29 de noviembre de 2006
El paso del tiempo
Clickeando acá, el microrrelato de mi autoría publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil del domingo pasado.
28 de noviembre de 2006
Continuidad de los kioscos
–Sos kioscómano, Molina –me dice Pedro al notar la alta cantidad de personajes o de personas que van al kiosco en mis relatos (“hasta vos en la crónica del parto”) y, como pretendiendo extremar esa obsesión, me mailea ideas para un cuento que después voy delineando:
From: Mairal
To: Molina
anoche antes de dormirme pensé: "continuidad de los kioscos" y dije me tengo que acordar de maileárselo a molina mañana. un cuento donde un tipo se mete en los kioscos y cuando se distrae sale en otro kiosco, uno de olivos o de hurlingham, y está a las puteadas porque siempre está viajando en bondi, volviendo de kioscos en la loma del orto. cuando se distrae mirando los alfajores, y se cuelga entre las marcas, o busca en la heladera el sabor de gatorade que le gusta, se da vuelta y el kiosquero es otro, y piensa "otra vez carajo". la mujer no le cree nada. nadie le cree.
From: Molina
To: Mairal
Excelente! . . . Pobre tipo, a la tarde le dice a la mujer que va a la esquina a comprar puchos y vuelve del conurbano a las cinco de la mañana, después de esperar el tren cagado de frío. Cada vez que va al kiosco se lleva la Filcar, porque al principio aparecía en San Fernando o Laferrere y no tenía idea de cómo volver. Además, ya había gastado la plata en el kiosco y no le alcanzaban las monedas para el bondi. Así fue conociendo todos los barrios. A veces sale de un kiosco y le da vergüenza preguntar qué barrio es ese, entonces camina hasta encontrar alguna calle conocida. O sale puteando y busca otro kiosco con la esperanza de meterse y salir de casualidad en su barrio, pero no, aparece más lejos todavía: en Aldo Bonzi o González Catán. Obvio que la mujer no le cree y lo echa de la casa, y del laburo también lo echan porque siempre llega tarde, o sale a comprar un pebete a la hora del almuerzo y no vuelve nunca. Pero el tipo se fanatiza tanto con los kioscos, las heladeras exhibidoras, los colores de los envoltorios, las carameleras escalonadas, que no puede evitar seguir entrando. Es como una adicción, es kioscómano . . .
From: Mairal
To: Molina
anoche antes de dormirme pensé: "continuidad de los kioscos" y dije me tengo que acordar de maileárselo a molina mañana. un cuento donde un tipo se mete en los kioscos y cuando se distrae sale en otro kiosco, uno de olivos o de hurlingham, y está a las puteadas porque siempre está viajando en bondi, volviendo de kioscos en la loma del orto. cuando se distrae mirando los alfajores, y se cuelga entre las marcas, o busca en la heladera el sabor de gatorade que le gusta, se da vuelta y el kiosquero es otro, y piensa "otra vez carajo". la mujer no le cree nada. nadie le cree.
From: Molina
To: Mairal
Excelente! . . . Pobre tipo, a la tarde le dice a la mujer que va a la esquina a comprar puchos y vuelve del conurbano a las cinco de la mañana, después de esperar el tren cagado de frío. Cada vez que va al kiosco se lleva la Filcar, porque al principio aparecía en San Fernando o Laferrere y no tenía idea de cómo volver. Además, ya había gastado la plata en el kiosco y no le alcanzaban las monedas para el bondi. Así fue conociendo todos los barrios. A veces sale de un kiosco y le da vergüenza preguntar qué barrio es ese, entonces camina hasta encontrar alguna calle conocida. O sale puteando y busca otro kiosco con la esperanza de meterse y salir de casualidad en su barrio, pero no, aparece más lejos todavía: en Aldo Bonzi o González Catán. Obvio que la mujer no le cree y lo echa de la casa, y del laburo también lo echan porque siempre llega tarde, o sale a comprar un pebete a la hora del almuerzo y no vuelve nunca. Pero el tipo se fanatiza tanto con los kioscos, las heladeras exhibidoras, los colores de los envoltorios, las carameleras escalonadas, que no puede evitar seguir entrando. Es como una adicción, es kioscómano . . .
26 de noviembre de 2006
Presentación
23 de noviembre de 2006
Apuntes para una crónica
Ayer fui a la presentación del segundo tomo de Querida Familia editado por Entropía. Esta mañana, pensando en escribir una crónica de la noche, tomé algunas notas sueltas, pero después se me hizo tarde y no tuve tiempo de armarla. Quedan, entonces, los apuntes dispersos:
En el subte, en el asiento de enfrente, viaja un pibe con un corte beatle. Sobre la falda lleva una mochila negra, y, dentro de la mochila, un gato del mismo color asoma la cabeza. El gato tiene la cabeza gigante y la cara achatada. El pibe le acaricia el pelo mientras escucha música en auriculares enormes.
*
Un espacio de arte, ¿una fábrica abandonada? en Chacabuco al 500. En la Filcar veo un atajo: saliendo frente al Cabildo y caminando por Diagonal Sur ahorro dos cuadras. En Plaza de Mayo hay un show musical; algo al respecto me pareció ver en Telenoche, pero no pude prestarle atención.
*
Llego tarde, después de las ponencias. Catorce actrices en bikini de los ¿años 50 o 60? leen fragmentos de las cartas para sí mismas o para el público que se les acerca. Saludo a los editores y busco a los que me prometieron su presencia. En la barra hay cervezas y vasos de papel. Raúl Puig escucha palabras de su hermano en voz de una actriz.
*
Hay frases que, dichas en determinado contexto, pueden cambiarme el humor instantáneamente. Me presentan a alguien y, cuando parece que la conversación empieza a tejerse, el presentado me dice:
–Che, sos alto –como si estuviera descubriendo el mundo con su observación.
*
Con JM, flamante padre ¿secundizo?, hablamos un minuto sobre la paternidad: kilaje, centimetraje, horas de sueño, frecuencia de alimentación.
*
En concepto de gentileza, las actrices pueden llevarse un libro del catálogo. Una me dice ''yo leo'', y le recomiendo ''ése, el de tapa verde inglés''. ''El de Molina'', me dice ella, como si conociera de nombre al autor, pero después de mirar la foto de la solapa, y empujada por el título, la extensión y el género de la autora, termina eligiendo ¿Vos me querés a mí?
