Como buena señora veraneante en Punta del Este y visitante esporádica de las librerías Yenny, mi mamá trajo a estas playas Las viudas de los jueves, de Marcela Piñeyro, y El lago (creo que se llama así), de Paola Kaufman, novelas ganadoras de los premios Clarín y Planeta respectivamente. De ninguna de las dos pude pasar de la página veinte, pero en cambio sí leí en dos tardes Tuya, el libro anterior de Piñeyro, una novela policial bastante entretenida.
Yo traje algunos libros para darles una primera lectura y otros para releer:
Diarios, de John Cheever.
Fotos movidas, de Damián Tabarovsky.
Hidrografía doméstica, de Gonzalo Castro.
El pornógrafo, de Juan Terranova.
Historias higiénicas e Igor, de Federico Levín.
En la pequeña biblioteca del departamento que alquila mi mamá hay varios libros en francés (parece que la dueña es francesa), otros de derecho (parece que el tipo es abogado), varios de cuentos infantiles y de autoayuda para padres primerizos (parece que tienen un hijo pequeño), uno de Daniel Stell, uno de Coelho (Paulo, claro, no Oliverio), y Pulp, la novela pseudo policial de Bukowsi publicada tras su muerte. Me llamó la atención ver el lomo de ese ejemplar de la colección blanca de Anagrama, pero enseguida, al leer la dedicatoria manuscrita, aclaré la situación:
Para Patxi con cariño, este libro que traduje con mi amiga Txano y que espero le divierta y entretenga en las horas muertas. Un gran beso. Cecilia. Madrid, 25/11/1996.
Efectivamente, la novela fue traducida por Cecilia Ceriani y Txaro Santoro.
Imaginé toda la dedicatoria pronunciada por una voz de mujer delicada y con fino acento español, y mientras hojeaba el libro esa misma voz siguió diciendo términos como follar, polla, empalmar, coño, gilipollas...
30 de enero de 2006
25 de enero de 2006
Tupamaros
Desde hace cuatro o cinco años que veraneo en Uruguay. En pareja siempre nos alojamos en bungalows o casitas baratas de la costa de Rocha: Punta del Diablo, La Pedrera, Aguas Dulces. Ahora, en esta extraña etapa, caigo durante una semana en el departamento que mi mamá alquiló por todo el mes en Punta del Este.
Y hay que hacer la salvedad, porque Punta del Este no tiene nada que ver con ningún otro lugar de este país ahora gobernado por un dudoso gobierno "de izquierda": es más bien como la embajada de una nación extranjera, mezcla de Niza, Miami, Pocitos y San Isidro, en un borde del territorio charrúa.
También estuve en Punta del Este en enero de 1995. Tengo presente que en ese mes murió Monzón, porque recuerdo haber leído la noticia en la playa en un Clarín todavía en blanco y negro. Yo tenía 18 años y el pelo largo hasta la mitad de la espalda, y por cuestiones ideológicas y de estilo me sentía un outsider.
Sin embargo, salía con un grupo de amigos todas las noches y volvía un tanto borracho al amanecer. Una madrugada, a la salida de un boliche y luego de una discusión no zanjada por un problema de chicas, un grupo de uruguayos (entre los que se encontraba el hijo del entonces presidente, Lacalle o Sanguinetti, no recuerdo bien) nos persiguió desde Montoya más de 30 kilómetros en auto. Nuestro error táctico fuer darnos cuenta de la persecusión muy tarde, recién cuando yo bajé frente a la casa en que paraba. Mientras me bajaba del coche saludando y haciendo los últimos comentarios, escuché que alguien me decía desde el interior "uy, loco, mirá para atrás", y no alcancé a dar más de cinco pasos antes de tener que esquivar un cross que iba directo a la mandíbula. Después hubo más piñas, patadas, gritos ("argentinos de mierda", "Francescoli puto", etc.), vidrios rotos, plantas destruidas y narices ensangrentadas. La pelea terminó cuando uno de mis amigos, tirado en la calle de tierra y al ver que el cabecilla del bando contrario sacaba un revólver de la gaveta de su auto, fingió un ataque de epilepsia y gritó que estaba a punto de morir (todavía me parece oír la voz de otro de mis amigos que le siguió el juego: "paren che, se muere, se muere...).
Los gritos habían despertado a mi familia y a casi todo el vecindario. Una hora después, cerca de las nueve de la mañana, despedimos a los uruguayos, por sus nombres de pila, con apretones de manos, palmeadas en las espaldas y promesas de compartir unos chivitos canadienses.
En esa época (o tal vez unos años antes) yo fantaseaba con que algún día, cuando el socialista Frente Amplio llegara al poder, las casas más lujosas de Punta del Este, expropiadas, se transformarían en viviendas populares, y con que se constuiría un hospital de niños en el Conrad Hotel. Ahora pienso que, si una madrugada, intentará buscarme roña algún tupamaro arrepentido, no dudaría ni un segundo en agarrarlo a trompadas.
Y hay que hacer la salvedad, porque Punta del Este no tiene nada que ver con ningún otro lugar de este país ahora gobernado por un dudoso gobierno "de izquierda": es más bien como la embajada de una nación extranjera, mezcla de Niza, Miami, Pocitos y San Isidro, en un borde del territorio charrúa.
También estuve en Punta del Este en enero de 1995. Tengo presente que en ese mes murió Monzón, porque recuerdo haber leído la noticia en la playa en un Clarín todavía en blanco y negro. Yo tenía 18 años y el pelo largo hasta la mitad de la espalda, y por cuestiones ideológicas y de estilo me sentía un outsider.
Sin embargo, salía con un grupo de amigos todas las noches y volvía un tanto borracho al amanecer. Una madrugada, a la salida de un boliche y luego de una discusión no zanjada por un problema de chicas, un grupo de uruguayos (entre los que se encontraba el hijo del entonces presidente, Lacalle o Sanguinetti, no recuerdo bien) nos persiguió desde Montoya más de 30 kilómetros en auto. Nuestro error táctico fuer darnos cuenta de la persecusión muy tarde, recién cuando yo bajé frente a la casa en que paraba. Mientras me bajaba del coche saludando y haciendo los últimos comentarios, escuché que alguien me decía desde el interior "uy, loco, mirá para atrás", y no alcancé a dar más de cinco pasos antes de tener que esquivar un cross que iba directo a la mandíbula. Después hubo más piñas, patadas, gritos ("argentinos de mierda", "Francescoli puto", etc.), vidrios rotos, plantas destruidas y narices ensangrentadas. La pelea terminó cuando uno de mis amigos, tirado en la calle de tierra y al ver que el cabecilla del bando contrario sacaba un revólver de la gaveta de su auto, fingió un ataque de epilepsia y gritó que estaba a punto de morir (todavía me parece oír la voz de otro de mis amigos que le siguió el juego: "paren che, se muere, se muere...).
Los gritos habían despertado a mi familia y a casi todo el vecindario. Una hora después, cerca de las nueve de la mañana, despedimos a los uruguayos, por sus nombres de pila, con apretones de manos, palmeadas en las espaldas y promesas de compartir unos chivitos canadienses.
En esa época (o tal vez unos años antes) yo fantaseaba con que algún día, cuando el socialista Frente Amplio llegara al poder, las casas más lujosas de Punta del Este, expropiadas, se transformarían en viviendas populares, y con que se constuiría un hospital de niños en el Conrad Hotel. Ahora pienso que, si una madrugada, intentará buscarme roña algún tupamaro arrepentido, no dudaría ni un segundo en agarrarlo a trompadas.
20 de enero de 2006
Carta II
Más fragmentos de esta carta:
(...)
No fue casual que atendieras el teléfono y estuviera tu voz del otro lado, cuando el Chino decidió "operar" a Jim Morrison, Federico Moura, Luca Prodan, Miguel Abuelo, Freddy Mercury, etc.
Tengo un notición bellísimo sobre vos. Pero será cara a cara. Sólo una ideíta: tiene que ver con COSAS HERMOSAS...... Mucha ayuda.
Necesito preguntarte tantas cosas, mi Van Gogh.
Por donde me mires: DUELO.
Y por lo que sentí, no cualquiera nadie más que vos es capaz de poner el lomo y no llorar, sino disfrutar. Por ejemplo: pasaste a ser alguien de un valor supremo en mi vida.... Dudo que te DESHAGAS DE MI...... Te voy a regastar con: "adiós", "a Dios pedile que te salve de mí".
Comés? Dormís? Vivís?
Te acordarás de traer al menos un día grabado las cosas que dicen en la radio? Te acordás de tu pregunta: qué pasa cuando te piden una estrella, la bajás y no se dan cuenta de ello?...... Te la amplío o la modifico un poco: y cuando la bajás te das cuenta que en realidad no le importaba ninguna estrella?
Ya casi te oigo.
Pero, cuál es el motivo que lleva a alguien a dañar lo que presume bellísimo.
Por qué POR QUE PORQUE, siento que sos el único que sabe quién soy?
Te lo digo una vez más: fusioná. FUSIONÁ HOY, antes de que sea demasiado tarde.
YO
(...)
No fue casual que atendieras el teléfono y estuviera tu voz del otro lado, cuando el Chino decidió "operar" a Jim Morrison, Federico Moura, Luca Prodan, Miguel Abuelo, Freddy Mercury, etc.
Tengo un notición bellísimo sobre vos. Pero será cara a cara. Sólo una ideíta: tiene que ver con COSAS HERMOSAS...... Mucha ayuda.
Necesito preguntarte tantas cosas, mi Van Gogh.
Por donde me mires: DUELO.
Y por lo que sentí, no cualquiera nadie más que vos es capaz de poner el lomo y no llorar, sino disfrutar. Por ejemplo: pasaste a ser alguien de un valor supremo en mi vida.... Dudo que te DESHAGAS DE MI...... Te voy a regastar con: "adiós", "a Dios pedile que te salve de mí".
Comés? Dormís? Vivís?
Te acordarás de traer al menos un día grabado las cosas que dicen en la radio? Te acordás de tu pregunta: qué pasa cuando te piden una estrella, la bajás y no se dan cuenta de ello?...... Te la amplío o la modifico un poco: y cuando la bajás te das cuenta que en realidad no le importaba ninguna estrella?
Ya casi te oigo.
Pero, cuál es el motivo que lleva a alguien a dañar lo que presume bellísimo.
Por qué POR QUE PORQUE, siento que sos el único que sabe quién soy?
Te lo digo una vez más: fusioná. FUSIONÁ HOY, antes de que sea demasiado tarde.
YO
12 de enero de 2006
Escrutinio (literatura argentina 1983-2005)
Mi voto en la encuesta de la revista Oliverio.
Y el mismo voto en la encuesta de Las Apostillas, el brazo blogger de Editorial Entropía.
Y el mismo voto en la encuesta de Las Apostillas, el brazo blogger de Editorial Entropía.
10 de enero de 2006
Papeles viejos
Fragmento de una de las cartas que una vecina me escribió y tiró por debajo de mi puerta, pocas semanas antes de quedar internada en un hospital neuropsiquiátrico.
(…)
Te lo digo a vos, porque conocés todo de MEMORY y no sé quién se la cree menos. Si me preguntaran cómo es tu piel, diría "no la toque nunca". Si es verdad que mis neuronas funcionan de tal modo de hacerme parecer inteligentes, una de ellas es una GENIA. Provocó amnesia total en el tema: REGISTRO tuyo ante cada situación a destiempo.
Entonces, con respecto a vos, me siento pichoncita. Mil veces intenté recordar sensaciones. Sí, sé de taquito cómo son tus movimientos, uno por uno, cada dedo fino y mago de tus manos que no tienen comparación. Sin darme cuenta, hace mucho tiempo, estando sola, y ante el sonido de una melodía, mis manos y mis pies dirigen el tránsito de mis sentidos.
Hay un gesto que hago con la mano derecha, y que no es otro que "LA PINZA" famosa. Pero que me vuelve delicadamente femenina.
No, no me tomé un frasco de "yo me amo": FUSIONÉ.
Fusioné. Sos ese ser que no se conoce. El secreto con el que nos iremos de esta vida, tal vez sin mencionarlo jamás. Ese ser con el que nos sentemos un día en un bar y sin vueltas nos digamos: "sos la persona con quien quiero compartir el resto de mi vida"… (son genial Van Gogh, te las ingeniaste para mandarme tres al hilo ("fui a la casa de Monga a tomar matecito y dormir la siesta", "sos la mujer con que quiero…", "FUSIONA, FUSIONA, FUSIONA…")
(…)
(…)
Te lo digo a vos, porque conocés todo de MEMORY y no sé quién se la cree menos. Si me preguntaran cómo es tu piel, diría "no la toque nunca". Si es verdad que mis neuronas funcionan de tal modo de hacerme parecer inteligentes, una de ellas es una GENIA. Provocó amnesia total en el tema: REGISTRO tuyo ante cada situación a destiempo.
Entonces, con respecto a vos, me siento pichoncita. Mil veces intenté recordar sensaciones. Sí, sé de taquito cómo son tus movimientos, uno por uno, cada dedo fino y mago de tus manos que no tienen comparación. Sin darme cuenta, hace mucho tiempo, estando sola, y ante el sonido de una melodía, mis manos y mis pies dirigen el tránsito de mis sentidos.
Hay un gesto que hago con la mano derecha, y que no es otro que "LA PINZA" famosa. Pero que me vuelve delicadamente femenina.
No, no me tomé un frasco de "yo me amo": FUSIONÉ.
Fusioné. Sos ese ser que no se conoce. El secreto con el que nos iremos de esta vida, tal vez sin mencionarlo jamás. Ese ser con el que nos sentemos un día en un bar y sin vueltas nos digamos: "sos la persona con quien quiero compartir el resto de mi vida"… (son genial Van Gogh, te las ingeniaste para mandarme tres al hilo ("fui a la casa de Monga a tomar matecito y dormir la siesta", "sos la mujer con que quiero…", "FUSIONA, FUSIONA, FUSIONA…")
(…)
4 de enero de 2006
Las españolas
Ayer tuve que ir a una escribanía del centro a entregar y retirar unos papeles. En la avenida Pueyrredón, al 64 que me llevaba subieron siete chicas extranjeras. Se sentaron alrededor mío en las últimas filas. Tenían entre veinticinco y treinta años y enseguida me di cuenta de su nacionalidad: mezclaban, a veces hasta en una misma frase, palabras en catalán y en un marcado acento español. Una de ellas me preguntó si faltaba mucho para la Plaza de Mayo. Yo le dije que bajaba ahí y le pregunté de dónde eran.
–De España.
–Ahá, no me digás. De qué ciudad quiero decir.
–De Barcelona . . . ¿Por el acento te has dado cuenta, no?
Habían llegado esa mañana a Ezeiza, y durante sus más de tres semanas de estadía en Argentina visitarían, entre otros lugares, "Patagonia", "Iguazú" y "Río Gallegos".
–¿Y tú qué sitios recomiendas de aquí? Nos han hablado de un lugar llamado Asia Cuba, y de la calle Freud, donde dicen que siempre se juntan un montón de psicólogos a hablar con la gente.
–. . .
–Por el Palermo nos han dicho.
–No sé, Villa Freud puede ser, que es una zona del barrio Palermo Viejo, ahora también llamado Palermo Trenque Lauquen.
A la más simpática le pregunté por la lengua en que hablaba en su vida cotidiana.
–Cincuenta y cincuenta –me dijo.
–¿Y en qué idioma pensás?
–Mmhh, no sé … sueño en catalán, pero cuando escribo, aunque escriba en catalán, pienso en español.
Durante el viaje intenté convertirme en un modesto guía turístico: "la estación Once y la Plaza Miserere", "el Congreso de la Nación y la Plaza de los Dos Congresos", "la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo", "Avenida de Mayo, la avenida más española de Buenos Aires", "allá a la izquierda el Obelisco, y vamos por la 9 de Julio, la avenida más ancha del mundo", "y también tenemos la más larga, Rivadavia, la cruzamos en Once", "el patio del Cabildo".
Mientras hablaba, y sobre todo cuando decía cosas como "tenemos la más ancha y la más larga del mundo", yo notaba que, tal vez para no parecerme a quienes se mimetizan con sus interlocutores extranjeros, exageraba mi acento argentino.
–Y dime, ¿la Casa Rosa dónde se encuentra?
–Ahí, y allá la Catedral, y acá ya hay que tocar el timbre, Plaza de Mayo.
Al caminar por la plaza y ver, al fondo de Diagonal Norte, la silueta del Obelisco, yo pensé que, si fuera extranjero, también me interesaría conocer Buenos Aires. Antes de cruzar la calle giré la cabeza; vi cómo las españolas se acercaban a las pintadas de los pañuelos blancos y me pareció escuchar que la menos simpática, señalando mi espalda, hablaba de mí.
–De España.
–Ahá, no me digás. De qué ciudad quiero decir.
–De Barcelona . . . ¿Por el acento te has dado cuenta, no?
Habían llegado esa mañana a Ezeiza, y durante sus más de tres semanas de estadía en Argentina visitarían, entre otros lugares, "Patagonia", "Iguazú" y "Río Gallegos".
–¿Y tú qué sitios recomiendas de aquí? Nos han hablado de un lugar llamado Asia Cuba, y de la calle Freud, donde dicen que siempre se juntan un montón de psicólogos a hablar con la gente.
–. . .
–Por el Palermo nos han dicho.
–No sé, Villa Freud puede ser, que es una zona del barrio Palermo Viejo, ahora también llamado Palermo Trenque Lauquen.
A la más simpática le pregunté por la lengua en que hablaba en su vida cotidiana.
–Cincuenta y cincuenta –me dijo.
–¿Y en qué idioma pensás?
–Mmhh, no sé … sueño en catalán, pero cuando escribo, aunque escriba en catalán, pienso en español.
Durante el viaje intenté convertirme en un modesto guía turístico: "la estación Once y la Plaza Miserere", "el Congreso de la Nación y la Plaza de los Dos Congresos", "la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo", "Avenida de Mayo, la avenida más española de Buenos Aires", "allá a la izquierda el Obelisco, y vamos por la 9 de Julio, la avenida más ancha del mundo", "y también tenemos la más larga, Rivadavia, la cruzamos en Once", "el patio del Cabildo".
Mientras hablaba, y sobre todo cuando decía cosas como "tenemos la más ancha y la más larga del mundo", yo notaba que, tal vez para no parecerme a quienes se mimetizan con sus interlocutores extranjeros, exageraba mi acento argentino.
–Y dime, ¿la Casa Rosa dónde se encuentra?
–Ahí, y allá la Catedral, y acá ya hay que tocar el timbre, Plaza de Mayo.
Al caminar por la plaza y ver, al fondo de Diagonal Norte, la silueta del Obelisco, yo pensé que, si fuera extranjero, también me interesaría conocer Buenos Aires. Antes de cruzar la calle giré la cabeza; vi cómo las españolas se acercaban a las pintadas de los pañuelos blancos y me pareció escuchar que la menos simpática, señalando mi espalda, hablaba de mí.
3 de enero de 2006
31 de diciembre de 2005
Fuegos (artificiales)
Ahora vivo en dos ambientes. En el living duermo, como, leo y miro televisión, y en el escritorio trabajo, escribo y navego por Internet. El cuarto donde estaba el futón de dos plazas ahora quedó semi vacío: sólo queda un pequeño mueble lleno de papeles y de artefactos domésticos (cables, herramientas, enchufes), un teléfono sin sonido sobre el parquet y ropa de invierno en un placard.
Temo que, en estos últimos días del año, Unidad Funcional se esté convirtiendo en uno más de esos blogs-diarios-íntimos-sentimentaloides que nunca me gustó leer. Hoy al mediodía, después de comer una tortilla de queso y cebolla bien cocinada por mí, me puse a ordenar la biblioteca y me sorprendí al encontrar el ejemplar de El Pornógrafo que había comprado hace algunas semanas y que creía haber perdido para siempre.
Antes de empezar a leerlo, y para no decepcionar a quienes había puesto al tanto del extravío y a quienes habían mostrado interés en su reposicón, me propuse inventar alguna historia con respecto a su hallazgo: el portero lo había encontrado aquella madrugada en la vereda del edificio, mientras barría y manguereaba, y se lo había llevado a su departamento. Si bien, por la dedicatoria manuscrita, se había dado cuenta enseguida de a qué vecino pertenecía el ejemplar, quedó tan atrapado en la lectura que demoró casi dos semanas en devolvérmelo.
