
27 de abril de 2007
25 de abril de 2007
" . . . como una letanía . . . "
“ …A mí resultaba parecido a Kurt Cobain, ahí sentado, narrando con calma luminosa la bruma de sus construcciones temporales…”
“…El canon, el canon, el canon. Funes se canonizó. A sí mismo. Así se hace…”
“…Fuimos felices, con Rafa, felices de estar poniendo ciertas cosas en escena, que es donde se pueden cocinar y transformar las vísceras en achuras deliciosas…”
“…El clima que se generó al comienzo, como de ceremonia secreta…”
“…Gorostiza sigue un poco más, abusa de los límites porque los oídos son un límite de por sí…”
“…Oyola, como Zidane, cierra el debate haciendo las tres cosas…”
“…Entra Romero con los rulos lacios. Un poco de "Perros de la lluvia" su novela litoral…”
“…Fin. Más aplausos. Al final, somos bastantes…”
“…Y podemos vivir todos juntos la escritura y la lectura, como una experiencia colectiva, porque tenemos un lugar…”
24 de abril de 2007
23 de abril de 2007
Córdoba y Callao
(Fotos y collage de Pedro Mairal)Aunque, antes de mi instalación definitiva, había venido muchas veces a Buenos Aires –en navidades o vacaciones de invierno–, esta fue la primera esquina que conocí, de manera consciente, en la mañana de mi primer día hábil en la ciudad.
Llegué a Retiro un sábado de marzo de 1992. Mi mamá, que se había instalado en octubre o noviembre del año anterior, me esperaba en el andén. Tomamos un taxi hasta un edificio de Juncal a media cuadra de Pueyrredón, y un rato después, mostrándome el cuarto que compartiríamos, mi hermano me dijo: "este es el boliche". El departamento era de cuatro ambientes, pero no podía ni compararse con nuestra casa bahiense; los muebles que allá se acomodaban espaciados, acá se encimaban para entrar en el living.
El lunes, muy temprano, me disfracé con el uniforme de mi nuevo colegio. Padeciendo la humedad porteña caminé hasta Santa Fe y me metí en la boca del subte. Me soprendió que un rubio de pelo largo tocara el saxo a esa hora de la mañana. Entré al último vagón, y sentí el chirrido que –ahora lo sé– la máquina siempre hace antes de llegar a Facultad de Medicina. Enfrente mío viajaban unas chicas de mi edad a las que, por supuesto, el uniforme no les quedaba tan ridídiculo como a mí. Yo ya medía uno ochenta y cinco y era flaco como un alfiler, pero todavía me peinaba como un niño y no me había cambiado la voz.
Al salir del subte, pasar por el molinete y subir las escaleras me sentí un poco mareado. Aparecí en el cruce de estas dos avenidas, y aunque estaba a dos cuadras del colegio no supe hacia dónde ponerme a caminar. Con un poco de verguenza le pregunté por Riobamba a la mujer que abría el puesto de flores, y, parado en la esquina, durante varios segundos, me quedé mirando las ventanas de esos edificios antiguos.
¿Casualidad?
18 de abril de 2007
17 de abril de 2007
Nuevo ciclo
NARRADORES EN EL SIGLO XXI
Leen: SELVA ALMADA
CARLOS GAMERRO
MARIANA ENRÍQUEZ
ANDRÉS NEUMAN
Idea y coordinación:
ELSA DRUCAROFF
Auspicia editorial Páginas de Espuma
Un espacio para escuchar buena y nueva literatura, conseguirla a buen precio y tomar buenos tragos. ¡Los esperamos!
Jueves 19 de abril, 20 hs.
Estados Unidos 308. Buenos Aires.
15 de abril de 2007
"Ponela en el blog"
–Mirá vos, mirá que casualidad –le dije antes de ponerme a buscar esa página, y, mientras pensaba que la escena podría haber sido parte de ese mismo cuento, escuché que alguien me decía que la pusiera en el blog.
12 de abril de 2007
11 de abril de 2007
4 de abril de 2007
Igor
Pese a que no llevaba anteojos, yo lo había reconocido desde la esquina. El amigo en común con el que nos encontraríamos me lo había descripto por las dudas, por si él llegaba más tarde, para que no nos quedáramos sin hablar uno al lado del otro: "tiene una onda medio rara, una barba medio rusa . . .".
–Molina –me dijo Levín, antes de que yo le preguntara si era él, como si ya supiera que a partir de ahí nunca me llamaría por mi nombre de pila, y yo sentí un poco de vergüenza al imaginar cómo me habría descripto nuestro amigo en común.
No me acuerdo de todo lo que hablamos adentro del bar, mientras tomábamos cerveza y vaciábamos platitos de maní, pero sí recuerdo que él me contó que a los dieciocho años había editado una novela que ya no lo convencía mucho, y que ahora estaba terminando de escribir otra que sí lo tenía entusiasmado.
Como todo lo que pasó después (esa noche, ese año y los siguientes) es demasiado grande como para contar en un post, la elipsis imprescindible me deja en el jueves pasado, cuando Levín presentó Igor, la novela que estaba escribiendo en aquella época, en un tugurio tanguero de la calle Perón.
Esa tarde yo me escapé antes del trabajo, bajé del 151 cinco minutos antes de la hora anunciada para el evento, y al cruzar las vías me pregunté cómo se llamaría la calle Perón antes de la muerte de Perón. La persiana metálica del boliche todavía estaba baja, pero Romero me hizo pasar a través del portón. Adentro, en el salón del fondo del local, estaban Levín, los presentadores, algunos amigos más y dos maniquíes que representaban a los dos personajes principales de la novela.
El libro estaba hermoso y más grande de lo que yo había imaginado al leer el manuscrito. Mientras tomábamos una cerveza marca Igor fue llegando alguna gente más, y de repente, como pasa siempre, el salón se llenó sin que nos diéramos cuenta. A simple vista conté una concurrencia de unas ochenta personas. Si hubieran ido todos los que faltaban no habría quedado lugar.
