29 de octubre de 2005

Colombroño


Ignacio Molina is a partner with the tax department and specialises in advising corporations on tax structures and M&A transactions in Spain, South America and Asia. Ignacio worked as a trainee in McBride Wilson & Co Solicitors, BM&A (Abogados) and Banco Santander. He was a partner at Bufete Roig-Aran and Menchén Aparicio before joining Masons Buxeda Menchén.
E Ignacio.molina@masons.com

(vía http://www.masonsbuxedamenchen.com/images/MolinaIgnacio.jpg&imgrefurl)

27 de octubre de 2005

Una idea funcional

Me enteré de que un lector que yo no conozco había dicho: "así que se llamaba Unidad Funcional ese blog, siempre pensé que era Una idea funcional". Eso, para ponerlo en términos viqueanos, fue una de las cosas más potentes de la noche.

El martes, con veinte minutos de retraso, llegué a Bartolomeo para una reunión del grupo Alejandría. Saludé a Levín y a Obelix, que habían llegado temprano y ya estaban tomando cerveza. Al rato subió a leer Levín (un cuento que obtuvo buena repercusión y que más tarde sería pedido por varios de los concurrentes). La chica que leyó después le preguntó en voz baja: "¿vos sos el de Moscas?, y se presentó: "soy Natalia, de La vida en pijamas".

Vico llegó al comienzo del primer intervalo. Algunas de las cosas que se dijeron, desde ese momento y hasta la lectura del "invitado famoso", fueron las siguientes:

–Cambiaron las botellas por las jarras.
–Así que van a publicar el libro, muy copado.
–Conseguí departamento.
–Hay una nueva alternativa para el título: Un montón de lugares.
–Nos tendríamos que vestir de monjes, o algo así.
–Parece que el pibe se inventó un nick secreto y deja comments peligrosos.
–Y a la amiga la conozco.
–Los estantes vacíos también me gusta, es de la onda Los trabajos nocturnos, o Las cerraduras rotas, jeje.
–240 páginas,bueno, unas obras completas.
–¿Así que Rejtman se ortivó?
–Yo publiqué con el Centro Editor Latinoamericano.
–Yo me voy, ya les avisé que vengo baqueteado.

Obelix se retiró muy temprano, antes de que subiera al escenario Pablo de Santis. En un momento de su lectura yo fui al baño, y, cuando volví, Levín, haciendo futurología, me anunció el final por lo bajo: "es el veterinario".

La entrevista tuvo momentos interesantes. La enunciación de sus autores favoritos (Bioy Casares, Silvina Ocampo, Brizuela, Birmajer) provocó comentarios susurrados en nuestra mesa, y, cuando comentó que había sido finalista del Premio Planeta de 1997, también desde nuestra mesa salieron las preguntas más punzantes sobre el caso.

Con cara de piedra, De Santis dijo que todo había sido un malentendido y, ante mi pedido de blanqueo, respondió que sí, que creía en la inocencia de Piglia pese al dictamen judicial.

Algunas de las frases dichas desde esos momentos hasta la salida del bar:

–¿Alguien quiere la mitad de este triángulo?
–Esta es la biografía de un niño oligarca.
–Este no fue tan aburrido como pensaba.
–Cuando llegué, él estaba ahí paradito.
–Dejate de hinchar, por lo menos que haga un guiño.
–Al Turco Asís le hago el aguante.
–Otro cuento con jazz.
–¿Y qué querés, que se tire contra su posible empleador?
–Nos invitan a comer una zapi.

Vico saludó a la administradora de Perro de aguas, una chica que, creo recordar, había sido compañera suya del colegio. Después fuimos a La Americana, una pizzería demasiado iluminada que hay en Callao y Bartolomé Mitre, con varios de los integrantes de Alejandría, otros alumnos de Abelardo Castillo y dos editores de revistas: Oliverio y Casa de brujas.

Algunas de las que recuerdo, entre la salida del bar y la permanencia en la pizzería:

–Ese edificio se cae.
–Pero estarías enfrente de esta librería.
–Levín es nuestro Terranova, lleva la voz cantante.
–No vino De Santis, sabía de tu presencia.
–Me dijo: yo pensé que era "Una idea funcional".
–¿Vos viajaste hace poco, no?
–En dos martes vienen del staff de La joven Guardia.
–Balones para las chicas y chops para los jóvenes.
–¿Conocés El Interpretador?
–¿Vos sos Juanjo? Molina, de Una idea funcional.
–¿Y cómo se llama el libro, lo habías mandado a algún concurso?
–Si pueden, eviten el baño.
–Vamos a hacer una revista de crítica literaria.
–Vayan al sector fumadores.
–No me jodan, todos tienen un libro en preparación.
–Anotame la dirección, sin el triple doble vé.
–Bellatin les pasa el trapo a todos esos.

También se habló de chimentos y de rumores que, hasta que no sean chequeados –y aun luego de eso–, no son reproducibles. Después de una importante escisión, nos dirigimos a La Academia, donde, en la misma mesa que un mes atrás, un viejo muy flaco tomaba café con leche y leía, ayudado con una lupa, un diario del día siguiente.
Lo que recuerdo, entre la elección de este bar y la parada del 39:

–Podríamos, pero es muy caro.
–Ahí estás vos en cuarenta años.
–Por lo general, si no te conoce y no sos un mozo, en un bar nadie te llama así.
–Pidamos la última.
–Mañana tengo que escribir dos guiones, eso no me da mucha potencia.
–En radio Eter, los viernes a las nueve de la noche.
–Pidamos la última.
–Está todo bien, pero eso no sirve para nada.
–Me lo mandás por mail: figura en el perfil.
–Mmhh, mañana no creo que haya crónicas en ningún blog.
–Pidamos la última.
–Cerró el Crónica de la tarde.
–Yo estoy para cinco más.
–A ustedes dos los tenía linkeados.
–No me digas que ya son las cinco.
–Pidamos la última.
–¿En Belgrano? A tu casa llegás con los pajaritos.
–Pidamos la última.
–Te voy a matar, para qué abrís la boca.
–Si yo no dije nada.
–Ahí viene.

20 de octubre de 2005

El aura

Sacarme sangre hace pocos meses sólo me sirvió para escribir algunos post. El médico gastroenterólogo que me había encargado el análisis no pudo darme ninguna solución definitiva. La semana pasada, navegando por la red, descubrí un sitio que me informó que todos los síntomas (visión salpicada, fuerte dolor de cabeza, vómitos) y algunas de las causas (comer chocolates) de los cuadros de malestar que sufro cada tanto coinciden con los de la migraña.

Ayer, mi nuevo neurólogo me hizo acostar en una camilla y me explicó que a las alteraciones en la visión que se me presentan antes de las jaquecas se las denomina "aura". Mirá vos, tengo migraña con aura, pensé, y –no sé si lo dije en voz alta– es algo así como estar mareado sin estar mareado.

Una asistente me colocó una gelatina pegajosa en distintos puntos de la cabeza y me conectó electrodos a la base del cráneo para determinar en qué sector del cerebro se halla la lesión.

En el baño del consultorio intenté, sin mucho éxito, sacarme los pegotes del pelo. Después, mientras bajaba a la calle, recordé un fragmento de la primera charla con el doctor:

–Muchachito, ¿tenés conductas tóxicas o dañinas?
–Miro bastante televisión.
–Jeje. Digo: tacabo, porro, chupi, merca . . .

Ya en la calle, al pasar por una Boutique del Libro, pensé en el mío; parece que el título ya está definido y todo indica que mañana firmo el contrato con la editorial. Me acerqué a la mesa de novedades y lo imaginé ubicado ahí a la espera de lectores. Miré las tapas de un par de novelas y levanté Hiel, el libro de fotos y textos de Celeste Cid que se vende a cincuenta y nueve pesos. Lo abrí en una página al azar y, en letras manuscritas, sobre una especie de collage, leí algo así:

MIRAR PELICULAS DE DAVID LYNCH
DESNUDA EN TU CAMA
COMIENDO CHOCOLATES


Al instante, con una mueca, dejé el libro en su lugar. Yo paso, Celeste: no me gusta David Lynch, y ya no puedo comer chocolates.

13 de octubre de 2005

Apartado

Si tuviera que clasificar a las variadas reacciones instantáneas que recibo al anunciar la edición del libro, el apartado "irritantes" estaría encabezado, sin dudas, por la pregunta: "¿y te van a pagar?".

11 de octubre de 2005

Literarias

Llegó la hora del anuncio oficial.

Si todo sale de acuerdo a la planeado, pronto saldrá a la venta mi primer libro.

En próximos post, más detalles al respecto.

8 de octubre de 2005

Algo que a nadie le interese

La estadística señala que los fines de semana las visitas al blog se reducen a la mitad. ¿Y los fines de semana largos? No tengo registro de eso; tal vez a la mitad de la mitad, pero nunca se sabe.

M. está en Uruguay; anoche fue a una fiesta de casamiento en Nueva Helvecia, un pueblo equidistante entre Colonia y Montevideo, y hoy al mediodía me llamó desde Piriápolis. Me dijo que allá el día estaba nublado y a punto de largarse a llover. El jueves, cuando fui a despedirla al puerto de Buquebús, presencié una discusión: parece que un hombre mayor había golpeado con su bolso a una chica que hablaba por celular, y el muchacho que la acompañaba dijo en voz muy alta: "ah bueno, no pide disculpas el señor".

–Sí le pedí disculpas –dijo el señor, rojo por la furia–, pero esta pendeja no escucha nada porque está ahí, pelotudeando con el movicom.

Adentro, en la televisión sin volumen del bar, estaban pasando una entrevista al basquetbolista Hernán Montenegro. Hace catorce años, cuando Estudiantes llegó a una final de la Liga Nacional, las autoridades del colegio Don Bosco invitaron a Montenegro y a otros jugadores del equipo con el objetivo de homenajearlos y, recuerdo muy bien las palabras del director, "para que nuestros pibes les den la fuerza necesaria para alcanzar la victoria".

La tarde anterior al último partido, vi a los dos metros ocho de Montenegro entrar a la escuela. Los chicos de los grados más bajos saltaban para saludarlo, pero no le llegaban ni a la cintura. Cinco días antes él había intentando pegarle una trompada, luego de gritar un doble, al por entonces gobernador de San Luis.

