31 de agosto de 2006

Pre-parto III

Hace unas horas, cuando volví de cobrar un cheque en el Centro, Melina me recibió acostada en la cama. Acababa de volver de su visita al obstetra. Se acarició la panza y me pidió que me sentara a su lado.

–¿Qué pasa, son mellizos? –fue lo primero que se me ocurrió preguntarle, y ella se rió de mi cara de pánico.

El médico, después de medirle la dilatación, le había pedido que volviera a la casa, que descansara un poco, que saliera a caminar unas tres horas, y que volviera a la guardia para, en el mejor de los casos, quedarse internada.

Ahora son las tres y media, y, mientras espero a que ella vuelva de la caminata, escribo en el blog para no correr por las paredes. En un rato salimos los dos para el sanatorio, y ya veremos cuántos volvemos.

*

(Y aunque soy un poco ateo para esas cosas, no me queda otra que encomendarme al santo de hoy)

29 de agosto de 2006

En la otra punta de la mesa . . .

. . . hablaban de mí, y yo, mirando por la ventana, me hacía el que no escuchaba:

–Che, Molina piensa todo el tiempo . . . ¿no?
–¿Cómo?
–Eso, que se pasa todo el día pensando.
–No sé. Me parece que estás equivocada.
–¿Por?
–Para mí, parece que él piensa todo el tiempo, pero en realidad está registrando.
–¿Registrando?
–Claro, todo el tiempo. Y piensa sólo una vez por día … Se la pasa registrando, y después clasifica: "esto va para los cuentos", "esto para comentarle a tal", "esto para pensar antes de dormir", "esto para el blog".
–"Esto a la papelera", "esto para enseñarle a mi hijo" . . .
–Claro, algo así . . .
–Ahá, puede ser . . . Pero miralo ahora . . . parece como que estuviera pensando . . .

26 de agosto de 2006

Pre-parto II

No sé en qué consiste la depresión post-parto que sufren algunas mujeres. Pero sí sé que, sumada a otras sensaciones –expectativa, temor, ansiedad–, en las horas previas al primer parto se experimenta, al menos en mi caso, una intensa especie de nostalgia: la certeza de que ya nada, nunca más, volverá a ser como antes.

23 de agosto de 2006

Pre-parto

Hoy, 23 de agosto, es una de las fechas estimativas que nos dieron para el parto. Ese día, que parecía tan lejano a principios de año, cuando hicimos la primera consulta con el obstetra, finalmente llegó. El bolso con la ropa, las cosas del bebé y los papeles burocráticas para la internación ya está armado desde hace una semana. En estos días Melina tuvo algunos dolores, pero no concluyeron en nada. En el panel de corcho, arriba de la pantalla en la que escribo, hay enchinchado un papel con los números de teléfono a los que puedo llamar para que nos lleven al sanatorio. Sólo hay que esperar que empiecen las primeras contracciones fuertes o que se rompa la bolsa. Ojalá que el llanto de Fausto no me impida terminar el cuento largo que estoy escribiendo, y que pueda festejar conmigo en la final del Mundial.

18 de agosto de 2006

Mientras esa velocidad

Además de administrar este blog y de participar en esta editorial, de subir fotos como ésta a un fotoblox oculto, de obligarme a sacar su apellido de los links y a no publicar los apuntes que tomó para una reseña a Los estantes vacíos, Paula escribe poemas como "Cerveza" o como "Enero con Sara Gallardo" y cuentos como "La pelota, el carro y la planchita".

Los dejos con esa buena literatura hasta la semana que viene, cuando, tal vez, yo ya conozca la cara de mi hijo.

16 de agosto de 2006

Lecturas de un viaje

Durante su viaje por Salta, Humahuaca, Tilcara, Purmamarca, San Lorenzo, Cachi, Molinos, Cafayate, Tafí del Valle y San Miguel de Tucumán, Superloyds se hizo tiempo para leer de punta a punta Los estantes vacíos, y ahora transcribe en su blog un fragmento del cuento que le da título al libro.

14 de agosto de 2006

"Hay un estante vacío"

(publicado en el suplemento Radar Libros de Página/12 el 6 de agosto de 2006)

Primeros cuentos con personajes recurrentes y donde la desidia no equivale al aburrimiento juvenil.

Por Juan Pablo Bertazza

Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
188 páginas

Alguien dijo que lo más importante de una biblioteca son los espacios vacíos. Ignacio Molina, un joven bahiense blogger que ha realizado reseñas para algunos medios como la revista de crítica Los asesinos tímidos, tomó la idea para hacerla carne en lo que es su carta de presentación: un sobrio libro de cuentos. Y los quince relatos que vienen a llenar Los estantes vacíos se afilian muy claramente en esa tradición que inició Hemingway y que llevaron hasta su máxima expresión Cheever y Raymond Carver. En efecto, se podría jugar un poco y pensar que estas historias, que encuentran en el fútbol (ver el cuento “El opio de las masas”) una curiosa unidad, constituyen algo así como las variaciones argentas de dos cuentos de Carver que resumen, a su vez, los dos grandes procedimientos del autor norteamericano...

(La reseña completa, acá)

11 de agosto de 2006

Teórico

Anoche, en la mesa, Melina me preguntó si estaba listo para ser padre.
-¿Para el parto o para lo demás?
-Para todo lo que va a ir desencadenándose –me dijo, y yo bajé el volumen del televisor.

Esta mañana fuimos a la clase de “cuidados al bebé durante el primer mes”. Era la segunda clase “para papis” a la que iba. En la primera, el miércoles, nos habían mostrado diapositivas: entre otras, la cabeza peluda de un bebé saliendo por la entrepierna rasurada de su madre. La mujer que daba el curso contó que, en los últimos veinte años, había disminuido a un tercio el porcentaje de padres que se desmayan durante los partos.

Hoy había unas veinte chicas en estado avanzado de embarazo. Casi todas estaban acompañadas por su novios o maridos, y antes de la teórica habían tenido una clase práctica en la que habían aprendido a pujar. Cuando llegué estaban descalzas y recostadas sobre sus colchonetas. Melina me pidió que me sentara a su lado, que prestara atención, y, cuando la clase terminó (se tocaron los temas “cómo bañar al bebé”, “cómo limpiar el cordón”, “cómo dar la teta”, “cómo cambiar los pañales”), volvió a hacerme, con un tono bastante más serio, la misma pregunta que ayer.

9 de agosto de 2006

8 de agosto de 2006

"El niño salvaje"

De un mail, con fábula incluida, de Ricardo Romero:


PD: No te preocupes, la literatura es lo único que a la larga nos permite seguir siendo irresponsables. Hay señores mayores que se visten con las ropas de sus mujeres a escondidas, otros que no lo hacen a escondidas, los hay que se compran autos y lo lustran todos los domingos y les hablan, otros trabajan sonrientes y después cuando se mueren nadie se acuerda de que sonreían. Nosotros escribimos porque cualquier gesto nos resulta inverosímil: somos señores mayores pero al mismo tiempo somos niños remotísimos... permítanme muchachos, una fabulita para explayarme (es mi vicio, qué le voy a hacer)...

Alguna vez, el más lejano de nuestros antepasados, un niño, vio ponerse al sol por primera vez, sin saber si esa luz volvería. El miedo debe haber sido algo grande y poderoso, todavía innominado. Los sonidos de su desesperación, que todavía no eran palabras, fueron invocación, llamado, ruego. Cuando por fin la noche pasó y la luz volvió a aparecer, es posible que él haya creído en el poder de sus rugidos. Y comenzó a rugir cuando tenía miedo, cuando deseaba, y diferenció un rugido de otro. Desde entonces, nuestra fe en la palabra no es sólo una elección espiritual, sino también física. Nuestro cuerpo cree en ella, la siente como un músculo más, una víscera que palpita en la profunda oscuridad de la naturaleza, invocando e inventando la luz que nos permite empezar a construir un hogar y una historia. Por fin, el niño salvaje, en pleno día, cerrará los ojos para encontrarse con la oscuridad y exclamar ese grito del cual, sin saberlo, se ha enamorado.

