3 de julio de 2006

Harvey Pekar

Harvey Pekar podría haber sido –como dicen en los doblajes de ciertas películas– un "don nadie": sólo un oscuro empleado del archivo de un hospital público de la ciudad de Cleveland, Ohio, lugar en el que prestó sus servicios durante casi cuarenta años. Lo que, muy a pesar suyo, lo convirtió en una personaje de culto y de cierto renombre popular fue el hecho de haber sido guionista de American Splendor, una historieta autobiográfica donde dio cuenta, en tono de comedia, de la otra cara del “sueño americano”, de la vida cotidiana de un hombre común de la clase trabajadora estadounidense durante los años setenta y gran parte de los ochenta.

Ayer vimos “Esplendor Americano”, la película estrenada en 2003 que en forma mixta (ficción y documental) narra la historia de Pekar. En una de sus primeras escenas, el futuro autor tiene diez años y, junto con otros nenes del barrio –en lo que se supone una celebración tradicional yankee–, toca la puerta de una casa para recibir golosinas. La señora que abre los ve alineados en la entrada: todos están disfrazados de superhéroes, menos Pekar, el último de la fila, que por estar vestido como un nene común vuelve a la calle con las manos vacíos. La escena transcurre en 1950, y es una metáfora de lo que sería la vida de Harvey Pekar: un hombre tan común como talentoso que, por no disfrazarse de superhéroe a la hora de escribir sus historias, debió trabajar como empleado municipal hasta el día de su jubilación.

(Clickeando acá, una nota del escritor y cinéfilo Leo Oyola sobre la película)

1 de julio de 2006

Condiciones

Anoche me desperté a las cuatro y media y me costó volver a dormir. Dando vueltas entre las sábanas, y con la nuca húmeda como si fuese verano, pensé en las pocas semanas que faltan para el nacimiento de mi hijo. Traté de imaginar ese día (las primeras contracciones, la rotura de bolsa, el remís hasta la clínica, los nervios y el clima en la sala de parto), y recordé la experiencia que me había contado, el martes a la noche, un autor de novelas policiales.

Después, y cuando ya estaba amaneciendo, rapasé parte de lo que vendría más tarde (la nueva rutina, las responsabilidades, los pañales, los llantos de madrugada, el planteo existencial), y, antes de volver a pensar en el partido, me repetí una frase que alguna vez me dijo el autor de El Caníbal:

–Vos no te preocupes: si podés parar un taxi con onda, ya estás en condiciones de ser padre.

27 de junio de 2006

"El agotamiento de un Sistema"

Algunos de los apuntes ordenados por Mavrakis y publicados en su blog, más en forma de ensayo que de simple reseña, luego de una dedicada y atenta lectura de Los estantes vacíos:


“Pero por otro lado, sostener, durante ciento sesenta y ocho páginas, un estilo y un lenguaje apático involucra, sin dudas, algo del orden del oficio que requiere la literatura.”

“Y no hay pérdida de la realidad: hay indiferencia. Los personajes, por ejemplo, no tienen reloj; pero se la pasan averiguando la hora a razón de sus propias percepciones temporales.”

“Una oposición a la dialéctica del lenguaje mercantil, por lo menos. (…) La dialéctica discursiva del mercado se opone al lenguaje de una apatía sin dialéctica –y no al revés, que es lo importante– a lo largo de todo Los estantes vacíos.”

“Ignacio Molina prefiere decir antes que nombrar. O, en todo caso, prefiere no nombrar para decir.”


"El genio apático también como “estilo” en la construcción de una figura de autor. Quien hace circular la mirada por la página de un libro que –de nuevo– prefiere ni siquiera mostrar.”

“El libro de Ignacio Molina, al correr de la lectura, entrelaza y entrecruza los géneros (estamos realmente ante una serie de ¿cuentos? ¿nouvelles? ¿un proyecto de novela?)”

“El pasado, entonces, como dislocación del presente: un pretérito imperfecto capaz de agrietar la continuidad del presente. La tragedia apática de Los estantes vacíos.”

“Los diálogos entre los personajes –que se cruzan y conviven pero no siempre se conocen ni quieren dejarse conocer– se entrelazan abruptamente como si los uniera fraternalmente un mismo espacio urbano. La ciudad como gran relato que los incluyera a todos.”

“Tal vez todo Los estantes vacíos quiere representar, apatía mediante, el agotamiento de un Sistema. Es decir, la inutilidad de toda narración que presuponga enlaces ineludibles entre sujetos. Y quien quiere escapar del Sistema –quien fantasea– se cae.”


(El ensayo completo, acá)

23 de junio de 2006

La (di)versión de Entropía

"El viernes pasado se presentó Los estantes vacíos, el libro de cuentos de Ignacio Molina, en el bar Bartolomeo. Lamentablemente, lo que se auguraba una fiesta para toda la familia, trocó en un episodio negro, de consecuencias hasta ahora insondables . . .

(Sigue en Las Apostillas)

22 de junio de 2006

"Un escritor burbuja"

(Desgrabación del discurso espontáneo ofrecido por Federico Levín -en letras negras- y mis dos sobrinas, Mora y María -en letras rojas- la noche del viernes pasado -hay fotos ilustrativas, pero por el momento tengo problemas para subirlas)


Molina, como personaje de sí mismo, se acuerda de todas las palabras que componen sus cuentos. Y sus personajes son personas que están presionadas por su memoria, al punto de –como decía Mairal– recordar cada detalle de la última semana de sus vidas. Yo creo que Molina es un escritor verdaderamente . . . burbuja

Molina es un escritor verdaderamente burbuja, lo cual quiere decir que, en este ámbito tan popular, él está como aislado, en parte, y está separado del resto por una especie de . . .
nube

Lo que quiero decir es que los cuentos de Molina son particularmente . . .
lindos

Sus cuentos son lindos. Porque uno puede decir “tal libro es bueno, está bien escrito”, pero eso se dice de cualquiera. Porque, con tantos talleres literarios, hoy por hoy cualquiera . . .
escribe

Hoy por hoy cualquiera escribe, verdaderamente. Por eso es importante que alguien escriba, aparte de bien, y aparte de correctamente, aparte de que no se le escape ni una palabra de su registro, es importante que tenga aparte esa especie de . . .
libro

Que tenga esa especie de libro. Como yo le decía a Molina el otro día, que, si bien es común leer volúmenes de cuentos, la gente que dice “yo escribo tengo como cuarenta cuentos, así que si me querés publicar…”. No, no, esto es otra cosa: publicar un libro de cuentos. Un libro que tenga una idea, unas palabras, unos personajes en común, nada demasiado pretencioso. Es decir, no es pretencioso, es . . . fuego

Es fuego. Es la pasión por escribir, es el fuego interno de un escritor. No hay literatura posible sin fuego. Hay un montón de gente, incluso amigos de Molina, que dicen “mirá, te escribo unos cuentos…”. Y lo hacen bien, pero no se genera esa efervescencia en una presentación porque le falta ese fuego. Queremos decir, mi consciencia y yo, mi consciencia que está formada por dos niñas, que el libro de Molina es recomendable, por una sencilla razón que podría ser definida en una sola palabra, que es . . .
pelo

Por un pelo: o sea, no es “ehhhh, mucho mejor que los demás”. Sí, es mejor que los demás, pero por un pelo. Lo cual está bien, porque no quiere enrostrarle a los demás lo bien que escribe, sino que dice “yo con los mismos elementos, escribo unos cuentos que son verdaderamente” . . .
papel

Son papel. Tenemos que darnos cuenta de eso: estamos comprando y vendiendo papel. Y de hecho hay una persona, un amigo de la casa, llamado Funes, que tiene un libro que está todo forrado con partes de la revista Ñ, titulado Papel. Y Funes, que es amigo de Molina, es un tipo verdaderamente . . . p$%a@fg?Xg%

No se entendió nada. Pero es así, es la lucha de egos. De hecho yo iba a presentar hoy el libro de Molina, y Terranova vino y me dijo: “bueno Levín, hoy voy a presentar yo el libro, voy a decir unas palabras”. Son egos que se pelean, pero sin embargo yo debo decir que la presentación que hizo Terranova fue verdaderamente . . .
zapato

Bueno, ahora hay gente especializado, ya sea lecto-escritores, o . . . luz


O gente que tiene luz, gente de brillo, que quiere leer los cuentos de este libro, para que no sea todo bla, bla, bla. Así que, sin más prolegómenos, le doy la bienvenida a Funes, que va a leer “Brasil tiene esas cosas”, uno de los peores cuentos del libro –así que si les gusta éste, ni se imaginan lo que van a encontrar en el resto del libro–, y quiero felicitar a mi amigo Molina por la presentación de Los estantes vacíos y pedir nuevamente un aplauso para él.

20 de junio de 2006

Post-evento

El viernes se llevó a cabo, después de tantas idas y vueltas, la presentación de Los estantes vacíos. Agradezco públicamente a los editores de Entropía (Valeria y Gonzalo Castro, Sebastián Martínez Daniell y Juan Manuel Nadalini), a todos los que participaron desde el escenario (Pedro Mairal, Federico Levín, Juan Terranova, Magali Romero, Lucas “Funes” Oliveira, Mora Serrano y María Molina), a los que no conocía personalmente y se me presentaron, a los que no lo hicieron, y a todos y a cada uno de los que formaron el resto de la pequeña multitud que asistió. Fue una gran noche, incluso post-evento; lo lamento por todos los que habían confirmado su presencia y a último momento tuvieron cosas más importantes que hacer. Supongo que ya tendrán una nueva oportunidad. (Me tomé con mucha seriedad la propuesta que me hizo Romina Paula pasada la medianoche, antes de irse del bar: alentar la realización de una importante fiesta, una especie de presentación conjunta de los autores jóvenes de Entropía. Espero que pronto tengamos novedades al respecto)

16 de junio de 2006

Ahí estaremos

Quedan invitados. Allí estaré.

