18 de febrero de 2007
Pogo
Cuando tengo que leer en público no llevo los anteojos: me da vergüenza que me vean con ese armazón tan afeminado. Pero como a casi todos mis texos me los sé de memoria no tengo demasiados problemas: más que leer, recuerdo las palabras mirando sus siluetas borrosas en la hoja.
La cuestión es que ayer a la mañana, en el camino al oculista, escuché en el walkman algunas canciones en vivo de Cienfuegos. A ese casete –que antes de salir había elegido al azar, entre los que tenía más a mano– lo había grabado seis o siete años atrás. El mini recital era parte un programa de Supernova, la FM de Radio Nacional durante la administración aliancista, y me trajo bastantes recuerdos.
Cuando volví a mi casa, pensando en la miopía y el astigmatismo, Melina me preguntó si sabía que a la noche, en el marco de la programación cultural de la administración telermanista, tocaría Cienfuegos en el Planetario. El casete todavía estaba dentro del walkman y no había forma de que ella supiera que lo había estado escuchando. (Digresión: ahora Melina me llama para decirme que al colectivo que la lleva a Ituzaingó, a la altura de la calle Bolivia, subieron diez bolivianos).
A la noche caminé hasta el Planetario. Cienfuegos tocó en el primer turno. Rotman ya no usa dreadlocks hata la cintura –como cuando cantó en Supernova o como cuando yo le hice esta entrevista en el año 2000–: ahora tiene el pelo corto, ensortijado y canoso y, si no fuera por cómo grita y salta sobre el escenario, visto desde lejos parecería un abuelo.
Aunque ya no la viva con la misma intensidad que hace ocho o diez años, extrañaba la atmósfera recitalera: el volumen al taco, la emoción del pogo, las ráfagas de humo, la comunión de las voces. En segundo lugar tocó Pez, y después, como plato fuerte de la noche, Massacre, una banda a la que en los noventa había visto varias veces pero a la que no recordaba tan contundente. Aunque había planeado irme antes, estaba tan entusiasmado que me quedé casi hasta el final. Me alejé del escenario antes de que la multitud empezara a desconcentrarse, y, mientras caminaba por el bosque oyendo a mis espaldas la última canción, sentí que había valido la pena la salida nocturna.
(En un puesto que vendía bebidas y superpanchos había un cartel que rezaba: gaciosa $2 . . . Es bastante graseoso, pensé)
Ellos también estuvieron:
De los rubios
Psycho Power
Nicolás Igarzábal
Colgandoropa
12 de febrero de 2007
6 de febrero de 2007
29 de enero de 2007
"El principio de la tragedia"
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
Por María Eugenia Rombolá
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los patios vacíos?
Oliverio Girondo
Recuerdo que en algún momento el autor de Los estantes vacíos comentó que no puede pensar en una palabra sin pensar al mismo tiempo en cómo se escribe, es decir, en su materialidad gráfica, en su cuerpo más concreto. Pienso que esta obsesión por el cuerpo de las palabras es la condición necesaria para intentar rasgarlas y poder llegar a lo que está detrás (¿a la nada? No se sabe a ciencia cierta, pero sí puede observarse que en este acto radica la exploración del autor). Molina lo sabe, tal vez no sabe que lo sabe, pero lo sabe. Y para los que no lo saben, puede ser una tarea ardua comprender, por ejemplo, la necesidad de construir un personaje como Matías ("El camino del agua") que escucha (y acá vale la pena recalcar que no oye, sino que escucha) palabras sueltas en una conversación telefónica de su hermana, "técnico, tenedor, enganche, comentarios, filamento, volantes, campeonato, forra, camisa, líneas, público, chau". Las palabras no son las cosas, eso todo el mundo lo sabe, pero las palabras sí son cosas y hay quienes lo niegan en virtud de una fidelidad desmedida hacia las formas ya concebidas de los géneros (hay una anécdota que cuenta que una vez Gauguin se encontró con Mallarmé y le dijo algo así: "Tengo un montón de ideas para escribir una novela" y Mallarmé le respondió "Las novelas no se escriben con ideas. Se escriben con palabras").
El cuento
Hay muchas teorías respecto a qué es un cuento, pero vaciemos nuestros estantes de teorías y volvamos a la idea más simple, la que teníamos seguramente cuando empezamos a leer, ¿qué es un cuento, entonces? ¿No es acaso un relato en el que transcurren cosas y muchas veces termina antes de lo que querríamos, pero al mismo tiempo, en su propia constitución está la imposibilidad de que continúe? Es verdad que lo mismo puede decirse de la novela, pero a diferencia del cuento, en ella hay líneas de fuga intermedias que permiten digresiones casi, casi, infinitas. Entonces, el cuento le muestra el final al cuentista. El novelista, en cambio, decide cuando dejar de fugarse y en esta detención aparece el final.
Los personajes
A la hora de relacionarse entre ellos, tienen miedo de incomodarse con preguntas, suponen, consideran que no vale la pena decir todo lo que están pensando. Por otra parte, registran todo: el tiempo, las calles, los carteles, cada detalle de la ciudad son su verdadera compañía. Es que estos detalles dejan de ser cosas para convertirse en palabras-cosa. Los barrios entonces no sólo tienen nombre, sino que además son de colores específicos ("El camino del agua"), tomar un colectivo no sólo implica trasladarse de un lado a otro, sino repetir el trayecto narrado en un libro que se encontró poco tiempo antes en una librería de saldos ("Kilómetro cero"), la puerta de la heladera exhibidora anuncia tormenta ("Polirrubro Ama-Faby"), las calles amanecen inundadas ("El sistema") y en ocasiones se humaniza a los objetos agregándole la preposición "a" cuando son objeto directo: "Después de unos minutos me acerqué a la ventana y me puse a mirar, alternadamente, al paraguayo que vivía al fondo del pasillo (...) y al empapelado violeta de la pieza" ("Kilómetro cero") o "Después de abarcar en un solo paneo a las golosinas, las estanterías despobladas, los envases vacíos (...) se queda mirando el plano de la ciudad que cuelga de una de las paredes" ("Polirrubro Ama-Faby").
Los finales
Si bien cada uno de los quince cuentos de Los estantes... exige su final, éstos últimos, de alguna manera, retumban, delicadamente, como ecos, en los demás cuentos y, por qué no, en la vida misma. Es que en cada conclusión hay una puerta abierta, una invitación a asomarse a un abismo que no se muestra, apenas se anuncia en palabras-cosa, en cosas que hablan, que nos dicen la soledad, la sorpresa, las coincidencias y desencuentros, los malentendidos inevitables, los olvidos evitables, pero necesarios... Podría decirse, entonces, que los cuentos concluyen en el principio de la tragedia. Un modo arriesgado y lúcido de trazar el antagonismo que presenta la vida de los hombres y mujeres en la ciudad contemporánea.
24 de enero de 2007
"...el nene no te lo cobro ..."
Para: Ignacio Molina
Asunto: RE: consulta por cabaña
hola , la cabaña para dos personas el nene no te lo cobro por dia $70 con desyuno totalmente equipadas no se abls de la primera quinsena nose si son 15 dias o para la primera quinsena te hago precio si son mas de 10 dias para las reservas al 0291, xxxxxxx ricardo o noemi
16 de enero de 2007
No es más que un hasta luego
8 de enero de 2007
Nuevos números
*Poesía
- Antidotado
por Carlos Ardohain
- Para un jabalí...
por Eduardo Fariña Poveda
- Arte poética
por Mario Meléndez
*Cuentos
- Verano Marxiano
por Leonardo Saguerela
- Una Mascota
por Moises Sandoval Calderon
- Nerca
por Nicolás García Recoaro
*Reflexiones
- Playa Quemada
por Andrés Tronquoy
- Henry Miller, su mujer y yo
por Verónica Barrionuevo
- Polanski, el perverso
por Hal-900, el computador
- Los estantes vacíos
por Sol Echevarría
- Ando como una antorcha que oye
por Agustín Dellepiane
- Dios y el diablo en la tierra...
por Ezequiel Schmoller
*Fragmentos
- Propiedades de un sillón
por Julio Cortázar
*Laberintos
Lucía Mancilla Prieto
*Novedades
- Festibal de Poesía
por Rodolfo Edwards
- ¿Qué hay de nuevo, viejo?
