1 de septiembre de 2007

Un año

Hace un año, horas después de que pasara todo esto,

yo entraba en un locutorio para contar esto.



28 de agosto de 2007

Girasoles

En Bahía son muy populares las semillitas de girasol. Las venden en bolsitas transparentes, con el nombre de la marca impreso en letras amarillas. La primera imagen que se me viene a la cabeza cada vez que pienso en la cancha de Olimpo es la de millones de cáscaras de semillas desparramadas sobre las viejas tribunas de madera durante la retirada del público. La primera vez que pedí semillitas en Buenos Aires, el kioskero se me rió en la cara: “¿semillitas, pibe, qué sos, una gallina, hincha de River?”. Años después aparecieron las Pipas, pero ni siquiera cuando tuve mi propio kiosco las probé: el envoltorio, demasiado moderno, me tiraba para atrás.

Anoche, mientras escribía, me acordé de todo eso. Me acordé de la manera en que me gustaba comerlas: separaba un puñado bastante grande de semillitas, me pasaba varios minutos pelándolas una por una, y después, todas juntas, me las metía en la boca. El placer casi efímero de morder tantas semillas al mismo tiempo justificaba todo el trabajo anterior. Algo similar, pensé ayer, me pasa cuando escribo cuentos: me gusta que el trabajo minucioso y casi de relojería que me lleva cada uno precise una lectura que lo devore de una sola sentada. Trabajar en la novela que estoy escribiendo, en cambio, es comer las semillitas del modo más tradicional: de a poco; sin prisa, sin pausa y sin tanta fineza; abriendo cada fecha una bolsita; mordiendo la cáscara, escupiéndola al tablón y despegándome los restos de los dientes.

Solicitud de paradero

¿¿Y Agua de estanque??

¿¿Y Anónima??

21 de agosto de 2007

Etcétera

Si yo fuera un campeonato de básquet no sería la Liga Nacional ni ninguna de las ligas europeas ni, mucho menos, la NBA: sería el torneo local de Bahía Blanca. No quiero decir que ese sea el campeonato que necesariamente más me gusta; quiero decir que ese es el que yo sería. Me resulta difícil explicarlo, pero no me quedan dudas al respecto. Un torneo compuesto por veinte clubes de los diferentes barrios de la ciudad, a cuyos partidos, durante la temporada regular -antes de los playoffs-, no van, salvo excepciones, más de trescientas o cuatrocientas personas que entienden bien lo que están mirando. Un torneo compuesto por hombres que entrenan en un solo turno por día, tienen que trabajar de otra cosa para ganarse la vida, y, aunque en muchos de los casos cobran algún sueldo, siguen jugando por la camiseta, el amor al barrio o la pasión por el básquet, sin ningún tipo de interés extradeportivo.

*

Abel Escudero Zadrayec es un periodista bahiense que además de cubrir, entre muchas otras cosas, el torneo que yo sería si fuera campeonato de básquet, tiene un blog en donde documenta su presencia en el partido más largo en la historia de Sudamérica, escribe proclamas como ésta y postea –después de conocerme a través Unidad Funcional– elogios demasiado desmedidos.

14 de agosto de 2007

10 de agosto de 2007

"Una unidad funcional"

(Publicado en la revista No-retornable)

Los estantes vacíos (Entropía, 2006)
de Ignacio Molina

por Sol Echevarría

Los estantes vacíos es un libro compuesto por quince relatos que funcionan como quince piezas de un rompecabezas. Si bien la tapa anticipa que es una compilación de cuentos, lo cierto es que existe una marcada continuidad entre ellos. El cruce de personajes, de historias y de lugares es tal que hasta podría pensarse que se trata de una novela. Cada cuento está compuesto por diferentes fragmentos y, a la vez, cada cuento es un fragmento del libro, como si todo fuera una unidad funcional. Una unidad, por supuesto, despedazada e incompleta, que se puede leer de atrás para adelante o saltando en forma desordenada.

El cruce entre un cuento y otro está dado por los vínculos que se generan entre los personajes a causa de su deambular por la ciudad. A menudo sus vidas apenas se rozan por un instante y luego prosiguen cada una por su camino. El azar cotidiano influye en estos pequeños intercambios que hacen que la mirada del narrador zigzaguee entre distintas historias. Así, sigue los pasos de un chico que va a comprar algo al kiosco y, zás! luego vemos al chico alejarse a través de los ojos del kiosquero, quien se convierte inmediatamente en el foco del relato. En este vaivén narrativo predomina un interés fugaz y algo caprichoso gracias al cual el relato diverge constantemente.

Este desplazamiento de perspectivas produce una visión panorámica fragmentada. Una vuelta al día en ochenta mundos donde cada personaje tiene una óptica determinada y una historia particular, aunque ésta permanezca apenas esbozada. El resultado es un rompecabezas imposible, ya que nunca se puede reponer la totalidad de las historias que se narran. Hay elipsis, piezas sueltas y repeticiones. Queda una mirada desecha, similar a la que se obtiene al observar a través de un calidoscopio.

Se produce un texto espiralado en donde las historias se entrecruzan. Los nombres de los personajes ya leídos resuenan en cada cuento como un eco, a veces difícil de restablecer. Vuelven a la memoria como un chispazo, como una resonancia de algo olvidado. La errancia de los personajes es la que estructura el relato. Estos nuevos flaneurs del segundo milenio recorren la geografía concreta y bien delimitada de Buenos Aires, sobre una calle o avenida en particular. Ese hincapié en el detalle cartográfico pareciera trazar una flecha que apunta a la realidad como su blanco principal.

Los personajes son, casi todos, veinteañeros que se hunden en siestas desordenadas, conversaciones triviales y se dedican a dar vueltas por la ciudad. Por momentos parecieran incluso no decidir sobre su destino. Hay cierta inercia en la manera que tienen de desplazarse por el mundo. Se entregan al azar como si fueran pequeños autómatas. Duermen, comen, conversan, deambulan y vuelven a sus casas. Están enmarcados en una cotidianidad de quehaceres domésticos y de acciones banales, apenas atravesada por conflictos que se disparan tanto a causa de la mirada de un mozo como por una tortuga encontrada en la calle.

(...)