7 de agosto de 2006

Sin título



igna, molín, rouge

pedro, carola, sartén

cañuela, cordero: domingo *


Foto de Paula
*epígrafe original en cierto fotoblox

5 de agosto de 2006

Es así...

...cuando querés darte cuenta tenés treinta años.

4 de agosto de 2006

Un índice absoluto

Hoy, 4 de agosto, un día antes de mi cumpleaños, y a un año de haberlo encendido, El Remisero Absoluto apaga su motor. Estaciona, abre las puertas y deja, como postales del viaje, sus contenidos agrupados en un índice absoluto: poemas, relatos y demás secciones, que pueden encontrarse a un costado de su pantalla.

3 de agosto de 2006

Jornadas literarias

La semana que viene, cuando yo ya tenga treinta años y esté a menos de quince días de ser padre (¿cómo? ¿esas cosas no les pasaban a los grandes?) Buenos Aires será sede de dos imperdibles eventos literarios.

El martes 8 a las 20:30 hs. en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525) Editorial Tamarisco presentará sus dos primeros libros de narrativa: Toronto no, de Leonel Livchits, y Hojas de Tamarisco, antología de cuentos de Hernán Vanoli, Félix Bruzzone, Sonia Budassi, Violeta Gorodischer. Los organizadores prometen brindis, música en vivo y lectura de textos.

Y el miércoles 9, también a las 20:30 pero en El Tano de Arriba (Díaz Vélez 4492, esquina Río de Janeiro) se llevará a cabo la jornada inaugural de Los Mudos, ciclo de lecturas organizado por Lucas “Funes” Oliveira. Habrá personalidades, música en vivo, grandes atracciones, y el Quinteto de la Muerte (ejército literario irregular que integro con Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Federico Levín y el mismo Funes) leerá fragmentos de su obras éditas o inéditas. Quedan todos invitados.


1 de agosto de 2006

Villa del Parque I

A las nueve de la noche del sábado estoy parado en una es­quina de Villa del Parque, esperando que el semáforo me dé luz para cruzar. Hace quince minutos, to­da­vía con los ojos ce­rrados, Manuela me dijo que tenía ham­bre y yo le pregunté si tenía ganas de comer una pizza.

Detrás mío hay dos chicos adolescentes, que se pasan de pique una pelota de básquet y hablan sobre un jugador de su misma cate­goría.

–Pero no es ningún gil, eh. Yo sé lo que te digo. En el fondo es bastante . . .

–Seguro. Muy en el fondo será así, pero se hace el pelotudo . . .

Yo los escucho con la mirada fija en el asfalto.

–Cuidado, ey, che, el bondi, cuidado –me grita uno de ellos.

Retrocedo dos metros y pasa un colectivo cerca de nosotros, con las ruedas de un lado sobre la franja blanca en la que estuve parado yo. Mien­tras lo vemos alejarse a toda velocidad, el se­máforo cambia de luz y caminamos hacia la vereda de enfrente.

28 de julio de 2006

Papeles viejos

La abstinencia a la computadora puede ser tan dura como la abstinencia al chocolate. Desde hace una semana que la máquina se niega a encenderse. Hoy vino un técnico nuevo; enseguida me in­formó que no le había entrado ningún virus y, en algún momento de las dos horas posteriores, al leer mi nombre en la tapa de un libro me preguntó si yo me dedi­caba a eso.

Ante mi respuesta se mostró curioso y entusiasmado: por qué y dónde es­cribía, a qué hora del día, cómo me surgía la inspiración. Antes me había contado que vive en Tapiales ("viene a ser provincia, a ocho cuadras de la General Paz a la altura de Mataderos"), me había ha­blado mal de sus vecinos que tienen hijos sin saber cómo criarlos, y me había preguntado si mi nombre de pila se escribía con hache.

–No te espantes eh. Lo que pasa que, con esto de la tecno­logía y los mensajes de texto, ya ni me acuerdo cómo se ponen las palabras.

–Además, por ahí te confundiste con Horacio, que sí se escribe con hache –intenté una segunda justificación.

Cuando estaba a punto de ser formateada la máquina se apagó por completo, como si alguien la hubiera desenchufado. El me dijo que no era nada grave pero que necesitaría más tiempo; tendría que llevársela a su casa para encontrar la falla y hacerle un parche. Me cobró veinte pesos a cuenta del arreglo final y quiso saber para cuándo la necesitaba. Mientras bajábamos en el as­censor volvió a hacerme preguntas sobre a la escritura, y llegó a la conclusión de que para mí no se trataba de una cuestión moneta­ria.

25 de julio de 2006

"El sentido de los espacios vacíos"

Por Violeta Gorodischer

Los estantes vacíos es un continuo de discontinuos: momentos, fragmentos, fotografías que, como la ilustración de portada, no parecen sino instantes robados de una vida. Hay un lenguaje acertado y concreto en boca de un narrador humilde que logra un registro mimético de lo cotidiano. Así, con pasos lentos pero seguros, el libro va dibujando la geografía de una ciudad dormida. Los barrios y suburbios de Buenos Aires se vuelven de pronto escenario de los personajes, simpáticos flanêurs del subdesarrollo: calles, colectivos y grafittis son el fondo de diversas pinceladas que luego, en el conjunto, permiten (re)construir una historia. Como alguna vez hiciera Saer en sus Cicatrices, los personajes de Molina cruzan sus vidas acaso sin saberlo, o sí, cómo estar seguros . . .

(La reseña completa en Hojas de Tamarisco)

24 de julio de 2006

Día de campo

Al costado de la ruta que lleva a Cañuelas hay una construcción con forma de Castillo que tiene pintada en una de sus fachadas el aviso de un Tenedor Libre. Supongo que ese restaurante no existe más y calculo que el precio del menú (3 $) data de, por lo menos, la época en que un peso era lo mismo que un dólar. Muchas veces, viniendo en auto desde Bahía Blanca, esa pintada azul me anunció que ya estábamos cerca.

*

Como único hombre del auto bajo a abrir la tranquera, y, cuando quiero cerrarla, tengo algunos problemas: me cuesta atraer hacia mí las dos puertas al mismo tiempo, y temo hacer el ridículo antes quienes me miran desde la casa. Cuando al fin cruzo la cadena y pongo el candado me doy cuenta que quedé del lado de afuera, y al saltar el alambrado estoy a punto de pisar una montaña de bosta.

*

En el horizonte no se ve a nadie: sólo campo fértil, hectáreas pobladas de vacas y de ovejas. Mientras hago jueguito con una pelota el cielo cambia de color y el viento empieza a refrescar. Tardo en ponerme el pulóver porque es el único abrigo que traje. Los nenes se hamacan, corren a un corderito, juegan con su papá, le piden cosas, duermen en sillones. Alguien dice que eso es lo que me espera. La pileta está vacía; la imagino llena de gente en verano y cubierta de hojas secas en otoño.

*

En el viaje de ida nuestro auto recibió un mensaje de texto avisando que en la Ñ había salido una reseña de mi libro. Cuando compré ese suplemento y me di cuenta de que sólo había salido una pastillita de cinco líneas, hice lo posible por no deprimirme. Alguien comenta eso mientras comemos las achuras, y pone en mi boca palabras que yo nunca dije.
–Y a partir de ahí no habló más –imagina otro, que hace lo posible por no deprimirse cuando nos enteramos de que el perro se comió las tiras que se asaban sobre la parrilla.