- Libros recibidos
*Entrevistas
- Andi Nachón
por Sol Echevarría
http://www.no-retornable.com.ar/
http://www.no-retornable.com.ar/
4 de enero de 2007
Ceca
En el número de octubre de Los Asesinos Tímidos (revista dirigida por Eugenia Rombolá y Juan José Burzi) hay una sección dedicada a Los estantes vacíos. La sección se llama ''cara y ceca'' y, tal como su nombre lo sugiere, contiene una reseña positiva y otra negativa sobre un mismo libro. La reseña positiva, que puede leerse consiguiendo la revista, fue escrita por Rombolá. La reseña negativa está firmada por Ariel Bustos, y también puede leerse en este sitio de Internet (la decisión de enviar una misma reseña a dos medios al mismo tiempo es al menos discutible, aunque no es eso lo que me convoca a escribir esto).
Debatir cada una de los puntos de vista que Bustos expone en su texto me resultaría muy largo y tedioso, pero sí creo que no puedo pasar por alto algunos de ellos. Por ejemplo: al final del segundo párrafo se lee una afirmación lapidaria: ''En Molina se produce la muerte de las historias''. Resulta complicado rebatir una frase tan arbitraria, ya que al no existir argumentos válidos a favor de la misma tampoco es posible encontrar argumentos serios para contradecirla. Sólo hace falta saber leer de corrido para darse cuenta de que si algo hay en Los estantes vacíos son historias: historias que le dan vida a cada relato, historias más pequeñas dentro de esas historias, historias por reconstruir, historias que atraviesan o sobrevuelan todo el libro. El hecho de que esas historias no estén organizadas dentro de una estructura clásica no le otorga ninguna autoridad a Bustos para hacer una afirmación tan alejada de la realidad.
Al comienzo del tercer párrafo, el autor de la reseña descubre la pólvora al escribir ''Se trata de un libro poco convencional'' y ''Molina establece una idea personal del cuento''. Pero enseguida fija su posición al respecto al explicar ''para ello suprime dos claves de la definición clásica del cuento: la unidad de efecto y el punto de no retorno'', como si eso y lo antedicho constituyeran una herejía, o una irrespetuosidad imperdonable hacia las formas tradicionales del género. Y enseguida, cuando escribe ''Eliminada la arquitectura de la narración sólo le queda….'', vuelvo a preguntarme qué libro estuvo leyendo, o qué parámetros habrá utilizado para leerlo. ¿No hay arquitectura narrativa, acaso, en cuentos como Espirales, o Los estantes vacíos, o El camino del agua? ¿No es la arquitectura narrativa la que permite ensamblar varias series de relatos entre sí? ¿Cómo se sostiene sin arquitectura un libro en el que, supuestamente, el énfasis no está puesto sobre la trama?
Después de los puntos suspensivos, la última frase citada continúa: ''. . . sólo le queda al autor reciclar cuestiones formales, como los ciclos que forman distintos cuentos que comparten los mismos personajes, recurso que Liliana Heker escribió hace treinta años''. Y al leer eso no puedo más que reírme. ¿Cómo, en el mismo párrafo en el que me ''acusa'' de narrador poco ortodoxo, puede llegar al colmo de acusarme de plagiar un recurso de uno de los paradigmas de la ortodoxia cuentística argentina? Me quedo sin palabras ante eso. O podría decir ''sí, che, la verdad que me maté leyendo a Heker para robarle alguna idea'', pero sería una ironía sin gracia.
Como escribí antes, no es mi intención discutir cada una de las líneas de la reseña. Por eso voy directamente a la última y, sin dudas, más ligera e inadmisible afirmación: ''(los personajes) terminan por no conmover al lector'' ¿Cómo hizo el autor de la reseña para llegar a esa conclusión? ¿Hizo una encuesta entre todos los lectores del libro? ¿O se referirá a él mismo como un lector promedio o como EL lector? Por suerte, gracias al (modesto o no) recorrido que pudo hacer el libro entre lectores más o menos calificados, sé que no es ése el promedio. Si así fuera, más que sombrío sería el panorama.
31 de diciembre de 2006
¡Que año, Chuchu!

Hace justo un año, a la mañana del 31 de diciembre de 2005, me enteré de que Melina estaba embarazada. Lo que en ese momento nos pareció que no podía ser real, se fue confirmando y reconfirmando con los evatest de los primeros días de enero. Desde aquella fecha hasta hoy, lo que tenía el tamaño de una cabeza de alfiler no paró de crecer, dentro y fuera de la panza, hasta convertirse en una persona de más de siete kilos y sesenta centímetros, un bebé que ya nos reconoce y nos mira a los ojos, se esfuerza para reírse y balbucea en su extraña lengua palabras inventadas.
En el medio (además de varias cosas que no viene al caso publicar en el blog) cumplí treinta años y fui haciéndome a la idea de que algún día voy a ser viejo; hice nuevos amigos y conocidos y afiancé vínculos anteriores; publiqué un libro, generé lectores y pude seguir leyendo y escribiendo; trabajé para parar la olla en mi casa y dormí pocas horas por día; aprendí a ser padre, a ceder espacios y a no pensar sólo en mí; aprendí a cambiar pañales y a hacer la mamadera, a sentir una forma nueva e indescriptible de emoción, y a no hacerme mala sangre por cosas que en realidad no tienen importancia.
Feliz año nuevo para todos.
28 de diciembre de 2006
25 de diciembre de 2006
Cúparo, reseñero
La literatura de Ignacio Molina podría venir a llenar ese espacio. Su libro, Los estantes vacíos, contiene 15 crónicas (en realidad, cuentos) de lo cotidiano.
( . . . )
La alienación, la desidia y la soledad (aunque él no las mencione, ya que sus narradores siempre buscan la objetividad; son testigos fieles y no jueces ni fiscales), sí aparecen contadas en Los estantes . . .
( . . . )
21 de diciembre de 2006
El lector
–Te llamo para contarte algo que no vas a poder creer –me dice un rato después, por encima del ruido ambiente y de la fritura del celular.
–A ver, decime.
–En el colectivo, en el asiento de adelante, viaja un pibe leyendo . . . Los estantes vacíos . . .
–Nooo –le digo yo, tras un par de segundos de silencio, sintiendo que es mucho más probable ganar la lotería que encontrar, en una ciudad de once millones de transeúntes, a alguno de los lectores de mi libro.
–En serio, no te voy a mentir. . .
Después de cortar y de marcar su número –para que no se le agote el crédito del celular–, le pido a Melina que le pase el teléfono al pibe.
–Estás loco, cómo voy a hacer eso . . .
–Dale, está buenísimo . . . Sabés lo que debe ser ir en un bondi lleno concentrado en un libro y que de pronto, como de la nada, se te aparezca la voz del autor . . .
–Pero estás loco. ¿Qué vas a hacer . . . le vas a corregir la página que está leyendo, se la vas a recitar de memoria?
–Dale, pasámelo . . .
–Pero va a pensar que es una joda, o un truco para robarle . . .
–Nada que ver . . . se va a volver loco. Podría ser parte de un cuento, dos personajes que se conocen así . . .
–Bueno, perá . . . Ahora está levantando la mirada del libro y preguntando dónde queda Plaza Francia . . . Me parece que es extranjero . . .
–Bueno, pasámelo antes de que se baje . . .
19 de diciembre de 2006
Work in progress
Haciendo rebotar contra la pared
las ondas del control remoto
el encargado del bar sintoniza
el canal que yo pongo en mi casa
para enterarme del clima.
Son las ocho de la mañana,
hay diecisiete grados
y cuarenta por ciento de humedad.
Aunque el volumen está bajo
no me cuesta darme cuenta
de que la mayoría de los titulares
que pasan por la pantalla
coinciden con los del diario
que estuve leyendo
mientras tomaba un café.
En la mesa a mis espaldas
se sientan dos chicas
que no dejan de hablar.
Por lo que dicen y sus voces
calculo que juntas no suman
más de cincuenta años
que una de ellas es bastante
más linda que la otra
y que están despiertas
desde la noche anterior.
Podría darme vuelta para
confirmar esas impresiones
pero tal vez para seguir
ejercitando la imaginación
o para no decepcionarme
decido hacer el esfuerzo
de seguir pensándolas así.
En otra mesa hay un hombre
que mientras habla de números
por su teléfono celular
tipea a toda velocidad
en una computadora portátil
como si estuviera haciendo
una versión taquigráfica
de su propia conversación.
Debe tener mi edad
pero el saco, la corbata
el peinado a la gomina
y la forma de hablar
lo hacen parecer
varios años mayor.