Hace un rato, mientras escribía y sentía cómo empezaban a sonar los primeros y aislados fuegos artificiales, escuché cómo subía desde la vereda hasta el cuarto piso un grito desgarrador de mujer: "no, no te vaaayas, por favor, no me deeejes". Enseguida me asomé por la ventana para ver qué pasaba, y en la esquina de la inmobiliaria, en vez de una escena de conflicto conyugal, vi cómo se despedían, con besos y abrazos, alumbradas por las luces de neón y "hasta el año que viene", dos amigas adolescentes.
Temo que, en estos últimos días del año, Unidad Funcional se esté convirtiendo en uno más de esos blogs-diarios-íntimos-sentimentaloides que nunca me gustó leer. Hoy al mediodía, después de comer una tortilla de queso y cebolla bien cocinada por mí, me puse a ordenar la biblioteca y me sorprendí al encontrar el ejemplar de El Pornógrafo que había comprado hace algunas semanas y que creía haber perdido para siempre.
Antes de empezar a leerlo, y para no decepcionar a quienes había puesto al tanto del extravío y a quienes habían mostrado interés en su reposicón, me propuse inventar alguna historia con respecto a su hallazgo: el portero lo había encontrado aquella madrugada en la vereda del edificio, mientras barría y manguereaba, y se lo había llevado a su departamento. Si bien, por la dedicatoria manuscrita, se había dado cuenta enseguida de a qué vecino pertenecía el ejemplar, quedó tan atrapado en la lectura que demoró casi dos semanas en devolvérmelo.
Hace un rato, mientras escribía y sentía cómo empezaban a sonar los primeros y aislados fuegos artificiales, escuché cómo subía desde la vereda hasta el cuarto piso un grito desgarrador de mujer: "no, no te vaaayas, por favor, no me deeejes". Enseguida me asomé por la ventana para ver qué pasaba, y en la esquina de la inmobiliaria, en vez de una escena de conflicto conyugal, vi cómo se despedían, con besos y abrazos, alumbradas por las luces de neón y "hasta el año que viene", dos amigas adolescentes.
30 de diciembre de 2005
El revés de la trama
Entrevistados por Silvina Friera para la sección Cultura y Espectáculos de Página/12, los jóvenes autores éditos de Entropía (Gonzalo Castro, Sebastían Martínez Daniell y Romina Paula) hablaron sobre procesos de escritura, argumentaron en contra de algún autor canonizado y, desde las trincheras de sus excelentes novelas, dispararon con munición gruesa hacia el cuento tradicional.
Luego de leer sus propias declaraciones, y con la intención de ampliar o rectificar algunas de ellas, siguieron debatiendo públicamente en el casi centenar de comentarios dejados en este post de Las Apostillas.
Y a propósito de Entropía, en El Cocinero Salvaje Terranova acusó recibo de sus libros.
Luego de leer sus propias declaraciones, y con la intención de ampliar o rectificar algunas de ellas, siguieron debatiendo públicamente en el casi centenar de comentarios dejados en este post de Las Apostillas.
Y a propósito de Entropía, en El Cocinero Salvaje Terranova acusó recibo de sus libros.
27 de diciembre de 2005
Andy Tamboro
Andrea vivía en la calle Moldes, en una casa muy vieja que parecía llena de fantasmas. En el patio de esa casa, junto a una palmera centenaria, pasé más de una tardecita, hablando, fumando y escuchando música, y en el living miré los partidos del mundial 94.Una vez Andy me regaló un collar hippie que había adornado la pared de su cuarto; una madrugada fuimos en bicicleta hasta la casa de su hermano en Tigre; otra noche, muy fría, caminamos del brazo por Cabildo en busca de algo que ya no recuerdo.
Ya egresada del colegio, Andy pretendía vivir de la música: con seis chicas más había formado Tamboro Mutanta, un grupo de percusión. Tocaban y bailaban descalzas y con vestidos y bandanas de colores. La última vez que la vi fue en un recital que dieron en el 99 en un bar cercano al Parque Centenario. Andrea ensayaba todos los días y se había mudado a un PH de Villa Urquiza.
Tiempo después, me enteré de que se había ido a girar por Europa con las Tamboro y de que la casa vieja había sido derribada para construir un edificio. Ese mismo día pasé por Moldes y, apoyado contra el baúl de un auto, miré, a través de la entrada de la cochera al aire libre, la base de la palmera intacta en su cantero de ladrillos a la vista.
Hace poco postee un fragmento de un diario de 1994: Después fuimos al recital de La Portuaria en Obras con Andrea, Maxi, Drupa …
Después, contando el encuentro con un compañero del secundario: mengana vive de la música y estaba embarazada.
Y el sábado pasado, desde un cyber de Bahía levanté:
Hola Nachín!!!!! Soy Andy!!! Hace años que te quiero rastrear y me dieron este mail. Dónde andás??? Estoy en Buenos Aires hasta el 21 de enero. Te quiero ver!!!!!! Te cuento que soy mamá!!! Hace 5 meses de un gordo alucinante que se llama Tian. Mi teléfono es xxxx-xxxx y el del celu es xxxxxxxxxx. Te mando un beso enorme, ojalá estés por acá y nos crucemos!!! Besos
En la nochebuena, junto al árbol y a la camisa, la lapicera y los tres libros (dos biografías, de Manu Ginóbili y de Lisandro de la Torre, y una novela de Norman Mailer), imaginé ese mensaje. Al número del teléfono fijo ya lo tenía agendado: es el del PH de Urquiza. Supongo que en estos días nos vamos a juntar y que, al menos en algún sentido, será como si el tiempo no hubiera pasado.
26 de diciembre de 2005
El silencio
(La radio que me tocó no funciona
la lectora de cedés también se rompió
la tele me quedó muy lejos de la cama)
El silencio me habla
del vacío de los días.
la lectora de cedés también se rompió
la tele me quedó muy lejos de la cama)
El silencio me habla
del vacío de los días.
22 de diciembre de 2005
Lecturas
[Gonzalo Castro wrote:]
La nueva librería Prometeo es estupenda de amplia y confortable, y ahí, en el segundo piso, nos dispusimos a la lectura en estas vísperas de navidad.
Los únicos que leímos bien fuimos Ignacio y yo. Neutros, afables, sin altisonancias, cada uno llevó adelante su material (Ignacio un excelente cuento de su “Los estantes vacíos” y yo algunas lonjas de Hidrografía) . . . (sigue en Las Apostillas)
La nueva librería Prometeo es estupenda de amplia y confortable, y ahí, en el segundo piso, nos dispusimos a la lectura en estas vísperas de navidad.
Los únicos que leímos bien fuimos Ignacio y yo. Neutros, afables, sin altisonancias, cada uno llevó adelante su material (Ignacio un excelente cuento de su “Los estantes vacíos” y yo algunas lonjas de Hidrografía) . . . (sigue en Las Apostillas)
21 de diciembre de 2005
Llamado-a
Me quise matar. Cuando metí una mano en el morral para sacar las llaves, luego de que el remisero absoluto Mairal y Llach me dejaran demasiado amablemente en la esquina de mi casa, caí en la cuenta de que no tenía el ejemplar de El Pornógrafo que había comprado unas horas atrás. Si alguien lo tiene en su poder y quiere devolverlo a su dueño, puede dejar un mensaje en el mail que figura en el costado de la pantalla. Como rasgo distintivo del ejemplar, en la dedicatoria manuscrita figura mi apellido. Muchas gracias. aaa
17 de diciembre de 2005
Lecturas

El miércoles 21 a partir de las 19 horas en el Espacio Prometeo (Malabia 1720, local 5), y con lógica entrada libre y gratuita, se llevará a cabo una sesión de lectura a cargo del staff de jóvenes autores de Editorial Entropía. A saber:
Gonzalo Castro: Hidrografía doméstica
Sebastián Martínez Daniell: Semana.
Romina Paula: ¿Vos me querés a mí?
Ignacio Molina: Los estantes vacíos.
15 de diciembre de 2005
Melpómene III
A falta de ánimo para postear algo propio, más fragmentos del diario de Enrique Wernicke
Octubre 31 de 1955
Dentro de diez o quince días "La Ribera" sale a la calle. Me he descubierto esperando "el gran golazo". Y no tiene sentido. Un libro no es nada más que un libro. Esta novela no me cambiará la vida en modo alguno. Será lo de siempre. Algunos papanatas que me dirán cosas. Un Salama que me sacudirá un palo, alguna nenita que me buscará. Y nada más. En estos últimos tiempos he leído bastante novela argentina. Y para decir verdad, no pienso que la mía supere en nada a lo publicado. Pululan los novelistas mediocres. Y cuando me pregunto si yo tengo algún mensaje especial, si tengo en mis despropósitos no acierto a "colocarme". Porque por otro lado, como lector, estoy agradecido a todos los mediocres. Y los leo. Y los pregono. Inclusive la mitad de la obra de cualquiera de mis grandes autores favoritos es una idiotez digna de tirar a la basura. Pero, claro, HAY QUE TENER UNA PEGADA. Una por lo menos. Y en tanto, se van estos gloriosos cuarenta años.
Estoy disgustado, aburrido, escéptico. Y pobre. Tiro el dinero en los boliches. Hablo pavadas. Paso días y días sin un encuentro positivo. Y cuando veo a una Minga o al Barbudo o a Sarita, bebo como un imbécil. Y ya es evidente que sólo tengo un enemigo: el trago.
¿Cuál será el tema humano de mi próxima novela? ¿Cuál su angustia, su verdad? Lo ignoro. Primero tengo que saber en qué estoy.
Diciembre 8 de 1955
Hoy, en "Propósitos", apareció la primera crítica de "La Ribera". Hablan más del editor que de mí. Buena rabieta me produjo el asunto. Además, el que escribe debe ser un tarado que no ha leído el libro. No menciona para nada al personaje principal ni la importancia de los sucesos que vive. En fin, un disparate.
Ahora queda esperar nuevas críticas. Me temo que muchas de ellas sean parecidas. Tal vez en "Qué" digan algo bueno, pero la revista no se lee. En "Mundo Argentino" . . . ¿qué dirá Sábato? No tengo idea.
Octubre 31 de 1955
Dentro de diez o quince días "La Ribera" sale a la calle. Me he descubierto esperando "el gran golazo". Y no tiene sentido. Un libro no es nada más que un libro. Esta novela no me cambiará la vida en modo alguno. Será lo de siempre. Algunos papanatas que me dirán cosas. Un Salama que me sacudirá un palo, alguna nenita que me buscará. Y nada más. En estos últimos tiempos he leído bastante novela argentina. Y para decir verdad, no pienso que la mía supere en nada a lo publicado. Pululan los novelistas mediocres. Y cuando me pregunto si yo tengo algún mensaje especial, si tengo en mis despropósitos no acierto a "colocarme". Porque por otro lado, como lector, estoy agradecido a todos los mediocres. Y los leo. Y los pregono. Inclusive la mitad de la obra de cualquiera de mis grandes autores favoritos es una idiotez digna de tirar a la basura. Pero, claro, HAY QUE TENER UNA PEGADA. Una por lo menos. Y en tanto, se van estos gloriosos cuarenta años.
Estoy disgustado, aburrido, escéptico. Y pobre. Tiro el dinero en los boliches. Hablo pavadas. Paso días y días sin un encuentro positivo. Y cuando veo a una Minga o al Barbudo o a Sarita, bebo como un imbécil. Y ya es evidente que sólo tengo un enemigo: el trago.
¿Cuál será el tema humano de mi próxima novela? ¿Cuál su angustia, su verdad? Lo ignoro. Primero tengo que saber en qué estoy.
Diciembre 8 de 1955
Hoy, en "Propósitos", apareció la primera crítica de "La Ribera". Hablan más del editor que de mí. Buena rabieta me produjo el asunto. Además, el que escribe debe ser un tarado que no ha leído el libro. No menciona para nada al personaje principal ni la importancia de los sucesos que vive. En fin, un disparate.
Ahora queda esperar nuevas críticas. Me temo que muchas de ellas sean parecidas. Tal vez en "Qué" digan algo bueno, pero la revista no se lee. En "Mundo Argentino" . . . ¿qué dirá Sábato? No tengo idea.
8 de diciembre de 2005
Moltoni
A Moltoni, como a todo el mundo, le molestan varias cosas. Le molesta, por ejemplo, que le respondan a una pregunta seria con un chiste sin gracia.
-¿Y en qué consisten esos encuentros?
-Y, el tema es así: en la entrada hay que sacar número para ver quién es más puto . . .
Moltoni se pregunta si no será demasiado susceptible, y se contesta que en última instancia eso no importa mucho, que lo trascendente es que no está pasando por un buen momento. Desvelado en medio de la noche, prende la luz y, con la esperanza de vencer la angustia que vuelve a asomar en su pecho, escribe en uno de sus cuadernos de notas:
Una semana sin escribir. A veces pasa. Pasan los días y pienso en cosas blandas, confusas, sin enhebrar demasiadas ideas concretas. Ahora puede decir que es la madrugada. A esta hora, un hombre para a un taxi en una avenida desierta. El hombre leyó el diario del día anterior y calcula que entonces, con la nueva tarifa, el viaje le va a salir bastante caro, pero enseguida le resta importancia al asunto. No se detiene más de tres segundos a pensar en la plata. Piensa, en cambio, que, para justificar ante sí mismo el tiempo que acaba de perder –acaso para siempre–, quiere llegar a su casa lo antes posible. Volver para alejarse de donde no hubiera querido irse.
Mañana será otro día y, seguramente, me recrimminaré algo, pero no lo que sospecho ahora, y en última instancia será otro día, piensa el hombre (más bien el chico, joven o muchacho) mientras baja del taxi y busca las llaves en los bolsillos.
Acariciándose la frente con un dedo, Moltoni relee lo que acaba de escribir. Semejante desvelo para semejante porquería, piensa, antes de arrancar la hoja del cuaderno, hacerla un bollo y tirarla en dirección a una esquina de la pieza. Triple, está a punto de gritar al ver cómo el papel se introduce en el tacho, pero al mismo tiempo piensa que así, casi desnudo y sin público, se vería demasiado ridículo en el reflejo de la ventana.
-¿Y en qué consisten esos encuentros?
-Y, el tema es así: en la entrada hay que sacar número para ver quién es más puto . . .
Moltoni se pregunta si no será demasiado susceptible, y se contesta que en última instancia eso no importa mucho, que lo trascendente es que no está pasando por un buen momento. Desvelado en medio de la noche, prende la luz y, con la esperanza de vencer la angustia que vuelve a asomar en su pecho, escribe en uno de sus cuadernos de notas:
Una semana sin escribir. A veces pasa. Pasan los días y pienso en cosas blandas, confusas, sin enhebrar demasiadas ideas concretas. Ahora puede decir que es la madrugada. A esta hora, un hombre para a un taxi en una avenida desierta. El hombre leyó el diario del día anterior y calcula que entonces, con la nueva tarifa, el viaje le va a salir bastante caro, pero enseguida le resta importancia al asunto. No se detiene más de tres segundos a pensar en la plata. Piensa, en cambio, que, para justificar ante sí mismo el tiempo que acaba de perder –acaso para siempre–, quiere llegar a su casa lo antes posible. Volver para alejarse de donde no hubiera querido irse.
Mañana será otro día y, seguramente, me recrimminaré algo, pero no lo que sospecho ahora, y en última instancia será otro día, piensa el hombre (más bien el chico, joven o muchacho) mientras baja del taxi y busca las llaves en los bolsillos.
Acariciándose la frente con un dedo, Moltoni relee lo que acaba de escribir. Semejante desvelo para semejante porquería, piensa, antes de arrancar la hoja del cuaderno, hacerla un bollo y tirarla en dirección a una esquina de la pieza. Triple, está a punto de gritar al ver cómo el papel se introduce en el tacho, pero al mismo tiempo piensa que así, casi desnudo y sin público, se vería demasiado ridículo en el reflejo de la ventana.
3 de diciembre de 2005
Timados por la alianza financiera-cartonera
(vía www.editorial-entropia.blogspot.com)
Lecturas II
Infantilmente timados por el Banco de Galicia, que se robó el único micrófono que había en la Sala Jorge Luis Borges para jugar a la lotería de cartones (o anunciar quién sabe qué espurio premio), editorial Entropía se quedó sin su esperada sesión de lectura en la feria Periférica. El público, en un primer momento furioso ante la gambeta (hasta el punto de montar un pequeño piquete en las escalinatas de mármol), fue luego malamente sobornado (y diezmado) por las autoridades de la entidad crediticia con Coca-Cola diluida y fosforitos de jamón y queso.
Lecturas I
El programa oficial de Periférica dice "Mesa presentación de Editorial Entropía". Cuando en realidad se trata de una sesión de lectura. A saber:
Gonzalo Castro: Hidrografía doméstica
Sebastián Martínez Daniell: Semana.
Romina Paula: ¿Vos me querés a mí?
Ignacio Molina: Los estantes vacíos.
Lo que sea, será este domingo a las 18 horas en el Centro Cultural Borges, con entrada libre y gratuita.
Lecturas II
Infantilmente timados por el Banco de Galicia, que se robó el único micrófono que había en la Sala Jorge Luis Borges para jugar a la lotería de cartones (o anunciar quién sabe qué espurio premio), editorial Entropía se quedó sin su esperada sesión de lectura en la feria Periférica. El público, en un primer momento furioso ante la gambeta (hasta el punto de montar un pequeño piquete en las escalinatas de mármol), fue luego malamente sobornado (y diezmado) por las autoridades de la entidad crediticia con Coca-Cola diluida y fosforitos de jamón y queso.
Lecturas I
El programa oficial de Periférica dice "Mesa presentación de Editorial Entropía". Cuando en realidad se trata de una sesión de lectura. A saber:
Gonzalo Castro: Hidrografía doméstica
Sebastián Martínez Daniell: Semana.
Romina Paula: ¿Vos me querés a mí?
Ignacio Molina: Los estantes vacíos.
Lo que sea, será este domingo a las 18 horas en el Centro Cultural Borges, con entrada libre y gratuita.
2 de diciembre de 2005
Melpómene II
Más fragmentos del diario de Enrique Wernicke
Marzo 12 de 1957
En el boliche, en tanto Sarita comenzaba con sus "me" (me duele, me hace mal, me cuesta, etc.) yo pensaba con arrobamiento en esta maquinita. Y me decía: "no me mato mientras pueda escribir".
Mayo 5 de 1957
Hoy, Julio me trajo una carta de Victoria Ocampo. La Peti tenía razón. "La Ribera" conmueve a los oligarcones. Pero los oligarcones me conmueven a mí.
Junio 7 de 1957
Esta carrera de escritor . . . (a buena hora lo descubro) es muy ingrata. Cuando se la vive auténticamente, como yo la vivo, se tiene la sensación de estar tirando margaritas a los chanchos. No porque mis libros sean margaritas, pero sí el esfuerzo de escribirlos. Trabajo al cuete que sólo se cumple gracias a la vanidad o a la imperiosa picana de una vocación sin otro camino.
Me parece que he olvidado o no he comprendido nunca la significación de un libro. Porque todos los volúmenes que llenan mi biblioteca han cumplido una misión. Y entre ellos están los míos. No sé. Tal vez no se trate más que de un cansancio, años, decepciones, costumbres. Sería hora de que los libros me dieran una mano para ayudarme a vivir.
Marzo 12 de 1957
En el boliche, en tanto Sarita comenzaba con sus "me" (me duele, me hace mal, me cuesta, etc.) yo pensaba con arrobamiento en esta maquinita. Y me decía: "no me mato mientras pueda escribir".
Mayo 5 de 1957
Hoy, Julio me trajo una carta de Victoria Ocampo. La Peti tenía razón. "La Ribera" conmueve a los oligarcones. Pero los oligarcones me conmueven a mí.
Junio 7 de 1957
Esta carrera de escritor . . . (a buena hora lo descubro) es muy ingrata. Cuando se la vive auténticamente, como yo la vivo, se tiene la sensación de estar tirando margaritas a los chanchos. No porque mis libros sean margaritas, pero sí el esfuerzo de escribirlos. Trabajo al cuete que sólo se cumple gracias a la vanidad o a la imperiosa picana de una vocación sin otro camino.
Me parece que he olvidado o no he comprendido nunca la significación de un libro. Porque todos los volúmenes que llenan mi biblioteca han cumplido una misión. Y entre ellos están los míos. No sé. Tal vez no se trate más que de un cansancio, años, decepciones, costumbres. Sería hora de que los libros me dieran una mano para ayudarme a vivir.
