28 de julio de 2006
Papeles viejos
Ante mi respuesta se mostró curioso y entusiasmado: por qué y dónde escribía, a qué hora del día, cómo me surgía la inspiración. Antes me había contado que vive en Tapiales ("viene a ser provincia, a ocho cuadras de la General Paz a la altura de Mataderos"), me había hablado mal de sus vecinos que tienen hijos sin saber cómo criarlos, y me había preguntado si mi nombre de pila se escribía con hache.
–No te espantes eh. Lo que pasa que, con esto de la tecnología y los mensajes de texto, ya ni me acuerdo cómo se ponen las palabras.
–Además, por ahí te confundiste con Horacio, que sí se escribe con hache –intenté una segunda justificación.
Cuando estaba a punto de ser formateada la máquina se apagó por completo, como si alguien la hubiera desenchufado. El me dijo que no era nada grave pero que necesitaría más tiempo; tendría que llevársela a su casa para encontrar la falla y hacerle un parche. Me cobró veinte pesos a cuenta del arreglo final y quiso saber para cuándo la necesitaba. Mientras bajábamos en el ascensor volvió a hacerme preguntas sobre a la escritura, y llegó a la conclusión de que para mí no se trataba de una cuestión monetaria.
25 de julio de 2006
"El sentido de los espacios vacíos"
Los estantes vacíos es un continuo de discontinuos: momentos, fragmentos, fotografías que, como la ilustración de portada, no parecen sino instantes robados de una vida. Hay un lenguaje acertado y concreto en boca de un narrador humilde que logra un registro mimético de lo cotidiano. Así, con pasos lentos pero seguros, el libro va dibujando la geografía de una ciudad dormida. Los barrios y suburbios de Buenos Aires se vuelven de pronto escenario de los personajes, simpáticos flanêurs del subdesarrollo: calles, colectivos y grafittis son el fondo de diversas pinceladas que luego, en el conjunto, permiten (re)construir una historia. Como alguna vez hiciera Saer en sus Cicatrices, los personajes de Molina cruzan sus vidas acaso sin saberlo, o sí, cómo estar seguros . . .
(La reseña completa en Hojas de Tamarisco)
24 de julio de 2006
Día de campo
Al costado de la ruta que lleva a Cañuelas hay una construcción con forma de Castillo que tiene pintada en una de sus fachadas el aviso de un Tenedor Libre. Supongo que ese restaurante no existe más y calculo que el precio del menú (3 $) data de, por lo menos, la época en que un peso era lo mismo que un dólar. Muchas veces, viniendo en auto desde Bahía Blanca, esa pintada azul me anunció que ya estábamos cerca.*
Como único hombre del auto bajo a abrir la tranquera, y, cuando quiero cerrarla, tengo algunos problemas: me cuesta atraer hacia mí las dos puertas al mismo tiempo, y temo hacer el ridículo antes quienes me miran desde la casa. Cuando al fin cruzo la cadena y pongo el candado me doy cuenta que quedé del lado de afuera, y al saltar el alambrado estoy a punto de pisar una montaña de bosta.
*
En el horizonte no se ve a nadie: sólo campo fértil, hectáreas pobladas de vacas y de ovejas. Mientras hago jueguito con una pelota el cielo cambia de color y el viento empieza a refrescar. Tardo en ponerme el pulóver porque es el único abrigo que traje. Los nenes se hamacan, corren a un corderito, juegan con su papá, le piden cosas, duermen en sillones. Alguien dice que eso es lo que me espera. La pileta está vacía; la imagino llena de gente en verano y cubierta de hojas secas en otoño.
*
En el viaje de ida nuestro auto recibió un mensaje de texto avisando que en la Ñ había salido una reseña de mi libro. Cuando compré ese suplemento y me di cuenta de que sólo había salido una pastillita de cinco líneas, hice lo posible por no deprimirme. Alguien comenta eso mientras comemos las achuras, y pone en mi boca palabras que yo nunca dije.
–Y a partir de ahí no habló más –imagina otro, que hace lo posible por no deprimirse cuando nos enteramos de que el perro se comió las tiras que se asaban sobre la parrilla.
*
-¿Un presidente de origen vasco?
-Aramburu.
-Pero ese no fue un presidente.
-¿Ah, no? ¿Y qué fue? -Un golpista. O el título de un libro.
Mi equipo pierde por escándalo al Trivial. Le echo la culpa a mi escaso background teórico. No me perdono no recordar que Estudiantes de La Plata ganó la Intercontinental antes del 85 y que River después. Igual nos reímos. Llamativamente no hablamos de literatura ni de blogs en toda la tarde. Sólo un comentario aislado, cuando ya empieza a anochecer, mientras hablamos de tragedias:
–Habría que dejar constancia de las claves ante escribano público. Sería muy feo que te murieras y tu blog quedara flotando así para siempre, encabezado por un post medio boludo.
19 de julio de 2006
Imaginé una ciudad
una provincia sin campos.
Edificios grises y patios,
de Junín a Patagones,
de Bragado a Capital.
Una ciudad gigante y oscura
colectivos sesenta de larga distancia,
la costa del mar repleta de fábricas
y el límite oeste cubierto de flores.
Avenidas interminables sin nombres
esquinas desiertas y hundidas.
Una ciudad gigante y luminosa
colmada de amigos y ex novias,
una ciudad sin teléfonos celulares
un mundo nuevo sin colers ai dís.
17 de julio de 2006
"La cohesión de la apatía"
(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 9 de julio de 2006)Los estantes vacíos
Autor: Ignacio Molina
Género: cuento
Editorial: Entropía. $21
Por Nicolás Mavrakis
En su primer libro de cuentos, Ignacio Molina se propone abordar el género desde un particular manejo del lenguaje, el estilo y la forma; particularidad que fija su alejamiento de una tradición argentina de narradores tan consagrados como canonizados de cuya órbita, a tantos cuentistas de su misma generación, suele resultarles tan difícil escapar, innovación mediante.
Gracias al uso ininterrumpido de una escritura cuidadosamente despojada de todo ornamento y de toda pompa; una escritura que, a razón de su elaborada depuración del lenguaje entraña su aire inusual, Molina sitúa al lector ante un "estilo apático" que exige una atención distinta. Este estilo, que se impone como rasgo de una cohesión general –lo que distingue a una serie dispersa de cuentos agrupados en un mismo libro de una unidad significativa, es decir, de un libro de cuentos propiamente dicho–, surte, además, el efecto de dar vida instantánea a personajes a su vez decididamente "apáticos" (es evidente que Carver y Cheever figuran entre las lecturas predilectas del autor). Irresolución de ánimos que se traslada, también, a la forma misma de cuentos que, a veces interconectados como nouvelles, repiten personajes y alteran perspectivas en torno a una misma situación, como montajes cinematográficos en el que se brindaran planos generales y zooms.
Tramas incompletas que evaden lo tradicional; personajes que, si bien forman circuitos de relaciones privadas y espacios propios, escapan o se ven imposibilitados de toda relación -incluso amorosa y aún cívica- en una Buenos Aires construida como espacio de innumerables desplazamientos (abundan caminatas, trenes y colectivos) que tematizan cuestiones referidas al encierro y a la regresión; todo esto termina elaborando una opera prima con innegable personalidad propia.
12 de julio de 2006
Recursos Humanos
–Tenés un retraso de diez o quince minutos –me dice.
“No, de ocho o nueve años”, estoy a punto de responderle, pero enseguida me doy cuenta de lo que habla: en segunda fila estacionó un camión de caudales, y los empleados de la empresa se disponen a llevarse la recaudación del negocio.