*
Hacia el meeting en lo de Gonzalo, voy en auto con Valeria, Romina, xxx y Ana, mi compañera del secundario. En el viaje, mientras meto algún bocadillo, pienso sin darme cuenta en el subte. La línea D va de (el edificio del) Cabildo a (la avenida) Cabildo. Da para la confusión de los turistas, me digo, al tiempo que me reprocho que, muchas veces, pensamientos ridículos y sin objeto como ése no me permiten entrar en una conversación.
*
Precisión en el pedido: tres docenas y media de empanadas. No entiendo cómo alguien puede pretender una docena de pollo (contenido mendrugoso de dudosa procedencia) pero no me atrevo a insistir. Mientras hablo con Ana de lo que cada uno sabe de nuestros ex compañeros, en la sala de ensayo los demás tocan los instrumentos con la torpeza de alumnos de segundo grado en una clase de música.
*
Se habla de la presentación de la novela de Iosi, y me inquietan diferentes puntos de vista sobre la mía. ''Gente que escribe libros'', dice xxx, y se pregunta ''¿cómo se escribe un libro?''. ''¿Para qué? más bien, sería la pregunta'', escucho que le responden.
*
Por la vereda, mientras la despedida, pasa una chica hablando por teléfono. ''¿Y te robaron a vos, pero no te hicieron nada?'', pregunta preocupada. Dentro de un auto estacionado hay un chico que también habla por celular, y durante un segundo estoy seguro de que, sin saber que están a metros de distancia, hablan entre ellos (pre-pre – seg-seg).
*
En Honduras espero un 39 que nunca va a pasar. Calculando lo que puede salirme un taxi por un viaje de veinte cuadras, estiro un brazo al ver una luz roja. Al enterarse de mi destino, el taxista dice ''pasamos por Honduras y la vía, donde a las chicas se les cae la bombacha'', pero enseguida se mesura ante mi escaso entusiasmo.
*
Entro intentando no hacer ruido. Me lavo los dientes con fuerza, me baño para sacarme el olor a humo. Entre dormido, en el silencio de la noche, oigo una conversación que llega hasta el cuarto piso y atraviesa las hendijas de la persiana:
–¿Un puterío, maestro, un lugar para ponerla?
–Doblá en la esquina, seguí unas cuadras . . .
Y después el ruido del motor que se apaga de a poco.
En el subte, en el asiento de enfrente, viaja un pibe con un corte beatle. Sobre la falda lleva una mochila negra, y, dentro de la mochila, un gato del mismo color asoma la cabeza. El gato tiene la cabeza gigante y la cara achatada. El pibe le acaricia el pelo mientras escucha música en auriculares enormes.
*
Un espacio de arte, ¿una fábrica abandonada? en Chacabuco al 500. En la Filcar veo un atajo: saliendo frente al Cabildo y caminando por Diagonal Sur ahorro dos cuadras. En Plaza de Mayo hay un show musical; algo al respecto me pareció ver en Telenoche, pero no pude prestarle atención.
*
Llego tarde, después de las ponencias. Catorce actrices en bikini de los ¿años 50 o 60? leen fragmentos de las cartas para sí mismas o para el público que se les acerca. Saludo a los editores y busco a los que me prometieron su presencia. En la barra hay cervezas y vasos de papel. Raúl Puig escucha palabras de su hermano en voz de una actriz.
*
Hay frases que, dichas en determinado contexto, pueden cambiarme el humor instantáneamente. Me presentan a alguien y, cuando parece que la conversación empieza a tejerse, el presentado me dice:
–Che, sos alto –como si estuviera descubriendo el mundo con su observación.
*
Con JM, flamante padre ¿secundizo?, hablamos un minuto sobre la paternidad: kilaje, centimetraje, horas de sueño, frecuencia de alimentación.
*
En concepto de gentileza, las actrices pueden llevarse un libro del catálogo. Una me dice ''yo leo'', y le recomiendo ''ése, el de tapa verde inglés''. ''El de Molina'', me dice ella, como si conociera de nombre al autor, pero después de mirar la foto de la solapa, y empujada por el título, la extensión y el género de la autora, termina eligiendo ¿Vos me querés a mí?
*
Hacia el meeting en lo de Gonzalo, voy en auto con Valeria, Romina, xxx y Ana, mi compañera del secundario. En el viaje, mientras meto algún bocadillo, pienso sin darme cuenta en el subte. La línea D va de (el edificio del) Cabildo a (la avenida) Cabildo. Da para la confusión de los turistas, me digo, al tiempo que me reprocho que, muchas veces, pensamientos ridículos y sin objeto como ése no me permiten entrar en una conversación.
*
Precisión en el pedido: tres docenas y media de empanadas. No entiendo cómo alguien puede pretender una docena de pollo (contenido mendrugoso de dudosa procedencia) pero no me atrevo a insistir. Mientras hablo con Ana de lo que cada uno sabe de nuestros ex compañeros, en la sala de ensayo los demás tocan los instrumentos con la torpeza de alumnos de segundo grado en una clase de música.
*
Se habla de la presentación de la novela de Iosi, y me inquietan diferentes puntos de vista sobre la mía. ''Gente que escribe libros'', dice xxx, y se pregunta ''¿cómo se escribe un libro?''. ''¿Para qué? más bien, sería la pregunta'', escucho que le responden.
*
Por la vereda, mientras la despedida, pasa una chica hablando por teléfono. ''¿Y te robaron a vos, pero no te hicieron nada?'', pregunta preocupada. Dentro de un auto estacionado hay un chico que también habla por celular, y durante un segundo estoy seguro de que, sin saber que están a metros de distancia, hablan entre ellos (pre-pre – seg-seg).
*
En Honduras espero un 39 que nunca va a pasar. Calculando lo que puede salirme un taxi por un viaje de veinte cuadras, estiro un brazo al ver una luz roja. Al enterarse de mi destino, el taxista dice ''pasamos por Honduras y la vía, donde a las chicas se les cae la bombacha'', pero enseguida se mesura ante mi escaso entusiasmo.
*
Entro intentando no hacer ruido. Me lavo los dientes con fuerza, me baño para sacarme el olor a humo. Entre dormido, en el silencio de la noche, oigo una conversación que llega hasta el cuarto piso y atraviesa las hendijas de la persiana:
–¿Un puterío, maestro, un lugar para ponerla?
–Doblá en la esquina, seguí unas cuadras . . .
Y después el ruido del motor que se apaga de a poco.
21 de noviembre de 2006
Presentación
Presentan el libro: Ariel Schettini y Graciela GoldchlukPerformance/ Dirección artística: Matías Umpierrez
Asiente de dirección: Macarena Albalustri
Vestuario/ Peinado/ Maquillaje: Catalina Rautenberg
Actrices Invitadas: María Marull, Eugenia Capizzano, Maru Sussini, Karina Roldan, Felicitas Luna, Delia Folgueira, Eugenia Mercante, Macarena
Albalustri, Susana Tale, Paula Pichersky, Carolina Martin Ferro, Paula Travnik, Alejandra Maidana.