13 de junio de 2006

Pasetti

De los que elegíamos al fútbol para las horas de educación física, Pasetti era el más habilidoso. Hacía goles, jugaba y hacía jugar, y se enojaba con los que, como yo, no peleaban "a muerte" cada pelota. Era autodidacta; nunca había jugado en ningún club. Una mañana fue a probarse a las inferiores de Defensores de Belgrano, pero se lesionó en el segundo pique corto y nunca volvió a intentarlo.

Años más tarde, en el campo de sus suegros, el presidente de un club de Nueve de Julio, también invitado al asado, lo vio jugar un picado mientras se hacían la brasas y, durante la sobremesa, le propuso participar en la Liga semi amateur de la zona.

Pasetti estaba contento, había conseguido que le pagaran, además del sueldo básico de cuarenta pesos por partido, veinte por gol convertido y quince por cada punto ganado. Si bien su nombre no convocaba a multitudes y salía publicado en un solo diario, disfrutaba del aliento del público de su equipo y de los insultos de los hinchas rivales detrás del alambrado.

En el primer mes, ganó casi lo mismo que ganaba trabajando en el microcentro nueve horas por día. Los domingos llegaba temprano a Nueve de Julio, a media mañana entrenaba liviano con sus compañeros, al mediodía almorzaba en la casa del director técnico, y a la tardecita, luego del partido y con los músculos todavía sentidos, volvía en un Costera Criolla a Buenos Aires.

En la final de la Liga se juntaron casi mil quinientos espectadores. Era un domingo soleado, y la tierra de la cancha se veía más seca que en otras tardes. Por primera vez en su corta carrera Pasetti estaba nervioso. También por primera vez se había concentrado junto al resto del plantel; desde el viernes a la tarde estaba alojado en el campo de un dirigente. Su novia y parte de su familia le habían prometido que viajarían en auto a verlo, pero, diez minutos antes de la hora del partido, un teléfono sonó en la cantina del club.

5 de junio de 2006

Hitos

El nuevo teclado de la computadora es demasiado duro. Me dicen que hay que pegarle a las teclas hasta que se ablanden, pero yo creo que es al revés: que son los dedos los que, con el tiempo, se adaptan a las letras. Por eso, escribo preguntas y frases sin sentido para acostumbrarme. Por ejemplo: ¿cuántos hechos históricos puede vivir alguien en un fin de semana? En mí caso, más de uno: hice la mudanza, vi cómo se movía mi hijo dentro de la panza de su madre, dejé de ser un escritor inédito, y sentí el descenso de Olimpo a la B Nacional.

2 de junio de 2006

Cambio de fecha (y a vaciar los estantes)

Informo que, por razones ajenas a mí y a la editorial, debe posponerse la presentación de Los estantes vacíos anunciada para el viernes 9 de junio.
En cuanto se confirme la nueva fecha, postearé la invitación oficial.

Por otro lado: además de en las librerías de Palermo Viejo, el libro ya está en las de Avenida Corrientes: De la Mancha, Liberarte, Hernández, Zival's y Capítulo dos de Galerias Pacifico, y por estas horas sigue distribuyéndose en, al menos,
éstas librerías de Buenos Aires.

(Perdón por la autopublicidad, pero sería bueno que los libreros, al notar una venta considerable, lo dejen en las mesas de novedades la mayor cantidad de tiempo posible)

31 de mayo de 2006

Literatura II

Al mismo tiempo que yo, bajó del 151 un tipo al que le veía cara conocida. Antes de ponerme a caminar decidí saldar la cuenta del teléfono en el Pago Fácil del supermercado, y en la zona de los changuitos me crucé con Martín Rejtman.

–Leí tu reseña sobre mi libro –me dijo él después de los saludos, mientras se descalzaba los auriculares, y se mostró bastante molesto con la crítica que yo le había hecho al primer cuento.

Me dijo que desde su punto de vista era errada mi observación, que el término “vaqueros” no le parecía anacrónico, o que, en todo caso, quien lo decía era el narrador y todo era muy literario. Me comentó que se había quedado pensando en ese tema, que lo había hablado con Alan Pauls la semana pasada, y que Alan había estado de acuerdo con él.

–Disculpame que te lo diga –me dijo, como temiendo que, sin mayores motivos, yo fuera a enojarme o a ofenderme.
–No me pidas disculpas, al contrario –le dije, y le pregunté qué le había parecido el resto de la reseña.
–Estaba bien, pero uno siempre se queda con las cosas negativas que le dicen, y creo que eso que criticabas no hace nada de ruido. Además yo nunca diría una palabra como “blue jean”, como tampoco nunca diría “porro”.

Después me preguntó sobre la salida de mi libro, me pidió que lo tuviera al tanto y, señalando al que había bajado conmigo del 151 y se acercaba desde las cajas con dos bolsas llenas, me dijo “ahí viene un amigo”. Enseguida nos presentó diciendo nuestros nombres, y durante los segundos en que nos quedamos callados tuve la sensación de que parados así, formando un triángulo cerca de la puerta del supermercado más grande y barato del barrio, parecíamos hombres de ficción, personajes sacados de alguno de nuestros cuentos.

28 de mayo de 2006

23 de mayo de 2006

Cara de solapa


El primero que conteste correctamente qué libro estoy leyendo en esta foto, se hace acreedor a una copa de vino extra en la presentación de Los estantes vacíos.

22 de mayo de 2006

Si tirás buena onda

Ayer empecé a hacer la mudanza interna. Saqué las bibliotecas y la computadora del escritorio para llevarlas al living. En el cuarto que va a ser del bebé quedó sólo un mueble, marcas en las paredes desnudas y ropa y libros desparramados en el suelo. Ahora tengo por delante una tarea más difícil: empezar a vaciar los placares, decidir qué papeles, casetes, revistas y diarios viejos tirar y cuáles seguir archivando en otro lado.

A la noche me costó dormir. Al apagar la luz recordé la versión vieja de un cuento que había releído el sábado: en tres párrafos seguidos se repetía la misma palabra, y me torturé pensando en la posibilidad de no haberlo corregido antes de que entrase a la imprenta.

Después, cuando pude sacarme eso de la cabeza, pensé en Fausto: en que debería trabajar el resto de mi vida útil para mantenerlo, en cuántas cosas me restarán aprender para ser un buen padre, en la imagen que él tendrá de mí cuando tenga treinta años y yo ya esté en edad de jubilarme.

El calor y el ruido de un auto me sacaron de todo eso. Entre el despertador y el reloj de la video había diez minutos de diferencia; eran alrededor de las cuatro de la mañana. Puse la estufa en piloto y volví a la cama haciendo una promesa: si conseguía dormirme antes de las cuatro y media –o cinco menos veinte–, postearía una de las frases que había dicho esa mañana.

Mientras esperábamos al 151 en Rivadavia, a la altura de Almagro, vimos cómo perdía líquido el motor de un 19 que había frenado en la parada anterior. Yo caminé unos quince metros hasta la puerta para avisarle al chofer.
–Ta perdiendo algo, no sé qué es –le grité mientras subían pasajeros.

Cuando volví a la parada, vi y escuché que él, arriesgándose a perder el semáforo verde, frenaba a nuestra altura y me decía:
–Gracias, flaco. Sos un grande. Es gasoil, acabo de llenar el tanque –y me saludaba cerrando un puño y levantando el pulgar.

–Ves –le dije a Melina–, si tirás buena onda recibís buena onda.

–Buena frase –me dijo ella–: blogueala.

17 de mayo de 2006

Blogueando

En la alacena baja de Levín se alojaron los pacoquis, que se la pasan corrigiéndose brazos y dedos en busca del cuento perfecto.


Vico escribe una novela sobre el jefe de las 62 organizaciones y publica Metominia Salvaje en No-Retornable


A Tornicheli le pasan cosas horribles cuando habla de minas.

15 de mayo de 2006

Bunkers

En la tarde gris, desde su terraza en un extremo de Colegiales, Nessie mira hacia el sudeste, apunta la cámara hacia el río, y, casi sin saberlo, inmortaliza en el centro de la imagen, en la última manzana de Palermo Viejo, al bunker productivo de Unidad Funcional.

Foto extraída de La fiesta del monstruo

11 de mayo de 2006

Miedo a la oscuridad

Yo soy el único de la fila que no tiene guardapolvo y espero mi turno para saludar a uno de los soldados que, inclinados en medio del patio, reciben las cartas y los chocolates que les entregan mis compañeros de jardín.

La escena, que parece sacada de un sueño o de una película argentina, es una de las que recuerdo de los meses de abril y mayo de 1982. En otra de esas escenas, que hoy se me aparecen como irreales, mi mamá y yo caminamos de la mano por la ciudad vacía y completamente a oscuras. Ella está vestida sólo con una bata y un camisón. Yo tengo un piyama grueso y un pulover, y siento cómo el ruido de nuestras zapatillas retumba en la vereda.

Como los ingleses amenazaron con tirar una bomba sobre Bahía, la municipalidad ordenó encender la menor cantidad de luces interiores posible, dejar siempre apagadas las exteriores y, salvo urgencias, no salir a la calle después del anochecer. Hay que tapar las ventanas con cartones o papel madera, y cubrir los focos de los autos con una tela oscura que reparten en los negocios. Hay que evitar que desde los aviones se den cuenta de que acá abajo hay una ciudad; cualquier mínimo reflejo de luz puede provocar que se cumpla la amenaza.