En el escenario, Levín dio la bienvenida (al público y a su novela), Leo Oyola leyó este texto de presentación, y Mairal hizo unas preguntas de examen que el autor respondió a veces con evasivas y otras con solvencia. Después Gorostiza hizo magia con su guitarra, y junto a Federico cantó unos versos alusivos, de su autoría, que durante varias horas no pude dejar de tararear.
Lo imperante es Igor, un libro autosuficiente y muy recomendable, una de las novelas que yo hoy no dudaría en llevarme a una isla desierta. En la dedicatoria de mi ejemplar Levín escribió, entre otras cosas … "al primero con el que conocí todo esto" …, y al salir a la calle me acordé del vuelo de un cigarrillo encendido hacia el cordón de otra vereda. Unas esquinas más allá, mientras esperaba al 151 que tardaba demasiado en pasar, le pregunté a un viejo la hora e imaginé que él, después de hacer memoria, me respondía "se llamaba Cangallo".
28 de marzo de 2007
"De Fogwill (1941) a Ignacio Molina (1976) . . . "
27 de marzo de 2007
Terapia
El otro día, cuando terminé de leer, alguien me preguntó si yo me sentía identificado con el personaje del cuento, y, después de escuchar mi respuesta, con una seriedad preocupante me dijo:“¿Y nunca pensaste en hacer terapia?”
22 de marzo de 2007
y los lectores quieren volver a leer un diario bien escrito y sin faltas de ortografía o en donde, al menos, los titulares de las reseñas de libros coincidan con los títulos de los libros reseñados.
20 de marzo de 2007
"Narrativa en vivo y cocina de posguerra"
De un mail colectivo e informativo de Federico Levín (quien volvió a su blog y el próximo jueves 29 de marzo, en Perón 3615, presentará Igor, su segunda y esperada novela), sobre la última presentación del Quinteto:(...) y hubo que improvisar una polenta bien consistente y hasta metafórica (ojo, muchachos, que puede haber sentado precedente: de ahora en más, ponele, narrativa en vivo y cocina de posguerra. Se lo puede pensar, no?). Después largó la lectura, con nuevo orden de pateadores de penales. Funes (con un aplomo narrativo notable, hizo llorar a un par, según cuentan) Levín (un poco distraído por la repentina función de cocinero popular pero levantando un poco con estética y prosa hebraica) un Romero entre llamativo y sutil, con cartelitos tautológicos pegados en el cuerpo y avanzando entre personajes tremebundos con la garganta relajada; Oyola leyó un cuento estreno absoluto, le revolvió la polenta en el estómago a los presentes con los doce apóstoles y su mejor deporte, y cerró Molina, que se calzó los lentes, reconvocando al público con un tono intimista - hipnótico, con esa prosa casi legal, como un acta que constata la melodía de la realidad (...)
Algo de ruido hace
Mércoles 21 hs.
Espacio Callejón - Humahuaca 3759
Entrada: 15$ - Reservas 4862-1167
19 de marzo de 2007
La academia
La Profe dijo...
Hola Ignacio:Por favor leé los comentarios que los alumnos de 5º y 6º años hicieron acerca del cuento "Miedo a la oscuridad". Hablamos sobre la historia reciente de nuestro país que escucharon y charlaron con atención y responsabilidad (¡¡¡¡ una gran triunfo!!!!) Sus opiniones merecen ser leídas. Muchas gracias. Profe Alicia
10:07 PM
sexto año dijo...
El cuento fue entretenido; un final que requiere de la participación y del conocimiento del lector, conocimientos varios:históricos, sociales que permitieron una interpretación correcta. El tema del cuento nos pareció muy interesante.Sexto año del I.P.E.M N° 96 de San Francisco, Córdoba, agradece al escritor Ignacio Molina por compartir con nosotros un cuento verdaderamente atrapante.
1:22 PM
Quinto año dijo...
El cuento nos gustó porque nos refrescó temas aprendidos en la primaria, pero ahora lo vemos con ojos críticos y analíticos. A partir de la lectura del cuento "miedo a la oscuridad" buscamos información y también charlamos mucho sobre esa información con la profe en el curso. Muy interesante.5º año del IPEM Nº 96 de San Francisco, Córdoba, agradece al ESCRITOR Ignacio Molina por compartir su cuento.
5:58 PM
15 de marzo de 2007
2 de marzo de 2007
Vacaciones
28 de febrero de 2007
El factor climático
26 de febrero de 2007
23 de febrero de 2007
21 de febrero de 2007
Lean libros, loco
La novedad desnuda y aún sin dueño le trabajaba el ánimo. De esta manera recorrió las dos habitaciones, inspeccionó la cocina y el baño, el tamaño desproporcionadamente grande de los placares. Nunca le habían gustado las casas deshabitadas y las botellas vacías. Y encima ese placard que parecía imposible de llenar. Cansado y entumecido, sabiendo que no tendría fuerzas para elegir otro aviso de los clasificados y ver otro departamento desmantelado mientras una vieja le hablaba sin parar desde una lejanía ensordecedora, salió al balcón de lo que pronto sería su living-comedor y observó lo que se le ofrecía. Paredes, ventanas, paredes y otra vez ventanas; no le iba a costar desalentarse con ese paisaje. Y mientras pensaba esto, casi sonriendo a pesar suyo, y la vieja hablaba de sus problemas con la administradora del edificio, sus ojos buscaron el final de la torre que se elevaba diez metros más allá. Trece pisos que culminaban en una figura oscura y delgada sobre el borde de la terraza. El sol oblicuo de las nueve de la mañana recortaba la figura haciéndola vaporosa, como si fuera a desvanecerse antes de saltar, porque desde el momento en que lo vio, Vega supo que esa persona estaba a punto de saltar, y sin embargo no dijo nada. Dejó que la dueña del departamento terminara su historia plagada de cartas documento y citaciones judiciales, puso una sonrisa aprendida en las sesiones de alcohólicos anónimos, y le dijo que sí, que lo alquilaría. Fue como si se olvidara, o como si no creyera en lo que había visto. Después, en la primera mañana como inquilino, cuando al asomarse a la ventana descubrió de nuevo la figura vaga del suicida, recordó haber pensado "si se tira seguro consigo el departamento por cien pesos menos".(Fragmento extraído del cuento "Mudanza", del libro de Ricardo Romero Tantas noches como sean necesarias, editado en la colección "Laura Palmer no ha muerto" de la Editorial Gárgola)
18 de febrero de 2007
Pogo
Cuando tengo que leer en público no llevo los anteojos: me da vergüenza que me vean con ese armazón tan afeminado. Pero como a casi todos mis texos me los sé de memoria no tengo demasiados problemas: más que leer, recuerdo las palabras mirando sus siluetas borrosas en la hoja.