1 de diciembre de 2005
Cañas (verano de 1982)
29 de noviembre de 2005
Fuego por la boca
Un mediodía de la semana pasada, mientras cruzaba al supermercado a comprar cucarachicida, escuché que alguien decía mi nombre. Supongo que cuando pasa algo así, uno siempre vive una fracción de segundo en la que no sabe cómo va a reaccionar (durante esa fracción, diría "el hijo de las moscas", uno se siente en in-fracción).
El que me había gritado era el Topo, un compañero del colegio secundario. No recuerdo si ya lo me lo había cruzado alguna vez en los últimos diez años. Aunque yo nunca lo llamaba por su nombre verdadero, lo primero que se me vino a la cabeza al reconocerlo fue la palabra Jacinto. No tuve ni tiempo de sentirme mal por eso, y, hábil de reflejos, al acercarme para saludarlo lo llamé por su apodo.
El Topo es cuentapropista: arregla computadoras a domicilio. Estaba esperando a que un vecino mío bajara a recibirlo. Durante algunos minutos hablamos de lo que se habla siempre en esos casos: de recuerdos en común, de la actualidad de cada uno y de lo que sabíamos sobre el resto de los ex compañeros: uno ya tiene un hijo de seis años, otro se casó el mes pasado, tal se puso un bar, fulano está viviendo en España, mengana vive de la música y estaba embarazada, sultano anda con una cuarentona millonaria.
Cuando vi que su cliente bajaba a abrir la puerta de calle, me apuré a pedirle su mail y le di la dirección de mi blog para que se fijara cómo había sido nombrado hacía poco. En el chino no me costó encontrar el veneno para cucarachas, y volví al edificio pensando en la forma de moverse y de hablar de Jacinto –mucho más serena y adulta que en su adolescencia– que todavía resonaba en mi cabeza.
Mi hermana compró una heladera último modelo para su casa y me regaló la que no usaba más. Yo le hice una limpieza general, la ubiqué en el living y la publiqué en Segundamano. La idea es financiar con la plata de su venta una parte de las vacaciones. Hasta ahora llamaron varios interesados pero ninguno concretó. Supongo que ya aparecerá alguno con los pasajes en la mano.
Mientras tanto yo, cada vez que veo alguna cucaracha en la zona del motor o de los burletes, agito el envase del aerosol recordando cuando el Topo, luego de las clases de gimnasia y simulando echar fuego por la boca, pulverizaba un desodorante sobre la llama de su encendedor.
El que me había gritado era el Topo, un compañero del colegio secundario. No recuerdo si ya lo me lo había cruzado alguna vez en los últimos diez años. Aunque yo nunca lo llamaba por su nombre verdadero, lo primero que se me vino a la cabeza al reconocerlo fue la palabra Jacinto. No tuve ni tiempo de sentirme mal por eso, y, hábil de reflejos, al acercarme para saludarlo lo llamé por su apodo.
El Topo es cuentapropista: arregla computadoras a domicilio. Estaba esperando a que un vecino mío bajara a recibirlo. Durante algunos minutos hablamos de lo que se habla siempre en esos casos: de recuerdos en común, de la actualidad de cada uno y de lo que sabíamos sobre el resto de los ex compañeros: uno ya tiene un hijo de seis años, otro se casó el mes pasado, tal se puso un bar, fulano está viviendo en España, mengana vive de la música y estaba embarazada, sultano anda con una cuarentona millonaria.
Cuando vi que su cliente bajaba a abrir la puerta de calle, me apuré a pedirle su mail y le di la dirección de mi blog para que se fijara cómo había sido nombrado hacía poco. En el chino no me costó encontrar el veneno para cucarachas, y volví al edificio pensando en la forma de moverse y de hablar de Jacinto –mucho más serena y adulta que en su adolescencia– que todavía resonaba en mi cabeza.
Mi hermana compró una heladera último modelo para su casa y me regaló la que no usaba más. Yo le hice una limpieza general, la ubiqué en el living y la publiqué en Segundamano. La idea es financiar con la plata de su venta una parte de las vacaciones. Hasta ahora llamaron varios interesados pero ninguno concretó. Supongo que ya aparecerá alguno con los pasajes en la mano.
Mientras tanto yo, cada vez que veo alguna cucaracha en la zona del motor o de los burletes, agito el envase del aerosol recordando cuando el Topo, luego de las clases de gimnasia y simulando echar fuego por la boca, pulverizaba un desodorante sobre la llama de su encendedor.
28 de noviembre de 2005
Pequeñas novelas familiares
Si bien el trabajo que permite mi manutención (colaboro en la elaboración de estudios de títulos de propiedades para algunas escribanías) no es el más entretenido del mundo, a veces intento consolarme pensando en que estoy escribiendo sinopsis de extrañas novelas familiares:
FINCA: Unidad Funcional Nº 2, ubicada en Planta Baja, del edificio sito en la Capital Federal con frente a la calle Mendoza 1342, entre las de Migueletes y Miñones.
(…)
CORRESPONDIO: A FERNANDO SPINELLI por los siguientes antecedentes:
1)Por compra del lote de terreno en mayor fracción que hicieran los cónyuges en primeras nupcias JUAN SPINELLI y ANGELICA MELE el 7 de diciembre de 1945 al F° 961 del Registro 20 del Escribano de Capital Federal, Eduardo González, a ALBERTO FRASCH, soltero.-
(…)
2) Por escritura de división de condominio por disolución de sociedad conyugal otorgada el 20 de marzo de 1959 al F° 14 del Registro 20 del Escribano del Partido de Vicente López, Aníbal Bellido, se adjudicó a ANGELICA MELE, divorciada de sus primeras nupcias con Juan Spinelli, el inmueble de referencia.-
(…)
3)Fallecida ANGELICA MELE su juicio sucesorio tramitó por ante el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 4, Secretaría N° 7, donde el 30 de mayo de 1978 se dictó Declaratoria de Herederos a favor de sus hijos JUANA y DANIEL SPINELLI y de su nieto ANTONIO SPINELLI en representación de su padre pre fallecido HUMBERTO SPINELLI.-
(…)
4) Por escritura del 22 de abril de 1991 al F°176 del Registro 172 del Escribano de Capital Federal, Antonio Castillo, se sometió al inmueble al Régimen de Propiedad Horizontal, otorgándose el respectivo Reglamento de Copropiedad y Administración y adjudicándose a DANIEL SPINELLI, casado en primeras nupcias con Josefina Quiroga, la Unidad Funcional de referencia.-
(…)
5) Fallecido DANIEL SPINELLI su juicio sucesorio tramitó por ante el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 9, Secretaría Unica, donde el 25 de junio de 1999 se dictó Declaratoria de Herederos a favor de su hijo FERNANDO SPINELLI y de su cónyuge JOSEFINA QUIROGA sobre los bienes propios sin perjuicio de los derechos que la ley le otorga respecto de los gananciales.-
(…)
6) Por escritura del 14 de julio de 2004 al F° 185 del Registro 542 del Escribano de Capital Federal, César Giménez, JOSEFINA QUIROGA, viuda de sus primeras nupcias con Daniel Spinelli, donó a su hijo FERNANDO SPINELLI, soltero, la mitad indivisa que tenía y le correspondía sobre la Unidad Funcional de referencia.-
(…)
FINCA: Unidad Funcional Nº 2, ubicada en Planta Baja, del edificio sito en la Capital Federal con frente a la calle Mendoza 1342, entre las de Migueletes y Miñones.
(…)
CORRESPONDIO: A FERNANDO SPINELLI por los siguientes antecedentes:
1)Por compra del lote de terreno en mayor fracción que hicieran los cónyuges en primeras nupcias JUAN SPINELLI y ANGELICA MELE el 7 de diciembre de 1945 al F° 961 del Registro 20 del Escribano de Capital Federal, Eduardo González, a ALBERTO FRASCH, soltero.-
(…)
2) Por escritura de división de condominio por disolución de sociedad conyugal otorgada el 20 de marzo de 1959 al F° 14 del Registro 20 del Escribano del Partido de Vicente López, Aníbal Bellido, se adjudicó a ANGELICA MELE, divorciada de sus primeras nupcias con Juan Spinelli, el inmueble de referencia.-
(…)
3)Fallecida ANGELICA MELE su juicio sucesorio tramitó por ante el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 4, Secretaría N° 7, donde el 30 de mayo de 1978 se dictó Declaratoria de Herederos a favor de sus hijos JUANA y DANIEL SPINELLI y de su nieto ANTONIO SPINELLI en representación de su padre pre fallecido HUMBERTO SPINELLI.-
(…)
4) Por escritura del 22 de abril de 1991 al F°176 del Registro 172 del Escribano de Capital Federal, Antonio Castillo, se sometió al inmueble al Régimen de Propiedad Horizontal, otorgándose el respectivo Reglamento de Copropiedad y Administración y adjudicándose a DANIEL SPINELLI, casado en primeras nupcias con Josefina Quiroga, la Unidad Funcional de referencia.-
(…)
5) Fallecido DANIEL SPINELLI su juicio sucesorio tramitó por ante el Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 9, Secretaría Unica, donde el 25 de junio de 1999 se dictó Declaratoria de Herederos a favor de su hijo FERNANDO SPINELLI y de su cónyuge JOSEFINA QUIROGA sobre los bienes propios sin perjuicio de los derechos que la ley le otorga respecto de los gananciales.-
(…)
6) Por escritura del 14 de julio de 2004 al F° 185 del Registro 542 del Escribano de Capital Federal, César Giménez, JOSEFINA QUIROGA, viuda de sus primeras nupcias con Daniel Spinelli, donó a su hijo FERNANDO SPINELLI, soltero, la mitad indivisa que tenía y le correspondía sobre la Unidad Funcional de referencia.-
(…)
23 de noviembre de 2005
El ringo y el tuu (diálogo encontrado en una libreta)
–¿Sabés una cosa, linda?
–Una sola no. Sé muchas cosas.
–Bueno . . . El ringo y el tuu no suenan al mismo tiempo.
–¿Cómo?
–Eso que digo. Cuando vos llamás a alguien, la señal que escuchás en el auricular no suena al mismo tiempo que el ring en el otro aparato.
–Mirá vos, interesante . . . Pero me parece que estás diciendo boludeces.
–No, en serio te estoy hablando. Viste que algunas veces vos llamás y te atienden enseguida, antes de que escuches el primer tuu.
–Puede ser, es verdad . . . A veces pasa. ¿Y?
–Bueno, eso quiere decir que el otro, tirado en la cama o en un sillón, por ejemplo, con el teléfono en la mano, había terminado justo de hablar con alguien y levantó el tubo apenas esuchó el ring.
– . . .
–¿Tendés lo que te digo?
–Mmhh . . . decímelo de vuelta y me convencés.
–Bueno . . . El ringo y el tuu no suenan al mismo tiempo.
–Una sola no. Sé muchas cosas.
–Bueno . . . El ringo y el tuu no suenan al mismo tiempo.
–¿Cómo?
–Eso que digo. Cuando vos llamás a alguien, la señal que escuchás en el auricular no suena al mismo tiempo que el ring en el otro aparato.
–Mirá vos, interesante . . . Pero me parece que estás diciendo boludeces.
–No, en serio te estoy hablando. Viste que algunas veces vos llamás y te atienden enseguida, antes de que escuches el primer tuu.
–Puede ser, es verdad . . . A veces pasa. ¿Y?
–Bueno, eso quiere decir que el otro, tirado en la cama o en un sillón, por ejemplo, con el teléfono en la mano, había terminado justo de hablar con alguien y levantó el tubo apenas esuchó el ring.
– . . .
–¿Tendés lo que te digo?
–Mmhh . . . decímelo de vuelta y me convencés.
–Bueno . . . El ringo y el tuu no suenan al mismo tiempo.
22 de noviembre de 2005
16 de noviembre de 2005
Algo así
15 de noviembre de 2005
Melpómene
Enrique Wernicke (1915-1968) escribió novelas, cuentos, teatro y poesía. Para ganarse la vida ejerció, entre otros, los oficios de titiritero, agricultor, publicista y fabricante de soldaditos de plomo. En sus libros (hace pocos años Colihue publicó una antología de sus cuentos, y reediciones de las novelas La Ribera y El Agua se consiguen en algunas librerías) Wernicke fundó un estilo, basado en el laconismo y en la descripción de vidas ordinarias, que años más tarde, y de la mano de autores norteamericanos como Raymond Carver, sería bautizado "minimalista". Wernicke vivía en la ribera del norte del Gran Buenos Aires –por entonces inundable y donde se escenifican gran parte de sus textos– y fue alcohólico hasta el día de su muerte. Como legado dejó, además de su obra de ficción, un diario de 1500 páginas, titulado Melpómene, que aún continúa casi totalmente inédito y del que sólo se conocen fragmentos como el que transcribo:Diciembre 29 de 1957
Se termina este año extraordinario. Y yo, a los casi cuarenta y tres, me encuentro en un comienzo. No tengo en dónde trabajar y ando en busca de un "empleo". La fabriquita de soldados no da más y ninguno de los "grandes proyectos" ha cuajado. El saldo de este año es: un hijo que nacerá el mes que viene; un libro de cuentos "muy bueno"; una novela corta en borrador, y deudas por casi 20.000 pesos.
Aplastado por una sensación de fracaso. No se trata de que no me sepa haragán y borrachín. Pero hay borrachines que se "la rebuscan". Yo no. El resultado de estos diez años de "no tener que ir al centro", ha sido escribir cuatro o cinco libros. Y cambiar de mujer tres veces. Y de perro otras tres.
He perdido contacto y relación con cuanta persona puede ayudarme. Y, se me ocurre, he ganado fama de informal, borrachín y loquito. Mi único prestigio: "soldaditos", los divinos soldaditos que me permitieron vivir sin pedir nada a nadie (de mis círculos literarios).
No tengo absolutamente nada. Y no lo tendré por mucho tiempo. Es evidente que yo calculaba, "dejando pasar el tiempo", que algo iba a suceder, que "mi gloria" me iba a asegurar un modesto pan cotidiano y que vendrían a buscarme para darme changuitas. Eso no ha sucedido. El mundo no perdona la indiferencia y el engreimiento, y hay que hacer muchas cosas para que a uno "lo vengan a buscar".
Analizando los hechos, pienso que la vida solitaria de estos años, tan útil para madurar a un Enrique escritor, me ha impedido salir a la calle. El problema de "dónde como" y "quién cuida del perro" me ataba ridículamente a mi casita. Años que no voy al cine, que no veo exposiciones, que no sé qué pasa en Buenos Aires. Si soporto el asqueroso viaje al centro, el traje y la sudada, me vendrá bien un cambio de vida. Pero temo sentirme abrumado por tanta cosa odiosa y que el trago me derrumbe la salud. Habrá que esforzarse como nunca. O pegarse un tiro.
11 de noviembre de 2005
La Joven Vanguardia
De entre todas las palabras oídas el martes a la noche, durante y luego del encuentro del grupo Alejandría, hay algunas que, tras pasar por el tamiz de las horas, quedan expuestas, demasiado a la vista, y me hacen pensar: "¿Vos, Molina, planeás dedicarte toda la vida a la escritura? (…) Está muy bueno, pero no deja de ser difícil, muy muy difícil", preguntó y, luego de mi respuesta, opinó alguien a mi lado en un restaurante peruano del barrio de Congreso.
Antes, en el escenario de Bartolomeo y presentados por Juanjo, habían leído Mariana Enríquez (un cuento, según ella, con influencias de Silvina Ocampo), Juan Terranova (un relato autorreferencial) y Oliverio Coelho (textos cortos, algunos publicados en su blog), y los tres, junto con Maximiliano Tomas, el responsable de la antología La Joven Guardia, habían respondido a las preguntas del público, entre quienes estábamos Natalia, Levín y yo.
Terminado el encuentro, M. T., en su rol de dirigente del campo literario, tuvo que recibir quejas y preguntas de parte de algunos de los presentes: "¿por qué no publicaste mi cuento?, ¿para cuándo?", y cosas por el estilo. Hasta yo mismo le hice un comentario sobre la futura edición de Los estantes vacíos, y él, al enterarse de mi nombre, me dio la dirección de la redacción de Perfil para que se lo acerque.
Algunas de las frases que recuerdo haber dicho y escuchado en ese primer bar:
–Ahora me quedó medio anaranjado.
–Tiene pinta de ingeniero en sistemas.
–Es muy bueno pinchar.
-No, no se mete vidrio en el orto.
–No sé, hay escritores montoneros, erpianos, menemistas.
–Pero a vos te gusta Asís, un menemista.
–¿En verdad creen que se cayó el sistema en el 2001?
–Sí, Gonzalo Garcés es el único exitoso.
–La gente se hace cualquier fantasía con La Joven Guardia.
-Aunque Saccomanno no piense lo mismo.
–No lo hicimos para juntarnos a salir de copas.
–Al prefacio de Castillo algunos lo ven como una chantada.
–Te traje la novela.
–Che, ¿cómo levantás la mano así de prepotente?
–Se la di al primero que me la pidió.
–Ah, el personaje Igor es….
En la vereda, y en tensión con quienes habían planeado ir a comer una pizza, Coelho propuso el lugar de la cena. Durante la caminata hasta el peruano Terranova me presentó a su mujer y a Juan Incardona; unas cuadras antes, después de preguntarme cómo me llamaba, me dijo alguna de las frases que transcribo más abajo.
En el restaurante yo compartí con Levín el único plato de la carta que conocía al menos de nombre: ceviche, pescado crudo cortado en cubos con limón. Con Mariana Enríquez me pasó algo especial: mientras la veía hablar no podía dejar de tener la impresión de que no era la misma persona que había escrito Bajar es lo peor, novela publicada en 1995 que yo había leído en aquella época, ni la que aparecía en las fotos que ilustraban sus columnas en la revista TXT.
Los precios eran buenos, los baños estaban limpios, y el personal era auténticamente peruano.
Entre la salida de Bartolomeo y la permanencia en el restaurante:
–Así que vos sos Molina, tendría que agarrarte a trompadas.
–¿Trajiste plata suficiente?
–Pidamos que estaban por cerrar.
–Pescado crudo ni loco.
–En esa editorial me pidieron cinco lucas.
–Muy linda reunión blogger.
–Rex encargó un bife.
–Che, él va a publicar en Entropía.
–Si te puedo dar un consejo esta noche: fijate siempre en la distribución.
–Pintate un mechón.
–¿1500 dólares?, vivió cuatro meses de la literatura.
–Obviamente que la sacaron de contexto; yo me refería "al tema" en la narrativa.
–Mi mamá leyó la entrevista en Para Ti y me llamó enseguida, alarmada.
–Cuando fui a ver al agente de prensa …
–Pero las contratapas de Sasturain están buenas.
–Este me bardeaba como desde el paravalancha: "eehh, vos, Página/12"
A la salida, la mayoría decidió ir a tomar un café. Caminamos por Virrey Cevallos, doblamos en Hipólito Yrigoyen y entramos al bar vacío de la esquina de Saenz Peña. En ese trayecto conversé con Ricardo Romero sobre su novela publicada, sobre Gárgola, la editorial seria que dirige, y sobre de los Cuatro Vientos, la de publicaciones de autor que sostiene económicamente a la otra.
Ya en el bar, entre otras cosas, me enteré de que Incardona, durante buena parte del mes, trabaja ocho horas por día para el diseño de El Interpretador, y que Juanjo publicó un libro de cuentos infantiles.
Algunas de las frases que recuerdo, entre esta larguísima sobremesa y el final de la noche:
–El resto de Alejandría no quiere polémicas.
–En Norma ofrecen trabajo en la picadora de papeles.
–Primicia: el próximo Planeta lo gana Pacho O'donell.
–La web es una gran herramienta.
–Hay que laburar con el serrucho.
–En serio, conozco Claromecó.
–Estaría bueno organizar más de estos encuentros.
–Ustedes tres qué son hermanos, primos.
–Pero yo a vos te conozco por el blog.
–Yo a vos también.
–Me duele un poco la cabeza.
–Por la camisa rota asoma el codo.
–Me tragué el vidrio, Molina.
–Se hace de día, cantan los pájaros.
