28 de enero de 2008

Hasta el Pulitzer no paro (II)

"Las insoportables vacaciones de Máxima", clickeando acá.

Y el último párrafo, que quedó afuera en la edición:

Una de las Zorreguieta que no celebró junto a su familia la llegada del 2008, y que menos apegada se muestra (al menos públicamente) a la figura de Máxima, se llama Dolores. Es una artista plástica que vive en Nueva York, y que hace algunos años, entrevistada por un diario nacional, explicaba de la siguiente manera la esencia de su obra: "Mi trabajo está centrado en las heridas primales causadas en la infancia. Exploro el terror que se siente cuando la violencia puede venir de una herida causada por nosotros mismos". Tal vez en algunas de esas palabras (infancia, violencia, terror) haya que encontrar las razones de distanciamiento de su padre y del resto de su familia.


25 de enero de 2008

Quinteto rocker

Esta es la nota que Agustín Valle escribió sobre el Quinteto y que salió publicada en el número de septiembre de la Rolling Stone. La foto es de Vera Rosemberg. Hicimos la sesión en una casa de Colegiales a la que alguna vez, en sus años de delivery, Funes había ido a llevar pizzas. No sé muy bien qué hay detrás de esa casualidad, pero seguro que hay algo. Recién hoy me doy cuenta de que yo era el único que no estaba de negro. Supongo que eso sí que no significa nada. Ahora se puede leer la nota en el blog de entrevistas de Valle, clickeando acá.

21 de enero de 2008

Berazachussetts


"Dora, Milka, Beatriz y Susana caminaban tranquilas por un sendero del bosque, cuando Dora señaló asombrada a un costado."
Así empieza Berazachussetts, la novela de Leandro Avalos Blacha ganadora del premio Indio Rico (con jurado compuesto por Pauls, Aira y Link) y publicada por Entropía (con editing de GC, VC, JMN y SMD), y debo confesar que en la noche en que Valeria me dio un ejemplar, durante la presentación de Objetos Maravillosos, fui bastante prejuicioso: llevado por ese "sendero" de la segunda línea, fruncí el ceño cuando alguien me preguntó qué onda la novela. Claro que a la mañana siguiente, cuando empecé a leerla en mi casa, tuve que cambiar de opinión enseguida. Berazachussetts es una gran novela. Y conste que digo esto sin ser demasiado adepto a lo aireano ni a lo fantástico en ninguna de sus variantes. Pero el de Avalos Blacha es un libro, sin partes ni capítulos, que con el correr de la lectura no deja de sorprender por su astucia, su delirio y su ritmo arrollador que nunca decae.

Lo que ven las cuatros amigas que caminan por los bosques de Berazachussetts en la primera página es una gigantesca mujer semi desnuda llamada Trash, una zombie punk que en algún momento de la novela va a encabezar un alzamiento popular en Berazachussetts. Una rebelión de zombis que va a cambiar el orden social de la ciudad y que va a influir en las aledañas Solanópolis, Ciudadelhi, Caraza Village, Guayaquilmes, Pehuajóllywood, Boedimburgo, Lomas de Zambia, Longchamps Elysée y Cambollaneda, entre otras.

**

"¿Quién va a asumir el poder?, ¿vos?" Constantino dejó a un lado la cabeza de pingüino que mordía para responder: "Una asamblea de representantes barriales de cada partido de Berrazachussetts. " Trash le pasó la botella de Rutini que había robado de una bodega del country. "Pensé que iban a revivir a esa Evita que tanto idolatran." "La nueva Evita vas a ser vos." Constantino le dio un beso rápido y se puso de pie. Los niños zombies pedían caprichosos más pingüinos, pero ya se habían devorado a todos. Unos jugaban en las hamacas, en las instalaciones del country. La pileta estaba roja por la sangre. Las zombis se despejaban armando un partido de voley con la cabeza de una respetada paisajista. Era, además, una respetada alumna de un curso de Filosofía. Comenzaba a aclarar.

**

Matadero

Es una especie de angustia momentánea, una sensación que hace arder el pecho y que entrecorta durante algunos segundos la respiración. Como la de esos vegetarianos que piensan que están salvando al mundo con su militancia pero que un domingo en un asado no pueden evitar clavarse una porción de vacío y que esa noche, tomando un té digestivo, atormentados por la culpa y sin poder dormir, se dan cuenta de que, hagan lo que hagan de sus vidas, las vacas seguirán yendo al matadero.

16 de enero de 2008

De un vendedor ambulante en el 39...

... para dar cuenta de la calidad de los auriculares que ofrecía:

"Anoche no pude ver Boca - Independiente en la tele,
de lo lindo que se escuchaba en el walkman"

11 de enero de 2008

Trauma, en el Sr. de abajo

(...) Me pregunto si a los rehenes también les hablará con diminutivos. Sólo cuando escucho el llanto del nene dejo de pensar en la selva colombiana. El microondas suena; pasaron dos minutos y cuarenta y cinco segundos desde que puse la taza. Mi hijo sigue llorando; imagino que está luchando contra la ropa limpia que se seca en el balcón (...)

(El racconti completo, acá)

8 de enero de 2008

7 de enero de 2008

Sin banda ancha

Un día en que me lo encontré en la calle, Funes me preguntó:

–¿Viste lo que le pasó a Fede?

Yo no sabía nada, y me preocupé: en el lapso de dos segundos pensé que le habían robado, que se había muerto un familiar, que se había quedado sin trabajo, que se había peleado con su novia…

–No me enteré de nada. ¿Qué le pasó?

–Está sin Internet en la casa.