Eso recordaba hoy al mediodía, mientras veía la repetición de esa entrevista, segundos antes de que M. me llamara desde Piriápolis y me comentara con amargura que allá estaba nublado. Después, mientras iba a hacer las compras, pensé en los lectores de este blog, en las visitas que hacen los fines de semana, en los que me acusan de ladrón cada vez que hago una cita, y horas más tarde, sentado frente a la pantalla, me propuse postear algo que a nadie le interese.

7 de octubre de 2005

El realismo único, según Vico.

Es verdad, vuelvo a robar un poco (aunque, esta vez, líneas ajenas de primera calidad).


"(...)

"Con el realismo champagne llegó una escritura vacía, con golpes de efecto y pocas destrezas, combinada con un modelo de importación de libros, que le dio grandes beneficios a unos pocos novelistas y terminó arruinando a la gran mayoría. Esa década infame terminaría con los escritores en la calle golpeando sus computadoras.

"Luego de la última crisis, sobrevendría la división de las tierras realistas en distintas parcelas. Por un lado, los realistas sensibles se adueñarían de la Plaza Cortazar. Los realistas snobs, ex champagne, cruzaron Juan B. Justo y bautizaron su región como realismo Hollywood. Los sectores más castigados tuvieron que mudarse al primer y segundo cordón del realismo y dieron pie al realismo asistencialista. Mientras que los realistas profundos siguieron con sus historias ligadas al campo y la cosecha.

"A medida que los problemas de los narradores se agudizaban, algunos autores de centro izquierda plantearon la posibilidad de despenalizar el aborto para evitar que se siga poblando de escritores el segundo cordón del gran realismo. Los narradores de derecha (ahora nombrados como novelistas de centro) se opusieron. Dijeron que un nuevo narrador nace apenas escribe una palabra y no cuando termina su primer cuento, como sostienen los realistas progresistas (o de centro izquierda)."

(...)"

El texto completo en Ni Hablar.

3 de octubre de 2005

La Giralda

No voy a La Giralda desde que no puedo consumir chocolate ni café. Pedir un té ahí sería como pedir pastas en una parrilla.

Dicen que los mozos de La Giralda tratan mal (maltratan suena demasiado ampuloso) a la clientela. Y es real; cualquiera que haya ido puede dar fe de eso. Tiran los platitos sobre la mesa, contestan en forma antipática y siempre hacen chistes malos con mal tono.

Una vez alguien me preguntó, en la vereda, cómo sería la selección del personal.

Una vez, mucho tiempo antes del rodaje de la película, el actor Rodrigo de la Serna se sentó a la mesa de al lado, sacó un libro de su mochila y se puso a leer. Quince minutos atrás, en una librería de la otra cuadra, lo había visto levantar un diario de viajes del Che de una mesa de saldos.

Una vez, supongo que después de ver alguna obra de teatro infantil, un mozo, señalando a mis sobrinas –que en ese momento tendrían cuatro o cinco años–, me preguntó si las nenas tomaban ginebra.

Una vez, me cité ahí con un dirigente del Partido Humanista. "Voy a estar con un libro anaranjado sobre la mesa", me había dicho. Era barbudo, y el trabajo por el que yo me había acercado en realidad no existía. Diez o quince años atrás (me dijo la fecha exacta, "15 de junio de 1987", por ejemplo), el tipo había entrado al Movimiento; un dirigente lo había citado en ese mismo bar y le había explicado lo mismo que él me estaba explicando ahora.

Una vez leí un fragmento de un cuento de Martín Rejtman que después, en cada relectura, escenifiqué en La Giralda: "Javier, Ariel y Carlos, el brasilero con quien Ariel comparte el cuarto, están sentados a una mesa del bar. Ariel y Carlos toman cerveza; Javier chocolate con churros, es la especialidad de la casa y, además, él no toma alcohol."

Una vez me compré, a uno o dos pesos cada uno, veintiocho libros en Corrientes, entre Callao y Nueve de Julio. Después, sentado a una mesa de La Giralda, empecé a clasificarlos.

Una vez escribí un cuento cuya una de sus líneas era: "sin el chocolate con churros que había imaginado tomar en La Giralda". Al final, luego de varias correcciones, el nombre propio del bar quedó fuera de la última versión.

Una vez alguien me señaló a uno de los dueños; un hombre ya muy viejo que, desde hacía más de cincuenta años, detrás del mostrador de estaño y de las campanas sangucheras, tomaba cada tardecita un vaso de leche.

Una vez me metí en La Giralda después de ir a una marcha en Plaza de Mayo. A los quince minutos, cuando estaba tomando las últimas gotas de un submarino, unas treinta personas, escapando de los gases vomitivos que les tiraba la policía, entraron empujándose con banderas rojas y pancartas.

Una vez escuché al poeta Fernando Noy contar que, en su época de hippie, a veces tenían tantas anfetaminas encima que no sabían en qué bar se encontraban. "Para mí, los que ahora están acá son todos extras. Este bar era este bar cuando en el año 70 te encontrabas con Pizarnik, con Massota, con Tanguito, con Minujin, y cada uno era un mundo." Recién cuando alguien hacía fijar la atención en el mármol de las mesitas, los demás se daban cuenta de que estaban en La Giralda.

29 de septiembre de 2005

A cuento de nada

Me retan; me dicen que hacer varios días que no publico nada en el blog. Y es verdad. Para comenzar la semana había planeado postear un largo texto, pero el lunes me desperté con una fuerte jaqueca que, además de dejarme el día entero en cama, borró de mi memoria todo lo que había pensando la noche anterior.
Ahora, tres días después, sigo con esa parte de la mente en blanco, pero, atendiendo a las voces que piden mi vuelta, me decido a publicar cualquier cosa (en este caso, y a cuenta de nada en especial, la lista de comments dejados en Naranjas).


Mis chinos no hablan español, casi nada. El carnicero siempre está durmiendo. La fiambrera china también, y cuando está despierta con un ojo medio cerrado pregunta algo que no le entiendo. La verdulera es peruana o boliviana y es divina, no tiene dientes pero le entiendo. Hay cucarachas también. Los precios son más caros que en el Manyi de 6 cuadras de distancia. El dueño o encargado siempre está con campera de cuero negra, y el otro día al darme el vuelto estiró deliveradamente su dedo para tocar el mio. El empleado "todo lo hace" siempre me chifla o me dice algo.Odio ese supermercado. Lo odio.Saludos
By Marina, at 8:42 PM

Perdón por ser pesada pero me quedé pensando: Tomar es lo mismo que comer?
By Marina, at 8:48 PM

Muy buena descripción.También odio ese supermercado, aunque ahora esta un poco mejor. El dueño anterior ademas de sucio era muy mal educado.Y sobre las naranjas...está bien...siempre te preguntan si son para jugo...
By Anonymous, at 7:56 AM

Molina, la próxima sorprenda y pida naranjas de ombligo.
By Anonymous, at 8:51 AM

Gracias por la idea, Anónimo. Y para terminar de sorprender al verdulero, cuando me pregunte por el plato exótico, le voy a pedir dos kilos diciéndole que tengo pensado un Pato a la Orange.
By Ignacio Molina, at 9:18 AM

Molina, me olvidé de aclararle que las de ombligo son para comer, no sea cosa que por hacerse el entendido quede más ignorante.
By Anonymous, at 10:17 AM

Mi alma caprichosa y riverplatense me obliga a hacer una corrección a este delicioso (sea para comer o para jugo) relato. Donde dice rojiblanco se debe invertir el orden de los colores, ya que la bandera de River Plate es blanca y roja. O sea: blanca, roja, blanca.Mil disculpas por el atrevimiento, me siento un poco estúpido corrigiendo cosas sin importancia, pero bueno, quizás en algún momento le sirva de algo saber esto.
By Lyon, at 2:35 PM

Buah, somos unos cuantos al parecer los que no sabemos distinguir entre las ombligueras y las jugueras. habrá que establecer una mnemotécnica. porque si bien, gracias a uds me acabo de aprender cuál es cuál, se trata de esas cosas que me caen, indefectiblemente, en saco roto.Mi verdulero me mira seriamente y me dice, adusto, -de ombligo?-Claro, respondo yo haciéndome la que ambos sabemos claramente a qué nos referimos...
By mirona, at 7:40 AM

Mirona: las de jugo son más ricas, y son para tomar.
Molina: pato a la naranja? no creo que sorprenda con eso, es el primer plato que sube a la cabeza hecho con naranjas, el primero y el último, porque quién come eso???Saludos
By Marina, at 8:58 AM

Una vez comí Pato a la Naranja en un restaurant muy cheto de Puerto Madero. Molina estaba presente y puede dar fe. No fue muy rico que digamos, pero el problema no eran las naranjas, sino la carne de pato, que, según mi gusto, se parece demasiado a la suela de una zapatilla.
By Vico, at 10:07 AM

Es cierto. Eso fue hace tres años, en agosto de 2002. Recuerdo el mes, porque ese día, más temprano, me avisaron que había ganado un concurso literario. Yo pedí un plato más sofisticado y exótico que el de Vico, y él me cargaba diciendo: "el jurado ya se va a enterar dónde come el autor de ese cuento proletario" o "mirá cuando le cuente a Groch", refiriéndose a un literato muy especial, mezcla de Dalmiro Sáenz y Pepe Mugica, que en ese momento yo tenía como cliente-alumno-paciente.Los mozos nos trataban de usted (cosa a la que recién ahora, leyendo los comments de este blog, me esoy acostumbrando) y con una delicadeza extrema bastante incómoda. Hasta no hace mucho tenía imantada a la puerta de la heladera la factura de esa cena: unos $500 entre cuatro comensales. Claro que fue todo canje, ni Vico ni yo pusimos un centavo.
Más tarde esperamos un colectivo en el Bajo junto a uno de los mozos, que no respondió a nuestros saludos y nos miró con algo de extrañeza.
By Ignacio Molina, at 11:00 AM

Muy buena la descripción, aunque me quedé con más ganas de la historia en la que se toman el mismo colectivo que el mozo de Puerto Madero. Creo que valdría la pena más detalles.
By pcossi, at 3:41 PM

Molina, y resto de comensales, encantadora esta nota al pie...Me voy a tomar un juguito o a mordisquear una de ombligo...
By mirona, at 4:51 PM

No sé si la carne de Pato tiene el mismo gusto que la suela de una zapatilla. Lo seguro es que tienen parecido olor (porque, a qué huele la suela?)...A.S.D.F.G.
By Anonymous, at 11:01 AM

Amigo Molina: le deseo que reciba de muy buena gana sus 29. Y me cuente sobre su experiencia. Yo los recibo el 17 de este mes. Aniversario de la muerte del general San Martín, si señor. Hasta que se les ocurrió la gran idea, mi cumpleaños siempre era feriado y disfrutaba no tener que levantarme temprano para ir a la escuela. Otras épocas. Saludos
By Pola, at 7:17 PM

Estaba distraída. Este comentario era para el otro post. Saludos
By Pola, at 7:20 PM

25 de septiembre de 2005

22 de septiembre de 2005

Papeles viejos (fragmento de diario)

31 de mayo de 2002

Recién hoy, último día de mayo, volví a ponerme la campera. Cuando metí las manos en los bolsillos saqué un boleto de colectivo y un billete arrugado. El billete era de veinte pesos y el boleto, de un viaje matutino de ocho meses atrás. Esos dos papeles habían viajado por la ciudad, un día lluvioso de primavera, en una camión de mudanzas.