20 de noviembre de 2006
"Exaltación de lo cotidiano"
(Publicado en el suplemento Ideas-Imágenes del diario La Nueva Provincia el 15 de octubre de 2006)
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Editorial Entropía
Buenos Aires, 2006. 192 páginas.
Por Gloria Nozal
Ignacio Molina construye en este libro de sugerente título un escenario propio, que tal vez sea el de muchos; el de una vida en Buenos Aires, la de amigos y compañeros. Privilegiando los simples hechos cotidianos, lo que daría sólo sustento para otros y en él es leit motiv, único tema central: levantarse, desayunar, hacer una compra, tomar un colectivo y que cada cosa común se torne por el arte de su reiteración, su moroso deambular por y ello y nada más, en argumento, nudo, y diálogos, así como también descripciones, las que convergen en ese mismo universo sin crescendos ni desenlaces insólitos y que constituyen trama, fondo.
Ese insistente andar de cada día, sin suspenso, sin reflexiones, donde los seres parecen entregados al sino monocorde demarcado por quién sabe qué, como una suerte de marionetas, va creando un estilo particularmente distinto. Deliberadamente ostentosa, la valorización de lo común, de una simpleza sin planes expresados, sin pensamientos o monólogo interior, con sólo diálogos que también constituyen meros hechos diarios, va creando una personalidad despojada, monótona.
Los personajes son jóvenes en sus estudios, trabajos, comidas, y los diálogos están dados por lo inmediato de sus movimientos: "El jueves a la noche, desde el umbral de su cocina, Gonzalo le mostró a Nahuel una botella de vino y le preguntó si en su departamento no tenía un sacacorchos. –No sé. Pero sino podés mandarlo para abajo con alguna . . . –Che, vago –lo retó Camila palmeándole la espalda–. Andá, yo vi que tenés en los cajones. "De la página 163: "Un atardecer, al salir de la biblioteca, me puse a leer el folleto publicitario de unas jornadas literarias sobre narrativa argentina que, después de obtener mi permiso, un estudiante universitario había pegado en la cartelera de la entrada." Deducimos de estas meras acotaciones, formación, estudios, lo que constituye apenas un detalle orientador, casi dado por descuido del protagonista. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de los escritores, voluntariamente apartado de todo asunto intelectual, Molina retoma el universo de su derrotero de hechos simples, de una chatura que no puede menos que caer dolorosa y que en él es oficio consolidado, que enarbola como sello distintivo.
Sin duda, Los estantes vacíos es una depurada muestra del estilo notable y vigoroso de este escritor que, pintando su universo juvenil, logra su objetivo, el que para nosotros sería aciago si fuera algo más que una realidad retratada por la literatura. Si fuera la vida real de los jóvenes de ahora. Sin signos que apunten a algo intelectual y espiritual, y a la vez tan natural que no se puede dudar de su realismo. Sólo la música, mencionado en ocasiones, emerge como algo más trascendente o conmovedor.
Por lo distinto, por el destacado manejo de la simpleza de las cosas, que lo hace asemejarse a algunos clásicos rusos, Ignacio Molina ha creado una obra de relieve, que aparece en el movimiento actual con un sello particular de búsqueda, de intención de mostrar la realidad sin eufemismos, valorizando así de paso cada acto humano, sin que sencillez o banalidad aparente lo distraigan de su camino, el de la vida y sus actitudes insertas en la rutina de una gran ciudad.
Surge de esto una especie de estilo, por así llamarlo, que siendo literario se aparta de lo común, haciendo destacable lo mínimo, llamando la atención sobre las formas de las cosas más que sobre las cosas. Más lo visible y palpable que los sentimientos, decisiones, pensamientos; todo lo que constituye la superficie de las cosas más que su canal conductor.
En este mundo del autor los seres no parecen pensar, sino que son llevados a cumplir sus ocupaciones sin cuestionamientos y toda otra motivación que anime y vivifique sus desplazamientos y actitudes, parece voluntariamente apartada, como si la misma gran ciudad se encargara un poco de deshumanizar a sus criaturas, llevándolas una y otra vez a los mismos encuentros en una suerte de danza ritual, donde seguramente el hondo significado de los hechos quedará oculto, inadvertido.
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Editorial Entropía
Buenos Aires, 2006. 192 páginas.
Por Gloria Nozal
Ignacio Molina construye en este libro de sugerente título un escenario propio, que tal vez sea el de muchos; el de una vida en Buenos Aires, la de amigos y compañeros. Privilegiando los simples hechos cotidianos, lo que daría sólo sustento para otros y en él es leit motiv, único tema central: levantarse, desayunar, hacer una compra, tomar un colectivo y que cada cosa común se torne por el arte de su reiteración, su moroso deambular por y ello y nada más, en argumento, nudo, y diálogos, así como también descripciones, las que convergen en ese mismo universo sin crescendos ni desenlaces insólitos y que constituyen trama, fondo.
Ese insistente andar de cada día, sin suspenso, sin reflexiones, donde los seres parecen entregados al sino monocorde demarcado por quién sabe qué, como una suerte de marionetas, va creando un estilo particularmente distinto. Deliberadamente ostentosa, la valorización de lo común, de una simpleza sin planes expresados, sin pensamientos o monólogo interior, con sólo diálogos que también constituyen meros hechos diarios, va creando una personalidad despojada, monótona.
Los personajes son jóvenes en sus estudios, trabajos, comidas, y los diálogos están dados por lo inmediato de sus movimientos: "El jueves a la noche, desde el umbral de su cocina, Gonzalo le mostró a Nahuel una botella de vino y le preguntó si en su departamento no tenía un sacacorchos. –No sé. Pero sino podés mandarlo para abajo con alguna . . . –Che, vago –lo retó Camila palmeándole la espalda–. Andá, yo vi que tenés en los cajones. "De la página 163: "Un atardecer, al salir de la biblioteca, me puse a leer el folleto publicitario de unas jornadas literarias sobre narrativa argentina que, después de obtener mi permiso, un estudiante universitario había pegado en la cartelera de la entrada." Deducimos de estas meras acotaciones, formación, estudios, lo que constituye apenas un detalle orientador, casi dado por descuido del protagonista. Sin embargo, y a diferencia de la mayoría de los escritores, voluntariamente apartado de todo asunto intelectual, Molina retoma el universo de su derrotero de hechos simples, de una chatura que no puede menos que caer dolorosa y que en él es oficio consolidado, que enarbola como sello distintivo.