Siempre me acuerdo de eso cuando me pasa algo parecido. Desde el 1º de enero estoy sin banda ancha en mi casa (los lagartos de mi edificio no se quejan si les aumentan 400% el ABL, pero sí tuvieron problemas para compartir por diez pesos mensuales la Internet con sus vecinos). Cada vez que está por agarrarme el síndrome de abstinencia (cosa que me está pasando menos de lo que hubiera imaginado) pienso que hasta hace diez o doce años la gente vivía tranquila sin este medio, y que ni siquiera existía esto de esperar al día siguiente para levantar los mails en la oficina o de caminar tres cuadras hasta un locutorio para encontrar diez mensajes basura en la bandeja de entrada.


***

Pequeñas delicias del autogoogleo: gracias a Silvina Friera por incluirme en su
balance de literatura argentina del 2007.

2 de enero de 2008

Broders

Sierra de la Ventana, primavera de 1978

Sierra de la Ventana, primavera de 1997


27 de diciembre de 2007

26 de diciembre de 2007

Y que bufen los eunucos

(…) Pero hay un grupo que debuta en las antologías y constituyó para mí un verdadero descubrimiento. Son cinco escritores (Levín, Funes, Oyola, Molina, Romero) que animan un grupo de lecturas públicas autodenominado El quinteto de la muerte. Algunos publican en la editorial Gárgola y casi todos tienen una activa participación en la blogósfera (qué palabra imposible). Se advierte en los cuentos de ese grupo algo en común. No es una homogeneidad temática ni estilística, sino una rara combinación de libertad y seguridad, de voluntad de encontrar lo nuevo y de jugar con convicción el juego de la literatura. Los cuentos tienen una frescura inusual y dejan la impresión de ser la obra de escritores formados, de gente que ha desarrollado una dialéctica con el lector potencial (y que uno es ese lector) y no de un estudiante que quiere publicar por reflejo gregario a partir de un oficio aprendido como una técnica de soldadura autógena (…)

(…) Más tarde aparece el de Ignacio Molina, que corresponde al grupo de relatos que recuerdan una historia de amor trunca en el barrio. Pero acá, el barrio no es el del narrador sino el de la mujer perdida y la descripción elude la familiaridad en todo sentido. El personaje es un extraño: de Colegiales, de la vía del tren y de los rituales que allí se practican, de la casa de su novia que tiene un hijo de otro, del amor mismo. Esa ajenidad le da un clima particular al cuento y convierte lo dado en desconocido.
Los cuentos del grupo tienen la virtud de explorar ambientes no habituales o descubrir en los ambientes habituales un mundo oculto (…)



(La reseña completa de Quintín a Buenos Aires / Escala 1:1, clickeando acá)

24 de diciembre de 2007

Soda (las luces de los celulares)

El viernes, en un 42 que parecía tener la calefacción prendida, viajamos a ver el último recital de Soda Stereo. Por suerte, al rato de estar sentados en el campo, el clima cambió de pronto: empezó a soplar un viento fresco y la temperatura bajó quince grados en menos de cinco minutos.

Había muy poco ambiente de recital; si uno se abstraía del contexto y miraba alrededor podía pensar que, más que en la previa de un concierto, estaba en la entrada de un shopping. Pocos peinados raros, nula excitación, nada de marihuana. Muchas remeras amarillas recién compradas, que de lejos parecían más del Pro que de Soda. Muchos cuarentonas con hijos chicos y muchas veinteañeras con (este dato me lo pasó Melina después; yo no lo había notado) “las tetas hechas”.

Ese clima no-recitalero también se vivió durante el show. Tal vez fue el aire libre, el sonido no demasiado alto, o la multitud (siempre, en estos casos, me da la sensación de que el recital se brinda a todos y a nadie al mismo tiempo), pero la verdad es que en ningún momento terminé de creérmela. Intenté coparme un poco y tararear algunas canciones, pero nunca dejé estar sobrio y –al revés de lo que me pasa otras veces – consciente de la hora y del lugar en donde estaba: en la cancha de River, un viernes a la noche, aportando a la concreción de un negocio millonario.

Y eso que la banda sonaba bien, Cerati estaba locuaz y, si te tapabas los oídos, el sonido del bajo te golpeaba en el pecho. Uno de los mejores y uno de los peores momentos se dieron casi al mismo tiempo: Gustavo de repente dejó de cantar y, en una buena performance, golpeó la guitarra contra el escenario hasta romperla (las chicas que estaban detrás mío se la creyeron: “debe estar re drogado”, dijo una. “Debe estar enojado con el sonido”, dijo otra). Después contó algo así como “en Paraguay estuve una hora para hacer esto”, y algunos ridículos, casi inexplicablemente, se pusieron a gritar “Argentina, Argentina…”.

Lo que tampoco me cerró fue la pretendida complicidad de Cerati con el público, con el “ustedes” (“ustedes son lo mejores”, “los amamos”, “ustedes son el cuarto Soda”). Cuando ese “ustedes” son millones de personas (sesenta mil en el estadio, y muchos más afuera) la complicidad me resulta inverosímil. Creo que cuando un hecho artístico se vuelve tan multitudinario ya no es posible una identificación personal con eso. Me pasa algo parecido con los fanáticos de River o de Boca: cómo sentirlo como algo propio, cuando ese sentimiento es compartido con casi la mitad de los habitantes del país.

A la salida, en el camino hasta Barrancas de Belgrano, paramos en un kiosco de Libertador y compramos una gaseosa y dos pebetes de jamón y queso a un precio exorbitante. En el 63 de vuelta, mientras metía monedas en la máquina, pensé que las luces de los teléfonos celulares que –reemplazando a los encendedores de otras décadas– en algún momento habían iluminado el estadio, eran una buena metáfora de todo.

21 de diciembre de 2007

Las palomas

Recibo el viento en la cara, me golpeo los dientes con el nudi­llo de un dedo pulgar.

–Cuidado –me dice Rosario–, te los vas a rom­per.

–Hago música –le explico mirando hacia afuera.