1° de diciembre de 2001. En el camión no entraba ni una mosca. El fletero manejaba sin hablar por Luis María Campos. El peón, un hombre flaco de unos cincuenta años que aparentaba no poder levantar ni una baldosa, se peinaba los pelos que le quedaban y se miraba en el espejo retrovisor. Todos los muebles que transportábamos habían hecho el camino inverso, por esa misma avenida, a principios del año 99.

En la caja, dentro de uno de los bolsillos de la campera, viajaban estos dos papeles: el billete arrugado de veinte pesos y el boleto de colectivo que había sacado, a las 9:45 del 26 de septiembre, de una máquina de un 118.

Años atrás, yo me tomaba esa línea en una parada de la calle Larrea para ir al colegio. Un mediodía, mientras viajaba mirando por la ventanilla y pensando en el examen de matemáticas para el que no había estudiado, tuve un impulso: me levanté, toqué el timbre, bajé, crucé Luis María Campos y tomé un colectivo de la misma línea que, en vez de en Barrancas de Belgrano, me dejaría en Parque Patricios.

Recuerdo que bajé cerca de la cancha de Huracán, pero no tengo registro de lo que hice durante el resto de la tarde. Hoy, nueve años después, cerca de Plaza Italia volví a tomar un 118. Bajé en Barrancas, y en la esquina del edificio que yo había ocupado me crucé con la Cachavacha, una vieja con cara y modales de bruja que siempre se quejaba de mí en las reuniones de consorcio por los ruidos molestos.

Aunque empezó a refrescar y muchos, como yo, volvieron a usar abrigos, algunas personas se entibian al sol en la plaza del medio. Pienso en quedarme ahí, pero, después de meditarlo un rato, me pongo a caminar para el lado de Cabildo. Tocando el filo del billete de veinte dentro de mi bolsillo, pienso en cómo gastar esa plata.

Antes de llegar a Pampa, siento que alguien habla a mis espaldas:

–Amigo, no te sobra una moneda.

Un tipo de unos cuarenta años me pide una moneda. Está vestido con pantalones negros y buzo gris, y parece recién afeitado. Lleva un bolso al hombro y mira con asombro a su alrededor. Yo me quedo observándolo sin decir nada.

–Necesito en serio, veinte centavos nomás, ya junté sesenta desde que salí. Tengo que tomarme algo hasta Tapiales, o cerca de ahí . . . acabo de salir de la cárcel y nadie de mi familia me vino a buscar . . .

19 de septiembre de 2005

El pretexto es la receta

Hasta el miércoles pasado yo no sabía hacer revuelto Gramajo. Conocía sus ingredientes, pero, por saltearme un paso de la preparación, siempre me salía aceitoso.

El martes a la noche fui a una de las reuniones del grupo Alejandría. En la puerta saludé a L, y al entrar nos enteramos de que Juan Martini, el invitado famoso, faltaría a la cita. Antes de que llegara V escuchamos leer a Natalix, y después seguimos con más o menos atención a los demás lectores.

Algunas de las frases que recuerdo –y que puedo publicar en este medio– dichas durante los intervalos, son las siguientes:

–Muy bueno tu último post.
–El blog me da mucha potencia.
–¿Y de qué vive Piro?
–Que no sea necesario que lo sepa, no significa que no sea lógico.
–¿Martini es el que se tiñe el pelo?
–Me pareció muy moralista ese cuento.
–Buen ceviche se come en el de Echeverría y Montañeses.
–Vamos a otro más barata.
–A mí me gustaba; es pura potencia.


Después de pagar las cervezas, salimos en busca de algún bar más económico. Caminamos hasta Corrientes, pasamos por una librería de saldos –la única abierta a esa hora de la noche– y, como V me debía tres pesos, le propuse saldar la deuda con alguna compra. En las mesas de adelante no vimos nada bueno, y fuimos esperanzados a las estanterías del fondo. Después de un rato de mirar y comentar libros, volvimos a la calle, caminamos hasta Callao y entramos a La Academia.

Algunas de las frases que recuerdo, entre la salida del primer bar y la entrada al segundo, son las siguientes:

–¿Cuál es el verdadero clásico?
–Esa pizzería es muy buena: pura potencia.
–Una vez tuvimos que irnos de Guerrin; estuvimos media hora y no nos atendieron.
–¿Pondrías un link al blog de Link?
–Medina, tu ídolo de la adolescencia.
–Grosso, estos cuentos de Esther Cross.
–Esta novela del Turco Asís me dio mucha potencia.
–Jamás lo leería; es como leer a Pacho O´donell.
–Gustavo Ferreyra es muy buen escritor.
–Si lo hubieras dicho vos, todavía te estaría cargando.

De la librería nos fuimos con las manos vacías. Según L, era más fácil elegir una cerveza que un libro de ahí. El que decía "potencia" cada veinte palabras era V. Al notar mi asombro ante ese término acuñado a mis espaldas, L advirtió: "cuidado con los celos de Molina".

Sentado a una mesa de La Academia, un viejo muy flaco tomaba café con leche y medialunas y leía, ayudado con una lupa, un diario del día siguiente. Antes de que V lo dijera por mí, aventuré: "ahí estoy yo en cuarenta años".

Tarde, cuando ya habíamos consumido varias de tres cuartos, nos enteramos de que el precio de la cerveza no era mucho más barata que en el bar anterior. Después de salir a la calle, de despedir a V y de caminar hasta la parada de Marcelo T. de Alvear, nos enteramos, al sacar el boleto de la máquina, que eran las cuatro y media de la mañana. Minutos atrás, mientras esperábamos al 39, habíamos calculado que no serían más de las dos.

Algunas frases en el bar y en la caminata:

–No estoy de acuerdo con esto: los escritores bilardistas trabajan en las pelotas paradas, los menottistas se emborrachan, conocen a mujeres temibles y luego escriben en servilletas obras geniales.
–¿Bilardista serían Guillermo Martínez y Martín Kohan?
–¿Quién sería el Bambino Veira? Mmhhh, hay varios.
–El bar de enfrente me da mucha potencia.
–Osvaldo Soriano es bilardista por un lado y menottista por el otro.
–Antonio dal Masetto es Angel Tulio Zof.
–Esther Cross, a la mandíbula.
–De ahí no saco nada de literario.
–Me acusaba como si yo fuera Tabarovsky.
–En ese edificio viven los Jóvenes Pordioseros.
–Pero ustedes ganan cuatro cifras.
–Mañana no te levantas con potencia.



El miércoles al mediadía, mientras volvía a padecer, luego de mucho tiempo, una leve resaca, me acordé de los comentarios sobre Juan Forn (se lo había comparado con Roberto Perfumo, "analiza todo pero nunca trabaja" y, junto a Saccomanno, con la dupla Sánchez-Hrabina) y busqué sus libros en mi biblioteca. Separé Nadar de noche, y de Corazones cautivos más arriba (una novela muy buena, publicada en 1987, protagonizada por un pre-adolescente de clase alta y narrada en segunda persona) releí las páginas que me enseñaron a hacer el revuelto Gramajo:

–¿Sabés pelar papas?
Volvés a encogerte de hombros.
–Qué es la mensturación –decís.
De una bolsa de arpillera que hay al lado del armario Galo saca, de a una, seis papas. Después abre uno de los cajones del armario, encuentra un pelapapas, te agarra de los hombros y te sienta frente a la mesa.
–Empezá. Y no ensucies mucho, que después Amelia se enfurece.
Mientras pelás, él saca una sartén, le pone un poco de aceite, la deja sobre una de las hornallas de la cocina a gas que hay en un rincón y vuelve a abrir la heladera. (…) Con un paquete de jamón cocido en una mano y cartón de huevos en la otra se sienta a tu lado.
–Vos y yo vamos a comer un espléndido revuelto Gramajo. Los demás, que se arreglen.
Sentís que la boca se te abre en una sonrisa. Ya no te preocupa tanto lo que le pase a Aurora (…)
–Nunca oíste hablar de los "asuntos femeninos" –pregunta al rato.
(…)
–Una vez al mes, las mujeres se deprimen y andan con un humor de perros. ¿Y todo por qué? Porque les sale un poco de sangre. Corta más finos los pedazos. (…) Por el lugar que los médicos llaman vagina. La concha, para nosotros.
(…)
–Ponelo al mínimo.
(…)
En cuanto oye crepitar el aceite te hace a un lado y va dejando caer las papas cortadas en la sartén. –Fijate si hay papel madera en algún cajón de ese ropero. Ponelo encima de una fuente y traémelo.
Las papas fritas están hechas en un santiamén. Galo pone la sartén en la pileta, la enjuaga y te pide manteca. Echa los huevos batidos en la sartén y, encima, va dejando caer el jamón cortado en pedazos y las papas fritas.
–Sal –casi grita.
–¿Gruesa?
Te mira como si lo hubieras insultado.
–Y pimienta. Y un poco de salsa Perry.
Cuando volvés con los tres frascos él ya ha vaciado la sartén en dos platos. Te pide que traiga vino y vasos, y se dedica a condimentar tu plato
(…)
–No te podés quejar, ¿eh? Por el mismo precio aprendiste cómo preparar un revuelto Gramajo poco ortodoxo y cómo se reproduce la especie. Incluyendo una explicación pormenorizada del escandaloso y tan temido coito.