La cuestión es que ayer a la mañana, en el camino al oculista, escuché en el walkman algunas canciones en vivo de Cienfuegos. A ese casete –que antes de salir había elegido al azar, entre los que tenía más a mano– lo había grabado seis o siete años atrás. El mini recital era parte un programa de Supernova, la FM de Radio Nacional durante la administración aliancista, y me trajo bastantes recuerdos.
Cuando volví a mi casa, pensando en la miopía y el astigmatismo, Melina me preguntó si sabía que a la noche, en el marco de la programación cultural de la administración telermanista, tocaría Cienfuegos en el Planetario. El casete todavía estaba dentro del walkman y no había forma de que ella supiera que lo había estado escuchando. (Digresión: ahora Melina me llama para decirme que al colectivo que la lleva a Ituzaingó, a la altura de la calle Bolivia, subieron diez bolivianos).
A la noche caminé hasta el Planetario. Cienfuegos tocó en el primer turno. Rotman ya no usa dreadlocks hata la cintura –como cuando cantó en Supernova o como cuando yo le hice esta entrevista en el año 2000–: ahora tiene el pelo corto, ensortijado y canoso y, si no fuera por cómo grita y salta sobre el escenario, visto desde lejos parecería un abuelo.
Aunque ya no la viva con la misma intensidad que hace ocho o diez años, extrañaba la atmósfera recitalera: el volumen al taco, la emoción del pogo, las ráfagas de humo, la comunión de las voces. En segundo lugar tocó Pez, y después, como plato fuerte de la noche, Massacre, una banda a la que en los noventa había visto varias veces pero a la que no recordaba tan contundente. Aunque había planeado irme antes, estaba tan entusiasmado que me quedé casi hasta el final. Me alejé del escenario antes de que la multitud empezara a desconcentrarse, y, mientras caminaba por el bosque oyendo a mis espaldas la última canción, sentí que había valido la pena la salida nocturna.
(En un puesto que vendía bebidas y superpanchos había un cartel que rezaba: gaciosa $2 . . . Es bastante graseoso, pensé)
Ellos también estuvieron:
De los rubios
Psycho Power
Nicolás Igarzábal
Colgandoropa
12 de febrero de 2007
6 de febrero de 2007
29 de enero de 2007
"El principio de la tragedia"
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
Por María Eugenia Rombolá
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Oliverio Girondo
Recuerdo que en algún momento el autor de Los estantes vacíos comentó que no puede pensar en una palabra sin pensar al mismo tiempo en cómo se escribe, es decir, en su materialidad gráfica, en su cuerpo más concreto. Pienso que esta obsesión por el cuerpo de las palabras es la condición necesaria para intentar rasgarlas y poder llegar a lo que está detrás (¿a la nada? No se sabe a ciencia cierta, pero sí puede observarse que en este acto radica la exploración del autor). Molina lo sabe, tal vez no sabe que lo sabe, pero lo sabe. Y para los que no lo saben, puede ser una tarea ardua comprender, por ejemplo, la necesidad de construir un personaje como Matías ("El camino del agua") que escucha (y acá vale la pena recalcar que no oye, sino que escucha) palabras sueltas en una conversación telefónica de su hermana, "técnico, tenedor, enganche, comentarios, filamento, volantes, campeonato, forra, camisa, líneas, público, chau". Las palabras no son las cosas, eso todo el mundo lo sabe, pero las palabras sí son cosas y hay quienes lo niegan en virtud de una fidelidad desmedida hacia las formas ya concebidas de los géneros (hay una anécdota que cuenta que una vez Gauguin se encontró con Mallarmé y le dijo algo así: "Tengo un montón de ideas para escribir una novela" y Mallarmé le respondió "Las novelas no se escriben con ideas. Se escriben con palabras").
El cuento
Hay muchas teorías respecto a qué es un cuento, pero vaciemos nuestros estantes de teorías y volvamos a la idea más simple, la que teníamos seguramente cuando empezamos a leer, ¿qué es un cuento, entonces? ¿No es acaso un relato en el que transcurren cosas y muchas veces termina antes de lo que querríamos, pero al mismo tiempo, en su propia constitución está la imposibilidad de que continúe? Es verdad que lo mismo puede decirse de la novela, pero a diferencia del cuento, en ella hay líneas de fuga intermedias que permiten digresiones casi, casi, infinitas. Entonces, el cuento le muestra el final al cuentista. El novelista, en cambio, decide cuando dejar de fugarse y en esta detención aparece el final.
Los personajes
A la hora de relacionarse entre ellos, tienen miedo de incomodarse con preguntas, suponen, consideran que no vale la pena decir todo lo que están pensando. Por otra parte, registran todo: el tiempo, las calles, los carteles, cada detalle de la ciudad son su verdadera compañía. Es que estos detalles dejan de ser cosas para convertirse en palabras-cosa. Los barrios entonces no sólo tienen nombre, sino que además son de colores específicos ("El camino del agua"), tomar un colectivo no sólo implica trasladarse de un lado a otro, sino repetir el trayecto narrado en un libro que se encontró poco tiempo antes en una librería de saldos ("Kilómetro cero"), la puerta de la heladera exhibidora anuncia tormenta ("Polirrubro Ama-Faby"), las calles amanecen inundadas ("El sistema") y en ocasiones se humaniza a los objetos agregándole la preposición "a" cuando son objeto directo: "Después de unos minutos me acerqué a la ventana y me puse a mirar, alternadamente, al paraguayo que vivía al fondo del pasillo (...) y al empapelado violeta de la pieza" ("Kilómetro cero") o "Después de abarcar en un solo paneo a las golosinas, las estanterías despobladas, los envases vacíos (...) se queda mirando el plano de la ciudad que cuelga de una de las paredes" ("Polirrubro Ama-Faby").