Sin duda, Los estantes vacíos es una depurada muestra del estilo notable y vigoroso de este escritor que, pintando su universo juvenil, logra su objetivo, el que para nosotros sería aciago si fuera algo más que una realidad retratada por la literatura. Si fuera la vida real de los jóvenes de ahora. Sin signos que apunten a algo intelectual y espiritual, y a la vez tan natural que no se puede dudar de su realismo. Sólo la música, mencionado en ocasiones, emerge como algo más trascendente o conmovedor.
Por lo distinto, por el destacado manejo de la simpleza de las cosas, que lo hace asemejarse a algunos clásicos rusos, Ignacio Molina ha creado una obra de relieve, que aparece en el movimiento actual con un sello particular de búsqueda, de intención de mostrar la realidad sin eufemismos, valorizando así de paso cada acto humano, sin que sencillez o banalidad aparente lo distraigan de su camino, el de la vida y sus actitudes insertas en la rutina de una gran ciudad.
Surge de esto una especie de estilo, por así llamarlo, que siendo literario se aparta de lo común, haciendo destacable lo mínimo, llamando la atención sobre las formas de las cosas más que sobre las cosas. Más lo visible y palpable que los sentimientos, decisiones, pensamientos; todo lo que constituye la superficie de las cosas más que su canal conductor.
En este mundo del autor los seres no parecen pensar, sino que son llevados a cumplir sus ocupaciones sin cuestionamientos y toda otra motivación que anime y vivifique sus desplazamientos y actitudes, parece voluntariamente apartada, como si la misma gran ciudad se encargara un poco de deshumanizar a sus criaturas, llevándolas una y otra vez a los mismos encuentros en una suerte de danza ritual, donde seguramente el hondo significado de los hechos quedará oculto, inadvertido.
16 de noviembre de 2006
15 de noviembre de 2006
Leen los cinco
En el marco de su ciclo de lecturas itinerante, el Quinteto (Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Funes, Federico Levín y yo) se presentará hoy a las 21 horas en el Centro Cultural Pachamama, Pasaje Argañaraz 22, Villa Crespo, ciudad de Buenos Aires. Quedan todos invitados.


13 de noviembre de 2006
Aquiles
Cuando se enteró de que yo era de Bahía Blanca, Ovidio dejó pasar unos segundos y me dijo que él conocía a una mujer que tenía un hermano que había jugado muchos años en Olimpo pero que ahora no podía recordar su apellido.
Estábamos sentados a la sombra en el fondo de su casa en Avellaneda, haciendo la digestión de los tallarines domingueros. Hasta esa zona –pujante hasta el comienzo de la tiranía militar– habíamos llegado con Melina y con el bebé para que lo conocieran sus tío-abuelos lejanos.
Un rato más tarde, cuando volví de hacer dormir a Fausto en la habitación más fresca y silenciosa de la casa, Ovidio me sirvió otro vaso de vino y esperó a que se hiciera un silencio en la conversación para gritar:
–¡Oviedo!
–¿Qué decís? –preguntó su mujer.
–Oviedo, se llama el que jugaba en Olimpo –dijo ya un poco más tranquilo, y con la mirada me preguntó si lo ubicaba.
–Claro que lo conozco. Bah, si estamos hablando del mismo, lo conozco. Es un histórico, jugó toda la década del ochenta, en los torneos regionales y en el Nacional B . . .
Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila, podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona. Mirando las figuras que las sombras y el sol dibujaban en el patio de tierra, y fingiendo prestarle atención al transcurso de la charla, me quedé varios minutos callado intentando recordar.
Con la tarde ya avanzada escuché cómo Fausto se despertaba llorando, y, mientras caminaba hacia el interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: "Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo . . . ", y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
–¡Alfredo Aquiles! –dije a los gritos, sin temor al ridículo, cuando volvimos al fondo.
–¡Seguro, Aquiles se llamaba el padre! –gritó Ovidio señalándome con un dedo, y yo, tal vez por la coincidencia, por la nostalgia del recuerdo, por el sopor que me habían dado el calor y el vino, o por la risa que me devolvía Fausto en ese momento, no pude evitar emocionarme.
Estábamos sentados a la sombra en el fondo de su casa en Avellaneda, haciendo la digestión de los tallarines domingueros. Hasta esa zona –pujante hasta el comienzo de la tiranía militar– habíamos llegado con Melina y con el bebé para que lo conocieran sus tío-abuelos lejanos.
Un rato más tarde, cuando volví de hacer dormir a Fausto en la habitación más fresca y silenciosa de la casa, Ovidio me sirvió otro vaso de vino y esperó a que se hiciera un silencio en la conversación para gritar:
–¡Oviedo!
–¿Qué decís? –preguntó su mujer.
–Oviedo, se llama el que jugaba en Olimpo –dijo ya un poco más tranquilo, y con la mirada me preguntó si lo ubicaba.
–Claro que lo conozco. Bah, si estamos hablando del mismo, lo conozco. Es un histórico, jugó toda la década del ochenta, en los torneos regionales y en el Nacional B . . .
Ahora el problema lo tenía yo: con el nombre de pila, podría llegar la confirmación definitiva de que nos estábamos refiriendo a la misma persona. Mirando las figuras que las sombras y el sol dibujaban en el patio de tierra, y fingiendo prestarle atención al transcurso de la charla, me quedé varios minutos callado intentando recordar.
Con la tarde ya avanzada escuché cómo Fausto se despertaba llorando, y, mientras caminaba hacia el interior de la casa, tuve una especie de iluminación. Lentamente, como pidiendo permiso, vino a mi cabeza una música con sonido de AM que, durante casi veinte años, había estado durmiendo en un lugar recóndito de mi memoria: "Raúl Daniel Schmidt, José Ramón Palacio, Manuel Cheiles, Alfredo Aquiles Oviedo . . . ", y casi al trote fui a alzar al bebé para volver sobre mis pasos.
–¡Alfredo Aquiles! –dije a los gritos, sin temor al ridículo, cuando volvimos al fondo.
–¡Seguro, Aquiles se llamaba el padre! –gritó Ovidio señalándome con un dedo, y yo, tal vez por la coincidencia, por la nostalgia del recuerdo, por el sopor que me habían dado el calor y el vino, o por la risa que me devolvía Fausto en ese momento, no pude evitar emocionarme.