Una vez, hace siete u ocho años, yo trabajé en esa empresa. Las oficinas centrales, por llamarlas de alguna manera, quedaban en una zona oscura y elevada de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo. Mi tarea consistía en contar el dinero que los camiones traían de los comercios y de los Bancos. Encerrados en cabinas individuales de dos por dos y paredes transparentes, los empleados recibían los fajos de billetes y las monedas en grandes sacos y consignaban las cifras que arrojaban las cuentas en una computadora. No podían hablar entre ellos, y, para alejar las manos de la mesa de trabajo, debían mirar a la cámara que colgaba del techo de la cabina y avisar en voz alta, por ejemplo, “voy a toser” o “me voy a rascar un tobillo”. Las seis jornadas semanales eran de nueve horas diarias, de diez de la noche a seis de la manaña, y el sueldo era de 450 pesos.
-Claro que con el presentismo aumenta a 475 –nos había dicho sonriendo la encargada de Recursos Humanos, una rubia de unos veinticinco años, a los empleados que empezaban a trabajar la misma noche que yo, una mujer mayor de cuarenta y un hombre de alrededor de cincuenta.
Cuando escribo que una vez trabajé en ese lugar, es literal: esa primera madrugada, mientras empezaba a dolerme la cabeza y desde el 64 que me devolvería a Belgrano miraba los fondos de la Casa Rosada, pensé que ese trabajo no era para mí. O, mejor dicho, que ese trabajo no era para nadie pero que yo podía darme el lujo de renunciar. Al llegar a mi casa, y aunque no tenía hambre, rompí el ayuno y diluí tres aspirinas en un café con leche. Después vomité, bajé las persianas y esperé a que se hicieran las diez para llamar a la encargada de Recursos Humanos.
–A ese centro clandestino de trabajo no voy más –le informé intentando sonreír, y ella me dijo que esa misma tarde podría pasar a buscar la plata que me correspondía por las nueve horas de servicios prestados. Yo le agradecí por todo, y me quedé a oscuras, en la cama, hasta el anochecer. Creo que ese día empezaron mis migrañas.
(también en El Remisero Absoluto)
11 de julio de 2006
"¿Por qué, Molina, por qué?"
Facundo GV, por su parte, leyó Los estantes vacíos y subió a Mavrakis y Valdés sus impresiones y su propia respuesta a la pregunta que da título a este post.
Acá la entrevista.
Y acá la reseña.
10 de julio de 2006
7 de julio de 2006
5 de julio de 2006
Comunicado de los trabajadores de Perfil
Los trabajadores de prensa del diario y editorial Perfil, tras un mes de asambleas, decidieron dejar de firmar sus notas a partir del día 5 de julio de 2006, como protesta frente a la falta de respuestas al reclamo que vienen llevando adelante.
Más información en envolviendo huevos.
Por favor, si es posible, linkiá este post en tu blog.
Cuentos grossos
–Sos el escritor con menos narcisismo del mundo –me dijo después un amigo. Y eso que yo, minutos antes, había clausurado la última respuesta con algo más o menos así:
“No, yo no planeo la trama de mis relatos. Yo sólo imagino a los personajes, y son ellos los que van armando la historia a medida que va siendo escrita. Claro que a veces los personajes no tienen nada que hacer ni que decir y entonces esos textos terminan en nada . . . y otras veces terminan en cuentos tan grossos como los de Los estantes vacíos.”
4 de julio de 2006
Hoy leo - (gacetilla)
La cita es a las 20:30 horas en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525, Capital Federal). La entrada es libre y gratuita.
http://grupoalejandria.com.ar
Grupo Alejandría
3 de julio de 2006
Harvey Pekar
Harvey Pekar podría haber sido –como dicen en los doblajes de ciertas películas– un "don nadie": sólo un oscuro empleado del archivo de un hospital público de la ciudad de Cleveland, Ohio, lugar en el que prestó sus servicios durante casi cuarenta años. Lo que, muy a pesar suyo, lo convirtió en una personaje de culto y de cierto renombre popular fue el hecho de haber sido guionista de American Splendor, una historieta autobiográfica donde dio cuenta, en tono de comedia, de la otra cara del “sueño americano”, de la vida cotidiana de un hombre común de la clase trabajadora estadounidense durante los años setenta y gran parte de los ochenta.Ayer vimos “Esplendor Americano”, la película estrenada en 2003 que en forma mixta (ficción y documental) narra la historia de Pekar. En una de sus primeras escenas, el futuro autor tiene diez años y, junto con otros nenes del barrio –en lo que se supone una celebración tradicional yankee–, toca la puerta de una casa para recibir golosinas. La señora que abre los ve alineados en la entrada: todos están disfrazados de superhéroes, menos Pekar, el último de la fila, que por estar vestido como un nene común vuelve a la calle con las manos vacíos. La escena transcurre en 1950, y es una metáfora de lo que sería la vida de Harvey Pekar: un hombre tan común como talentoso que, por no disfrazarse de superhéroe a la hora de escribir sus historias, debió trabajar como empleado municipal hasta el día de su jubilación.
(Clickeando acá, una nota del escritor y cinéfilo Leo Oyola sobre la película)
1 de julio de 2006
Condiciones
Después, y cuando ya estaba amaneciendo, rapasé parte de lo que vendría más tarde (la nueva rutina, las responsabilidades, los pañales, los llantos de madrugada, el planteo existencial), y, antes de volver a pensar en el partido, me repetí una frase que alguna vez me dijo el autor de El Caníbal:
–Vos no te preocupes: si podés parar un taxi con onda, ya estás en condiciones de ser padre.
27 de junio de 2006
"El agotamiento de un Sistema"
“Pero por otro lado, sostener, durante ciento sesenta y ocho páginas, un estilo y un lenguaje apático involucra, sin dudas, algo del orden del oficio que requiere la literatura.”
“Y no hay pérdida de la realidad: hay indiferencia. Los personajes, por ejemplo, no tienen reloj; pero se la pasan averiguando la hora a razón de sus propias percepciones temporales.”
“Una oposición a la dialéctica del lenguaje mercantil, por lo menos. (…) La dialéctica discursiva del mercado se opone al lenguaje de una apatía sin dialéctica –y no al revés, que es lo importante– a lo largo de todo Los estantes vacíos.”
“Ignacio Molina prefiere decir antes que nombrar. O, en todo caso, prefiere no nombrar para decir.”
"El genio apático también como “estilo” en la construcción de una figura de autor. Quien hace circular la mirada por la página de un libro que –de nuevo– prefiere ni siquiera mostrar.”
“El libro de Ignacio Molina, al correr de la lectura, entrelaza y entrecruza los géneros (estamos realmente ante una serie de ¿cuentos? ¿nouvelles? ¿un proyecto de novela?)”
“El pasado, entonces, como dislocación del presente: un pretérito imperfecto capaz de agrietar la continuidad del presente. La tragedia apática de Los estantes vacíos.”
“Los diálogos entre los personajes –que se cruzan y conviven pero no siempre se conocen ni quieren dejarse conocer– se entrelazan abruptamente como si los uniera fraternalmente un mismo espacio urbano. La ciudad como gran relato que los incluyera a todos.”
“Tal vez todo Los estantes vacíos quiere representar, apatía mediante, el agotamiento de un Sistema. Es decir, la inutilidad de toda narración que presuponga enlaces ineludibles entre sujetos. Y quien quiere escapar del Sistema –quien fantasea– se cae.”