Antes, en el escenario de Bartolomeo y presentados por Juanjo, habían leído Mariana Enríquez (un cuento, según ella, con influencias de Silvina Ocampo), Juan Terranova (un relato autorreferencial) y Oliverio Coelho (textos cortos, algunos publicados en su blog), y los tres, junto con Maximiliano Tomas, el responsable de la antología La Joven Guardia, habían respondido a las preguntas del público, entre quienes estábamos Natalia, Levín y yo.
Terminado el encuentro, M. T., en su rol de dirigente del campo literario, tuvo que recibir quejas y preguntas de parte de algunos de los presentes: "¿por qué no publicaste mi cuento?, ¿para cuándo?", y cosas por el estilo. Hasta yo mismo le hice un comentario sobre la futura edición de Los estantes vacíos, y él, al enterarse de mi nombre, me dio la dirección de la redacción de Perfil para que se lo acerque.
Algunas de las frases que recuerdo haber dicho y escuchado en ese primer bar:
–Ahora me quedó medio anaranjado.
–Tiene pinta de ingeniero en sistemas.
–Es muy bueno pinchar.
-No, no se mete vidrio en el orto.
–No sé, hay escritores montoneros, erpianos, menemistas.
–Pero a vos te gusta Asís, un menemista.
–¿En verdad creen que se cayó el sistema en el 2001?
–Sí, Gonzalo Garcés es el único exitoso.
–La gente se hace cualquier fantasía con La Joven Guardia.
-Aunque Saccomanno no piense lo mismo.
–No lo hicimos para juntarnos a salir de copas.
–Al prefacio de Castillo algunos lo ven como una chantada.
–Te traje la novela.
–Che, ¿cómo levantás la mano así de prepotente?
–Se la di al primero que me la pidió.
–Ah, el personaje Igor es….
En la vereda, y en tensión con quienes habían planeado ir a comer una pizza, Coelho propuso el lugar de la cena. Durante la caminata hasta el peruano Terranova me presentó a su mujer y a Juan Incardona; unas cuadras antes, después de preguntarme cómo me llamaba, me dijo alguna de las frases que transcribo más abajo.
En el restaurante yo compartí con Levín el único plato de la carta que conocía al menos de nombre: ceviche, pescado crudo cortado en cubos con limón. Con Mariana Enríquez me pasó algo especial: mientras la veía hablar no podía dejar de tener la impresión de que no era la misma persona que había escrito Bajar es lo peor, novela publicada en 1995 que yo había leído en aquella época, ni la que aparecía en las fotos que ilustraban sus columnas en la revista TXT.
Los precios eran buenos, los baños estaban limpios, y el personal era auténticamente peruano.
Entre la salida de Bartolomeo y la permanencia en el restaurante:
–Así que vos sos Molina, tendría que agarrarte a trompadas.
–¿Trajiste plata suficiente?
–Pidamos que estaban por cerrar.
–Pescado crudo ni loco.
–En esa editorial me pidieron cinco lucas.
–Muy linda reunión blogger.
–Rex encargó un bife.
–Che, él va a publicar en Entropía.
–Si te puedo dar un consejo esta noche: fijate siempre en la distribución.
–Pintate un mechón.
–¿1500 dólares?, vivió cuatro meses de la literatura.
–Obviamente que la sacaron de contexto; yo me refería "al tema" en la narrativa.
–Mi mamá leyó la entrevista en Para Ti y me llamó enseguida, alarmada.
–Cuando fui a ver al agente de prensa …
–Pero las contratapas de Sasturain están buenas.
–Este me bardeaba como desde el paravalancha: "eehh, vos, Página/12"
A la salida, la mayoría decidió ir a tomar un café. Caminamos por Virrey Cevallos, doblamos en Hipólito Yrigoyen y entramos al bar vacío de la esquina de Saenz Peña. En ese trayecto conversé con Ricardo Romero sobre su novela publicada, sobre Gárgola, la editorial seria que dirige, y sobre de los Cuatro Vientos, la de publicaciones de autor que sostiene económicamente a la otra.
Ya en el bar, entre otras cosas, me enteré de que Incardona, durante buena parte del mes, trabaja ocho horas por día para el diseño de El Interpretador, y que Juanjo publicó un libro de cuentos infantiles.
Algunas de las frases que recuerdo, entre esta larguísima sobremesa y el final de la noche:
–El resto de Alejandría no quiere polémicas.
–En Norma ofrecen trabajo en la picadora de papeles.
–Primicia: el próximo Planeta lo gana Pacho O'donell.
–La web es una gran herramienta.
–Hay que laburar con el serrucho.
–En serio, conozco Claromecó.
–Estaría bueno organizar más de estos encuentros.
–Ustedes tres qué son hermanos, primos.
–Pero yo a vos te conozco por el blog.
–Yo a vos también.
–Me duele un poco la cabeza.
–Por la camisa rota asoma el codo.
–Me tragué el vidrio, Molina.
–Se hace de día, cantan los pájaros.
7 de noviembre de 2005
Papeles viejos (fragmento de diario)
12 de agosto de 1994
( . . . ) Después fuimos al recital de La Portuaria en Obras con Andrea, Maxi, Drupa, Tana, Duncan y Zuca. En la platea estaban Juancho y Marinita, y Charly y la novia en una de las populares. A la salida, casi todos fuimos en colectivo hasta San Cayetano. En el bar estaban el Oso, el Bola, el Topo y el Pet, y en otra mesa Agustina y Carolina. Nos quedamos ahí hasta las dos y media, y con algunos caminamos para el lado de la plaza. En la calle nos pareció ver un accidente, y al rato, cuando se fueron todos los demás, volví en taxi con Maxi (él dirá: volví en tacho con Nacho).
( . . . ) Después fuimos al recital de La Portuaria en Obras con Andrea, Maxi, Drupa, Tana, Duncan y Zuca. En la platea estaban Juancho y Marinita, y Charly y la novia en una de las populares. A la salida, casi todos fuimos en colectivo hasta San Cayetano. En el bar estaban el Oso, el Bola, el Topo y el Pet, y en otra mesa Agustina y Carolina. Nos quedamos ahí hasta las dos y media, y con algunos caminamos para el lado de la plaza. En la calle nos pareció ver un accidente, y al rato, cuando se fueron todos los demás, volví en taxi con Maxi (él dirá: volví en tacho con Nacho).
1 de noviembre de 2005
Zapatillas rockeras (fragmento de diario)
18 de diciembre de 2004
Bajó a abrirme, nos saludamos y fuimos a la parrilla de la esquina a comprar otra cerveza, dos choripanes y una porción de papas fritas. Ya en su departamento, dos horas más tarde, busqué cucharitas en la cocina y comimos helado de dulce de leche directamente del tergopol, mientras escuchábamos música y charlábamos de varias cuestiones sin un hilván predeterminado.
Nos despedimos hasta la próxima, "a este paso, hasta el año que viene", y quedamos en intercambiar cuentos por mail. Caminé las tres cuadras hasta Cabildo, de ahí hasta la esquina de Pampa, y bajé hacia el lado del río; bordeé las Barrancas, crucé las vías y llegué a Libertador. Entré en la estación de servicio, compré una lata de Pepsi y dos chocolates. Leí en el ticket que eran las cuatro de la mañana; hubiera apostado a que no eran más de las dos.
En el bar de la estación hay tres mesas ocupadas. En el 99, primer año en que viví a una cuadra de acá, en la calle Montañeses, solía venir en las noches calurosas a leer y a disfrutar del aire acondicionado. En seis noches consecutivas, sentado a una mesa pegada a la pared medianera con un boliche, leí las seiscientas páginas de la anteúltima novela de Enrique Medina.
Ahora, en esa mesa, hay una chica sola que mira seguido hacia fuera como si estuviera a la espera de alguien. Una empleada se le acerca para retirar la bandeja, y la chica le pregunta si en verdad pueden ser más de las cuatro de la mañana. Después la oigo que habla por celular. En voz demasiado alta, como si estuviera sorprendida, nombra la intersección de dos calles (11 de Septiembre y Juramento), se levanta, me mira fugazmente y se va muy apurada, supongo que en dirección a esa esquina.
En el suplemento Espectáculos de un Clarín ajado leo el anuncio del recital de Callejeros en la cancha de Excursionistas, a una cuadra de acá para el lado del Bajo. Aunque ya pasaron más de seis horas del inicio del show, en las calles del barrio todavía se ven chicas y chicos con zapatillas, remeras y mochilas rockeras.
De mi paso por el Bajo Belgrano conservo una simpatía por ese club. Varios sábados fui a la cancha, solo o con algún amigo del barrio, y una vez, luego de un partido contra Comunicaciones y sin haber intervenido en la pelea que había habido en las tribunas, tuvimos que correr por las vías escapando de dos policías que querían detenernos.
En aquella época leí en "La pérdida de Laura", novela de Martín Kohan que transcurre en 1987: Morcilla fue a la cancha el sábado a ver a Excursio, y nos cuenta cómo se cagaron a cascotazos con los del Doque, hasta que al final llegó la cana y los cagó a palazos a los dos. Corrieron por La Pampa y se trenzaron cerca del bosque. El partido, dice Morcilla, en cambio, fue un bodrio.
Eso recuerdo mientras llego a la parada del 29, a dos cuadras de la estación. Por la vereda caminan dos chicos, participantes del recital, que, tratándome de usted, me preguntan si es mía la billetera vacía tirada en el suelo. Les respondo moviendo la cabeza, veo llegar al colectivo y pienso que todavía me parece ilógico que me digan señor.
Antes que yo sube un grupo de cartoneros. Al sacar el boleto noto cómo una mujer se aferra a la cartera que lleva sobre su falda. Después, mirando el cielo por la ventanilla, pienso que ya estamos cerca del amanecer y, entornando los ojos, calculo la distancia que debo recorrer hasta mi cama.
Bajó a abrirme, nos saludamos y fuimos a la parrilla de la esquina a comprar otra cerveza, dos choripanes y una porción de papas fritas. Ya en su departamento, dos horas más tarde, busqué cucharitas en la cocina y comimos helado de dulce de leche directamente del tergopol, mientras escuchábamos música y charlábamos de varias cuestiones sin un hilván predeterminado.
Nos despedimos hasta la próxima, "a este paso, hasta el año que viene", y quedamos en intercambiar cuentos por mail. Caminé las tres cuadras hasta Cabildo, de ahí hasta la esquina de Pampa, y bajé hacia el lado del río; bordeé las Barrancas, crucé las vías y llegué a Libertador. Entré en la estación de servicio, compré una lata de Pepsi y dos chocolates. Leí en el ticket que eran las cuatro de la mañana; hubiera apostado a que no eran más de las dos.
En el bar de la estación hay tres mesas ocupadas. En el 99, primer año en que viví a una cuadra de acá, en la calle Montañeses, solía venir en las noches calurosas a leer y a disfrutar del aire acondicionado. En seis noches consecutivas, sentado a una mesa pegada a la pared medianera con un boliche, leí las seiscientas páginas de la anteúltima novela de Enrique Medina.
Ahora, en esa mesa, hay una chica sola que mira seguido hacia fuera como si estuviera a la espera de alguien. Una empleada se le acerca para retirar la bandeja, y la chica le pregunta si en verdad pueden ser más de las cuatro de la mañana. Después la oigo que habla por celular. En voz demasiado alta, como si estuviera sorprendida, nombra la intersección de dos calles (11 de Septiembre y Juramento), se levanta, me mira fugazmente y se va muy apurada, supongo que en dirección a esa esquina.
En el suplemento Espectáculos de un Clarín ajado leo el anuncio del recital de Callejeros en la cancha de Excursionistas, a una cuadra de acá para el lado del Bajo. Aunque ya pasaron más de seis horas del inicio del show, en las calles del barrio todavía se ven chicas y chicos con zapatillas, remeras y mochilas rockeras.
De mi paso por el Bajo Belgrano conservo una simpatía por ese club. Varios sábados fui a la cancha, solo o con algún amigo del barrio, y una vez, luego de un partido contra Comunicaciones y sin haber intervenido en la pelea que había habido en las tribunas, tuvimos que correr por las vías escapando de dos policías que querían detenernos.
En aquella época leí en "La pérdida de Laura", novela de Martín Kohan que transcurre en 1987: Morcilla fue a la cancha el sábado a ver a Excursio, y nos cuenta cómo se cagaron a cascotazos con los del Doque, hasta que al final llegó la cana y los cagó a palazos a los dos. Corrieron por La Pampa y se trenzaron cerca del bosque. El partido, dice Morcilla, en cambio, fue un bodrio.
Eso recuerdo mientras llego a la parada del 29, a dos cuadras de la estación. Por la vereda caminan dos chicos, participantes del recital, que, tratándome de usted, me preguntan si es mía la billetera vacía tirada en el suelo. Les respondo moviendo la cabeza, veo llegar al colectivo y pienso que todavía me parece ilógico que me digan señor.
Antes que yo sube un grupo de cartoneros. Al sacar el boleto noto cómo una mujer se aferra a la cartera que lleva sobre su falda. Después, mirando el cielo por la ventanilla, pienso que ya estamos cerca del amanecer y, entornando los ojos, calculo la distancia que debo recorrer hasta mi cama.
29 de octubre de 2005
Colombroño

Ignacio Molina is a partner with the tax department and specialises in advising corporations on tax structures and M&A transactions in Spain, South America and Asia. Ignacio worked as a trainee in McBride Wilson & Co Solicitors, BM&A (Abogados) and Banco Santander. He was a partner at Bufete Roig-Aran and Menchén Aparicio before joining Masons Buxeda Menchén.
E Ignacio.molina@masons.com
(vía http://www.masonsbuxedamenchen.com/images/MolinaIgnacio.jpg&imgrefurl)
27 de octubre de 2005
Una idea funcional
Me enteré de que un lector que yo no conozco había dicho: "así que se llamaba Unidad Funcional ese blog, siempre pensé que era Una idea funcional". Eso, para ponerlo en términos viqueanos, fue una de las cosas más potentes de la noche.
El martes, con veinte minutos de retraso, llegué a Bartolomeo para una reunión del grupo Alejandría. Saludé a Levín y a Obelix, que habían llegado temprano y ya estaban tomando cerveza. Al rato subió a leer Levín (un cuento que obtuvo buena repercusión y que más tarde sería pedido por varios de los concurrentes). La chica que leyó después le preguntó en voz baja: "¿vos sos el de Moscas?, y se presentó: "soy Natalia, de La vida en pijamas".
Vico llegó al comienzo del primer intervalo. Algunas de las cosas que se dijeron, desde ese momento y hasta la lectura del "invitado famoso", fueron las siguientes:
–Cambiaron las botellas por las jarras.
–Así que van a publicar el libro, muy copado.
–Conseguí departamento.
–Hay una nueva alternativa para el título: Un montón de lugares.
–Nos tendríamos que vestir de monjes, o algo así.
–Parece que el pibe se inventó un nick secreto y deja comments peligrosos.
–Y a la amiga la conozco.
–Los estantes vacíos también me gusta, es de la onda Los trabajos nocturnos, o Las cerraduras rotas, jeje.
–240 páginas,bueno, unas obras completas.
–¿Así que Rejtman se ortivó?
–Yo publiqué con el Centro Editor Latinoamericano.
–Yo me voy, ya les avisé que vengo baqueteado.
Obelix se retiró muy temprano, antes de que subiera al escenario Pablo de Santis. En un momento de su lectura yo fui al baño, y, cuando volví, Levín, haciendo futurología, me anunció el final por lo bajo: "es el veterinario".
La entrevista tuvo momentos interesantes. La enunciación de sus autores favoritos (Bioy Casares, Silvina Ocampo, Brizuela, Birmajer) provocó comentarios susurrados en nuestra mesa, y, cuando comentó que había sido finalista del Premio Planeta de 1997, también desde nuestra mesa salieron las preguntas más punzantes sobre el caso.
Con cara de piedra, De Santis dijo que todo había sido un malentendido y, ante mi pedido de blanqueo, respondió que sí, que creía en la inocencia de Piglia pese al dictamen judicial.
Algunas de las frases dichas desde esos momentos hasta la salida del bar:
–¿Alguien quiere la mitad de este triángulo?
–Esta es la biografía de un niño oligarca.
–Este no fue tan aburrido como pensaba.
–Cuando llegué, él estaba ahí paradito.
–Dejate de hinchar, por lo menos que haga un guiño.
–Al Turco Asís le hago el aguante.
–Otro cuento con jazz.
–¿Y qué querés, que se tire contra su posible empleador?
–Nos invitan a comer una zapi.
Vico saludó a la administradora de Perro de aguas, una chica que, creo recordar, había sido compañera suya del colegio. Después fuimos a La Americana, una pizzería demasiado iluminada que hay en Callao y Bartolomé Mitre, con varios de los integrantes de Alejandría, otros alumnos de Abelardo Castillo y dos editores de revistas: Oliverio y Casa de brujas.
Algunas de las que recuerdo, entre la salida del bar y la permanencia en la pizzería:
–Ese edificio se cae.
–Pero estarías enfrente de esta librería.
–Levín es nuestro Terranova, lleva la voz cantante.
–No vino De Santis, sabía de tu presencia.
–Me dijo: yo pensé que era "Una idea funcional".
–¿Vos viajaste hace poco, no?
–En dos martes vienen del staff de La joven Guardia.
–Balones para las chicas y chops para los jóvenes.
–¿Conocés El Interpretador?
–¿Vos sos Juanjo? Molina, de Una idea funcional.
–¿Y cómo se llama el libro, lo habías mandado a algún concurso?
–Si pueden, eviten el baño.
–Vamos a hacer una revista de crítica literaria.
–Vayan al sector fumadores.
–No me jodan, todos tienen un libro en preparación.
–Anotame la dirección, sin el triple doble vé.
–Bellatin les pasa el trapo a todos esos.
También se habló de chimentos y de rumores que, hasta que no sean chequeados –y aun luego de eso–, no son reproducibles. Después de una importante escisión, nos dirigimos a La Academia, donde, en la misma mesa que un mes atrás, un viejo muy flaco tomaba café con leche y leía, ayudado con una lupa, un diario del día siguiente.
Lo que recuerdo, entre la elección de este bar y la parada del 39:
–Podríamos, pero es muy caro.
–Ahí estás vos en cuarenta años.
–Por lo general, si no te conoce y no sos un mozo, en un bar nadie te llama así.
–Pidamos la última.
–Mañana tengo que escribir dos guiones, eso no me da mucha potencia.
–En radio Eter, los viernes a las nueve de la noche.
–Pidamos la última.
–Está todo bien, pero eso no sirve para nada.
–Me lo mandás por mail: figura en el perfil.
–Mmhh, mañana no creo que haya crónicas en ningún blog.
–Pidamos la última.
–Cerró el Crónica de la tarde.
–Yo estoy para cinco más.
–A ustedes dos los tenía linkeados.
–No me digas que ya son las cinco.
–Pidamos la última.
–¿En Belgrano? A tu casa llegás con los pajaritos.
–Pidamos la última.
–Te voy a matar, para qué abrís la boca.
–Si yo no dije nada.
–Ahí viene.
El martes, con veinte minutos de retraso, llegué a Bartolomeo para una reunión del grupo Alejandría. Saludé a Levín y a Obelix, que habían llegado temprano y ya estaban tomando cerveza. Al rato subió a leer Levín (un cuento que obtuvo buena repercusión y que más tarde sería pedido por varios de los concurrentes). La chica que leyó después le preguntó en voz baja: "¿vos sos el de Moscas?, y se presentó: "soy Natalia, de La vida en pijamas".
Vico llegó al comienzo del primer intervalo. Algunas de las cosas que se dijeron, desde ese momento y hasta la lectura del "invitado famoso", fueron las siguientes:
–Cambiaron las botellas por las jarras.
–Así que van a publicar el libro, muy copado.
–Conseguí departamento.
–Hay una nueva alternativa para el título: Un montón de lugares.
–Nos tendríamos que vestir de monjes, o algo así.
–Parece que el pibe se inventó un nick secreto y deja comments peligrosos.
–Y a la amiga la conozco.
–Los estantes vacíos también me gusta, es de la onda Los trabajos nocturnos, o Las cerraduras rotas, jeje.
–240 páginas,bueno, unas obras completas.
–¿Así que Rejtman se ortivó?
–Yo publiqué con el Centro Editor Latinoamericano.
–Yo me voy, ya les avisé que vengo baqueteado.
Obelix se retiró muy temprano, antes de que subiera al escenario Pablo de Santis. En un momento de su lectura yo fui al baño, y, cuando volví, Levín, haciendo futurología, me anunció el final por lo bajo: "es el veterinario".