(La reseña completa, clickeando acá)

5 de agosto de 2007

31...

...¿¿treinta y uno!!!???...

2 de agosto de 2007

Cháchara

Anoche, en la previa de la sesión de fotos para la revista Dodó, dije que, al momento de ponerme a trabajar en la novela, me presionaba el hecho de tener en cuenta todas las cosas que me comentaron y se escribieron sobre mi primer libro. Y después, ya en la vereda, pensé que era un boludo. Soy un boludo, me dije, sintiendo en todo el cuerpo la humedad de la avenida de Mayo: lo que me presiona no es eso; lo que me presiona es la inflación, llegar con lo justo a fin de mes, pensar en el futuro de mi hijo. Nada de lo que tenga que ver con la escritura me puede presionar, y todo lo que pueda decir sobre ella es, en el fondo, pura cháchara: en realidad lo único importante es leer, hacerse el tiempo para escribir, poder vivir en la literatura al compás de los días.

*

Ayer, minutos antes de las cinco de la mañana, el bebé cumplió once meses. En algún momento del día se golpeó la cara con la baranda de la cuna. Auque no demuestra dolor, ahora tiene un pequeño moretón negro al costado de un ojo. Esta mañana, para sacarle la hinchazón, le pasé un cubito de hielo envuelto en una servilleta, y después, para curarle el resfrío que no lo había dejado dormir en casi toda la noche, le puse gotas en la nariz y le hice un baño de vapor. Los dos, casi desnudos, transpiramos como si hubiéramos corrido una maratón en pleno verano. Antes, y hasta que el reflejo empezó a hacerse borroso, jugamos a hacernos peinados ridículos frente al espejo.

31 de julio de 2007

Natalicio

Las paradojas del calendario: ya empezó la semana de mi cumpleaños, pero no todavía el mes. El recital del viernes pasado merece una crónica que, al menos hasta ahora, ninguno de los miembros del Quinteto escribió: guiso romeriano; buenas lecturas; alrededor de ciento veinte personas; mucha atención; voz femenina invitada; varios libros vendidos; lindo ambiente; guitarrista inspirado. Cuando abrí la puerta del Pacha para salir, vi cómo uno de los encargados, con una botella entre las manos, le explicaba a un policía: "… estamos celebrando un aniversario de mi natalicio…". Yo me acordé de Natalicchio, el defensor pelilargo de Huracán de Tres Arroyos, y, como para seguirle la corriente al pibe, lo saludé como si fuera mi amigo y le deseé feliz cumpleaños. En la parada de colectivos un hombre de mi edad discutía con una mujer por teléfono: "…y si yo te hubiera metido los cuernos, ahora de qué estaríamos hablando…", decía a los gritos y mirándome de reojo. Yo me hubiera quedado a escucharlo hasta el final de la conversación, pero, casi como en un acto reflejo, tuve que estirar un brazo al ver acercarse un 168. Según el boleto eran las tres y media de la mañana. En la hilera de asientos del fondo, una pareja de adolescentes dormía abrazada. Les miré las zapatillas altas, los dos pares del mismo color, y me di cuenta de que ante el primer frenazo del coche terminarían revolcados en el suelo.

Mockba


25 de julio de 2007

19 de julio de 2007

16 de julio de 2007

Niño diamante

Yo te sigo capitán / quiero soñar /
todos tus sueños y verte nadar /
llevame al mar / llevame al mar /
Niño diamante que corta al diamante /
niño más grande que el sol /
Timonel del ciclón / remolino vencedor /
quiero aprender capitán / serenidad
para mirarte y verte crecer / cada vez más /
Tengo las espadas y el escudo /
para defendernos los dos /
proteger tu cuarto azul / capitán, viaja en la luz /
Indio / revoluciona /
arrasa el barrio / como una bomba /
Cómo se ve la ciudad / desde tu lugar /
casas gigantes y la inmensidad /
de tu mirar / de tu mirar /
Niño diamante que corta al diamante /
niño más grande que el sol /
Que caiga un temporal / trueno gris, un vendaval /
yo te sigo capitán / quiero mirar /
todos tus trucos, poder abrazar / el viento y el mar.
Tengo las espadas y el escudo /
para defendernos los dos /
proteger tu cuarto azul / capitán, viaja en la luz /
Indio / revoluciona /
arrasa el barrio / como una bomba.


(Gaby Fernández Capello)

9 de julio de 2007

Nieve

Hace un año cayeron piedras gigantes, ahora está cayendo nieve común; para el año que viene habrá que llamarlo:



NOTA AL PIE DEL MARTES: Está bien, no creo que mi post haya sido muy original, pero la realidad es que hoy los editores de Página/12 me chorearon la imagen.

3 de julio de 2007

El sitio de Tonnelier

Pepe Trueno y Tornicheli presentan:

EL SITIO DE TONNELIER

y dicen que se zarpa de grosso.

2 de julio de 2007

Ventana

Mirado desde cierta distancia, el hueco de la Ventana tiene la forma de la República Argentina. Anoche, leyendo y mirando este blog, me acordé del día en que subimos hasta ahí con los pibes de la escuela. Los que, como yo, siempre veraneábamos en el pueblo, nos reíamos de los que decían "ríos" en vez de "arroyos" y "montañas" en vez de "sierras". Yo me hacía el canchero porque me sentía local, pero aquel día, por terror a la vergüenza, casi me desmayo: por no animarme a sacar de mi mochila la cantimplora rosada y con motivos infantiles que me había prestado mi hermana, sentí, antes de llegar a la cima, que me empezaba a deshidratar.

29 de junio de 2007

Chamamé

La de abajo es la tapa de Chamamé, la segunda novela de mi amigo Leonardo Oyola, publicada -al menos por ahora- sólo en España.

Y clickeando acá se puede leer una entrevista realizada a Leo a raíz de la publicación del libro.