Desafiando al estado de sitio militar y sin cambiarnos, sin temor a cruzarnos con algún vecino, mi mamá y yo salimos a la calle. Alumbrados sólo por la luna caminamos hasta la esquina, y nos quedamos un rato ahí con las miradas en el cielo. Desde mis ojos de cinco años veo seguramente muchas más cosas que ella: veo, también ahora mientras escribo, aviones y helicópteros ingleses que vuelan muy bajo. Aunque cuesta distinguir las siluetas de los autos a media cuadra, veo y siento el eco de una tropa argentina que avanza hacia nosotros desde el fondo de la calle. Imagino el patio del jardín a esa hora de la noche, y los cuartos silenciosos de mis amigos que, si pudieron vencer el miedo a la oscuridad, ya deben estar durmiendo.

9 de mayo de 2006

Papeles viejos

Sábado 15/10/94:
A la tarde fui caminando a lo de B. La idea que teníamos era la de ir a sacar las entradas para los Stones, pero nos colgamos en el 7 to 7 de Libertador, nos pusimos a conversar con dos chicas (FGKQ) y al final nos quedamos ahí. Más tarde volvimos a su casa. B había alquilado Misery. Nos tiramos a ver la película y llegaron dos amigos de su hermano, que venían a visitarlo porque estaba enfermo. Uno de ellos era brasilero, tomaban mate y hablaban del mundial y de la mononucleosis. A la noche fuimos a lo de G, y enseguida, cuando estábamos hablando de él, llegó LR con el flaco de la ferretería. Yo llamé a Marina, me dijo que se iba a lo de M. con otras amigas y quedamos en encontrarnos a las doce en La Colmena. Después fuimos a comer una pizza, y más tarde, casi todos, a tomar algo al bar de enfrente de La Colmena. En otra mesa estaban los pibes de la banda de Excursionistas, que en un momento pensaron que los estábamos gastando y nos quisieron pegar. Pero después de las aclaraciones terminamos en su mesa, y B. se apretó en la esquina a una de las minitas que ya conocía. De ahí entramos a Majada. Marina se fue antes. B. y G. vomitaron, y cuando salimos a la calle ya era de día. Juntamos plata para pagar un taxi entre varios, pero no nos alcanzó y tuvimos que volver en colectivo.

3 de mayo de 2006

BT

En una época me enteraba, por terceros, de que otros preguntaban si yo era buen flaco, si tenía novia, si me prendería en un picado, si tocaba la guitarra, si era fiel, si tenía amigos para presentar, si me gustaban las morochas, si era tan reservado como parecía, si jugaba arriba o en el fondo, de ala o de pivot. Ahora me entero de que preguntan:

–Che, ¿qué onda Molina? ¿tiene background teórico?

1 de mayo de 2006

Gigantografías

¿Por qué, si hay tantas librerías en Buenos Aires, "la gente" espera esta época del año para caminar entre libros?
La mía, claro, es una pregunta retórica; creo nadie podría dar una contestación razonable. Algunos me dirán: porque en las librerías no entregan folletería o muestras gratis de fernet. Está bien, sería una respuesta atendible, pero no del todo satisfactoria.


El sábado a la tarde vi, desde Plaza Italia, la cola que nacía en los portones de la Rural, llegaba por la avenida Sarmiento hasta la calzada circular y giraba por Santa Fe hacia Pacífico. Si no me hubiera comprometido a estar en la presentación de El trabajo del fuego, la novela de Juan José Burzi publicada por la Editorial de la UNLP, habría pegado la vuelta. Crucé la calle, entonces, y me dispuse a caminar a paso de tortuga entre familias que, probablemente, lo último que recordaban haber leído era algún folleto publicitario rescatado en la Feria del año anterior.

Lo primero que vi al entrar fue a unas veinte personas que se amontonaban frente José Narosky para que les firmara sus libros de aforismos. Después vi las clásicas gigantografías con las caras de los-grandes-escritores-argentinos en el stand de la secretaría de cultura. Imágenes que –pensé en ese momento, y pienso ahora– no le hacen ningún favor a la vitalidad de la literatura argentina. Imágenes que, lejos de acercar a "la gente" a los libros, la alejan cada vez más, convirtiendo a la del escritor en una figura remota e inalcanzable, y a la literatura en una actividad aburrida, patrimonio de personas muertas –física y/o intelectualmente– hace ya muchos años. De esa manera, recanonizando a autores que difícilmente atraigan el interés y el entusiasmo de potenciales jóvenes lectores, el Estado hace lo posible por ahogar el desarrollo de nuevas corrientes literarias que siguen si recibir la atención merecida.

Al leer la dedicatoria manuscrita en la novela, donde se me considera un "militante de la literatura", sonreí creyendo que Juanjo exageraba. Pero enseguida me puse serio y pensé que el solo hecho de no haberme quedado tomando sol en Plaza Italia unas horas antes, al ver la cola que llegaba hasta la vereda de Metrópoli Bailable, ya ameritaba semejante calificativo.

27 de abril de 2006

Un señor

Puedo mirar las ecografías, el placar donde se acopian pañales, la ropita y el moisés que ya me regalaron, pero hasta no ver la panza de Melina no caigo en la cuenta de que voy a ser padre. Sólo al tocar esa superficie cada vez más grande, todo deja de parecerme mentira y pasa a transformarse en irreal. No soy yo, me digo por momentos; es otro el que en agosto va a tener un hijo y va a cumplir treinta años, el que además va a publicar libros que ni sé cómo hizo para escribir, y el que debe cumplir cada día, aunque sin traje y corbata, con su rutina laboral.

Hoy llamé a la casa de una compañera del trabajo y me atendió su hija de cinco o seis años. Me preguntó quién era, y enseguida, alejada del tubo, la escuché gritar "mami, es un señor".
–Ja, un señor me dice la nena –le dije a la mamá cuando llegó al teléfono.
–Y obvio, si sos un señor, cómo querés que te diga –me respondió ella muy seria.
Yo qué sé, si te parece, estuve a punto de decirle, pero empecé a hablarle de cuestiones de trabajo sin voz de señor.

25 de abril de 2006

21 de abril de 2006

Tren

Esta mañana salí de mi casa para ir a tomar el tren, pero, supongo que demasiado sumergido en algún pensamiento, al llegar a la altura de la estación seguí de largo unos cincuenta metros, me metí en la boca del subte y caminé hasta la ventanilla.

-Uno de ochenta –dije, y recién cuando noté que el vendedor de boletos me miraba desconcertado salí de mi distracción.
-Perdón –le dije con la mano, y con la cabeza gacha y un poco de vergüenza volví sobre mis pasos.

*

Todo pasó en menos de quince segundos:

Una mujer subió al tren con un cochecito de bebé y una nena de primaria con mochila rosa y guardapolvo. La mujer, muy apurada, enseguida se cambió de vagón, y su hija mayor, que había empezado a caminar hacia el otro lado, giró la cabeza y se dio cuenta de que estaba sola. Repitiendo “mamá” y mirando hacia todas las direcciones, la nena salió al andén y se quedó ahí parada, quietita y llorando. Y entonces yo, que había seguido los movimientos de su madre, alcancé a decirle que se calmara y a arrastrarla de un brazo hacia el interior del tren antes de que se cerraran las puertas. Su mochila con rueditas quedó del otro lado, pero, hábil de reflejos, un diariero que había visto toda la escena se la alcanzó a otro tipo por una de las ventanillas abiertas.

Aunque mi intención no había sido la de ser protagonista, no pude evitar que la mayoría de las miradas se centrase en mí, y hasta el guarda, que venía caminando por el pasillo, se acercó a hablarme con el mismo tono con el que pedía boletos.
-Te das cuenta, cualquiera puede ser madre, flaco –teorizó, y con un gesto que supuse cómplice me preguntó retóricamente: -¿Dónde estaba la boluda? ¿Rascándose la argolla?

20 de abril de 2006

El memorioso

Funes, el personaje encarnado por el porteño Lucas Oliveira -hasta ayer creí que era oriundo de Tucumán- ya me caía simpático. Pero después de que me linkeara en su blog como El basquetbolista de la palabra, y, sobre todo, luego de leer y de asistir a la presentación de Papel, su primer y autogestionado primer libro de cuentos, pasé a considerarlo defnitivamente valioso.

18 de abril de 2006

Literatura


(Publicado en el número debut -marzo/abril de 2006- de Los asesinos tímidos, revista de crítica y opinión literaria)

LITERATURA Y OTROS CUENTOS,
de MARTIN REJTMAN

Interzona, 2005

Por Ignacio Molina


El protagonista del cuento que da título al libro es un joven escritor que, bajo la premisa de que "siempre fui de los que creyeron que a la literatura había que encontrarla en la vida y no en los libros", posee una biblioteca semi desierta. Esa escasez de referentes y de influen­cias para la elaboración de la propia obra, que para el narrador puede significar un conflicto ante su entorno (teme que "piensen en mí como un escritor pobre, menor, mediocre, como un escritor a medias"), para su autor podría representar poco menos que una marca personal. Tal vez sea esa aparente falta de diálogo con cual­quier tradición de la literatura argentina lo que convierte a Martín Rejtman en un autor único, dueño de un universo personal e inimi­table.

En "Alplax”, el primero de los cuatro relatos de Literatura y otros cuentos, una tercera persona narra con distancia y ascetismo el deve­nir cotidiano de un grupo de jóvenes. Si bien las marcas estilísticas del libro se vislumbran a lo largo del texto, donde muchas veces pas­tillas, cachorros y hámsters adquieren una importancia similar a la de los protagonistas, "Alplax" resulta, por su inconsistencia y por el uso de términos anacrónicos como "vaqueros" y "discoteca" –invero­símiles en boca de post adolescentes de los 2000–, el punto menos alto del volumen.