(El ensayo completo, acá)
23 de junio de 2006
La (di)versión de Entropía
(Sigue en Las Apostillas)
22 de junio de 2006
"Un escritor burbuja"
Molina, como personaje de sí mismo, se acuerda de todas las palabras que componen sus cuentos. Y sus personajes son personas que están presionadas por su memoria, al punto de –como decía Mairal– recordar cada detalle de la última semana de sus vidas. Yo creo que Molina es un escritor verdaderamente . . . burbuja
Molina es un escritor verdaderamente burbuja, lo cual quiere decir que, en este ámbito tan popular, él está como aislado, en parte, y está separado del resto por una especie de . . . nube
Lo que quiero decir es que los cuentos de Molina son particularmente . . . lindos
Sus cuentos son lindos. Porque uno puede decir “tal libro es bueno, está bien escrito”, pero eso se dice de cualquiera. Porque, con tantos talleres literarios, hoy por hoy cualquiera . . . escribe
Hoy por hoy cualquiera escribe, verdaderamente. Por eso es importante que alguien escriba, aparte de bien, y aparte de correctamente, aparte de que no se le escape ni una palabra de su registro, es importante que tenga aparte esa especie de . . . libro
Que tenga esa especie de libro. Como yo le decía a Molina el otro día, que, si bien es común leer volúmenes de cuentos, la gente que dice “yo escribo tengo como cuarenta cuentos, así que si me querés publicar…”. No, no, esto es otra cosa: publicar un libro de cuentos. Un libro que tenga una idea, unas palabras, unos personajes en común, nada demasiado pretencioso. Es decir, no es pretencioso, es . . . fuego
Es fuego. Es la pasión por escribir, es el fuego interno de un escritor. No hay literatura posible sin fuego. Hay un montón de gente, incluso amigos de Molina, que dicen “mirá, te escribo unos cuentos…”. Y lo hacen bien, pero no se genera esa efervescencia en una presentación porque le falta ese fuego. Queremos decir, mi consciencia y yo, mi consciencia que está formada por dos niñas, que el libro de Molina es recomendable, por una sencilla razón que podría ser definida en una sola palabra, que es . . . pelo
Por un pelo: o sea, no es “ehhhh, mucho mejor que los demás”. Sí, es mejor que los demás, pero por un pelo. Lo cual está bien, porque no quiere enrostrarle a los demás lo bien que escribe, sino que dice “yo con los mismos elementos, escribo unos cuentos que son verdaderamente” . . . papel
Son papel. Tenemos que darnos cuenta de eso: estamos comprando y vendiendo papel. Y de hecho hay una persona, un amigo de la casa, llamado Funes, que tiene un libro que está todo forrado con partes de la revista Ñ, titulado Papel. Y Funes, que es amigo de Molina, es un tipo verdaderamente . . . p$%a@fg?Xg%
No se entendió nada. Pero es así, es la lucha de egos. De hecho yo iba a presentar hoy el libro de Molina, y Terranova vino y me dijo: “bueno Levín, hoy voy a presentar yo el libro, voy a decir unas palabras”. Son egos que se pelean, pero sin embargo yo debo decir que la presentación que hizo Terranova fue verdaderamente . . . zapato
Bueno, ahora hay gente especializado, ya sea lecto-escritores, o . . . luz
O gente que tiene luz, gente de brillo, que quiere leer los cuentos de este libro, para que no sea todo bla, bla, bla. Así que, sin más prolegómenos, le doy la bienvenida a Funes, que va a leer “Brasil tiene esas cosas”, uno de los peores cuentos del libro –así que si les gusta éste, ni se imaginan lo que van a encontrar en el resto del libro–, y quiero felicitar a mi amigo Molina por la presentación de Los estantes vacíos y pedir nuevamente un aplauso para él.
20 de junio de 2006
Post-evento
El viernes se llevó a cabo, después de tantas idas y vueltas, la presentación de Los estantes vacíos. Agradezco públicamente a los editores de Entropía (Valeria y Gonzalo Castro, Sebastián Martínez Daniell y Juan Manuel Nadalini), a todos los que participaron desde el escenario (Pedro Mairal, Federico Levín, Juan Terranova, Magali Romero, Lucas “Funes” Oliveira, Mora Serrano y María Molina), a los que no conocía personalmente y se me presentaron, a los que no lo hicieron, y a todos y a cada uno de los que formaron el resto de la pequeña multitud que asistió. Fue una gran noche, incluso post-evento; lo lamento por todos los que habían confirmado su presencia y a último momento tuvieron cosas más importantes que hacer. Supongo que ya tendrán una nueva oportunidad. (Me tomé con mucha seriedad la propuesta que me hizo Romina Paula pasada la medianoche, antes de irse del bar: alentar la realización de una importante fiesta, una especie de presentación conjunta de los autores jóvenes de Entropía. Espero que pronto tengamos novedades al respecto)
16 de junio de 2006
13 de junio de 2006
Pasetti
Años más tarde, en el campo de sus suegros, el presidente de un club de Nueve de Julio, también invitado al asado, lo vio jugar un picado mientras se hacían la brasas y, durante la sobremesa, le propuso participar en la Liga semi amateur de la zona.
Pasetti estaba contento, había conseguido que le pagaran, además del sueldo básico de cuarenta pesos por partido, veinte por gol convertido y quince por cada punto ganado. Si bien su nombre no convocaba a multitudes y salía publicado en un solo diario, disfrutaba del aliento del público de su equipo y de los insultos de los hinchas rivales detrás del alambrado.
En el primer mes, ganó casi lo mismo que ganaba trabajando en el microcentro nueve horas por día. Los domingos llegaba temprano a Nueve de Julio, a media mañana entrenaba liviano con sus compañeros, al mediodía almorzaba en la casa del director técnico, y a la tardecita, luego del partido y con los músculos todavía sentidos, volvía en un Costera Criolla a Buenos Aires.
En la final de la Liga se juntaron casi mil quinientos espectadores. Era un domingo soleado, y la tierra de la cancha se veía más seca que en otras tardes. Por primera vez en su corta carrera Pasetti estaba nervioso. También por primera vez se había concentrado junto al resto del plantel; desde el viernes a la tarde estaba alojado en el campo de un dirigente. Su novia y parte de su familia le habían prometido que viajarían en auto a verlo, pero, diez minutos antes de la hora del partido, un teléfono sonó en la cantina del club.
9 de junio de 2006
5 de junio de 2006
Hitos
2 de junio de 2006
Cambio de fecha (y a vaciar los estantes)
En cuanto se confirme la nueva fecha, postearé la invitación oficial.
Por otro lado: además de en las librerías de Palermo Viejo, el libro ya está en las de Avenida Corrientes: De la Mancha, Liberarte, Hernández, Zival's y Capítulo dos de Galerias Pacifico, y por estas horas sigue distribuyéndose en, al menos, éstas librerías de Buenos Aires.
(Perdón por la autopublicidad, pero sería bueno que los libreros, al notar una venta considerable, lo dejen en las mesas de novedades la mayor cantidad de tiempo posible)
31 de mayo de 2006
Literatura II
–Leí tu reseña sobre mi libro –me dijo él después de los saludos, mientras se descalzaba los auriculares, y se mostró bastante molesto con la crítica que yo le había hecho al primer cuento.
Me dijo que desde su punto de vista era errada mi observación, que el término “vaqueros” no le parecía anacrónico, o que, en todo caso, quien lo decía era el narrador y todo era muy literario. Me comentó que se había quedado pensando en ese tema, que lo había hablado con Alan Pauls la semana pasada, y que Alan había estado de acuerdo con él.
–Disculpame que te lo diga –me dijo, como temiendo que, sin mayores motivos, yo fuera a enojarme o a ofenderme.
–No me pidas disculpas, al contrario –le dije, y le pregunté qué le había parecido el resto de la reseña.
