22 de septiembre de 2005

Papeles viejos (fragmento de diario)

31 de mayo de 2002

Recién hoy, último día de mayo, volví a ponerme la campera. Cuando metí las manos en los bolsillos saqué un boleto de colectivo y un billete arrugado. El billete era de veinte pesos y el boleto, de un viaje matutino de ocho meses atrás. Esos dos papeles habían viajado por la ciudad, un día lluvioso de primavera, en una camión de mudanzas.

1° de diciembre de 2001. En el camión no entraba ni una mosca. El fletero manejaba sin hablar por Luis María Campos. El peón, un hombre flaco de unos cincuenta años que aparentaba no poder levantar ni una baldosa, se peinaba los pelos que le quedaban y se miraba en el espejo retrovisor. Todos los muebles que transportábamos habían hecho el camino inverso, por esa misma avenida, a principios del año 99.

En la caja, dentro de uno de los bolsillos de la campera, viajaban estos dos papeles: el billete arrugado de veinte pesos y el boleto de colectivo que había sacado, a las 9:45 del 26 de septiembre, de una máquina de un 118.

Años atrás, yo me tomaba esa línea en una parada de la calle Larrea para ir al colegio. Un mediodía, mientras viajaba mirando por la ventanilla y pensando en el examen de matemáticas para el que no había estudiado, tuve un impulso: me levanté, toqué el timbre, bajé, crucé Luis María Campos y tomé un colectivo de la misma línea que, en vez de en Barrancas de Belgrano, me dejaría en Parque Patricios.

Recuerdo que bajé cerca de la cancha de Huracán, pero no tengo registro de lo que hice durante el resto de la tarde. Hoy, nueve años después, cerca de Plaza Italia volví a tomar un 118. Bajé en Barrancas, y en la esquina del edificio que yo había ocupado me crucé con la Cachavacha, una vieja con cara y modales de bruja que siempre se quejaba de mí en las reuniones de consorcio por los ruidos molestos.

Aunque empezó a refrescar y muchos, como yo, volvieron a usar abrigos, algunas personas se entibian al sol en la plaza del medio. Pienso en quedarme ahí, pero, después de meditarlo un rato, me pongo a caminar para el lado de Cabildo. Tocando el filo del billete de veinte dentro de mi bolsillo, pienso en cómo gastar esa plata.

Antes de llegar a Pampa, siento que alguien habla a mis espaldas:

–Amigo, no te sobra una moneda.

Un tipo de unos cuarenta años me pide una moneda. Está vestido con pantalones negros y buzo gris, y parece recién afeitado. Lleva un bolso al hombro y mira con asombro a su alrededor. Yo me quedo observándolo sin decir nada.

–Necesito en serio, veinte centavos nomás, ya junté sesenta desde que salí. Tengo que tomarme algo hasta Tapiales, o cerca de ahí . . . acabo de salir de la cárcel y nadie de mi familia me vino a buscar . . .

7 comentarios:

Pola dijo...

Tal vez otra historia la del tipo, para escribir más de un diario.
Saludos

Anónimo dijo...

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Lina Roca dijo...

le diste los 20 mangos molina? yo me imagino que sí, que sos así de generoso.
pero también que no.

qué cosa.

salus,

lins (AP ;-)

simalme dijo...

Pues debo ser muy ingenua, yo creo que es verdad lo que dice, y que le dió el dinero...O prefiero creerlo.

Anónimo dijo...

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