Al comienzo del segundo relato, "Mi yeso", dos nenas llaman a su padre desde Villa Gesell y le presentan un problema: están solas en el locutorio y no saben cómo harán para pagar la llamada. El padre, sin haberles dado una solución definitiva, olvida el hecho hasta la mañana siguiente, cuando una de ellas vuelve a llamarlo para con­tarle que ya están con su mamá y que, si bien no las dejó ir hasta que no se saldara la deuda, la mujer del locutorio las había tratado bien y hasta las había invitado a cenar a su casa.

Aunque no hay indicios de que la relación entre las chicas y la mujer prospere, es de esa manera, azarosa y absurda (absurda si se calcula que el precio de la llamada puede ser inferior al costo de la posterior invitación), en que se entablan la mayoría de los vínculos entre los personajes del libro. Relaciones fundadas en entredichos, sociedades comerciales formadas a partir de intercambios de mas­cotas, ex parejas que confraternizan como hermanos. Así parece con­formarse el universo rejtmaneano, un entramado en el que la familia tradicional como célula de la sociedad brilla por su ausencia.

El protagonista de "Literatura", el tercer y ya mencionado relato, vive en la misma casa de Ramos Mejía en que vivió hasta sus diez años, cuando, luego del divorcio de sus padres y la venta de la pro­piedad, se mudara a Córdoba con su madre. Tiempo más tarde, la mujer, de vuelta en el Gran Buenos Aires, se enteró de que la casa estaba en venta y convenció a su segundo marido de comprarla. Aunque nunca se lo plantearon, desde entonces existió, entre madre e hijo, el acuerdo tácito de no mencionar nada con respecto a la his­toria familiar entre esas paredes.

Esta anécdota, que podría conformar el núcleo central del cuento –y que contada en otro tono y en otro contexto resultaría poco menos que fantástica–, es una más de las que componen esta suerte de dia­rio donde el protagonista narra, entre otras cosas y como al pasar, sus inicios en la literatura, la relación con su novia y el reencuentro con su padre.

En "Ornella", el último relato, una tercera persona da cuenta de las aventuras por las que atraviesa un grupo de gente cercana a los cua­renta años luego de proponerse instalar un novedoso negocio en Buenos Aires. Este resulta el texto más largo del libro y, por su com­plejidad, su trama colmada de acciones y su tono claramente alejado de la abulia, se diferencia del registro minimalista y epidérmico de los tres anteriores.

Al igual que a toda su obra cuentística y cinematográfica, Rejtman envuelve a Literatura y otros cuentos en una atmósfera extraña, donde la elipsis parecería ser el recurso natural para esconder, detrás de un tono general de comedia, pequeñas tensiones dramáticas que nunca llegan a desatarse. Todos los relatos están atravesados por un humor claro, a veces explícito y otras casi imperceptible, al punto de que es probable que el lector se pregunte si es lógico esbo­zar una sonrisa ante determinada situación.

La singular propuesta narrativa de Rejtman no persigue el esclare­cimiento de conflictos pre establecidos, sino que, al igual que lo hacen las hijas del protagonista de "Mi yeso" al llamar a su padre desde un locutorio en Villa Gesell, plantea en su génesis la aparición de problemáticas y, al mismo tiempo, la errante búsqueda de in­ciertas soluciones.

17 de abril de 2006

Notas sueltas

Compro un kilo de cuadrada cortada para milanesas. Hago la mezcla de huevos, sal, curcuma, ají molido, y, a falta de martillo, las aplasto con un puño. Les pego hasta que se expanden hacia los costados y se les ahdiere el pan rallado.
Más tarde, cuando frío algunas y las pruebo, me da la impresión de que no tienen mucho sabor. Se nota la falta de pimienta y perejil.
"Están un poco sosas", estoy a punto de decir, pero, como no sé cómo se escribe "sosas", y como casi siempre que digo una palabra tengo que imáginarmela escrita, opto por quedarme callado.

*

A las tres y media, sentado en el cordón de una vereda de Almagro, la espalda apoyada contra una parada del 64, empiezo a leer Vértice, la novela de Gustavo Ferreyra que me prestó Levín en su casa. En la mía busco un suplemento cultural del domingo pasado y subrayo la respuesta de Ferreyra a la pregunta "a qué hora del día escribe":
–Cuando puedo, de mañana; si no, a la tarde. Lo antes posible en realidad, como para saciar el hambre de justificar mi día

*

Nada peor debe haber para un futbolista que malograr el triunfo de su equipo con un gol en contra a los cuarenta y nueve minutos del segundo tiempo. No quisiera estar en la piel de Villavicencio en este momento, me digo, y para atenuar mi propia amargura pienso en dramas pasionales.

*

La casa de mi hermana es un congelador; hace más frío adentro que afuera. Mientras comemos la rosca de Pascua, alguien intenta encender la estufa y el bebé vuelca de una taza el agua caliente que, por pocos centímetros, no moja la camisa de su bisabuela.
–El calor no vuelve más –digo yo, jugando con el envoltorio de un huevo de chocolate que no pude comer–. A partir de mañana, abrís el diario y empezás a leer sobre los muertos por escapes de monóxido de carbono y las estufas mal instaladas.

*

Salimos temprano para evitar el tráfico de la autopista, pero igual, antes del segundo peaje, tenemos que aguantar dos kilómetros de cola. Mientras avanzamos muy lento, veo las partes traseras de los coches de adelante. En una 4x4 hay una calcomanía del Che Guevara, y en un auto último modelo hay una chapa ovalada con un escudo argentino en el centro y las letras R y A los costados: la chapa identificatoria de alfonsinistas en la campana presidencial del 83.

11 de abril de 2006

Un galope lejano

En el campo, cuando paría alguna de las perras, uno de los peones mataba a la mitad de los cachorros con golpes en la cabeza.
–Tac, les daba un golpe seco con la empuñadura del rebenque, y después los tiraba al pozo ciego –contó J mientras comíamos en su casa, y el resto de la mesa se mostró horrorizado.

*

Para llegar al campo de mis primos desde el pueblo en que veraneábamos había que hacer ocho kilómetros por un camino de tierra. Para mí, la mejor parte del viaje era cuando teníamos que cruzar el arroyo: a medida que nos acercábamos, se agrandaban mis ganas de que estuviera crecido y de que no pudiéramos pasar. Imaginaba que yo tendría que meterme en el agua hasta la cintura para empujar el auto, y que cuando llegáramos a la casa y vieran mis pantalones mojados y sucios todos me felicitarían por mi trabajo.

Una mañana, después de una noche lluviosa, parte de mis deseos se cumplieron. Entre el barro y el agua, el auto de mi abuelo se quedó empantanado. No pudimos avisarle a nadie, y recién una hora después el capataz de un campo vecino pasó por ahí y nos ofreció ayuda: ató una soga al guardabarros del coche y lo remolcó con su caballo.

Otra mañana, no muy lejos del casco y con el yute de las alpargatas mojado por el rocío, descubrimos un círculo de yuyos quemados. Tenía unos diez metros de diámetro y estaba perfectamente delimitado. Por lo que supe años después, en ese lugar nunca volvió a crecer ningún tipo de plantación.

Una tarde de ese mismo verano, mientras andaba a caballo con el peón asesino de cachorros, nos pareció ver un bulto extraño cerca de un alambrado. Yo iba en la parte de atrás de la montura, y desde ahí intentaba aprender a manejar las riendas. Cuando llegamos a dos metros del bulto él me pidió que bajara. Al principio pensé que era una ilusión óptica producida por el sol, pero no: lo que había entre los yuyales era la cabeza de una vaca.

El peón, sin hacer demasiados comentarios, sacó una bolsa de sus bombachas, guardó la cabeza y ató las manijas de nylon a un costado de la montura. Mientras volvíamos en silencio al establo, yo no podía dejar de relacionar ese hallazgo con el del círculo dejado por el objeto extraterrestre. Y esa noche, de vuelta en el pueblo, me puse a llorar sin sonido contra la almohada: en la oscuridad de la pieza me parecía oír el rumor de un trote lejano, y continuaba sintiendo en un tobillo el rítmico golpeteo de la cabeza ensangrentada.

*

–No sé por qué lo hacía, pero yo alguna vez también tuve que matar un par de perritos –confesó J el miércoles pasado, pero, presionado por los gestos y los retos de los demás, tuvo que desdecirse enseguida: –No, mentira, estoy jodiendo: una vez él me pasó un rebenque dado vuelta después de un parto, pero al toque yo me subí al Azabache y empecé a galopar.

6 de abril de 2006

Nuevo diseño

El departamento de diseño de Entropía ensaya variantes para la cubierta del libro más esperado de la nueva literatura argentina, y anuncia:

"
Seis meses más y lo tenemos, Molina"

5 de abril de 2006

Micro


(Foto, en desorden: Martín, Funes, Pedro, Guadalupe, Juan Diego, Ignacio, Santiago, Elsa, Inés, Rodolfo. Sacada por Sol. Gentileza del archivo personal de Pedro)

3 de abril de 2006

31 de marzo de 2006

Vestidos azules

El miércoles a la noche fui a la presentación de La educación de los sentidos, la última novela de Miguel Vitagliano. Hacía varios años que no nos veíamos; nuestros últimos contactos habían sido vía epistolar. El me reconoció enseguida, pero (tal vez por haber visto la foto de éste otro Ignacio Molina en el blog) se sintió confundido.
–Pensé que te habías quedado pelado –me dijo.