–Estaba bien, pero uno siempre se queda con las cosas negativas que le dicen, y creo que eso que criticabas no hace nada de ruido. Además yo nunca diría una palabra como “blue jean”, como tampoco nunca diría “porro”.
Después me preguntó sobre la salida de mi libro, me pidió que lo tuviera al tanto y, señalando al que había bajado conmigo del 151 y se acercaba desde las cajas con dos bolsas llenas, me dijo “ahí viene un amigo”. Enseguida nos presentó diciendo nuestros nombres, y durante los segundos en que nos quedamos callados tuve la sensación de que parados así, formando un triángulo cerca de la puerta del supermercado más grande y barato del barrio, parecíamos hombres de ficción, personajes sacados de alguno de nuestros cuentos.
28 de mayo de 2006
23 de mayo de 2006
Cara de solapa

El primero que conteste correctamente qué libro estoy leyendo en esta foto, se hace acreedor a una copa de vino extra en la presentación de Los estantes vacíos.
22 de mayo de 2006
Si tirás buena onda
A la noche me costó dormir. Al apagar la luz recordé la versión vieja de un cuento que había releído el sábado: en tres párrafos seguidos se repetía la misma palabra, y me torturé pensando en la posibilidad de no haberlo corregido antes de que entrase a la imprenta.
Después, cuando pude sacarme eso de la cabeza, pensé en Fausto: en que debería trabajar el resto de mi vida útil para mantenerlo, en cuántas cosas me restarán aprender para ser un buen padre, en la imagen que él tendrá de mí cuando tenga treinta años y yo ya esté en edad de jubilarme.
El calor y el ruido de un auto me sacaron de todo eso. Entre el despertador y el reloj de la video había diez minutos de diferencia; eran alrededor de las cuatro de la mañana. Puse la estufa en piloto y volví a la cama haciendo una promesa: si conseguía dormirme antes de las cuatro y media –o cinco menos veinte–, postearía una de las frases que había dicho esa mañana.
Mientras esperábamos al 151 en Rivadavia, a la altura de Almagro, vimos cómo perdía líquido el motor de un 19 que había frenado en la parada anterior. Yo caminé unos quince metros hasta la puerta para avisarle al chofer.
–Ta perdiendo algo, no sé qué es –le grité mientras subían pasajeros.
Cuando volví a la parada, vi y escuché que él, arriesgándose a perder el semáforo verde, frenaba a nuestra altura y me decía:
–Gracias, flaco. Sos un grande. Es gasoil, acabo de llenar el tanque –y me saludaba cerrando un puño y levantando el pulgar.
–Ves –le dije a Melina–, si tirás buena onda recibís buena onda.
–Buena frase –me dijo ella–: blogueala.
19 de mayo de 2006
El Interpretador Nº 26
Inés de Mendonça - La abuela
Naty Menstrual: Culpable
Ignacio Molina - Polirubro Ama-Faby
Salvador Benesdra, el gran realista, por Nora Avaro.
Poesía actual y cualquierización, por Ana Mazzoni y Damián Selci.
Consideraciones sobre la violencia, por Oscar del Barco.
libros: Promesas Naturales de Oliverio Coelho.Reseña + Diálogo entre Diego Martínez Arce y Oliverio Coelho
Dolores Gil - Poemas de El jardín hecho pedazos y Párpados como una avalancha
Fernando Vallerstein - Poemas Martín Muñiz - Poemas
y mucho más.
17 de mayo de 2006
Blogueando
Vico escribe una novela sobre el jefe de las 62 organizaciones y publica Metominia Salvaje en No-Retornable
A Tornicheli le pasan cosas horribles cuando habla de minas.
15 de mayo de 2006
Bunkers
Foto extraída de La fiesta del monstruo
11 de mayo de 2006
Miedo a la oscuridad
La escena, que parece sacada de un sueño o de una película argentina, es una de las que recuerdo de los meses de abril y mayo de 1982. En otra de esas escenas, que hoy se me aparecen como irreales, mi mamá y yo caminamos de la mano por la ciudad vacía y completamente a oscuras. Ella está vestida sólo con una bata y un camisón. Yo tengo un piyama grueso y un pulover, y siento cómo el ruido de nuestras zapatillas retumba en la vereda.
Como los ingleses amenazaron con tirar una bomba sobre Bahía, la municipalidad ordenó encender la menor cantidad de luces interiores posible, dejar siempre apagadas las exteriores y, salvo urgencias, no salir a la calle después del anochecer. Hay que tapar las ventanas con cartones o papel madera, y cubrir los focos de los autos con una tela oscura que reparten en los negocios. Hay que evitar que desde los aviones se den cuenta de que acá abajo hay una ciudad; cualquier mínimo reflejo de luz puede provocar que se cumpla la amenaza.
Desafiando al estado de sitio militar y sin cambiarnos, sin temor a cruzarnos con algún vecino, mi mamá y yo salimos a la calle. Alumbrados sólo por la luna caminamos hasta la esquina, y nos quedamos un rato ahí con las miradas en el cielo. Desde mis ojos de cinco años veo seguramente muchas más cosas que ella: veo, también ahora mientras escribo, aviones y helicópteros ingleses que vuelan muy bajo. Aunque cuesta distinguir las siluetas de los autos a media cuadra, veo y siento el eco de una tropa argentina que avanza hacia nosotros desde el fondo de la calle. Imagino el patio del jardín a esa hora de la noche, y los cuartos silenciosos de mis amigos que, si pudieron vencer el miedo a la oscuridad, ya deben estar durmiendo.
9 de mayo de 2006
Papeles viejos
A la tarde fui caminando a lo de B. La idea que teníamos era la de ir a sacar las entradas para los Stones, pero nos colgamos en el 7 to 7 de Libertador, nos pusimos a conversar con dos chicas (FGKQ) y al final nos quedamos ahí. Más tarde volvimos a su casa. B había alquilado Misery. Nos tiramos a ver la película y llegaron dos amigos de su hermano, que venían a visitarlo porque estaba enfermo. Uno de ellos era brasilero, tomaban mate y hablaban del mundial y de la mononucleosis. A la noche fuimos a lo de G, y enseguida, cuando estábamos hablando de él, llegó LR con el flaco de la ferretería. Yo llamé a Marina, me dijo que se iba a lo de M. con otras amigas y quedamos en encontrarnos a las doce en La Colmena. Después fuimos a comer una pizza, y más tarde, casi todos, a tomar algo al bar de enfrente de La Colmena. En otra mesa estaban los pibes de la banda de Excursionistas, que en un momento pensaron que los estábamos gastando y nos quisieron pegar. Pero después de las aclaraciones terminamos en su mesa, y B. se apretó en la esquina a una de las minitas que ya conocía. De ahí entramos a Majada. Marina se fue antes. B. y G. vomitaron, y cuando salimos a la calle ya era de día. Juntamos plata para pagar un taxi entre varios, pero no nos alcanzó y tuvimos que volver en colectivo.
3 de mayo de 2006
BT
–Che, ¿qué onda Molina? ¿tiene background teórico?
1 de mayo de 2006
Gigantografías
La mía, claro, es una pregunta retórica; creo nadie podría dar una contestación razonable. Algunos me dirán: porque en las librerías no entregan folletería o muestras gratis de fernet. Está bien, sería una respuesta atendible, pero no del todo satisfactoria.
El sábado a la tarde vi, desde Plaza Italia, la cola que nacía en los portones de la Rural, llegaba por la avenida Sarmiento hasta la calzada circular y giraba por Santa Fe hacia Pacífico. Si no me hubiera comprometido a estar en la presentación de El trabajo del fuego, la novela de Juan José Burzi publicada por la Editorial de la UNLP, habría pegado la vuelta. Crucé la calle, entonces, y me dispuse a caminar a paso de tortuga entre familias que, probablemente, lo último que recordaban haber leído era algún folleto publicitario rescatado en la Feria del año anterior.