13 de septiembre de 2005

El último pogo

Corta la piel
pone las vísceras
a secarse en un papel
(el diario de ayer
trae el mercado
de hacienda de Liniers)

Canciones con versos como el transcripto solía escuchar en la última etapa de mi adolescencia y en parte de mi primera juventud. Etapa que, si tuviera que delimitar arbitrariamente, diría que culminó en los primeros meses del año 2000, época en que expuse por última vez mi cuerpo en un pogo y en que entrevisté, para una revista de rock que nunca se publicaría, al músico Sergio Rotman, autor de muchas de aquellas canciones.
Clickeando aquí, se pude leer (vía www.lfcrarezas.com.ar) el crudo de la entrevista de marras y una breve intoducción a la misma.

8 de septiembre de 2005

El ámbito literario

El año pasado, la directora de una editorial –con nombre de animal que echa fuego por la boca–, me citó a una reunión para hablar sobre un libro mío. En un lapso de la charla me preguntó si yo pertenecía "al ámbito literario". Yo me quedé mudo y ella repitió la pregunta.
Aunque no supe cómo expresarlo, me sentí desconcertado. "Preguntarle eso a alguien que escribe ficción . . . ", debí haber pensado en ese momento.

Algo parecido, con el mismo grado de absurdo, escuché el último domingo en una cancha de básquet de Villa del Parque, cuando, en la final de un campeonato regional de clubes, un hincha del equipo local, señalando una bandera aurinegra, le gritó al bahiense que alentaba con más fanatismo:
–Rajá de acá, andá a ver fútbol . . .

6 de septiembre de 2005

Manifiesto


El escritor no considera en modo alguno sus trabajos como medios. Son fines en sí. Tan no son un medio para él y para los otros, que sacrifica su propia existencia a la existencia de ellos, cuando es preciso, y, de otra manera, como el predicador religioso, se apega al principio: ¨Obedece a Dios más que a los hombres¨, a los hombres entre los cuales está confinado, con sus necesidades y sus deseos de hombre. Por el contrario, yo quisiera ver a un sastre a quien hubiese ordenado un frac parisién y me trajese una toga romana, bajo el pretexto de que responde mejor a la ley eterna de la belleza. La principal libertad de la vocación literaria consiste en no ser un oficio. El escritor que la rebaja hasta convertirla en un medio material merece, como castigo a esa cautividad interior, la cautividad exterior, cuya existencia es ya su castigo.

Karl Marx (Los debates de la 6° dieta renana, Obras completas)

5 de septiembre de 2005

Socios del pasadizo secreto

Cada vez que oigo hablar de sociedades o asociaciones, recuerdo una pregunta, un tono y una cara.

Un verano, cerca del arroyo, habíamos descubierto un pasadizo por donde, sin tocar ni una rama, podíamos atravesar una pequeña selva hasta llegar a una zona sin vegetación, desconocida hasta ese entonces para nosotros.

A la noche, mientras los nenes más grandes fundábamos la sociedad (S.D.P.S.) y elegíamos a sus autoridades, el padre de una chica muy tímida llegó a buscar a su hija y, al entrar en la pieza y mirándome a mí, demasiado serio, le preguntó a ella:

¿Y vos, Agustina, vos sos socia del pasadizo?

31 de agosto de 2005

La revolución es un sueño eterno

H. dice:
Hola
M. dice:
Hola, ¿cómo andás?
H. dice:
Bien, acá, recién llegada de la calle, ¿y vos?
M. dice:
Acá, trabajando … proletario explotado por el sistema capitalista.
H. dice:
Bueno, no te preocupes, ya va a llegar un día en que no va a ser así.
M. dice:
¿Cómo sabés?
H. dice:
Tengo planes.
M. dice:
¿Viables o utópicos?
H. dice:
Viables.
M. dice:
Ok. Los espero.
H. dice:
Bueno, cuento con tu apoyo.
M. dice:
Ah… a primer golpe de vista leí "cuento con tus cuentos". Pero ellos, aunque quisieran, no podrían hacer nada…

24 de agosto de 2005

Diario de viaje (papeles viejos)

5 de enero de 2002
Montevideo, Punta del Diablo.
República Oriental del Uruguay.

19 Y 20 DE DICIEMBRE: SIGAMOS EL EJEMPLO DEL PUEBLO ARGENTINO, es la primera pintada que leo en la 18 de Julio. Ocupa una ochava entera y está firmada por el 26 DE JULIO, MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO FRENTEAMPLISTA.

Llegamos muy temprano a Montevideo y, al ver que el primer bus al departamento de Rocha salía recién a las diez de la mañana, decidimos tomar un taxi hacia otro punto de la ciudad. Dejamos los bolsos en la guardería de la terminal y, media hora después, estamos a punto de desayunar en un bar del Centro.

Es sábado y las calles están casi desiertas. Pedimos ocho mediaslunas, dos para cada uno. El mozo nos mira como si estuviéramos locos, y, al darse cuenta de que somos argentinos, nos aclara:
–Miren que acá las medialunas son así, eh. Y vienen con jamón y queso.

El taxista que nos devuelve a Tres Cruces tiene colgado del espejo retrovisor un muñequito aurinegro; después de preguntarnos cuál es nuestro destino, dice en voz baja como para sí mismo:
–Para el este se van los chiquilines.


El bus nos deja en la ruta junto a otros seis pasajeros, y una combi de la misma empresa nos lleva por un camino lateral hasta Punta del Diablo. El chofer usa anteojos negros y escucha la retransmisión de una FM argentina. M. dice que acabamos de pasar por el camping en que ella estuvo con un grupo de amigas algunos años atrás.

Lo primero que hacemos es mirar el mar. Punta del Diablo es un pueblo de pescadores que se ha ido trazando sin ninguna planificación. Hay ranchos construidos sobre la playa. No hay asfalto y se ven muy pocos árboles. La arena y el agua no tienen nada que ver con los de la costa de la provincia de Buenos Aires. Estar acá es como estar en un pueblo perdido de Brasil pero –gran ventaja– sin brasileros.

Como no encontramos lugares disponibles para cuatro personas y nos resulta muy pesado andar con los bolsos a cuestas por los terrenos irregulares, decidimos alojarnos transitoriamente en un hotel y a la tarde, más descansados, reemprender la búsqueda de alojamiento para el resto de la estadía.

Cuando le preguntamos si es posible alguna rebaja, la conserje del hotel nos dice que nos va a dar la habitación de la que se acaba de ir Jaime Roos.
–Ayer estuvo tocando en la playa –nos dice como zanjando la negociación.

Dejamos los bolsos ahí y vamos a comer a lo que suponemos que es la calle principal. Le preguntamos al mozo por algún lugar donde alojarnos. El mozo es negro y bocudo (más tarde lo bautizaremos "labios de churrasco"), y nos dice, en tono de confesión, que un amigo suyo es dueño de un hospedaje.

–Tienen que repechar dos cuadras, hasta una casa blanca, y ahí doblar veinte metros a la derecha –nos dice el nombre del lugar, y no nos cree cuando le decimos que no lo conocemos.

–Vamos . . . –dice como si lo estuviéramos cargando.

Aunque parecen hechas con carne picada, las milanesas que nos sirven se dejan comer. Tenemos demasiado hambre. La guarnición es ensalada mixta y la bebida es Doble Uruguaya, una cerveza que, como todas las de acá, es más rica y amarga que las argentinas.

Cuando terminamos de comer se nos acerca el tecladista que, acompañado por un guitarrista y una cantante, había estado tocando en el local. Tiene barba, es bastante robusto, y una bandana con arábigos le envuelve la cabeza. Se para junto a la mesa y nos pregunta si nos gustó su música.

–Sí –le decimos a coro.

–Ah, porque los vi entusiasmados –nos dice, y, para no alargar un silencio, Luis le pregunta de dónde es.

–De Gualeguaychú.

–Entre Ríos –completa Luis, y los dos se quedan incómodos, moviendo levemente las cabezas.

En la puerta del bar y en toda la calle principal hay puestos de artesanías atendidos por negros con dreadlocks. No sé si son uruguayos o brasileros, y cuando paso por al lado no los escucho hablar.

Más tarde, después de ir a la playa y mientras recorremos el pueblo, encontramos un complejo de bungalows. Cumbres Azules. Entramos a consultar. Los dueños nos atienden en su comedor. Desde ahí, desde la altura, se ve cómo cambia el color del agua en el mar dependiendo de la lejanía de la costa. La mujer, bastante mayor, nos dice el precio por día, por semana y por quincena. Habla mucho y anota nuestros nombres en un cuaderno de tapas duras y hojas rayadas.
–Anoto todo porque esto es una sociedad anónima –dice muy seria, supongo que para intimidarnos.

En un momento en que su marido (Orlando Araujo, oriundo de Tacuarembó) sube al entrepiso para mostrarle a las chicas cómo son las habitaciones, Rosa nos habla a Luis y a mí sobre las lechuzas que hay al frente de los bungalows. Yo giro la cabeza, vuelvo a mirar hacia el mar, y dejo a Luis poniendo la cara.

Mientras nos toma los datos y le damos nuestras direcciones, Rosa nos cuenta que tiene una hija que también está viviendo en Buenos Aires.
–En Capital, en la calle Charcas, bajo en la General Paz, ando ocho cuadras y ya estoy ahí –cuenta. Yo imagino la avenida con forma de herradura, no me dan las cuentas pero me quedo callado.

Arreglamos los números y los plazos, y quedamos en volver al día siguiente. Estamos contentos y tranquilos. Conseguimos alojamiento y el precio nos resulta relativamente bajo: en Argentina acaba de implementarse la devaluación, pero nosotros, a los dólares que tenemos, los ganamos como pesos.

Volvemos al hotel y hacemos las cuentas del dinero que nos queda. Armamos un pozo para sociabilizar los gastos en común. Decidimos que esta noche M. y yo vamos a dormir en la cama matrimonial, y los chicos, en la que hay en el entrepiso. Sorteamos los turnos para empezar a ducharnos. El ventiluz de la bañadera da a la galería del hotel, y Luis, aunque las chicas no demuestran preocupación, lo cubre con una toalla para que nadie las vea bajo la lluvia.

A las siete de la tarde, Andrea y Luis se tiran a dormir una siesta. M. y yo nos quedamos leyendo (traje unos quince libros en la mochila, y siento que si no los empiezo ahora nunca voy a terminarlos) y haciendo comentarios sobre el lugar.

Más tarde, M. y yo salimos a comer. En el restaurant, frente al hotel, pedimos una cerveza Pilsen y tenemos una confusión cuando queremos elegir una pizza. El mozo, que es mucho más joven e inexperto que el de Montevideo, nos aclara:
–Pizza, es individual. Pizzeta es grande. Puede ser a la pala o al tacho.