Tomamos el tren con la idea de bajar en Retiro, subir a este ra­mal del Mitre y viajar hasta Colegiales. Pero después de hacer la com­binación nos distrajimos mirando por las ventanillas, y nos pa­samos una estación.

Ahora bajamos en Belgrano R y bordeamos las vías mientras empieza a anochecer. A la altura del puente de Elcano, al ver que dos policías caminan hacia nosotros, Rosario intenta pasarme la ma­rihuana con disimulo.

–Por las dudas, ponétela ahí –me dice.

–Pero tengo boxer.

–Ah, –se pasa el puño por debajo de la remera: –¿Y de qué lado cargás?

–No sé . . .

–De mis compañeros de la facultad, el sesenta y cinco por ciento cargaban del derecho . . . Habían hecho una encuesta.

–¿Una encuesta?

*


El relato completo, acá.

15 de diciembre de 2007

Payaso mediático

Si algo faltaba para que me decidiera a comentar en el blog el affaire del martes a la noche, era que el aprendiz de Peter Malenchini saliera en la página de la revista Ñ diciendo cosas como: "esta agresión atenta contra el mundo del arte", "hice una performance buenísima", "me sentí un rockero", "no entiendo que nadie me haya salido a defender como artista", "es como que Nabokov hable de Lolita en el Rojas y lo caguen a trompadas", "al no ser público de arte el que estaba ahí no entendió la situación de un artista haciendo obra", "cuando hablé con amigos artistas no lo podían creer". . .

¿A quién le ganó este ridículo?, ¿cómo puede decir toda esa sarta de boludeces inverosímiles?, ¿desde qué rincón de su cabecita infecta se llamará artista y saldrá ofendido a decir en los medios que nadie lo defendió del rugbier y que todos los que estábamos ahí éramos, con otras palabras, unos pelotudos?, ¿cómo tendrá el tupé de decir todo eso, después de haber ido al boliche donde estábamos comiendo post-evento para que lo sacáramos de su supuesta borrachera depresiva?

Es claro que nada de lo que pueda decir este tipo es peor que su confesada –y ahora parece que negada– pedofilia, pero se le podría tener un poco más de contemplación si se arrepintiera de algo (del hecho que contó o, al menos, de la situación que generó o de su espectáculo payasesco) y no saliera a vanagloriarse de todo amparándose en una dudosa y autoproclamada condición de artista.

Si –como se queja– los que estábamos ahí no lo hubiéramos defendido de las trompadas, ahora le faltarían todos los dientes y un cirujano plástico tendría que estar haciendo arte abstracto sobre su cara para recomponerla un poco.

¿Y la negación o puesta en duda de lo que dijo? ¿Será que ahora es demasiado cobarde como para mantener su confesión? ¿O será que –de a misma manera que, al mejor estilo Giordano, gritaba en falsete "es ficción, no me peguen que es ficción" cuando le estaban por dar la tunda–, ahora dirá que todo se trató de una simple performance para evitar que su hermano se entere de todo y termine de hacer lo que el rugbier no pudo?

*

(Más allá del mamarracho, y para bajar un poco el tono: es muy gracioso que al pibe que quiso hacer justicia por mano propia todos, sin conocerlo, lo llamen "el rugbier" o "el patovica de zona norte", ¿no?)

11 de diciembre de 2007


10 de diciembre de 2007

6 de diciembre de 2007

Cansado

Estoy cansado de mí
de seguir encerrado en un nombre
de llevar este cuerpo a todos lados
de esa cara envejecida en el espejo

Quiero ser un hombre que sea muchos
que no se deje arrasar por los días
que no viva atrapado en las palabras

5 de diciembre de 2007

Rugby (II)

El club queda cerca del Parque de Mayo y a media cuadra de Relieve, un boliche que estuvo de moda hasta hace unos diez o doce años, hacia mediados de la década del setenta, y que, según la leyenda, ahora está lleno de fantasmas. La continuación de esta calle, hacia las afueras de la ciudad, se llama La Carrindanga; ahí quedan las canchas donde jugamos los partidos y, un poco más acá, los cuarteles del V Cuerpo de Ejército y las ruinas de La Escuelita, el campo de concentración de la dictadura. Una tarde volvemos caminando por ahí, y escucho que uno de los pibes dice en voz baja: “milicos hijos de puta, hay que matarlos, habría que cortarles el pito con un pela papas...”.

3 de diciembre de 2007

29 de noviembre de 2007

27 de noviembre de 2007

Dodó

(Nota de Noelia Rivero, publicada en el número de septiembre de la revista Dodó, vida de artistas) (Para leer, clickear en las imágenes)






26 de noviembre de 2007

26/11

Querido blog:

Son medio deprimentes esos bloggers que se la pasan mostrando fotos domésticas y hablando todo el tiempo de sus hijos, como si fueran los únicos en el mundo, ¿no? Hay excepciones, claro, como el blog de Loli, el de la Uruguaya y varios más, que están buenísimos y parecen tener la fórmula para quebrar esa regla general. Con respecto a los otros, no quiero decir que tenga algo en contra de esas muestras de intimidad, ni que no me gusten las fotos de nenes con pilas de cedés, mamaderas o manteles cuadriculados de fondo. Hablo de una sensación general que, supongo, deben tener algunos lectores ante esa especie de álbumes familiares públicos alumbrados con luces de living-comedor.


A riesgo de sonar un poco deprimente, entonces, puedo contar que Fausto ya camina como cien metros sin parar, que ya dice "papá" (aunque no está claro si refiriéndose a mí o como una onomatopeya) y que entiende frases como "buscá el chupete", "dejá de rayar ese compact", "los libros no se comen" o "si no te calmás no hay vainillitas". También finge ataques de tos, se ríe a las carcajadas, y se hace el que llora cuando alguien lo reta. La semana pasada Melina tuvo que comprar una red para tapar los espacios que dejaban libres las rejas del balcón. Hasta entonces Fausto había tirado a la calle cinco juguetes, dos tapas de mayonesa, un flan con dulce de leche, un paquete de medialunas y un chupete de los caros.