27 de junio de 2007

Existir en invierno

Al mediodía, encuentro con Cecilia S. en un bar de Palermo Viejo para conocernos y comentar detalles de la futura antología. Nos sentamos en la vereda. Yo no pido nada para comer ni para tomar, no porque sepa que en este lugar las mozas cobran al voleo sino porque estoy un poco engripado, por primera vez en el año pude dormir hasta las doce y desayuné hace menos de una hora. Ella siente olor a marihuana y se da vuelta para ver quién está fumando. Yo estoy demasiado resfriado como para oler cualquier cosa y sólo veo a una chica tomando café con leche en la mesa de al lado. En la esquina me cruzo con una niñera paseando a dos bebés mellizos en cochecitos y a una chica de mi edad paseando a más de diez perros. Hace frío, me envuelvo el cuello con la bufanda, piso una baldosa floja y pienso que este barrio está construido para existir en invierno. Pienso en las personas que veo, en los que pasan en auto y en los que debe haber dentro de sus casas; todos hacen algo, o dejan que alguien haga algo por ellos, para poder seguir haciendo lo que hacen. Por algún motivo –supongo que por complejo de inferioridad–, nunca dejan de asombrarme los modos que tiene la gente de ganarse la vida.

26 de junio de 2007

Este viernes

Funes - Molina - Oyola - Romero - Levín - Gorostiza
Viernes 29 de junio, 21 hs.
C.C. Pachamama. Argañaraz 22, Buenos Aires

25 de junio de 2007

Malabares con el sobre

El pasado viernes a la noche, o sábado a la madrugada, entrevista a los pibes del Quinteto en la frecuencia modulada de la radio estatal. En Corrientes y Pueyrredón, frente al edificio de los setenta balcones y ninguna flor, esperamos a algún colectivo mientras se me congela la nariz, como si tuviéramos cincuenta años menos entre todos y saliéramos a bailar. Alguien nos insulta desde un auto. En el estudio todo sale bastante desprolijo, la operadora nos reta por tocar los micrófonos. Después dicen que me tomo las cosas demasiado en serio, pero si digo que soy casi el único que publicó un solo libro alguno cree que, "como siempre", lo digo para diferenciarme. En otro momento rompo la veda electoral: "no queremos que esté bueno Buenos Aires", pero no logro influir en los resultados del domingo. Esa mañana, bien temprano, camino con Fausto las cinco cuadras hasta la escuela. Decido llevarlo a upa, un poco para no armar el cochecito, otro poco para protegerlo del frío y otro poco para que en la cola me dejen pasar. Me parece que la presidenta de mesa, antes de pedirme el documento, mira hacia los pies del bebé. Yo pienso que se le debe haber salido un zapato, pero en el cuarto oscuro, mientras hago malabares con el sobre, me doy cuenta de que ella me estuvo mirando el cierre bajo del pantalón.

22 de junio de 2007

Una literatura robusta

¿Qué es una literatura robusta? ¿Y una literatura que se mueve en los límites? No sé, creo que nunca entiendo del todo bien ese tipo de definiciones, pero la verdad es que no me disgusta escucharlas. En la manzana de enfrente están construyendo un edificio de departamentos. Empezaron hace pocos meses y ya van por el cuarto piso. Desde temprano, de lunes a sábados, se puede ver a los albañiles por la ventana. Me hubiera gustado sacar una foto por semana desde el primer día, para ir registrando el avance de la obra, pero no tenemos cámara. Eso es moverse en los límites, pienso, trabajar a la intemperie, en el borde de la cornisa, a las siete de la mañana de un día lluvioso. Ayer, en la fiambrería del supermercado chino, uno de ellos intentaba explicarle a otro las promociones futboleras de esta altura del año. No es tan difícil, le decía, juegan los casi últimos de Primera contra los casi primeros de la B para ver cuál va a jugar la próxima temporada en la A. Con los cascos entre las manos, eligieron dos bolsas grandes de pan y pidieron quinientos gramos de paleta y quinientos de queso. Un minuto después, en la fila de cajas, los tres tuvimos que esperar a que el dueño dejara de recibir los insultos de una clienta por un error en el vuelto.

21 de junio de 2007

Premio Indio Rico

Yo cumplo con los requisitos etarios y de origen, pero, como no quiero convertirme en el nuevo affaire-Piglia, no puedo participar.


20 de junio de 2007

20/6

Alguien me reta por mail: me dice que el blog ya no es como antes, que a partir de "determinado momento empezó a ser menos divertido" y me pregunta qué está pasando. Yo le respondo que acepto y agradezco las críticas pero que no pasa nada en especial. "El tiempo va cambiando todo", le escribo, sin saber del todo bien lo que pretendo decir con eso. El viernes pasado Unidad Funcional cumplió dos años, el sábado se cumplió un año de la presentación de mi libro, y el domingo festejé mi primer día del padre. Había planeado hacer un post refiriéndome a alguna o a todas de esas cosas, pero no tuve demasiado tiempo ni entusiasmo. Esos, además del económico, son los factores que hay que ir aprendiendo a administrar. Creo que nunca va a dejarme de parecer raro pensar en mí como padre. La paternidad es una de las cosas más comunes del mundo, pero, al mismo tiempo, la más extraña de todas. El domingo me regalaron un pantalón y un pulóver con cierre. Espero que nunca me regalen afeitadoras ni medias ni corbatas. Ahora, en el corralito, el bebé deja de ahorcar a Mickey y se queda mirando la ropa tendida en el balcón. En un rato, cuando escuche ruidos de llaves en la puerta, va a pedirme con gritos que lo saque de ahí.

19 de junio de 2007

Generacional

“Con algunos escritores argentinos siento que hay algo generacional que va más allá de la camaradería o los manifiestos comunes –sugiere Mairal–, y que tiene que ver quizá con el uso de nuevas tecnologías como los blogs, cierta libertad expresiva o falta de solemnidad, la diversidad de estilos y temas, la capacidad para cruzar lo bajo con lo culto, lo prestigioso con lo adulterado, la capacidad de exageración, de juego, de goce, de evocación.”

(de Pedro Mairal, a Página/12, sobre Bogotá 39)

15 de junio de 2007




14 de junio de 2007

11 de junio de 2007

Maratón

(Post informativo casi choreado a El señor de abajo -con un evento más-)










VIERNES 15 DE JUNIO 20 HS


LA MANZANA EN EL GUSANO


Delfina Muschietti- Martín Rodriguez - Germán Rosati

Club Bollini: Niceto Vega 5976 (Entre Arévalo y Ravignani)


7 de junio de 2007

Desde la Puerta de Alcalá

Marcelo Luján es un escritor argentino radicado en España desde el 2001. Allá se da el lujo de vivir de la literatura y de actividades laterales: trabaja como periodista, publicó varios libros, ganó muchos premios (el último, el XLIX Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián, por el cuento largo "El desvío") y coordina talleres de escritura. Tiene un blog y una página web en donde se pueden conocer, además de sus posts, algunos de sus textos de ficción. Hace pocos meses leyó Los estantes vacíos y me mandó estas fotos sacadas frente a la madrileña Puerta de Alcalá:







6 de junio de 2007

5 de junio de 2007

Casi anécdotas

Anoche (antes o después de hablar sobre los nuevos políticos y los viejos escritores de derecha), cuando me dijeron el nombre de ese pibe, yo conté una casi anécdota: "la otra vez subí al subte, me senté y me puse a hojear mi libro para tratar de elegir qué iba a leer en público esa noche. Pero cuando levanté la cabeza y vi a este flaco mirándome fijo, me dio vergüenza que me viera leyendo mi libro y tuve que guardarlo y no pude elegir hasta mucho más tarde…"

Durante los puntos suspensivos un amigo se me quedó mirando, como esperando algún remate ingenioso, y aunque no escuché lo que dijo, pude darme cuenta de que pretendió hacerme quedar en ridículo.

Bueno, loco, no todos los comentarios tienen que ser geniales, brillantes y divertidos, no siempre tenemos que ser como personajes de novelas inteligentes, pensé en decirle, pero justo en ese momento llegaban los chorizos. Además, pienso ahora, sobre casi anécdotas y puntos suspensivos está construida la parte del mundo que vale la pena.

4 de junio de 2007

31 de mayo de 2007

Papeles viejos

De un cuaderno de 1999:

(...)
En la esquina de Uruguay y Corrientes, mientras espero a que cambie la luz del semáforo, escucho al viejo que está a mi lado hablar por celular. Calculo que tiene unos setenta años y habla con tono dubitativo. "Esperame un poco, estoy en una cola larguísima . . . No sé a qué hora llego, depende de cuándo me atiendan acá", dice moviendo la cara en ese sentido, como si la persona con la que habla lo estuviera mirando. Enseguida lo pierdo de vista, entre toda la gente que cruza, pero en la vereda de enfrente lo reencuentro. Camino a su lado y lo veo pararse a mirar las carteleras del cine sin dejar de hablar. "Nooo, papá, lo del sábado se suspende al final", dice ahora. "¿No te comentó nada Alfredo? . . . Parece que Bochatón se enfermó y cancelaron la fecha . . . Después Alfred me tiró la idea de hacer un festi punk", explica, y aunque no puedo creer lo que dice y me gustaría seguir escuchando, sigo caminando para no llegar tarde a la oficina. En el ascensor leo una frase escrita con birome . . .
(...)

29 de mayo de 2007

Bahía, blanca

Sólo dos veces vi nevar en Bahía Blanca o la zona. La última fue en una mañana de invierno de 1991. Estaba en medio de una clase de geografía cuando, al ver cómo las gotas que caían junto a las palmeras del patio empezaban a emblanquecerse y a hacerse cada vez más pesadas, salí gritando del aula junto a todos mis compañeros. La primera vez, varios años antes, volvíamos con mi familia de Sierra de la Ventana. Cuando el asfalto se puso completamente blanco, mi papá decidió estacionar a un costado de la ruta. Mis hermanos y yo, también a los gritos, bajamos apurados para revolcarnos sobre esa superficie que no conocíamos. Después hicimos una guerra de bolas y construimos un muñeco gigante sobre el baúl.
Ayer volvió a nevar después de tantos años. Supongo que mis sobrinos, al levantarse de la cama, mirar por la ventana y ver todo blanco, también se habrán puesto a gritar.

A You Tube subieron, entre otros, estos dos videos de la jornada de ayer. El primero está filmado en Palihue, una zona residencial, y el segundo –al que, en un alarde poético, le agregaron música clásica– muestra los fondos de una casa de algún barrio de la ciudad.




23 de mayo de 2007

Parrilla al carbón (algunos a esto lo llaman poesía)

La otra noche estuvimos
con dos poetas de los noventa
aunque no sé si eran "de los noventa"
eran en todo caso dos tipos
de alrededor de cuarenta
que escriben poesía
cuando están inspirados.

Nos llamaban "los narradores"
y hablaban con gravedad
de palabras, de orillas lejanas
y de la omnipresencia del yo
en la articulación del lenguaje.
Pretendían saber qué pasaba,
si habíamos leído a Onetti
porque "no se puede escribir
sin haber leído esas páginas"
con el gesto ampuloso
con que un adolescente cuenta
"estoy leyendo a Cortázar".

En la mesa había una mujer
que de joven creía
que con
dos amigos de su edad,
o de su misma ciudad,
entraría en el canon.
Para eso había escrito
operado y hablado
en las últimas décadas,
ese había sido
su proyecto vital
encaminado al fracaso.

Pusieron más de cinco billetes
tras las tiras y el vino
pero como no estaban acostumbrados
a gastar "tanta plata
en narradores de ahora"
me preguntaron si les mandaría
algunos cuentos por mail.

Y bueno, le dije a mi amigo
ya en la vereda,
"comidas para llevar, ñoquis con tuco,
ambiente familiar, parrilla al carbón":
algunos a eso
lo llaman poesía.

16 de mayo de 2007

14 de mayo de 2007

"Melodrama" en Mil Mamuts

En el número actual de Mil Mamuts –revista trimestral de cuento latinoamericano dirigida por Alejandro Larre– se puede leer un relato mío, inédito y bastante largo –de unas diez o quince páginas de libro– titulado "Melodrama".

También hay cuentos de Fabián Casas y Elsa Drucaroff, un dossier sobre la chilena Alejandra Costamagna, y muchas cosas más.

La revista se consigue en estos puntos de venta, y, más allá de la inclusión de mi cuento, es muy recomendable.

11 de mayo de 2007

Mi barrio

Anoche, mientras escribía en silencio, escuché el ruido de un helicóptero. Pensé en mirarlo desde el balcón pero la persiana ya estaba baja. Esta mañana, mientras le daba la mamadera a mi hijo, vi la noticia por televisión: había habido un intento de robo, con tiroteo y policías heridos, a la vuelta de mi casa.

Un móvil transmitía en vivo desde el lugar de los hechos. A través de la cámara el barrio se veía diferente al que yo podía ver desde la ventana, como si fuera un recorte amplificado de lo que es en realidad. Hasta los detalles más familiares se veían distorsionados. Supongo que la sensación es parecida a la que uno tiene al ver ciertas fotos, escuchar su propia voz grabada o mirar filmaciones en las que aparece: ese que está ahí vengo a ser yo, piensa uno en esos casos, pero no se parece en nada a la idea que tengo de mí.

En cuanto al aborto del robo hubo versiones encontradas: el hombre que había sido encañonado dijo que una vecina había llamado a la policía, y, por otro lado, el comisario afirmó que un "móvil que patrullaba el lugar" había visto movimientos sospechosos "frente a la finca" y había "actuado con rápida prontitud". Cuando el conductor del noticiero se refirió al barrio como "Palermo Hollywood" tuve que cambiar de canal, un poco indignado, y al ver la noticia por Crónica TV el humor me cambió: firme junto al pueblo, este movilero no sólo no hacía mención a ese término ridículo, sino que a esta zona de la ciudad la llamaba "Colegiales".

(Y hablando de eso, como para ir calentando el ambiente: la semana pasada, en las oficinas de Entropía, me enteré de que ya se viene el –hasta ahora conocido como–"libro de los barrios", una antología, compilada por Juan Terranova, que cruza a casi treinta barrios porteños con la misma cantidad de autores argentinos nacidos en los años setenta y principios de los ochenta. El barrio en torno al cual girará mi texto es, por supuesto, Colegiales)

9 de mayo de 2007

Entrevista a Rafael Ferro

A Rafael Ferro lo incomoda dar entrevistas. O al menos eso asegura apenas comenzado el reportaje: "Está bueno tener una charla interesante, pero no me gusta cuando la nota sólo sirve para llenar espacios en las revistas". Esa premisa, la de no ocupar espacios en vano, también parece haber guiado el rumbo de su vida: Ferro fue jugador profesional de squash en Alemania hasta los veinticinco años, y en el apogeo de su carrera, cuando se dio cuenta de que el deporte ya no lo hacía feliz, abandonó todo y volvió a la Argentina para estudiar teatro. "Yo tengo la teoría de que cada tanto hay que reinventarse, romper todo y empezar de nuevo, así me pasó con el squash y en cualquier momento me puede llegar a pasar con esto." Con "esto", Ferro se refiere a la profesión de actor que hoy, a sus cuarenta y dos años, lo encuentra formando parte del elenco de La Lola, la tira emitida por América.

–¿Te aburriste de la actuación?

-No me aburrí de la actuación en sí misma. Disfruto del trabajo pero no del entorno, de la cosa de la exposición. Todo es muy hipócrita, porque parece que a veces sólo importa la fotito. Se dicen muchas pavadas, vos viste lo que es el circo que hay alrededor.

-¿Qué otras cosas te molestan del ambiente?

-Me desagrada la forma en que está medido el triunfo, los parámetros que se usan para medir el éxito. Ahora parece que el triunfo es sólo tener rating y ganar mucha plata. Al que piensa que triunfar es eso yo le diría "retirate y producí una película buena en serio en vez de seguir con los mismos programas". Hay muchos que ya tienen millones y lo podrían hacer tranquilamente.

En La Lola Ferro encarna a Gastón Sac, el primer personaje cómico de su carrera. Después de interpretar papeles serios en tiras como Resistiré y El tiempo no para, y de actuar en películas "de autor" como El buen destino y La mano de Dios, hoy siente que el público le agradece el hecho de hacerlo reír.


–Al principio tu personaje era más serio, ¿cómo lo compusiste?

–Es que al principio siempre pasa lo mismo: viene el guionista y te dice cómo tiene que ser el personaje. Pero después pasa lo que les debe pasar a los futbolistas: el director técnico te dice "parate en la derecha", pero cuando la pelota se mueve ya empezás a jugar vos. Uno al principio obedece y está durito, y después empieza a meter cosas suyas. Está bueno meter lenguaje propio. Además en La Lola tenemos mucho margen para improvisar, y eso te da mucha libertad.

–¿Qué te dice la gente en la calle?

-La gente te mira, muchos te dicen algo, en general es muy cordial el trato. Me tiran buena onda, pero yo extraño el anonimato. No podés darte el permiso de estar borracho en algún lado porque sabés que todos te van a mirar más. A mí me gusta el laburo, te repito, pero me gusta preservar la intimidad. Hay algo en que no transaría que es el tema de la invisibilidad de la gente.

-¿Sentís que les cuesta despegarte del personaje?

-Sí, eso pasa, hasta algunos me hablan como si fuera Gastón. Muchos no veían humor en mí, no creían que yo podía ser un tipo divertido, inclusive los mismos actores, mis compañeros, que no me habían visto hacer comedia. Me veían muy serio, muy formal.

-¿Y vos te ves más parecido al personaje de la comedia o al de los papeles serios?

–Tengo un poco de todo. Te diría que soy bastante ciclotímico, porque me la paso haciendo jodas y cagándome de risa en los pasillos, pero también tengo mi parte melancólica, depresiva. En el fondo soy tímido, pero cuando vos me conocés soy insoportable y excesivo. Lo que pasa es que también tengo una parte que se averguenza de eso y vuelve a meterse para adentro. Yo me defino como un payaso negro, porque me gusta mucho el humor, pero cuando caigo voy hasta al fondo… Aunque ahora no puedo caer tanto, porque tengo tres hijos.

Los tres hijos de los que habla Ferro se llaman Lorenzo, Matilda y Antonio, y tienen nueve años, seis años y seis meses respectivamente. Los dos primeros son fruto de una pareja anterior, y al bebé lo tuvo junto a Rosario, su actual mujer, una montajista de cine "divina". El tema de la familia aparece varias veces durante la charla. "La convivencia siempre es difícil –afirma–, hay que luchar todos los días para que la cotidianidad no aplaste lo demás, porque siempre aparecen los problemas por los detalles más chiquitos, los enojos por la pasta de dientes mal apretada, por los spaguettis recalentados…". Ferro vuelve a mencionar a los hijos cuando se le propone hacer un balance de su carrera.


–Estoy conforme –cuenta–, yo empecé grande, a los veinticinco, y me fui metiendo rápido, podría haber rebotado. Claro que siempre está la disyuntiva de cualquiera que supone que trabaja con algo creativo. Uno cuando empieza dice "voy a hacer cine ruso", y termina haciendo televisión. A veces pienso "no hago tele nunca más en mi vida". De hecho no actuaría más, porque ya cumplí un ciclo. Pero por otro lado sé que tengo tres hijos y que a veces hay que transar. Lo difícil es saber hasta qué punto.

–¿Y si hoy te retiraras qué harías?

-Me encantaría ser director de cine. Porque soy un amante del cine y un director frustrado, pero no te digo que lo voy a hacer. Quizás a los ochenta años lo haga, no importa el tiempo. Me fascinaría, pero le tengo demasiado respeto al oficio. Viste que ahora dirigen todos, todos escriben guiones. Da un poco de pudor, porque por ahí te podés pasar toda la vida para hacer bien una sola cosa… Ahora volví a jugar al tenis, y si pudiera volver quince años atrás volvería a dedicarme a eso y dejaría la actuación.

De tanto planificar futuros novedosos y de reinventarse para cambiar de piel, Ferro ve su época anterior a la actuación como algo lejano, como si la hubiera vivido otra persona. De aquella etapa juvenil también surge el recuerdo de su no tan tormentosa relación con las drogas y del descubrimiento de su propio histrionismo.


-De chico era un niño burgués, rico. Jugaba al tenis y después empecé a jugar al squash. Jugaba en Primera, viajaba, me contrataron de un club de Alemania. Era una vida muy diferente. Ahora soy como una especie de James Dean del squash, porque era muy bueno. Tenía talento, de hecho mucho más que para la actuación. Pero al mismo tiempo me gustaba mucho la farra, y mi relación fuerte con las drogas fue al final de esa época.

-¿Cómo convivían el deporte y las drogas?

-Convivían como dos extraños. Yo era muy bardero. Encima cuando me fui a Europa era la época del boom del extasis, y yo tenía la filosofía de que para deshechar tenés que probar todo. Con un par de amigos squashistas combinábamos entrenamiento con boliche, y por ahí pasábamos de largo. Fueron años salvajes, muy divertidos.

–¿Y cuando volviste a Argentina empezaste a actuar?

-Volví porque quería estudiar teatro. Me di cuenta de que me encantaba, de que eso era lo que quería hacer, y que al deporte había llegado como por inercia. En cambio el teatro fue algo que desde las primeras clases me dije "uh, esto es un caño". Ya en la última etapa del squash entregaba más show que juego y me empezaron a multar por eso. Le daba un show a la tribuna: hacía chistes, me peleaba con los referís, hacía bardo, mostraba el culo …

Dos años atrás Ferro protagonizó Squash, una obra de teatro autobiográfica, dirigida por el escritor y cineasta Edgardo Cozarinsky, en la que repasaba su vida con lujo de detalles, desde su infancia acomodada hasta su actual oficio, pasando por la etapa de deportista, los "años salvajes" y el conflictivo vínculo con sus padres. La relación laboral y amistosa entre el actor y el director había comenzado en el 2004, cuando Ferro protagonizó Ronda Nocturna, una película dirigida por Cozarinsky. "Pese a la diferencia de edad nos hicimos amigos, compinches –cuenta Rafael–. El me mostraba su noche y yo la mía. A él le gusta la milonga, el tango, y yo lo llevaba a Club 69. Eramos como adolescentes, él me mostraba el champagne y yo le mostraba otras cosas… Y cuando le ofrecieron hacer un biodrama a él se le ocurrió que un actor en escena contara su propia vida. Y como quería hacer algo con el deporte, le cerró que yo lo protagonizara."


–¿Y cómo fue la experiencia?

–Muy intensa. La obra me generaba problemas psicológicos. Cuando la empecé a hacer tenía dudas, me parecía demasiado narcisista hablar de mi vida. Y también era fuerte porque me representaba todos los días, y había un actor haciendo de mi mamá, otro de mi papá… Entonces tuve mis problemas, que los tengo siempre, pero en ese momento más todavía.

–¿Qué opinaron tus padres?

–Mis padres no la pudieron ir a ver, porque obviamente hablaba mal de ellos: no me iba a perder la oportunidad de hablar mal de mis viejos. Pero sí se enteraron por otro lado. Fue fuerte, porque se trataba de contar mi vida, y se quiso contarla toda. Pero por ahí te das cuenta de que mostrando cómo un tipo dobla una servilleta, o cualquier otro detalle, estás contando más que si mostrás algo grande. Entonces nos pasó eso, se quiso contar mucho y no se enfocaba en nada, como dice la frase: el que mucho abarca poco aprieta…

–¿Qué cosas hubieras preferido no contar?

–Es que yo contaba todo. Estaba totalmente expuesto: había una línea de merca que ocupaba todo ancho del escenario y yo la tomaba toda… Ahora me pregunto qué necesidad había. Era muy amarillista contra mí mismo. Yo soy medio explosivo y salió así. Aunque no me arrepiento, hoy haría otra versión, pero ya sería el colmo del narcisismo.

Si bien nunca abandona el tono amable, Rafael se muestra más a gusto cuando la charla se ancla en una de sus pasiones: la literatura. Confiesa que se siente un escritor frustrado, menciona los últimos libros que leyó, pregunta por títulos que aún no conoce, y cuenta que a Antonio, el menor de sus hijos, lo bautizó con ese nombre en homenaje a Antonio Di Benedetto, su escritor favorito.


–¿Algún día te animarás a publicar lo que escribís?

–Me encantaría poder hacerlo, pero lo haría con un seudónimo, para no engancharme con esta moda de actores-que-escriben. No quiero que me cataloguen así. Tendría que ponerme otro nombre, porque si no voy al muere. Salvo que hiciera una especie de diario del sub mundo de la actuación.

–¿Y qué contendría ese diario?