La entrevista tuvo momentos interesantes. La enunciación de sus autores favoritos (Bioy Casares, Silvina Ocampo, Brizuela, Birmajer) provocó comentarios susurrados en nuestra mesa, y, cuando comentó que había sido finalista del Premio Planeta de 1997, también desde nuestra mesa salieron las preguntas más punzantes sobre el caso.
Con cara de piedra, De Santis dijo que todo había sido un malentendido y, ante mi pedido de blanqueo, respondió que sí, que creía en la inocencia de Piglia pese al dictamen judicial.
Algunas de las frases dichas desde esos momentos hasta la salida del bar:
–¿Alguien quiere la mitad de este triángulo?
–Esta es la biografía de un niño oligarca.
–Este no fue tan aburrido como pensaba.
–Cuando llegué, él estaba ahí paradito.
–Dejate de hinchar, por lo menos que haga un guiño.
–Al Turco Asís le hago el aguante.
–Otro cuento con jazz.
–¿Y qué querés, que se tire contra su posible empleador?
–Nos invitan a comer una zapi.
Vico saludó a la administradora de Perro de aguas, una chica que, creo recordar, había sido compañera suya del colegio. Después fuimos a La Americana, una pizzería demasiado iluminada que hay en Callao y Bartolomé Mitre, con varios de los integrantes de Alejandría, otros alumnos de Abelardo Castillo y dos editores de revistas: Oliverio y Casa de brujas.
Algunas de las que recuerdo, entre la salida del bar y la permanencia en la pizzería:
–Ese edificio se cae.
–Pero estarías enfrente de esta librería.
–Levín es nuestro Terranova, lleva la voz cantante.
–No vino De Santis, sabía de tu presencia.
–Me dijo: yo pensé que era "Una idea funcional".
–¿Vos viajaste hace poco, no?
–En dos martes vienen del staff de La joven Guardia.
–Balones para las chicas y chops para los jóvenes.
–¿Conocés El Interpretador?
–¿Vos sos Juanjo? Molina, de Una idea funcional.
–¿Y cómo se llama el libro, lo habías mandado a algún concurso?
–Si pueden, eviten el baño.
–Vamos a hacer una revista de crítica literaria.
–Vayan al sector fumadores.
–No me jodan, todos tienen un libro en preparación.
–Anotame la dirección, sin el triple doble vé.
–Bellatin les pasa el trapo a todos esos.
También se habló de chimentos y de rumores que, hasta que no sean chequeados –y aun luego de eso–, no son reproducibles. Después de una importante escisión, nos dirigimos a La Academia, donde, en la misma mesa que un mes atrás, un viejo muy flaco tomaba café con leche y leía, ayudado con una lupa, un diario del día siguiente.
Lo que recuerdo, entre la elección de este bar y la parada del 39:
–Podríamos, pero es muy caro.
–Ahí estás vos en cuarenta años.
–Por lo general, si no te conoce y no sos un mozo, en un bar nadie te llama así.
–Pidamos la última.
–Mañana tengo que escribir dos guiones, eso no me da mucha potencia.
–En radio Eter, los viernes a las nueve de la noche.
–Pidamos la última.
–Está todo bien, pero eso no sirve para nada.
–Me lo mandás por mail: figura en el perfil.
–Mmhh, mañana no creo que haya crónicas en ningún blog.
–Pidamos la última.
–Cerró el Crónica de la tarde.
–Yo estoy para cinco más.
–A ustedes dos los tenía linkeados.
–No me digas que ya son las cinco.
–Pidamos la última.
–¿En Belgrano? A tu casa llegás con los pajaritos.
–Pidamos la última.
–Te voy a matar, para qué abrís la boca.
–Si yo no dije nada.
–Ahí viene.
20 de octubre de 2005
El aura
Sacarme sangre hace pocos meses sólo me sirvió para escribir algunos post. El médico gastroenterólogo que me había encargado el análisis no pudo darme ninguna solución definitiva. La semana pasada, navegando por la red, descubrí un sitio que me informó que todos los síntomas (visión salpicada, fuerte dolor de cabeza, vómitos) y algunas de las causas (comer chocolates) de los cuadros de malestar que sufro cada tanto coinciden con los de la migraña.
Ayer, mi nuevo neurólogo me hizo acostar en una camilla y me explicó que a las alteraciones en la visión que se me presentan antes de las jaquecas se las denomina "aura". Mirá vos, tengo migraña con aura, pensé, y –no sé si lo dije en voz alta– es algo así como estar mareado sin estar mareado.
Una asistente me colocó una gelatina pegajosa en distintos puntos de la cabeza y me conectó electrodos a la base del cráneo para determinar en qué sector del cerebro se halla la lesión.
En el baño del consultorio intenté, sin mucho éxito, sacarme los pegotes del pelo. Después, mientras bajaba a la calle, recordé un fragmento de la primera charla con el doctor:
–Muchachito, ¿tenés conductas tóxicas o dañinas?
–Miro bastante televisión.
–Jeje. Digo: tacabo, porro, chupi, merca . . .
Ya en la calle, al pasar por una Boutique del Libro, pensé en el mío; parece que el título ya está definido y todo indica que mañana firmo el contrato con la editorial. Me acerqué a la mesa de novedades y lo imaginé ubicado ahí a la espera de lectores. Miré las tapas de un par de novelas y levanté Hiel, el libro de fotos y textos de Celeste Cid que se vende a cincuenta y nueve pesos. Lo abrí en una página al azar y, en letras manuscritas, sobre una especie de collage, leí algo así:
MIRAR PELICULAS DE DAVID LYNCH
DESNUDA EN TU CAMA
COMIENDO CHOCOLATES
Al instante, con una mueca, dejé el libro en su lugar. Yo paso, Celeste: no me gusta David Lynch, y ya no puedo comer chocolates.
Ayer, mi nuevo neurólogo me hizo acostar en una camilla y me explicó que a las alteraciones en la visión que se me presentan antes de las jaquecas se las denomina "aura". Mirá vos, tengo migraña con aura, pensé, y –no sé si lo dije en voz alta– es algo así como estar mareado sin estar mareado.
Una asistente me colocó una gelatina pegajosa en distintos puntos de la cabeza y me conectó electrodos a la base del cráneo para determinar en qué sector del cerebro se halla la lesión.
En el baño del consultorio intenté, sin mucho éxito, sacarme los pegotes del pelo. Después, mientras bajaba a la calle, recordé un fragmento de la primera charla con el doctor:
–Muchachito, ¿tenés conductas tóxicas o dañinas?
–Miro bastante televisión.
–Jeje. Digo: tacabo, porro, chupi, merca . . .
Ya en la calle, al pasar por una Boutique del Libro, pensé en el mío; parece que el título ya está definido y todo indica que mañana firmo el contrato con la editorial. Me acerqué a la mesa de novedades y lo imaginé ubicado ahí a la espera de lectores. Miré las tapas de un par de novelas y levanté Hiel, el libro de fotos y textos de Celeste Cid que se vende a cincuenta y nueve pesos. Lo abrí en una página al azar y, en letras manuscritas, sobre una especie de collage, leí algo así:
MIRAR PELICULAS DE DAVID LYNCH
DESNUDA EN TU CAMA
COMIENDO CHOCOLATES
Al instante, con una mueca, dejé el libro en su lugar. Yo paso, Celeste: no me gusta David Lynch, y ya no puedo comer chocolates.
13 de octubre de 2005
Apartado
Si tuviera que clasificar a las variadas reacciones instantáneas que recibo al anunciar la edición del libro, el apartado "irritantes" estaría encabezado, sin dudas, por la pregunta: "¿y te van a pagar?".
11 de octubre de 2005
Literarias
Llegó la hora del anuncio oficial.
Si todo sale de acuerdo a la planeado, pronto saldrá a la venta mi primer libro.
En próximos post, más detalles al respecto.
Si todo sale de acuerdo a la planeado, pronto saldrá a la venta mi primer libro.
En próximos post, más detalles al respecto.
8 de octubre de 2005
Algo que a nadie le interese
La estadística señala que los fines de semana las visitas al blog se reducen a la mitad. ¿Y los fines de semana largos? No tengo registro de eso; tal vez a la mitad de la mitad, pero nunca se sabe.
M. está en Uruguay; anoche fue a una fiesta de casamiento en Nueva Helvecia, un pueblo equidistante entre Colonia y Montevideo, y hoy al mediodía me llamó desde Piriápolis. Me dijo que allá el día estaba nublado y a punto de largarse a llover. El jueves, cuando fui a despedirla al puerto de Buquebús, presencié una discusión: parece que un hombre mayor había golpeado con su bolso a una chica que hablaba por celular, y el muchacho que la acompañaba dijo en voz muy alta: "ah bueno, no pide disculpas el señor".
–Sí le pedí disculpas –dijo el señor, rojo por la furia–, pero esta pendeja no escucha nada porque está ahí, pelotudeando con el movicom.
Adentro, en la televisión sin volumen del bar, estaban pasando una entrevista al basquetbolista Hernán Montenegro. Hace catorce años, cuando Estudiantes llegó a una final de la Liga Nacional, las autoridades del colegio Don Bosco invitaron a Montenegro y a otros jugadores del equipo con el objetivo de homenajearlos y, recuerdo muy bien las palabras del director, "para que nuestros pibes les den la fuerza necesaria para alcanzar la victoria".
La tarde anterior al último partido, vi a los dos metros ocho de Montenegro entrar a la escuela. Los chicos de los grados más bajos saltaban para saludarlo, pero no le llegaban ni a la cintura. Cinco días antes él había intentando pegarle una trompada, luego de gritar un doble, al por entonces gobernador de San Luis.
Eso recordaba hoy al mediodía, mientras veía la repetición de esa entrevista, segundos antes de que M. me llamara desde Piriápolis y me comentara con amargura que allá estaba nublado. Después, mientras iba a hacer las compras, pensé en los lectores de este blog, en las visitas que hacen los fines de semana, en los que me acusan de ladrón cada vez que hago una cita, y horas más tarde, sentado frente a la pantalla, me propuse postear algo que a nadie le interese.
M. está en Uruguay; anoche fue a una fiesta de casamiento en Nueva Helvecia, un pueblo equidistante entre Colonia y Montevideo, y hoy al mediodía me llamó desde Piriápolis. Me dijo que allá el día estaba nublado y a punto de largarse a llover. El jueves, cuando fui a despedirla al puerto de Buquebús, presencié una discusión: parece que un hombre mayor había golpeado con su bolso a una chica que hablaba por celular, y el muchacho que la acompañaba dijo en voz muy alta: "ah bueno, no pide disculpas el señor".
–Sí le pedí disculpas –dijo el señor, rojo por la furia–, pero esta pendeja no escucha nada porque está ahí, pelotudeando con el movicom.
Adentro, en la televisión sin volumen del bar, estaban pasando una entrevista al basquetbolista Hernán Montenegro. Hace catorce años, cuando Estudiantes llegó a una final de la Liga Nacional, las autoridades del colegio Don Bosco invitaron a Montenegro y a otros jugadores del equipo con el objetivo de homenajearlos y, recuerdo muy bien las palabras del director, "para que nuestros pibes les den la fuerza necesaria para alcanzar la victoria".
La tarde anterior al último partido, vi a los dos metros ocho de Montenegro entrar a la escuela. Los chicos de los grados más bajos saltaban para saludarlo, pero no le llegaban ni a la cintura. Cinco días antes él había intentando pegarle una trompada, luego de gritar un doble, al por entonces gobernador de San Luis.
Eso recordaba hoy al mediodía, mientras veía la repetición de esa entrevista, segundos antes de que M. me llamara desde Piriápolis y me comentara con amargura que allá estaba nublado. Después, mientras iba a hacer las compras, pensé en los lectores de este blog, en las visitas que hacen los fines de semana, en los que me acusan de ladrón cada vez que hago una cita, y horas más tarde, sentado frente a la pantalla, me propuse postear algo que a nadie le interese.
7 de octubre de 2005
El realismo único, según Vico.
Es verdad, vuelvo a robar un poco (aunque, esta vez, líneas ajenas de primera calidad).
"(...)
"Con el realismo champagne llegó una escritura vacía, con golpes de efecto y pocas destrezas, combinada con un modelo de importación de libros, que le dio grandes beneficios a unos pocos novelistas y terminó arruinando a la gran mayoría. Esa década infame terminaría con los escritores en la calle golpeando sus computadoras.
"Luego de la última crisis, sobrevendría la división de las tierras realistas en distintas parcelas. Por un lado, los realistas sensibles se adueñarían de la Plaza Cortazar. Los realistas snobs, ex champagne, cruzaron Juan B. Justo y bautizaron su región como realismo Hollywood. Los sectores más castigados tuvieron que mudarse al primer y segundo cordón del realismo y dieron pie al realismo asistencialista. Mientras que los realistas profundos siguieron con sus historias ligadas al campo y la cosecha.
"A medida que los problemas de los narradores se agudizaban, algunos autores de centro izquierda plantearon la posibilidad de despenalizar el aborto para evitar que se siga poblando de escritores el segundo cordón del gran realismo. Los narradores de derecha (ahora nombrados como novelistas de centro) se opusieron. Dijeron que un nuevo narrador nace apenas escribe una palabra y no cuando termina su primer cuento, como sostienen los realistas progresistas (o de centro izquierda)."
(...)"
El texto completo en Ni Hablar.
"(...)
"Con el realismo champagne llegó una escritura vacía, con golpes de efecto y pocas destrezas, combinada con un modelo de importación de libros, que le dio grandes beneficios a unos pocos novelistas y terminó arruinando a la gran mayoría. Esa década infame terminaría con los escritores en la calle golpeando sus computadoras.
"Luego de la última crisis, sobrevendría la división de las tierras realistas en distintas parcelas. Por un lado, los realistas sensibles se adueñarían de la Plaza Cortazar. Los realistas snobs, ex champagne, cruzaron Juan B. Justo y bautizaron su región como realismo Hollywood. Los sectores más castigados tuvieron que mudarse al primer y segundo cordón del realismo y dieron pie al realismo asistencialista. Mientras que los realistas profundos siguieron con sus historias ligadas al campo y la cosecha.
"A medida que los problemas de los narradores se agudizaban, algunos autores de centro izquierda plantearon la posibilidad de despenalizar el aborto para evitar que se siga poblando de escritores el segundo cordón del gran realismo. Los narradores de derecha (ahora nombrados como novelistas de centro) se opusieron. Dijeron que un nuevo narrador nace apenas escribe una palabra y no cuando termina su primer cuento, como sostienen los realistas progresistas (o de centro izquierda)."
(...)"
El texto completo en Ni Hablar.
3 de octubre de 2005
La Giralda
No voy a La Giralda desde que no puedo consumir chocolate ni café. Pedir un té ahí sería como pedir pastas en una parrilla.Dicen que los mozos de La Giralda tratan mal (maltratan suena demasiado ampuloso) a la clientela. Y es real; cualquiera que haya ido puede dar fe de eso. Tiran los platitos sobre la mesa, contestan en forma antipática y siempre hacen chistes malos con mal tono.
Una vez alguien me preguntó, en la vereda, cómo sería la selección del personal.
Una vez, mucho tiempo antes del rodaje de la película, el actor Rodrigo de la Serna se sentó a la mesa de al lado, sacó un libro de su mochila y se puso a leer. Quince minutos atrás, en una librería de la otra cuadra, lo había visto levantar un diario de viajes del Che de una mesa de saldos.
Una vez, supongo que después de ver alguna obra de teatro infantil, un mozo, señalando a mis sobrinas –que en ese momento tendrían cuatro o cinco años–, me preguntó si las nenas tomaban ginebra.
Una vez, me cité ahí con un dirigente del Partido Humanista. "Voy a estar con un libro anaranjado sobre la mesa", me había dicho. Era barbudo, y el trabajo por el que yo me había acercado en realidad no existía. Diez o quince años atrás (me dijo la fecha exacta, "15 de junio de 1987", por ejemplo), el tipo había entrado al Movimiento; un dirigente lo había citado en ese mismo bar y le había explicado lo mismo que él me estaba explicando ahora.
Una vez leí un fragmento de un cuento de Martín Rejtman que después, en cada relectura, escenifiqué en La Giralda: "Javier, Ariel y Carlos, el brasilero con quien Ariel comparte el cuarto, están sentados a una mesa del bar. Ariel y Carlos toman cerveza; Javier chocolate con churros, es la especialidad de la casa y, además, él no toma alcohol."
Una vez me compré, a uno o dos pesos cada uno, veintiocho libros en Corrientes, entre Callao y Nueve de Julio. Después, sentado a una mesa de La Giralda, empecé a clasificarlos.
Una vez escribí un cuento cuya una de sus líneas era: "sin el chocolate con churros que había imaginado tomar en La Giralda". Al final, luego de varias correcciones, el nombre propio del bar quedó fuera de la última versión.
Una vez alguien me señaló a uno de los dueños; un hombre ya muy viejo que, desde hacía más de cincuenta años, detrás del mostrador de estaño y de las campanas sangucheras, tomaba cada tardecita un vaso de leche.
Una vez me metí en La Giralda después de ir a una marcha en Plaza de Mayo. A los quince minutos, cuando estaba tomando las últimas gotas de un submarino, unas treinta personas, escapando de los gases vomitivos que les tiraba la policía, entraron empujándose con banderas rojas y pancartas.
Una vez escuché al poeta Fernando Noy contar que, en su época de hippie, a veces tenían tantas anfetaminas encima que no sabían en qué bar se encontraban. "Para mí, los que ahora están acá son todos extras. Este bar era este bar cuando en el año 70 te encontrabas con Pizarnik, con Massota, con Tanguito, con Minujin, y cada uno era un mundo." Recién cuando alguien hacía fijar la atención en el mármol de las mesitas, los demás se daban cuenta de que estaban en La Giralda.
29 de septiembre de 2005
A cuento de nada
Me retan; me dicen que hacer varios días que no publico nada en el blog. Y es verdad. Para comenzar la semana había planeado postear un largo texto, pero el lunes me desperté con una fuerte jaqueca que, además de dejarme el día entero en cama, borró de mi memoria todo lo que había pensando la noche anterior.
Ahora, tres días después, sigo con esa parte de la mente en blanco, pero, atendiendo a las voces que piden mi vuelta, me decido a publicar cualquier cosa (en este caso, y a cuenta de nada en especial, la lista de comments dejados en Naranjas).
Mis chinos no hablan español, casi nada. El carnicero siempre está durmiendo. La fiambrera china también, y cuando está despierta con un ojo medio cerrado pregunta algo que no le entiendo. La verdulera es peruana o boliviana y es divina, no tiene dientes pero le entiendo. Hay cucarachas también. Los precios son más caros que en el Manyi de 6 cuadras de distancia. El dueño o encargado siempre está con campera de cuero negra, y el otro día al darme el vuelto estiró deliveradamente su dedo para tocar el mio. El empleado "todo lo hace" siempre me chifla o me dice algo.Odio ese supermercado. Lo odio.Saludos
By Marina, at 8:42 PM
Perdón por ser pesada pero me quedé pensando: Tomar es lo mismo que comer?
By Marina, at 8:48 PM
Muy buena descripción.También odio ese supermercado, aunque ahora esta un poco mejor. El dueño anterior ademas de sucio era muy mal educado.Y sobre las naranjas...está bien...siempre te preguntan si son para jugo...
By Anonymous, at 7:56 AM
Molina, la próxima sorprenda y pida naranjas de ombligo.
By Anonymous, at 8:51 AM
Gracias por la idea, Anónimo. Y para terminar de sorprender al verdulero, cuando me pregunte por el plato exótico, le voy a pedir dos kilos diciéndole que tengo pensado un Pato a la Orange.
By Ignacio Molina, at 9:18 AM
Molina, me olvidé de aclararle que las de ombligo son para comer, no sea cosa que por hacerse el entendido quede más ignorante.
By Anonymous, at 10:17 AM
Mi alma caprichosa y riverplatense me obliga a hacer una corrección a este delicioso (sea para comer o para jugo) relato. Donde dice rojiblanco se debe invertir el orden de los colores, ya que la bandera de River Plate es blanca y roja. O sea: blanca, roja, blanca.Mil disculpas por el atrevimiento, me siento un poco estúpido corrigiendo cosas sin importancia, pero bueno, quizás en algún momento le sirva de algo saber esto.