Ayer al mediodía, en el 166 rumbo al oeste, nos ubicamos con el nene en los asientos del fondo y, mientras esperaba para bajar, un chico de unos veintisiete años (un flaco bronceado, disfrazado de deportista, y, pensé en ese momento, muy parecido al promedio de participantes de Gran Hermano) se lo quedó mirando fijo. "Que maravilla", nos dijo. "Tiene una nariz perfecta, es lindísimo… Por Sunset lo van a corretear…"

21 de noviembre de 2007

Notas rápidas en el 39 (transcripción)

En una esquina de Marcelo T discuten un hombre y una mujer. No puedo darme cuenta si son pareja o sin son padre e hija. Gesticulan mucho. Me da la impresión de que ella está a punto de darle un bollo: le grita como si fuera un nene que juntó basura del suelo. También podrían ser nieta y abuelo: ella tiene menos de treinta y él más de sesenta. Recién cuando nuestro semáforo se pone en verde ellos se disponen a cruzar la calle. Al señor casi lo pisa un tacho.
*

En la verdulería hay un televisor prendido en Telenoche. Ver ahí a María Laura Santillán es como ver a un amigo en otro país. El verdulero levanta un cajón de tomates de la vereda y les mira el culo a dos chicas que pasan del brazo. Los mira como si estuviera comparando la calidad de dos lotes de manzanas.
*

Una chica que va adelante habla por celular del recital de Soda Stereo. Dice que estuvo bueno pero que le pareció “muy comercial”. Hace un rato me cambié de asiento porque el flaco que iba parado trataba de espiarme el cuaderno.
*

El vendedor ambulante es flaco y barbudo, muy parecido a Bin Laden. La barba lo debe hacer parecer más flaco de lo que en realidad es. Ofrece una linterna multiuso.“Ideal para ahora que se acercan los tiempos lindos”, dice, y yo no puedo darme cuenta de qué tiene que ver una cosa con la otra.
*

Ese local de Macdonalds fue el primero al que fui en mi vida. Me llevó mi hermana hace como veinte años. Ella ya vivía en Buenos Aires y yo estaba pasando acá las vacaciones de invierno. En realidad no sé si fuimos a este local o al que está más cerca de Callao. En mi imaginación siempre fue este de Pacífico. Ella pidió un menú barato (dos hamburguesas con queso y una sola gaseosa), subimos al primer piso y comimos a lado de unas chicas con hombreras y pelos parados.
*

Un cartel abajo del de Kentucky: moscato, pizza y fainá. Una de las canciones más horribles que escuché en mi vida. El colectivero gritó: “en la prósima el que baja en la estación”. En la baranda del puente hay una pintada política pro Seineldín. Alguna vez, hace unos cinco años, me prometí leerla cada vez que pasara por acá. El tipo que la escribió corrió peligro de muerte: casi se cae del puente o casi lo pisa un tren.
*

La mujer que va sentada detrás mío despide un olor a fritanga impresionante. Todavía no pude verle la cara. De reojo vi que tiene unos cincuenta años y una camisa floreada. Estoy seguro de que en la cartera lleva un paquete de rotisería con papas fritas y milanesas de pollo.



20 de noviembre de 2007

Cañas (verano de 1982)


Yo soy el de malla roja.
Y sí, estamos intentando pescar, no sólo haciendo alarde de nuestras cañas.

12 de noviembre de 2007

La tensión entre escritura y experiencia

–¿Flaco, adónde querés ir de vacaciones?

–No sé, yo iría a alguna playa de Uruguay, pero debe estar re caro . . . Podríamos ir a la costa argentina . . . qué sé yo . . . a San Bernardo, ponele . . .

–¿¿En serio me estás diciendo?? . . . ¿Por qué San Bernardo?

–Qué sé yo . . . me gusta el nombre. Me resulta simpático, además . . . se me hace cómodo para ir con el bebé, un ambiente familiar, bien clase media . . .

–¿Simpático, decís? . . . Además, ¿desde cuándo te gustan los ambientes familiares? . . . Me estás jodiendo, no te puede gustar el nombre . . . La vida es otra cosa, no los cuentitos que vos escribís . . .

7 de noviembre de 2007

Rugby (I)

Estamos en el tercer tiempo. Yo tengo los botines limpios, las suelas sin barro, y la camiseta completamente blanca: jugué los últimos quince minutos del segundo tiempo pero casi no toqué la guinda. Apenas terminó el partido, y para no tener que pedirle el bidón a los chicos del equipo contrario, hice lo que siempre hago en los entrenamientos cuando tengo mucha sed: sellé los labios, junté mucha saliva en la boca y después la tragué intentando convencerme de que era agua. Ahora lleno un vaso de papel con gaseosa tibia y me voy a tomarlo a un costado de la cancha. Veo jugar a los de intermedia, escucho los gritos, huelo el humo que sale de la parrilla, y me dan ganas de que los segundos pasen cada vez más rápido. Cuando de reojo veo acercarse a mi entrenador, me levanto y voy a tratar de esconderme a la zona de los árboles.

Odio al rugby y a todo el clima que se forma alrededor. Ni el casete de Los Fabulosos Cadillacs que pusieron en el quincho me saca las ganas de querer estar en mi casa, mirando televisión, escuchando la radio o escribiendo historietas en alguno de mis cuadernos. Odio al rugby y al ambiente que lo rodea: lo único que quiero ahora es estar en mi cuarto. Hace unos meses mi mamá me compró los botines y la camiseta y me llevó al club, con la idea de que ahí me iba a “hacer nuevos amigos”. Mi deporte preferido es el básquet, pero supongo que ella se dejó llevar por el mito que indica que en el rugby se fomenta la amistad como en ningún otro deporte. Creo que algunos de mis compañeros ni siquiera saben mi nombre. En las vacaciones de invierno fuimos cuatro o cinco días a Lomas de Zamora y nos alojamos de a dos en las casas de los chicos de Pucará. Mientras el entrenador, en el colectivo de ida, sorteaba a las parejas, escuché que alguien decía a mis espaldas: “yo puedo dormir en un baño o en cualquier lado; lo único que pido es que no me toque con Molina” . . .