*

-¿Un presidente de origen vasco?
-Aramburu.
-Pero ese no fue un presidente.
-¿Ah, no? ¿Y qué fue? -Un golpista. O el título de un libro.


Mi equipo pierde por escándalo al Trivial. Le echo la culpa a mi escaso background teórico. No me perdono no recordar que Estudiantes de La Plata ganó la Intercontinental antes del 85 y que River después. Igual nos reímos. Llamativamente no hablamos de literatura ni de blogs en toda la tarde. Sólo un comentario aislado, cuando ya empieza a anochecer, mientras hablamos de tragedias:
–Habría que dejar constancia de las claves ante escribano público. Sería muy feo que te murieras y tu blog quedara flotando así para siempre, encabezado por un post medio boludo.

19 de julio de 2006

Imaginé una ciudad

Imaginé una ciudad gigante,

una provincia sin campos.

Edificios grises y patios,

de Junín a Patagones,

de Bragado a Capital.

Una ciudad gigante y oscura

colectivos sesenta de larga distancia,

la costa del mar repleta de fábricas

y el límite oeste cubierto de flores.

Avenidas interminables sin nombres

esquinas desiertas y hundidas.

Una ciudad gigante y luminosa

colmada de amigos y ex novias,

una ciudad sin teléfonos celulares

un mundo nuevo sin colers ai dís.

17 de julio de 2006

"La cohesión de la apatía"

(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 9 de julio de 2006)

Los estantes vacíos

Autor: Ignacio Molina
Género: cuento
Editorial: Entropía. $21


Por Nicolás Mavrakis


En su primer libro
de cuentos, Ignacio Molina se propone abor­dar el género desde un particular manejo del lenguaje, el estilo y la forma; particularidad que fija su alejamiento de una tradición argentina de narradores tan consagrados como canonizados de cuya órbita, a tantos cuentistas de su misma generación, suele resultarles tan difícil escapar, innovación mediante.

Gracias al uso ininterrumpido de una escritura cuidadosamente despojada de todo ornamento y de toda pompa; una escritura que, a razón de su elaborada depuración del lenguaje entraña su aire inusual, Molina sitúa al lector ante un "estilo apático" que exige una atención distinta. Este estilo, que se impone como rasgo de una cohesión general –lo que distingue a una serie dis­persa de cuentos agrupados en un mismo libro de una unidad significativa, es decir, de un libro de cuentos propiamente dicho–, surte, además, el efecto de dar vida instantánea a personajes a su vez decididamente "apáticos" (es evidente que Carver y Cheever figuran entre las lecturas predilectas del autor). Irreso­lución de ánimos que se traslada, también, a la forma misma de cuentos que, a veces interconectados como nouvelles, repiten per­sonajes y alteran perspectivas en torno a una misma situación, como montajes cinematográficos en el que se brindaran planos generales y zooms.

Tramas incompletas que evaden lo tradicional; personajes que, si bien forman circuitos de relaciones privadas y espacios propios, escapan o se ven imposibilitados de toda relación -incluso amo­rosa y aún cívica- en una Buenos Aires construida como espacio de innumerables desplazamientos (abundan caminatas, trenes y colectivos) que tematizan cuestiones referidas al encierro y a la regresión; todo esto termina elaborando una opera prima con innegable personalidad propia.

12 de julio de 2006

Recursos Humanos

Despliego la cuenta del teléfono frente a la ventanilla del Pago Fácil, pero el policía que está parado en la puerta del kiosco me frena con señas.
–Tenés un retraso de diez o quince minutos –me dice.
“No, de ocho o nueve años”, estoy a punto de responderle, pero enseguida me doy cuenta de lo que habla: en segunda fila estacionó un camión de caudales, y los empleados de la empresa se disponen a llevarse la recaudación del negocio.

Una vez, hace siete u ocho años, yo trabajé en esa empresa. Las oficinas centrales, por llamarlas de alguna manera, quedaban en una zona oscura y elevada de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo. Mi tarea consistía en contar el dinero que los camiones traían de los comercios y de los Bancos. Encerrados en cabinas individuales de dos por dos y paredes transparentes, los empleados recibían los fajos de billetes y las monedas en grandes sacos y consignaban las cifras que arrojaban las cuentas en una computadora. No podían hablar entre ellos, y, para alejar las manos de la mesa de trabajo, debían mirar a la cámara que colgaba del techo de la cabina y avisar en voz alta, por ejemplo, “voy a toser” o “me voy a rascar un tobillo”. Las seis jornadas semanales eran de nueve horas diarias, de diez de la noche a seis de la manaña, y el sueldo era de 450 pesos.

-Claro que con el presentismo aumenta a 475 –nos había dicho sonriendo la encargada de Recursos Humanos, una rubia de unos veinticinco años, a los empleados que empezaban a trabajar la misma noche que yo, una mujer mayor de cuarenta y un hombre de alrededor de cincuenta.

Cuando escribo que una vez trabajé en ese lugar, es literal: esa primera madrugada, mientras empezaba a dolerme la cabeza y desde el 64 que me devolvería a Belgrano miraba los fondos de la Casa Rosada, pensé que ese trabajo no era para mí. O, mejor dicho, que ese trabajo no era para nadie pero que yo podía darme el lujo de renunciar. Al llegar a mi casa, y aunque no tenía hambre, rompí el ayuno y diluí tres aspirinas en un café con leche. Después vomité, bajé las persianas y esperé a que se hicieran las diez para llamar a la encargada de Recursos Humanos.

–A ese centro clandestino de trabajo no voy más –le informé intentando sonreír, y ella me dijo que esa misma tarde podría pasar a buscar la plata que me correspondía por las nueve horas de servicios prestados. Yo le agradecí por todo, y me quedé a oscuras, en la cama, hasta el anochecer. Creo que ese día empezaron mis migrañas.


(también en El Remisero Absoluto)

11 de julio de 2006

"¿Por qué, Molina, por qué?"

El Gordo Gostanián me entrevistó en La Biela y, como parte de un intercambio blogkultural, publicó el producto de ese encuentro en Playmobil Hipotético.

Facundo GV, por su parte, leyó Los estantes vacíos y subió a Mavrakis y Valdés sus impresiones y su propia respuesta a la pregunta que da título a este post.

Acá la entrevista.

Y acá la reseña.

10 de julio de 2006

Mesa

5 de julio de 2006

Comunicado de los trabajadores de Perfil

PERIODISMO PURO SIN FIRMAS

Los trabajadores de prensa del diario y editorial Perfil, tras un mes de asambleas, decidieron dejar de firmar sus notas a partir del día 5 de julio de 2006, como protesta frente a la falta de respuestas al reclamo que vienen llevando adelante.

Más información en envolviendo huevos.

Por favor, si es posible, linkiá este post en tu blog.

Cuentos grossos

Qué habré dicho en la entrevista para que, ya abajo del escenario, alguien me dijera: “Molina, sos igual a tus personajes”.

–Sos el escritor con menos narcisismo del mundo –me dijo después un amigo. Y eso que yo, minutos antes, había clausurado la última respuesta con algo más o menos así:

“No, yo no planeo la trama de mis relatos. Yo sólo imagino a los personajes, y son ellos los que van armando la historia a medida que va siendo escrita. Claro que a veces los personajes no tienen nada que hacer ni que decir y entonces esos textos terminan en nada . . . y otras veces terminan en cuentos tan grossos como los de Los estantes vacíos.”