Lo primero que vi al entrar fue a unas veinte personas que se amontonaban frente José Narosky para que les firmara sus libros de aforismos. Después vi las clásicas gigantografías con las caras de los-grandes-escritores-argentinos en el stand de la secretaría de cultura. Imágenes que –pensé en ese momento, y pienso ahora– no le hacen ningún favor a la vitalidad de la literatura argentina. Imágenes que, lejos de acercar a "la gente" a los libros, la alejan cada vez más, convirtiendo a la del escritor en una figura remota e inalcanzable, y a la literatura en una actividad aburrida, patrimonio de personas muertas –física y/o intelectualmente– hace ya muchos años. De esa manera, recanonizando a autores que difícilmente atraigan el interés y el entusiasmo de potenciales jóvenes lectores, el Estado hace lo posible por ahogar el desarrollo de nuevas corrientes literarias que siguen si recibir la atención merecida.
Al leer la dedicatoria manuscrita en la novela, donde se me considera un "militante de la literatura", sonreí creyendo que Juanjo exageraba. Pero enseguida me puse serio y pensé que el solo hecho de no haberme quedado tomando sol en Plaza Italia unas horas antes, al ver la cola que llegaba hasta la vereda de Metrópoli Bailable, ya ameritaba semejante calificativo.
27 de abril de 2006
Un señor
Hoy llamé a la casa de una compañera del trabajo y me atendió su hija de cinco o seis años. Me preguntó quién era, y enseguida, alejada del tubo, la escuché gritar "mami, es un señor".
–Ja, un señor me dice la nena –le dije a la mamá cuando llegó al teléfono.
–Y obvio, si sos un señor, cómo querés que te diga –me respondió ella muy seria.
Yo qué sé, si te parece, estuve a punto de decirle, pero empecé a hablarle de cuestiones de trabajo sin voz de señor.
25 de abril de 2006
21 de abril de 2006
Tren
-Uno de ochenta –dije, y recién cuando noté que el vendedor de boletos me miraba desconcertado salí de mi distracción.
-Perdón –le dije con la mano, y con la cabeza gacha y un poco de vergüenza volví sobre mis pasos.
*
Todo pasó en menos de quince segundos:
Una mujer subió al tren con un cochecito de bebé y una nena de primaria con mochila rosa y guardapolvo. La mujer, muy apurada, enseguida se cambió de vagón, y su hija mayor, que había empezado a caminar hacia el otro lado, giró la cabeza y se dio cuenta de que estaba sola. Repitiendo “mamá” y mirando hacia todas las direcciones, la nena salió al andén y se quedó ahí parada, quietita y llorando. Y entonces yo, que había seguido los movimientos de su madre, alcancé a decirle que se calmara y a arrastrarla de un brazo hacia el interior del tren antes de que se cerraran las puertas. Su mochila con rueditas quedó del otro lado, pero, hábil de reflejos, un diariero que había visto toda la escena se la alcanzó a otro tipo por una de las ventanillas abiertas.
Aunque mi intención no había sido la de ser protagonista, no pude evitar que la mayoría de las miradas se centrase en mí, y hasta el guarda, que venía caminando por el pasillo, se acercó a hablarme con el mismo tono con el que pedía boletos.
-Te das cuenta, cualquiera puede ser madre, flaco –teorizó, y con un gesto que supuse cómplice me preguntó retóricamente: -¿Dónde estaba la boluda? ¿Rascándose la argolla?
20 de abril de 2006
El memorioso
18 de abril de 2006
Literatura

(Publicado en el número debut -marzo/abril de 2006- de Los asesinos tímidos, revista de crítica y opinión literaria)
LITERATURA Y OTROS CUENTOS,
de MARTIN REJTMAN
Interzona, 2005
Por Ignacio Molina
El protagonista del cuento que da título al libro es un joven escritor que, bajo la premisa de que "siempre fui de los que creyeron que a la literatura había que encontrarla en la vida y no en los libros", posee una biblioteca semi desierta. Esa escasez de referentes y de influencias para la elaboración de la propia obra, que para el narrador puede significar un conflicto ante su entorno (teme que "piensen en mí como un escritor pobre, menor, mediocre, como un escritor a medias"), para su autor podría representar poco menos que una marca personal. Tal vez sea esa aparente falta de diálogo con cualquier tradición de la literatura argentina lo que convierte a Martín Rejtman en un autor único, dueño de un universo personal e inimitable.
En "Alplax”, el primero de los cuatro relatos de Literatura y otros cuentos, una tercera persona narra con distancia y ascetismo el devenir cotidiano de un grupo de jóvenes. Si bien las marcas estilísticas del libro se vislumbran a lo largo del texto, donde muchas veces pastillas, cachorros y hámsters adquieren una importancia similar a la de los protagonistas, "Alplax" resulta, por su inconsistencia y por el uso de términos anacrónicos como "vaqueros" y "discoteca" –inverosímiles en boca de post adolescentes de los 2000–, el punto menos alto del volumen.
Al comienzo del segundo relato, "Mi yeso", dos nenas llaman a su padre desde Villa Gesell y le presentan un problema: están solas en el locutorio y no saben cómo harán para pagar la llamada. El padre, sin haberles dado una solución definitiva, olvida el hecho hasta la mañana siguiente, cuando una de ellas vuelve a llamarlo para contarle que ya están con su mamá y que, si bien no las dejó ir hasta que no se saldara la deuda, la mujer del locutorio las había tratado bien y hasta las había invitado a cenar a su casa.
Aunque no hay indicios de que la relación entre las chicas y la mujer prospere, es de esa manera, azarosa y absurda (absurda si se calcula que el precio de la llamada puede ser inferior al costo de la posterior invitación), en que se entablan la mayoría de los vínculos entre los personajes del libro. Relaciones fundadas en entredichos, sociedades comerciales formadas a partir de intercambios de mascotas, ex parejas que confraternizan como hermanos. Así parece conformarse el universo rejtmaneano, un entramado en el que la familia tradicional como célula de la sociedad brilla por su ausencia.
El protagonista de "Literatura", el tercer y ya mencionado relato, vive en la misma casa de Ramos Mejía en que vivió hasta sus diez años, cuando, luego del divorcio de sus padres y la venta de la propiedad, se mudara a Córdoba con su madre. Tiempo más tarde, la mujer, de vuelta en el Gran Buenos Aires, se enteró de que la casa estaba en venta y convenció a su segundo marido de comprarla. Aunque nunca se lo plantearon, desde entonces existió, entre madre e hijo, el acuerdo tácito de no mencionar nada con respecto a la historia familiar entre esas paredes.
Esta anécdota, que podría conformar el núcleo central del cuento –y que contada en otro tono y en otro contexto resultaría poco menos que fantástica–, es una más de las que componen esta suerte de diario donde el protagonista narra, entre otras cosas y como al pasar, sus inicios en la literatura, la relación con su novia y el reencuentro con su padre.
En "Ornella", el último relato, una tercera persona da cuenta de las aventuras por las que atraviesa un grupo de gente cercana a los cuarenta años luego de proponerse instalar un novedoso negocio en Buenos Aires. Este resulta el texto más largo del libro y, por su complejidad, su trama colmada de acciones y su tono claramente alejado de la abulia, se diferencia del registro minimalista y epidérmico de los tres anteriores.
