Y listo.

2. Molina vive en un departamento, probablemente en planta baja.

3. A Molina le copa establecer asociaciones conceptuales agudas y particulares, aunque arbitrarias y sin objeto.

4. A Molina le copó mal "Amores perros".

5. Molina tiene varios amigos separados y algunos separados y con hijos.

6. Molina posee una mente lúcida y alerta que permanentemente genera contenidos ingeniosos y originales sin ningún tipo de aplicación práctica.

7. Molina viaja, principalmente, en bondi. A veces en taxi y, por ahí (si va a provincia), en tren.

8. Entre los veinte y treinta años Molina dedicó mucho tiempo a:
- buscar trabajo
- buscar departamento

9. A diferencia de tipos como Henry Ford, los contenidos que se generan en lamente de Molina están destinados a terminar allí (o en un cuento, que es más o menos lo mismo).

10. El edificio en el que vive Molina tiene pozo de aire y luz. Le copa bastante escuchar los ruidos y conversaciones que llegan.

11. Ergo, Molina nunca va a ser rico.

4 de diciembre de 2006

Domingo

En la pileta del edificio, un matrimonio, nuevo en el consorcio, toma mate haciendo mucho ruido y tratándose de "mami" y de "papi". Tienen alrededor de cuarenta años cada uno y un hijo de cinco o seis. El nene juega a tirar bombitas de agua contra las lajas del suelo, hasta que otro propietario le informa a su madre que no puede tirar más porque se va a tapar el filtro de la pileta. Amparándose en el pago de expensas la mujer esboza una protesta, pero su marido la frena diciéndole que no vale la pena:

–Dejá, mami, no te gastés –le dice–, no te das cuenta que son ortivas, que son amargos . . . No dejan a los chicos disfrutar . . .

Yo salgo de la pileta chorreando agua, controlo que el bebé esté cubierto de sombras y me tiro al sol a seguir la discusión. Cerca del mediodía, cuando las demás familias se van, me siento a hojear el diario en la reposera. La pileta, me digo –como si estuviera analizando una noticia o una columna de opinión–, siempre es fuente de conflictos entre aquellos que, de una u otra manera, creen que les pertenece con exclusividad. Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que hacen uso arbitrario de, en algunos casos, o cuidan con extremo celo, en otros, ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer muchos, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad.

A la noche me empiezan a arder los hombros. Sólo al sacarme la remera me doy cuenta de que tengo el pecho rojo. Por la televisión pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultáneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte.