Me gustaba vivir en Bahía Blanca. Cada vez que volvía de pasar las vacaciones de invierno en Buenos Aires o algún fin de semana en Sierra de la Ventana, me alegraba de que fuera ése y no otro el lugar en el que me había tocado nacer. Tengo una imagen grabada: al atardecer de un domingo de octubre, a fines de los ochenta, entramos con mi familia a la avenida Alem por la ruta 3. El aire está templado, las calles laterales están desiertas, sol empieza a caer. En un semáforo rojo, a la altura del Parque de Mayo, miro al tipo que viaja en el auto de al lado: un hombre solo, mordiendo una manzana, al volante de un Citroen despintado. Muchas veces, cuando pienso en Bahía, recuerdo esa sensación de placidez, esa tranquilidad casi somnífera que hace suponer que, de un momento a otro, cualquier cosa puede pasar. Viví en Bahía hasta meses después de cumplir mis quince años; por lo tanto, la mirada que tengo sobre la ciudad está indisolublemente ligada a la mirada que tengo sobre mi infancia y los primeros años de mi adolescencia. Ese vínculo es fáctico pero también casual: creo que, al igual que yo durante mi niñez y mi pubertad, Bahía es una ciudad que sufre de timidez. Está mirada (personal, subjetiva y, desde ya, totalmente refutable) no implica ninguna valoración negativa. Bahía me sigue encantando cada vez que la visito y noto que, como todo tímido, esconde un enorme potencial inexplorado.
Me resulta difícil escribir sobre un lugar del que me fui hace casi diecisiete años. Me cuesta darme cuenta de cómo transitó la ciudad los nefastos cambios culturales producidos en el país a partir de los primeros años de la década pasada. La Bahía Blanca que yo viví más o menos conscientemente es la de los ochenta y los primeros noventa. Una ciudad que, para mí, se alternaba entre el pretendido linaje del club Palihue y el humilde decoro del club Napostá.
¿Entonces cómo puedo afirmar, pese a la distancia, que Bahía es una ciudad tímida? Hay un caso concreto que puede servir de ejemplo. Bahía es la ciudad que posee la mayor cantidad de jugadores de básquet por habitante de América Latina y de la que salieron las mejores figuras de ese deporte en la historia del país. Sin embargo, en los casi veinticinco años que lleva jugándose la Liga Nacional, no hubo ni un equipo bahiense campeón. Si esto no es una clara muestra de timidez es, por lo menos, la comprobación de que Bahía Blanca es un ente al que le cuesta relacionarse con los demás y que vive replegándose sobre sí mismo, con todo lo bueno y lo malo que eso implica.
(Publicado en la sección "La mirada de los otros" del n°2 de la revista literaria bahiense Esto no es una revista literaria)





