Al igual que a toda su obra cuentística y cinematográfica, Rejtman envuelve a Literatura y otros cuentos en una atmósfera extraña, donde la elipsis parecería ser el recurso natural para esconder, detrás de un tono general de comedia, pequeñas tensiones dramáticas que nunca llegan a desatarse. Todos los relatos están atravesados por un humor claro, a veces explícito y otras casi imperceptible, al punto de que es probable que el lector se pregunte si es lógico esbozar una sonrisa ante determinada situación.
La singular propuesta narrativa de Rejtman no persigue el esclarecimiento de conflictos pre establecidos, sino que, al igual que lo hacen las hijas del protagonista de "Mi yeso" al llamar a su padre desde un locutorio en Villa Gesell, plantea en su génesis la aparición de problemáticas y, al mismo tiempo, la errante búsqueda de inciertas soluciones.
17 de abril de 2006
Notas sueltas
Más tarde, cuando frío algunas y las pruebo, me da la impresión de que no tienen mucho sabor. Se nota la falta de pimienta y perejil.
"Están un poco sosas", estoy a punto de decir, pero, como no sé cómo se escribe "sosas", y como casi siempre que digo una palabra tengo que imáginarmela escrita, opto por quedarme callado.
*
A las tres y media, sentado en el cordón de una vereda de Almagro, la espalda apoyada contra una parada del 64, empiezo a leer Vértice, la novela de Gustavo Ferreyra que me prestó Levín en su casa. En la mía busco un suplemento cultural del domingo pasado y subrayo la respuesta de Ferreyra a la pregunta "a qué hora del día escribe":
–Cuando puedo, de mañana; si no, a la tarde. Lo antes posible en realidad, como para saciar el hambre de justificar mi día
*
Nada peor debe haber para un futbolista que malograr el triunfo de su equipo con un gol en contra a los cuarenta y nueve minutos del segundo tiempo. No quisiera estar en la piel de Villavicencio en este momento, me digo, y para atenuar mi propia amargura pienso en dramas pasionales.
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La casa de mi hermana es un congelador; hace más frío adentro que afuera. Mientras comemos la rosca de Pascua, alguien intenta encender la estufa y el bebé vuelca de una taza el agua caliente que, por pocos centímetros, no moja la camisa de su bisabuela.
–El calor no vuelve más –digo yo, jugando con el envoltorio de un huevo de chocolate que no pude comer–. A partir de mañana, abrís el diario y empezás a leer sobre los muertos por escapes de monóxido de carbono y las estufas mal instaladas.
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Salimos temprano para evitar el tráfico de la autopista, pero igual, antes del segundo peaje, tenemos que aguantar dos kilómetros de cola. Mientras avanzamos muy lento, veo las partes traseras de los coches de adelante. En una 4x4 hay una calcomanía del Che Guevara, y en un auto último modelo hay una chapa ovalada con un escudo argentino en el centro y las letras R y A los costados: la chapa identificatoria de alfonsinistas en la campana presidencial del 83.
11 de abril de 2006
Un galope lejano
–Tac, les daba un golpe seco con la empuñadura del rebenque, y después los tiraba al pozo ciego –contó J mientras comíamos en su casa, y el resto de la mesa se mostró horrorizado.
*
Para llegar al campo de mis primos desde el pueblo en que veraneábamos había que hacer ocho kilómetros por un camino de tierra. Para mí, la mejor parte del viaje era cuando teníamos que cruzar el arroyo: a medida que nos acercábamos, se agrandaban mis ganas de que estuviera crecido y de que no pudiéramos pasar. Imaginaba que yo tendría que meterme en el agua hasta la cintura para empujar el auto, y que cuando llegáramos a la casa y vieran mis pantalones mojados y sucios todos me felicitarían por mi trabajo.
Una mañana, después de una noche lluviosa, parte de mis deseos se cumplieron. Entre el barro y el agua, el auto de mi abuelo se quedó empantanado. No pudimos avisarle a nadie, y recién una hora después el capataz de un campo vecino pasó por ahí y nos ofreció ayuda: ató una soga al guardabarros del coche y lo remolcó con su caballo.
Otra mañana, no muy lejos del casco y con el yute de las alpargatas mojado por el rocío, descubrimos un círculo de yuyos quemados. Tenía unos diez metros de diámetro y estaba perfectamente delimitado. Por lo que supe años después, en ese lugar nunca volvió a crecer ningún tipo de plantación.
Una tarde de ese mismo verano, mientras andaba a caballo con el peón asesino de cachorros, nos pareció ver un bulto extraño cerca de un alambrado. Yo iba en la parte de atrás de la montura, y desde ahí intentaba aprender a manejar las riendas. Cuando llegamos a dos metros del bulto él me pidió que bajara. Al principio pensé que era una ilusión óptica producida por el sol, pero no: lo que había entre los yuyales era la cabeza de una vaca.
El peón, sin hacer demasiados comentarios, sacó una bolsa de sus bombachas, guardó la cabeza y ató las manijas de nylon a un costado de la montura. Mientras volvíamos en silencio al establo, yo no podía dejar de relacionar ese hallazgo con el del círculo dejado por el objeto extraterrestre. Y esa noche, de vuelta en el pueblo, me puse a llorar sin sonido contra la almohada: en la oscuridad de la pieza me parecía oír el rumor de un trote lejano, y continuaba sintiendo en un tobillo el rítmico golpeteo de la cabeza ensangrentada.
*
–No sé por qué lo hacía, pero yo alguna vez también tuve que matar un par de perritos –confesó J el miércoles pasado, pero, presionado por los gestos y los retos de los demás, tuvo que desdecirse enseguida: –No, mentira, estoy jodiendo: una vez él me pasó un rebenque dado vuelta después de un parto, pero al toque yo me subí al Azabache y empecé a galopar.
6 de abril de 2006
Nuevo diseño
"Seis meses más y lo tenemos, Molina"
5 de abril de 2006
3 de abril de 2006
31 de marzo de 2006
Vestidos azules
El miércoles a la noche fui a la presentación de La educación de los sentidos, la última novela de Miguel Vitagliano. Hacía varios años que no nos veíamos; nuestros últimos contactos habían sido vía epistolar. El me reconoció enseguida, pero (tal vez por haber visto la foto de éste otro Ignacio Molina en el blog) se sintió confundido.–Pensé que te habías quedado pelado –me dijo.
La presentación, en la Boutique del Libro de Palermo Viejo, consistió en una entrevista con Silvia Hopenhayn. Yo me tuve que ir antes de que sirvieran la copa de vino, y como ya estamos a fin de mes no pude comprar la novela.
A mi humilde juicio, Vitagliano es uno de los narradores más interesantes de su generación y un férreo militante de la literatura; da clases en la UBA y, aun sabiendo que "uno pasa tres años escribiendo una novela de la que el mundo ni se va a enterar", ya tiene siete libros publicados y algunos más inéditos.
Hace once o doce años, en un local de Juramento y 11 de Septiembre donde antes había un bar y ahora hay una farmacia, Vitagliano, después de leer mis primeros y hoy vergonzantes cuentos, me dio algunos consejos prácticos.
–Ojalá te sirvan para seguir escribiendo –me dijo mientras llamábamos al mozo. Yo había pedido una lata de cerveza y él un café, que después me arrepentí de no haberle pagado.
Sus libros, anteriores y posteriores a esa fecha, así transcurran en un Flores contemporáneo o en el Tigre de los años cincuenta, son novelas extrañamente familiares –en el amplio sentido del término–, tal vez porque sus personajes intuyan que "en las micro sociedades es donde se cocina el mundo". En muchas de ellas hay referencias a la cultura japonesa, y en todas –me permito develar un guiño, y adivino que en La educación de los sentidos también– hay mujeres con vestidos azules.