–Sería un diario con las cosas más oscuras del ambiente: drogas, sexo … Tengo cosas bastante jugosas y heavies sobre todo lo que no se ve, sobre las cosas que pasan en las bambalinas, en los pasillos. Tendría que tomarme el trabajo de escribirlo bien, y ahí sí pondría mi nombre.

8 de mayo de 2007

Campo

El fin de semana estuvimos en un campo de la zona de Nueve de Julio. Mi mujer y el bebé viajaron el viernes a la tarde. Esa fue la primera noche que pasé lejos de ellos después de ocho meses. El sábado, antes de subir a la combi, conocí a mi ocasional compañera de ruta: una chica de diecisiete años que volvía a Bragado luego de haber visitado a sus hermanas mayores. Conversamos durante buena parte del viaje, y cuando se bajó –por atender a la persona que me pedía que dejara libre el pasillo– no pude saludarla como correspondía. Supongo que si en la charla no hubiera salido el tema del blog ese detalle me habría provocado un sutil malestar, pero como ella había anotado la dirección en su teléfono pensé que tendría el consuelo de poder escribir estas líneas.

Bajé en la ruta. Melina me esperaba con el bebé y los padres de su amiga en el nacimiento de un camino lateral. Al reconocerme, Fausto gritó y estiró los brazos para tirarme del pelo. Al día siguiente visitamos los pueblos vecinos, salimos a caminar y nos sacamos fotos con las ovejas y los caballos. Hace un tiempo escribí un proyecto de cuento que podría haber estado escenificado en ese mismo lugar. El dueño de casa nos mostró las instalaciones, hizo un asado y me enseñó a hacer huevos fritos a la parrilla. La noche anterior, mientras comíamos, él había sido claro al delimitar su posición:

–Soy rosista, oligarca, conservador, militarista y gorila –me dijo, con ese tono de voz.

Bueno, pensé, al menos de corrección política no se lo puede acusar.

2 de mayo de 2007

"Asimetrías del vacío" - en Bazar Americano

(Publicado en el número de abril de Bazar Americano, el sitio de la revista Punto de Vista)

Por Matías Moscardi


Sobre Ignacio Molina, Los estantes vacíos,

Buenos Aires, Entropía, 2006. 188 páginas.


[...] intentando imaginar una cara para la voz que acababa de oír. Una sensibilidad asimétrica abre Los estantes vacíos, el primer libro de cuentos de Ignacio Molina (Bahía Blanca, 1976), publicado por la editorial Entropía, en 2006. Dos personas –el narrador y una chica recostada a su lado– comparten los auriculares de un walkman, en el micro. De un lado, conectado, el narrador escucha los graves de la música y se pregunta si por el otro audífono, simultáneamente, estarán entrando en la cabeza de Manuela los sonidos agudos. Como si el lenguaje de la mirada fuera siempre parcial, trazando por defecto una zona hipotética, un contrapeso narrativo que irradia de la suspensión, en equilibrio con lo explícito, con el alcance cómodo y efectivo de lo visible. Los personajes hacen de lo que miran y escuchan una insuficiencia que necesita ser decodificada o constatada. Por ejemplo: el narrador de “El sistema”, que en el medio de un recital de “cumbia romántica”, intenta descubrir los acordes que ejecuta un bajista sobre el diapasón; o la narradora de “Diapositivas”, que tira un papel plateado en un cantero con la promesa de comprobar su permanencia, al día siguiente. Pero los personajes no pueden traspasar, ni en sus percepciones ni en sus acciones, la línea que divide el saber de lo supuesto. Por eso, las notas quedan en un espacio de desciframiento y nadie vuelve a constatar la existencia del papel plateado.


[…] me gustaba pensar que, mientras yo estaba quieto, aún se movía el sistema de poleas activado por mí. Los cuentos proceden velados con una percepción concreta, con un registro límpido, dispuestos en la superficie para cubrir otra cosa, quizás el punto de tensión en donde lo cotidiano se fisura dejando entrever, como a través del desgarro de una tela, el destello posible de un relato. De ahí que lo inacabado sea lo común, lo compartido en el libro de Molina. Porque los cuentos se detienen antes, como si se quedaran sin fuerza, y hacen de un stand by narrativo, una suavidad intensa. La física dice que si un móvil acelera en la mitad de un recorrido, en lugar de aumentar, la velocidad disminuye. Digamos: la aceleración produce quietud. En cambio, Molina frena para acelerar, y sus cuentos generan un ritmo que hace del estatismo una dinámica, y extendiendo la metáfora: del corte una continuación. De ahí la serie que forman “Espirales”, “Los estantes vacíos” y “Brasil tiene esas cosas”. De ahí, también, sus puntos de hilación: escenas pausadas en el momento del tránsito, como el final de “Los estantes vacíos”, en donde Natalia, mientras paga una pizza, siente la temperatura de la muzarella tras el cartón. O como el final de “Seis novelas”, en donde Camila y Nahuel llegan a la conclusión de que los sueños siempre se cuentan en pretérito imperfecto.


(La reseña completa, clickeando acá)

1 de mayo de 2007

27 de abril de 2007

24 de abril de 2007

23 de abril de 2007

Córdoba y Callao

(Fotos y collage de Pedro Mairal)


Aunque, antes de mi instalación definitiva, había venido muchas veces a Buenos Aires –en navidades o vacaciones de invierno–, esta fue la primera esquina que conocí, de manera consciente, en la mañana de mi primer día hábil en la ciudad.

Llegué a Retiro un sábado de marzo de 1992. Mi mamá, que se había instalado en octubre o noviembre del año anterior, me esperaba en el andén. Tomamos un taxi hasta un edificio de Juncal a media cuadra de Pueyrredón, y un rato después, mostrándome el cuarto que compartiríamos, mi hermano me dijo: "este es el boliche". El departamento era de cuatro ambientes, pero no podía ni compararse con nuestra casa bahiense; los muebles que allá se acomodaban espaciados, acá se encimaban para entrar en el living.

