
22 de junio de 2009
17 de junio de 2009
16 de junio de 2009
9 de junio de 2009
Pequeño Manual del Lenguaje de Bahía Blanca
(...)
12- En Bahía llamamos "fútbol" a las pelotas ("este fútbol está re desinflado"), tanto de ese deporte como de otros. Por lo que es común escuchar frases del tipo: "traete el fútbol de básquet que hacemos un dos piques..."
(...)
12- En Bahía llamamos "fútbol" a las pelotas ("este fútbol está re desinflado"), tanto de ese deporte como de otros. Por lo que es común escuchar frases del tipo: "traete el fútbol de básquet que hacemos un dos piques..."
(...)
5 de junio de 2009
"Porque en realidad, eso es lo que cansa: tomarse demasiado en serio"
"(...) sólo desde esa soledad que está en nuestra naturaleza podemos empezar a apropiarnos de alguna parte, ínfima, irrisoria, del mundo. La soledad nos vuelve honestos, no hay a quién engañar, porque incluso cuando uno se engaña a sí mismo necesita de los otros para que el engaño funcione... La soledad está devaluada, me parece, porque es peligrosa para los intereses utilitaristas que rigen nuestra sociedad. Uno nunca sabe adónde la soledad puede llevarlo. El problema no es la soledad, sino lo que cada uno hace con ella (...)"
4 de junio de 2009
(...) La pasé bien esa noche, en la terraza, que estábamos en ronda, y ustedes hablaban de las reuniones de jardín y de cómo muchos padres -no todos, pero sí muchos- tendían a pensar que sus hijos eran unos genios. Los vi amigos, además de compañeros y escritores, y eso me reconfortó. Me reí con esas escenas y esos diálogos. Abajo se cocinaba algo importante. Pero durante un largo rato nos mantuvimos ahí, como olvidados. La cerveza fría en el porrón de vidrio. Una noche nada más, una noche era la idea, en la terraza, en el centro cultural (...)
3 de junio de 2009
El sistema (II)
***
Los días de semana, desde casi un mes atrás, tenía que compartir el baño con Juliana, la mucama de la señora Fuster, que dormía a pocos metros de mí, en una habitación construida en otra de las esquinas de la terraza. Pero como teníamos sistemas diferentes, a la mañana casi nunca nos cruzábamos. Cuando yo me despertaba o volvía de tomar el desayuno en el bar de la esquina, ella ya había salido para los otros lugares en que trabajaba.
Algunas noches, cuando terminaba de cenar en la cocina, de lavar los platos y de llenar un termo con agua caliente, Juliana subía y me golpeaba la puerta para invitarme a su habitación. Recostados en la cama, separados por un almohadón y un equipo de mate, seguíamos una telenovela en el aparato blanco y negro que ella había traído desde Burzaco.
El martes, después de una tormenta que duró toda la noche, las calles de Pacífico amanecieron inundadas. El colectivo que tomé para ir al trabajo casi se hunde debajo del puente. Cerré los ojos y quise pedir tres deseos, pero no pasó ningún tren. Al bajar frente a la biblioteca metí los pies en un charco. Tuve que escurrir las medias en el baño y poner las zapatillas al lado de una estufa.
Esa noche, durante el primer corte de un programa de preguntas y respuestas, vimos con Juliana un flash informativo sobre la inundación. El agua sucia llegaba hasta las luces de los semáforos y los coches flotaban a la deriva. Un hombre inflaba un bote, y una mujer, bastante enojada, decía que desde el año cincuenta nadie limpiaba el cauce del arroyo Maldonado.
En el siguiente bloque, cuando presentaron a una participante que vivía por Burzaco, Juliana empezó a hablarme de su familia. Su madre se llamaba Graciela y trabajaba como empleada doméstica desde muy joven. Carmen, su hermana mayor, era peluquera, había estado juntada dos veces y tenía tres hijos: Jonathan, Darío y Gisella. Su padre vivía con una familia paralela en González Catán, y Fernando, un hombre que fuera su novio durante mucho tiempo, había muerto dos años atrás en un accidente.
***
Los días de semana, desde casi un mes atrás, tenía que compartir el baño con Juliana, la mucama de la señora Fuster, que dormía a pocos metros de mí, en una habitación construida en otra de las esquinas de la terraza. Pero como teníamos sistemas diferentes, a la mañana casi nunca nos cruzábamos. Cuando yo me despertaba o volvía de tomar el desayuno en el bar de la esquina, ella ya había salido para los otros lugares en que trabajaba.
Algunas noches, cuando terminaba de cenar en la cocina, de lavar los platos y de llenar un termo con agua caliente, Juliana subía y me golpeaba la puerta para invitarme a su habitación. Recostados en la cama, separados por un almohadón y un equipo de mate, seguíamos una telenovela en el aparato blanco y negro que ella había traído desde Burzaco.