La presentación, en la Boutique del Libro de Palermo Viejo, consistió en una entrevista con Silvia Hopenhayn. Yo me tuve que ir antes de que sirvieran la copa de vino, y como ya estamos a fin de mes no pude comprar la novela.

A mi humilde juicio, Vitagliano es uno de los narradores más interesantes de su generación y un férreo militante de la literatura; da clases en la UBA y, aun sabiendo que "uno pasa tres años escribiendo una novela de la que el mundo ni se va a enterar", ya tiene siete libros publicados y algunos más inéditos.

Hace once o doce años, en un local de Juramento y 11 de Septiembre donde antes había un bar y ahora hay una farmacia, Vitagliano, después de leer mis primeros y hoy vergonzantes cuentos, me dio algunos consejos prácticos.
–Ojalá te sirvan para seguir escribiendo –me dijo mientras llamábamos al mozo. Yo había pedido una lata de cerveza y él un café, que después me arrepentí de no haberle pagado.


Sus libros, anteriores y posteriores a esa fecha, así transcurran en un Flores contemporáneo o en el Tigre de los años cincuenta, son novelas extrañamente familiares –en el amplio sentido del término–, tal vez porque sus personajes intuyan que "en las micro sociedades es donde se cocina el mundo". En muchas de ellas hay referencias a la cultura japonesa, y en todas –me permito develar un guiño, y adivino que en La educación de los sentidos también– hay mujeres con vestidos azules.

30 de marzo de 2006

Grupo y factor

Esta mañana, como hace nueve meses, fui a que me sacaran sangre. Aquella vez, por indicación de un médico que necesitaba saber el origen de mi migraña; hoy, para confirmar mi grupo y factor sanguíneo a pedido del obstetra. Él me había dicho que sólo me harían un pequeño pinchazo en la yema de un dedo, pero la mujer encargada de las extracciones me dijo que no. Tuve que sacarme el buzo, arremangarme la camisa, estirar el brazo derecho, apretar el puño hasta que se me hinchara la vena, y respirar profundo al sentir el frío de la aguja.

A Melina ya se le nota la panza; acaba de entrar en el quinto mes de embarazo. Ya superó la etapa de náuseas y mareos, y hasta ahora, que yo sepa, tuvo dos antojos fuertes: una noche le pidió a su papá que la llevase a comer tallarines a la parissien, y una mañana me llamó desde el trabajo para decirme que sentía en las papilas gustativas el sabor de una manzana verde y que ninguno de sus compañeros quería bajar a la verdulería.

En el supermercado los cajeros le permiten evitar las colas, y en los colectivos, me contó anoche, la mayoría de los pasajeros se hace la desentendida; giran la cabeza y miran por la ventanilla para no dejarle el lugar. El domingo pasado, cuando la acompañé hasta su casa en un 151 lleno, un cuarentón de pelo largo que viajaba parado, luego de mirarle la panza, se me anticipó:
–A ver si alguien le da el asiento a la señora de verde, que está embarazada, por favor –pidió en voz muy alta, y yo, aunque me sentí bastante contrariado por el término "señora", tuve que girar el cuello para agradecerle con la mirada.

28 de marzo de 2006

González

Escuché la voz de González, el portero del edificio de al lado, a tra­vés de la ventanilla por la que atendía a los clientes:
–Flaco, hoy hace treinta años que me metieron en cana –me dijo como al pasar mientras terminaba de barrer la vereda.

"Si no la contaba se moría", decía mi viejo cada vez que alguien –el mozo de un bar o un conocido que nos cruzábamos por la calle– se ale­jaba con una sonrisa de satisfacción luego de contar­nos su anécdota. Re­cordé esa frase mientras le preguntaba a Gonzá­lez "¿a quién boleteaste?", antes de abrirle la puerta del local suponiendo que ésta superaría en calidad a su promedio de historias.

González entró, buscó un Jorgito blanco en la caramelera, apoyó la escoba contra la heladera exhibidora y contó algo más o menos así:

–Sí, hace treinta años volvió Perón. Pero esto no tiene nada que ver, o casi nada. Calculá que yo tenía quince años. Vivía en Mar del Plata, y a veces, como mi viejo me mandaba a laburar, ha­cía changas ayudando a un tipo que colocaba alfombras y corti­nados . . . Sí, cuando me iba mal en la escuela . . . Bueno, re­sulta que un día, volvía a mi casa a la tarde, y me para un pa­tru­llero, salió un tipo, un cana de civil, me metió adentro a los golpes, y en el asiento de atrás me siguieron pegando. "¿Adónde está la guita, pibe?", me decían. ¿Qué mierda pasaba? . . . Yo no enten­día nada, no podía ni ha­blar. Cagado en las patas estaba . . . Sí, quince años tenía, un pendejito era . . . Perá que te cuento . . . Parece que a una señora, una vieja, que le habíamos he­cho un laburo en la casa, le falta­ban como 40.000 dólares de la caja fuerte. Le habían afa­nado, y cuando fue a hacer la denuncia y le pre­guntaron de quién sos­pe­chaba me mandó en cana a mí . . . Sí, vieja de mierda . . . Yo no tenía nada que ver . . . No, qué me van a soltar en­se­guida. Más de un día me tu­vieron ence­rrado . . . Y los canas estaban convencidos de que yo era el chorro, o se hacían los que estaban con­vencidos. A la noche me si­guie­ron pegando, me preguntaban por la guita y ahí me contaron que la vieja esa me ha­bía botoneado mal, y después me torturaron para que firme un papel: las manos contra la pared y pi­cana en los testí­culos . . . sí, picana . . . firmé una declaración o algo así . . . Al otro día mi vieja me llevó dos sángu­ches de milanesa así gigantes a la comisaría, y los gua­chos no me dieron nada, me los mostraron y se los comieron ellos . . . Al final me lar­ga­ron, pero quedé enganchado. Mi viejo se gastó no sé cuánta guita en un abogado y quedé como inocente, pero la vieja esa se­guía pen­sando que era yo. Una vez se cruzó a mi vieja en la calle y le dijo "cuide mejor a su nene" . . . Sí, picana en los testículos, no sabés cómo quema . . .

Supongo que, si en ese momento no hubiera habido una clienta es­cu­chando, González habría gesticulado más y, en vez de "los testículos", habría dicho "los huevos" o "las pe­lotas".

*

Ese invierno tuve que dejar el kiosco, y al verano siguiente fui a pa­sar unos días a Mar del Plata con mi novia. Una tarde nublada salí del hotel, crucé la calle, y no me sorprendió escuchar la voz de González que me llamaba desde el interior de un bar.

Nos saludamos con un abrazo; parecía contento de verme. Me pi­dió que me sentara y, después de contarme trivialidades y de pre­gun­tarme que quería tomar, señaló a uno de los tipos que ocu­paban la mesa del fondo del local.
–¿Te acordás cómo me contabas que te vengarías?

Aunque el hombre ya andaba cerca de los sesenta años, González es­taba seguro de que era uno de sus torturadores. Además, había he­cho una pequeña investigación y, durante casi una semana, había armado un cronograma de su ru­tina. El tipo rengueaba, tenía una bala alo­jada en una rodilla y mantenía una disciplina policial: cada tarde, a las siete en punto, cruzaba lentamente la calle y se encontraba en el bar, para tomar un vermut y jugar a las cartas, con otros retirados de la fuerza.

Al día siguiente salió el sol y pude ir a la playa. A las siete de la tarde, de vuelta en el hotel, giraba las canillas de la ducha cuando es­cu­ché, sin una frenada premonitoria, el ruido seco de un golpe y un grito de mujer. Lo primero que vi al asomarme por la ventana fue el te­cho del Peugeot de González, que había quedado con una de sus ruedas delan­teras encima de la vereda. Durante el tiempo que yo había tardado en cruzar la ha­bita­ción, desnudo y mojado, ya se habían juntado unos diez curio­sos en la esquina, y al­gunos más se aso­maban por la puerta del bar.

23 de marzo de 2006

24/3

22 de marzo de 2006

"Día del guerrillero"

Hace unas semanas, en los comments de este post, afirmé que en el diario fascista de mi ciudad natal se publican las editoriales más absurdas de la historia periodísitca argentina. Para muestra de ello, basta apretar un botón.

21 de marzo de 2006

Domingo

Doblamos hacia Libertador a la altura del Monumental. Aunque todavía faltan más de siete horas para el inicio del partido, en las veredas ya hay hinchas con banderas y camisetas aurinegras. Muchos lugares por los que pasamos (Obras, ESMA, un departamento frente a la Raggio) me hacen recordar algo. Subimos a la General Paz y enfilamos hacia la Panamericana.

En la casa que alquila su familia cerca de Pilar nos espera el cumpleaños de mi sobrina. Cuando me avisaron que ella estaba por nacer, hoy hace siete años, yo estaba tirado en la cama mirando Gasoleros. Era viernes a la noche. Llamé a un amigo de entonces para decirle que no me esperase a comer, y, camino a la clínica, para evitar los nervios del parto dejé pasar varios colectivos.

En el bolso llevo un diario, en el auto está La Nación, y en la casa una revista Noticias. Hojeo todo durante la picada que antecede al asado, pero, como me fastidian algunas de las firmas que opinan sobre el aniversario del golpe militar, le presto atención sólo a las secciones de cultura.

El día está soleado. Los nenes comen en una mesa aparte. Calculo que mi otro sobrino tiene la edad que va a tener Fausto en menos de un año y medio. Yo no genero temas de conversación pero respondo a preguntas. De postre hay una mousse de chocolate gigante, pero yo, migrañoso, tengo que endulzarme con un budín de naranja.