4 de julio de 2006

Hoy leo - (gacetilla)

El grupo literario Alejandría, en su segundo año de actividades, presenta el martes 4 de julio otra Noche de Cuentos. Como siempre, habrá cuatro escritores invitados a leer sus cuentos, este martes son: Ignacio Molina, Sonia Budassi y Félix Bruzzone, más el invitado especial, en esta ocasión, Martín Kohan. Al finalizar el encuentro, se sortearán libros y revistas.

La cita es a las 20:30 horas en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525, Capital Federal). La entrada es libre y gratuita.

http://grupoalejandria.com.ar

Grupo Alejandría

3 de julio de 2006

Harvey Pekar

Harvey Pekar podría haber sido –como dicen en los doblajes de ciertas películas– un "don nadie": sólo un oscuro empleado del archivo de un hospital público de la ciudad de Cleveland, Ohio, lugar en el que prestó sus servicios durante casi cuarenta años. Lo que, muy a pesar suyo, lo convirtió en una personaje de culto y de cierto renombre popular fue el hecho de haber sido guionista de American Splendor, una historieta autobiográfica donde dio cuenta, en tono de comedia, de la otra cara del “sueño americano”, de la vida cotidiana de un hombre común de la clase trabajadora estadounidense durante los años setenta y gran parte de los ochenta.

Ayer vimos “Esplendor Americano”, la película estrenada en 2003 que en forma mixta (ficción y documental) narra la historia de Pekar. En una de sus primeras escenas, el futuro autor tiene diez años y, junto con otros nenes del barrio –en lo que se supone una celebración tradicional yankee–, toca la puerta de una casa para recibir golosinas. La señora que abre los ve alineados en la entrada: todos están disfrazados de superhéroes, menos Pekar, el último de la fila, que por estar vestido como un nene común vuelve a la calle con las manos vacíos. La escena transcurre en 1950, y es una metáfora de lo que sería la vida de Harvey Pekar: un hombre tan común como talentoso que, por no disfrazarse de superhéroe a la hora de escribir sus historias, debió trabajar como empleado municipal hasta el día de su jubilación.

(Clickeando acá, una nota del escritor y cinéfilo Leo Oyola sobre la película)

1 de julio de 2006

Condiciones

Anoche me desperté a las cuatro y media y me costó volver a dormir. Dando vueltas entre las sábanas, y con la nuca húmeda como si fuese verano, pensé en las pocas semanas que faltan para el nacimiento de mi hijo. Traté de imaginar ese día (las primeras contracciones, la rotura de bolsa, el remís hasta la clínica, los nervios y el clima en la sala de parto), y recordé la experiencia que me había contado, el martes a la noche, un autor de novelas policiales.

Después, y cuando ya estaba amaneciendo, rapasé parte de lo que vendría más tarde (la nueva rutina, las responsabilidades, los pañales, los llantos de madrugada, el planteo existencial), y, antes de volver a pensar en el partido, me repetí una frase que alguna vez me dijo el autor de El Caníbal:

–Vos no te preocupes: si podés parar un taxi con onda, ya estás en condiciones de ser padre.

27 de junio de 2006

"El agotamiento de un Sistema"

Algunos de los apuntes ordenados por Mavrakis y publicados en su blog, más en forma de ensayo que de simple reseña, luego de una dedicada y atenta lectura de Los estantes vacíos:


“Pero por otro lado, sostener, durante ciento sesenta y ocho páginas, un estilo y un lenguaje apático involucra, sin dudas, algo del orden del oficio que requiere la literatura.”

“Y no hay pérdida de la realidad: hay indiferencia. Los personajes, por ejemplo, no tienen reloj; pero se la pasan averiguando la hora a razón de sus propias percepciones temporales.”

“Una oposición a la dialéctica del lenguaje mercantil, por lo menos. (…) La dialéctica discursiva del mercado se opone al lenguaje de una apatía sin dialéctica –y no al revés, que es lo importante– a lo largo de todo Los estantes vacíos.”

“Ignacio Molina prefiere decir antes que nombrar. O, en todo caso, prefiere no nombrar para decir.”


"El genio apático también como “estilo” en la construcción de una figura de autor. Quien hace circular la mirada por la página de un libro que –de nuevo– prefiere ni siquiera mostrar.”

“El libro de Ignacio Molina, al correr de la lectura, entrelaza y entrecruza los géneros (estamos realmente ante una serie de ¿cuentos? ¿nouvelles? ¿un proyecto de novela?)”

“El pasado, entonces, como dislocación del presente: un pretérito imperfecto capaz de agrietar la continuidad del presente. La tragedia apática de Los estantes vacíos.”

“Los diálogos entre los personajes –que se cruzan y conviven pero no siempre se conocen ni quieren dejarse conocer– se entrelazan abruptamente como si los uniera fraternalmente un mismo espacio urbano. La ciudad como gran relato que los incluyera a todos.”

“Tal vez todo Los estantes vacíos quiere representar, apatía mediante, el agotamiento de un Sistema. Es decir, la inutilidad de toda narración que presuponga enlaces ineludibles entre sujetos. Y quien quiere escapar del Sistema –quien fantasea– se cae.”


(El ensayo completo, acá)

23 de junio de 2006

La (di)versión de Entropía

"El viernes pasado se presentó Los estantes vacíos, el libro de cuentos de Ignacio Molina, en el bar Bartolomeo. Lamentablemente, lo que se auguraba una fiesta para toda la familia, trocó en un episodio negro, de consecuencias hasta ahora insondables . . .

(Sigue en Las Apostillas)

22 de junio de 2006

"Un escritor burbuja"

(Desgrabación del discurso espontáneo ofrecido por Federico Levín -en letras negras- y mis dos sobrinas, Mora y María -en letras rojas- la noche del viernes pasado -hay fotos ilustrativas, pero por el momento tengo problemas para subirlas)


Molina, como personaje de sí mismo, se acuerda de todas las palabras que componen sus cuentos. Y sus personajes son personas que están presionadas por su memoria, al punto de –como decía Mairal– recordar cada detalle de la última semana de sus vidas. Yo creo que Molina es un escritor verdaderamente . . . burbuja

Molina es un escritor verdaderamente burbuja, lo cual quiere decir que, en este ámbito tan popular, él está como aislado, en parte, y está separado del resto por una especie de . . .
nube

Lo que quiero decir es que los cuentos de Molina son particularmente . . .
lindos

Sus cuentos son lindos. Porque uno puede decir “tal libro es bueno, está bien escrito”, pero eso se dice de cualquiera. Porque, con tantos talleres literarios, hoy por hoy cualquiera . . .
escribe

Hoy por hoy cualquiera escribe, verdaderamente. Por eso es importante que alguien escriba, aparte de bien, y aparte de correctamente, aparte de que no se le escape ni una palabra de su registro, es importante que tenga aparte esa especie de . . .
libro

Que tenga esa especie de libro. Como yo le decía a Molina el otro día, que, si bien es común leer volúmenes de cuentos, la gente que dice “yo escribo tengo como cuarenta cuentos, así que si me querés publicar…”. No, no, esto es otra cosa: publicar un libro de cuentos. Un libro que tenga una idea, unas palabras, unos personajes en común, nada demasiado pretencioso. Es decir, no es pretencioso, es . . . fuego

Es fuego. Es la pasión por escribir, es el fuego interno de un escritor. No hay literatura posible sin fuego. Hay un montón de gente, incluso amigos de Molina, que dicen “mirá, te escribo unos cuentos…”. Y lo hacen bien, pero no se genera esa efervescencia en una presentación porque le falta ese fuego. Queremos decir, mi consciencia y yo, mi consciencia que está formada por dos niñas, que el libro de Molina es recomendable, por una sencilla razón que podría ser definida en una sola palabra, que es . . .
pelo