7 de noviembre de 2006
La ley de alquileres
Había tenido una vida fácil porque sus ambiciones y sus gustos no llegaban a sobrepasar exageradamente sus posibilidades. Ganaba un sueldo mediano en una compañía exportadora y su mujer otro mucho más modesto en una escuela del Estado. Con eso vivían, iban al cine, compraban sus ropas a crédito y, cada dos años, veraneaban quince días en Mar del Plata. Con eso y algo más: la Ley de Alquileres. Porque la relativa holganza de sus vidas la debían a una buena salud de la pareja (¡los remedios salen una fortuna!) y al risible alquiler que pagaban por el departamento.(. . .)
Le gustaba invitar amigos a su casa. Tenía espacio de sobra. Podían jugar al “póker” en el living mientras las mujeres chismorreaban en el “cuarto de vestir” (un segundo dormitorio destinado al hijo que nunca llegó). Y podían seguir jugando mientras las mujeres ponían la mesa porque el living era enorme, tan enorme que los amigos siempre repetían una misma pregunta asombrada:
-Pero, ¿cuánto pagás por todo esto?
Y entonces, con una satisfacción casi sexual, él respondía:
-¡Caéte! ¡Cien pesos!
(Fragmentos del cuento "La ley de alquileres", escrito por Enrique Wernicke en la década del cincuenta. El relato completo, acá)
6 de noviembre de 2006
"Una realidad enrarecida"
(Publicado en la edición del 9 de octubre de 2006 del periódico Eco-días de Bahía Blanca)
Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Silvana Angelicchio
Definir el género, hacer un resumen del argumento o perfilar la temática de Los estantes vacíos puede resultar un ejercicio tan elusivo como su propia lectura. Sin embargo, esto no es una objeción sino un halago, ya que la sensación de no hacer pie que proviene de los quince relatos que lo conforman resulta estimulante y atrapa al lector en su realidad enrarecida (...)
(la reseña completa, acá)
Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Silvana Angelicchio
Definir el género, hacer un resumen del argumento o perfilar la temática de Los estantes vacíos puede resultar un ejercicio tan elusivo como su propia lectura. Sin embargo, esto no es una objeción sino un halago, ya que la sensación de no hacer pie que proviene de los quince relatos que lo conforman resulta estimulante y atrapa al lector en su realidad enrarecida (...)
(la reseña completa, acá)
3 de noviembre de 2006
Naranjas
–Hay pocos faroles en la calle.
–¿Pocos faroles?
–Sí. No van a alcanzar para colgarlos a todos.
Los que hablaban eran dos jubilados que, por la forma en se miraban, supuse que se acababan de conocer. Aunque tomé la conversación empezada, supe que estaban hablando de "los políticos corruptos" o de algo por el estilo. Ninguna de las seis o siete personas que se enfilaban tras la caja terció en la charla. Si estuviéramos en el verano de hace cuatro años (en el "ardiente verano post-argentinazo", como escriben los periodistas al referirse a los comienzos del 2002), pensé, hasta yo mismo podría haber hecho alguna acotación.
Desde hace algunos meses, cuando el supermercado chino cambió de dueño –siempre manteniendo el gentilicio– se notan algunas mejoras: nueva iluminación, mayor limpieza, góndolas más amplias. De todos modos, no pasan demasiados días sin que pueda verse alguna cucaracha en la zona del pan o de los embutidos.
Las cajeras ahora usan pecheras que tienen estampado bien visible el logo del comercio, y tengo la impresión de que una de ellas, la única oriental, es la hija del dueño; siempre estoy a punto de preguntárselo, pero me arrepiento al pensar que me voy a meter en problemas.
Otro cambio implementado por la nueva administración incumbe a los rubros de carnicería y verdulería; ahora el importe de lo que se compra en esas secciones se paga directamente ahí. Antes, mediante un simple sistema de vales, se unificaban las cajas.
El verdulero tiene alrededor de treinta y cinco años y es hincha fanático de River. A las mujeres mayores las trata de "nona" o de "abuela", y a ciertas jóvenes de "mami". Hasta el verano, cuando las normas del local en cuanto a la estética eran menos rígidas, tenía decorado su sector con pósters y banderines rojiblancos. Los lunes, invariablemente, los pasa comentando los partidos con el carnicero de turno y analizando las estadísticas de la fecha con el diario deportivo abierto sobre la balanza.
A mí, tal vez por verme hacer las compras casi todas las mañanas, me tiene catalogado como "el cocinero" de mi casa. Siempre me pregunta, con un poco de sorna, qué plato exótico tengo pensado, y yo otorgo en silencio levantando las cejas.
Ayer a la mañana, cuando le pedí un kilo de naranjas, me preguntó:
–Para comer o para jugo –y después, mientras se inclinaba sobre el cajón que yo le había indicado, reflexionó en voz alta: –Para comer o para jugo, qué boludez, Díos mío…
A lado mío había una "nona" que, tal vez por estar un poco sorda, no amagó ni a un rictus de sonrisa. Unos metros más allá, acodado en un pequeño mostrador, el presunto padre de la cajera acababa de levantar un pedido y, fiel a su costumbre, despedía al corredor con malos modales.
–Qué se le va hacer . . . para comer o para jugo . . . es la costumbre –me dijo el verdulero, colorado por la risa, mientras miraba cómo se modificaban los números verdes en la pantalla digital de la balanza.
–¿Pocos faroles?
–Sí. No van a alcanzar para colgarlos a todos.
Los que hablaban eran dos jubilados que, por la forma en se miraban, supuse que se acababan de conocer. Aunque tomé la conversación empezada, supe que estaban hablando de "los políticos corruptos" o de algo por el estilo. Ninguna de las seis o siete personas que se enfilaban tras la caja terció en la charla. Si estuviéramos en el verano de hace cuatro años (en el "ardiente verano post-argentinazo", como escriben los periodistas al referirse a los comienzos del 2002), pensé, hasta yo mismo podría haber hecho alguna acotación.
Desde hace algunos meses, cuando el supermercado chino cambió de dueño –siempre manteniendo el gentilicio– se notan algunas mejoras: nueva iluminación, mayor limpieza, góndolas más amplias. De todos modos, no pasan demasiados días sin que pueda verse alguna cucaracha en la zona del pan o de los embutidos.
Las cajeras ahora usan pecheras que tienen estampado bien visible el logo del comercio, y tengo la impresión de que una de ellas, la única oriental, es la hija del dueño; siempre estoy a punto de preguntárselo, pero me arrepiento al pensar que me voy a meter en problemas.