Más tarde, abortada la idea de ir a la cancha, vemos por televisión el partido de Olimpo. Mi cuñado jugó una cena con su cuñado. Aunque el empate me favorecería, yo no me sumo a la apuesta. Cuando River mete el tercer gol me voy afuera a leer, y cuando no aguanto más los mosquitos vuelvo al living y enciendo la notebook.

Cinco mensajes nuevos en la bandeja de entrada. Dejo los más prometedores para el final: Javier Moscarola, de
Al mar por naranjas, me invita a la sección literaria de los martes de "Rosa molesta", programa que va todos los mediodías por FM La Tribu. Y Andrea me responde desde su gira por Madrid el mail en que yo la puse al tanto del sexo de mi hijo. Ella me comenta que el suyo ya empezó a gatear, me pide la dirección del blog y me cuenta que se compro una casa en Barcelona a pagar en treinta años.

Cuando esa casa esté paga yo voy a tener casi sesenta, pienso mientras apago la computadora. Voy a ser casi un jubilado sin jubilación, me digo en voz baja, y, con tal de no seguir pensando en eso, me concentro en los segundos finales del partido.

20 de marzo de 2006

Sábado

Camino al video club vimos, desde una de las esquinas donde una avenida de Boedo se transforma en calle, cómo un motociclista llevaba por delante a una señora mayor. En realidad escuchamos el grito del marido de la mujer y, cuando giramos las cabezas, vimos el cuerpo tendido en el asfalto y al motociclista que, ya a una cuadra de ahí, se­guía alejándose a toda velocidad.

–La concha de tu madre –gritaba el hombre viejo, mientras con­firmaba que su mujer no estaba muerta, como si el asesino en potencia pudiera escucharlo.


Más temprano, en un gimnasio del barrio, mientras hacíamos la cola en la secretaría para averiguar si daban clases de natación para embarazadas, seguimos la conversación entre el empleado administra­tivo y la mamá de una nena de once o doce años:
–No, el viernes por el feriado no abrimos.
–¿Y por qué es feriado el viernes?
–La verdad que no tengo ni idea.

Ninguno de los dos había abierto un diario ni mirado un noticiero en los últimos días, y tampoco se esforzaban en relacionar la fecha del viernes con algún hecho histórico. Por suerte, cuando sentí que esta­ban por preguntarme a mí la razón del feriado (no hubiera sabido con qué tono responderles), escuchamos ladridos y gritos en la vereda.

Por lo que pude escuchar después, un perro muy feo que estaba atado a un poste frente a la entrada del supermercado de al lado había mordido a dos perras que paseaban con sus dueños por ahí. Luego de los primeros ladridos de furia y aullidos de dolor, los dueños habían acariciado y besado a sus mascotas y, primero juntos y después alterna­damente, habían puteado al perro agresor.

–La concha de tu madre –le dijo uno de ellos a los gritos, como si el animal pudiera entenderlo, y después de atar a la suya se quedó mirando fijo al malo y esperando, con los puños cerrados, a que alguien saliera del supermercado y se hiciera cargo de él.

14 de marzo de 2006

Motivo

Muchas veces, durante mis años adolescentes, no encontraba una respuesta cuando me cuestionaba acerca de los motivos que justificaban mi presencia en el mundo.

Hoy, en medio de tantas incertidumbres, al menos sé que, de ahora en más, antes ese tipo de preguntas siempre voy a tener una misma contestación.

(En posición de lectura, flotando sobre líquido amniótico, hay un proyecto de Molina de once centímetros)

13 de marzo de 2006

Es la reina y . . .

Editorial Linguarium Dabo invita a leer la novela corta Es la reina y..., de Carolina Berduque.

Dos voces. Una madre y una hija. Una víctima y su victimaria. Una relación compleja que se entrelaza en dos discursos paralelos. Y una historia que fluye debajo de sus palabras y amenaza con destruirlas a ambas.Nacida originalmente como un juego de palabras a partir del cuento Alina Reyes, de Julio Cortázar, esta novela trabaja sobre la idea del doble, tan transitada ya en la literatura, pero siempre fértil. Si de Alina Reyes, por obra anagramática, Cortázar juega con la idea de que "es la reina y...", en esta historia se plantea que también puede ser la mendiga, cuyos pies se hunden en la nieve.

12 de marzo de 2006

Colombroño II

Atención: para las multitudes que me buscan en Google, este Ignacio Molina no soy yo.

9 de marzo de 2006

Jornadas literarias

FOTOS

En plena madrugada, haciendo gala de una sin igual militancia bloguera, y cuando a mí todavía me faltaban un par de horas para llegar muy debilitado a Palermo Trenque Lauquen, Ramón Paz escribió en los comments de este post:

molina se quedó cantando tangos de soslayo junto a levín hace un rato. pero puedo decir que ahí estaba y prepara ya "los estantes vacíos" que alude desde el título creo a parejas separadas que de pronto tienen que vaciar estantes o se ven frente a estantes que antes de la separación no estaban vacíos. el libro está en galeras, o en gateras, y ya sale para marzo o abril. ahí quedaron coreando tangos. son las cuatro y media de la mañana. he visto la eutanasia canina de la que habla este post. es horrible que suceda pero sucede. cachorros ciegos muertos. etc. a dormir.

Mientras Ramón escribía eso, en el bar del barrio del Abasto se producía un cambio de repertorio timoneado por Levín: de tangos bajos a rock nacional y después a candombes y a milongas uruguayas. Antes, con Santiago Llach, Juan Incardona, Funes y hasta el mismo Ramón aún presentes, se habían entonado estrofas de la marcha radical, de La Internacional y de la marcha peronista (perdón Rex, por cantarla con tanta liviandad al lado tuyo). Cuando el coro llegaba al verso "combatiendo al capital", Llach, al igual que Adelina de Viola en los actos menemistas de los noventa, hacía una mueca y se quedaba callado.

Un par de horas más temprano, mientras, en un restaurante peruano del barrio de Congreso, Levín y yo escuchábamos a Pablo Ramos contar cómo había abandonado la propiedad de una empresa millonaria para dedicarse a escribir, y a Carlos Gamerro relatar sus desventuras en el mundo editorial, Ramón había sido protagonista de un altercado cuasi policial. Contará la leyenda que, luego de presenciar cómo un hombre le pegaba a una mujer en la calle ("una mina está fajando a una mujer", me había confundido Funes, en comunicación telefónica con el lugar de los hechos) y al ver que el tipo se dirigía hacia él simulando estar a punto de desenfundar un revólver, Paz le pidió ayuda a los gritos a un policía.

Más temprano todavía, en otro bar de la ciudad y con la magnífica excusa de la presentación de Los asesinos tímidos –revista de opinión y crítica literaria, dirigida por Juan José Burzi y María Eugenia Rombolá, en la que colaboro con una reseña al último libro de Martín Rejtman–, yo había conocido a Leonardo Oyola, muy buen tipo y autor de la novela Siete, el Tigre Harapiento, y Ricardo Romero, escritor y editor del sello Gárgola y de la revista Oliverio, me había acusado de pirata.
–El tuyo es el único blog que cuando entrás te aparece una publicidad –me dijo–, sos un pirata.
–Ponete un blog, Romero –le respondí yo–, te cambia la vida.

En ese bar también estaban, entro otros y además de los ya nombrados, varios integrantes de Alejandría, Nicoleta, Oliverio Coelho –que al día siguiente presentaría su nueva novela en el MALBA– y la administradora de La vida en Pijamas (no escribo su nombre porque parece que no quiere que sus jefes puedan llegar a enterarse de que es la autora de ese blog).

Los asesinos tímidos es bimestral y se consigue al módico precio de dos pesos. Este número debut trae varias reseñas, una entrevista a Gamerro y un artículo de Romero, "Elogio del errar", del cual copio las líneas que pude leer mientras volvía a mi casa en un 140: "Escribir es la bifurcación, el camino hacia el castillo del vampiro o la casona de la familia caníbal que tomaremos mientras el espectador que somos se dice a sí mismo, ´pero no se da cuenta de que para ese lado lo van a matar'."

*

Hacia el final de la noche, en el tugurio del Abasto, cuando casi todos los nombrados en el tercer párrafo se fueron, los demás comensales ocuparon la mesa en la que estábamos con Levín. Uno de los viejos tangueros, al notar que sabíamos tantos candombes y milongas, nos increpó: "ustedes los uruguayos están cada vez más en pedo", y yo me sentí un poco mal cuando un gordo barbudo con pretensiones de arrabalero, señalándome a mí, y tal vez por la camisa que tenía puesta o quién saber por qué, le preguntó entre risas a Federico:
–Flaco, ¿dónde lo trajiste?


6 de marzo de 2006

"Media pila, Molina"

Ay ay ay, por favor, Terranova, no me hagas reír:

Querido Molina, ¿Cómo vas a escribir con tanta precisión sobre esos temas? La gente es sensible. Los podés afectar. Yo me putié en los comments una vez con Molina, y cuando lo conocí se lo dije. Ahora él tiene un blog donde escribe sobre muelas y soledad, y también tiene un libro que siempre está por salir. No sé qué edad tiene Molina. Pero sé que si alguna vez duda de su talento literario, habría que ir a buscarlo para que se pusiera media pila. "Media Pila, Molina- le diría yo-, sos un escritor, no es joda." Y Molina se reiría, obvio.

3 de marzo de 2006

Blogs que vienen y van

Por estos días hay buenos blogs que bajan la persiana, como el de Obelix (uno de los primeros que leí y uno de los que seguía diariamente -aunque su autor nunca se haya acordado de linkearme, ejem-) pero, por suerte, también hay otros blogs que vuelven a actualizarse, como el de Vico, que deleita con sus historias como hasta antes de su inexplicable parate.