Por un pelo: o sea, no es “ehhhh, mucho mejor que los demás”. Sí, es mejor que los demás, pero por un pelo. Lo cual está bien, porque no quiere enrostrarle a los demás lo bien que escribe, sino que dice “yo con los mismos elementos, escribo unos cuentos que son verdaderamente” . . .
papel

Son papel. Tenemos que darnos cuenta de eso: estamos comprando y vendiendo papel. Y de hecho hay una persona, un amigo de la casa, llamado Funes, que tiene un libro que está todo forrado con partes de la revista Ñ, titulado Papel. Y Funes, que es amigo de Molina, es un tipo verdaderamente . . . p$%a@fg?Xg%

No se entendió nada. Pero es así, es la lucha de egos. De hecho yo iba a presentar hoy el libro de Molina, y Terranova vino y me dijo: “bueno Levín, hoy voy a presentar yo el libro, voy a decir unas palabras”. Son egos que se pelean, pero sin embargo yo debo decir que la presentación que hizo Terranova fue verdaderamente . . .
zapato

Bueno, ahora hay gente especializado, ya sea lecto-escritores, o . . . luz


O gente que tiene luz, gente de brillo, que quiere leer los cuentos de este libro, para que no sea todo bla, bla, bla. Así que, sin más prolegómenos, le doy la bienvenida a Funes, que va a leer “Brasil tiene esas cosas”, uno de los peores cuentos del libro –así que si les gusta éste, ni se imaginan lo que van a encontrar en el resto del libro–, y quiero felicitar a mi amigo Molina por la presentación de Los estantes vacíos y pedir nuevamente un aplauso para él.

20 de junio de 2006

Post-evento

El viernes se llevó a cabo, después de tantas idas y vueltas, la presentación de Los estantes vacíos. Agradezco públicamente a los editores de Entropía (Valeria y Gonzalo Castro, Sebastián Martínez Daniell y Juan Manuel Nadalini), a todos los que participaron desde el escenario (Pedro Mairal, Federico Levín, Juan Terranova, Magali Romero, Lucas “Funes” Oliveira, Mora Serrano y María Molina), a los que no conocía personalmente y se me presentaron, a los que no lo hicieron, y a todos y a cada uno de los que formaron el resto de la pequeña multitud que asistió. Fue una gran noche, incluso post-evento; lo lamento por todos los que habían confirmado su presencia y a último momento tuvieron cosas más importantes que hacer. Supongo que ya tendrán una nueva oportunidad. (Me tomé con mucha seriedad la propuesta que me hizo Romina Paula pasada la medianoche, antes de irse del bar: alentar la realización de una importante fiesta, una especie de presentación conjunta de los autores jóvenes de Entropía. Espero que pronto tengamos novedades al respecto)

16 de junio de 2006

Ahí estaremos

Quedan invitados. Allí estaré.

13 de junio de 2006

Pasetti

De los que elegíamos al fútbol para las horas de educación física, Pasetti era el más habilidoso. Hacía goles, jugaba y hacía jugar, y se enojaba con los que, como yo, no peleaban "a muerte" cada pelota. Era autodidacta; nunca había jugado en ningún club. Una mañana fue a probarse a las inferiores de Defensores de Belgrano, pero se lesionó en el segundo pique corto y nunca volvió a intentarlo.

Años más tarde, en el campo de sus suegros, el presidente de un club de Nueve de Julio, también invitado al asado, lo vio jugar un picado mientras se hacían la brasas y, durante la sobremesa, le propuso participar en la Liga semi amateur de la zona.

Pasetti estaba contento, había conseguido que le pagaran, además del sueldo básico de cuarenta pesos por partido, veinte por gol convertido y quince por cada punto ganado. Si bien su nombre no convocaba a multitudes y salía publicado en un solo diario, disfrutaba del aliento del público de su equipo y de los insultos de los hinchas rivales detrás del alambrado.

En el primer mes, ganó casi lo mismo que ganaba trabajando en el microcentro nueve horas por día. Los domingos llegaba temprano a Nueve de Julio, a media mañana entrenaba liviano con sus compañeros, al mediodía almorzaba en la casa del director técnico, y a la tardecita, luego del partido y con los músculos todavía sentidos, volvía en un Costera Criolla a Buenos Aires.

En la final de la Liga se juntaron casi mil quinientos espectadores. Era un domingo soleado, y la tierra de la cancha se veía más seca que en otras tardes. Por primera vez en su corta carrera Pasetti estaba nervioso. También por primera vez se había concentrado junto al resto del plantel; desde el viernes a la tarde estaba alojado en el campo de un dirigente. Su novia y parte de su familia le habían prometido que viajarían en auto a verlo, pero, diez minutos antes de la hora del partido, un teléfono sonó en la cantina del club.

5 de junio de 2006

Hitos

El nuevo teclado de la computadora es demasiado duro. Me dicen que hay que pegarle a las teclas hasta que se ablanden, pero yo creo que es al revés: que son los dedos los que, con el tiempo, se adaptan a las letras. Por eso, escribo preguntas y frases sin sentido para acostumbrarme. Por ejemplo: ¿cuántos hechos históricos puede vivir alguien en un fin de semana? En mí caso, más de uno: hice la mudanza, vi cómo se movía mi hijo dentro de la panza de su madre, dejé de ser un escritor inédito, y sentí el descenso de Olimpo a la B Nacional.

2 de junio de 2006

Cambio de fecha (y a vaciar los estantes)

Informo que, por razones ajenas a mí y a la editorial, debe posponerse la presentación de Los estantes vacíos anunciada para el viernes 9 de junio.
En cuanto se confirme la nueva fecha, postearé la invitación oficial.

Por otro lado: además de en las librerías de Palermo Viejo, el libro ya está en las de Avenida Corrientes: De la Mancha, Liberarte, Hernández, Zival's y Capítulo dos de Galerias Pacifico, y por estas horas sigue distribuyéndose en, al menos,
éstas librerías de Buenos Aires.

(Perdón por la autopublicidad, pero sería bueno que los libreros, al notar una venta considerable, lo dejen en las mesas de novedades la mayor cantidad de tiempo posible)

31 de mayo de 2006

Literatura II

Al mismo tiempo que yo, bajó del 151 un tipo al que le veía cara conocida. Antes de ponerme a caminar decidí saldar la cuenta del teléfono en el Pago Fácil del supermercado, y en la zona de los changuitos me crucé con Martín Rejtman.

–Leí tu reseña sobre mi libro –me dijo él después de los saludos, mientras se descalzaba los auriculares, y se mostró bastante molesto con la crítica que yo le había hecho al primer cuento.

Me dijo que desde su punto de vista era errada mi observación, que el término “vaqueros” no le parecía anacrónico, o que, en todo caso, quien lo decía era el narrador y todo era muy literario. Me comentó que se había quedado pensando en ese tema, que lo había hablado con Alan Pauls la semana pasada, y que Alan había estado de acuerdo con él.

–Disculpame que te lo diga –me dijo, como temiendo que, sin mayores motivos, yo fuera a enojarme o a ofenderme.
–No me pidas disculpas, al contrario –le dije, y le pregunté qué le había parecido el resto de la reseña.
–Estaba bien, pero uno siempre se queda con las cosas negativas que le dicen, y creo que eso que criticabas no hace nada de ruido. Además yo nunca diría una palabra como “blue jean”, como tampoco nunca diría “porro”.

Después me preguntó sobre la salida de mi libro, me pidió que lo tuviera al tanto y, señalando al que había bajado conmigo del 151 y se acercaba desde las cajas con dos bolsas llenas, me dijo “ahí viene un amigo”. Enseguida nos presentó diciendo nuestros nombres, y durante los segundos en que nos quedamos callados tuve la sensación de que parados así, formando un triángulo cerca de la puerta del supermercado más grande y barato del barrio, parecíamos hombres de ficción, personajes sacados de alguno de nuestros cuentos.