Los finales
Si bien cada uno de los quince cuentos de Los estantes... exige su final, éstos últimos, de alguna manera, retumban, delicadamente, como ecos, en los demás cuentos y, por qué no, en la vida misma. Es que en cada conclusión hay una puerta abierta, una invitación a asomarse a un abismo que no se muestra, apenas se anuncia en palabras-cosa, en cosas que hablan, que nos dicen la soledad, la sorpresa, las coincidencias y desencuentros, los malentendidos inevitables, los olvidos evitables, pero necesarios... Podría decirse, entonces, que los cuentos concluyen en el principio de la tragedia. Un modo arriesgado y lúcido de trazar el antagonismo que presenta la vida de los hombres y mujeres en la ciudad contemporánea.
24 de enero de 2007
"...el nene no te lo cobro ..."
Para: Ignacio Molina
Asunto: RE: consulta por cabaña
hola , la cabaña para dos personas el nene no te lo cobro por dia $70 con desyuno totalmente equipadas no se abls de la primera quinsena nose si son 15 dias o para la primera quinsena te hago precio si son mas de 10 dias para las reservas al 0291, xxxxxxx ricardo o noemi
16 de enero de 2007
No es más que un hasta luego
8 de enero de 2007
Nuevos números
*Poesía
- Antidotado
por Carlos Ardohain
- Para un jabalí...
por Eduardo Fariña Poveda
- Arte poética
por Mario Meléndez
*Cuentos
- Verano Marxiano
por Leonardo Saguerela
- Una Mascota
por Moises Sandoval Calderon
- Nerca
por Nicolás García Recoaro
*Reflexiones
- Playa Quemada
por Andrés Tronquoy
- Henry Miller, su mujer y yo
por Verónica Barrionuevo
- Polanski, el perverso
por Hal-900, el computador
- Los estantes vacíos
por Sol Echevarría
- Ando como una antorcha que oye
por Agustín Dellepiane
- Dios y el diablo en la tierra...
por Ezequiel Schmoller
*Fragmentos
- Propiedades de un sillón
por Julio Cortázar
*Laberintos
Lucía Mancilla Prieto
*Novedades
- Festibal de Poesía
por Rodolfo Edwards
- ¿Qué hay de nuevo, viejo?
- Libros recibidos
*Entrevistas
- Andi Nachón
por Sol Echevarría
http://www.no-retornable.com.ar/
http://www.no-retornable.com.ar/
4 de enero de 2007
Ceca
En el número de octubre de Los Asesinos Tímidos (revista dirigida por Eugenia Rombolá y Juan José Burzi) hay una sección dedicada a Los estantes vacíos. La sección se llama ''cara y ceca'' y, tal como su nombre lo sugiere, contiene una reseña positiva y otra negativa sobre un mismo libro. La reseña positiva, que puede leerse consiguiendo la revista, fue escrita por Rombolá. La reseña negativa está firmada por Ariel Bustos, y también puede leerse en este sitio de Internet (la decisión de enviar una misma reseña a dos medios al mismo tiempo es al menos discutible, aunque no es eso lo que me convoca a escribir esto).
Debatir cada una de los puntos de vista que Bustos expone en su texto me resultaría muy largo y tedioso, pero sí creo que no puedo pasar por alto algunos de ellos. Por ejemplo: al final del segundo párrafo se lee una afirmación lapidaria: ''En Molina se produce la muerte de las historias''. Resulta complicado rebatir una frase tan arbitraria, ya que al no existir argumentos válidos a favor de la misma tampoco es posible encontrar argumentos serios para contradecirla. Sólo hace falta saber leer de corrido para darse cuenta de que si algo hay en Los estantes vacíos son historias: historias que le dan vida a cada relato, historias más pequeñas dentro de esas historias, historias por reconstruir, historias que atraviesan o sobrevuelan todo el libro. El hecho de que esas historias no estén organizadas dentro de una estructura clásica no le otorga ninguna autoridad a Bustos para hacer una afirmación tan alejada de la realidad.
Al comienzo del tercer párrafo, el autor de la reseña descubre la pólvora al escribir ''Se trata de un libro poco convencional'' y ''Molina establece una idea personal del cuento''. Pero enseguida fija su posición al respecto al explicar ''para ello suprime dos claves de la definición clásica del cuento: la unidad de efecto y el punto de no retorno'', como si eso y lo antedicho constituyeran una herejía, o una irrespetuosidad imperdonable hacia las formas tradicionales del género. Y enseguida, cuando escribe ''Eliminada la arquitectura de la narración sólo le queda….'', vuelvo a preguntarme qué libro estuvo leyendo, o qué parámetros habrá utilizado para leerlo. ¿No hay arquitectura narrativa, acaso, en cuentos como Espirales, o Los estantes vacíos, o El camino del agua? ¿No es la arquitectura narrativa la que permite ensamblar varias series de relatos entre sí? ¿Cómo se sostiene sin arquitectura un libro en el que, supuestamente, el énfasis no está puesto sobre la trama?
Después de los puntos suspensivos, la última frase citada continúa: ''. . . sólo le queda al autor reciclar cuestiones formales, como los ciclos que forman distintos cuentos que comparten los mismos personajes, recurso que Liliana Heker escribió hace treinta años''. Y al leer eso no puedo más que reírme. ¿Cómo, en el mismo párrafo en el que me ''acusa'' de narrador poco ortodoxo, puede llegar al colmo de acusarme de plagiar un recurso de uno de los paradigmas de la ortodoxia cuentística argentina? Me quedo sin palabras ante eso. O podría decir ''sí, che, la verdad que me maté leyendo a Heker para robarle alguna idea'', pero sería una ironía sin gracia.
Como escribí antes, no es mi intención discutir cada una de las líneas de la reseña. Por eso voy directamente a la última y, sin dudas, más ligera e inadmisible afirmación: ''(los personajes) terminan por no conmover al lector'' ¿Cómo hizo el autor de la reseña para llegar a esa conclusión? ¿Hizo una encuesta entre todos los lectores del libro? ¿O se referirá a él mismo como un lector promedio o como EL lector? Por suerte, gracias al (modesto o no) recorrido que pudo hacer el libro entre lectores más o menos calificados, sé que no es ése el promedio. Si así fuera, más que sombrío sería el panorama.