2 de marzo de 2006

28 de febrero de 2006

Los asesinos tímidos

El 7 de marzo, a las 21.00 hs, en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525) presentaremos la revista Los asesinos tímidos. Habrá un brindis y música en vivo.

Colaboran en este 1er. número:

*Juan Pablo Bertazza

*Jorge Dazet

*Ignacio Molina

*Diego Mytilene

*Ricardo Romero

*Edgardo Scott

*Enrique Solinas

*Cecilia Somoza

¡Los esperamos!

Juan José Burzi y Eugenia Rombolá.

24 de febrero de 2006

Muelas

Una vez mi papá me explicó por qué el dolor de muelas se sufre más de noche: "por la soledad, porque está todo calmo y oscuro, y eso te hace sentir más desprotegido". Supongo que con la angustia debe pasar algo similar: enseguida te quita el sueño, y se instala en el silencio de la noche como lo único tangible.

Hoy me desperté a las cinco. Al oír el ruido de la lluvia fui a cerrar la ventana del escritorio, y me quedé viendo la calle desierta y mojada y las copas de los árboles movidas por el viento. Volví a la cama. Para pensar en otra cosa, o no pensar en nada, prendí el televisor.

En canal 9 pasaban video clips y, por la parte inferior de la pantalla, titulares dudosamente informativos: Messi de doctoró en Londres, don Julio se animó, San Lorenzo continúa afilado, Sigue el lío por las papeleras. Imaginé a los pibes que se encargan de esas líneas diciendo: "mandemos fruta, total a esta hora nadie nos da pelota".

Crónica TV. Había muerto el conductor de un auto tras chocar contra un árbol en Belgrano. Y un senador uruguayo le proponía al pueblo levantarse en armas para resguardar sus intereses. Debe ser un carcamán tupamaro, pensé, antes quería armarse para destruir al capitalismo, ahora para defender su peor expresión.

En una entrevista en Canal á, Daniel Link opinaba que los premios de las editoriales y de los diarios no tienen ningún valor literario ("sólo sirven para ganar más plata") y se refería a los blogs como espacios donde cada uno puede dar cuenta de su presencia en el marco de una marea mediática cada vez más alta.

En el canal chileno pasaban imágenes del lago de Villarica. Hace cinco años fuimos ahí con Melina. Habíamos estado unos días en Bariloche, en la casa de una amiga de ella, y cruzamos a Chile por el paso Cardenal Samoré. Bajamos en la primera ciudad, cambiamos plata argentina por chilena y tomamos otro ómnibus hasta Pucón. En ese último año del 1 a1 éramos turistas de lujo: paramos en una buena hostería, compramos ropa y comimos afuera todos los días.
Pasamos una semana ahí, y después, creyendo que era tan lindo como San Martín de los Andes, un par de días en Junín de los Andes, un pueblito parecido a cualquier pueblo sin gracia de la provincia de Buenos Aires. Eso sí, tenía un rasgo distintivo: era la única localidad del país cuya plaza principal estaba delimitada por un cerco de plantas.

El dueño del hotel escribió mi nombre con hache mientras decía "qué jodido eh, te hubieran puesto Molina solo", y me comentó que yo tenía el mismo apellido que un amigo de su familia. Un año y medio después, el día en que mataban a los piqueteros en la estación de Avellaneda, trasladé y adapté esa escena a Kilómetro Cero, el cuento que abre Los estantes vacíos.

Apagué el televisor cerca del amanecer. Ya no llovía pero el viento seguía soplando. A medida que el cielo cambiaba de color (a bordó, a turquesa, a celeste) yo, intentando no pensar en nada, me iba metiendo en un sueño.

20 de febrero de 2006

El pique de la naranja

Jugábamos los domingos a la mañana. Para combatir las lesio­nes por congelamiento, el grupo de padres que siempre nos acom­pañaba nos daba un gel para las manos. Nosotros, los de Napostá, no teníamos pro­blemas para golear a los clubes más alejados del centro: Pue­yrredón, Velocidad y Resistencia, Estrella, La Falda, San Lorenzo del Sud. El panorama se complicaba cuando visitá­bamos a los más grandes: Estudiantes, Olimpo, Pacífico, Villa Mitre, Bahiense del Norte, equipos que entrenaban muy fuerte y que conta­ban con futuros jugadores pro­fe­sionales de la Liga Nacional, de las ligas europeas y hasta de la NBA.

A veces me parece oír el pique de la naranja contra el parquet de las canchas o las baldosas de la vereda. Como a Sportivo Bahiense, el rival histórico del barrio, ya era demasiado fácil ganarle, nuestro nuevo clásico era con Liniers, el otro club de la avenida: los partidos de las categorías Cadetes o Ju­veniles podían terminar a las trompadas, y la bronca se agrandó cuando nuestro ayuda-base de Infantiles, una de las mayo­res espe­ranzas del semillero, pasó por algunos miles de australes a Liniers.

En sus charlas técnicas, el entre­nador, que integraba el equipo de primera del club, nos incul­caba el compañerismo y el amor al ba­rrio como motiva­ciones principales. Cuando ESPN llegó a la tevé por cable, nos juntábamos en la casa de un pibe, a la vuelta de la cancha, para ver los partidos de los Chicago Bulls, Los Angeles Lakers o los Boston Celtics: Magic, Bird y Jordan en directo y a todo color.

Pese a que a nivel nacional casi todos éramos hinchas de algu­no de los tres representantes de la ciudad, a nivel local seguíamos a Napostá a todas las canchas. Las entradas a los partidos salían muy baratas, pero siempre, apañados por los dirigentes, los de las divi­siones me­nores entrábamos gratis. Luego de ganar un playoff por no des­cen­der, a finales de los ochenta, tuvimos que irnos corriendo de la cancha de Alem perseguidos por la hinchada futbolera de sus vecinos de Bella Vista.

Como jugador, mi mayor hazaña fue en la cancha de Pacífico: aunque jugaba de ala y no tenía buen tiro externo, metí el triple de la victoria sobre la chicharra final. Ese día fui sacado en andas por mis compañeros, pero a la fecha siguiente, cuando, gracias a un error mío, perdimos por un punto de locales con Bahiense del Norte, casi me quiebro un dedo al pegarle con el puño a la puerta de chapa del buffet. "Ya está che, no te calentés", vino a consolarme uno de los pi­bes del equipo contrario. Ese pibe era narigón, se llamaba Emanuel pero le decían Gino, había sido la figura del partido y tenía un hermano mayor que ya salía en el diario.

15 de febrero de 2006

Maratón

Escribir durante muchas horas seguidas me cansa mental y físicamente; supongo que, aunque de una manera diferente, casi tanto como jugar un partido de básquet o correr una maratón. Generalmente, cuando intento encaminar un texto de largo aliento y tengo horas disponibles por delante, alterno períodos sentado frente a la computadora con períodos recostado en la cama, donde escucho música, pienso en otra cosa o releo algunas líneas. Una vez escuché que nadie puede mantener la misma atención en algo durante más de cincuenta minutos. Siempre, por si consigo que la voz que tecleaba pueda seguir pendiente al rumbo de la historia en mi cabeza, llevo una birome y un cuaderno a la cama para ir dando cuenta de las palabras que surjan.

Hoy, para alargar el día, me desperté a las siete y media. Me lavé la cara con agua fría, prendí la computadora y puse una taza de leche en el microondas. Después, como para ir entrando en calor, escribí uno de los sueños que recordaba:


La chica con la que había arreglado salir vivía en un edificio de mi cuadra. Cuando tocaba el timbre y la veía abrir la puerta me asustaba: ella tenía una cara de plástico y una cabeza sin pelos. El resto de su cuerpo estaba normal, tal como lo había conocido, pero del cuello para arriba era como un maniquí inexpresivo.

–No te preocupes, siempre me pasa esto entre las diez y las doce –decía ella al notar mi angustia. Yo me fijaba la hora: eran la diez y un minuto. Su boca no se movía; su voz salía, como desde un parlante, a través de dos hendiduras que tenía en cada comisura de los labios.

Después ella intentaba besarme: se sentaba a mi lado en la cama y acercaba su cara de muñeca gigante a la mía. Yo, al correrme hacia atrás por la impresión, me golpeaba la cabeza contra la pared y me desmayaba.

Me despertaba a las doce y media. Ella ya tenía su cara normal y estaba vestida con un camisón transparente. Yo tenía sólo un sombrero de pescador, y eso me hacía llorar. En el cuarto había cinco amigas suyas, que hablaban de mí en voz baja y comían un bizcochuelo con dulce de ciruela. Ella se arrodillaba frente a mí, me peinaba con una mano, y, antes de inclinarse sobre mi pecho, me decía que nadie puede mantener la misma tensión durante dos horas y media.

14 de febrero de 2006

Laspada

El Pelado Laspada es el abanderado
de los jugadores humildes;
día tras día,
semana tras semana,
mes tras mes y los noventa
minutos enteros que dura el cotejo,
el Pelado Laspada roe con tenacidad
el hueso de su torpeza:
masca / rasca / muerde / traba.

Se pela el ukelele contra el verde,
la suda y con un shot
ajustado y potente envía
el esférico a Puerto Belgrano,
donde los marines del Almirante Rojas
lo ven venir en llamas y creen
que se trata de un ataque terrorista
de la izquierda apátrida y peronista argentina.
Vicente Federico Massot piensa
que todas las izquierdas son
apátridas y subversivas,
debido al consumo excesivo de drogas,
una educación libertina y tendenciosa
sin rigor ni disciplina,
y la adhesión a sectas
y cultos satánicos; pero más que nada piensa
que la izquierda peronista argentina
es más apátrida y subversiva
que ninguna, porque es bien nuestra
como el churrasco, el mate, y
el dulce de leche, y no nos olvidemos
del tango, qué carajo, Viva la Patria,
entonemos con respeto las estrofas
del Himno Nacional Argentino:
Oíd mortales...