(…)
14 de diciembre de 2006
13 de diciembre de 2006
12 de diciembre de 2006
La ficha censurada
Por Federico Levín
IGNACIO MOLINA
¿Quién es?
Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó el libro de cuentos Los estantes vacíos (2006). Administra el blog unidadfuncional.blogspot.com
Es bahiense y tiene treinta, ¿lo conoce a Ginóbili?
Por supuesto. Hasta jugó un partido contra él. Pero eso no viene al caso.
¿Salieron un par de reseñas de su libro, este año?
Por todos lados. Sorpresivamente Los estantes vacíos, un libro de cuentos de un autor hasta entonces inédito, tuvo una presencia llamativa en diarios, revistas e Internet en general.
¿Cómo escribe?
Tanto en el libro como en su blog (en el caso de Molina el blog es un pilar de su escritura) se ve su estilo personal, reconocible: una mirada profunda sobre la realidad, una atención casi enfermiza a los detalles y una ternura extrañada ante las cosas del humano. Para todo esto, le queda muy bien el formato del texto breve. Así lo piensa él: “No soy un militante acérrimo a favor del género, pero creo que un buen cuento contiene una tensión narrativa difícil de alcanzar en una novela. De todas maneras, muchos de mis relatos no obedecen a la estructura del cuento tradicional, son más bien como novelas en miniatura, o novelas llevadas a su mínima expresión”.
Tiene un ritmo cansino, en el que parece que no va a pasar nada, pero se siente que algo esconde. Las tramas son sutiles y no tienen golpes de efecto; no intenta llamarte la atención de entrada ni agarrarte para que no te vayas, lo que hace que algunos crean que a los personajes de Molina 'nunca les pasa nada'. Error. Molina pinta amablemente unos cuadros, un poco intrigantes, un poco cómicos, y te pide que te quedes si tenés ganas. A los personajes les pasan muchas cosas, pero él no va a andar diciéndolo a la vista de todos.
¿Y los cuentos del libro?
Los cuentos de Los estantes vacíos suceden Buenos Aires. Los personajes se mueven por la ciudad, se pierden, se buscan, se cruzan entre ellos y siguen sin conocerse, como si la misma Buenos Aires los moviera con sus manitos transparentes. Son casi todos jóvenes, todos son captados realizando pequeñas acciones, nunca nada trascendente: parecen poco importantes hasta para ellos mismos, y siempre un poco incómodos, como vestidos con trajes demasiado apretados. Una sensación que a cualquiera podría sonarle conocida.
Eso es lo impresionante del libro debut de Molina: cómo de a poco, mientras uno lee sintiendo pena por esos personajes, ellos se van haciendo cada vez menos visibles, menos importantes, y más parecidos al lector.
Para leer escuchando: Flopa Manza Minimal
Y bebiendo: Gin Tonic
11 de diciembre de 2006
8 de diciembre de 2006
Ayer y hoy
Al escuchar eso el pibe me señaló, como preguntándole a los demás si estaban hablando de mí, y, después de mirarme largos segundos con un gesto de incredulidad, dijo muy serio:
–Le faltan unos dieciséis liftings, para ser Dolina.
*
Hoy estaré acá:
5 de diciembre de 2006
Conclusiones post-lectura
Molina:
Algunas conclusiones después de leer Los estantes vacíos:
1. Los amigos de Molina no tienen sobrenombre. Son "Fabián" o "Esteban" o "Santiago". Y listo.
2. Molina vive en un departamento, probablemente en planta baja.
3. A Molina le copa establecer asociaciones conceptuales agudas y particulares, aunque arbitrarias y sin objeto.
4. A Molina le copó mal "Amores perros".
5. Molina tiene varios amigos separados y algunos separados y con hijos.
6. Molina posee una mente lúcida y alerta que permanentemente genera contenidos ingeniosos y originales sin ningún tipo de aplicación práctica.
7. Molina viaja, principalmente, en bondi. A veces en taxi y, por ahí (si va a provincia), en tren.
8. Entre los veinte y treinta años Molina dedicó mucho tiempo a:
- buscar trabajo
- buscar departamento
9. A diferencia de tipos como Henry Ford, los contenidos que se generan en lamente de Molina están destinados a terminar allí (o en un cuento, que es más o menos lo mismo).
10. El edificio en el que vive Molina tiene pozo de aire y luz. Le copa bastante escuchar los ruidos y conversaciones que llegan.
11. Ergo, Molina nunca va a ser rico.
4 de diciembre de 2006
Domingo
–Dejá, mami, no te gastés –le dice–, no te das cuenta que son ortivas, que son amargos . . . No dejan a los chicos disfrutar . . .
Yo salgo de la pileta chorreando agua, controlo que el bebé esté cubierto de sombras y me tiro al sol a seguir la discusión. Cerca del mediodía, cuando las demás familias se van, me siento a hojear el diario en la reposera. La pileta, me digo –como si estuviera analizando una noticia o una columna de opinión–, siempre es fuente de conflictos entre aquellos que, de una u otra manera, creen que les pertenece con exclusividad. Familias de clase media (profesionales, pequeños empresarios, comerciantes o empleados con sueldos bastante más altos que el mío) que hacen uso arbitrario de, en algunos casos, o cuidan con extremo celo, en otros, ese lujo clorizado y enlajado que, deben suponer muchos, les otorga algo más que alivio pasajero ante el calor de la ciudad.
A la noche me empiezan a arder los hombros. Sólo al sacarme la remera me doy cuenta de que tengo el pecho rojo. Por la televisión pasan las últimas imágenes del concierto de una orquesta sinfónica en el Monumento a los Españoles. Por la ventana puedo ver los fuegos artificiales en la pantalla reflejada por el vidrio, y, en simultáneo, esos mismos fuegos coloreando el horizonte.
29 de noviembre de 2006
28 de noviembre de 2006
Continuidad de los kioscos
From: Mairal
To: Molina
anoche antes de dormirme pensé: "continuidad de los kioscos" y dije me tengo que acordar de maileárselo a molina mañana. un cuento donde un tipo se mete en los kioscos y cuando se distrae sale en otro kiosco, uno de olivos o de hurlingham, y está a las puteadas porque siempre está viajando en bondi, volviendo de kioscos en la loma del orto. cuando se distrae mirando los alfajores, y se cuelga entre las marcas, o busca en la heladera el sabor de gatorade que le gusta, se da vuelta y el kiosquero es otro, y piensa "otra vez carajo". la mujer no le cree nada. nadie le cree.
From: Molina
To: Mairal
Excelente! . . . Pobre tipo, a la tarde le dice a la mujer que va a la esquina a comprar puchos y vuelve del conurbano a las cinco de la mañana, después de esperar el tren cagado de frío. Cada vez que va al kiosco se lleva la Filcar, porque al principio aparecía en San Fernando o Laferrere y no tenía idea de cómo volver. Además, ya había gastado la plata en el kiosco y no le alcanzaban las monedas para el bondi. Así fue conociendo todos los barrios. A veces sale de un kiosco y le da vergüenza preguntar qué barrio es ese, entonces camina hasta encontrar alguna calle conocida. O sale puteando y busca otro kiosco con la esperanza de meterse y salir de casualidad en su barrio, pero no, aparece más lejos todavía: en Aldo Bonzi o González Catán. Obvio que la mujer no le cree y lo echa de la casa, y del laburo también lo echan porque siempre llega tarde, o sale a comprar un pebete a la hora del almuerzo y no vuelve nunca. Pero el tipo se fanatiza tanto con los kioscos, las heladeras exhibidoras, los colores de los envoltorios, las carameleras escalonadas, que no puede evitar seguir entrando. Es como una adicción, es kioscómano . . .
26 de noviembre de 2006
Presentación
23 de noviembre de 2006
Apuntes para una crónica
En el subte, en el asiento de enfrente, viaja un pibe con un corte beatle. Sobre la falda lleva una mochila negra, y, dentro de la mochila, un gato del mismo color asoma la cabeza. El gato tiene la cabeza gigante y la cara achatada. El pibe le acaricia el pelo mientras escucha música en auriculares enormes.
*
Un espacio de arte, ¿una fábrica abandonada? en Chacabuco al 500. En la Filcar veo un atajo: saliendo frente al Cabildo y caminando por Diagonal Sur ahorro dos cuadras. En Plaza de Mayo hay un show musical; algo al respecto me pareció ver en Telenoche, pero no pude prestarle atención.