El martes, después de una tormenta que duró toda la noche, las calles de Pacífico amanecieron inundadas. El colectivo que tomé para ir al trabajo casi se hunde debajo del puente. Cerré los ojos y quise pedir tres deseos, pero no pasó ningún tren. Al bajar frente a la biblioteca metí los pies en un charco. Tuve que escurrir las medias en el baño y poner las zapatillas al lado de una estufa.
Esa noche, durante el primer corte de un programa de preguntas y respuestas, vimos con Juliana un flash informativo sobre la inundación. El agua sucia llegaba hasta las luces de los semáforos y los coches flotaban a la deriva. Un hombre inflaba un bote, y una mujer, bastante enojada, decía que desde el año cincuenta nadie limpiaba el cauce del arroyo Maldonado.
En el siguiente bloque, cuando presentaron a una participante que vivía por Burzaco, Juliana empezó a hablarme de su familia. Su madre se llamaba Graciela y trabajaba como empleada doméstica desde muy joven. Carmen, su hermana mayor, era peluquera, había estado juntada dos veces y tenía tres hijos: Jonathan, Darío y Gisella. Su padre vivía con una familia paralela en González Catán, y Fernando, un hombre que fuera su novio durante mucho tiempo, había muerto dos años atrás en un accidente.
***
2 de junio de 2009
El sistema
Todavía escuchaba los graves de la música y ya estaba arrepentido de no haber anotado el teléfono de Mariela. Ezequiel, el amigo suyo que vivía por mi barrio, manejaba con la mirada fija en la parte del asfalto iluminada por el coche.
–No me di cuenta de que había llovido –dije mirando el agua que corría pegada a los cordones, al tiempo que él prendía la radio y subía el volumen. Enseguida supe que no me había escuchado, y repetí las mismas palabras con el tono espontáneo de la primera vez.
Después de no oír una respuesta, y ya sin el peso de no haber intentado iniciar una conversación, me dediqué a mirar hacia afuera arriesgando cantidades: la de canciones que escucharía hasta bajarme, la de pesos que gastaba por mes en colectivo, la de días que faltaban para el próximo verano . . .
Justo cuando el locutor pisaba la introducción del quinto tema, Ezequiel frenó algunos metros antes de la camioneta que yo le había señalado. Giró la cabeza y me dijo que nos veríamos. Lo saludé con la mano deseándole suerte.
Desde algún tiempo atrás le alquilaba a una señora Fuster una pieza construida en la terraza de su departamento, el más alejado de la vereda en un PH antiguo de Palermo Viejo.
Prendí la estufa, me tiré sobre la cama deshecha. Con el frío que había juntado en el pasillo me quedé vestido hasta que el ambiente se calentó. Ya debajo de las sábanas, al masticar saliva, sentí que no me había lavado los dientes. Pero estaba tan cansado que preferí el gusto feo a la incomodidad de tener que buscar la llave del baño y caminar por la terraza, sin ropa y descalzo, a esa hora del amanecer.
Me dormí enseguida, menos por la mínima cantidad de alcohol que había tomado que por el calor de la estufa, y recién me desperté a las cinco de la tarde del domingo, un poco mareado pero sin dolor de cabeza.
Corrí las cortinas y miré por la ventana; no habían pasado más de doce horas pero ya era casi de noche otra vez. El cielo estaba cubierto de nubes y cada tres segundos, como anticipándose a la lluvia, goteaba una de las canillas de la pileta.
En el almacén de la otra cuadra compré una bolsa de pan, cincuenta gramos de paleta y cincuenta de queso. Volví a la pieza, puse agua para un café en el calentador. Me hice cuatro sándwiches sin mayonesa y los comí escuchando la radio.
Horas más tarde, casi de madrugada y obligándome a dormir, intenté calcular la cantidad máxima de cifras que tendría que combinar para deducir las cuatro últimas del teléfono de Mariela sabiendo las tres primeras.
***
–No me di cuenta de que había llovido –dije mirando el agua que corría pegada a los cordones, al tiempo que él prendía la radio y subía el volumen. Enseguida supe que no me había escuchado, y repetí las mismas palabras con el tono espontáneo de la primera vez.
Después de no oír una respuesta, y ya sin el peso de no haber intentado iniciar una conversación, me dediqué a mirar hacia afuera arriesgando cantidades: la de canciones que escucharía hasta bajarme, la de pesos que gastaba por mes en colectivo, la de días que faltaban para el próximo verano . . .
Justo cuando el locutor pisaba la introducción del quinto tema, Ezequiel frenó algunos metros antes de la camioneta que yo le había señalado. Giró la cabeza y me dijo que nos veríamos. Lo saludé con la mano deseándole suerte.