6 de noviembre de 2007

5 de noviembre de 2007

30 de octubre de 2007

Yo también tuve fans

NACHO:

Desde que entramos al colegio y te vimos estamos re-muertas por vos. Sos un dios.
Tus hojos son como dos lagos de agua cristalina, agua que nos llama, agua que nos inunda, agua que nos ahoga. Queremos hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos (de a una), el amor está frente a nuestra puerta, quiere entrar y ve que está entre abierta.
Te amamos y en todos los colores.

Besitos.

TUS FANS INTIMAS


(abril de 1994)

Buenos Aires Escala 1/1


Hace ya varias semanas salió Buenos Aires Escala 1/1, la antología sobre los barrios porteños compilada y prologada por Terranova y publicada por Entropía, también conocida extraoficialmente como "el libro de los barrios". Yo aporté "Las palomas", un cuentito escenificado en Colegiales. Sobre ese relato y sobre alguna otra cosa contesté preguntas en Hablando del asunto.

29 de octubre de 2007

Esa mujer

Ayer, camino a la escuela, mientras comentábamos las columnas de Página/K y hablábamos sobre la Coalición Cívica Libertadora y el nuevo gorilaje blanco, encontré esta imagen tirada en la calle. En realidad vi una agenda de tapas duras en el cordón de la vereda, la levanté por curiosidad, y saqué de entre sus páginas la estampita coloreada de esa mujer. Y después mi voto, por primera vez desde que empecé a votar en el 95, fue nacional y popular: siguió sin ser oficialista, pero tampoco fue para ningún partido de izquierda.


23 de octubre de 2007

23/10

Querido blog:

Hoy me desperté convencido de que tendría que galvanizar el techo de un gimnasio. En la tarea me ayudarían dos operarios: Galván y Galvanissi. Mientras caminaba hacia el baño traté de recordar los detalles del sueño, pero sólo se me vino a la cabeza las imagen de mí mismo vestido con un traje marrón de encargado de edificio de la década del ochenta.

Otra cosa: el fin de semana volví a andar en bicicleta. La había dejado en la bicicletería hace más de un mes y recién fui a buscarla el sábado pasado. Entré calculando cuánto me cobrarían por la guardería, pero la dueña no me dijo casi nada: sólo me retó con la mirada y me pidió que firmara un papel. Me indicó dónde estaba la bici y me cobró nada más que seis pesos, catorce menos de lo que había estimado semanas atrás. Con esa diferencia, un rato más tarde, agregué a la compra del súper un balde de un kilo y medio de helado.

Esa tarde pedaleé hasta la zona de Cabildo y Juramento para comprar los regalos del día de la madre. Encadené la bicicleta a un poste de luz y caminé hasta las cuadras de los negocios. En una librería de saldos vi a una chica levantar una pila de doce ejemplares de
Cómo desparecer completamente y llevarla hacia el mostrador. Al principio creí que era una fan exagerada de Mariana Enriquez, pero enseguida me di cuenta de que era ella misma. Después de los saludos me contó que estaba por viajar a la feria de Guadalajara, que ni en su casa ni en la editorial quedaban ejemplares para llevar, y que alguien le había pasado el dato de que en esa librería de Belgrano podía conseguir. También hablamos de Bajar es lo peor, su primera y todavía más inhallable novela. Me contó que la había escrito completamente a máquina, y que estaba pensando en scanearla para subirla a la web.

Mientras pedaleaba de vuelta a casa, con la canasta de la bici llena de regalos, me acordé de un episodio –salvando las gigantes distancias entre los personajes– un poco similar: hace unos diez años, en el viejo Musimundo de Cabildo, vi a Sergio Denis comprar un disco suyo. “Ese que tiene: te quiero tanto…”, le había tarareado al vendedor. Un rato más tarde, de vuelta en mi casa, me puse a hacer zapping y en un canal de cable vi a Sergio cantando esa misma canción apasionadamente, mirando a la cámara y tocándose el pelo, haciendo playback sobre el mismo disco que había comprado en Musimundo.


22 de octubre de 2007

El Tigre se pasa

Aunque Leo ya me lo había dicho personalmente, al verlo por escrito no puedo evitar volver a conmoverme:

Siempre digo que si mi hijo, Ramón . . .

19 de octubre de 2007

El libro de mi viejo



La contratapa, de mi autoría:

Este libro constituye la investigación más completa sobre la historia política y social de Bahía Blanca realizada hasta el momento. A través de un pormenorizado estudio de las intendencias de la ciudad –desde la asunción en 1886 del primer mandatario municipal, Teófilo Vicente Bordeu, hasta la finalización en 2003 del período de gobierno de Jaime Linares–, Hernán Molina relata el acontecer de casi ciento veinte años de historia bahiense.

En las páginas de este formidable trabajo, sustentado en la elaboración de los apasionantes perfiles biográficos de sus protagonistas y en un gran acopio de datos estadísticos, el lector podrá conocer o rememorar los hitos que forjaron la identidad bahiense en sus diferentes ámbitos (institucional, político, social, científico, cultural y deportivo) a lo largo de su rico historial. Para ilustrar sus páginas, y luego de una ardua tarea de búsqueda en archivos oficiales y personales de la ciudad, Molina logró conformar un impactante documento fotográfico que retrata escenas de todas las épocas comprendidas en el libro.