*
Llego tarde, después de las ponencias. Catorce actrices en bikini de los ¿años 50 o 60? leen fragmentos de las cartas para sí mismas o para el público que se les acerca. Saludo a los editores y busco a los que me prometieron su presencia. En la barra hay cervezas y vasos de papel. Raúl Puig escucha palabras de su hermano en voz de una actriz.
*
Hay frases que, dichas en determinado contexto, pueden cambiarme el humor instantáneamente. Me presentan a alguien y, cuando parece que la conversación empieza a tejerse, el presentado me dice:
–Che, sos alto –como si estuviera descubriendo el mundo con su observación.
*
Con JM, flamante padre ¿secundizo?, hablamos un minuto sobre la paternidad: kilaje, centimetraje, horas de sueño, frecuencia de alimentación.
*
En concepto de gentileza, las actrices pueden llevarse un libro del catálogo. Una me dice ''yo leo'', y le recomiendo ''ése, el de tapa verde inglés''. ''El de Molina'', me dice ella, como si conociera de nombre al autor, pero después de mirar la foto de la solapa, y empujada por el título, la extensión y el género de la autora, termina eligiendo ¿Vos me querés a mí?
*
Hacia el meeting en lo de Gonzalo, voy en auto con Valeria, Romina, xxx y Ana, mi compañera del secundario. En el viaje, mientras meto algún bocadillo, pienso sin darme cuenta en el subte. La línea D va de (el edificio del) Cabildo a (la avenida) Cabildo. Da para la confusión de los turistas, me digo, al tiempo que me reprocho que, muchas veces, pensamientos ridículos y sin objeto como ése no me permiten entrar en una conversación.
*
Precisión en el pedido: tres docenas y media de empanadas. No entiendo cómo alguien puede pretender una docena de pollo (contenido mendrugoso de dudosa procedencia) pero no me atrevo a insistir. Mientras hablo con Ana de lo que cada uno sabe de nuestros ex compañeros, en la sala de ensayo los demás tocan los instrumentos con la torpeza de alumnos de segundo grado en una clase de música.
*
Se habla de la presentación de la novela de Iosi, y me inquietan diferentes puntos de vista sobre la mía. ''Gente que escribe libros'', dice xxx, y se pregunta ''¿cómo se escribe un libro?''. ''¿Para qué? más bien, sería la pregunta'', escucho que le responden.
*
Por la vereda, mientras la despedida, pasa una chica hablando por teléfono. ''¿Y te robaron a vos, pero no te hicieron nada?'', pregunta preocupada. Dentro de un auto estacionado hay un chico que también habla por celular, y durante un segundo estoy seguro de que, sin saber que están a metros de distancia, hablan entre ellos (pre-pre – seg-seg).
*
En Honduras espero un 39 que nunca va a pasar. Calculando lo que puede salirme un taxi por un viaje de veinte cuadras, estiro un brazo al ver una luz roja. Al enterarse de mi destino, el taxista dice ''pasamos por Honduras y la vía, donde a las chicas se les cae la bombacha'', pero enseguida se mesura ante mi escaso entusiasmo.
*
Entro intentando no hacer ruido. Me lavo los dientes con fuerza, me baño para sacarme el olor a humo. Entre dormido, en el silencio de la noche, oigo una conversación que llega hasta el cuarto piso y atraviesa las hendijas de la persiana:
–¿Un puterío, maestro, un lugar para ponerla?
–Doblá en la esquina, seguí unas cuadras . . .
Y después el ruido del motor que se apaga de a poco.
21 de noviembre de 2006
Presentación
Presentan el libro: Ariel Schettini y Graciela GoldchlukPerformance/ Dirección artística: Matías Umpierrez
Asiente de dirección: Macarena Albalustri
Vestuario/ Peinado/ Maquillaje: Catalina Rautenberg
Actrices Invitadas: María Marull, Eugenia Capizzano, Maru Sussini, Karina Roldan, Felicitas Luna, Delia Folgueira, Eugenia Mercante, Macarena
Albalustri, Susana Tale, Paula Pichersky, Carolina Martin Ferro, Paula Travnik, Alejandra Maidana.
20 de noviembre de 2006
"Exaltación de lo cotidiano"
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Editorial Entropía
Buenos Aires, 2006. 192 páginas.
Por Gloria Nozal
Ignacio Molina construye en este libro de sugerente título un escenario propio, que tal vez sea el de muchos; el de una vida en Buenos Aires, la de amigos y compañeros. Privilegiando los simples hechos cotidianos, lo que daría sólo sustento para otros y en él es leit motiv, único tema central: levantarse, desayunar, hacer una compra, tomar un colectivo y que cada cosa común se torne por el arte de su reiteración, su moroso deambular por y ello y nada más, en argumento, nudo, y diálogos, así como también descripciones, las que convergen en ese mismo universo sin crescendos ni desenlaces insólitos y que constituyen trama, fondo.
Ese insistente andar de cada día, sin suspenso, sin reflexiones, donde los seres parecen entregados al sino monocorde demarcado por quién sabe qué, como una suerte de marionetas, va creando un estilo particularmente distinto. Deliberadamente ostentosa, la valorización de lo común, de una simpleza sin planes expresados, sin pensamientos o monólogo interior, con sólo diálogos que también constituyen meros hechos diarios, va creando una personalidad despojada, monótona.
Los personajes son jóvenes en sus estudios, trabajos, comidas, y los diálogos están dados por lo inmediato de sus movimientos: "El jueves a la noche, desde el umbral de su cocina, Gonzalo le mostró a Nahuel una botella de vino y le preguntó si en su departamento no tenía un sacacorchos. –No sé. Pero sino podés mandarlo para abajo con alguna . . . –Che, vago –lo retó Camila palmeándole la espalda–. Andá, yo vi que tenés en los cajones. "De la página 163: "Un atardecer, al salir de la biblioteca, me puse a leer el folleto publicitario de unas jornadas literarias sobre narrativa argentina que, después de obtener mi permiso, un estudiante universitario había pegado en la cartelera de la entrada." Deducimos de estas meras acotaciones, formación, estudios, lo que constituye apenas un detalle orientador, casi dado por descuido del protagonista. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de los escritores, voluntariamente apartado de todo asunto intelectual, Molina retoma el universo de su derrotero de hechos simples, de una chatura que no puede menos que caer dolorosa y que en él es oficio consolidado, que enarbola como sello distintivo.
Sin duda, Los estantes vacíos es una depurada muestra del estilo notable y vigoroso de este escritor que, pintando su universo juvenil, logra su objetivo, el que para nosotros sería aciago si fuera algo más que una realidad retratada por la literatura. Si fuera la vida real de los jóvenes de ahora. Sin signos que apunten a algo intelectual y espiritual, y a la vez tan natural que no se puede dudar de su realismo. Sólo la música, mencionado en ocasiones, emerge como algo más trascendente o conmovedor.
Por lo distinto, por el destacado manejo de la simpleza de las cosas, que lo hace asemejarse a algunos clásicos rusos, Ignacio Molina ha creado una obra de relieve, que aparece en el movimiento actual con un sello particular de búsqueda, de intención de mostrar la realidad sin eufemismos, valorizando así de paso cada acto humano, sin que sencillez o banalidad aparente lo distraigan de su camino, el de la vida y sus actitudes insertas en la rutina de una gran ciudad.
Surge de esto una especie de estilo, por así llamarlo, que siendo literario se aparta de lo común, haciendo destacable lo mínimo, llamando la atención sobre las formas de las cosas más que sobre las cosas. Más lo visible y palpable que los sentimientos, decisiones, pensamientos; todo lo que constituye la superficie de las cosas más que su canal conductor.
En este mundo del autor los seres no parecen pensar, sino que son llevados a cumplir sus ocupaciones sin cuestionamientos y toda otra motivación que anime y vivifique sus desplazamientos y actitudes, parece voluntariamente apartada, como si la misma gran ciudad se encargara un poco de deshumanizar a sus criaturas, llevándolas una y otra vez a los mismos encuentros en una suerte de danza ritual, donde seguramente el hondo significado de los hechos quedará oculto, inadvertido.
16 de noviembre de 2006
15 de noviembre de 2006
Leen los cinco

13 de noviembre de 2006
Aquiles
Estábamos sentados a la sombra en el fondo de su casa en Avellaneda, haciendo la digestión de los tallarines domingueros. Hasta esa zona –pujante hasta el comienzo de la tiranía militar– habíamos llegado con Melina y con el bebé para que lo conocieran sus tío-abuelos lejanos.