Otro cambio implementado por la nueva administración incumbe a los rubros de carnicería y verdulería; ahora el importe de lo que se compra en esas secciones se paga directamente ahí. Antes, mediante un simple sistema de vales, se unificaban las cajas.
El verdulero tiene alrededor de treinta y cinco años y es hincha fanático de River. A las mujeres mayores las trata de "nona" o de "abuela", y a ciertas jóvenes de "mami". Hasta el verano, cuando las normas del local en cuanto a la estética eran menos rígidas, tenía decorado su sector con pósters y banderines rojiblancos. Los lunes, invariablemente, los pasa comentando los partidos con el carnicero de turno y analizando las estadísticas de la fecha con el diario deportivo abierto sobre la balanza.
A mí, tal vez por verme hacer las compras casi todas las mañanas, me tiene catalogado como "el cocinero" de mi casa. Siempre me pregunta, con un poco de sorna, qué plato exótico tengo pensado, y yo otorgo en silencio levantando las cejas.
Ayer a la mañana, cuando le pedí un kilo de naranjas, me preguntó:
–Para comer o para jugo –y después, mientras se inclinaba sobre el cajón que yo le había indicado, reflexionó en voz alta: –Para comer o para jugo, qué boludez, Díos mío…
A lado mío había una "nona" que, tal vez por estar un poco sorda, no amagó ni a un rictus de sonrisa. Unos metros más allá, acodado en un pequeño mostrador, el presunto padre de la cajera acababa de levantar un pedido y, fiel a su costumbre, despedía al corredor con malos modales.
–Qué se le va hacer . . . para comer o para jugo . . . es la costumbre –me dijo el verdulero, colorado por la risa, mientras miraba cómo se modificaban los números verdes en la pantalla digital de la balanza.
1 de noviembre de 2006
Seguridad para con uno mismo
Aunque desde hace un tiempo (sobre todo desde hace un par de meses) soy cada vez menos inseguro, a veces, cuando ando con la autoestima un poco baja, siento que si alguien me habla o pone cara de prestarle atención a lo que digo lo hace sólo por diplomacia.
Hoy Fausto cumple dos meses. A las cinco menos diez, hora casi exacta de su nacimiento, se despertó chillando y, en su particular modo de festejo, se puso a gritar con los ojos bien abiertos.
Desde el fin de semana pasado vengo escuchando Los Pájaros. Esa tarde caminamos con el bebé hasta el parque de Dorrego y Corrientes. En esas doce o quince cuadras soleadas pisamos tres o cuatro barrios: Palermo Viejo, Colegiales, Chacarita. El dudoso, teniendo en cuenta la distancia con la cancha de Atlanta, es Villa Crespo.
Más de la mitad del puesto de cedés grabados estaba ocupado por bandas de cumbia. Comiendo choripanes, a pocos metros de ahí, había un grupo de músicos que había bajado de una combi. Todos tenía el pelo largo y lacio y un traje blanco hasta debajo de las rodillas.
Como el perímetro del césped estaba enrejado y no conseguimos un lugar dónde sentarnos, volvimos después de hacer esa compra y de tomar un helado de palito. Pasamos por el super mercado y nos tiramos al sol unos minutos en la plaza Mafalda.
Pero de mi auto estima había planeado escribir en el post de hoy, en vez de tomar estas notas de diario. Ni pensaba decir que Los pájaros es menos ornamentado y tiene un sonido menos pop que los discos anteriores. El sábado o domingo, cuando volvimos a casa y prendimos el televisor, vimos cantar, en un programa de bailanta, al pelilargo que, en el parque, había pedido chimichurri.
Hoy Fausto cumple dos meses. A las cinco menos diez, hora casi exacta de su nacimiento, se despertó chillando y, en su particular modo de festejo, se puso a gritar con los ojos bien abiertos.
Desde el fin de semana pasado vengo escuchando Los Pájaros. Esa tarde caminamos con el bebé hasta el parque de Dorrego y Corrientes. En esas doce o quince cuadras soleadas pisamos tres o cuatro barrios: Palermo Viejo, Colegiales, Chacarita. El dudoso, teniendo en cuenta la distancia con la cancha de Atlanta, es Villa Crespo.
Más de la mitad del puesto de cedés grabados estaba ocupado por bandas de cumbia. Comiendo choripanes, a pocos metros de ahí, había un grupo de músicos que había bajado de una combi. Todos tenía el pelo largo y lacio y un traje blanco hasta debajo de las rodillas.
Como el perímetro del césped estaba enrejado y no conseguimos un lugar dónde sentarnos, volvimos después de hacer esa compra y de tomar un helado de palito. Pasamos por el super mercado y nos tiramos al sol unos minutos en la plaza Mafalda.
Pero de mi auto estima había planeado escribir en el post de hoy, en vez de tomar estas notas de diario. Ni pensaba decir que Los pájaros es menos ornamentado y tiene un sonido menos pop que los discos anteriores. El sábado o domingo, cuando volvimos a casa y prendimos el televisor, vimos cantar, en un programa de bailanta, al pelilargo que, en el parque, había pedido chimichurri.
31 de octubre de 2006
Entropía se baja del Donayo-gate
From: Ignacio Molina
To: Gonzalo Castro, VC, SMD, JMN
Subject: donayo??
Quién es David Donayo? Vende los libros de ustedes? Los vende a 86 euros? (creo que en este caso un abogado habilidoso haría un gran trabajo)
From: Gonzalo Castro
To: Ignacio Molina, JMN, SMD, VC
Subject: Re: donayo??
Lo de Donayo es un misterio que hemos tratado varias veces en nuestro blog. Alguna vez intentamos algo, pero no dio resultado. Ahora ya nos encariñamos con Deivid. (¿Donde decía 86 euros?)
To: Gonzalo Castro, VC, SMD, JMN
Subject: donayo??
Quién es David Donayo? Vende los libros de ustedes? Los vende a 86 euros? (creo que en este caso un abogado habilidoso haría un gran trabajo)
From: Gonzalo Castro
To: Ignacio Molina, JMN, SMD, VC
Subject: Re: donayo??
Lo de Donayo es un misterio que hemos tratado varias veces en nuestro blog. Alguna vez intentamos algo, pero no dio resultado. Ahora ya nos encariñamos con Deivid. (¿Donde decía 86 euros?)
29 de octubre de 2006
¿Quién es David Donayo?
Hasta hace algunas horas, David Donayo, el impostor que se atribuye en el mercado europeo la edición de Los estantes vacíos, publicitaba el libro en amazon.fr de la siguiente manera:
Acheter neuf: EUR 86,56 Habituellement expédié sous 12 à 14 jours
Neuf et d'occasion à partir de EUR 28,90
Hoy, junto a la tapa se lee:
Disponibilité: Actuellement indisponibleNous vous recommandons de consulter cette page régulièrement pour savoir si cet article est à nouveau disponible à la vente sur notre site.