Desde algún tiempo atrás le alquilaba a una señora Fuster una pieza construida en la terraza de su departamento, el más alejado de la vereda en un PH antiguo de Palermo Viejo.
Prendí la estufa, me tiré sobre la cama deshecha. Con el frío que había juntado en el pasillo me quedé vestido hasta que el ambiente se calentó. Ya debajo de las sábanas, al masticar saliva, sentí que no me había lavado los dientes. Pero estaba tan cansado que preferí el gusto feo a la incomodidad de tener que buscar la llave del baño y caminar por la terraza, sin ropa y descalzo, a esa hora del amanecer.
Me dormí enseguida, menos por la mínima cantidad de alcohol que había tomado que por el calor de la estufa, y recién me desperté a las cinco de la tarde del domingo, un poco mareado pero sin dolor de cabeza.
Corrí las cortinas y miré por la ventana; no habían pasado más de doce horas pero ya era casi de noche otra vez. El cielo estaba cubierto de nubes y cada tres segundos, como anticipándose a la lluvia, goteaba una de las canillas de la pileta.
En el almacén de la otra cuadra compré una bolsa de pan, cincuenta gramos de paleta y cincuenta de queso. Volví a la pieza, puse agua para un café en el calentador. Me hice cuatro sándwiches sin mayonesa y los comí escuchando la radio.
Horas más tarde, casi de madrugada y obligándome a dormir, intenté calcular la cantidad máxima de cifras que tendría que combinar para deducir las cuatro últimas del teléfono de Mariela sabiendo las tres primeras.
***
27 de mayo de 2009
26 de mayo de 2009
Este viernes, Quinteto
CC Pachamama
Pje. Argañarás 22
Viernes 29 de mayo - 21:30 hs.
Gorostiza
Levín
Molina
Romero
Funes
(los tempraneros comen guiso de posguerra)
25 de mayo de 2009
Para los lectores de La Barbarie
Unidad Funcional tiene el honor y el privilegio de ser el único blog no dedicado a temas políticos que aparece linkeado en el blogrol de La Barbarie, uno de los más interesantes de ese rubro que existe en la blogósfera (amén de muchos de los otros linkeados ahí, un gran porcentaje de ellos provenientes del denominado campo nacional y popular). No sé por qué motivo sé les habrá ocurrido incluirme en ese listado, pero lo cierto es que alguna vez lo hicieron y ahí sigo estando hasta el día de hoy. Así es que los lectores de La Barbarie, al lado de títulos concernientes a temas de la coyuntura política ven, por ejemplo, “un campeón” o “receta simple rica y barata”, y al hacer click, en vez de encontrarse con un análisis sobre el clima eleccionario, una proclama o un post de opinión, se encuentran con un poema wannabe, la foto de un nene o el relato de dudoso valor literario de un acontecimiento cotidiano y banal.
La cuestión es que muchas veces, al ver en mi página de estadísicas la cantidad de visitas que vienen de La Barbarie, me siento levemente estafador y acto seguido me digo que, para redimirme, tendría que escribir más sobre política. Cosa que me prometo hacer en honor a todos aquellos lectores confundidos y engañados.
La cuestión es que muchas veces, al ver en mi página de estadísicas la cantidad de visitas que vienen de La Barbarie, me siento levemente estafador y acto seguido me digo que, para redimirme, tendría que escribir más sobre política. Cosa que me prometo hacer en honor a todos aquellos lectores confundidos y engañados.
Receta simple rica y barata
En una verdulería que no sea de supermercado comprás una planta de apio, un rosetón de hinojo, una cebolla grande o dos chicas, tres tomates perita y dos limones. En el camino a tu casa ves qué lindo queda todo eso dentro de la bolsa, el rojo de los tomates se ve a través del nylon, las hojas del apio salen por una manija y el hinojo es blanco y hermoso. En tu cocina lavás bien todo. Después, sobre una tabla de madera, cortás el tallo del apio, el hinojo, la cebolla bien picada y el tomate en pedazos chicos. Echás todo en una olla, en la que también tirás dos tazas grandes o tres chicas de agua. Prendés el fuego y esperás más o menos a que la mitad del agua se evapore. Entonces cortás cada limón en seis u ocho partes y apretás esas partes sobre la olla para que caiga todo el jugo dentro. También echás un par de chorros generosos de aceite, un pocillo de azúcar y bastante sal y pimienta. Después tapás el noventa por ciento de la olla y esperás diez o quince minutos más, hasta que veas que se evaporó casi todo el líquido. Entonces servís en el o los platos. Lo podés comer solo, si no tenés mucha hambre, o maridada con una milanesa seca y de grueso empanado (de pollo, en la medida de lo posible).