28 de mayo de 2006

23 de mayo de 2006

Cara de solapa


El primero que conteste correctamente qué libro estoy leyendo en esta foto, se hace acreedor a una copa de vino extra en la presentación de Los estantes vacíos.

22 de mayo de 2006

Si tirás buena onda

Ayer empecé a hacer la mudanza interna. Saqué las bibliotecas y la computadora del escritorio para llevarlas al living. En el cuarto que va a ser del bebé quedó sólo un mueble, marcas en las paredes desnudas y ropa y libros desparramados en el suelo. Ahora tengo por delante una tarea más difícil: empezar a vaciar los placares, decidir qué papeles, casetes, revistas y diarios viejos tirar y cuáles seguir archivando en otro lado.

A la noche me costó dormir. Al apagar la luz recordé la versión vieja de un cuento que había releído el sábado: en tres párrafos seguidos se repetía la misma palabra, y me torturé pensando en la posibilidad de no haberlo corregido antes de que entrase a la imprenta.

Después, cuando pude sacarme eso de la cabeza, pensé en Fausto: en que debería trabajar el resto de mi vida útil para mantenerlo, en cuántas cosas me restarán aprender para ser un buen padre, en la imagen que él tendrá de mí cuando tenga treinta años y yo ya esté en edad de jubilarme.

El calor y el ruido de un auto me sacaron de todo eso. Entre el despertador y el reloj de la video había diez minutos de diferencia; eran alrededor de las cuatro de la mañana. Puse la estufa en piloto y volví a la cama haciendo una promesa: si conseguía dormirme antes de las cuatro y media –o cinco menos veinte–, postearía una de las frases que había dicho esa mañana.

Mientras esperábamos al 151 en Rivadavia, a la altura de Almagro, vimos cómo perdía líquido el motor de un 19 que había frenado en la parada anterior. Yo caminé unos quince metros hasta la puerta para avisarle al chofer.
–Ta perdiendo algo, no sé qué es –le grité mientras subían pasajeros.

Cuando volví a la parada, vi y escuché que él, arriesgándose a perder el semáforo verde, frenaba a nuestra altura y me decía:
–Gracias, flaco. Sos un grande. Es gasoil, acabo de llenar el tanque –y me saludaba cerrando un puño y levantando el pulgar.

–Ves –le dije a Melina–, si tirás buena onda recibís buena onda.

–Buena frase –me dijo ella–: blogueala.

17 de mayo de 2006

Blogueando

En la alacena baja de Levín se alojaron los pacoquis, que se la pasan corrigiéndose brazos y dedos en busca del cuento perfecto.


Vico escribe una novela sobre el jefe de las 62 organizaciones y publica Metominia Salvaje en No-Retornable


A Tornicheli le pasan cosas horribles cuando habla de minas.

15 de mayo de 2006

Bunkers

En la tarde gris, desde su terraza en un extremo de Colegiales, Nessie mira hacia el sudeste, apunta la cámara hacia el río, y, casi sin saberlo, inmortaliza en el centro de la imagen, en la última manzana de Palermo Viejo, al bunker productivo de Unidad Funcional.

Foto extraída de La fiesta del monstruo

11 de mayo de 2006

Miedo a la oscuridad

Yo soy el único de la fila que no tiene guardapolvo y espero mi turno para saludar a uno de los soldados que, inclinados en medio del patio, reciben las cartas y los chocolates que les entregan mis compañeros de jardín.

La escena, que parece sacada de un sueño o de una película argentina, es una de las que recuerdo de los meses de abril y mayo de 1982. En otra de esas escenas, que hoy se me aparecen como irreales, mi mamá y yo caminamos de la mano por la ciudad vacía y completamente a oscuras. Ella está vestida sólo con una bata y un camisón. Yo tengo un piyama grueso y un pulover, y siento cómo el ruido de nuestras zapatillas retumba en la vereda.

Como los ingleses amenazaron con tirar una bomba sobre Bahía, la municipalidad ordenó encender la menor cantidad de luces interiores posible, dejar siempre apagadas las exteriores y, salvo urgencias, no salir a la calle después del anochecer. Hay que tapar las ventanas con cartones o papel madera, y cubrir los focos de los autos con una tela oscura que reparten en los negocios. Hay que evitar que desde los aviones se den cuenta de que acá abajo hay una ciudad; cualquier mínimo reflejo de luz puede provocar que se cumpla la amenaza.

Desafiando al estado de sitio militar y sin cambiarnos, sin temor a cruzarnos con algún vecino, mi mamá y yo salimos a la calle. Alumbrados sólo por la luna caminamos hasta la esquina, y nos quedamos un rato ahí con las miradas en el cielo. Desde mis ojos de cinco años veo seguramente muchas más cosas que ella: veo, también ahora mientras escribo, aviones y helicópteros ingleses que vuelan muy bajo. Aunque cuesta distinguir las siluetas de los autos a media cuadra, veo y siento el eco de una tropa argentina que avanza hacia nosotros desde el fondo de la calle. Imagino el patio del jardín a esa hora de la noche, y los cuartos silenciosos de mis amigos que, si pudieron vencer el miedo a la oscuridad, ya deben estar durmiendo.

9 de mayo de 2006

Papeles viejos

Sábado 15/10/94:
A la tarde fui caminando a lo de B. La idea que teníamos era la de ir a sacar las entradas para los Stones, pero nos colgamos en el 7 to 7 de Libertador, nos pusimos a conversar con dos chicas (FGKQ) y al final nos quedamos ahí. Más tarde volvimos a su casa. B había alquilado Misery. Nos tiramos a ver la película y llegaron dos amigos de su hermano, que venían a visitarlo porque estaba enfermo. Uno de ellos era brasilero, tomaban mate y hablaban del mundial y de la mononucleosis. A la noche fuimos a lo de G, y enseguida, cuando estábamos hablando de él, llegó LR con el flaco de la ferretería. Yo llamé a Marina, me dijo que se iba a lo de M. con otras amigas y quedamos en encontrarnos a las doce en La Colmena. Después fuimos a comer una pizza, y más tarde, casi todos, a tomar algo al bar de enfrente de La Colmena. En otra mesa estaban los pibes de la banda de Excursionistas, que en un momento pensaron que los estábamos gastando y nos quisieron pegar. Pero después de las aclaraciones terminamos en su mesa, y B. se apretó en la esquina a una de las minitas que ya conocía. De ahí entramos a Majada. Marina se fue antes. B. y G. vomitaron, y cuando salimos a la calle ya era de día. Juntamos plata para pagar un taxi entre varios, pero no nos alcanzó y tuvimos que volver en colectivo.

3 de mayo de 2006

BT

En una época me enteraba, por terceros, de que otros preguntaban si yo era buen flaco, si tenía novia, si me prendería en un picado, si tocaba la guitarra, si era fiel, si tenía amigos para presentar, si me gustaban las morochas, si era tan reservado como parecía, si jugaba arriba o en el fondo, de ala o de pivot. Ahora me entero de que preguntan:

–Che, ¿qué onda Molina? ¿tiene background teórico?

1 de mayo de 2006

Gigantografías

¿Por qué, si hay tantas librerías en Buenos Aires, "la gente" espera esta época del año para caminar entre libros?
La mía, claro, es una pregunta retórica; creo nadie podría dar una contestación razonable. Algunos me dirán: porque en las librerías no entregan folletería o muestras gratis de fernet. Está bien, sería una respuesta atendible, pero no del todo satisfactoria.