31 de diciembre de 2006
¡Que año, Chuchu!

Hace justo un año, a la mañana del 31 de diciembre de 2005, me enteré de que Melina estaba embarazada. Lo que en ese momento nos pareció que no podía ser real, se fue confirmando y reconfirmando con los evatest de los primeros días de enero. Desde aquella fecha hasta hoy, lo que tenía el tamaño de una cabeza de alfiler no paró de crecer, dentro y fuera de la panza, hasta convertirse en una persona de más de siete kilos y sesenta centímetros, un bebé que ya nos reconoce y nos mira a los ojos, se esfuerza para reírse y balbucea en su extraña lengua palabras inventadas.
En el medio (además de varias cosas que no viene al caso publicar en el blog) cumplí treinta años y fui haciéndome a la idea de que algún día voy a ser viejo; hice nuevos amigos y conocidos y afiancé vínculos anteriores; publiqué un libro, generé lectores y pude seguir leyendo y escribiendo; trabajé para parar la olla en mi casa y dormí pocas horas por día; aprendí a ser padre, a ceder espacios y a no pensar sólo en mí; aprendí a cambiar pañales y a hacer la mamadera, a sentir una forma nueva e indescriptible de emoción, y a no hacerme mala sangre por cosas que en realidad no tienen importancia.
Feliz año nuevo para todos.
28 de diciembre de 2006
25 de diciembre de 2006
Cúparo, reseñero
La literatura de Ignacio Molina podría venir a llenar ese espacio. Su libro, Los estantes vacíos, contiene 15 crónicas (en realidad, cuentos) de lo cotidiano.
( . . . )
La alienación, la desidia y la soledad (aunque él no las mencione, ya que sus narradores siempre buscan la objetividad; son testigos fieles y no jueces ni fiscales), sí aparecen contadas en Los estantes . . .
( . . . )
21 de diciembre de 2006
El lector
–Te llamo para contarte algo que no vas a poder creer –me dice un rato después, por encima del ruido ambiente y de la fritura del celular.
–A ver, decime.
–En el colectivo, en el asiento de adelante, viaja un pibe leyendo . . . Los estantes vacíos . . .
–Nooo –le digo yo, tras un par de segundos de silencio, sintiendo que es mucho más probable ganar la lotería que encontrar, en una ciudad de once millones de transeúntes, a alguno de los lectores de mi libro.
–En serio, no te voy a mentir. . .
Después de cortar y de marcar su número –para que no se le agote el crédito del celular–, le pido a Melina que le pase el teléfono al pibe.
–Estás loco, cómo voy a hacer eso . . .
–Dale, está buenísimo . . . Sabés lo que debe ser ir en un bondi lleno concentrado en un libro y que de pronto, como de la nada, se te aparezca la voz del autor . . .
–Pero estás loco. ¿Qué vas a hacer . . . le vas a corregir la página que está leyendo, se la vas a recitar de memoria?
–Dale, pasámelo . . .
–Pero va a pensar que es una joda, o un truco para robarle . . .
–Nada que ver . . . se va a volver loco. Podría ser parte de un cuento, dos personajes que se conocen así . . .
–Bueno, perá . . . Ahora está levantando la mirada del libro y preguntando dónde queda Plaza Francia . . . Me parece que es extranjero . . .
–Bueno, pasámelo antes de que se baje . . .
19 de diciembre de 2006
Work in progress
Haciendo rebotar contra la pared
las ondas del control remoto
el encargado del bar sintoniza
el canal que yo pongo en mi casa
para enterarme del clima.
Son las ocho de la mañana,
hay diecisiete grados
y cuarenta por ciento de humedad.
Aunque el volumen está bajo
no me cuesta darme cuenta
de que la mayoría de los titulares
que pasan por la pantalla
coinciden con los del diario
que estuve leyendo
mientras tomaba un café.
En la mesa a mis espaldas
se sientan dos chicas
que no dejan de hablar.
Por lo que dicen y sus voces
calculo que juntas no suman
más de cincuenta años
que una de ellas es bastante
más linda que la otra
y que están despiertas
desde la noche anterior.
Podría darme vuelta para
confirmar esas impresiones
pero tal vez para seguir
ejercitando la imaginación
o para no decepcionarme
decido hacer el esfuerzo
de seguir pensándolas así.
En otra mesa hay un hombre
que mientras habla de números
por su teléfono celular
tipea a toda velocidad
en una computadora portátil
como si estuviera haciendo
una versión taquigráfica
de su propia conversación.
Debe tener mi edad
pero el saco, la corbata
el peinado a la gomina
y la forma de hablar
lo hacen parecer
varios años mayor.
(…)
14 de diciembre de 2006
13 de diciembre de 2006
12 de diciembre de 2006
La ficha censurada
Por Federico Levín
IGNACIO MOLINA
¿Quién es?
Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó el libro de cuentos Los estantes vacíos (2006). Administra el blog unidadfuncional.blogspot.com
Es bahiense y tiene treinta, ¿lo conoce a Ginóbili?
Por supuesto. Hasta jugó un partido contra él. Pero eso no viene al caso.
¿Salieron un par de reseñas de su libro, este año?
Por todos lados. Sorpresivamente Los estantes vacíos, un libro de cuentos de un autor hasta entonces inédito, tuvo una presencia llamativa en diarios, revistas e Internet en general.
¿Cómo escribe?
Tanto en el libro como en su blog (en el caso de Molina el blog es un pilar de su escritura) se ve su estilo personal, reconocible: una mirada profunda sobre la realidad, una atención casi enfermiza a los detalles y una ternura extrañada ante las cosas del humano. Para todo esto, le queda muy bien el formato del texto breve. Así lo piensa él: “No soy un militante acérrimo a favor del género, pero creo que un buen cuento contiene una tensión narrativa difícil de alcanzar en una novela. De todas maneras, muchos de mis relatos no obedecen a la estructura del cuento tradicional, son más bien como novelas en miniatura, o novelas llevadas a su mínima expresión”.