24 de mayo de 2009
12 de mayo de 2009
Motivos personales
"Plaza Batallón 40"
(...)
En mi bolsillo, junto a otras llaves,
guardo la llave de una casa
de Buenos Aires
donde mis hijos duermen,
donde también va a amanecer
dentro de poco.
Allá todo era simple.
Se me caía el anillo
de casado del dedo,
salía a la terraza
miraba amanecer.
(...)
Plaza Batallón 40, de Héctor Viel Temperley, completo acá.
En mi bolsillo, junto a otras llaves,
guardo la llave de una casa
de Buenos Aires
donde mis hijos duermen,
donde también va a amanecer
dentro de poco.
Allá todo era simple.
Se me caía el anillo
de casado del dedo,
salía a la terraza
miraba amanecer.
(...)
Plaza Batallón 40, de Héctor Viel Temperley, completo acá.
11 de mayo de 2009
9 de mayo de 2009
Cortapelos
Así se veía parte de mi cabellera ayer a la tarde, en el espejo de la pauliquería, antes de someterla a las afiladas tijeras de la cortapelos popular e itinerante.

8 de mayo de 2009
El busto de Evita en Sierra
Se inauguró en 1953. El día del golpe del 55, vecinos gorilas la ataron a un auto y la arrastraron por el pueblo. Otros vecinos la rescataron, se la llevaron a caballo y la escondieron en una cueva en las sierras. El busto de Evita estuvo treinta años ahí. En los ochenta el peón de un campo la encontró de casualidad en esa cueva, mientras perseguía a un zorro. Hasta principios de los noventa, permaneció en el galpón de ese campo. Entonces la restauraron, la devolvieron a su lugar de origen, y yo la vi todos los días durante varios veranos. Este miércoles, un día antes de un aniversario del nacimiento de Evita, apareció destruida.
7 de mayo de 2009
6 de mayo de 2009
"El poeta menor ante el nacimento de su hijo"
Luego de hallar, tras días de búsqueda, el lápiz
en la cabina del camioncito de los bomberos,
y de comprobar la independencia de juicio
del heredero, que rompe las páginas predilectas
e intactas deja las indiferentes, el poeta menor
decide dialogar con su mujer sobre un tema clave:
la organización espacial y temporal de su labor,
en la casa, luego del nacimiento del hijo.
A lo largo de la conversación se tocan varios temas:
compra de comestibles y artículos de limpieza,
pago de impuestos, turno para el cuidado,
diversión, alimentación e higiene del niño,
ausencia de cuidado, diversión, alimentación
e higiene de la pareja, necesidad de registrar
sus primeros pasos, frecuencia de uso del
-vulgarmente denominado- chupete,
amables formas de imponer distancia a los abuelos.
Cuando una mutua mudez evidencia el final,
el poeta menor comprueba que su inquietud
ha sido desplazada en vista de otras urgencias.
Esa noche, como un inspirado romántico
que aprovecha el silencio de los mortales
para dejar fluir el carácter alado de sus versos,
canta durante horas una canción de cuna.
(De Sergio Raimondi -Poesía Civil, Vox, Bahía Blanca, 2001)
en la cabina del camioncito de los bomberos,
y de comprobar la independencia de juicio
del heredero, que rompe las páginas predilectas
e intactas deja las indiferentes, el poeta menor
decide dialogar con su mujer sobre un tema clave:
la organización espacial y temporal de su labor,
en la casa, luego del nacimiento del hijo.
A lo largo de la conversación se tocan varios temas:
compra de comestibles y artículos de limpieza,
pago de impuestos, turno para el cuidado,
diversión, alimentación e higiene del niño,
ausencia de cuidado, diversión, alimentación
e higiene de la pareja, necesidad de registrar
sus primeros pasos, frecuencia de uso del
-vulgarmente denominado- chupete,
amables formas de imponer distancia a los abuelos.
Cuando una mutua mudez evidencia el final,
el poeta menor comprueba que su inquietud
ha sido desplazada en vista de otras urgencias.
Esa noche, como un inspirado romántico
que aprovecha el silencio de los mortales
para dejar fluir el carácter alado de sus versos,
canta durante horas una canción de cuna.
(De Sergio Raimondi -Poesía Civil, Vox, Bahía Blanca, 2001)
5 de mayo de 2009
Estoy medio en el horno
Necesito más plata, más trabajo.
Mecenas, sponsors, o interesados en mi fuerza laboral,
por favor escríbanme a
ignaciomolina22@gmail.com
.
Mecenas, sponsors, o interesados en mi fuerza laboral,
por favor escríbanme a
ignaciomolina22@gmail.com
.