El sábado a la tarde vi, desde Plaza Italia, la cola que nacía en los portones de la Rural, llegaba por la avenida Sarmiento hasta la calzada circular y giraba por Santa Fe hacia Pacífico. Si no me hubiera comprometido a estar en la presentación de El trabajo del fuego, la novela de Juan José Burzi publicada por la Editorial de la UNLP, habría pegado la vuelta. Crucé la calle, entonces, y me dispuse a caminar a paso de tortuga entre familias que, probablemente, lo último que recordaban haber leído era algún folleto publicitario rescatado en la Feria del año anterior.

Lo primero que vi al entrar fue a unas veinte personas que se amontonaban frente José Narosky para que les firmara sus libros de aforismos. Después vi las clásicas gigantografías con las caras de los-grandes-escritores-argentinos en el stand de la secretaría de cultura. Imágenes que –pensé en ese momento, y pienso ahora– no le hacen ningún favor a la vitalidad de la literatura argentina. Imágenes que, lejos de acercar a "la gente" a los libros, la alejan cada vez más, convirtiendo a la del escritor en una figura remota e inalcanzable, y a la literatura en una actividad aburrida, patrimonio de personas muertas –física y/o intelectualmente– hace ya muchos años. De esa manera, recanonizando a autores que difícilmente atraigan el interés y el entusiasmo de potenciales jóvenes lectores, el Estado hace lo posible por ahogar el desarrollo de nuevas corrientes literarias que siguen si recibir la atención merecida.

Al leer la dedicatoria manuscrita en la novela, donde se me considera un "militante de la literatura", sonreí creyendo que Juanjo exageraba. Pero enseguida me puse serio y pensé que el solo hecho de no haberme quedado tomando sol en Plaza Italia unas horas antes, al ver la cola que llegaba hasta la vereda de Metrópoli Bailable, ya ameritaba semejante calificativo.

27 de abril de 2006

Un señor

Puedo mirar las ecografías, el placar donde se acopian pañales, la ropita y el moisés que ya me regalaron, pero hasta no ver la panza de Melina no caigo en la cuenta de que voy a ser padre. Sólo al tocar esa superficie cada vez más grande, todo deja de parecerme mentira y pasa a transformarse en irreal. No soy yo, me digo por momentos; es otro el que en agosto va a tener un hijo y va a cumplir treinta años, el que además va a publicar libros que ni sé cómo hizo para escribir, y el que debe cumplir cada día, aunque sin traje y corbata, con su rutina laboral.

Hoy llamé a la casa de una compañera del trabajo y me atendió su hija de cinco o seis años. Me preguntó quién era, y enseguida, alejada del tubo, la escuché gritar "mami, es un señor".
–Ja, un señor me dice la nena –le dije a la mamá cuando llegó al teléfono.
–Y obvio, si sos un señor, cómo querés que te diga –me respondió ella muy seria.
Yo qué sé, si te parece, estuve a punto de decirle, pero empecé a hablarle de cuestiones de trabajo sin voz de señor.

25 de abril de 2006

21 de abril de 2006

Tren

Esta mañana salí de mi casa para ir a tomar el tren, pero, supongo que demasiado sumergido en algún pensamiento, al llegar a la altura de la estación seguí de largo unos cincuenta metros, me metí en la boca del subte y caminé hasta la ventanilla.

-Uno de ochenta –dije, y recién cuando noté que el vendedor de boletos me miraba desconcertado salí de mi distracción.
-Perdón –le dije con la mano, y con la cabeza gacha y un poco de vergüenza volví sobre mis pasos.

*

Todo pasó en menos de quince segundos:

Una mujer subió al tren con un cochecito de bebé y una nena de primaria con mochila rosa y guardapolvo. La mujer, muy apurada, enseguida se cambió de vagón, y su hija mayor, que había empezado a caminar hacia el otro lado, giró la cabeza y se dio cuenta de que estaba sola. Repitiendo “mamá” y mirando hacia todas las direcciones, la nena salió al andén y se quedó ahí parada, quietita y llorando. Y entonces yo, que había seguido los movimientos de su madre, alcancé a decirle que se calmara y a arrastrarla de un brazo hacia el interior del tren antes de que se cerraran las puertas. Su mochila con rueditas quedó del otro lado, pero, hábil de reflejos, un diariero que había visto toda la escena se la alcanzó a otro tipo por una de las ventanillas abiertas.

Aunque mi intención no había sido la de ser protagonista, no pude evitar que la mayoría de las miradas se centrase en mí, y hasta el guarda, que venía caminando por el pasillo, se acercó a hablarme con el mismo tono con el que pedía boletos.
-Te das cuenta, cualquiera puede ser madre, flaco –teorizó, y con un gesto que supuse cómplice me preguntó retóricamente: -¿Dónde estaba la boluda? ¿Rascándose la argolla?

20 de abril de 2006

El memorioso

Funes, el personaje encarnado por el porteño Lucas Oliveira -hasta ayer creí que era oriundo de Tucumán- ya me caía simpático. Pero después de que me linkeara en su blog como El basquetbolista de la palabra, y, sobre todo, luego de leer y de asistir a la presentación de Papel, su primer y autogestionado primer libro de cuentos, pasé a considerarlo defnitivamente valioso.

18 de abril de 2006

Literatura


(Publicado en el número debut -marzo/abril de 2006- de Los asesinos tímidos, revista de crítica y opinión literaria)

LITERATURA Y OTROS CUENTOS,
de MARTIN REJTMAN

Interzona, 2005

Por Ignacio Molina


El protagonista del cuento que da título al libro es un joven escritor que, bajo la premisa de que "siempre fui de los que creyeron que a la literatura había que encontrarla en la vida y no en los libros", posee una biblioteca semi desierta. Esa escasez de referentes y de influen­cias para la elaboración de la propia obra, que para el narrador puede significar un conflicto ante su entorno (teme que "piensen en mí como un escritor pobre, menor, mediocre, como un escritor a medias"), para su autor podría representar poco menos que una marca personal. Tal vez sea esa aparente falta de diálogo con cual­quier tradición de la literatura argentina lo que convierte a Martín Rejtman en un autor único, dueño de un universo personal e inimi­table.

En "Alplax”, el primero de los cuatro relatos de Literatura y otros cuentos, una tercera persona narra con distancia y ascetismo el deve­nir cotidiano de un grupo de jóvenes. Si bien las marcas estilísticas del libro se vislumbran a lo largo del texto, donde muchas veces pas­tillas, cachorros y hámsters adquieren una importancia similar a la de los protagonistas, "Alplax" resulta, por su inconsistencia y por el uso de términos anacrónicos como "vaqueros" y "discoteca" –invero­símiles en boca de post adolescentes de los 2000–, el punto menos alto del volumen.

Al comienzo del segundo relato, "Mi yeso", dos nenas llaman a su padre desde Villa Gesell y le presentan un problema: están solas en el locutorio y no saben cómo harán para pagar la llamada. El padre, sin haberles dado una solución definitiva, olvida el hecho hasta la mañana siguiente, cuando una de ellas vuelve a llamarlo para con­tarle que ya están con su mamá y que, si bien no las dejó ir hasta que no se saldara la deuda, la mujer del locutorio las había tratado bien y hasta las había invitado a cenar a su casa.

Aunque no hay indicios de que la relación entre las chicas y la mujer prospere, es de esa manera, azarosa y absurda (absurda si se calcula que el precio de la llamada puede ser inferior al costo de la posterior invitación), en que se entablan la mayoría de los vínculos entre los personajes del libro. Relaciones fundadas en entredichos, sociedades comerciales formadas a partir de intercambios de mas­cotas, ex parejas que confraternizan como hermanos. Así parece con­formarse el universo rejtmaneano, un entramado en el que la familia tradicional como célula de la sociedad brilla por su ausencia.