Antes de volver al hotel vamos a dar unas vueltas. Caminamos en la oscuridad; el cielo está bastante nublado y en las calles no hay postes de luz. Cada tanto pasa algún auto; todos los que vi hasta ahora tienen patentes uruguayas. Cuando se apaga el motor, sólo escuchamos el canto de los grillos y, un poco más alejado, el ruido del mar.

22 de agosto de 2005

El contacto

El vagón estaba lleno. Rep viajaba en el asiento de enfrente leyendo un Página/12. Cuando se dio cuenta de que yo, desde el otro lado del pasillo, movía la cabeza intentando leer la tira que él había escrito y dibujado el día anterior, cerró el diario y lo puso a un ángulo de noventa grados del suelo para entregarme una mejor visión de la contratapa.

Nos levantamos los dos en la siguiente estación, fuimos codo a codo hacia los molinetes, subimos la escalera, salimos a la calle al mismo tiempo y caminamos juntos hacia la esquina más alejada. En todo el trayecto no nos dedicamos ni una sola mirada de complicidad; el contacto ya se había hecho de manera subterránea.

17 de agosto de 2005

Vituallas

Hace casi dos meses fui a que me sacaran sangre. Un médico gastroenterólogo necesitaba saber a qué se debía el cuadro de mareos y jaquecas que se me presentaba cada veinte o treinta días. El análisis posterior determinó que no tenía hepatitis ni ninguna enfermedad relacionada con el hígado.
–Además, si tuvieras hepatitis estarías amarillo. Hace poco vino un ponja y no pude darle un diagnóstico –bromeó el doctor.

Como conté acá, y también acá, durante algo más de un año y medio (alrededor de 480 días laborables) atendí un maxi kiosco en una esquina de Villa Urquiza. Calculando que, mientras esperaba a los clientes, escuchaba la radio o tomaba notas en los dorsos de las boletas de compras, consumía aproximadamente cuatro golosinas por jornada (sin contar las que me llevaba a mi casa para el postre de la cena) puedo deducir que en ese lapso de tiempo entraron a mi cuerpo, en forma de barras y de alfajores, unas 1950 vituallas de chocolate. Si a esa cifra le sumo las tazas grandes de café instantáneo, matutinas y vespertinas, que tomaba para despabilarme y acompañar a las mini-tortas, no resulta difícil darse cuenta de dónde provenían los cuadros de malestar.

–¿Sos alcohólico? ¿Escabias mucho?
–Tomo sólo de vez en cuando, o en reuniones sociales.
–¿Morfás lindo?
–Lo normal, supongo.
–¿Le das con más ganas a lo dulce o a lo salado?
–A lo dulce.
–¿El kiosco que tenías se fundió por tu gula?

El doctor, sin más estudios ni análisis, cortó el hilo por lo más delgado.
–Va a ser mejor que no comás chocolate ni tomes café por un tiempo.

El plazo de abstinencia es indefinido. Pueden ser seis meses o veinte años.
–Pedí turno cuando te vuelvas a sentir jodido –me aconsejó, me recetó unas pastillas que facilitan la digestión y me despidió del consultorio con una palmada en el hombro.

Desde entonces, cancelé todo lo que tuviera que ver con el chocolate y con la cafeína: desayuno leche caliente con vainillas y reemplazo el alfajor triple de la media tarde con una golosina de dulce de leche. Al principio pensé que no iba a poder resistir la tentación, pero hasta ahora estoy llevando adelante la abstinencia con bastante dignidad.

El problema de la vauquita es su tamaño: una sola no logra conformar una merienda, y más de una resulta empalagoso. Ayer la pedí en un kiosco nuevo que hay a la vuelta de mi trabajo.
–¿Qué querés, una vaquita, una colecta? Yo también quisiera una.
–Vauquita, esa de cartoncito amarillo, esa que es como una barrita de dulce de leche endurecido . . .
–Ah, vaquerita me querés decir . . .
El kioskero, un muchacho dos o tres años menor que yo, conocía a la golosina por su nombre moderno; era su primera experiencia en el rubro. Desde el fondo del local llegaban las voces de un informativo. Sobre una mesa había biromes, una pila de libros, un cuaderno espiralado, envoltorios de alfajores y boletas de compras.

15 de agosto de 2005

María del Carril

María del Carril nació en Buenos Aires en 1976. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. En 2003, la editorial Libros del Zorzal publicó "Humus", su primer libro.

Clickeando aquí se puede leer El ateísmo de Roni, uno de los quince relatos cortos del volumen que fuera presentado de la siguiente manera por Ana Quiroga: "Hay en estos cuentos una mirada alejada de toda piedad y un humor sutil y descarado (…) Los ojos de María del Carril crean un universo que instala en nosotros una tibia sonrisa, menos duradera que la exquisita inquietud a la que nos conduce".

Con la publicación de este cuestionario, se inaugura lo que se proyecta como la primera sección fija de Unidad Funcional.


1- ¿Cuándo, cómo y por qué empezaste a escribir?

Empecé a escribir de muy chica. Escribía odas a las personas que me rodeaban, que eran grandes elogios barrocos. También escribía poesías de rima consonante, y mis "diarios íntimos".

2- ¿Qué leías en ese entonces y qué lees ahora?

En ese entonces, leía los libros que encontraba en nuestra casa en el campo, libros de aventuras de una colección española. Ahora leo distintas cosas. En este preciso momento, sólo leo a Simone Weil porque estoy preparando mi tesis de licenciatura en filosofía y tengo que resistir la tentación literaria.

3- ¿Lees a escritores de tu generación? ¿A cuáles?

De mi generación, argentinos, he leído a Gervasio Landívar, Ana Agote, Solange Camauër, Pedro Mairal.

4- ¿Cómo accediste a la publicación de tu primer libro?

Octavio Kulesz, de la editorial Libros del Zorzal, me ofreció publicar mis cuentos ahí.

5- ¿Cómo es la génesis de tus textos? ¿Tenés algún método sistemático de trabajo?

La génesis es impredecible. A veces un cuento surge de una palabra, de una sentencia, de un comentario, de una imagen, de una idea, de la variación de una idea, de un título. No tengo un método sistemático, escribo cuando estoy poseída por una idea y ganas de escribir.

6- ¿Escribís diariamente o por períodos? ¿En qué momento del día lo hacés?

Escribo por períodos, a veces de día y a veces de noche.

7- ¿Sirven los talleres literarios? En el caso de que creas que sirvan: ¿para qué?

Sí, creo que sirven. Sirven para que la escritura se convierta en una obligación, para tener lectores, para no ser condescendiente con uno mismo.

8- ¿Planeás una "carrera literaria" a largo plazo, o crees que eso no es del todo compatible con tu proyecto de vida?

No pienso en términos de una "carrera literaria". Siempre me gustó escribir, y voy a seguir escribiendo, a pesar mío.

9- ¿Disfrutás más del momento de la escritura o del de ver el texto terminado?

Disfruto del momento de la escritura, cuando estoy siendo llevada por las palabras, cuando descubro un lugar a donde ir, cuando encuentro las palabras para una idea.

10- ¿Qué consejo recibido (dentro o fuera del ámbito literario) recordás con más frecuencia?

Un consejo de Félix della Paolera: no escribir en los momentos de intensa emoción, sino después.

11- ¿Alguna vez, ante la pregunta "vos qué sos", respondiste "escritora"? ¿Por qué?

Por ahora no. Creo que porque no es un estado permanente, y porque me cuesta un poco definirme en un sustantivo.

12- ¿Por qué te dedicás a la literatura?

Porque me atraen los mundos imaginarios.

10 de agosto de 2005

Relación

La única vez que me metí calzado al arroyo perdí una zapatilla. Calculo que tendría diez u once años, y aunque busqué en el fondo del agua durante el resto de la tarde tuve que volver a la casa caminando semidescalzo por las calles de tierra. A los dos o tres días, cuando volví a esa zona del arroyo, encontré la zapatilla, embarrada y encallada entre dos piedras, sin habérmelo propuesto.

Otro día, doce o catorce años después, metí un boleto de colectivo en la página 45 de un libro en una mesa de saldos de la calle Corrientes. Varias semanas más tarde, cuando volví a la misma mesa, hojeando el mismo libro encontré, ésta vez en la página 20, el mismo boleto.

Ayer recordé uno de estos hechos, y a la noche, antes de dormir, lo relacioné con el otro.
La zapatilla era número 36, Topper blanca reforzada, y el libro, un delgado volumen de relatos del que me encargaré más adelante, sigue ocupando espacio en mi biblioteca.

8 de agosto de 2005

Googleando

La página de estadísticas a la cual estoy suscripto me permite saber que (a raíz de un comment dejado por Lyon varios post atrás) más de veinte personas han entrado a este blog luego de escribir en google: "fotos de sabrina garciarena". Aunque tengo la esperanza de que alguno se quede a leer, calculo que todos ellos integran el rubro visitas menores de diez segundos. Entonces, para los de siempre, y para que los eventuales fans de Sabrina se queden un rato más:

4 de agosto de 2005

La frescura de alguien joven

Mañana cumplo veintinueve años.

Si fuera futbolista, ya estaría entrando en la última etapa de mi carrera. Ningún empresario querría comprar mi pase. Sólo se fijarían en mí los clubes del ascenso o los que pelean por no caer en la zona de la promoción. No faltaría mucho para que, al acercarme a la línea de cal, los hinchas del equipo contrario, aferrados al alambrado, me gritaran "jubilate Molina", "te olvidaste las muletas" o "andá a jugar a los dados con tus amigos del geriátrico". Los hinchas locales tampoco me perdonarían. "¿Para esto tengo la cuota al día? Ladrón, anda a robar la guita a otro lado", gritaría algún plateísta, señalándome con un dedo y con la radio pegada a una oreja, ante mi segundo error defensivo.