30 de marzo de 2006
Grupo y factor
A Melina ya se le nota la panza; acaba de entrar en el quinto mes de embarazo. Ya superó la etapa de náuseas y mareos, y hasta ahora, que yo sepa, tuvo dos antojos fuertes: una noche le pidió a su papá que la llevase a comer tallarines a la parissien, y una mañana me llamó desde el trabajo para decirme que sentía en las papilas gustativas el sabor de una manzana verde y que ninguno de sus compañeros quería bajar a la verdulería.
En el supermercado los cajeros le permiten evitar las colas, y en los colectivos, me contó anoche, la mayoría de los pasajeros se hace la desentendida; giran la cabeza y miran por la ventanilla para no dejarle el lugar. El domingo pasado, cuando la acompañé hasta su casa en un 151 lleno, un cuarentón de pelo largo que viajaba parado, luego de mirarle la panza, se me anticipó:
–A ver si alguien le da el asiento a la señora de verde, que está embarazada, por favor –pidió en voz muy alta, y yo, aunque me sentí bastante contrariado por el término "señora", tuve que girar el cuello para agradecerle con la mirada.
28 de marzo de 2006
González
–Flaco, hoy hace treinta años que me metieron en cana –me dijo como al pasar mientras terminaba de barrer la vereda.
"Si no la contaba se moría", decía mi viejo cada vez que alguien –el mozo de un bar o un conocido que nos cruzábamos por la calle– se alejaba con una sonrisa de satisfacción luego de contarnos su anécdota. Recordé esa frase mientras le preguntaba a González "¿a quién boleteaste?", antes de abrirle la puerta del local suponiendo que ésta superaría en calidad a su promedio de historias.
González entró, buscó un Jorgito blanco en la caramelera, apoyó la escoba contra la heladera exhibidora y contó algo más o menos así:
–Sí, hace treinta años volvió Perón. Pero esto no tiene nada que ver, o casi nada. Calculá que yo tenía quince años. Vivía en Mar del Plata, y a veces, como mi viejo me mandaba a laburar, hacía changas ayudando a un tipo que colocaba alfombras y cortinados . . . Sí, cuando me iba mal en la escuela . . . Bueno, resulta que un día, volvía a mi casa a la tarde, y me para un patrullero, salió un tipo, un cana de civil, me metió adentro a los golpes, y en el asiento de atrás me siguieron pegando. "¿Adónde está la guita, pibe?", me decían. ¿Qué mierda pasaba? . . . Yo no entendía nada, no podía ni hablar. Cagado en las patas estaba . . . Sí, quince años tenía, un pendejito era . . . Perá que te cuento . . . Parece que a una señora, una vieja, que le habíamos hecho un laburo en la casa, le faltaban como 40.000 dólares de la caja fuerte. Le habían afanado, y cuando fue a hacer la denuncia y le preguntaron de quién sospechaba me mandó en cana a mí . . . Sí, vieja de mierda . . . Yo no tenía nada que ver . . . No, qué me van a soltar enseguida. Más de un día me tuvieron encerrado . . . Y los canas estaban convencidos de que yo era el chorro, o se hacían los que estaban convencidos. A la noche me siguieron pegando, me preguntaban por la guita y ahí me contaron que la vieja esa me había botoneado mal, y después me torturaron para que firme un papel: las manos contra la pared y picana en los testículos . . . sí, picana . . . firmé una declaración o algo así . . . Al otro día mi vieja me llevó dos sánguches de milanesa así gigantes a la comisaría, y los guachos no me dieron nada, me los mostraron y se los comieron ellos . . . Al final me largaron, pero quedé enganchado. Mi viejo se gastó no sé cuánta guita en un abogado y quedé como inocente, pero la vieja esa seguía pensando que era yo. Una vez se cruzó a mi vieja en la calle y le dijo "cuide mejor a su nene" . . . Sí, picana en los testículos, no sabés cómo quema . . .
Supongo que, si en ese momento no hubiera habido una clienta escuchando, González habría gesticulado más y, en vez de "los testículos", habría dicho "los huevos" o "las pelotas".
*
Ese invierno tuve que dejar el kiosco, y al verano siguiente fui a pasar unos días a Mar del Plata con mi novia. Una tarde nublada salí del hotel, crucé la calle, y no me sorprendió escuchar la voz de González que me llamaba desde el interior de un bar.
Nos saludamos con un abrazo; parecía contento de verme. Me pidió que me sentara y, después de contarme trivialidades y de preguntarme que quería tomar, señaló a uno de los tipos que ocupaban la mesa del fondo del local.
–¿Te acordás cómo me contabas que te vengarías?
Aunque el hombre ya andaba cerca de los sesenta años, González estaba seguro de que era uno de sus torturadores. Además, había hecho una pequeña investigación y, durante casi una semana, había armado un cronograma de su rutina. El tipo rengueaba, tenía una bala alojada en una rodilla y mantenía una disciplina policial: cada tarde, a las siete en punto, cruzaba lentamente la calle y se encontraba en el bar, para tomar un vermut y jugar a las cartas, con otros retirados de la fuerza.
Al día siguiente salió el sol y pude ir a la playa. A las siete de la tarde, de vuelta en el hotel, giraba las canillas de la ducha cuando escuché, sin una frenada premonitoria, el ruido seco de un golpe y un grito de mujer. Lo primero que vi al asomarme por la ventana fue el techo del Peugeot de González, que había quedado con una de sus ruedas delanteras encima de la vereda. Durante el tiempo que yo había tardado en cruzar la habitación, desnudo y mojado, ya se habían juntado unos diez curiosos en la esquina, y algunos más se asomaban por la puerta del bar.
23 de marzo de 2006
22 de marzo de 2006
"Día del guerrillero"
21 de marzo de 2006
Domingo
En la casa que alquila su familia cerca de Pilar nos espera el cumpleaños de mi sobrina. Cuando me avisaron que ella estaba por nacer, hoy hace siete años, yo estaba tirado en la cama mirando Gasoleros. Era viernes a la noche. Llamé a un amigo de entonces para decirle que no me esperase a comer, y, camino a la clínica, para evitar los nervios del parto dejé pasar varios colectivos.
En el bolso llevo un diario, en el auto está La Nación, y en la casa una revista Noticias. Hojeo todo durante la picada que antecede al asado, pero, como me fastidian algunas de las firmas que opinan sobre el aniversario del golpe militar, le presto atención sólo a las secciones de cultura.
El día está soleado. Los nenes comen en una mesa aparte. Calculo que mi otro sobrino tiene la edad que va a tener Fausto en menos de un año y medio. Yo no genero temas de conversación pero respondo a preguntas. De postre hay una mousse de chocolate gigante, pero yo, migrañoso, tengo que endulzarme con un budín de naranja.
Más tarde, abortada la idea de ir a la cancha, vemos por televisión el partido de Olimpo. Mi cuñado jugó una cena con su cuñado. Aunque el empate me favorecería, yo no me sumo a la apuesta. Cuando River mete el tercer gol me voy afuera a leer, y cuando no aguanto más los mosquitos vuelvo al living y enciendo la notebook.
Cinco mensajes nuevos en la bandeja de entrada. Dejo los más prometedores para el final: Javier Moscarola, de Al mar por naranjas, me invita a la sección literaria de los martes de "Rosa molesta", programa que va todos los mediodías por FM La Tribu. Y Andrea me responde desde su gira por Madrid el mail en que yo la puse al tanto del sexo de mi hijo. Ella me comenta que el suyo ya empezó a gatear, me pide la dirección del blog y me cuenta que se compro una casa en Barcelona a pagar en treinta años.