El lunes, muy temprano, me disfracé con el uniforme de mi nuevo colegio. Padeciendo la humedad porteña caminé hasta Santa Fe y me metí en la boca del subte. Me soprendió que un rubio de pelo largo tocara el saxo a esa hora de la mañana. Entré al último vagón, y sentí el chirrido que –ahora lo sé– la máquina siempre hace antes de llegar a Facultad de Medicina. Enfrente mío viajaban unas chicas de mi edad a las que, por supuesto, el uniforme no les quedaba tan ridídiculo como a mí. Yo ya medía uno ochenta y cinco y era flaco como un alfiler, pero todavía me peinaba como un niño y no me había cambiado la voz.

Al salir del subte, pasar por el molinete y subir las escaleras me sentí un poco mareado. Aparecí en el cruce de estas dos avenidas, y aunque estaba a dos cuadras del colegio no supe hacia dónde ponerme a caminar. Con un poco de verguenza le pregunté por Riobamba a la mujer que abría el puesto de flores, y, parado en la esquina, durante varios segundos, me quedé mirando las ventanas de esos edificios antiguos.

¿Casualidad?

La semana pasada escribí sobre una casualidad: la chica que me pidió que le firmara un ejemplar de mi libro, en la presentación de Opendoor, había nacido en una de las pocas ciudades del interior (Santa Rosa, Pehuajó y Olavarría) que se mencionan en los cuentos. Y ahora me entero de que esa misma noche, antes de que yo llegara, Iosi, en el poema que leyó antes de la lectura de Romina, nombró a dos de esas ciudades.

18 de abril de 2007

17 de abril de 2007

Nuevo ciclo

NUEVA LITERATURA ARGENTINA

NARRADORES EN EL SIGLO XXI


Leen: SELVA ALMADA
CARLOS GAMERRO
MARIANA ENRÍQUEZ
ANDRÉS NEUMAN

Idea y coordinación:
ELSA DRUCAROFF

Auspicia editorial Páginas de Espuma

Un espacio para escuchar buena y nueva literatura, conseguirla a buen precio y tomar buenos tragos. ¡Los esperamos!

Jueves 19 de abril, 20 hs.
Estados Unidos 308. Buenos Aires.

15 de abril de 2007

"Ponela en el blog"

Además de la que aparece en la solapa, en las casi ciento noventa páginas de Los estantes vacíos se mencionan sólo tres ciudades del interior: Santa Rosa, Pehuajó y Olavarría (también están Córdoba y Arrecifes, sólo como gentilicios de clubes de fútbol). El viernes, después de la lectura de Romina Paula en la presentación de Opendoor, la excelente novela de Iosi Havilio editada por Entropía, una chica me pidió que le firmara el ejemplar de mi libro que acababa de comprar, y al enterarse de que yo era bahiense me comentó que ella era de Santa Rosa.
–Mirá vos, mirá que casualidad –le dije antes de ponerme a buscar esa página, y, mientras pensaba que la escena podría haber sido parte de ese mismo cuento, escuché que alguien me decía que la pusiera en el blog.

12 de abril de 2007

Hoy

11 de abril de 2007

4 de abril de 2007

Igor

Conocí a Federico Levín hace menos tiempo del que parece. Tal vez porque se me hace que todo lo que pasó antes del nacimiento de mi hijo fue hace una eternidad, o porque en el medio también pasaron muchas otras cosas, pero tengo la sensación de que la noche en que él, un segundo antes de saludarme, tiró hacia el cordón de la vereda el cigarrillo que estaba fumando, fue en alguna otra vida.

Pese a que no llevaba anteojos, yo lo había reconocido desde la esquina. El amigo en común con el que nos encontraríamos me lo había descripto por las dudas, por si él llegaba más tarde, para que no nos quedáramos sin hablar uno al lado del otro: "tiene una onda medio rara, una barba medio rusa . . .".
–Molina –me dijo Levín, antes de que yo le preguntara si era él, como si ya supiera que a partir de ahí nunca me llamaría por mi nombre de pila, y yo sentí un poco de vergüenza al imaginar cómo me habría descripto nuestro amigo en común.

No me acuerdo de todo lo que hablamos adentro del bar, mientras tomábamos cerveza y vaciábamos platitos de maní, pero sí recuerdo que él me contó que a los dieciocho años había editado una novela que ya no lo convencía mucho, y que ahora estaba terminando de escribir otra que sí lo tenía entusiasmado.

Como todo lo que pasó después (esa noche, ese año y los siguientes) es demasiado grande como para contar en un post, la elipsis imprescindible me deja en el jueves pasado, cuando Levín presentó Igor, la novela que estaba escribiendo en aquella época, en un tugurio tanguero de la calle Perón.

Esa tarde yo me escapé antes del trabajo, bajé del 151 cinco minutos antes de la hora anunciada para el evento, y al cruzar las vías me pregunté cómo se llamaría la calle Perón antes de la muerte de Perón. La persiana metálica del boliche todavía estaba baja, pero Romero me hizo pasar a través del portón. Adentro, en el salón del fondo del local, estaban Levín, los presentadores, algunos amigos más y dos maniquíes que representaban a los dos personajes principales de la novela.

El libro estaba hermoso y más grande de lo que yo había imaginado al leer el manuscrito. Mientras tomábamos una cerveza marca Igor fue llegando alguna gente más, y de repente, como pasa siempre, el salón se llenó sin que nos diéramos cuenta. A simple vista conté una concurrencia de unas ochenta personas. Si hubieran ido todos los que faltaban no habría quedado lugar.

En el escenario, Levín dio la bienvenida (al público y a su novela), Leo Oyola leyó este texto de presentación, y Mairal hizo unas preguntas de examen que el autor respondió a veces con evasivas y otras con solvencia. Después Gorostiza hizo magia con su guitarra, y junto a Federico cantó unos versos alusivos, de su autoría, que durante varias horas no pude dejar de tararear.

Lo imperante es Igor, un libro autosuficiente y muy recomendable, una de las novelas que yo hoy no dudaría en llevarme a una isla desierta. En la dedicatoria de mi ejemplar Levín escribió, entre otras cosas … "al primero con el que conocí todo esto" …, y al salir a la calle me acordé del vuelo de un cigarrillo encendido hacia el cordón de otra vereda. Unas esquinas más allá, mientras esperaba al 151 que tardaba demasiado en pasar, le pregunté a un viejo la hora e imaginé que él, después de hacer memoria, me respondía "se llamaba Cangallo".