Un rato más tarde, cuando volví de hacer dormir a Fausto en la habitación más fresca y silenciosa de la casa, Ovidio me sirvió otro vaso de vino y esperó a que se hiciera un silencio en la conversación para gritar:
–¡Oviedo!
–¿Qué decís? –preguntó su mujer.
–Oviedo, se llama el que jugaba en Olimpo –dijo ya un poco más tranquilo, y con la mirada me preguntó si lo ubicaba.
–Claro que lo conozco. Bah, si estamos hablando del mismo, lo conozco. Es un histórico, jugó toda la década del ochenta, en los torneos regionales y en el Nacional B . . .
Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila, podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona. Mirando las figuras que las sombras y el sol dibujaban en el patio de tierra, y fingiendo prestarle atención al transcurso de la charla, me quedé varios minutos callado intentando recordar.
Con la tarde ya avanzada escuché cómo Fausto se despertaba llorando, y, mientras caminaba hacia el interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: "Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo . . . ", y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
–¡Alfredo Aquiles! –dije a los gritos, sin temor al ridículo, cuando volvimos al fondo.
–¡Seguro, Aquiles se llamaba el padre! –gritó Ovidio señalándome con un dedo, y yo, tal vez por la coincidencia, por la nostalgia del recuerdo, por el sopor que me habían dado el calor y el vino, o por la risa que me devolvía Fausto en ese momento, no pude evitar emocionarme.
7 de noviembre de 2006
La ley de alquileres
Había tenido una vida fácil porque sus ambiciones y sus gustos no llegaban a sobrepasar exageradamente sus posibilidades. Ganaba un sueldo mediano en una compañía exportadora y su mujer otro mucho más modesto en una escuela del Estado. Con eso vivían, iban al cine, compraban sus ropas a crédito y, cada dos años, veraneaban quince días en Mar del Plata. Con eso y algo más: la Ley de Alquileres. Porque la relativa holganza de sus vidas la debían a una buena salud de la pareja (¡los remedios salen una fortuna!) y al risible alquiler que pagaban por el departamento.(. . .)
Le gustaba invitar amigos a su casa. Tenía espacio de sobra. Podían jugar al “póker” en el living mientras las mujeres chismorreaban en el “cuarto de vestir” (un segundo dormitorio destinado al hijo que nunca llegó). Y podían seguir jugando mientras las mujeres ponían la mesa porque el living era enorme, tan enorme que los amigos siempre repetían una misma pregunta asombrada:
-Pero, ¿cuánto pagás por todo esto?
Y entonces, con una satisfacción casi sexual, él respondía:
-¡Caéte! ¡Cien pesos!
(Fragmentos del cuento "La ley de alquileres", escrito por Enrique Wernicke en la década del cincuenta. El relato completo, acá)
6 de noviembre de 2006
"Una realidad enrarecida"
Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Silvana Angelicchio
Definir el género, hacer un resumen del argumento o perfilar la temática de Los estantes vacíos puede resultar un ejercicio tan elusivo como su propia lectura. Sin embargo, esto no es una objeción sino un halago, ya que la sensación de no hacer pie que proviene de los quince relatos que lo conforman resulta estimulante y atrapa al lector en su realidad enrarecida (...)
(la reseña completa, acá)
3 de noviembre de 2006
Naranjas
–¿Pocos faroles?
–Sí. No van a alcanzar para colgarlos a todos.
Los que hablaban eran dos jubilados que, por la forma en se miraban, supuse que se acababan de conocer. Aunque tomé la conversación empezada, supe que estaban hablando de "los políticos corruptos" o de algo por el estilo. Ninguna de las seis o siete personas que se enfilaban tras la caja terció en la charla. Si estuviéramos en el verano de hace cuatro años (en el "ardiente verano post-argentinazo", como escriben los periodistas al referirse a los comienzos del 2002), pensé, hasta yo mismo podría haber hecho alguna acotación.
Desde hace algunos meses, cuando el supermercado chino cambió de dueño –siempre manteniendo el gentilicio– se notan algunas mejoras: nueva iluminación, mayor limpieza, góndolas más amplias. De todos modos, no pasan demasiados días sin que pueda verse alguna cucaracha en la zona del pan o de los embutidos.
Las cajeras ahora usan pecheras que tienen estampado bien visible el logo del comercio, y tengo la impresión de que una de ellas, la única oriental, es la hija del dueño; siempre estoy a punto de preguntárselo, pero me arrepiento al pensar que me voy a meter en problemas.
Otro cambio implementado por la nueva administración incumbe a los rubros de carnicería y verdulería; ahora el importe de lo que se compra en esas secciones se paga directamente ahí. Antes, mediante un simple sistema de vales, se unificaban las cajas.
El verdulero tiene alrededor de treinta y cinco años y es hincha fanático de River. A las mujeres mayores las trata de "nona" o de "abuela", y a ciertas jóvenes de "mami". Hasta el verano, cuando las normas del local en cuanto a la estética eran menos rígidas, tenía decorado su sector con pósters y banderines rojiblancos. Los lunes, invariablemente, los pasa comentando los partidos con el carnicero de turno y analizando las estadísticas de la fecha con el diario deportivo abierto sobre la balanza.
A mí, tal vez por verme hacer las compras casi todas las mañanas, me tiene catalogado como "el cocinero" de mi casa. Siempre me pregunta, con un poco de sorna, qué plato exótico tengo pensado, y yo otorgo en silencio levantando las cejas.
Ayer a la mañana, cuando le pedí un kilo de naranjas, me preguntó:
–Para comer o para jugo –y después, mientras se inclinaba sobre el cajón que yo le había indicado, reflexionó en voz alta: –Para comer o para jugo, qué boludez, Díos mío…
A lado mío había una "nona" que, tal vez por estar un poco sorda, no amagó ni a un rictus de sonrisa. Unos metros más allá, acodado en un pequeño mostrador, el presunto padre de la cajera acababa de levantar un pedido y, fiel a su costumbre, despedía al corredor con malos modales.
–Qué se le va hacer . . . para comer o para jugo . . . es la costumbre –me dijo el verdulero, colorado por la risa, mientras miraba cómo se modificaban los números verdes en la pantalla digital de la balanza.
1 de noviembre de 2006
Seguridad para con uno mismo
Hoy Fausto cumple dos meses. A las cinco menos diez, hora casi exacta de su nacimiento, se despertó chillando y, en su particular modo de festejo, se puso a gritar con los ojos bien abiertos.
Desde el fin de semana pasado vengo escuchando Los Pájaros. Esa tarde caminamos con el bebé hasta el parque de Dorrego y Corrientes. En esas doce o quince cuadras soleadas pisamos tres o cuatro barrios: Palermo Viejo, Colegiales, Chacarita. El dudoso, teniendo en cuenta la distancia con la cancha de Atlanta, es Villa Crespo.
Más de la mitad del puesto de cedés grabados estaba ocupado por bandas de cumbia. Comiendo choripanes, a pocos metros de ahí, había un grupo de músicos que había bajado de una combi. Todos tenía el pelo largo y lacio y un traje blanco hasta debajo de las rodillas.
Como el perímetro del césped estaba enrejado y no conseguimos un lugar dónde sentarnos, volvimos después de hacer esa compra y de tomar un helado de palito. Pasamos por el super mercado y nos tiramos al sol unos minutos en la plaza Mafalda.
Pero de mi auto estima había planeado escribir en el post de hoy, en vez de tomar estas notas de diario. Ni pensaba decir que Los pájaros es menos ornamentado y tiene un sonido menos pop que los discos anteriores. El sábado o domingo, cuando volvimos a casa y prendimos el televisor, vimos cantar, en un programa de bailanta, al pelilargo que, en el parque, había pedido chimichurri.
31 de octubre de 2006
Entropía se baja del Donayo-gate
To: Gonzalo Castro, VC, SMD, JMN
Subject: donayo??
Quién es David Donayo? Vende los libros de ustedes? Los vende a 86 euros? (creo que en este caso un abogado habilidoso haría un gran trabajo)
From: Gonzalo Castro
To: Ignacio Molina, JMN, SMD, VC
Subject: Re: donayo??
Lo de Donayo es un misterio que hemos tratado varias veces en nuestro blog. Alguna vez intentamos algo, pero no dio resultado. Ahora ya nos encariñamos con Deivid. (¿Donde decía 86 euros?)
29 de octubre de 2006
¿Quién es David Donayo?