Cuando esa casa esté paga yo voy a tener casi sesenta, pienso mientras apago la computadora. Voy a ser casi un jubilado sin jubilación, me digo en voz baja, y, con tal de no seguir pensando en eso, me concentro en los segundos finales del partido.
20 de marzo de 2006
Sábado
–La concha de tu madre –gritaba el hombre viejo, mientras confirmaba que su mujer no estaba muerta, como si el asesino en potencia pudiera escucharlo.
Más temprano, en un gimnasio del barrio, mientras hacíamos la cola en la secretaría para averiguar si daban clases de natación para embarazadas, seguimos la conversación entre el empleado administrativo y la mamá de una nena de once o doce años:
–No, el viernes por el feriado no abrimos.
–¿Y por qué es feriado el viernes?
–La verdad que no tengo ni idea.
Ninguno de los dos había abierto un diario ni mirado un noticiero en los últimos días, y tampoco se esforzaban en relacionar la fecha del viernes con algún hecho histórico. Por suerte, cuando sentí que estaban por preguntarme a mí la razón del feriado (no hubiera sabido con qué tono responderles), escuchamos ladridos y gritos en la vereda.
Por lo que pude escuchar después, un perro muy feo que estaba atado a un poste frente a la entrada del supermercado de al lado había mordido a dos perras que paseaban con sus dueños por ahí. Luego de los primeros ladridos de furia y aullidos de dolor, los dueños habían acariciado y besado a sus mascotas y, primero juntos y después alternadamente, habían puteado al perro agresor.
–La concha de tu madre –le dijo uno de ellos a los gritos, como si el animal pudiera entenderlo, y después de atar a la suya se quedó mirando fijo al malo y esperando, con los puños cerrados, a que alguien saliera del supermercado y se hiciera cargo de él.
14 de marzo de 2006
Motivo
Hoy, en medio de tantas incertidumbres, al menos sé que, de ahora en más, antes ese tipo de preguntas siempre voy a tener una misma contestación.
(En posición de lectura, flotando sobre líquido amniótico, hay un proyecto de Molina de once centímetros)
13 de marzo de 2006
Es la reina y . . .
Dos voces. Una madre y una hija. Una víctima y su victimaria. Una relación compleja que se entrelaza en dos discursos paralelos. Y una historia que fluye debajo de sus palabras y amenaza con destruirlas a ambas.Nacida originalmente como un juego de palabras a partir del cuento Alina Reyes, de Julio Cortázar, esta novela trabaja sobre la idea del doble, tan transitada ya en la literatura, pero siempre fértil. Si de Alina Reyes, por obra anagramática, Cortázar juega con la idea de que "es la reina y...", en esta historia se plantea que también puede ser la mendiga, cuyos pies se hunden en la nieve.
12 de marzo de 2006
9 de marzo de 2006
Jornadas literarias
En plena madrugada, haciendo gala de una sin igual militancia bloguera, y cuando a mí todavía me faltaban un par de horas para llegar muy debilitado a Palermo Trenque Lauquen, Ramón Paz escribió en los comments de este post:
molina se quedó cantando tangos de soslayo junto a levín hace un rato. pero puedo decir que ahí estaba y prepara ya "los estantes vacíos" que alude desde el título creo a parejas separadas que de pronto tienen que vaciar estantes o se ven frente a estantes que antes de la separación no estaban vacíos. el libro está en galeras, o en gateras, y ya sale para marzo o abril. ahí quedaron coreando tangos. son las cuatro y media de la mañana. he visto la eutanasia canina de la que habla este post. es horrible que suceda pero sucede. cachorros ciegos muertos. etc. a dormir.
Mientras Ramón escribía eso, en el bar del barrio del Abasto se producía un cambio de repertorio timoneado por Levín: de tangos bajos a rock nacional y después a candombes y a milongas uruguayas. Antes, con Santiago Llach, Juan Incardona, Funes y hasta el mismo Ramón aún presentes, se habían entonado estrofas de la marcha radical, de La Internacional y de la marcha peronista (perdón Rex, por cantarla con tanta liviandad al lado tuyo). Cuando el coro llegaba al verso "combatiendo al capital", Llach, al igual que Adelina de Viola en los actos menemistas de los noventa, hacía una mueca y se quedaba callado.
Un par de horas más temprano, mientras, en un restaurante peruano del barrio de Congreso, Levín y yo escuchábamos a Pablo Ramos contar cómo había abandonado la propiedad de una empresa millonaria para dedicarse a escribir, y a Carlos Gamerro relatar sus desventuras en el mundo editorial, Ramón había sido protagonista de un altercado cuasi policial. Contará la leyenda que, luego de presenciar cómo un hombre le pegaba a una mujer en la calle ("una mina está fajando a una mujer", me había confundido Funes, en comunicación telefónica con el lugar de los hechos) y al ver que el tipo se dirigía hacia él simulando estar a punto de desenfundar un revólver, Paz le pidió ayuda a los gritos a un policía.
Más temprano todavía, en otro bar de la ciudad y con la magnífica excusa de la presentación de Los asesinos tímidos –revista de opinión y crítica literaria, dirigida por Juan José Burzi y María Eugenia Rombolá, en la que colaboro con una reseña al último libro de Martín Rejtman–, yo había conocido a Leonardo Oyola, muy buen tipo y autor de la novela Siete, el Tigre Harapiento, y Ricardo Romero, escritor y editor del sello Gárgola y de la revista Oliverio, me había acusado de pirata.
–El tuyo es el único blog que cuando entrás te aparece una publicidad –me dijo–, sos un pirata.
–Ponete un blog, Romero –le respondí yo–, te cambia la vida.
En ese bar también estaban, entro otros y además de los ya nombrados, varios integrantes de Alejandría, Nicoleta, Oliverio Coelho –que al día siguiente presentaría su nueva novela en el MALBA– y la administradora de La vida en Pijamas (no escribo su nombre porque parece que no quiere que sus jefes puedan llegar a enterarse de que es la autora de ese blog).
Los asesinos tímidos es bimestral y se consigue al módico precio de dos pesos. Este número debut trae varias reseñas, una entrevista a Gamerro y un artículo de Romero, "Elogio del errar", del cual copio las líneas que pude leer mientras volvía a mi casa en un 140: "Escribir es la bifurcación, el camino hacia el castillo del vampiro o la casona de la familia caníbal que tomaremos mientras el espectador que somos se dice a sí mismo, ´pero no se da cuenta de que para ese lado lo van a matar'."
*
Hacia el final de la noche, en el tugurio del Abasto, cuando casi todos los nombrados en el tercer párrafo se fueron, los demás comensales ocuparon la mesa en la que estábamos con Levín. Uno de los viejos tangueros, al notar que sabíamos tantos candombes y milongas, nos increpó: "ustedes los uruguayos están cada vez más en pedo", y yo me sentí un poco mal cuando un gordo barbudo con pretensiones de arrabalero, señalándome a mí, y tal vez por la camisa que tenía puesta o quién saber por qué, le preguntó entre risas a Federico:
–Flaco, ¿dónde lo trajiste?
6 de marzo de 2006
"Media pila, Molina"
Querido Molina, ¿Cómo vas a escribir con tanta precisión sobre esos temas? La gente es sensible. Los podés afectar. Yo me putié en los comments una vez con Molina, y cuando lo conocí se lo dije. Ahora él tiene un blog donde escribe sobre muelas y soledad, y también tiene un libro que siempre está por salir. No sé qué edad tiene Molina. Pero sé que si alguna vez duda de su talento literario, habría que ir a buscarlo para que se pusiera media pila. "Media Pila, Molina- le diría yo-, sos un escritor, no es joda." Y Molina se reiría, obvio.