Clickeando acá, las pruebas del descaro.
Se dice que los abogados de Entropía ya están trabajando en el caso.
Acheter neuf: EUR 86,56 Habituellement expédié sous 12 à 14 jours
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Hoy, junto a la tapa se lee:
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Clickeando acá, las pruebas del descaro.
Se dice que los abogados de Entropía ya están trabajando en el caso.
26 de octubre de 2006
25 de octubre de 2006
Arte menor
El domingo, durante la sobremesa del asado campero, Martín estuvo hablando sobre mi libro. ''Las historias son impecables –me dijo–, cuando lo termine voy a hacerte un par de observaciones.'' Hace algunos minutos, frente a la pantalla en blanco, con el msn en no conectado y la televisión encendida en la ceremonia de los premios Clarín, recordaba esas frases y las siguientes cuando la llegada de un mail nuevo me desconcentró.
Era un mensaje de Marina, la hermana de Martín: el comment número doce del post dedicado a Fausto. En ese mismo segundo, la conductora del evento anunciaba a la ganadora de la primera mención. Al girar la cabeza vi a un hombre de mi edad y a una chica subir al escenario, y, cuando volví la mirada hacia la computadora, escuché que ella decía algo así: '' . . . y dedicado también a Martín Llambí, su otro hijo, que la ayudó a corregir la novela . . . ''. La voz que había hablado era la de Marina, me di cuenta enseguida, y entonces me pregunté si su mail había llegado con retraso o si la transmisión de la ceremonia era en diferido.
Por pensar en esa cadena de casualidades no retuve el nombre de la ganadora del premio, una chica de 35 años de Villa Ballester. Me gustó que se pusiera nerviosa al recibir la estatuilla y que no supiera qué decir ni a quién agradecer. Pronto va a depositar en el Banco un cheque equivalente a lo que yo ganaría trabajando ocho horas por día durante casi seis años, y, en los próximos meses, su novela detectivesca va a ocupar las mesas de novedades y las playas de la costa.
Al final de la transmisión se emitieron algunas palabras grabadas de Saramago, uno de los jurados del concurso. En portuñol, el premio Nobel dijo algo así como: ''el único arte menor de este libro está en su título: Arte menor'', y, como quien le quita toda la gracia a un chiste malo explicando su sentido, pasó a revelarle a la cámara lo que había querido decir.
Era un mensaje de Marina, la hermana de Martín: el comment número doce del post dedicado a Fausto. En ese mismo segundo, la conductora del evento anunciaba a la ganadora de la primera mención. Al girar la cabeza vi a un hombre de mi edad y a una chica subir al escenario, y, cuando volví la mirada hacia la computadora, escuché que ella decía algo así: '' . . . y dedicado también a Martín Llambí, su otro hijo, que la ayudó a corregir la novela . . . ''. La voz que había hablado era la de Marina, me di cuenta enseguida, y entonces me pregunté si su mail había llegado con retraso o si la transmisión de la ceremonia era en diferido.
Por pensar en esa cadena de casualidades no retuve el nombre de la ganadora del premio, una chica de 35 años de Villa Ballester. Me gustó que se pusiera nerviosa al recibir la estatuilla y que no supiera qué decir ni a quién agradecer. Pronto va a depositar en el Banco un cheque equivalente a lo que yo ganaría trabajando ocho horas por día durante casi seis años, y, en los próximos meses, su novela detectivesca va a ocupar las mesas de novedades y las playas de la costa.
Al final de la transmisión se emitieron algunas palabras grabadas de Saramago, uno de los jurados del concurso. En portuñol, el premio Nobel dijo algo así como: ''el único arte menor de este libro está en su título: Arte menor'', y, como quien le quita toda la gracia a un chiste malo explicando su sentido, pasó a revelarle a la cámara lo que había querido decir.
24 de octubre de 2006
18 de octubre de 2006
16 de octubre de 2006
Leen los cinco
En el marco de su ciclo de lecturas itinerante, el heterogéneo Quinteto (Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Funes, Federico Levín y yo) se presentará este miércoles a las 20:30 horas en el bar "El viejo Belgrano", Amenábar 2363, ciudad de Buenos Aires. Quedan todos invitados.
Flyers del Tigre:

Flyers del Tigre:

13 de octubre de 2006
Cuatro
Aun dándole un gran crédito a su interlocutor para opinar sobre el tema, uno no tiene por qué tomar en serio frases del tipo: "Si tu segundo libro está la mitad de bueno de lo que está el primero, vos entrás en LA literatura argentina". De todas maneras, al recordar esas palabaras mientras vuelve de madrugada en un 151 vacío no puede evitar que se le muevan las comisuras de los labios.
*
Bien escrito, sin comments habilitados, y más volcado hacia una forma heterodoxa de periodismo cultural y de opinión que al diario personal, el de Mariano Cúparo es uno de los muy interesantes blogs que descubrí en el último tiempo. No sólo por eso, le agradezco la mención y el calificativo que le otorga a mi libro al final de uno de sus posts.
*
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Bien escrito, sin comments habilitados, y más volcado hacia una forma heterodoxa de periodismo cultural y de opinión que al diario personal, el de Mariano Cúparo es uno de los muy interesantes blogs que descubrí en el último tiempo. No sólo por eso, le agradezco la mención y el calificativo que le otorga a mi libro al final de uno de sus posts.
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11 de octubre de 2006
Liga
El domingo fui a ver la vuelta de un equipo bahiense a la Liga Nacional de básquet. El partido era contra Obras Sanitarias pero se jugó en La Boca. En la playa de estacionamiento de la Bombonerita, junto a sus autos último modelo, estaban los jefes de la 12. El resto de la barra brava iba volviendo de la cancha de River en colectivos 29 alquilados.
En la tribuna despoblada del mini-estadio vi a Federico, un ex compañero de la primaria y parte de la secundaria. Juntos habíamos ido a ver todos los partidos de los playoffs de la temporada 90-91 jugados en Bahía. Recién a los cinco minutos del primer cuarto pude decirle algo así como ''tengo un hijo recién nacido''. Hasta entonces no había encontrado el tono para hacerlo. Cuando él me preguntó dónde trabajaba o a qué me dedicaba, también me costó encontrar el tono para decirle, entre otras cosas, ''a la literatura''.
–¿A la legislatura? –me preguntó.