4 de mayo de 2009
"pero no se dieron cuenta de que estaban plantadas"
hola tío nacho: el otro día tenía que hacer una leyenda con una amiga Rocío ya se la entregué a las seño y me olvidé de mandártela pero te la mando ahora para que me digas si está bien y si te gusta hay algunos chiquititos errores porque los dejamos con mi amiga para que también la señorita los corrija bueno te la empiezo a contar. María.
Las margaritas abandonadas
Las margaritas abandonadas
hace tiempo muy lejano había dos margaritas, eran las únicas en el pueblo. Antes, ellas eran unas jóvenes muy hermosas que vivían en un pueblo muy muy chico con algunas casitas.
las jóvenes eran las más lindas del pueblo; pero un día, una vecina, como les tenía envidia porque el chico que le gustaba a ella era el que cuidaba a las dos jóvenes pensó un plan para deshacerse de ellas.
al día siguiente la vecina agarró la varita de su tía y las convirtió en margaritas mientras dormían. cuando se levantaron se dieron cuenta de que estaban en un pueblo distinto al que vivían; no había ninguna persona! qué susto!
trataron de correr pero no se dieron cuenta de que estaban plantadas, porque eran margaritas.
después de unos días llegaron unas personas, pero no las vieron a las margaritas, las personas se habían ido y las margaritas seguían ahí. pasaban los días y las pobres margaritas ya no sabían qué hacer, tenían hambre, calor y mucha sed.
un mes despues fue el chico que cuidaba a las jóvenes, como le gustaron tanto esas margaritas las recogió y se las llevó a su novia, la que era la vecina de las jóvenes.
ellos las plantaron en el patio de su casa, juntos las miraban, las cuidaban y las regaban. y así vivieron todos muy felices.
fin
fin
Historieteca
El colapso económico del 2001 dejó al mercado de la historieta argentina en un estado poco menos que terminal. Las editoriales del sector –salvo honrosas excepciones, como el caso de De la Flor– dejaron de publicar, y las ediciones independientes eran sólo aventuras esporádicas de algunos arriesgados. En ese contexto, Marcelo Pulido, un fanático del género, creyó que Internet era un lugar adecuado para aportar su granito de arena en pos de revertir aquel más que sombrío panorama. Así fue cómo, el primer día de junio de 2002, nació Historieteca, un sitio que hoy, casi siete años más tarde, se ha convertido en una imprescindible guía de consulta tanto para los amantes de la historieta local como para aquellos curiosos que googlean alguno de los títulos o de los nombres de los autores que figuran en sus amplios archivos. La web fue creciendo al compás del repunte del mercado (en estos años aparecieron nuevas editoriales y resurgieron antiguas) y actualmente, además de reseñas históricas, informes especiales y completos e interesantes mini sitios –como el dedicado a Cazador, una especie de historieta contemporánea de culto–, posee una sección de novedades editoriales que no sólo da cuenta de los lanzamiento de las empresas establecidas sino de fanzines autogestionados realizados en diferentes puntos del país. La intención de Historieteca, según su mentor, es la de demostrar que la historieta argentina no se agota en clásicos como Mafalda o El Eternauta y que hay muchos autores de influencia mundial que merecen más reconocimiento. Historieteca funciona, de acuerdo a sus palabras, como “un puente entre el prodigioso pasado de nuestra historieta y los lectores de hoy, y entre los que hoy están escribiendo la continuidad de esa historia y su público”.
Historieteca se encuentra en www.historieteca.com.ar. La dirección de su blog es www.historieteca.blogspot.com
Historieteca se encuentra en www.historieteca.com.ar. La dirección de su blog es www.historieteca.blogspot.com
1 de mayo de 2009
29 de abril de 2009
Migraña
Cuando comía chocolates y sufría migrañas terribles, imaginaba cosas raras. En la oscuridad de mi cuarto y en la turbulencia de mi cerebro escuchaba, por ejemplo, que una voz todopedorosa me preguntaba: “¿me firmás un papel que diga que si ahora mato a un tipo de tu edad en un barrio de Toronto ya mismo se te va el dolor?”. Yo dudaba un rato, y la voz me decía: “pensá que en cada minuto que pasa mueren miles de personas en el mundo; por una más no va a pasar nada”. Entonces yo le decía que sí, que firmaba cualquier cosa, pero después no sólo no desaparecía ni se calmaba sino que, supongo que por la culpa, el dolor aumentaba.