By Lyon, at 2:35 PM
Buah, somos unos cuantos al parecer los que no sabemos distinguir entre las ombligueras y las jugueras. habrá que establecer una mnemotécnica. porque si bien, gracias a uds me acabo de aprender cuál es cuál, se trata de esas cosas que me caen, indefectiblemente, en saco roto.Mi verdulero me mira seriamente y me dice, adusto, -de ombligo?-Claro, respondo yo haciéndome la que ambos sabemos claramente a qué nos referimos...
By mirona, at 7:40 AM
Mirona: las de jugo son más ricas, y son para tomar.
Molina: pato a la naranja? no creo que sorprenda con eso, es el primer plato que sube a la cabeza hecho con naranjas, el primero y el último, porque quién come eso???Saludos
By Marina, at 8:58 AM
Una vez comí Pato a la Naranja en un restaurant muy cheto de Puerto Madero. Molina estaba presente y puede dar fe. No fue muy rico que digamos, pero el problema no eran las naranjas, sino la carne de pato, que, según mi gusto, se parece demasiado a la suela de una zapatilla.
By Vico, at 10:07 AM
Es cierto. Eso fue hace tres años, en agosto de 2002. Recuerdo el mes, porque ese día, más temprano, me avisaron que había ganado un concurso literario. Yo pedí un plato más sofisticado y exótico que el de Vico, y él me cargaba diciendo: "el jurado ya se va a enterar dónde come el autor de ese cuento proletario" o "mirá cuando le cuente a Groch", refiriéndose a un literato muy especial, mezcla de Dalmiro Sáenz y Pepe Mugica, que en ese momento yo tenía como cliente-alumno-paciente.Los mozos nos trataban de usted (cosa a la que recién ahora, leyendo los comments de este blog, me esoy acostumbrando) y con una delicadeza extrema bastante incómoda. Hasta no hace mucho tenía imantada a la puerta de la heladera la factura de esa cena: unos $500 entre cuatro comensales. Claro que fue todo canje, ni Vico ni yo pusimos un centavo.
Más tarde esperamos un colectivo en el Bajo junto a uno de los mozos, que no respondió a nuestros saludos y nos miró con algo de extrañeza.
By Ignacio Molina, at 11:00 AM
Muy buena la descripción, aunque me quedé con más ganas de la historia en la que se toman el mismo colectivo que el mozo de Puerto Madero. Creo que valdría la pena más detalles.
By pcossi, at 3:41 PM
Molina, y resto de comensales, encantadora esta nota al pie...Me voy a tomar un juguito o a mordisquear una de ombligo...
By mirona, at 4:51 PM
No sé si la carne de Pato tiene el mismo gusto que la suela de una zapatilla. Lo seguro es que tienen parecido olor (porque, a qué huele la suela?)...A.S.D.F.G.
By Anonymous, at 11:01 AM
Amigo Molina: le deseo que reciba de muy buena gana sus 29. Y me cuente sobre su experiencia. Yo los recibo el 17 de este mes. Aniversario de la muerte del general San Martín, si señor. Hasta que se les ocurrió la gran idea, mi cumpleaños siempre era feriado y disfrutaba no tener que levantarme temprano para ir a la escuela. Otras épocas. Saludos
By Pola, at 7:17 PM
Estaba distraída. Este comentario era para el otro post. Saludos
By Pola, at 7:20 PM
Ahora, tres días después, sigo con esa parte de la mente en blanco, pero, atendiendo a las voces que piden mi vuelta, me decido a publicar cualquier cosa (en este caso, y a cuenta de nada en especial, la lista de comments dejados en Naranjas).
Mis chinos no hablan español, casi nada. El carnicero siempre está durmiendo. La fiambrera china también, y cuando está despierta con un ojo medio cerrado pregunta algo que no le entiendo. La verdulera es peruana o boliviana y es divina, no tiene dientes pero le entiendo. Hay cucarachas también. Los precios son más caros que en el Manyi de 6 cuadras de distancia. El dueño o encargado siempre está con campera de cuero negra, y el otro día al darme el vuelto estiró deliveradamente su dedo para tocar el mio. El empleado "todo lo hace" siempre me chifla o me dice algo.Odio ese supermercado. Lo odio.Saludos
By Marina, at 8:42 PM
Perdón por ser pesada pero me quedé pensando: Tomar es lo mismo que comer?
By Marina, at 8:48 PM
Muy buena descripción.También odio ese supermercado, aunque ahora esta un poco mejor. El dueño anterior ademas de sucio era muy mal educado.Y sobre las naranjas...está bien...siempre te preguntan si son para jugo...
By Anonymous, at 7:56 AM
Molina, la próxima sorprenda y pida naranjas de ombligo.
By Anonymous, at 8:51 AM
Gracias por la idea, Anónimo. Y para terminar de sorprender al verdulero, cuando me pregunte por el plato exótico, le voy a pedir dos kilos diciéndole que tengo pensado un Pato a la Orange.
By Ignacio Molina, at 9:18 AM
Molina, me olvidé de aclararle que las de ombligo son para comer, no sea cosa que por hacerse el entendido quede más ignorante.
By Anonymous, at 10:17 AM
Mi alma caprichosa y riverplatense me obliga a hacer una corrección a este delicioso (sea para comer o para jugo) relato. Donde dice rojiblanco se debe invertir el orden de los colores, ya que la bandera de River Plate es blanca y roja. O sea: blanca, roja, blanca.Mil disculpas por el atrevimiento, me siento un poco estúpido corrigiendo cosas sin importancia, pero bueno, quizás en algún momento le sirva de algo saber esto.
By Lyon, at 2:35 PM
Buah, somos unos cuantos al parecer los que no sabemos distinguir entre las ombligueras y las jugueras. habrá que establecer una mnemotécnica. porque si bien, gracias a uds me acabo de aprender cuál es cuál, se trata de esas cosas que me caen, indefectiblemente, en saco roto.Mi verdulero me mira seriamente y me dice, adusto, -de ombligo?-Claro, respondo yo haciéndome la que ambos sabemos claramente a qué nos referimos...
By mirona, at 7:40 AM
Mirona: las de jugo son más ricas, y son para tomar.
Molina: pato a la naranja? no creo que sorprenda con eso, es el primer plato que sube a la cabeza hecho con naranjas, el primero y el último, porque quién come eso???Saludos
By Marina, at 8:58 AM
Una vez comí Pato a la Naranja en un restaurant muy cheto de Puerto Madero. Molina estaba presente y puede dar fe. No fue muy rico que digamos, pero el problema no eran las naranjas, sino la carne de pato, que, según mi gusto, se parece demasiado a la suela de una zapatilla.
By Vico, at 10:07 AM
Es cierto. Eso fue hace tres años, en agosto de 2002. Recuerdo el mes, porque ese día, más temprano, me avisaron que había ganado un concurso literario. Yo pedí un plato más sofisticado y exótico que el de Vico, y él me cargaba diciendo: "el jurado ya se va a enterar dónde come el autor de ese cuento proletario" o "mirá cuando le cuente a Groch", refiriéndose a un literato muy especial, mezcla de Dalmiro Sáenz y Pepe Mugica, que en ese momento yo tenía como cliente-alumno-paciente.Los mozos nos trataban de usted (cosa a la que recién ahora, leyendo los comments de este blog, me esoy acostumbrando) y con una delicadeza extrema bastante incómoda. Hasta no hace mucho tenía imantada a la puerta de la heladera la factura de esa cena: unos $500 entre cuatro comensales. Claro que fue todo canje, ni Vico ni yo pusimos un centavo.
Más tarde esperamos un colectivo en el Bajo junto a uno de los mozos, que no respondió a nuestros saludos y nos miró con algo de extrañeza.
By Ignacio Molina, at 11:00 AM
Muy buena la descripción, aunque me quedé con más ganas de la historia en la que se toman el mismo colectivo que el mozo de Puerto Madero. Creo que valdría la pena más detalles.
By pcossi, at 3:41 PM
Molina, y resto de comensales, encantadora esta nota al pie...Me voy a tomar un juguito o a mordisquear una de ombligo...
By mirona, at 4:51 PM
No sé si la carne de Pato tiene el mismo gusto que la suela de una zapatilla. Lo seguro es que tienen parecido olor (porque, a qué huele la suela?)...A.S.D.F.G.
By Anonymous, at 11:01 AM
Amigo Molina: le deseo que reciba de muy buena gana sus 29. Y me cuente sobre su experiencia. Yo los recibo el 17 de este mes. Aniversario de la muerte del general San Martín, si señor. Hasta que se les ocurrió la gran idea, mi cumpleaños siempre era feriado y disfrutaba no tener que levantarme temprano para ir a la escuela. Otras épocas. Saludos
By Pola, at 7:17 PM
Estaba distraída. Este comentario era para el otro post. Saludos
By Pola, at 7:20 PM
25 de septiembre de 2005
22 de septiembre de 2005
Papeles viejos (fragmento de diario)
31 de mayo de 2002
Recién hoy, último día de mayo, volví a ponerme la campera. Cuando metí las manos en los bolsillos saqué un boleto de colectivo y un billete arrugado. El billete era de veinte pesos y el boleto, de un viaje matutino de ocho meses atrás. Esos dos papeles habían viajado por la ciudad, un día lluvioso de primavera, en una camión de mudanzas.
1° de diciembre de 2001. En el camión no entraba ni una mosca. El fletero manejaba sin hablar por Luis María Campos. El peón, un hombre flaco de unos cincuenta años que aparentaba no poder levantar ni una baldosa, se peinaba los pelos que le quedaban y se miraba en el espejo retrovisor. Todos los muebles que transportábamos habían hecho el camino inverso, por esa misma avenida, a principios del año 99.
En la caja, dentro de uno de los bolsillos de la campera, viajaban estos dos papeles: el billete arrugado de veinte pesos y el boleto de colectivo que había sacado, a las 9:45 del 26 de septiembre, de una máquina de un 118.
Años atrás, yo me tomaba esa línea en una parada de la calle Larrea para ir al colegio. Un mediodía, mientras viajaba mirando por la ventanilla y pensando en el examen de matemáticas para el que no había estudiado, tuve un impulso: me levanté, toqué el timbre, bajé, crucé Luis María Campos y tomé un colectivo de la misma línea que, en vez de en Barrancas de Belgrano, me dejaría en Parque Patricios.
Recuerdo que bajé cerca de la cancha de Huracán, pero no tengo registro de lo que hice durante el resto de la tarde. Hoy, nueve años después, cerca de Plaza Italia volví a tomar un 118. Bajé en Barrancas, y en la esquina del edificio que yo había ocupado me crucé con la Cachavacha, una vieja con cara y modales de bruja que siempre se quejaba de mí en las reuniones de consorcio por los ruidos molestos.
Aunque empezó a refrescar y muchos, como yo, volvieron a usar abrigos, algunas personas se entibian al sol en la plaza del medio. Pienso en quedarme ahí, pero, después de meditarlo un rato, me pongo a caminar para el lado de Cabildo. Tocando el filo del billete de veinte dentro de mi bolsillo, pienso en cómo gastar esa plata.
Antes de llegar a Pampa, siento que alguien habla a mis espaldas:
–Amigo, no te sobra una moneda.
Un tipo de unos cuarenta años me pide una moneda. Está vestido con pantalones negros y buzo gris, y parece recién afeitado. Lleva un bolso al hombro y mira con asombro a su alrededor. Yo me quedo observándolo sin decir nada.
–Necesito en serio, veinte centavos nomás, ya junté sesenta desde que salí. Tengo que tomarme algo hasta Tapiales, o cerca de ahí . . . acabo de salir de la cárcel y nadie de mi familia me vino a buscar . . .
Recién hoy, último día de mayo, volví a ponerme la campera. Cuando metí las manos en los bolsillos saqué un boleto de colectivo y un billete arrugado. El billete era de veinte pesos y el boleto, de un viaje matutino de ocho meses atrás. Esos dos papeles habían viajado por la ciudad, un día lluvioso de primavera, en una camión de mudanzas.
1° de diciembre de 2001. En el camión no entraba ni una mosca. El fletero manejaba sin hablar por Luis María Campos. El peón, un hombre flaco de unos cincuenta años que aparentaba no poder levantar ni una baldosa, se peinaba los pelos que le quedaban y se miraba en el espejo retrovisor. Todos los muebles que transportábamos habían hecho el camino inverso, por esa misma avenida, a principios del año 99.
En la caja, dentro de uno de los bolsillos de la campera, viajaban estos dos papeles: el billete arrugado de veinte pesos y el boleto de colectivo que había sacado, a las 9:45 del 26 de septiembre, de una máquina de un 118.
Años atrás, yo me tomaba esa línea en una parada de la calle Larrea para ir al colegio. Un mediodía, mientras viajaba mirando por la ventanilla y pensando en el examen de matemáticas para el que no había estudiado, tuve un impulso: me levanté, toqué el timbre, bajé, crucé Luis María Campos y tomé un colectivo de la misma línea que, en vez de en Barrancas de Belgrano, me dejaría en Parque Patricios.
Recuerdo que bajé cerca de la cancha de Huracán, pero no tengo registro de lo que hice durante el resto de la tarde. Hoy, nueve años después, cerca de Plaza Italia volví a tomar un 118. Bajé en Barrancas, y en la esquina del edificio que yo había ocupado me crucé con la Cachavacha, una vieja con cara y modales de bruja que siempre se quejaba de mí en las reuniones de consorcio por los ruidos molestos.
Aunque empezó a refrescar y muchos, como yo, volvieron a usar abrigos, algunas personas se entibian al sol en la plaza del medio. Pienso en quedarme ahí, pero, después de meditarlo un rato, me pongo a caminar para el lado de Cabildo. Tocando el filo del billete de veinte dentro de mi bolsillo, pienso en cómo gastar esa plata.
Antes de llegar a Pampa, siento que alguien habla a mis espaldas:
–Amigo, no te sobra una moneda.
Un tipo de unos cuarenta años me pide una moneda. Está vestido con pantalones negros y buzo gris, y parece recién afeitado. Lleva un bolso al hombro y mira con asombro a su alrededor. Yo me quedo observándolo sin decir nada.
–Necesito en serio, veinte centavos nomás, ya junté sesenta desde que salí. Tengo que tomarme algo hasta Tapiales, o cerca de ahí . . . acabo de salir de la cárcel y nadie de mi familia me vino a buscar . . .
19 de septiembre de 2005
El pretexto es la receta
Hasta el miércoles pasado yo no sabía hacer revuelto Gramajo. Conocía sus ingredientes, pero, por saltearme un paso de la preparación, siempre me salía aceitoso.
El martes a la noche fui a una de las reuniones del grupo Alejandría. En la puerta saludé a L, y al entrar nos enteramos de que Juan Martini, el invitado famoso, faltaría a la cita. Antes de que llegara V escuchamos leer a Natalix, y después seguimos con más o menos atención a los demás lectores.
Algunas de las frases que recuerdo –y que puedo publicar en este medio– dichas durante los intervalos, son las siguientes:
–Muy bueno tu último post.
–El blog me da mucha potencia.
–¿Y de qué vive Piro?
–Que no sea necesario que lo sepa, no significa que no sea lógico.
–¿Martini es el que se tiñe el pelo?
–Me pareció muy moralista ese cuento.
–Buen ceviche se come en el de Echeverría y Montañeses.
–Vamos a otro más barata.
–A mí me gustaba; es pura potencia.
Después de pagar las cervezas, salimos en busca de algún bar más económico. Caminamos hasta Corrientes, pasamos por una librería de saldos –la única abierta a esa hora de la noche– y, como V me debía tres pesos, le propuse saldar la deuda con alguna compra. En las mesas de adelante no vimos nada bueno, y fuimos esperanzados a las estanterías del fondo. Después de un rato de mirar y comentar libros, volvimos a la calle, caminamos hasta Callao y entramos a La Academia.
Algunas de las frases que recuerdo, entre la salida del primer bar y la entrada al segundo, son las siguientes:
–¿Cuál es el verdadero clásico?
–Esa pizzería es muy buena: pura potencia.
–Una vez tuvimos que irnos de Guerrin; estuvimos media hora y no nos atendieron.
–¿Pondrías un link al blog de Link?
–Medina, tu ídolo de la adolescencia.
–Grosso, estos cuentos de Esther Cross.
–Esta novela del Turco Asís me dio mucha potencia.
–Jamás lo leería; es como leer a Pacho O´donell.
–Gustavo Ferreyra es muy buen escritor.
–Si lo hubieras dicho vos, todavía te estaría cargando.
De la librería nos fuimos con las manos vacías. Según L, era más fácil elegir una cerveza que un libro de ahí. El que decía "potencia" cada veinte palabras era V. Al notar mi asombro ante ese término acuñado a mis espaldas, L advirtió: "cuidado con los celos de Molina".
Sentado a una mesa de La Academia, un viejo muy flaco tomaba café con leche y medialunas y leía, ayudado con una lupa, un diario del día siguiente. Antes de que V lo dijera por mí, aventuré: "ahí estoy yo en cuarenta años".
Tarde, cuando ya habíamos consumido varias de tres cuartos, nos enteramos de que el precio de la cerveza no era mucho más barata que en el bar anterior. Después de salir a la calle, de despedir a V y de caminar hasta la parada de Marcelo T. de Alvear, nos enteramos, al sacar el boleto de la máquina, que eran las cuatro y media de la mañana. Minutos atrás, mientras esperábamos al 39, habíamos calculado que no serían más de las dos.
Algunas frases en el bar y en la caminata:
–No estoy de acuerdo con esto: los escritores bilardistas trabajan en las pelotas paradas, los menottistas se emborrachan, conocen a mujeres temibles y luego escriben en servilletas obras geniales.
–¿Bilardista serían Guillermo Martínez y Martín Kohan?
–¿Quién sería el Bambino Veira? Mmhhh, hay varios.
–El bar de enfrente me da mucha potencia.
–Osvaldo Soriano es bilardista por un lado y menottista por el otro.
–Antonio dal Masetto es Angel Tulio Zof.
–Esther Cross, a la mandíbula.
–De ahí no saco nada de literario.
–Me acusaba como si yo fuera Tabarovsky.
–En ese edificio viven los Jóvenes Pordioseros.
–Pero ustedes ganan cuatro cifras.
–Mañana no te levantas con potencia.
El miércoles al mediadía, mientras volvía a padecer, luego de mucho tiempo, una leve resaca, me acordé de los comentarios sobre Juan Forn (se lo había comparado con Roberto Perfumo, "analiza todo pero nunca trabaja" y, junto a Saccomanno, con la dupla Sánchez-Hrabina) y busqué sus libros en mi biblioteca. Separé Nadar de noche, y de Corazones cautivos más arriba (una novela muy buena, publicada en 1987, protagonizada por un pre-adolescente de clase alta y narrada en segunda persona) releí las páginas que me enseñaron a hacer el revuelto Gramajo:
–¿Sabés pelar papas?
Volvés a encogerte de hombros.
–Qué es la mensturación –decís.
De una bolsa de arpillera que hay al lado del armario Galo saca, de a una, seis papas. Después abre uno de los cajones del armario, encuentra un pelapapas, te agarra de los hombros y te sienta frente a la mesa.
–Empezá. Y no ensucies mucho, que después Amelia se enfurece.
Mientras pelás, él saca una sartén, le pone un poco de aceite, la deja sobre una de las hornallas de la cocina a gas que hay en un rincón y vuelve a abrir la heladera. (…) Con un paquete de jamón cocido en una mano y cartón de huevos en la otra se sienta a tu lado.
–Vos y yo vamos a comer un espléndido revuelto Gramajo. Los demás, que se arreglen.
Sentís que la boca se te abre en una sonrisa. Ya no te preocupa tanto lo que le pase a Aurora (…)
–Nunca oíste hablar de los "asuntos femeninos" –pregunta al rato.
(…)
–Una vez al mes, las mujeres se deprimen y andan con un humor de perros. ¿Y todo por qué? Porque les sale un poco de sangre. Corta más finos los pedazos. (…) Por el lugar que los médicos llaman vagina. La concha, para nosotros.
(…)
–Ponelo al mínimo.
(…)
En cuanto oye crepitar el aceite te hace a un lado y va dejando caer las papas cortadas en la sartén. –Fijate si hay papel madera en algún cajón de ese ropero. Ponelo encima de una fuente y traémelo.
Las papas fritas están hechas en un santiamén. Galo pone la sartén en la pileta, la enjuaga y te pide manteca. Echa los huevos batidos en la sartén y, encima, va dejando caer el jamón cortado en pedazos y las papas fritas.