En cambio, en el ámbito literario, donde un escritor es considerado joven hasta los cincuenta años, tener veintinueve significa ser un bebé de pecho.
El martes fuimos al último encuentro del Grupo Alejandría en Bartolomeo. El grupo está formado por seis jóvenes talleristas de Abelardo Castillo que, animados por su coordinador, organizan cada catorce días estas reuniones de lectura.
V. tenía miedo de que se tratara de un típico "café literario de viejos, con más personas leyendo que escuchando", y se sorprendió al ver todas las mesas ocupadas. La velada comenzó con la lectura de un cuento de Horado Conti y una entrevista a una autora que no conocíamos y que fue seguida con atención por el público. Después del primer parate (en el que pedimos una picada con cerveza que recién nos servirían media hora más tarde) llegó el turno de V., que subió al escenario y, luego de la presentación ("es guionista de tevé y escribe para niños", dijeron, en vez de "es guionista de un programa de niños y escribe para todas las edades") leyó Metonimia Salvaje, un cuento con mucho humor que yo ya había tenido el gusto de leer. Su lectura obtuvo buena repercusión, y al bajar –a pedido de una admiradora que más tarde le pediría un autógrafo– tuvo que regalar la fotocopia del relato.

Mientras transcurría la lectura de otros autores (demasiadas tés, debería corregir el inicio de esta frase), vimos llegar a Pablo Ramos, el invitado "famoso" de la jornada. Aunque yo conocía su cara por fotos, lo imaginaba más joven. "Claro, es un escritor joven", pensé. Cuando lo presentaron nos enteramos de su año de nacimiento: 1966. "Sólo diez más que yo, parece más grande", dije, y puse al tanto de la proximidad de mi cumpleaños al resto de la mesa.

Ramos leyó un cuento muy bueno de su último libro, y luego contestó preguntas al público y a la conductora del evento. Algunas de las declaraciones que recuerdo ahora son las siguientes:
-El orden altera el producto. Ni para bien ni para mal, pero lo altera. No es lo mismo que un personaje diga: "Entró a la casa, se sentó en el suelo y me dijo que lo había matado" que "Entró a la casa. Se sentó en el suelo. ´Lo maté´, me dijo".
-En el 99 no escribí nada, pero tomé la mejor decisión de mi vida: entré a Alcohólicos Anónimos.
-Corrijo cada texto con un lápiz distinto, y guardo las virutas en cajitas.
-Mi hijo pensaba que yo había escrito cada uno de los libros que hay en mi biblioteca.
También habló a favor de los talleres literarios y entabló un pequeño diálogo con los concurrentes a su propio taller que estaban presentes entre el público.

–Es así, tuvo el culo de publicar dos libritos en dos años, y ya armó su personaje carismático y sus kioskos: ex alcohólico, bar con biblioteca, tallercito literario . . . –escuché decir a una voz maliciosa que me llegaba desde la mesa de al lado.

Más tarde, mientras esperaba al colectivo a media cuadra de Corrientes, volví a pensar en mi cumpleaños y recordé parte del monólogo de un personaje de mi edad en una excelente película argentina:
"Ya no tengo la frescura de alguien joven ni la seguridad de un adulto. A la mañana me miro al espejo y tengo ojeras. Cobro un sueldo de empleado que apenas me alcanza para sobrevivir . . ."
Al distinguir a más cien metros a la silueta del 39, fui a mirarme al reflejo de una vidriera para intentar convencerme de que ese personaje, al menos en lo concerniente a la frescura juvenil y a las ojeras, no se parecía nada a mí.

31 de julio de 2005

Naranjas

–Hay pocos faroles en la calle.
–¿Pocos faroles?
–Sí. No van a alcanzar para colgarlos a todos.

Los que hablaban eran dos jubilados que, por la forma en se miraban, supuse que se acababan de conocer. Aunque tomé la conversación empezada, supe que estaban hablando de "los políticos corruptos" o de algo por el estilo. Ninguna de las seis o siete personas que se enfilaban tras la caja terció en la charla. Si estuviéramos en el verano de tres años atrás (en el "ardiente verano post-argentinazo", como escriben los periodistas al referirse a los comienzos del 2002), pensé, hasta yo mismo podría haber hecho alguna acotación.

Debo reconocer que desde hace algunos meses, cuando el supermercado chino cambió de dueño –siempre manteniendo el gentilicio– se notan algunas mejoras: nueva iluminación, mayor limpieza, góndolas más amplias. De todos modos, no pasan demasiados días sin que pueda verse alguna cucaracha en la zona del pan o de los embutidos.

Las cajeras ahora usan pecheras que tienen estampado bien visible el logo del comercio, y tengo la impresión de que una de ellas, la única oriental, es la hija del dueño; siempre estoy a punto de preguntárselo, pero me arrepiento al fantasear con que me voy a meter en problemas.
Otro cambio implementado por la nueva administración incumbe a los rubros de carnicería y verdulería; ahora el importe de lo que se compra en esas secciones se abona directamente ahí. Antes, mediante un simple sistema de vales, se unificaban las cajas.

El verdulero tiene alrededor de treinta y cinco años y es hincha fanático de River Plate. A las mujeres mayores las trata de "nona" o de "abuela", y a ciertas jóvenes de "mami". Hasta el verano, cuando las normas del local en cuanto a la estética eran menos rígidas, tenía decorado su sector con pósters y banderines rojiblancos. Los lunes, invariablemente, los pasa comentando los partidos con el carnicero de turno y analizando las estadísticas de la fecha con el diario deportivo abierto sobre la balanza.

A mí, tal vez por verme hacer las compras casi todas las mañanas, me tiene catalogado como "el cocinero" de mi casa. Siempre me pregunta, con un dejo de sorna, qué plato exótico tengo pensado, y yo otorgo en silencio levantando las cejas.

Ayer a la mañana, cuando le pedí un kilo de naranjas, me hizo reír.

–Para comer o para jugo –me preguntó, y después, mientras se inclinaba sobre el cajón que yo le había indicado, reflexionó en voz alta: –Para comer o para jugo, qué boludez, Díos mío…

A mi lado había una "nona" que, tal vez por estar un poco sorda, no amagó ni a un rictus de sonrisa. Unos metros más allá, acodado en un pequeño mostrador, el presunto padre de la cajera acababa de levantar un pedido y, fiel a su costumbre, despedía al corredor con malos modales.

–Qué se le va hacer . . . para comer o para jugo . . . es la costumbre –me dijo el verdulero, colorado por la risa, mientras miraba cómo se modificaban los números verdes en la pantalla digital de la balanza.

29 de julio de 2005

Papeles viejos

EVALUACION DE FILOSOFIA

Fecha: 31 de agosto de 1993
Alumno: Ignacio Molina Shakespeare
Curso: 4° Shakespeare

Preguntas:
1) ¿Qué entiende por estoicismo?
2) ¿Explique la concepción ateísta, teísta y panteísta?
3) ¿Qué es la patrística?
4) ¿Cuál es el "objetivo filosófico" de Santo Tomás de Aquino?

Respuestas:
1) -------------------------
2) -------------------------
3) La concepción filosófica patrística fue una escuela cuyo mayor pensador era San Agustín. Tenían los mismos ideales que los antiguos cristianos pero anteponían a la fe por sobre la razón.
4) El objetivo más grosso de Santo Tomás de Aquino y de su grupo de fans era el de imponer las ideas de la escuela filosófica Domínica Hiperbólica, de la cual el chabón era uno de sus líderes.

Resultados:
1) Cero
2) Cero
3) Uno con cincuenta
4) MUY MAL (Y NO SE HAGA EL GRACIOSO, MOLINA)

Nota final: 1,50

26 de julio de 2005

Ni hablar . . .

Alguien me hizo notar que, en la corta vida de Unidad Funcional, ya nombré dos veces a los negocios de comida rápida, y eso me hizo pensar que, así como Gustavo Nielsen escribe que un blog es a la literatura lo que un stand es a la arquitectura, yo podría decir que un blog es a la literatura lo que un local de ese tipo es a un restaurante.
Mi posición acerca del "problema blogs, ficción y formatos" ya la dejé asentada aquí, en uno de mis primeros post, y ha recibido ecos de voces críticas en otros espacios. Pero sobre ese tema ya volveré más adelante; a otro asunto pensaba abocarme ahora.

Volviendo al enunciado del primer párrafo, pongo en claro que, como en todos los ámbitos, hay excepciones que confirman las reglas. Blogs que dejan de lado la inmediatez, la coyuntura, el cortoplacismo, el personalismo y la escritura jam session, para abordar un nuevo género, tan alejado del relato tradicional como de la vacía crónica diaria: la literatura bloguera, tal como lo definiera Vico, el autor de uno de los blogs a los que me estoy refiriendo.

En "Ni Hablar" y post tras post (suerte de aguas fuertes porteñas del Sigo XXI), Vico edifica una impecable y sólida obra. Textos como Los Alfonsinistas, La alfojarización de la vida o Trenes rigurosamente vigilados –por nombrar sólo tres– merecerían un lugar de privilegio en una futura e hipotética antología bloguera.

Como si con su cosecha propia no alcanzara, en la entrada del jueves último Vico publicó una imperdible entrevista con Adriano Torres, un escritor muchas veces injustamente olvidado por la academia y por el ámbito literario porteño. Luego de cinco años de búsqueda, Vico pudo dar con su paradero y logró reunirse con él en su buhardilla del pueblo santafecino de Villa Gobernador Gálvez. En la charla, Una vida consagrada a la literatura, el autor de "Las cerraduras rotas" y "El Periscopio 26" (entre muchos otros libros que ya empecé a rastrear por las librerías de viejo) describe un día de su vida y habla, entre más cosas, sobre el boom latinoamericano, la problemática cine-literatura, y sus oscuros años de militancia política…

24 de julio de 2005

Domingo

Esta mañana, caminando descalzo por la cocina, sintiendo el frío de las baldosas en las plantas de los pies, me escuché decir en voz alta: "qué lindo que es esto".
"Esto" era la taza de leche caliente con vainillas, el diario intacto asomando por debajo de la puerta, la cama tibia, los suplementos dominicales, el tiempo para escribir, la perspectiva del almuerzo, de la tarde libre en compañía, de la visita al video club…

Menos de diez horas después, parado en el mismo lugar, me encontré diciendo en voz baja: "qué feo que es esto".
"Esto" era la penumbra general, la sordidez de la tarde, las noticias del diario, la radio AM sin el pasatiempo futbolero, la tarea inconclusa del trabajo, el nuevo Feliz Domingo en la tevé, la calle fría y vacía, la perspectiva del lunes a la mañana, la cuenta regresiva hacia la alarma del despertador…

Ahora ya estoy cerca de la medianoche y, mientras veo cómo a lo lejos se van apagando las luces de los edificios, escribo en el blog con la tenue esperanza de que todo tienda a equilibrarse.

22 de julio de 2005

Es como todo . . .

. . . HAY AMIGOS CONTENEDORES . . .

. . . Y AMIGOS CON CUCHILLO.