4 segundos
4 segundos no sólo es una web sobre comics; también es una web de comics. La doble preposición indica que en ella no sólo se brinda información sobre el mundo de la historieta; también se ofrece la posibilidad de descargar en pdf los mejores comics argentinos de los últimos años. Entre ellos, figura el que le da nombre al sitio: 4 segundos, una historieta editada por el efímero sello Pipabang entre 1999 y 2000, compuesta por los muy jóvenes Alejo García Valdereana y Feliciano García Zecchin (ambos, guionista y dibujante, tenían menos de 25 años cuando la realizaron), que narra una suerte de sitcom gráfica protagonizada por cuatro amigos que “siempre llegan tarde para ser primeros”, y que a lo largo de los siete números que alcanzó a publicar cosechó una interesante legión de fanáticos. Tanto fue así que, al notar cómo crecía el mito en torno a la historieta en la medida en que los ejemplares de las revistas se hacían cada vez más inhallables, la editorial Ivrea decidió recopilar en un libro, el año pasado, los siete números de la serie junto al fanzine en blanco y negro que funcionó como número 0. A ese clima también parece haber respondido 4 segundos comic blogs, sitio que está online desde octubre pasado y que también facilita la lectura de otras cuatro series de comics realizadas con posterioridad por el escritor García Valdereana (autor a su vez de Conductores suicidas, novela prologada elogiosamente por Roberto Fontanarrosa) en dupla con diversos dibujantes. Para los lectores de esta página su atractivo no concluye en la lectura: aquellos que además dibujen tienen la posibilidad, a través de la sección Sábados Abiertos, de dar a conocer sus obras. Sólo debe enviársela a los administradores, y esperar a que sea subida durante todo un sábado a la web.
4 Segundos se encuentra en www.4segundoscomics.com
4 Segundos se encuentra en www.4segundoscomics.com
27 de abril de 2009
La noche del viernes
según Funes:
(...)
Lo que hubo el viernes 24 de abril de 2009 en el Centro Cultural Pachamama fue melodía pura. Un concierto a cinco voces, en distintos registros. Cinco tipos enamorados de la literatura y la música sacándose, muy de a poco, las vendas de los brazos, las piernas y el torso. Mostrando las escaras. Cinco tipos lastimados pero no lastimosos. Cinco tipos que aprenden con cada gesto del que escucha, del que interrumpe, del que pide un vino en lugar de cerveza o del que pide un fernet en lugar de un whisky. Cinco personas distintas trabajando con un objetivo clarísimo: ver reflejado en el rostro visitante, la expresión máxima posible que uno pueda generar a través de la palabra, la música, el fraseo. Como la más escandalosa y feliz puta de un cabarulo con paredes sin revocar. Esa alegría enfermiza, incomprensible, enajenada. Alegría que contagia, provoca pero también abruma. Euforia sin freno de mano. Para los colombianos que estaban esa noche, más sorprendidos que la chucha, que leen los diarios como corresponde, que se informan en los blogs que se tienen que informar, que leen los forwards que hay que leer, que sienten lo que deben sentir cuando pisan Buenos Aires; para esos visitantes que miran con la inocencia de quien no evita las preguntas incómodas, fue una fiesta. Pero que no esperaban para nada porque somos un secreto, porque vos, guachx de mierda, no les querés contar lo bien que lo pasás con nosotros.
(...)
(...)
Lo que hubo el viernes 24 de abril de 2009 en el Centro Cultural Pachamama fue melodía pura. Un concierto a cinco voces, en distintos registros. Cinco tipos enamorados de la literatura y la música sacándose, muy de a poco, las vendas de los brazos, las piernas y el torso. Mostrando las escaras. Cinco tipos lastimados pero no lastimosos. Cinco tipos que aprenden con cada gesto del que escucha, del que interrumpe, del que pide un vino en lugar de cerveza o del que pide un fernet en lugar de un whisky. Cinco personas distintas trabajando con un objetivo clarísimo: ver reflejado en el rostro visitante, la expresión máxima posible que uno pueda generar a través de la palabra, la música, el fraseo. Como la más escandalosa y feliz puta de un cabarulo con paredes sin revocar. Esa alegría enfermiza, incomprensible, enajenada. Alegría que contagia, provoca pero también abruma. Euforia sin freno de mano. Para los colombianos que estaban esa noche, más sorprendidos que la chucha, que leen los diarios como corresponde, que se informan en los blogs que se tienen que informar, que leen los forwards que hay que leer, que sienten lo que deben sentir cuando pisan Buenos Aires; para esos visitantes que miran con la inocencia de quien no evita las preguntas incómodas, fue una fiesta. Pero que no esperaban para nada porque somos un secreto, porque vos, guachx de mierda, no les querés contar lo bien que lo pasás con nosotros.
(...)
24 de abril de 2009
23 de abril de 2009
El otro día dije que no escribiría un libro en cuatro meses sólo para cumplir un contrato. Y no es del todo mentira: lo tengo que escribir en dos.
"Crónica de una enfermedad mental"
(...)Empecé el 2005 en otro call center. Ahí volvió la ilación, la molesta sensación de que todos saben más de vos que vos mismo y que siempre tienen algo que decirte aunque sea en doble sentido. No suena tan ilógico: los call centers se conocen unos a otros y siempre era la misma gente que circulaba. Podían saber muchas cosas.