El Pelado Laspada no es
pequeño, peludo y suave.

El Pelado Laspada sueña que es Maradona
y cuando despierta no sabe
si es el Pelado Laspada sonando ser Maradona
o si es Maradona que flashea
ser el Pelado Laspada.

(...)

En la noticia deportiva
la maquinaria policial
de la prensa fascista
marca el uso correcto de la lengua:
donde el héroe de las canchas
declara que "pusimos huevos"
el cronista glosa, eleva: "con enjundia",
"con coraje impar", "con el empeño"
"que reclamaba la parcialidad".

Conmovedora resulta entonces
la imagen de esos gentlemen
que a su equipo de tal modo exhortan:
"pongan empeño que hoy sin duda
ha de ser nuestra la victoria".

El procedimiento exhibe
una política de la escritura
que en el caso del periódico fascista
es una política de estado:
supresión del elemento indeseado
y su reemplazo por piezas funcionales
a la normativa vigente
según criterios irreductos
de elevación y embellecimiento;
así, el periodista deportivo devenido
arbiter linguorum, sumo sacerdote
de la escritura sanitaria,
sacrifica ante el altar de la pureza
los huevos de zaguero
y acompaña el ritual con un puñado
de vaguedades altisonantes
a manera de oración.



Marcelo Díaz (Bahía Blanca, 1965), es editor de voxvirtual, colabora en Diario de Poesía y en www.bazaramericano.com, el sitio de Punto de Vista.

10 de febrero de 2006

Chat conyugal culinario

-Hola, volví.
-¿Dónde fuiste?
-A ningún lado, se me desconectó.
-¿Cómo andás?
-Bien. Medio disfónica.
-¿Por qué? ¿Chupaste frío?
-Sí, mucho.
-¿No fuiste abrigada?
-Sí, pero hacía mucho frío. Y ya vengo medio mal. Así que me parece que tengo que darle a los paños otra vez. Porque tengo esa tos fea de pecho.
-Paños calientes. Qué bajón.
-Sí. Che, ¿no averiguaste nada de los libros, no?
-Me fijé y no encontré ninguno. Por las dudas, hoy le pregunto si tiene alguno.
-Che
-¿Qué?
-Hoy es el día del periodista agropecuario
-Nooooooooooo. ¿Posta?
-Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii
-Copado, felicitaciones.
-Gracias, ¿qué me vas a regalar?
-No sé. ¿Qué querés?
-Qué se yo, nada.
-Una vaquita
-Una vaquita lechera.
-Una vauquita de dulce de leche. ¿Todos te felicitaron en la redacción?
-Sí, maso. ¿Qué vamos a comer?
-Lo que vos quieras.
-No sé. ¿Vos no te animas a hacer tarta, no?
-Decime cómo se hace, sucintamente, y la hago.
-Ok. Atendeme.
-Dale
-Lavá todos los zapallitos, cortalos en cubitos, cortá dos cebollas grandes, poné todo eso en una olla mediana con un chorrito de aceite y al fuego. Ponele dos tazas de agua y disolvele encima un cubito de sopa.
-Sí.
-Dejalo semi tapado y revolvelo cada tanto. Fijate que no se tiene que quedar sin agua, pero tampoco hacerse una sopa.
-Bueno.
-El agua es simplemente para que se cocine y no se pegue
-Claro.
-Calculá que más a menos a la media hora los zapallitos ya están listos, tienen que estar blandos, tenés que poder cortarlos con un tenedor. ¿Me seguís?
-O sea que tengo que empezar a la una más o menos
-Y sí, ¿pero me seguís?
-Sí, igual imprimo todo esto.
-13.15, más o menos.
-Ok. ¿Y después?
-Una vez que está todo eso, lo colas para sacarle el agua y lo ponés en el bol de vidrio, ahí le agregás sal, queso rayado, un poco de pimienta, una cucharada de maizena y dos huevos.
-Perfecto.
-Revolvés para que todo se mezcle.
-Grosso.
-Después ponés un poco de aceite en la asadera redonda y ponés la tapa de tarta. Tratá de estirarla bien, pero sin que se rompa, después hacele unos agujeritos con un tenedor. Después poné el preparado y esparcilo por toda la superficie lo más parejo posible, agregale queso rayado por encima y metelo en el horno.
-Fantástico.
-Antes precalentá el horno unos cinco minutos.
-Ok
-¿Entendiste o te complique demasiado?
-No, todo bien.
-Sino dejá todo y comemos paty.
-Voy a intentarlo
-Mmmmmmm, qué miedo.
-Vamos a ver.
-¿Pero tenés alguna duda?
-Desde que dijiste “tarta” hasta ahora, todo.
-Dale.
-No, lo voy a hacer siguiendo las instrucciones
-Ok, cualquier cosa llamame al celu.
-Ok.
-Sino de verdad, dejalo y yo lo hago mañana y ahora comemos otra cosa.
-No, lo voy a intentar.
-Ok, es un gran desafío
-Claro. Ya veremos. Comprate un sánguche por las dudas.
-Por las dudas tené un plan B.
-Eehhh, no me va a quedar espacio en la cocina.
-¿Para qué?
-Para el plan B.
-Che, pero de verdad, si es mucha complicación dejalo.
-No, algo haré.
-Como quieras, lo que pasa es que lleva tiempo.
-Empiezo a la una
-Sí, más o menos.
-Ok
-Bueno, preparo mi paladar entonces.
-Ok.
-¿Va a quedar buena?
-Va a ser la mejor tarta que comas en tu vida.
-Espero. Ahí entra mi jefe, me desconecto.
-Chau, felíz día.
-Chau.

8 de febrero de 2006

Novela digital de Margulis

Todavía no terminé de leer la novela, pero transcribo el mail de Alejandro Margulis para que aquellos que estén interesados puedan ir sacando sus propias conclusiones:


Estimados amigos:

Me gustaría mucho invitarlos a conocer la novela digital "Fin de cita" que acabo de publicar en
http://www.elortiba.org/findecita1.html.

La invitación es por cierto interesada, ya que aliento la esperanza de que alguno de ustedes pueda escribir algo sobre ella, lo más públicamente posible, y de paso cañazo (si aún no lo han hecho) sobre lo que está ocurriendo o llegará a ocurrir según ustedes crean con la literatura digital.

Es mi humilde parecer que en estos tiempos -quizás más que nunca antes- esta alternativa se ha convertido en un gran espacio de resistencia que las nuevas propuestas estéticas ofrecen frente a las restricciones de la política editorial centrada exclusivamente en el mercado.

Saludos muy cordiales,

Alejandro Margulis
www.ayeshalibros.com.ar

7 de febrero de 2006

González en la remisería

Escuché la voz de González, el portero del edificio de al lado, a través de la ventanilla por la que atendía a los clientes:

–Flaco, hoy hace treinta años que me metieron en cana –me dijo como al pasar mientras terminaba de barrer la vereda.

"Si no la contaba se moría", decía mi viejo cada vez que alguien –el mozo de un bar o un conocido que nos cruzábamos por la calle– se alejaba con una sonrisa de satisfacción luego de contarnos su anécdota.


(La aneda completa en el Remisero Absoluto)

6 de febrero de 2006

Imaginé una ciudad

(Mientras miraba cantar
al músico popular
y los pibes fumaban
y las chicas bailaban
y el viento volvía a soplar
en los bosques de Palermo
y un tipo le informaba
a su mujer que todavía
le quedaban por vender
veinte latas de gaseosa)

Imaginé una ciudad gigante,
una provincia sin campos.
Edificios grises y patios,
de Junín a Patagones,
de Bragado a Capital.
Una ciudad gigante y oscura
colectivos sesenta de larga distancia,
la costa del mar repleta de fábricas
y el límite oeste cubierto de flores.
Avenidas interminables sin nombres
esquinas desiertas y hundidas.
Una ciudad gigante y luminosa
colmada de amigos y ex novias,
una ciudad sin teléfonos celulares
un mundo nuevo sin colers ai dís.

1 de febrero de 2006

A oscuras (4:00 AM)

-Tío, ¿estás durmiendo? Tengo que hacerte una pregunta.

-No, chiquita. Decime.

-¿Por qué te gusta tanto leer?

-Yo qué sé...porque está bueno, es lindo.

-Y por qué es lindo?

-No sé...es placentero.

-¿Y eso qué quiere decir?

-Y, no sé... es como cerrar los ojos en la cama cuando tenés mucho sueño, o empezar a hacer pis cuando te duele la panza de tantas ganas que tenías. Algo así, pero mejor.

-Ah. ¿Y qué te gusta más leer: los libros que escribís vos, o cuentos, o diarios o revistas?

-Cuentos.

-No te creo.

-Bueno, cuentos y novelas y cosas por el estilo. Diarios y revistas también, pero es diferente.

-Yo cuando tenga cincuenta años también me va a gustar leer.

-Un poco antes, supongo.

-...

-...

-Es verdad que si perdiste el diente en la playa igual viene el ratón Pérez.

-Creo que sí, pero tenés que estar bien dormida.

-...

-...

-Tío ¿te acordás cuando un gordo gritó "hay equipo", como en la propaganda de la tele que nos vuelve locos?

-Sí, fue espectacular.

-Y para mí que a las viejas les dicen "las chicas" para que las viejas no se enojen.

-Pobres viejas.

-Como dijo una vez el abuelo: viejas de mierda.