20 de julio de 2005

Consigna

Al texto que transcribo más abajo lo hallé en un diskette del año 1999. Fue escrito a partir de una consigna de uno de los dos talleres literarios a los que asistí en la década pasada (en ninguno duré más de dos o tres "encuentros", pero de eso ya me encargaré más adelante). La consigna era escribir un texto que contuviera la esquela: "AYER LOS VI DE NUEVO. AHORA SI NO TENGO DUDAS. HOY VOLVE A TU CASA MAS TEMPRANO". Y esto fue lo único –y más bien poco– que me dejó ese taller:

Julia se había cansado de su matrimonio de veinte años con Marcelo. Pero como no se atrevía a pedirle cara a cara el divorcio, por cobardía o por miedo a su reacción, le mandaba sugerentes cartas al trabajo, redactadas a máquina y firmadas por una tal Betty, en cuyas post datas, junto a tres equis que significaban tres besos, le dejaba un número telefónico.

El plan de Julia era simple: una amiga de una amiga suya se haría pasar por Betty y, en el momento del encuentro con su marido, ella los encontraría in fraganti y desataría un escándalo. Pero como Marcelo nunca respondió al pedido de las cartas, Julia tuvo que cambiar de plan.

Aun sabiendo que el remedio podía llegar a ser peor que la enfermedad, pero decidida a terminar con su matrimonio sin tener que dar explicaciones, lo primero que hizo fue conseguirse un amante. Después empezó a mandarle anónimos a su marido al trabajo, en los que confesaba su nueva relación con el almacenero de la esquina, un hombre veinte años menor que ella.

SE ENCUENTRAN EN TU PROPIA CASA, ENTRE LAS CINCO Y LAS SEIS DE CADA TARDE, ANTES DE QUE TU HIJO VUELVA DEL COLEGIO,

decían algunas notas, y también:

AYER LOS VI DE NUEVO. AHORA SI NO TENGO DUDAS. HOY VOLVE A TU CASA MAS TEMPRANO.

Lo curioso es que, tal vez por miedo o por cobardía, Marcelo no sólo siguió saliendo del trabajo a la misa hora de siempre, sino que nunca volvió a comprar vino en el almacén de la esquina.

18 de julio de 2005

De Charles Baudelaire (a los jóvenes literatos)

De los métodos de composición

Hoy por hoy hay que producir mucho, de modo que hay que andar de prisa; de modo que hay que apresurarse lentamente; pues es menester que todos los golpes lleguen y que ni un solo toque sea inútil.
Para escribir rápido, hay que haber pensado mucho; haber llevado consigo un tema en el paseo, en el baño, en el restaurante, y casi en casa de la querida.
Cubrir una tela no es cargarla de colores, es esbozar de modo liviano, disponer las masas en tono ligero y transparentes. La tela debe estar cubierta -en espíritu- en el momento en que el escritor toma la pluma para escribir el título.
Se dice que Balzac ennegrece sus manuscritos y sus pruebas de manera fantástica y desordenada. Una novela pasa entonces por una serie de génesis, en los que se dispersa, no sólo la unidad de la frase, sino también la de la obra. Sin duda es este mal método el que da a menudo a su estilo ese no se qué de difuso, de atropellado y de embrollado, que es el único defecto de ese gran historiador.

Del trabajo diario y de la inspiración

Una alimentación muy sustanciosa, pero regular, es la única cosa necesaria para los escritores fecundos. Decididamente, la inspiración es hermana del trabajo cotidiano. Estos dos contrarios no se excluyen en absoluto, como todos los contrarios que constituyen la naturaleza. La inspiración obedece, como el hombre, como la digestión, como el sueño. Si se consiente en vivir en una contemplación tenaz de la obra futura, el trabajo diario servirá a la inspiración, como una escritura legible sirve para aclarar el pensamiento, y como el pensamiento calmo y poderoso sirve para escribir legiblemente, pues ya pasó el tiempo de la mala letra.
15 de abril de 1846

17 de julio de 2005

Haiku dominguero

Con el rumor apagado

del relato del fútbol

se suicida el domingo.

14 de julio de 2005

Algo que suene

El fin de semana pasado estuve en Bahía Blanca. Llegué el sábado a la mañana y el domingo a la noche volví con mi sobrina, que venía a alojarse a lo de su abuela durante la primera semana de las vacaciones. A su edad, yo también venía a Buenos Aires en esta época del año y hacía casi lo mismo que ella está haciendo ahora: paseaba en colectivo; me asombraba con el subterráneo; iba al cine, al circo o a ver obras infantiles; salía a locales de comida rápida que en mi ciudad aún no existían; visitaba el Cabildo y les tiraba migas a las palomas de la Plaza de Mayo.
Una mañana, creo que en la zona del Italpark, un mago con galera metió un pañuelo en la manga de un nene que pasaba por ahí y lo sacó a los pocos segundos del cuello de mi camisa. Esa misma tarde lo vi por televisión, haciendo lo mismo en un programa llamado "Sábados de la bondad", y todos los que estaban conmigo –menos yo, que me quedé callado hasta la noche–, juraron haberse dado cuenta del truco.

En su casa, el domingo a la tarde, mi sobrina intentó enseñarme a jugar al ajedrez (sin "jate maque" ni "intrucciones raras"). Después armamos un rompecabezas y dibujamos con crayones, inclinados sobre la mesa de la cocina, en hojas rayadas de cuaderno. Ella había hecho una casa, un árbol y un vestido, y me pidió que le nombrara alguna otra cosa "que suene" con esos dibujos.
–¿Que suene, qué quiere decir eso? –le pregunté.
–Algo que suene, no sé . . . que combine –explicó.
Podría haber dicho "algo que pegue" o "algo parecido", pero me gustó que tratara a las imágenes como si fuesen palabras o, más bien, notas musicales.

12 de julio de 2005

Manuel Puig

De balcones vecinos

Si Peter Handke (Griffen, Austria, 1942) hubiera tenido un blog en su juventud, podría haber posteado lo siguiente:

Qué hábiles parecen muchas mujeres en todas las circunstancias de la vida: por ejemplo, cuando cierran las persianas de noche, sólo se ven las puntas de los dedos: la palabra "burgués" es de hecho una denominación de lo asqueroso.

Llueve, y es como si las gotas fueran recogidas por todas partes en cubos de metal; la lluvia no cae sino que, por así decirlo, es arrojada, y recuerda de pronto a un lenguaje: el lenguaje de la lluvia.

La agente de policía, muy animada, mientras dirige el tránsito le tira besitos al bebé . . . y sin embargo, me parecería muy natural verla bien muerta en el próximo instante.

Un hombre marchaba rumbo a una puerta, con el brazo extendido preparado para el saludo fascista; apoyó el brazo en el marco, se quedó parado y todo perdió enseguida su significado y se volvió pacífico.

El saquito de té de manzanilla abierto en la basura y en el mismo momento la imagen de los estómagos abiertos de las gallinas, repletos de granos de maíz.

8 de julio de 2005

Socorro, me llevan . . .

(clickear en la imagen) Continuará . . .

6 de julio de 2005

Ranuras inexploradas

El domingo jugué al básquet. Si bien mis números en la ofensiva fueron bastante decorosos (12 puntos, incluidos dos triples y un gancho "cielo" desde fuera de la pintura), la derrota de mi equipo, el bajo rendimiento defensivo y los pocos rebotes tomados no me permitieron convertirme en el MVP de la jornada.
Si tuviera que hacer una analogía entre el básquet y la escritura, diría que, así como cada jugada debe tener su timing y su coordinación, cada frase debe tener su música. En ambos casos, la táctica y la estrategia deben ser el sustento para la creatividad. Tanto en el parquet o en las baldosas como en el papel o en la pantalla, tiene que haber tensión, justeza, sorpresa e imaginación. Siempre hay que darle un espacio al rival o al hipotético lector; hay que medirlo a la distancia para volver a atacar. Y cada tanto, para resolver los problemas que uno mismo elabora, hay que tomarse un minuto.

Más tarde, en el camino de vuelta, frenamos en un semáforo rojo de la avenida Cabildo. Ya era de noche, sólo los kioscos, las farmacias y los restaurantes estaban abiertos. En la esquina había una montaña de bolsas de basura y, como al término de cada fin de semana, el resto de la vereda también se veía mugrienta.
Del otro lado de la avenida, en la ventana de un primer y único piso, vi las luces cambiantes de un televisor. Delante de la pantalla había dos nenes que jugaban a pelearse a las trompadas, como actuando para las decenas de peatones y de autos que recorrían la cuadra, y no era difícil imaginar la parte del living oculta por la pared: juguetes tirados en el suelo, olor a encierro, una mesa cubierta por un mantel de hule floreado, a la vez cubierto por migas, platos con sobras de fideos y una botella con jugo.
El edificio, antiguo, de dos departamentos al frente y pintado de amarillo, está encima de un negocio de ropa juvenil y aprisionado entre una torre de veinte pisos y un local de comida rápida. A pesar de los años que llevo caminando por esa avenida, nunca había reparado en esa ventana como quedada en el tiempo.
Cuando el auto volvió a arrancar me dije que lo que estaba pensando también tenía que ver con la escritura, que escribir no era más que eso: descubrir en el paisaje cotidiano ranuras inexploradas, pasear con anteojos nuevos por lugares conocidos.

4 de julio de 2005

Papeles viejos

Como conté en la última entrada de junio, durante alrededor de un año y medio atendí un maxi kiosco en el barrio de Villa Urquiza. Durante las horas de escasa afluencia de público, y cuando me aburría de leer o de escuchar la radio, tomaba notas en cuadernos espiralados o en los dorsos de las boletas de compras. Algunas de esas notas, que la semana pasada, al volver de Rentas, encontré en el fondo de una caja de papeles viejos, son las siguientes:

Un hombre de cincuenta años me pide un paquete de Philip Morris y una caja de preservativos de dos pesos.
–Dos pesos con veinte están ahora –le digo dándole el atado.
–¿Y no tenés Tulipán?
–No me quedaron. Tengo éste, de dos pesos veinte.
–Bueno, dejá che. Llevo los puchos nomás, no vale tanto.

Un nene me da tres monedas de diez centavos pegoteadas con chicle. Tengo que dejarlas en remojo y lavarme las manos con detergente.

Según la colorada, si llenás una botella de gaseosa de litro y medio con monedas de un peso juntás cerca de mil.