–Sal –casi grita.
–¿Gruesa?
Te mira como si lo hubieras insultado.
–Y pimienta. Y un poco de salsa Perry.
Cuando volvés con los tres frascos él ya ha vaciado la sartén en dos platos. Te pide que traiga vino y vasos, y se dedica a condimentar tu plato
(…)
–No te podés quejar, ¿eh? Por el mismo precio aprendiste cómo preparar un revuelto Gramajo poco ortodoxo y cómo se reproduce la especie. Incluyendo una explicación pormenorizada del escandaloso y tan temido coito.
El martes a la noche fui a una de las reuniones del grupo Alejandría. En la puerta saludé a L, y al entrar nos enteramos de que Juan Martini, el invitado famoso, faltaría a la cita. Antes de que llegara V escuchamos leer a Natalix, y después seguimos con más o menos atención a los demás lectores.
Algunas de las frases que recuerdo –y que puedo publicar en este medio– dichas durante los intervalos, son las siguientes:
–Muy bueno tu último post.
–El blog me da mucha potencia.
–¿Y de qué vive Piro?
–Que no sea necesario que lo sepa, no significa que no sea lógico.
–¿Martini es el que se tiñe el pelo?
–Me pareció muy moralista ese cuento.
–Buen ceviche se come en el de Echeverría y Montañeses.
–Vamos a otro más barata.
–A mí me gustaba; es pura potencia.
Después de pagar las cervezas, salimos en busca de algún bar más económico. Caminamos hasta Corrientes, pasamos por una librería de saldos –la única abierta a esa hora de la noche– y, como V me debía tres pesos, le propuse saldar la deuda con alguna compra. En las mesas de adelante no vimos nada bueno, y fuimos esperanzados a las estanterías del fondo. Después de un rato de mirar y comentar libros, volvimos a la calle, caminamos hasta Callao y entramos a La Academia.
Algunas de las frases que recuerdo, entre la salida del primer bar y la entrada al segundo, son las siguientes:
–¿Cuál es el verdadero clásico?
–Esa pizzería es muy buena: pura potencia.
–Una vez tuvimos que irnos de Guerrin; estuvimos media hora y no nos atendieron.
–¿Pondrías un link al blog de Link?
–Medina, tu ídolo de la adolescencia.
–Grosso, estos cuentos de Esther Cross.
–Esta novela del Turco Asís me dio mucha potencia.
–Jamás lo leería; es como leer a Pacho O´donell.
–Gustavo Ferreyra es muy buen escritor.
–Si lo hubieras dicho vos, todavía te estaría cargando.
De la librería nos fuimos con las manos vacías. Según L, era más fácil elegir una cerveza que un libro de ahí. El que decía "potencia" cada veinte palabras era V. Al notar mi asombro ante ese término acuñado a mis espaldas, L advirtió: "cuidado con los celos de Molina".
Sentado a una mesa de La Academia, un viejo muy flaco tomaba café con leche y medialunas y leía, ayudado con una lupa, un diario del día siguiente. Antes de que V lo dijera por mí, aventuré: "ahí estoy yo en cuarenta años".
Tarde, cuando ya habíamos consumido varias de tres cuartos, nos enteramos de que el precio de la cerveza no era mucho más barata que en el bar anterior. Después de salir a la calle, de despedir a V y de caminar hasta la parada de Marcelo T. de Alvear, nos enteramos, al sacar el boleto de la máquina, que eran las cuatro y media de la mañana. Minutos atrás, mientras esperábamos al 39, habíamos calculado que no serían más de las dos.
Algunas frases en el bar y en la caminata:
–No estoy de acuerdo con esto: los escritores bilardistas trabajan en las pelotas paradas, los menottistas se emborrachan, conocen a mujeres temibles y luego escriben en servilletas obras geniales.
–¿Bilardista serían Guillermo Martínez y Martín Kohan?
–¿Quién sería el Bambino Veira? Mmhhh, hay varios.
–El bar de enfrente me da mucha potencia.
–Osvaldo Soriano es bilardista por un lado y menottista por el otro.
–Antonio dal Masetto es Angel Tulio Zof.
–Esther Cross, a la mandíbula.
–De ahí no saco nada de literario.
–Me acusaba como si yo fuera Tabarovsky.
–En ese edificio viven los Jóvenes Pordioseros.
–Pero ustedes ganan cuatro cifras.
–Mañana no te levantas con potencia.
El miércoles al mediadía, mientras volvía a padecer, luego de mucho tiempo, una leve resaca, me acordé de los comentarios sobre Juan Forn (se lo había comparado con Roberto Perfumo, "analiza todo pero nunca trabaja" y, junto a Saccomanno, con la dupla Sánchez-Hrabina) y busqué sus libros en mi biblioteca. Separé Nadar de noche, y de Corazones cautivos más arriba (una novela muy buena, publicada en 1987, protagonizada por un pre-adolescente de clase alta y narrada en segunda persona) releí las páginas que me enseñaron a hacer el revuelto Gramajo:
–¿Sabés pelar papas?
Volvés a encogerte de hombros.
–Qué es la mensturación –decís.
De una bolsa de arpillera que hay al lado del armario Galo saca, de a una, seis papas. Después abre uno de los cajones del armario, encuentra un pelapapas, te agarra de los hombros y te sienta frente a la mesa.
–Empezá. Y no ensucies mucho, que después Amelia se enfurece.
Mientras pelás, él saca una sartén, le pone un poco de aceite, la deja sobre una de las hornallas de la cocina a gas que hay en un rincón y vuelve a abrir la heladera. (…) Con un paquete de jamón cocido en una mano y cartón de huevos en la otra se sienta a tu lado.
–Vos y yo vamos a comer un espléndido revuelto Gramajo. Los demás, que se arreglen.
Sentís que la boca se te abre en una sonrisa. Ya no te preocupa tanto lo que le pase a Aurora (…)
–Nunca oíste hablar de los "asuntos femeninos" –pregunta al rato.
(…)
–Una vez al mes, las mujeres se deprimen y andan con un humor de perros. ¿Y todo por qué? Porque les sale un poco de sangre. Corta más finos los pedazos. (…) Por el lugar que los médicos llaman vagina. La concha, para nosotros.
(…)
–Ponelo al mínimo.
(…)
En cuanto oye crepitar el aceite te hace a un lado y va dejando caer las papas cortadas en la sartén. –Fijate si hay papel madera en algún cajón de ese ropero. Ponelo encima de una fuente y traémelo.
Las papas fritas están hechas en un santiamén. Galo pone la sartén en la pileta, la enjuaga y te pide manteca. Echa los huevos batidos en la sartén y, encima, va dejando caer el jamón cortado en pedazos y las papas fritas.
–Sal –casi grita.
–¿Gruesa?
Te mira como si lo hubieras insultado.
–Y pimienta. Y un poco de salsa Perry.
Cuando volvés con los tres frascos él ya ha vaciado la sartén en dos platos. Te pide que traiga vino y vasos, y se dedica a condimentar tu plato
(…)
–No te podés quejar, ¿eh? Por el mismo precio aprendiste cómo preparar un revuelto Gramajo poco ortodoxo y cómo se reproduce la especie. Incluyendo una explicación pormenorizada del escandaloso y tan temido coito.
13 de septiembre de 2005
El último pogo
Corta la piel
pone las vísceras
a secarse en un papel
(el diario de ayer
trae el mercado
de hacienda de Liniers)
Canciones con versos como el transcripto solía escuchar en la última etapa de mi adolescencia y en parte de mi primera juventud. Etapa que, si tuviera que delimitar arbitrariamente, diría que culminó en los primeros meses del año 2000, época en que expuse por última vez mi cuerpo en un pogo y en que entrevisté, para una revista de rock que nunca se publicaría, al músico Sergio Rotman, autor de muchas de aquellas canciones.
Clickeando aquí, se pude leer (vía www.lfcrarezas.com.ar) el crudo de la entrevista de marras y una breve intoducción a la misma.
pone las vísceras
a secarse en un papel
(el diario de ayer
trae el mercado
de hacienda de Liniers)
Canciones con versos como el transcripto solía escuchar en la última etapa de mi adolescencia y en parte de mi primera juventud. Etapa que, si tuviera que delimitar arbitrariamente, diría que culminó en los primeros meses del año 2000, época en que expuse por última vez mi cuerpo en un pogo y en que entrevisté, para una revista de rock que nunca se publicaría, al músico Sergio Rotman, autor de muchas de aquellas canciones.
Clickeando aquí, se pude leer (vía www.lfcrarezas.com.ar) el crudo de la entrevista de marras y una breve intoducción a la misma.
8 de septiembre de 2005
El ámbito literario
El año pasado, la directora de una editorial –con nombre de animal que echa fuego por la boca–, me citó a una reunión para hablar sobre un libro mío. En un lapso de la charla me preguntó si yo pertenecía "al ámbito literario". Yo me quedé mudo y ella repitió la pregunta.
Aunque no supe cómo expresarlo, me sentí desconcertado. "Preguntarle eso a alguien que escribe ficción . . . ", debí haber pensado en ese momento.
Algo parecido, con el mismo grado de absurdo, escuché el último domingo en una cancha de básquet de Villa del Parque, cuando, en la final de un campeonato regional de clubes, un hincha del equipo local, señalando una bandera aurinegra, le gritó al bahiense que alentaba con más fanatismo:
–Rajá de acá, andá a ver fútbol . . .
Aunque no supe cómo expresarlo, me sentí desconcertado. "Preguntarle eso a alguien que escribe ficción . . . ", debí haber pensado en ese momento.
Algo parecido, con el mismo grado de absurdo, escuché el último domingo en una cancha de básquet de Villa del Parque, cuando, en la final de un campeonato regional de clubes, un hincha del equipo local, señalando una bandera aurinegra, le gritó al bahiense que alentaba con más fanatismo:
–Rajá de acá, andá a ver fútbol . . .
6 de septiembre de 2005
Manifiesto

El escritor no considera en modo alguno sus trabajos como medios. Son fines en sí. Tan no son un medio para él y para los otros, que sacrifica su propia existencia a la existencia de ellos, cuando es preciso, y, de otra manera, como el predicador religioso, se apega al principio: ¨Obedece a Dios más que a los hombres¨, a los hombres entre los cuales está confinado, con sus necesidades y sus deseos de hombre. Por el contrario, yo quisiera ver a un sastre a quien hubiese ordenado un frac parisién y me trajese una toga romana, bajo el pretexto de que responde mejor a la ley eterna de la belleza. La principal libertad de la vocación literaria consiste en no ser un oficio. El escritor que la rebaja hasta convertirla en un medio material merece, como castigo a esa cautividad interior, la cautividad exterior, cuya existencia es ya su castigo.
Karl Marx (Los debates de la 6° dieta renana, Obras completas)
5 de septiembre de 2005
Socios del pasadizo secreto
Cada vez que oigo hablar de sociedades o asociaciones, recuerdo una pregunta, un tono y una cara.
Un verano, cerca del arroyo, habíamos descubierto un pasadizo por donde, sin tocar ni una rama, podíamos atravesar una pequeña selva hasta llegar a una zona sin vegetación, desconocida hasta ese entonces para nosotros.
A la noche, mientras los nenes más grandes fundábamos la sociedad (S.D.P.S.) y elegíamos a sus autoridades, el padre de una chica muy tímida llegó a buscar a su hija y, al entrar en la pieza y mirándome a mí, demasiado serio, le preguntó a ella:
¿Y vos, Agustina, vos sos socia del pasadizo?
Un verano, cerca del arroyo, habíamos descubierto un pasadizo por donde, sin tocar ni una rama, podíamos atravesar una pequeña selva hasta llegar a una zona sin vegetación, desconocida hasta ese entonces para nosotros.
A la noche, mientras los nenes más grandes fundábamos la sociedad (S.D.P.S.) y elegíamos a sus autoridades, el padre de una chica muy tímida llegó a buscar a su hija y, al entrar en la pieza y mirándome a mí, demasiado serio, le preguntó a ella:
¿Y vos, Agustina, vos sos socia del pasadizo?
31 de agosto de 2005
La revolución es un sueño eterno
H. dice:
Hola
M. dice:
Hola, ¿cómo andás?
H. dice:
Bien, acá, recién llegada de la calle, ¿y vos?
M. dice:
Acá, trabajando … proletario explotado por el sistema capitalista.
H. dice:
Bueno, no te preocupes, ya va a llegar un día en que no va a ser así.
M. dice:
¿Cómo sabés?
H. dice:
Tengo planes.
M. dice:
¿Viables o utópicos?
H. dice:
Viables.
M. dice:
Ok. Los espero.
H. dice:
Bueno, cuento con tu apoyo.
M. dice:
Ah… a primer golpe de vista leí "cuento con tus cuentos". Pero ellos, aunque quisieran, no podrían hacer nada…
Hola
M. dice:
Hola, ¿cómo andás?
H. dice:
Bien, acá, recién llegada de la calle, ¿y vos?
M. dice:
Acá, trabajando … proletario explotado por el sistema capitalista.
H. dice:
Bueno, no te preocupes, ya va a llegar un día en que no va a ser así.
M. dice:
¿Cómo sabés?
H. dice:
Tengo planes.
M. dice:
¿Viables o utópicos?
H. dice:
Viables.
M. dice:
Ok. Los espero.
H. dice:
Bueno, cuento con tu apoyo.
M. dice:
Ah… a primer golpe de vista leí "cuento con tus cuentos". Pero ellos, aunque quisieran, no podrían hacer nada…
24 de agosto de 2005
Diario de viaje (papeles viejos)
5 de enero de 2002
Montevideo, Punta del Diablo.
República Oriental del Uruguay.
19 Y 20 DE DICIEMBRE: SIGAMOS EL EJEMPLO DEL PUEBLO ARGENTINO, es la primera pintada que leo en la 18 de Julio. Ocupa una ochava entera y está firmada por el 26 DE JULIO, MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO FRENTEAMPLISTA.
Llegamos muy temprano a Montevideo y, al ver que el primer bus al departamento de Rocha salía recién a las diez de la mañana, decidimos tomar un taxi hacia otro punto de la ciudad. Dejamos los bolsos en la guardería de la terminal y, media hora después, estamos a punto de desayunar en un bar del Centro.
Es sábado y las calles están casi desiertas. Pedimos ocho mediaslunas, dos para cada uno. El mozo nos mira como si estuviéramos locos, y, al darse cuenta de que somos argentinos, nos aclara:
–Miren que acá las medialunas son así, eh. Y vienen con jamón y queso.
El taxista que nos devuelve a Tres Cruces tiene colgado del espejo retrovisor un muñequito aurinegro; después de preguntarnos cuál es nuestro destino, dice en voz baja como para sí mismo:
–Para el este se van los chiquilines.

El bus nos deja en la ruta junto a otros seis pasajeros, y una combi de la misma empresa nos lleva por un camino lateral hasta Punta del Diablo. El chofer usa anteojos negros y escucha la retransmisión de una FM argentina. M. dice que acabamos de pasar por el camping en que ella estuvo con un grupo de amigas algunos años atrás.
Lo primero que hacemos es mirar el mar. Punta del Diablo es un pueblo de pescadores que se ha ido trazando sin ninguna planificación. Hay ranchos construidos sobre la playa. No hay asfalto y se ven muy pocos árboles. La arena y el agua no tienen nada que ver con los de la costa de la provincia de Buenos Aires. Estar acá es como estar en un pueblo perdido de Brasil pero –gran ventaja– sin brasileros.
Como no encontramos lugares disponibles para cuatro personas y nos resulta muy pesado andar con los bolsos a cuestas por los terrenos irregulares, decidimos alojarnos transitoriamente en un hotel y a la tarde, más descansados, reemprender la búsqueda de alojamiento para el resto de la estadía.
Cuando le preguntamos si es posible alguna rebaja, la conserje del hotel nos dice que nos va a dar la habitación de la que se acaba de ir Jaime Roos.
–Ayer estuvo tocando en la playa –nos dice como zanjando la negociación.
Dejamos los bolsos ahí y vamos a comer a lo que suponemos que es la calle principal. Le preguntamos al mozo por algún lugar donde alojarnos. El mozo es negro y bocudo (más tarde lo bautizaremos "labios de churrasco"), y nos dice, en tono de confesión, que un amigo suyo es dueño de un hospedaje.
–Tienen que repechar dos cuadras, hasta una casa blanca, y ahí doblar veinte metros a la derecha –nos dice el nombre del lugar, y no nos cree cuando le decimos que no lo conocemos.
–Vamos . . . –dice como si lo estuviéramos cargando.
Aunque parecen hechas con carne picada, las milanesas que nos sirven se dejan comer. Tenemos demasiado hambre. La guarnición es ensalada mixta y la bebida es Doble Uruguaya, una cerveza que, como todas las de acá, es más rica y amarga que las argentinas.
Cuando terminamos de comer se nos acerca el tecladista que, acompañado por un guitarrista y una cantante, había estado tocando en el local. Tiene barba, es bastante robusto, y una bandana con arábigos le envuelve la cabeza. Se para junto a la mesa y nos pregunta si nos gustó su música.
–Sí –le decimos a coro.
–Ah, porque los vi entusiasmados –nos dice, y, para no alargar un silencio, Luis le pregunta de dónde es.
–De Gualeguaychú.
–Entre Ríos –completa Luis, y los dos se quedan incómodos, moviendo levemente las cabezas.
En la puerta del bar y en toda la calle principal hay puestos de artesanías atendidos por negros con dreadlocks. No sé si son uruguayos o brasileros, y cuando paso por al lado no los escucho hablar.
Más tarde, después de ir a la playa y mientras recorremos el pueblo, encontramos un complejo de bungalows. Cumbres Azules. Entramos a consultar. Los dueños nos atienden en su comedor. Desde ahí, desde la altura, se ve cómo cambia el color del agua en el mar dependiendo de la lejanía de la costa. La mujer, bastante mayor, nos dice el precio por día, por semana y por quincena. Habla mucho y anota nuestros nombres en un cuaderno de tapas duras y hojas rayadas.
–Anoto todo porque esto es una sociedad anónima –dice muy seria, supongo que para intimidarnos.
En un momento en que su marido (Orlando Araujo, oriundo de Tacuarembó) sube al entrepiso para mostrarle a las chicas cómo son las habitaciones, Rosa nos habla a Luis y a mí sobre las lechuzas que hay al frente de los bungalows. Yo giro la cabeza, vuelvo a mirar hacia el mar, y dejo a Luis poniendo la cara.
Mientras nos toma los datos y le damos nuestras direcciones, Rosa nos cuenta que tiene una hija que también está viviendo en Buenos Aires.
–En Capital, en la calle Charcas, bajo en la General Paz, ando ocho cuadras y ya estoy ahí –cuenta. Yo imagino la avenida con forma de herradura, no me dan las cuentas pero me quedo callado.
Arreglamos los números y los plazos, y quedamos en volver al día siguiente. Estamos contentos y tranquilos. Conseguimos alojamiento y el precio nos resulta relativamente bajo: en Argentina acaba de implementarse la devaluación, pero nosotros, a los dólares que tenemos, los ganamos como pesos.
Volvemos al hotel y hacemos las cuentas del dinero que nos queda. Armamos un pozo para sociabilizar los gastos en común. Decidimos que esta noche M. y yo vamos a dormir en la cama matrimonial, y los chicos, en la que hay en el entrepiso. Sorteamos los turnos para empezar a ducharnos. El ventiluz de la bañadera da a la galería del hotel, y Luis, aunque las chicas no demuestran preocupación, lo cubre con una toalla para que nadie las vea bajo la lluvia.
A las siete de la tarde, Andrea y Luis se tiran a dormir una siesta. M. y yo nos quedamos leyendo (traje unos quince libros en la mochila, y siento que si no los empiezo ahora nunca voy a terminarlos) y haciendo comentarios sobre el lugar.
Más tarde, M. y yo salimos a comer. En el restaurant, frente al hotel, pedimos una cerveza Pilsen y tenemos una confusión cuando queremos elegir una pizza. El mozo, que es mucho más joven e inexperto que el de Montevideo, nos aclara:
–Pizza, es individual. Pizzeta es grande. Puede ser a la pala o al tacho.
Antes de volver al hotel vamos a dar unas vueltas. Caminamos en la oscuridad; el cielo está bastante nublado y en las calles no hay postes de luz. Cada tanto pasa algún auto; todos los que vi hasta ahora tienen patentes uruguayas. Cuando se apaga el motor, sólo escuchamos el canto de los grillos y, un poco más alejado, el ruido del mar.