De manera lateral –aunque no por eso menos profunda–, el autor aborda la narración de los momentos más relevantes acaecidos a nivel nacional desde fines del siglo XIX hasta las primeros años del siglo XXI, como la denominada "década infame", la sucesiva alternancia entre gobiernos democráticos y de facto, y el advenimiento de los grandes movimientos populares a la vida política del país, entre muchos otros acontecimientos.

17 de octubre de 2007

El lunes a la noche, mientras yo hablaba por teléfono con mi mamá, mi abuela dejó de respirar. Dicen que ya tenía los ojos cerrados y que no sufrió en ese momento: sólo exhaló con fuerza por última vez, y se quedó quieta con un gesto de alivio. Ayer a la mañana, mientras entraba el cajón al cementerio, me acordé de la tarde de veinticinco años atrás en que caminamos de la mano por Plaza Francia, y de cómo ella se burlaba a su modo de los que iban a “gastar plata” a los restaurantes de la Recoleta, “al lado de los muertos”. Y también pensé que por suerte, hace algunas semanas, en la clínica, me animé a decirle “te quiero mucho” mientras aún estaba despierta.


(Ah, no es necesario que dejen comments, en serio)

8 de octubre de 2007

Lectura de narradores...

DE LA NUEVA NARRATIVA ARGENTINA

¿qué escriben los que nacieron después de 1960?

MARTÍN KOHAN
IGNACIO MOLINA
PATRICIA RATTO
PAULA VARSAVSKY


Y el bonus track intergeneracional:
MARÍA ROSA LOJO

Coordina ELSA DRUCAROFF

Y como siempre, tragos y libros a buen precio


Domingo 14 de octubre, 18 hs en

CasaBrandon
Luis Maria Drago 236 (a dos cuadras de Canning y Corrientes).
Parque Centenario, Buenos Aires

4 de octubre de 2007

"Cómo estar solo"

(Publicado en la revista El Interpretador)

Sobre Los estantes vacíos, de Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Alejandro Soifer


¿Cómo escribir sobre un libro del que ya se ha dicho tanto?
Intentémoslo.

Tenemos entonces, quince relatos agrupados en un libro con ciertas continuidades temáticas y argumentales tanto como formales y de procedimiento.
Podría establecerse como plano de lo narrado el espacio y el tipo de personajes que se repiten en los relatos. Tenemos hombres y mujeres de entre 20 y 30 años, de clase media – media baja (en esa franja difícil de clasificar que algunos han llamado "la generación del milqui": mil quinientos pesos de sueldo que obligan a la vida gasolera y el alquiler y los gastos compartidos con otro; compañero de cuarto o pareja) que intentan vivir y sobrevivir a la vida en la época del ningún- ismo.

Establecer que hay una repetición de arquetipo de personaje que se reproduce a lo largo de los quince cuentos es un mecanismo crítico productivo porque permite hablar del desplazamiento de personajes y situaciones como una constante en la construcción del libro. Una idea básica se desliza: no importa el personaje, importa la situación. Los personajes entran en un juego de enroques permanentes, un desplazamiento que sigue la línea de toque de de significantes vacíos (...)

(La reseña completa, clickeando acá)

3 de octubre de 2007

3/10

Querido blog:

Anoche un lector me pidió que le explicara una frase de Kilómetro Cero: “Como se habían gastado las pilas del reloj, la persiana estaba subida”. Al principio me negué, le dije que era como explicar un chiste y quitarle la gracia, pero al final, ante su insistencia, y sin poder ocultar el fastidio, tuve que ceder.

Después, en la calle, caminé detrás de un pibe de unos veintiocho años que iba hablando por teléfono y gesticulando demasiado con la mano libre, como si su interlocutor lo estuviera viendo. Yo lo seguía a unos cinco metros, prestándole atención a su parte de la charla y tratando de imaginar la que no podía oír. En un momento escuché un nombre que me resultó conocido y tardé menos de dos segundos en darme cuenta. “Te quería encargar un laburo de fotos Madeleine Onis, llamala mañana al estudio”, dijo él, y yo, hasta que lo vi meter una llave en la puerta de su casa, estuve a punto de decirle que a Madeleine la conocía, que había sido compañera mía de colegio, que hacía más de diez años que no la veía, que me contar algo de ella, pero al final me quedé con las ganas.


Otra cosa: el lunes que viene viajo a Bahía con Fausto. Desde fines del verano que no voy. El martes mi papá presenta su libro en la Biblioteca Rivadavia. Por suerte el bebé todavía no paga pasaje. Entre otras cosas, vamos a conocer a mi nueva sobrina y voy a entrevistarme con un ex boxeador. Espero que no haga demasiado calor y que mi viejo se tome todo con calma, como su nieto en la foto de abajo.



2 de octubre de 2007

2/10

Querido blog:

Creo que ya encontré algo tan ridículo como caminar bajo un paraguas: verme a mí mismo empujando el cochecito del bebé. No sabría explicar por qué, pero cada vez que me veo en una vidriera tengo que desviar la mirada. A las viejas parece que no les pasa lo mismo: hoy una me sonrió y me dijo “papucho” mientras esperábamos a que cambiase la luz de un semáforo.

Antes, a las diez y media, habíamos salido a la calle para ir a retirar el carnet definitivo de la obra social. Llegamos, saqué número, esperamos diez minutos y en el mostrador me dieron otro carnet provisorio y me pidieron que volviera en tres semanas. Después fuimos hacia el lado de la vía; había quedado en encontrarme con un pibe (hombre, chico, muchacho, chabón) a las once y media en el bar de Conde y Lacroze. Di vueltas por Colegiales, llegamos a esa esquina sobre la hora y nos sentamos en la entrada. Estuvimos ahí casi media hora, esperando en vano y viendo pasar a la gente, y después de hacer un llamado desde un locutorio pegamos la vuelta. Para completar el malhumor provocado por la mañana perdida y la humedad insoportable, cuando llegamos a casa me di cuenta de que al bebé se le había perdido una zapatilla. Creo que la puteada más suave llegó hasta Lacroze.