En un momento, como digamos, el otoño, percibí, siempre desde la ilación, el hecho de que Pamela David se había peleado con el novio y esperaba mi llamado. Dicho así suena a locura, pero bueno, yo había refinado el delirio y tenía la teoría de que esta vez lo iba a poder utilizar a favor mío. Al decir de Chamorro, me creía Superman, que podía ver detrás de las paredes.
Llamé a un periodista de Perfil, el mismo que me había dado trabajo en el 98, que yo luego había dejado y que nunca más me había dado otra oportunidad. Le inventé una supuesta nota que tenía que hacer para no se qué medio y le pedí el teléfono de Pamela David. Contra todos los pronósticos, carraspeó una ironía inaudible y me pasó un celular (...)
Litio e ilación. Por Pablo Miravent.
En un momento, como digamos, el otoño, percibí, siempre desde la ilación, el hecho de que Pamela David se había peleado con el novio y esperaba mi llamado. Dicho así suena a locura, pero bueno, yo había refinado el delirio y tenía la teoría de que esta vez lo iba a poder utilizar a favor mío. Al decir de Chamorro, me creía Superman, que podía ver detrás de las paredes.
Llamé a un periodista de Perfil, el mismo que me había dado trabajo en el 98, que yo luego había dejado y que nunca más me había dado otra oportunidad. Le inventé una supuesta nota que tenía que hacer para no se qué medio y le pedí el teléfono de Pamela David. Contra todos los pronósticos, carraspeó una ironía inaudible y me pasó un celular (...)
Litio e ilación. Por Pablo Miravent.
22 de abril de 2009
21 de abril de 2009
20 de abril de 2009
16 de abril de 2009
13 de abril de 2009
12 de abril de 2009
Periodismo re canchero e incisivo
–Anoche hubieses podido preguntarle a algún vecino de Villa Jardín por qué no va a laburar en lugar de andar rompiéndole el muro a Posse… (SIC)
(o por ahí es una especie de ironía o algo así que no alcanzo a interpretar, no sé...)
(o por ahí es una especie de ironía o algo así que no alcanzo a interpretar, no sé...)
Lo dejo consignado acá
Si a los 81 años yo sigo vivo y escribiendo, y mis novelas contienen párrafos como estos, por favor péguenme un chiflido.
10 de abril de 2009
Corno
Las personas que están inmersas en el mundo de la literatura (escritores, lectores, críticos, editores, etc.) creen, por momentos -si no se lo ponen a pensar racionalmente-, que al resto de la gente ese mundo le resulta tan familiar como a ellos. Creen, por instantes, que Fogwill o César Aira son casi tan conocidos como el Coco Basile o Adrián Suar, y que podrían ser un buen tema de conversación en cualquier ámbito. Sólo cuando una tía, en esa reunión familiar, los mira con cara de “de qué corno estás hablando”, toman real dimensión de los niveles de popularidad. Pensaba en esto hace un rato, mientras intentaba llegar a los 4000 caracteres sobre un tema que no ameritaba más de 500 y escuchaba en la radio una entrevista a Lucía Puenzo, escritora y cineaste y mujer de Sergio Bizzio. Dos o tres veces durante la charla ella metió el nombre de su marido: porque con Sergio Bizzio vimos tal película, le muestro los borradores de mis novelas a Sergio Bizzio, etc. Antes de despedirse para ir a la tanda, los conductores le preguntaron con quién vivía. “Con Sergio Bizzio”, dijo ella, así con nombre y apellido, como dando por descontado que sus interlocutores sabían a quién se estaba refiriendo. Y ese Bizzio quién corno es, habrán pensado ellos y el 99,95% de los oyentes del programa.
8 de abril de 2009
7 de abril de 2009
"Es exactamente la misma canción, tienen la misma melodía"
Unos días más tarde, mientras acomodaba mercadería, Fabián pensó en voz alta que, en el tiempo que llevaba como kiosquero, el contacto con las golosinas y los nenes le había permitido darse cuenta de dos cosas: de que los chupetines verdes no eran de menta sino de manzana, y de que varias canciones infantiles, como Que los cumplas feliz y El payaso Plín Plín, tenían la misma melodía.
De Polirrubro Ama-Faby, 2004
De Polirrubro Ama-Faby, 2004
De Tiempo de valientes, 2005
6 de abril de 2009
El libro que iba a cambiar el mundo
SdB: ¿Y con respecto a la literatura argentina? ¿también siguen esta misma línea, como una forma de incluirla dentro del contexto literario de Latinoamérica?