Las palabras, por sí solas, no expresan nada; sólo consignan. Alguien puede informar, con una misma cantidad y un mismo tono: "Excursionistas ganó uno cero con gol sobre la hora" y "Mueren treinta personas por día en accidentes de tránsito".

Tres chicas de catorce o quince años me piden un Marlboro 10. Esperando, detrás de ellas, hay un cliente habitual. Cuando llega su turno, y antes de señalar con la frente la zona de su marca de cigarrillos, mira a las chicas con desaprobación y me mira a mí como buscando complicidad.

1 de julio de 2005

Vengo

Vengo al blog como iba a la terapia psicoanalítica; la mayoría de las veces sin saber qué decir.

Vengo al blog, y viniendo al blog me vengo –podría exagerar alguien– de la terapia psicoanalítica.

29 de junio de 2005

Días hábiles

Ayer fui a Rentas de la Ciudad, un lugar al que sólo volvería si alguien me pagara con billetes de cien. Luego de once meses de trámites (kafkianos, diría si nunca hubiese leído a Kafka), el burócrata mayor del edificio se dignó a firmar el formulario de baja de Ingresos Brutos del negocio que, durante el año y medio anterior, yo había tenido en una esquina desértica de Villa Urquiza.
–Te digo una cosa –me aconsejó un hombre con pinta de jubilado, que estaba delante de mí en la cola, luego de preguntarme la edad–, acá tenés que pasar desapercibido, nunca te anotes en nada. Este país es así, si hacés las cosas por derecha te matan. Yo trabajé toda mi vida, y ahora me piden hasta la patente del barco que trajo a mi abuelo de Italia.
Otro hombre, que volvía de sacar unas fotocopias que le habían pedido en la ventanilla de al lado, terció en la conversación:
–Además, estos tipos viven de Rentas –dijo, supongo que sin advertir el doble sentido de su afirmación, señalando a dos empleados que tomaban mate frente a una computadora apagada–, por eso se empeñan en sacarte la guitarra; toda para ellos se la quedan.
Cuando, después de hacerme esperar quince minutos y de buscar mi expediente entre una montaña de sobres de papel madera, el jefe de área me mostró el sello y la firma estampados al pie del último formulario, sentí que me sacaba de encima una mochila de cien kilos.
Para celebrar había planeado darme una vuelta por las librerías de saldos de la calle Corrientes, pero supuse que se me había hecho tarde. Miré un reloj de pared en la planta baja. Era cerca del mediodía; tenía que volver a trabajar.
Al salir del edificio por la puerta giratoria me crucé con el descendiente de italianos. Esperaba sentado en la pequeña escalinata. Lo habían mandado a una ventanilla del tercer piso, y ahí le habían pedido que volviera a las dos de la tarde. Lo saludé con un apretón de manos y me dio culpa decirle que yo, en la carpeta que llevaba bajo el otro brazo, ya tenía la firma; con cara de resignación y gesto de complicidad, le mentí que debería volver en quince días hábiles.

28 de junio de 2005

Pájaros muertos

Ayer escribí "aterrizaba en la terraza de los vecinos", y después me quedé pensando en la redundancia ¿Qué parentesco tienen ambos términos? ¿Cuál es el hilván que los relaciona?
Que yo sepa, en las terrazas no suelen aterrizar objetos voladores. Aunque podría imaginar que la de mi edificio –a la que los condóminos no tenemos acceso– está alfombrada por pájaros muertos.

27 de junio de 2005

Conjuro

De chico les tenía miedo a los extraterrestres. Desde mi ventana sin persiana dominaba los techos de gran parte de la manzana. Por las noches imaginaba que un ovni aterrizaba en la terraza de los vecinos, y todo el tiempo me convencía de que los marcianos estaban a punto de entrar en mi cuarto. Yo, mirando las sombras en las paredes, las siluetas dibujadas por las luces que entraban desde afuera, me tapaba con varias frazadas o con la ropa que tenía más a mano si hacía calor.
Ahora, cada vez que algún pensamiento no me deja dormir, evocando aquella sensación intento conjurar el frío en la espalda.

24 de junio de 2005

Súper M

Había planeado contar alguna anécdota personal, o recordarme, con piernas de alambre y dedos rojos por el frío de la mañana bahiense, picando una pelota ante un narigón de camiseta anaranjada en el gimnasio que hoy lleva su nombre. Pero, harto a cuenta de los que empiezan a hablar, prefiero reservarme el festejo y tercerizar el homenaje con fragmentos de una canción:

Un brindis por mis amigos, los gigantes de la vida / de madrugadas perdidas y derrotas entre llantos / esos muchachos sencillos que van con todo al rebote / a cachetearle a la suerte, y a ganarle por un tanto.
Son los mismos que hace años, jugaban por las zapatillas / y que ni con agua helada, los podían hacer temblar / picar una súper k, era el lujo de los lujos / y a los propios Glober Trotters pretendían hacer bailar.
Esa barra de vestuario, cachadora y solitaria / que lo mismo come un guiso, como viste de yaqué / los jugadores de básquet, los que después de la practica / aflojan con mucho vaso, rivalidades de ayer . . .

23 de junio de 2005

Sangre

Hoy fui a que me sacaran sangre. Con el puño cerrado al final de brazo extendido, imaginé cómo el rojo oscuro que avanzaba en la jeringa contrastaba con el delantal de la enfermera. Miré las paredes de la sala, y para evitar el mareo pensé en el partido de esta noche.
Un mes atrás, unos pisos más arriba en esa misma clínica, vio la luz mi cuarto sobrino (sangre nueva de mi sangre, diría si fuese aprendiz de poeta). En el ascensor en que subí a conocerlo había tres hombres mayores.
–El otro día se me cayó uno –contó el menos canoso–. Por suerte del primer piso.
–¿Tenías A.R.T., tenías algo?
–No, qué voy a tener. Todo en negro. Más negro que él. Bolita era.
En otra oportunidad, cinco a seis años antes, había acompañado a la clínica a un amigo al que le picaba demasiado la planta de un pie. Eran las dos de la mañana. Lo vi entrar en la sala y me senté a esperarlo en los sillones que simulan un living. Adentro, el médico de guardia le preguntó si le molestaba mucho.
–No –me contó él que le hubiera contestado–. Vine acá, a esta hora y descalzo, porque tenía ganas de verte la cara.

Salgo con el brazo rígido, evitando mirar mi cara en el reflejo de las vidrieras. Camino hasta un bar para romper el ayuno. Pido un café doble con medialunas y busco un diario con la mirada. Calculo que desde hace ocho meses, cuando instalaron banda ancha en mi computadora, no me acerco a un canillita un día de semana.
Todos los Clarines del día están ocupados, y el mozo me alcanza desde el mostrador, como consuelo y manoseado, un Página/12 de ayer. Leo el titular de la tapa, junto a la foto del militar muerto por un ataque cardíaco, (El infierno se reserva el derecho de admisión), y por segunda vez en la mañana esbozo una sonrisa.

21 de junio de 2005

Grupo Alejandría

Gacetilla:

El Grupo Literario Alejandría invita a participar de la Noche de Cuentos, el martes 21 de junio a las 21 horas. El encuentro consistirá en la lectura de cuentos a cargo de sus autores, y contará con la presencia de Martín Kohan.

Si te interesa participar leyendo, envianos tu cuento (no debe exceder las 4 o 5 carillas, unos diez minutos de lectura) y tus datos personales (nombre, teléfono y/o mail).
alejandriagrupo@yahoo.com.ar
Si no escribís, pero querés venir a escuchar, estás desde ya invitado.

El lugar es BARTOLOMEO, en Bartolomé Mitre 1525, Capital Federal. Los encuentros se realizarán cada dos martes, y la entrada es libre y gratuita.

Gracias APTRA

Seré breve. Gracias a los miembros del jurado. Gracias a Osvaldo, a la cerveza argentina y a la comunidad boliviana. ¿Cuántos hoy podrán decir: "yo gané un Martín Fierro"? Y espero que después de esto los productores me vuelvan a llamar.
Somos extras, queremos extraer . . . (algún billete extra).

20 de junio de 2005

Ciudad de la Paz

Gran parte de los habitantes de la provincia de Entre Ríos nunca se pelean. Pasan sus días en paz, sin discusiones ni gritos; viven en Concordia.

19 de junio de 2005

Regístrese

Recibo un mail de C. que, enterada del nacimiento del blog, se alegra: "al fin todos vamos a poder leer tus historias". Ojo, contesto ahora, a no confundirse. Por este medio no serán publicadas "mis historias". Esta unidad funcional queda al fondo de una planta baja, y a la literatura, con llave en mano, se llega por el ascensor.

Por este contrafrente desfilarán –mientras no nos aburramos ni los eventuales lectores ni yo– pequeñas reflexiones, comentarios al pasar, misceláneas, crónicas, notas, apostillas, opiniones.

Como le dije a V. antes de empezar, no me gustaría caer en líneas del tipo "me pedí un helado, y me lo sirvieron caliente". Pero nunca hay que decir nunca; no pongo las manos en el fuego por mí.

Queda dicho entonces: "mis historias" no. Eso es otro precio.

16 de junio de 2005

Sueño recurrente

El uniforme impecable, los cartuchos de tinta llenos, el repuesto de hojas Rivadavia, los pupitres limpios, los comentarios sobre las vacaciones, los nuevos compañeros, el calor húmedo de comienzos de marzo. Ayer, frente a la pantalla en blanco del blog, evoqué aquella sensación de primer día de clase, y anoche sufrí mi sueño recurrente:
Yo tengo cuarenta años y, por algún motivo que no me cuestiono, tengo que volver a la escuela primara. La corbata me queda corta y los pantalones largos me llegan hasta las rodillas. El patio enorme de palmeras me parece diminuto. Mis compañeros son mis ex compañeros, pero todos, aunque siguen teniendo nueve u once años, ya son contadores, médicos o empleados. Yo no encuentro dónde esconderme. Los maestros me atacan con cerbatanas, y siento que nunca en mi vida voy a aprobar Ciencias Naturales.

15 de junio de 2005

Comienzo

Lo más difícil es comenzar. Cualquier cosa: una conversación, un trabajo, un proyecto, una relación, un libro…
Este blog será una especie de diario público que intentará ir buscando su tono sobre la marcha.
(Releo y pienso que nunca me hubiera imaginado escribir la palabra "relación" con el sentido en que la escribí más arriba. Podría borrarla en este momento, pero, sin motivo, opto por dejarlo pasar).