El protagonista de "Literatura", el tercer y ya mencionado relato, vive en la misma casa de Ramos Mejía en que vivió hasta sus diez años, cuando, luego del divorcio de sus padres y la venta de la pro­piedad, se mudara a Córdoba con su madre. Tiempo más tarde, la mujer, de vuelta en el Gran Buenos Aires, se enteró de que la casa estaba en venta y convenció a su segundo marido de comprarla. Aunque nunca se lo plantearon, desde entonces existió, entre madre e hijo, el acuerdo tácito de no mencionar nada con respecto a la his­toria familiar entre esas paredes.

Esta anécdota, que podría conformar el núcleo central del cuento –y que contada en otro tono y en otro contexto resultaría poco menos que fantástica–, es una más de las que componen esta suerte de dia­rio donde el protagonista narra, entre otras cosas y como al pasar, sus inicios en la literatura, la relación con su novia y el reencuentro con su padre.

En "Ornella", el último relato, una tercera persona da cuenta de las aventuras por las que atraviesa un grupo de gente cercana a los cua­renta años luego de proponerse instalar un novedoso negocio en Buenos Aires. Este resulta el texto más largo del libro y, por su com­plejidad, su trama colmada de acciones y su tono claramente alejado de la abulia, se diferencia del registro minimalista y epidérmico de los tres anteriores.

Al igual que a toda su obra cuentística y cinematográfica, Rejtman envuelve a Literatura y otros cuentos en una atmósfera extraña, donde la elipsis parecería ser el recurso natural para esconder, detrás de un tono general de comedia, pequeñas tensiones dramáticas que nunca llegan a desatarse. Todos los relatos están atravesados por un humor claro, a veces explícito y otras casi imperceptible, al punto de que es probable que el lector se pregunte si es lógico esbo­zar una sonrisa ante determinada situación.

La singular propuesta narrativa de Rejtman no persigue el esclare­cimiento de conflictos pre establecidos, sino que, al igual que lo hacen las hijas del protagonista de "Mi yeso" al llamar a su padre desde un locutorio en Villa Gesell, plantea en su génesis la aparición de problemáticas y, al mismo tiempo, la errante búsqueda de in­ciertas soluciones.

17 de abril de 2006

Notas sueltas

Compro un kilo de cuadrada cortada para milanesas. Hago la mezcla de huevos, sal, curcuma, ají molido, y, a falta de martillo, las aplasto con un puño. Les pego hasta que se expanden hacia los costados y se les ahdiere el pan rallado.
Más tarde, cuando frío algunas y las pruebo, me da la impresión de que no tienen mucho sabor. Se nota la falta de pimienta y perejil.
"Están un poco sosas", estoy a punto de decir, pero, como no sé cómo se escribe "sosas", y como casi siempre que digo una palabra tengo que imáginarmela escrita, opto por quedarme callado.

*

A las tres y media, sentado en el cordón de una vereda de Almagro, la espalda apoyada contra una parada del 64, empiezo a leer Vértice, la novela de Gustavo Ferreyra que me prestó Levín en su casa. En la mía busco un suplemento cultural del domingo pasado y subrayo la respuesta de Ferreyra a la pregunta "a qué hora del día escribe":
–Cuando puedo, de mañana; si no, a la tarde. Lo antes posible en realidad, como para saciar el hambre de justificar mi día

*

Nada peor debe haber para un futbolista que malograr el triunfo de su equipo con un gol en contra a los cuarenta y nueve minutos del segundo tiempo. No quisiera estar en la piel de Villavicencio en este momento, me digo, y para atenuar mi propia amargura pienso en dramas pasionales.

*

La casa de mi hermana es un congelador; hace más frío adentro que afuera. Mientras comemos la rosca de Pascua, alguien intenta encender la estufa y el bebé vuelca de una taza el agua caliente que, por pocos centímetros, no moja la camisa de su bisabuela.
–El calor no vuelve más –digo yo, jugando con el envoltorio de un huevo de chocolate que no pude comer–. A partir de mañana, abrís el diario y empezás a leer sobre los muertos por escapes de monóxido de carbono y las estufas mal instaladas.

*

Salimos temprano para evitar el tráfico de la autopista, pero igual, antes del segundo peaje, tenemos que aguantar dos kilómetros de cola. Mientras avanzamos muy lento, veo las partes traseras de los coches de adelante. En una 4x4 hay una calcomanía del Che Guevara, y en un auto último modelo hay una chapa ovalada con un escudo argentino en el centro y las letras R y A los costados: la chapa identificatoria de alfonsinistas en la campana presidencial del 83.

11 de abril de 2006

Un galope lejano

En el campo, cuando paría alguna de las perras, uno de los peones mataba a la mitad de los cachorros con golpes en la cabeza.
–Tac, les daba un golpe seco con la empuñadura del rebenque, y después los tiraba al pozo ciego –contó J mientras comíamos en su casa, y el resto de la mesa se mostró horrorizado.

*

Para llegar al campo de mis primos desde el pueblo en que veraneábamos había que hacer ocho kilómetros por un camino de tierra. Para mí, la mejor parte del viaje era cuando teníamos que cruzar el arroyo: a medida que nos acercábamos, se agrandaban mis ganas de que estuviera crecido y de que no pudiéramos pasar. Imaginaba que yo tendría que meterme en el agua hasta la cintura para empujar el auto, y que cuando llegáramos a la casa y vieran mis pantalones mojados y sucios todos me felicitarían por mi trabajo.

Una mañana, después de una noche lluviosa, parte de mis deseos se cumplieron. Entre el barro y el agua, el auto de mi abuelo se quedó empantanado. No pudimos avisarle a nadie, y recién una hora después el capataz de un campo vecino pasó por ahí y nos ofreció ayuda: ató una soga al guardabarros del coche y lo remolcó con su caballo.

Otra mañana, no muy lejos del casco y con el yute de las alpargatas mojado por el rocío, descubrimos un círculo de yuyos quemados. Tenía unos diez metros de diámetro y estaba perfectamente delimitado. Por lo que supe años después, en ese lugar nunca volvió a crecer ningún tipo de plantación.

Una tarde de ese mismo verano, mientras andaba a caballo con el peón asesino de cachorros, nos pareció ver un bulto extraño cerca de un alambrado. Yo iba en la parte de atrás de la montura, y desde ahí intentaba aprender a manejar las riendas. Cuando llegamos a dos metros del bulto él me pidió que bajara. Al principio pensé que era una ilusión óptica producida por el sol, pero no: lo que había entre los yuyales era la cabeza de una vaca.

El peón, sin hacer demasiados comentarios, sacó una bolsa de sus bombachas, guardó la cabeza y ató las manijas de nylon a un costado de la montura. Mientras volvíamos en silencio al establo, yo no podía dejar de relacionar ese hallazgo con el del círculo dejado por el objeto extraterrestre. Y esa noche, de vuelta en el pueblo, me puse a llorar sin sonido contra la almohada: en la oscuridad de la pieza me parecía oír el rumor de un trote lejano, y continuaba sintiendo en un tobillo el rítmico golpeteo de la cabeza ensangrentada.

*

–No sé por qué lo hacía, pero yo alguna vez también tuve que matar un par de perritos –confesó J el miércoles pasado, pero, presionado por los gestos y los retos de los demás, tuvo que desdecirse enseguida: –No, mentira, estoy jodiendo: una vez él me pasó un rebenque dado vuelta después de un parto, pero al toque yo me subí al Azabache y empecé a galopar.