Montevideo, Punta del Diablo.
República Oriental del Uruguay.
19 Y 20 DE DICIEMBRE: SIGAMOS EL EJEMPLO DEL PUEBLO ARGENTINO, es la primera pintada que leo en la 18 de Julio. Ocupa una ochava entera y está firmada por el 26 DE JULIO, MOVIMIENTO REVOLUCIONARIO FRENTEAMPLISTA.
Llegamos muy temprano a Montevideo y, al ver que el primer bus al departamento de Rocha salía recién a las diez de la mañana, decidimos tomar un taxi hacia otro punto de la ciudad. Dejamos los bolsos en la guardería de la terminal y, media hora después, estamos a punto de desayunar en un bar del Centro.
Es sábado y las calles están casi desiertas. Pedimos ocho mediaslunas, dos para cada uno. El mozo nos mira como si estuviéramos locos, y, al darse cuenta de que somos argentinos, nos aclara:
–Miren que acá las medialunas son así, eh. Y vienen con jamón y queso.
El taxista que nos devuelve a Tres Cruces tiene colgado del espejo retrovisor un muñequito aurinegro; después de preguntarnos cuál es nuestro destino, dice en voz baja como para sí mismo:
–Para el este se van los chiquilines.

El bus nos deja en la ruta junto a otros seis pasajeros, y una combi de la misma empresa nos lleva por un camino lateral hasta Punta del Diablo. El chofer usa anteojos negros y escucha la retransmisión de una FM argentina. M. dice que acabamos de pasar por el camping en que ella estuvo con un grupo de amigas algunos años atrás.
Lo primero que hacemos es mirar el mar. Punta del Diablo es un pueblo de pescadores que se ha ido trazando sin ninguna planificación. Hay ranchos construidos sobre la playa. No hay asfalto y se ven muy pocos árboles. La arena y el agua no tienen nada que ver con los de la costa de la provincia de Buenos Aires. Estar acá es como estar en un pueblo perdido de Brasil pero –gran ventaja– sin brasileros.
Como no encontramos lugares disponibles para cuatro personas y nos resulta muy pesado andar con los bolsos a cuestas por los terrenos irregulares, decidimos alojarnos transitoriamente en un hotel y a la tarde, más descansados, reemprender la búsqueda de alojamiento para el resto de la estadía.
Cuando le preguntamos si es posible alguna rebaja, la conserje del hotel nos dice que nos va a dar la habitación de la que se acaba de ir Jaime Roos.
–Ayer estuvo tocando en la playa –nos dice como zanjando la negociación.
Dejamos los bolsos ahí y vamos a comer a lo que suponemos que es la calle principal. Le preguntamos al mozo por algún lugar donde alojarnos. El mozo es negro y bocudo (más tarde lo bautizaremos "labios de churrasco"), y nos dice, en tono de confesión, que un amigo suyo es dueño de un hospedaje.
–Tienen que repechar dos cuadras, hasta una casa blanca, y ahí doblar veinte metros a la derecha –nos dice el nombre del lugar, y no nos cree cuando le decimos que no lo conocemos.
–Vamos . . . –dice como si lo estuviéramos cargando.
Aunque parecen hechas con carne picada, las milanesas que nos sirven se dejan comer. Tenemos demasiado hambre. La guarnición es ensalada mixta y la bebida es Doble Uruguaya, una cerveza que, como todas las de acá, es más rica y amarga que las argentinas.
Cuando terminamos de comer se nos acerca el tecladista que, acompañado por un guitarrista y una cantante, había estado tocando en el local. Tiene barba, es bastante robusto, y una bandana con arábigos le envuelve la cabeza. Se para junto a la mesa y nos pregunta si nos gustó su música.
–Sí –le decimos a coro.
–Ah, porque los vi entusiasmados –nos dice, y, para no alargar un silencio, Luis le pregunta de dónde es.
–De Gualeguaychú.
–Entre Ríos –completa Luis, y los dos se quedan incómodos, moviendo levemente las cabezas.
En la puerta del bar y en toda la calle principal hay puestos de artesanías atendidos por negros con dreadlocks. No sé si son uruguayos o brasileros, y cuando paso por al lado no los escucho hablar.
Más tarde, después de ir a la playa y mientras recorremos el pueblo, encontramos un complejo de bungalows. Cumbres Azules. Entramos a consultar. Los dueños nos atienden en su comedor. Desde ahí, desde la altura, se ve cómo cambia el color del agua en el mar dependiendo de la lejanía de la costa. La mujer, bastante mayor, nos dice el precio por día, por semana y por quincena. Habla mucho y anota nuestros nombres en un cuaderno de tapas duras y hojas rayadas.
–Anoto todo porque esto es una sociedad anónima –dice muy seria, supongo que para intimidarnos.
En un momento en que su marido (Orlando Araujo, oriundo de Tacuarembó) sube al entrepiso para mostrarle a las chicas cómo son las habitaciones, Rosa nos habla a Luis y a mí sobre las lechuzas que hay al frente de los bungalows. Yo giro la cabeza, vuelvo a mirar hacia el mar, y dejo a Luis poniendo la cara.
Mientras nos toma los datos y le damos nuestras direcciones, Rosa nos cuenta que tiene una hija que también está viviendo en Buenos Aires.
–En Capital, en la calle Charcas, bajo en la General Paz, ando ocho cuadras y ya estoy ahí –cuenta. Yo imagino la avenida con forma de herradura, no me dan las cuentas pero me quedo callado.
Arreglamos los números y los plazos, y quedamos en volver al día siguiente. Estamos contentos y tranquilos. Conseguimos alojamiento y el precio nos resulta relativamente bajo: en Argentina acaba de implementarse la devaluación, pero nosotros, a los dólares que tenemos, los ganamos como pesos.
Volvemos al hotel y hacemos las cuentas del dinero que nos queda. Armamos un pozo para sociabilizar los gastos en común. Decidimos que esta noche M. y yo vamos a dormir en la cama matrimonial, y los chicos, en la que hay en el entrepiso. Sorteamos los turnos para empezar a ducharnos. El ventiluz de la bañadera da a la galería del hotel, y Luis, aunque las chicas no demuestran preocupación, lo cubre con una toalla para que nadie las vea bajo la lluvia.
A las siete de la tarde, Andrea y Luis se tiran a dormir una siesta. M. y yo nos quedamos leyendo (traje unos quince libros en la mochila, y siento que si no los empiezo ahora nunca voy a terminarlos) y haciendo comentarios sobre el lugar.
Más tarde, M. y yo salimos a comer. En el restaurant, frente al hotel, pedimos una cerveza Pilsen y tenemos una confusión cuando queremos elegir una pizza. El mozo, que es mucho más joven e inexperto que el de Montevideo, nos aclara:
–Pizza, es individual. Pizzeta es grande. Puede ser a la pala o al tacho.
Antes de volver al hotel vamos a dar unas vueltas. Caminamos en la oscuridad; el cielo está bastante nublado y en las calles no hay postes de luz. Cada tanto pasa algún auto; todos los que vi hasta ahora tienen patentes uruguayas. Cuando se apaga el motor, sólo escuchamos el canto de los grillos y, un poco más alejado, el ruido del mar.
22 de agosto de 2005
El contacto
El vagón estaba lleno. Rep viajaba en el asiento de enfrente leyendo un Página/12. Cuando se dio cuenta de que yo, desde el otro lado del pasillo, movía la cabeza intentando leer la tira que él había escrito y dibujado el día anterior, cerró el diario y lo puso a un ángulo de noventa grados del suelo para entregarme una mejor visión de la contratapa.
Nos levantamos los dos en la siguiente estación, fuimos codo a codo hacia los molinetes, subimos la escalera, salimos a la calle al mismo tiempo y caminamos juntos hacia la esquina más alejada. En todo el trayecto no nos dedicamos ni una sola mirada de complicidad; el contacto ya se había hecho de manera subterránea.
Nos levantamos los dos en la siguiente estación, fuimos codo a codo hacia los molinetes, subimos la escalera, salimos a la calle al mismo tiempo y caminamos juntos hacia la esquina más alejada. En todo el trayecto no nos dedicamos ni una sola mirada de complicidad; el contacto ya se había hecho de manera subterránea.
17 de agosto de 2005
Vituallas
Hace casi dos meses fui a que me sacaran sangre. Un médico gastroenterólogo necesitaba saber a qué se debía el cuadro de mareos y jaquecas que se me presentaba cada veinte o treinta días. El análisis posterior determinó que no tenía hepatitis ni ninguna enfermedad relacionada con el hígado.
–Además, si tuvieras hepatitis estarías amarillo. Hace poco vino un ponja y no pude darle un diagnóstico –bromeó el doctor.
Como conté acá, y también acá, durante algo más de un año y medio (alrededor de 480 días laborables) atendí un maxi kiosco en una esquina de Villa Urquiza. Calculando que, mientras esperaba a los clientes, escuchaba la radio o tomaba notas en los dorsos de las boletas de compras, consumía aproximadamente cuatro golosinas por jornada (sin contar las que me llevaba a mi casa para el postre de la cena) puedo deducir que en ese lapso de tiempo entraron a mi cuerpo, en forma de barras y de alfajores, unas 1950 vituallas de chocolate. Si a esa cifra le sumo las tazas grandes de café instantáneo, matutinas y vespertinas, que tomaba para despabilarme y acompañar a las mini-tortas, no resulta difícil darse cuenta de dónde provenían los cuadros de malestar.
–¿Sos alcohólico? ¿Escabias mucho?
–Tomo sólo de vez en cuando, o en reuniones sociales.
–¿Morfás lindo?
–Lo normal, supongo.
–¿Le das con más ganas a lo dulce o a lo salado?
–A lo dulce.
–¿El kiosco que tenías se fundió por tu gula?
El doctor, sin más estudios ni análisis, cortó el hilo por lo más delgado.
–Va a ser mejor que no comás chocolate ni tomes café por un tiempo.
El plazo de abstinencia es indefinido. Pueden ser seis meses o veinte años.
–Pedí turno cuando te vuelvas a sentir jodido –me aconsejó, me recetó unas pastillas que facilitan la digestión y me despidió del consultorio con una palmada en el hombro.
Desde entonces, cancelé todo lo que tuviera que ver con el chocolate y con la cafeína: desayuno leche caliente con vainillas y reemplazo el alfajor triple de la media tarde con una golosina de dulce de leche. Al principio pensé que no iba a poder resistir la tentación, pero hasta ahora estoy llevando adelante la abstinencia con bastante dignidad.
El problema de la vauquita es su tamaño: una sola no logra conformar una merienda, y más de una resulta empalagoso. Ayer la pedí en un kiosco nuevo que hay a la vuelta de mi trabajo.
–¿Qué querés, una vaquita, una colecta? Yo también quisiera una.
–Vauquita, esa de cartoncito amarillo, esa que es como una barrita de dulce de leche endurecido . . .
–Ah, vaquerita me querés decir . . .
El kioskero, un muchacho dos o tres años menor que yo, conocía a la golosina por su nombre moderno; era su primera experiencia en el rubro. Desde el fondo del local llegaban las voces de un informativo. Sobre una mesa había biromes, una pila de libros, un cuaderno espiralado, envoltorios de alfajores y boletas de compras.
–Además, si tuvieras hepatitis estarías amarillo. Hace poco vino un ponja y no pude darle un diagnóstico –bromeó el doctor.
Como conté acá, y también acá, durante algo más de un año y medio (alrededor de 480 días laborables) atendí un maxi kiosco en una esquina de Villa Urquiza. Calculando que, mientras esperaba a los clientes, escuchaba la radio o tomaba notas en los dorsos de las boletas de compras, consumía aproximadamente cuatro golosinas por jornada (sin contar las que me llevaba a mi casa para el postre de la cena) puedo deducir que en ese lapso de tiempo entraron a mi cuerpo, en forma de barras y de alfajores, unas 1950 vituallas de chocolate. Si a esa cifra le sumo las tazas grandes de café instantáneo, matutinas y vespertinas, que tomaba para despabilarme y acompañar a las mini-tortas, no resulta difícil darse cuenta de dónde provenían los cuadros de malestar.
–¿Sos alcohólico? ¿Escabias mucho?
–Tomo sólo de vez en cuando, o en reuniones sociales.
–¿Morfás lindo?
–Lo normal, supongo.
–¿Le das con más ganas a lo dulce o a lo salado?
–A lo dulce.
–¿El kiosco que tenías se fundió por tu gula?
El doctor, sin más estudios ni análisis, cortó el hilo por lo más delgado.
–Va a ser mejor que no comás chocolate ni tomes café por un tiempo.
El plazo de abstinencia es indefinido. Pueden ser seis meses o veinte años.
–Pedí turno cuando te vuelvas a sentir jodido –me aconsejó, me recetó unas pastillas que facilitan la digestión y me despidió del consultorio con una palmada en el hombro.
Desde entonces, cancelé todo lo que tuviera que ver con el chocolate y con la cafeína: desayuno leche caliente con vainillas y reemplazo el alfajor triple de la media tarde con una golosina de dulce de leche. Al principio pensé que no iba a poder resistir la tentación, pero hasta ahora estoy llevando adelante la abstinencia con bastante dignidad.
El problema de la vauquita es su tamaño: una sola no logra conformar una merienda, y más de una resulta empalagoso. Ayer la pedí en un kiosco nuevo que hay a la vuelta de mi trabajo.
–¿Qué querés, una vaquita, una colecta? Yo también quisiera una.
–Vauquita, esa de cartoncito amarillo, esa que es como una barrita de dulce de leche endurecido . . .
–Ah, vaquerita me querés decir . . .
El kioskero, un muchacho dos o tres años menor que yo, conocía a la golosina por su nombre moderno; era su primera experiencia en el rubro. Desde el fondo del local llegaban las voces de un informativo. Sobre una mesa había biromes, una pila de libros, un cuaderno espiralado, envoltorios de alfajores y boletas de compras.
15 de agosto de 2005
María del Carril
María del Carril nació en Buenos Aires en 1976. Estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. En 2003, la editorial Libros del Zorzal publicó "Humus", su primer libro.
Clickeando aquí se puede leer El ateísmo de Roni, uno de los quince relatos cortos del volumen que fuera presentado de la siguiente manera por Ana Quiroga: "Hay en estos cuentos una mirada alejada de toda piedad y un humor sutil y descarado (…) Los ojos de María del Carril crean un universo que instala en nosotros una tibia sonrisa, menos duradera que la exquisita inquietud a la que nos conduce".
Con la publicación de este cuestionario, se inaugura lo que se proyecta como la primera sección fija de Unidad Funcional.
1- ¿Cuándo, cómo y por qué empezaste a escribir?
Empecé a escribir de muy chica. Escribía odas a las personas que me rodeaban, que eran grandes elogios barrocos. También escribía poesías de rima consonante, y mis "diarios íntimos".
2- ¿Qué leías en ese entonces y qué lees ahora?
En ese entonces, leía los libros que encontraba en nuestra casa en el campo, libros de aventuras de una colección española. Ahora leo distintas cosas. En este preciso momento, sólo leo a Simone Weil porque estoy preparando mi tesis de licenciatura en filosofía y tengo que resistir la tentación literaria.
3- ¿Lees a escritores de tu generación? ¿A cuáles?
De mi generación, argentinos, he leído a Gervasio Landívar, Ana Agote, Solange Camauër, Pedro Mairal.
4- ¿Cómo accediste a la publicación de tu primer libro?
Octavio Kulesz, de la editorial Libros del Zorzal, me ofreció publicar mis cuentos ahí.
5- ¿Cómo es la génesis de tus textos? ¿Tenés algún método sistemático de trabajo?
La génesis es impredecible. A veces un cuento surge de una palabra, de una sentencia, de un comentario, de una imagen, de una idea, de la variación de una idea, de un título. No tengo un método sistemático, escribo cuando estoy poseída por una idea y ganas de escribir.
6- ¿Escribís diariamente o por períodos? ¿En qué momento del día lo hacés?
Escribo por períodos, a veces de día y a veces de noche.
7- ¿Sirven los talleres literarios? En el caso de que creas que sirvan: ¿para qué?
Sí, creo que sirven. Sirven para que la escritura se convierta en una obligación, para tener lectores, para no ser condescendiente con uno mismo.
8- ¿Planeás una "carrera literaria" a largo plazo, o crees que eso no es del todo compatible con tu proyecto de vida?
No pienso en términos de una "carrera literaria". Siempre me gustó escribir, y voy a seguir escribiendo, a pesar mío.
9- ¿Disfrutás más del momento de la escritura o del de ver el texto terminado?
Disfruto del momento de la escritura, cuando estoy siendo llevada por las palabras, cuando descubro un lugar a donde ir, cuando encuentro las palabras para una idea.
10- ¿Qué consejo recibido (dentro o fuera del ámbito literario) recordás con más frecuencia?
Un consejo de Félix della Paolera: no escribir en los momentos de intensa emoción, sino después.
11- ¿Alguna vez, ante la pregunta "vos qué sos", respondiste "escritora"? ¿Por qué?
Por ahora no. Creo que porque no es un estado permanente, y porque me cuesta un poco definirme en un sustantivo.
12- ¿Por qué te dedicás a la literatura?
Porque me atraen los mundos imaginarios.
Clickeando aquí se puede leer El ateísmo de Roni, uno de los quince relatos cortos del volumen que fuera presentado de la siguiente manera por Ana Quiroga: "Hay en estos cuentos una mirada alejada de toda piedad y un humor sutil y descarado (…) Los ojos de María del Carril crean un universo que instala en nosotros una tibia sonrisa, menos duradera que la exquisita inquietud a la que nos conduce".
Con la publicación de este cuestionario, se inaugura lo que se proyecta como la primera sección fija de Unidad Funcional.
1- ¿Cuándo, cómo y por qué empezaste a escribir?
Empecé a escribir de muy chica. Escribía odas a las personas que me rodeaban, que eran grandes elogios barrocos. También escribía poesías de rima consonante, y mis "diarios íntimos".
2- ¿Qué leías en ese entonces y qué lees ahora?
En ese entonces, leía los libros que encontraba en nuestra casa en el campo, libros de aventuras de una colección española. Ahora leo distintas cosas. En este preciso momento, sólo leo a Simone Weil porque estoy preparando mi tesis de licenciatura en filosofía y tengo que resistir la tentación literaria.
3- ¿Lees a escritores de tu generación? ¿A cuáles?
De mi generación, argentinos, he leído a Gervasio Landívar, Ana Agote, Solange Camauër, Pedro Mairal.
4- ¿Cómo accediste a la publicación de tu primer libro?
Octavio Kulesz, de la editorial Libros del Zorzal, me ofreció publicar mis cuentos ahí.
5- ¿Cómo es la génesis de tus textos? ¿Tenés algún método sistemático de trabajo?
La génesis es impredecible. A veces un cuento surge de una palabra, de una sentencia, de un comentario, de una imagen, de una idea, de la variación de una idea, de un título. No tengo un método sistemático, escribo cuando estoy poseída por una idea y ganas de escribir.
6- ¿Escribís diariamente o por períodos? ¿En qué momento del día lo hacés?
Escribo por períodos, a veces de día y a veces de noche.
7- ¿Sirven los talleres literarios? En el caso de que creas que sirvan: ¿para qué?
Sí, creo que sirven. Sirven para que la escritura se convierta en una obligación, para tener lectores, para no ser condescendiente con uno mismo.
8- ¿Planeás una "carrera literaria" a largo plazo, o crees que eso no es del todo compatible con tu proyecto de vida?
No pienso en términos de una "carrera literaria". Siempre me gustó escribir, y voy a seguir escribiendo, a pesar mío.
9- ¿Disfrutás más del momento de la escritura o del de ver el texto terminado?
Disfruto del momento de la escritura, cuando estoy siendo llevada por las palabras, cuando descubro un lugar a donde ir, cuando encuentro las palabras para una idea.
10- ¿Qué consejo recibido (dentro o fuera del ámbito literario) recordás con más frecuencia?
Un consejo de Félix della Paolera: no escribir en los momentos de intensa emoción, sino después.
11- ¿Alguna vez, ante la pregunta "vos qué sos", respondiste "escritora"? ¿Por qué?
Por ahora no. Creo que porque no es un estado permanente, y porque me cuesta un poco definirme en un sustantivo.
12- ¿Por qué te dedicás a la literatura?
Porque me atraen los mundos imaginarios.
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