Acheter neuf: EUR 86,56 Habituellement expédié sous 12 à 14 jours
Neuf et d'occasion à partir de EUR 28,90
Hoy, junto a la tapa se lee:
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Clickeando acá, las pruebas del descaro.
Se dice que los abogados de Entropía ya están trabajando en el caso.
26 de octubre de 2006
25 de octubre de 2006
Arte menor
Era un mensaje de Marina, la hermana de Martín: el comment número doce del post dedicado a Fausto. En ese mismo segundo, la conductora del evento anunciaba a la ganadora de la primera mención. Al girar la cabeza vi a un hombre de mi edad y a una chica subir al escenario, y, cuando volví la mirada hacia la computadora, escuché que ella decía algo así: '' . . . y dedicado también a Martín Llambí, su otro hijo, que la ayudó a corregir la novela . . . ''. La voz que había hablado era la de Marina, me di cuenta enseguida, y entonces me pregunté si su mail había llegado con retraso o si la transmisión de la ceremonia era en diferido.
Por pensar en esa cadena de casualidades no retuve el nombre de la ganadora del premio, una chica de 35 años de Villa Ballester. Me gustó que se pusiera nerviosa al recibir la estatuilla y que no supiera qué decir ni a quién agradecer. Pronto va a depositar en el Banco un cheque equivalente a lo que yo ganaría trabajando ocho horas por día durante casi seis años, y, en los próximos meses, su novela detectivesca va a ocupar las mesas de novedades y las playas de la costa.
Al final de la transmisión se emitieron algunas palabras grabadas de Saramago, uno de los jurados del concurso. En portuñol, el premio Nobel dijo algo así como: ''el único arte menor de este libro está en su título: Arte menor'', y, como quien le quita toda la gracia a un chiste malo explicando su sentido, pasó a revelarle a la cámara lo que había querido decir.
24 de octubre de 2006
18 de octubre de 2006
16 de octubre de 2006
Leen los cinco
Flyers del Tigre:

13 de octubre de 2006
Cuatro
*
Bien escrito, sin comments habilitados, y más volcado hacia una forma heterodoxa de periodismo cultural y de opinión que al diario personal, el de Mariano Cúparo es uno de los muy interesantes blogs que descubrí en el último tiempo. No sólo por eso, le agradezco la mención y el calificativo que le otorga a mi libro al final de uno de sus posts.
*
11 de octubre de 2006
Liga
En la tribuna despoblada del mini-estadio vi a Federico, un ex compañero de la primaria y parte de la secundaria. Juntos habíamos ido a ver todos los partidos de los playoffs de la temporada 90-91 jugados en Bahía. Recién a los cinco minutos del primer cuarto pude decirle algo así como ''tengo un hijo recién nacido''. Hasta entonces no había encontrado el tono para hacerlo. Cuando él me preguntó dónde trabajaba o a qué me dedicaba, también me costó encontrar el tono para decirle, entre otras cosas, ''a la literatura''.
–¿A la legislatura? –me preguntó.
Una de las últimas veces que nos habíamos visto fue el 21 de noviembre de 1997. Recuerdo la fecha porque a la semana siguiente yo daría Inglés previa, la última materia que me quedaba para terminar el colegio. Esa noche también nos encontramos en un Obras – Estudiantes, aunque esa vez en la cancha de Núñez. El estaba con otros pibes de Bahía. Al plantel de esa temporada lo integraba Juan Vigna, un chico que había ido con nosotros a la escuela y que, como fanático de Olimpo, jugaba con un pantaloncito aurinegro debajo del blanco.
Después de recibir la charla técnica post-derrota en un hotel del Centro, algunos jugadores salieron con nosotros a dar vueltas en auto por la ciudad. Además de Vigna, estaban Juan Iglesias, un base de Puerto Madryn, y Manu Ginóbili, un pibe que andaba cada vez mejor y contra el cual yo había jugado años antes en diferentes Napostá – Bahiense del Norte. Esa noche él había querido ponerse el equipo al hombro en el último cuarto, pero ni sus penetraciones ni sus triples alcanzaron para ganar.
Hicimos la cola en un boliche de la Costanera, pero, como los deportistas estaban en bermudas y zapatillas, en la puerta nos impidieron el paso. Yo caminaba siempre cerca de ellos porque me gusta estar al lado de gente que me supera en altura, cosa que es más difícil que pase en mi vida cotidiana. Después de dar más vueltas caímos en un bar de la placita Serrano. Mientras tomábamos cerveza y jugábamos al pool en parejas, Manu intentó explicarme el uso de unos verbos en inglés que yo no entendía.
El domingo pasado, Estudiantes perdió por siete puntos en un final bastante cerrado. El 25 de noviembre de 1997 me recibí de bachiller.
6 de octubre de 2006
Taxi
González baja la velocidad frente a una parada de colectivos, pero no ve ningún brazo levantado. A la media cuadra estaciona unos segundos ante un semáforo en rojo, baja al máximo la ventanilla y se pone a hablar con otro taxista que estaciona a su lado y que viene escuchando la misma radio que él. Su colega sube el volumen, y, con un tono cómplice, refiriéndose a la noticia que acaban de escuchar, le dice casi a los gritos: "cadena perpetua le dieron . . . y encima le tenemos que pagar la comida".
Son las nueve y media de la mañana. Aunque el pronóstico del informativo anuncia calor, el asfalto todavía conserva la frescura de la noche. En Santa Fe y Riobamba sube una mujer. Elegante la veterana, piensa González mirándola por el espejito, y, antes de planear el viaje hacia Diagonal Norte y Florida, piensa que debe tener la misma edad que su esposa pero que parece veinte años menor. Hasta la 9 de Julio intenta sacar algún tema de conversación, y antes de quedarse callado le pregunta si fuma. Después se pone un cigarrillo entre los labios, pero en ninguna de las siguientes esquinas se decide a encenderlo.
Pocos minutos más tarde, frente a un edificio de oficinas, la mujer paga con un billete que había sacado de su cartera algunas cuadras atrás, y mientras baja del taxi le hace a González el gesto de que se quede con el vuelto. Como todas las mañanas, el custodio del Banco de al lado la saluda con un movimiento de cabeza. La mujer camina por la alfombra del hall, y, cuando está a punto de entrar al ascensor, al tocarse un antebrazo, cae en la cuenta de que dejó el sobre de papel madera en el asiento del auto. Con un rictus de espanto vuelve apurada a la vereda, todo lo rápido que le permiten los tacos, aun con la certeza de que el taxi ya se perdió en el tráfico de la avenida.
(. . .)
2 de octubre de 2006
"Gente que duerme de día"
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía - $ 21
Calificación: HAY QUE LEERLO
Por Pedro Mairal
Los estantes vacíos, el primer libro de cuentos de Ignacio Molina, tiene algo de novela. Las distintas historias están interconectadas, los personajes reaparecen en otros cuentos, vistos desde la mirada de otro. El autor, a su vez, sabe mostrar las relaciones mínimas que hay entre la gente: el que va al kiosco y pide algo, el que le pregunta la hora a un desconocido, el que comenta algo en la calle. Y construye una unidad: todo el libro está hecho de estos cruces entre personas que parecen estar comunicadas pero que en realidad no lo están; gente que se conoce apenas "de vista" o "de oídas", gente que dialoga pero que está en su propio mundo, distante. Claro que lo interesante es que esta interconexión entre los cuentos y los personajes no es explícita, sino que el lector tiene que armar su propio rompecabezas.
Los personajes, a pesar de su mutismo emocional, caen bien, quizá porque están respetados en su actitud de "bajo perfil"; no hacen grandes cosas, ni encarnan grandes dramas. Es gente que duerme de día, gente que se despierta y no sabe dónde está, gente que se ducha en casas ajenas, gente que se pone a pensar en otra cosa mientras alguien le habla, gente que pide delivery, gente que va al kiosco a las tres de la mañana.
En "El futuro", por ejemplo, una chica ve en un cartel una publicidad de unas clases de yoga; al otro día, cuando decide volver a fijarse el teléfono, se da cuenta que sobre ese cartel pegaron un anuncio de un taller literario. Entonces anota el número igual y termina yendo al taller literario. No elige su destino, se entrega a esa especie de azar: si hubiera visto un anuncio de clases de reiki o de tarot, habría ido a reiki o tarot. Así, los personajes de Molina no pueden planear nada ni pueden ver el futuro. Intentan hacerlo pero la vida los lleva para otro lado. Los rodean asuntos domésticos, a corto plazo. Viven en un presente poblado de recuerdos recientes, cositas que pasaron ayer, hace una semana. Sus vidas giran en espiral.