Acá abajo pego una foto con los pibes del Quinteto que no viene al caso pero que encontré revolviendo papeles y me gustó para ilustrar.


1 de octubre de 2007

1/10

Querido blog:

¿Hay algo más ridículo que caminar bajo un paraguas? Supongo que sí, que hay muchas cosas más ridículas, pero hoy, mientras esquivaba charcos, no encontré ninguna. Creo que si me viera a mí mismo caminando con un paraguas me revolcaría en el suelo de la risa. Por eso, cuando llueve, nunca me miro en el reflejo de las vidrieras.

Anoche el bebé se despertó gritando a las tres de la mañana. Yo fui medio dormido a ponerle el chupete y después no me pude volver a dormir: pensaba en la plata, en el futuro, en todas esas cosas que ya se ven de otra manera cuando se hace de día. Di vueltas en la cama hasta las cinco y después, en el living, prendí el televisor sin volumen. Me pareció raro ver los goles de River a través de la cámara de Crónica TV: pensé que era parecido a verlos en la cancha, o a ver las fotos de una modelo sin fotoshop. Afuera llovía, el viento golpeaba las persianas y movía las copas de los árboles. Miré a través de una rendija: vi el reflejo de las luces en el asfalto mojado, y sonreí al imaginarme cruzando la calle bajo el paraguas abierto.

Trilogía


28 de septiembre de 2007

Los días en Jeppener (fragmento)

–Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo –dijo Nicolás saliendo del agua, mo­jándome con gotas al sacudirse el pelo, y yo giré la cabeza para responderle con la mirada.

Estaba acostado al sol. Tenía ganas de meterme en la pileta y de tomar agua, pero pensé que haciendo las cosas en ese orden me po­dría electrocutar. Entonces me levanté y corrí hacia la casa. Cuanto más rápido llegue a la galería, debí intuir equivocadamente, menos probabilidades tengo de pincharme los pies.

Mientras miraba el interior de la heladera repetía, sin pensar y mecánicamente, la frase que había dicho Nicolás. Como cuando leo sin leer, o como cuando tarareo un estribillo en otro idioma, me dejé llevar por el sonido de las pala­bras sin prestarle atención a los signi­ficados: "Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo . . . "

Volví corriendo a la pileta y me tiré de cabeza en la parte más profunda. Durante el instante en que volaba, y por el envión que ha­bía tomado, pensé que debía estirar los brazos para no golpearme la frente. Como sentía la obliga­ción de responderle a Nicolás con pala­bras antes de que llegaran las chicas, apoyé sobre el borde los puños y el mentón, lo miré tomar sol con los ojos cerrados y dije:
–Lo bueno de venir acá es que tardás poco en llegar, pero igual tenés la sensación de que estás de viaje.

(...)

Linne se zarpa

¿Borges?, ¿Cortázar?, ¿Marechal?, ¿Castillo? . . . Naaaa: Rejtman y Molina.

26 de septiembre de 2007

La plazoleta

La primera vez que, por mis propios medios, crucé en colectivo el puente de Juan B. Justo, fue en una mañana de otoño de 1992, una de las tantas veces que me rateé solo al colegio. Ese día caminé hasta la zona del parque Las Heras y me subí a un 60 para conocer la galería Churba de Cabildo y Juramento. Yo había llegado a Buenos Aires en marzo de ese año, y, hasta entonces, la ciudad para mí era la franja delimitada por el río, la avenida Córdoba y las plazas Francia e Italia.

A partir del año siguiente esos márgenes empezarían a ensancharse, y la zona de Cabildo y Juramento sería el escenario de mis primeras buenas trasnochadas porteñas. Pero por aquel entonces, en el 92, algunos de mis compañeros de colegio hablaban de esa esquina con la misma lejanía y fascinación que si hablaran de la quinta avenida de Nueva York.

Bajé del 60 frente a la plaza de la iglesia redonda. Después de conocer esa parte de Belgrano, de entrar a la galería y de subir y bajar por sus rampas espiraladas, decidí volver caminando. Tomé una calle paralela a Cabildo y me fui desviando sin rumbo fijo, notando cómo la ciudad se iba achatando a cada cuadra, hasta que, tras bordear un terreno baldío gigante, llegué a una plazoleta descuidada enclavada en una esquina de barrio. Aún no era el mediodía. Vi jugar a unos nenes de dos o tres años, y, al sentarme al sol, me pareció notar cómo las mamás me miraban extrañadas, como preguntándose, supuse, de qué colegio era mi uniforme.

A mediados del año siguiente nos mudamos al edificio que había en esa misma esquina, justo enfrente de la plaza. Cada vez que miraba por la ventana me veía sentado ahí, con ese uniforme que con el paso del tiempo se me iba haciendo cada vez más ridículo. En esa época, a la plazoleta empezaron a remodelarla cada seis meses. Podaban los yuyos, modernizaban los juegos, arreglaban el alambrado perimetral, ponían césped, agregaban areneros, pintaban el muro que la separaba de una casa.

Ahora, tantos años después, vivo con mi propia familia en ese mismo barrio, a menos de tres cuadras de esa esquina, y algunas mañanas llevo a mi hijo a la plazoleta. La persiana del cuarto en el que pasé casi toda mi adolescencia está siempre baja y la plazoleta, aunque no tiene ni un centímetro de césped, está impecable. Hay bancos fijos de madera barnizada, juegos en buen estado, areneros amplios y limpios, y hasta dos mesas empotradas al suelo con tableros de ajedrez dibujados.