Tiene un ritmo cansino, en el que parece que no va a pasar nada, pero se siente que algo esconde. Las tramas son sutiles y no tienen golpes de efecto; no intenta llamarte la atención de entrada ni agarrarte para que no te vayas, lo que hace que algunos crean que a los personajes de Molina 'nunca les pasa nada'. Error. Molina pinta amablemente unos cuadros, un poco intrigantes, un poco cómicos, y te pide que te quedes si tenés ganas. A los personajes les pasan muchas cosas, pero él no va a andar diciéndolo a la vista de todos.
¿Y los cuentos del libro?
Los cuentos de Los estantes vacíos suceden Buenos Aires. Los personajes se mueven por la ciudad, se pierden, se buscan, se cruzan entre ellos y siguen sin conocerse, como si la misma Buenos Aires los moviera con sus manitos transparentes. Son casi todos jóvenes, todos son captados realizando pequeñas acciones, nunca nada trascendente: parecen poco importantes hasta para ellos mismos, y siempre un poco incómodos, como vestidos con trajes demasiado apretados. Una sensación que a cualquiera podría sonarle conocida.
Eso es lo impresionante del libro debut de Molina: cómo de a poco, mientras uno lee sintiendo pena por esos personajes, ellos se van haciendo cada vez menos visibles, menos importantes, y más parecidos al lector.
Para leer escuchando: Flopa Manza Minimal
Y bebiendo: Gin Tonic
11 de diciembre de 2006
8 de diciembre de 2006
Ayer y hoy
Al escuchar eso el pibe me señaló, como preguntándole a los demás si estaban hablando de mí, y, después de mirarme largos segundos con un gesto de incredulidad, dijo muy serio:
–Le faltan unos dieciséis liftings, para ser Dolina.
*
Hoy estaré acá:
5 de diciembre de 2006
Conclusiones post-lectura
Molina:
Algunas conclusiones después de leer Los estantes vacíos:
1. Los amigos de Molina no tienen sobrenombre. Son "Fabián" o "Esteban" o "Santiago". Y listo.
2. Molina vive en un departamento, probablemente en planta baja.
3. A Molina le copa establecer asociaciones conceptuales agudas y particulares, aunque arbitrarias y sin objeto.
4. A Molina le copó mal "Amores perros".
5. Molina tiene varios amigos separados y algunos separados y con hijos.
6. Molina posee una mente lúcida y alerta que permanentemente genera contenidos ingeniosos y originales sin ningún tipo de aplicación práctica.
7. Molina viaja, principalmente, en bondi. A veces en taxi y, por ahí (si va a provincia), en tren.
8. Entre los veinte y treinta años Molina dedicó mucho tiempo a:
- buscar trabajo
- buscar departamento
9. A diferencia de tipos como Henry Ford, los contenidos que se generan en lamente de Molina están destinados a terminar allí (o en un cuento, que es más o menos lo mismo).
10. El edificio en el que vive Molina tiene pozo de aire y luz. Le copa bastante escuchar los ruidos y conversaciones que llegan.
11. Ergo, Molina nunca va a ser rico.
4 de diciembre de 2006
Domingo
–Dejá, mami, no te gastés –le dice–, no te das cuenta que son ortivas, que son amargos . . . No dejan a los chicos disfrutar . . .
Yo salgo de la pileta chorreando agua, controlo que el bebé esté cubierto de sombras y me tiro al sol a seguir la discusión. Cerca del mediodía, cuando las demás familias se van, me siento a hojear el diario en la reposera. La pileta, me digo –como si estuviera analizando una noticia o una columna de opinión–, siempre es fuente de conflictos entre aquellos que, de una u otra manera, creen que les pertenece con exclusividad. Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que hacen uso arbitrario de, en algunos casos, o cuidan con extremo celo, en otros, ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer muchos, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad.
A la noche me empiezan a arder los hombros. Sólo al sacarme la remera me doy cuenta de que tengo el pecho rojo. Por la televisión pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultáneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte.
29 de noviembre de 2006
28 de noviembre de 2006
Continuidad de los kioscos
From: Mairal
To: Molina
anoche antes de dormirme pensé: "continuidad de los kioscos" y dije me tengo que acordar de maileárselo a molina mañana. un cuento donde un tipo se mete en los kioscos y cuando se distrae sale en otro kiosco, uno de olivos o de hurlingham, y está a las puteadas porque siempre está viajando en bondi, volviendo de kioscos en la loma del orto. cuando se distrae mirando los alfajores, y se cuelga entre las marcas, o busca en la heladera el sabor de gatorade que le gusta, se da vuelta y el kiosquero es otro, y piensa "otra vez carajo". la mujer no le cree nada. nadie le cree.
From: Molina
To: Mairal
Excelente! . . . Pobre tipo, a la tarde le dice a la mujer que va a la esquina a comprar puchos y vuelve del conurbano a las cinco de la mañana, después de esperar el tren cagado de frío. Cada vez que va al kiosco se lleva la Filcar, porque al principio aparecía en San Fernando o Laferrere y no tenía idea de cómo volver. Además, ya había gastado la plata en el kiosco y no le alcanzaban las monedas para el bondi. Así fue conociendo todos los barrios. A veces sale de un kiosco y le da vergüenza preguntar qué barrio es ese, entonces camina hasta encontrar alguna calle conocida. O sale puteando y busca otro kiosco con la esperanza de meterse y salir de casualidad en su barrio, pero no, aparece más lejos todavía: en Aldo Bonzi o González Catán. Obvio que la mujer no le cree y lo echa de la casa, y del laburo también lo echan porque siempre llega tarde, o sale a comprar un pebete a la hora del almuerzo y no vuelve nunca. Pero el tipo se fanatiza tanto con los kioscos, las heladeras exhibidoras, los colores de los envoltorios, las carameleras escalonadas, que no puede evitar seguir entrando. Es como una adicción, es kioscómano . . .
26 de noviembre de 2006
Presentación
23 de noviembre de 2006
Apuntes para una crónica
En el subte, en el asiento de enfrente, viaja un pibe con un corte beatle. Sobre la falda lleva una mochila negra, y, dentro de la mochila, un gato del mismo color asoma la cabeza. El gato tiene la cabeza gigante y la cara achatada. El pibe le acaricia el pelo mientras escucha música en auriculares enormes.