Esta forma de la soledad se vuelve manifiesta, casi material, cuando se trata el tema de la ruptura de una pareja. Algo que está en el título mismo, Los estantes vacíos, y que se refiere, precisamente, a ese momento cuando el que se va se lleva sus libros. El autor muestra las consecuencias grandes y las consecuencias mínimas de las separaciones. Los personajes que las sufren están como catatónicos, anestesiados por el dolor de la separación. Pero lo atractivo es que ese dolor no está explicado, sino que de alguna manera debe ser intuido por el lector. Y es eso, justamente, lo efectivo: quien se hace cargo de las emociones es el que lee, porque los personajes están en piloto automático, flotando en esa vida doméstica. Y pareciera que, a pesar del dolor, la vida sigue: hay que comprar comida, hay que bañarse, hay que hablar con los demás, hay que contestarle a la gente que pregunta la hora por la calle.
Con un estilo donde predomina el "show, not tell" ("mostrar, no explicar"), un estilo que viene de los cuentistas norteamericanos, Molina deja libre nuestra silla de lectores; simplemente no la ocupa, no nos subestima: nos muestra sin explicar, deja que nosotros mismos ocupemos ese lugar y nos demos cuenta de las cosas. Su apuesta es que la profundidad no debe mostrarla el autor, sino que debe sugerirla para que el lector la encuentre. La poética de Molina parece decir que lo profundo son los hechos que suceden en la superficie.
No hay palabras que suenen extrañas o demasiado literarias o culturosas. El tono natural, a veces incluso informativo, atraviesa todo el libro. Los cuentos son hiper detallistas: hay una gran suma de observaciones, de gestos, como pliegues del pensamiento. En “El sistema”, por citar otro relato, un chico pasa a buscar a una chica por primera vez, caminando, y le toca el portero eléctrico. Mientras espera en la vereda, se apoya contra una camioneta, y en un momento piensa: "Ah, pero ahora va a bajar y me va a ver a apoyado en la camioneta y se va a pensar que es mía, y después se va a desilusionar", entonces se aleja de la camioneta. La suma de esas pequeñas actitudes humanas y observaciones acertadas le dan relieve a cada relato y hacen que estos cuentos estén vivos y resulten tan creíbles.
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* En rebeldía con cierto lector calificado de este blog –que está harto de que acá se haga referencia a Los estantes vacíos–, y prometiéndole que intentaré hacerlo cada vez menos, me permití transcribir una reseña más al libro.
28 de septiembre de 2006
Energías
A la noche, cuando me voy a la cama, me cuesta leer más de dos páginas sin que se me cierren los ojos. Más tarde, me cuesta dormir más de diez minutos seguidos sin que me despierte el llanto o el hipo del bebé. Lo acuno, le pongo el chupete, le golpeteo la espalda o lo cambio de posición, y vuelvo a dar vueltas entre las sábanas. A la mañana siento un olor extraño, meto un dedo en el pañal hasta el primer nudillo y lo saco pintado de verde amarronado. Después, cuando me siento frente a la computadora, no pasan más de quince minutos antes de que me tenga que levantar.
–Yo quería ser un escritor prolífico –le digo a Melina en la mesa, mientras analizamos cómo vamos a hacer cuando ella tenga que volver al trabajo. Yo quería ser un escritor prolífico, pienso cuando la veo ponerse a caminar alertada por los gritos, y ahora –aunque no deje de pensar nunca en, y desde la, literatura– si no pongo un poco más de voluntad me iré convirtiendo sólo en un padre ocupado y responsable, en un oscuro empleado de oficina, en un ciudadano común.
Igual, me digo en voz baja, mirando hacia el moisés, ya estoy seguro de que no cambiaría el gesto más imperceptible de Fausto ni por la autoría del Fausto.
26 de septiembre de 2006
Reseña heterodoxa a "Los estantes vacíos"
Tu introversión general, tus estallidos inexplicables de alegría difícil de esconder, tu sangre más cercana al mendigo que al príncipe, tu papel de espectador de todo, un papel que más que exponer, denuncias. Pocas veces he visto más ganas de vivir, de moverse, más amor a todo, más insatisfacción por ser como se es . . .
(Sigue acá)
24 de septiembre de 2006
Tigre
–¿Ignacio? –me dijo.
Yo estaba sentado en el salón de al lado de la pista de baile, pensando en si sería el único que no llevaba corbata y esperando, con Fausto en brazos, a que llegara el remís que habíamos pedido. Con un pie seguía el compás del remixado de Los Auténticos Decadentes. El tipo se presentó con su nombre, y me preguntó dándome la mano:
–¿Los estantes vacíos?
–Sí, claro . . .
–¿Cómo te va? . . . Leí el libro . . . La verdad que al principio, hasta la página treinta, tenía ganas de matarte . . . Después lo entendí . . .
–Bueno . . .
–Interesantísimo. Te felicito . . . Retrata muy bien a la juventud de hoy . . .
–Bueno, muchas gracias –le dije, mientras me parecía escuchar desde la calle el motor y la bocina del remís. Antes de despedirse, él quiso saber si el bebé era hijo mío y, volviendo al tema del libro, me preguntó:
–¿Pero vos sos así?
Un rato después, mientras nos alejábamos en el auto bordeando el río y escuchábamos, cada vez más lejanos, los graves de la música, pude ver cómo dos pibes intentaban pescar algo con un medio mundo. No me pareció raro que estuvieran ahí a esa hora de la noche. El remisero había vivido en mi barrio hasta antes de jubilarse. Ahora ya llevaba diez años viviendo con su mujer en una casita en el Delta, pero, como nunca le habían aumentado ni un peso de la jubilación, en algún momento tuvo que ponerse a trabajar con el coche.
21 de septiembre de 2006
19 de septiembre de 2006
Bandeja de entrada
(...) Y creo que si un personaje de tus cuentos quisiera dejar un comentario anónimo en un blog, viajaría en colectivo hasta un locutorio del conurbano como para reducir al máximo las posibilidades de que sospechen de él (...)
18 de septiembre de 2006
Dimensión
Hace poco escuché a alguien contar que había dimensionado el amor que sentía por su novia cuando, al ver cómo ella se atragantaba con un pedazo de salamín, se puso a llorar del miedo a que se muriera.
Yo me pasé todo el fin de semana engripado y con principio de anginas, y, antes de que viniera el médico y me hablara sobre los anticuerpos que transmite la leche, se me cayeron un par de lágrimas por el miedo a que Fausto se contagiase algún virus.
12 de septiembre de 2006
La consigna guerrillera
–El tema es así –nos dice muy seria–: cuando uno es padre su vida se modifica en todo sentido. Si uno puede evitar o posponer cualquier salida, tiene que hacerlo. Ahora lo principal es el bebé, y estar la mayor cantidad de tiempo con él es lo importante.
Desde la camilla, mientras le saco la ropa para que lo pesen, Fausto me moja las manos con un chorro de pis que atraviesa el pañal. Mientras me lavo, mirándome la cara de dormido en el espejo del baño, pienso en la posibilidad de escribir un libro parecido a Diario de una paternidad, un best-seller español que mi mamá trajo de un viaje.
En la sala de espera, cuando salimos del consultorio, una señora mayor me pregunta qué tiempo tiene el bebé y –a pesar del celeste en el saco y en la mantita de lana– si es nena o varón.
–Qué chiquito precioso –me dice, como con la pulsión de tocarle los cachetes pero conteniéndose a tiempo–, va a ser churro como el papi.
Más tarde, cuando entramos al Hospital de Niños para que le apliquen la BCG, no puedo evitar ponerme a tararear la consigna guerrillera de los primeros años setenta. Camino por los pasillos repletos de gente pensando en que muchos deben estar acá desde la noche anterior. En la sala de espera del vacunatorio desapareció el talonario de números, y frente a las puertas de los consultorios se formó una cola irregular. Yo soy el único hombre, y escuchando los diálogos me propongo adivinar cuál de todas las mamás habrá venido desde más lejos.
Una enfermera informa que los recién nacidos tienen prioridad en los turnos y nos hace pasar. Por los collares, el peinado y la forma de hablar, calculo que el médico que nos toma los datos tiene cuatro o cinco años menos que yo. Para pedirme que deje al bebé en la camilla y que le desnude el brazo derecho empieza tratándome de usted, pero, al ver la cara con que le respondo, gira hacia el tuteo.