Esta mañana, mientras Fausto andaba en su autito y le hacía señas de lejos a una nena, vi a un loco entrar en la plaza. Era pelado y tenía anteojos culo de botella. Se sentó a la mesa de ajedrez y se puso a repetir frases como: “está bien, por cinco mil euros por mes cerramos contrato”. También había unos pibes en equipos de gimnasia que se reían de cualquier cosa y se empujaban entre ellos. Tenían unos diecisiete años, y durante un segundo tuve la certeza de que eran los nenes cuyas madres me habían mirado extrañadas hacía quince años ese mismo lugar.

Había mucho sol, Fausto la estaba pasando bien y así, lejos del ruido y cerca del pasado, los minutos parecían alargarse. Podríamos habernos quedado ahí varias horas más, pero él tenía que comer y yo tenía que volver a trabajar. Cuando nos estábamos yendo, nos cruzamos a un chico con uniforme de colegio secundario. Era alto, desgarbado y parecía andar sin rumbo fijo. Entró en la plaza, se sentó en un banco y se puso a ver jugar a la nena. No te preocupes, le dije a Fausto en voz baja, vos vas a andar sin uniforme, yo te voy a mandar a un colegio estatal.

25 de septiembre de 2007

Melodrama

El día en que Virginia cumplió dieciocho años, Roberto, al vol­ver de la oficina, le tocó el portero y le pidió que bajase, le besó la frente y caminó con ella una cuadra en silencio, hizo tintinear un lla­vero frente a sus ojos y le señaló el auto cero kilómetro que había estacionado junto al suyo.

Esa imagen, la sonrisa de su padre en la penumbra de la co­chera, se le cruzó a Virginia por la memoria una década más tarde, al salir del hospital con su bebé entre los brazos.

–Pero igual lo que él siempre quiso es un hijo varón –pensó en voz alta mientras subía al remís–. Un nieto no deja de ser como un premio consuelo.

–Además, cuando el nene empiece a caminar tu viejo ya va a es­tar para el geriátrico –acotó Mauricio durante el viaje, exagerando una son­risa para dar a entender que bromeaba.

Bajo el sol del mediodía, el remisero manejaba sin hablar y con la radio encendida a un volumen casi inaudible. Mientras mi­raba por la ventanilla, también en silencio, Virginia tuvo la sensa­ción de que hacía al menos un año que no andaba por la calle, y, aunque se esforzaba, no conseguía ubicarse en el tiempo.

En una esquina, a pocos metros de un semáforo en rojo, había un hombre tendido boca abajo en la vereda, las manos esposadas detrás de la espalda, y junto a él, desparramadas frente a la vidriera del negocio que había intentado robar, varias camisas envuel­tas. Virginia le tapó los ojos cerrados al bebé, y, cuando el auto re­tomó la marcha, se dio vuelta para ver cómo, a la sombra de un árbol, se iban juntando curiosos.


(El cuento completo, acá)

24 de septiembre de 2007

Soñé que Calamaro ...

Soñé que Calamaro iba a ver al Quinteto,
y nos contaba que escribiría una nota
para la versión chilena de la Rolling Stone.
Leíamos en un boliche enorme de Sarandí
un galpón con luces dicroicas en el techo.
“Pónganse las pilas, esto es zona sur”,
nos decían unos pibes sentados en el fondo
unos pibes disfrazados con camisetas de Arsenal.
Andrés me preguntaba, como si estuviera cantando,
qué libros estaba leyendo y si me gustaba Nirvana
mientras esperábamos congelados en la estación
a que se hicieran las cuatro para tomarnos el tren.
Funes y Oyola nos despedían abrazados en el andén
cantaban Last train to London en versión afro cubana,
Romero y Levín comían con las manos las sobras
del guiso de posguerra que habían cocinado
y con Gorostiza recitaban el cuentito
que yo, por un fulminante ataque de tos,
no había podido leer en el bar.

13 de septiembre de 2007

12 de septiembre de 2007

Gajes...

...del autogoogleo.


"Papeles viejos y memoria colectiva: ¿Por qué querer defender el ...
Formato de archivo: PDF/Adobe Acrobat - Versión en HTML“los armarios y los estantes vacíos y dondequiera, desparramados, por el suelo [...] ...... Dirección: Av. La Fontana 755, La Molina, Lima, Páginas similares - Anotar esto


El Opinador Compulsivo: February 2006
La cultura cubana estará en los estantes vacíos de la feria, donde debieran ... como también debe saber el acoso que sufren la doctora Molina y su anciana ...articulos-interesantes.blogspot.com/2006_02_01_archive.html - 418k - En caché - Páginas similares - Anotar esto


Martha Colmenares Rosa Regás, una fan de Chávez que compromete a ...
... de atención médica porque sus estantes están vacíos, pura fachada y ruido. ... Nos los cuenta Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique de este mes: “Más ...www.marthacolmenares.com/2007/08/26/rosa-regas-una-fan-de-chavez-que-compromete-a-zapatero/ - 98k - En caché - Páginas similares - Anotar esto

5 de septiembre de 2007

Viajemos en subte a China

Partamos en dos la tierra
viajemos en subte a China
y con la plata que nos sobre
levantemos una casa de madera
en las afueras de Luis Guillón.

Hagamos una pira en el fondo
veamos arder la biblioteca
todos los papeles que nos permitan
volver a recordar nuestros nombres.

Levantemos una casa de madera
en un barrio al que no lleguen los diarios
rompamos las cuentas del alumbrado,
de la luz, el teléfono y el gas.

Dejemos de cumplir años
y cuando algún sábado a la tarde
queramos mirar un partido
caminemos hasta la estación
entremos al bar y saludemos
al mozo como si fuera un amigo
con el gesto ampuloso
de pedirle un café.

1 de septiembre de 2007

Un año

Hace un año, horas después de que pasara todo esto,

yo entraba en un locutorio para contar esto.