*
Un espacio de arte, ¿una fábrica abandonada? en Chacabuco al 500. En la Filcar veo un atajo: saliendo frente al Cabildo y caminando por Diagonal Sur ahorro dos cuadras. En Plaza de Mayo hay un show musical; algo al respecto me pareció ver en Telenoche, pero no pude prestarle atención.
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Llego tarde, después de las ponencias. Catorce actrices en bikini de los ¿años 50 o 60? leen fragmentos de las cartas para sí mismas o para el público que se les acerca. Saludo a los editores y busco a los que me prometieron su presencia. En la barra hay cervezas y vasos de papel. Raúl Puig escucha palabras de su hermano en voz de una actriz.
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Hay frases que, dichas en determinado contexto, pueden cambiarme el humor instantáneamente. Me presentan a alguien y, cuando parece que la conversación empieza a tejerse, el presentado me dice:
–Che, sos alto –como si estuviera descubriendo el mundo con su observación.
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Con JM, flamante padre ¿secundizo?, hablamos un minuto sobre la paternidad: kilaje, centimetraje, horas de sueño, frecuencia de alimentación.
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En concepto de gentileza, las actrices pueden llevarse un libro del catálogo. Una me dice ''yo leo'', y le recomiendo ''ése, el de tapa verde inglés''. ''El de Molina'', me dice ella, como si conociera de nombre al autor, pero después de mirar la foto de la solapa, y empujada por el título, la extensión y el género de la autora, termina eligiendo ¿Vos me querés a mí?
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Hacia el meeting en lo de Gonzalo, voy en auto con Valeria, Romina, xxx y Ana, mi compañera del secundario. En el viaje, mientras meto algún bocadillo, pienso sin darme cuenta en el subte. La línea D va de (el edificio del) Cabildo a (la avenida) Cabildo. Da para la confusión de los turistas, me digo, al tiempo que me reprocho que, muchas veces, pensamientos ridículos y sin objeto como ése no me permiten entrar en una conversación.
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Precisión en el pedido: tres docenas y media de empanadas. No entiendo cómo alguien puede pretender una docena de pollo (contenido mendrugoso de dudosa procedencia) pero no me atrevo a insistir. Mientras hablo con Ana de lo que cada uno sabe de nuestros ex compañeros, en la sala de ensayo los demás tocan los instrumentos con la torpeza de alumnos de segundo grado en una clase de música.
*
Se habla de la presentación de la novela de Iosi, y me inquietan diferentes puntos de vista sobre la mía. ''Gente que escribe libros'', dice xxx, y se pregunta ''¿cómo se escribe un libro?''. ''¿Para qué? más bien, sería la pregunta'', escucho que le responden.
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Por la vereda, mientras la despedida, pasa una chica hablando por teléfono. ''¿Y te robaron a vos, pero no te hicieron nada?'', pregunta preocupada. Dentro de un auto estacionado hay un chico que también habla por celular, y durante un segundo estoy seguro de que, sin saber que están a metros de distancia, hablan entre ellos (pre-pre – seg-seg).
*
En Honduras espero un 39 que nunca va a pasar. Calculando lo que puede salirme un taxi por un viaje de veinte cuadras, estiro un brazo al ver una luz roja. Al enterarse de mi destino, el taxista dice ''pasamos por Honduras y la vía, donde a las chicas se les cae la bombacha'', pero enseguida se mesura ante mi escaso entusiasmo.
*
Entro intentando no hacer ruido. Me lavo los dientes con fuerza, me baño para sacarme el olor a humo. Entre dormido, en el silencio de la noche, oigo una conversación que llega hasta el cuarto piso y atraviesa las hendijas de la persiana:
–¿Un puterío, maestro, un lugar para ponerla?
–Doblá en la esquina, seguí unas cuadras . . .
Y después el ruido del motor que se apaga de a poco.
21 de noviembre de 2006
Presentación
Presentan el libro: Ariel Schettini y Graciela GoldchlukPerformance/ Dirección artística: Matías Umpierrez
Asiente de dirección: Macarena Albalustri
Vestuario/ Peinado/ Maquillaje: Catalina Rautenberg
Actrices Invitadas: María Marull, Eugenia Capizzano, Maru Sussini, Karina Roldan, Felicitas Luna, Delia Folgueira, Eugenia Mercante, Macarena
Albalustri, Susana Tale, Paula Pichersky, Carolina Martin Ferro, Paula Travnik, Alejandra Maidana.
20 de noviembre de 2006
"Exaltación de lo cotidiano"
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Editorial Entropía
Buenos Aires, 2006. 192 páginas.
Por Gloria Nozal
Ignacio Molina construye en este libro de sugerente título un escenario propio, que tal vez sea el de muchos; el de una vida en Buenos Aires, la de amigos y compañeros. Privilegiando los simples hechos cotidianos, lo que daría sólo sustento para otros y en él es leit motiv, único tema central: levantarse, desayunar, hacer una compra, tomar un colectivo y que cada cosa común se torne por el arte de su reiteración, su moroso deambular por y ello y nada más, en argumento, nudo, y diálogos, así como también descripciones, las que convergen en ese mismo universo sin crescendos ni desenlaces insólitos y que constituyen trama, fondo.
Ese insistente andar de cada día, sin suspenso, sin reflexiones, donde los seres parecen entregados al sino monocorde demarcado por quién sabe qué, como una suerte de marionetas, va creando un estilo particularmente distinto. Deliberadamente ostentosa, la valorización de lo común, de una simpleza sin planes expresados, sin pensamientos o monólogo interior, con sólo diálogos que también constituyen meros hechos diarios, va creando una personalidad despojada, monótona.