De vuelta en mi casa, abro los mails pensando en escribir un post y releo los consejos que nos mandó una amiga desde España:
che, sean lo mas naturistas con fausto. nosotros durante el primer mes lo bañamos con un limón partido al medio, lo exprimís en la bañerita y listo. sin jabón ni nada. después siempre usamos jabones naturales, de coco, avena... en el culito nunca le puse cremas, siempre le puse aceite de almendras, que acá es barato. o de oliva. fijate alguno, es lo mejor. para lavarle los ojitos de las lagañas, haganlo con una gotita de leche.
y para melina: la cortaron? que se ponga gasa bañada en té de tomillo o cola de caballo. mete en el congelador y se va metiendo el hielo ese por ratitos. la miel también es un muy buen cicatrizante. yo me sentía super cansada y sin energía, la partera me mandó un batido alucinante, no sé si habra todo eso en argentina:
un yogurt grande (del sabor que te guste, con o sin frutas, es igual), ucacho de leche, una banana, un datil, 20 piñones, una cucharadita de levadura de cerveza, una de lectitina de soja, y una de germen de trigo.
todo eso lo baten en la licuadora. es la ostia. además tiene un montón de propiedades para este momento. para ella y para fausto.
7 de septiembre de 2006
Siesta, carta, efemérides y post


En las fotos, y a menos de sesenta horas de su nacimiento, Fausto compartiendo conmigo la siesta dominguera. En el blog del Quinteto, una carta abierta al bebé firmada por Federico Levín y una efemérides del 1º de septiembre a cargo de Ricardo Romero, y, en el de Funes, un post que lleva su nombre.
4 de septiembre de 2006
Parte de un sueño (post-parto II)
Nos fuimos dos y volvimos dos. Mientras yo esperaba en el hall, el médico le dijo a Melina que había dilatación pero no la suficiente como para dejarla internada . . .
Escribí ese post el jueves a la noche, durante el entre tiempo de la victoria de Olimpo. Después del partido me fui a la cama, miré un poco más de televisión y, pensando en el básquet, puse el despertador para las siete y veintiocho, dos minutos antes del salto inicial.
Alrededor de la una, todavía despierto aunque con los ojos cerrados, sentí que Melina me tocaba un hombro para avisarme que tenía contracciones, y en la media hora siguiente, tal como nos habían enseñado en el curso, fui tomando nota de la frecuencia en que se sucedían.
Cerca de las dos, con el bolso a cuestas y la bolsa ya rota, esperábamos en la vereda que mi mamá, que vive a una cuadra, nos pasase a buscar. Al ver a Melina doblada por el dolor en medio de una contracción, el custodio del edificio, un pibe de unos veinticinco años, despidió a los trasnochados con los que hablaba, me preguntó si necesitábamos un taxi, y después, nervioso como si él fuera el parturiento, nos saludó mientras nos alejábamos en el auto.
Arévalo, Nicaragua, Juan B. Justo, Paraguay, Riobamba, Perón, pasando semáforos en rojo, y antes de las dos y media estábamos esperando al médico de guardia. Melina tenía, cada cinco minutos, dolores cada vez más fuertes. Después de que le hicieran el tacto nos dieron el número de la habitación, y entre la enfermera y yo la ayudamos a subir, caminar por el pasillo y acostarse en la cama.
La primera etapa del trabajo duró algo más de una hora. Después vino la partera, y, en la misma habitación, la incentivó a hacer los primeros pujos. Esa, sin que lo supiéramos en el momento, fue la parte más complicada y dolorosa. Yo no quise mirar mucho, pero por el costado de un ojo me pareció ver que el bebé ya pretendía asomar su cabeza.
–Ahora quedate tranquila, lo peor ya lo hiciste –dijo la partera, antes de retirarse de la habitación para juntarse con el obstetra de guardia.
La enfermera me pidió que la ayudara a empujar la camilla hasta el ascensor grande, y que subiera al tercer piso por el otro. Yo corrí por el pasillo y toqué varias veces el botón, pero no vi que las poleas se movieran. Después de esperar un tiempo (no sé si veinte segundos o diez minutos), busqué una escalera y empecé a subir, sin saber que era la escalera del personal y que desembocaba en el cuarto piso. Busqué con la mirada la leyenda "sala de partos", pero enseguida me di cuenta de dónde estaba. Entonces llamé al ascensor, que ahí sí funcionaba, y bajé hasta el tercero.
Una enfermera vieja, golpeando el vidrio esmerilado de una puerta, me retó ("pensamos que se había fugado, señor"), me pidió que me pusiera la ropa de médico y me indicó en cuál sala meterme.
–Que hacés con ese gorro de carnicero –se sonrió Melina, que ya estaba acostada y en posición de parir. Alguien me dijo que me ubicara en la cabecera. El médico estaba del otro lado, sentado muy tranquilo y examinando la zona que yo, en los minutos posteriores, girando la cabeza hacia el instrumental y las paredes blancas, hice lo posible por no mirar.
Enseguida vinieron los pujos. A una queja de Melina le seguían palabras de aliento de la partera y del médico. Yo, callado y sosteniendo su cabeza por la nuca en cada contracción, pensé que ese parto no tenía mucho que ver con los que había visto en documentales.
La partera, subida a un taburete, apoyaba casi todo su peso sobre la panza empujando al bebé hacia la luz. En un momento me preguntó "¿cómo está el papi?", y al minuto siguiente dijo en voz más alta "miren cómo es su hijo, miren cómo sale". Entonces le hicimos caso, y no pude creer lo que vi. El bebé del que tanto hablábamos existía, no era ficción, pensé, y ahora salía de la panza mojado, a los gritos y con un color indefinible.
En medio de la impresión y de la emoción me pareció escuchar que alguien gritaba "cuatro y cincuenta y uno", pero en mi reloj eran las cinco menos cuarto. Ahí fue cuando la ayudante de la partera me preguntó cómo se llamaba, yo respondí con un hilo de voz, y ella anotó Faustín en una planilla.
Al bebé lo dejaron unos segundos sobre el pecho de la mamá. Después lo llevaron a un cuarto muy calefaccionado en donde lo lavaron y lo vistieron, y al rato me invitaron a alzarlo. Yo lo acuné con cuidado, caminé hasta donde estaba Melina con miedo de tropezarme, y durante unos segundos, cuando sentí que él abría los ojos y fijaba su mirada en la mía, me quedé con la mente totalmente en blanco.
Un rato más tarde, solo en la habitación, me senté en el sillón y creo –no estoy seguro– que se me escaparon algunas lágrimas. Después, mientras esperábamos a que trajeran a Fausto de la nursery, la enfermera me dio un par de instrucciones y le aconsejó a Melina tomar mucho líquido.
Antes del amanecer salí a la calle y sentí el contraste entre la blancura y el ascetismo de la sala de partos y la oscuridad y la suciedad de esa cuadra de Once. "La primera vez que salgo a la calle como papá", me dije, y caminé hasta la esquina pensando en que recordaría ese momento durante el resto de mi vida. Un Gatorade y un agua mineral, pedí a través de unas rejas mientras imaginaba un diálogo imposible con el kioskero.
Al volver al sanatorio le pedí al recepcionista un control remoto para sintonizar alguno de los canales que transmitirían el partido. Cuando llegué a la habitación, Melina intentaba darle de comer al bebé. Después, entre los llantos y los controles de la neonatóloga, los minutos pasaron muy rápido.
Si el tiro del final de Nocioni hubiera entrado, narraría acá los hechos que se fueron sucediendo hasta el mediodía. El relato abarcaría el partido que vi, por momentos, con mi hijo en brazos, y las excusas que encontré para salir, más tarde, a postear a un locutorio. Pero como la pelota pegó en el cilindro, esta pequeña crónica –que espero que algún día Fausto, que ahora empieza a quejarse mientras la escribo, lea con gusto– termina a las siete y veintiocho del viernes, hora en que hubiera sonado el despertador en mi mesa de luz y todo lo que conté podría haber sido parte de un sueño.
1 de septiembre de 2006
Post-parto
(Apenas el bebé, entre gris y violeta, salió de la panza, la ayudante de la partera, con una planilla en la mano, me preguntó cómo se llamaba, y yo, impresionado, le respondí con un confuso hilo de voz. Debido a eso, colijo, para la burocracia del sanatorio su nombre es, hasta el momento, "Faustín", nombre que ya figura, por ejemplo, en el cartelito del moisés en el que en este momento debe estar llorando extrañando a su papá).