J: Sí, con respecto a narrativa argentina estamos trabajando con El quinteto de la muerte: Funes, Loyola, Levín, Molina, Ricardo Romero. Ellos cinco conforman el Quinteto de la muerte, pero cada uno tiene su carrera literaria solo. La idea es tener un libro firmado por el Quinteto, pero que esté el espacio para cada uno (...)
J: Sí, con respecto a narrativa argentina estamos trabajando con El quinteto de la muerte: Funes, Loyola, Levín, Molina, Ricardo Romero. Ellos cinco conforman el Quinteto de la muerte, pero cada uno tiene su carrera literaria solo. La idea es tener un libro firmado por el Quinteto, pero que esté el espacio para cada uno (...)
Incalificable
Vía María Esperanza, de La Barbarie, llego a la siguiente "nota" de Clarín (que fue publicada a las 9:30 y todavía sigue online), directamente incalificable:
La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado
Actualización: ahora me doy cuenta de que la nota no fue una boutade personal de un periodista, sino que salió como informe de tapa en el suplemento Zona de ayer domingo . . .
Pablo Calvo: propongo que te armes una fabriquita de hijos y yo te paso 100 pesos mensuales por cada uno, a ver qué mierda hacés con eso... Por supuesto que no está mal que el Estado dé ese subsidio (es lo mínimo que puede hacer) ni que tus entrevistados lo acepten. Lo que está mal es que practiques un "periodismo" tan -como dice María Esperanza- falaz, ignorante y gorila.
La fábrica de hijos: conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado
Actualización: ahora me doy cuenta de que la nota no fue una boutade personal de un periodista, sino que salió como informe de tapa en el suplemento Zona de ayer domingo . . .
Pablo Calvo: propongo que te armes una fabriquita de hijos y yo te paso 100 pesos mensuales por cada uno, a ver qué mierda hacés con eso... Por supuesto que no está mal que el Estado dé ese subsidio (es lo mínimo que puede hacer) ni que tus entrevistados lo acepten. Lo que está mal es que practiques un "periodismo" tan -como dice María Esperanza- falaz, ignorante y gorila.
5 de abril de 2009
Ayer fuimos a Cabildo
Ayer fuimos a Cabildo con Fausto. Tenía que comprarle ropa (“indumentaria”, para ponerlo en términos del indec), algo de cada cosa: un piyama, una remera de invierno, medias, calzoncillos, pantalón. Tomamos el 168. A Fausto hay pocas cosas que le gusten más que viajar en colectivo. En realidad le gusta todo lo que tenga que ver con los vehículos, con o sin motor. Si vamos por calle y ve una moto o una bicicleta estacionada, trata de subirse: se escapa de mi mano corriendo y tengo que gritarle. Cada vez que ve al abuelo, hace la mímica de mover un volante y lo interna hasta que no consigue que lo lleve a dar una vuelta. Es un fanatismo que debe haber heredado de mi papá (cuando yo era chico, estaba convencido de que él, en su juventud, había sido piloto de Fórmula 1 -también estaba convencido de que era amigo personal de Alfonsín, pero eso es otra historia-). Aunque supongo que si yo tuviera auto y manejara, las cosas serían diferentes. Así es que ayer a la tarde subimos al 168 y, aunque el viaje duró poco, cuando bajamos ya había oscurecido. Cabildo a esa hora, los fines de semana, siempre me dio mucha tristeza. No sé bien el motivo. No a la noche, donde toda la fisonomía cambia, pero sí a esa hora de la tarde, cuando el aire ya está oscuro y las veredas están llenas de gente que camina y se choca contra las vidrieras. Los carteles de los negocios. Las ofertas pintadas con letras blancas en las puertas de los locales. Las familias que vienen de lejos a comprar o a pasear por ahí. Los chicos que piden en la vereda de Burguer King (hay una novela de Gustavo Ferreyra coprotagonizada por un chico que pide en la puerta de ese Burguer King, tal vez la imagen que tengo tenga más que ver con esa novela que con la realidad). Todo eso me da una tristeza inexplicable. Creo que es algo que no me pasa en ninguna otra avenida comercial, ni en Santa Fe, ni en Rivadavia, ni en Corrientes... Igual, no era de esto de lo que quería hablar. Sólo quería consignar lo que me dijo un hombre grande, de unos sesenta años, que iba acompañado por su mujer, después de escuchar que yo le preguntaba a la empleada de un local de ropa para mujeres que estaba parada bajo el umbral de la puerta si conocía algún negocio por ahí de ropa para niños. El tipo, que se ve que iba caminando a la par de nosotros, esperó a que llegáramos hasta la esquina de Blanco Encalada, y se animó a hablarme mientras esperábamos a que cambiara la luz del semáforo.
4 de abril de 2009
Suscribirse a:
Entradas (Atom)