Los personajes son jóvenes en sus estudios, trabajos, comidas, y los diálogos están dados por lo inmediato de sus movimientos: "El jueves a la noche, desde el umbral de su cocina, Gonzalo le mostró a Nahuel una botella de vino y le preguntó si en su departamento no tenía un sacacorchos. –No sé. Pero sino podés mandarlo para abajo con alguna . . . –Che, vago –lo retó Camila palmeándole la espalda–. Andá, yo vi que tenés en los cajones. "De la página 163: "Un atardecer, al salir de la biblioteca, me puse a leer el folleto publicitario de unas jornadas literarias sobre narrativa argentina que, después de obtener mi permiso, un estudiante universitario había pegado en la cartelera de la entrada." Deducimos de estas meras acotaciones, formación, estudios, lo que constituye apenas un detalle orientador, casi dado por descuido del protagonista. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de los escritores, voluntariamente apartado de todo asunto intelectual, Molina retoma el universo de su derrotero de hechos simples, de una chatura que no puede menos que caer dolorosa y que en él es oficio consolidado, que enarbola como sello distintivo.
Sin duda, Los estantes vacíos es una depurada muestra del estilo notable y vigoroso de este escritor que, pintando su universo juvenil, logra su objetivo, el que para nosotros sería aciago si fuera algo más que una realidad retratada por la literatura. Si fuera la vida real de los jóvenes de ahora. Sin signos que apunten a algo intelectual y espiritual, y a la vez tan natural que no se puede dudar de su realismo. Sólo la música, mencionado en ocasiones, emerge como algo más trascendente o conmovedor.
Por lo distinto, por el destacado manejo de la simpleza de las cosas, que lo hace asemejarse a algunos clásicos rusos, Ignacio Molina ha creado una obra de relieve, que aparece en el movimiento actual con un sello particular de búsqueda, de intención de mostrar la realidad sin eufemismos, valorizando así de paso cada acto humano, sin que sencillez o banalidad aparente lo distraigan de su camino, el de la vida y sus actitudes insertas en la rutina de una gran ciudad.
Surge de esto una especie de estilo, por así llamarlo, que siendo literario se aparta de lo común, haciendo destacable lo mínimo, llamando la atención sobre las formas de las cosas más que sobre las cosas. Más lo visible y palpable que los sentimientos, decisiones, pensamientos; todo lo que constituye la superficie de las cosas más que su canal conductor.
En este mundo del autor los seres no parecen pensar, sino que son llevados a cumplir sus ocupaciones sin cuestionamientos y toda otra motivación que anime y vivifique sus desplazamientos y actitudes, parece voluntariamente apartada, como si la misma gran ciudad se encargara un poco de deshumanizar a sus criaturas, llevándolas una y otra vez a los mismos encuentros en una suerte de danza ritual, donde seguramente el hondo significado de los hechos quedará oculto, inadvertido.
16 de noviembre de 2006
15 de noviembre de 2006
Leen los cinco

13 de noviembre de 2006
Aquiles
Estábamos sentados a la sombra en el fondo de su casa en Avellaneda, haciendo la digestión de los tallarines domingueros. Hasta esa zona –pujante hasta el comienzo de la tiranía militar– habíamos llegado con Melina y con el bebé para que lo conocieran sus tío-abuelos lejanos.
Un rato más tarde, cuando volví de hacer dormir a Fausto en la habitación más fresca y silenciosa de la casa, Ovidio me sirvió otro vaso de vino y esperó a que se hiciera un silencio en la conversación para gritar:
–¡Oviedo!
–¿Qué decís? –preguntó su mujer.
–Oviedo, se llama el que jugaba en Olimpo –dijo ya un poco más tranquilo, y con la mirada me preguntó si lo ubicaba.
–Claro que lo conozco. Bah, si estamos hablando del mismo, lo conozco. Es un histórico, jugó toda la década del ochenta, en los torneos regionales y en el Nacional B . . .
Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila, podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona. Mirando las figuras que las sombras y el sol dibujaban en el patio de tierra, y fingiendo prestarle atención al transcurso de la charla, me quedé varios minutos callado intentando recordar.
Con la tarde ya avanzada escuché cómo Fausto se despertaba llorando, y, mientras caminaba hacia el interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: "Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo . . . ", y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
–¡Alfredo Aquiles! –dije a los gritos, sin temor al ridículo, cuando volvimos al fondo.
–¡Seguro, Aquiles se llamaba el padre! –gritó Ovidio señalándome con un dedo, y yo, tal vez por la coincidencia, por la nostalgia del recuerdo, por el sopor que me habían dado el calor y el vino, o por la risa que me devolvía Fausto en ese momento, no pude evitar emocionarme.
7 de noviembre de 2006
La ley de alquileres
Había tenido una vida fácil porque sus ambiciones y sus gustos no llegaban a sobrepasar exageradamente sus posibilidades. Ganaba un sueldo mediano en una compañía exportadora y su mujer otro mucho más modesto en una escuela del Estado. Con eso vivían, iban al cine, compraban sus ropas a crédito y, cada dos años, veraneaban quince días en Mar del Plata. Con eso y algo más: la Ley de Alquileres. Porque la relativa holganza de sus vidas la debían a una buena salud de la pareja (¡los remedios salen una fortuna!) y al risible alquiler que pagaban por el departamento.(. . .)
Le gustaba invitar amigos a su casa. Tenía espacio de sobra. Podían jugar al “póker” en el living mientras las mujeres chismorreaban en el “cuarto de vestir” (un segundo dormitorio destinado al hijo que nunca llegó). Y podían seguir jugando mientras las mujeres ponían la mesa porque el living era enorme, tan enorme que los amigos siempre repetían una misma pregunta asombrada:
-Pero, ¿cuánto pagás por todo esto?
Y entonces, con una satisfacción casi sexual, él respondía:
-¡Caéte! ¡Cien pesos!
(Fragmentos del cuento "La ley de alquileres", escrito por Enrique Wernicke en la década del cincuenta. El relato completo, acá)
6 de noviembre de 2006
"Una realidad enrarecida"
Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Silvana Angelicchio
Definir el género, hacer un resumen del argumento o perfilar la temática de Los estantes vacíos puede resultar un ejercicio tan elusivo como su propia lectura. Sin embargo, esto no es una objeción sino un halago, ya que la sensación de no hacer pie que proviene de los quince relatos que lo conforman resulta estimulante y atrapa al lector en su realidad enrarecida (...)
(la reseña completa, acá)




