Una de las últimas veces que nos habíamos visto fue el 21 de noviembre de 1997. Recuerdo la fecha porque a la semana siguiente yo daría Inglés previa, la última materia que me quedaba para terminar el colegio. Esa noche también nos encontramos en un Obras – Estudiantes, aunque esa vez en la cancha de Núñez. El estaba con otros pibes de Bahía. Al plantel de esa temporada lo integraba Juan Vigna, un chico que había ido con nosotros a la escuela y que, como fanático de Olimpo, jugaba con un pantaloncito aurinegro debajo del blanco.
Después de recibir la charla técnica post-derrota en un hotel del Centro, algunos jugadores salieron con nosotros a dar vueltas en auto por la ciudad. Además de Vigna, estaban Juan Iglesias, un base de Puerto Madryn, y Manu Ginóbili, un pibe que andaba cada vez mejor y contra el cual yo había jugado años antes en diferentes Napostá – Bahiense del Norte. Esa noche él había querido ponerse el equipo al hombro en el último cuarto, pero ni sus penetraciones ni sus triples alcanzaron para ganar.
Hicimos la cola en un boliche de la Costanera, pero, como los deportistas estaban en bermudas y zapatillas, en la puerta nos impidieron el paso. Yo caminaba siempre cerca de ellos porque me gusta estar al lado de gente que me supera en altura, cosa que es más difícil que pase en mi vida cotidiana. Después de dar más vueltas caímos en un bar de la placita Serrano. Mientras tomábamos cerveza y jugábamos al pool en parejas, Manu intentó explicarme el uso de unos verbos en inglés que yo no entendía.
El domingo pasado, Estudiantes perdió por siete puntos en un final bastante cerrado. El 25 de noviembre de 1997 me recibí de bachiller.
En la tribuna despoblada del mini-estadio vi a Federico, un ex compañero de la primaria y parte de la secundaria. Juntos habíamos ido a ver todos los partidos de los playoffs de la temporada 90-91 jugados en Bahía. Recién a los cinco minutos del primer cuarto pude decirle algo así como ''tengo un hijo recién nacido''. Hasta entonces no había encontrado el tono para hacerlo. Cuando él me preguntó dónde trabajaba o a qué me dedicaba, también me costó encontrar el tono para decirle, entre otras cosas, ''a la literatura''.
–¿A la legislatura? –me preguntó.
Una de las últimas veces que nos habíamos visto fue el 21 de noviembre de 1997. Recuerdo la fecha porque a la semana siguiente yo daría Inglés previa, la última materia que me quedaba para terminar el colegio. Esa noche también nos encontramos en un Obras – Estudiantes, aunque esa vez en la cancha de Núñez. El estaba con otros pibes de Bahía. Al plantel de esa temporada lo integraba Juan Vigna, un chico que había ido con nosotros a la escuela y que, como fanático de Olimpo, jugaba con un pantaloncito aurinegro debajo del blanco.
Después de recibir la charla técnica post-derrota en un hotel del Centro, algunos jugadores salieron con nosotros a dar vueltas en auto por la ciudad. Además de Vigna, estaban Juan Iglesias, un base de Puerto Madryn, y Manu Ginóbili, un pibe que andaba cada vez mejor y contra el cual yo había jugado años antes en diferentes Napostá – Bahiense del Norte. Esa noche él había querido ponerse el equipo al hombro en el último cuarto, pero ni sus penetraciones ni sus triples alcanzaron para ganar.
Hicimos la cola en un boliche de la Costanera, pero, como los deportistas estaban en bermudas y zapatillas, en la puerta nos impidieron el paso. Yo caminaba siempre cerca de ellos porque me gusta estar al lado de gente que me supera en altura, cosa que es más difícil que pase en mi vida cotidiana. Después de dar más vueltas caímos en un bar de la placita Serrano. Mientras tomábamos cerveza y jugábamos al pool en parejas, Manu intentó explicarme el uso de unos verbos en inglés que yo no entendía.
El domingo pasado, Estudiantes perdió por siete puntos en un final bastante cerrado. El 25 de noviembre de 1997 me recibí de bachiller.
6 de octubre de 2006
Taxi
(. . .)
González baja la velocidad frente a una parada de colectivos, pero no ve ningún brazo levantado. A la media cuadra estaciona unos segundos ante un semáforo en rojo, baja al máximo la ventanilla y se pone a hablar con otro taxista que estaciona a su lado y que viene escuchando la misma radio que él. Su colega sube el volumen, y, con un tono cómplice, refiriéndose a la noticia que acaban de escuchar, le dice casi a los gritos: "cadena perpetua le dieron . . . y encima le tenemos que pagar la comida".
Son las nueve y media de la mañana. Aunque el pronóstico del informativo anuncia calor, el asfalto todavía conserva la frescura de la noche. En Santa Fe y Riobamba sube una mujer. Elegante la veterana, piensa González mirándola por el espejito, y, antes de planear el viaje hacia Diagonal Norte y Florida, piensa que debe tener la misma edad que su esposa pero que parece veinte años menor. Hasta la 9 de Julio intenta sacar algún tema de conversación, y antes de quedarse callado le pregunta si fuma. Después se pone un cigarrillo entre los labios, pero en ninguna de las siguientes esquinas se decide a encenderlo.
Pocos minutos más tarde, frente a un edificio de oficinas, la mujer paga con un billete que había sacado de su cartera algunas cuadras atrás, y mientras baja del taxi le hace a González el gesto de que se quede con el vuelto. Como todas las mañanas, el custodio del Banco de al lado la saluda con un movimiento de cabeza. La mujer camina por la alfombra del hall, y, cuando está a punto de entrar al ascensor, al tocarse un antebrazo, cae en la cuenta de que dejó el sobre de papel madera en el asiento del auto. Con un rictus de espanto vuelve apurada a la vereda, todo lo rápido que le permiten los tacos, aun con la certeza de que el taxi ya se perdió en el tráfico de la avenida.
(. . .)
González baja la velocidad frente a una parada de colectivos, pero no ve ningún brazo levantado. A la media cuadra estaciona unos segundos ante un semáforo en rojo, baja al máximo la ventanilla y se pone a hablar con otro taxista que estaciona a su lado y que viene escuchando la misma radio que él. Su colega sube el volumen, y, con un tono cómplice, refiriéndose a la noticia que acaban de escuchar, le dice casi a los gritos: "cadena perpetua le dieron . . . y encima le tenemos que pagar la comida".
Son las nueve y media de la mañana. Aunque el pronóstico del informativo anuncia calor, el asfalto todavía conserva la frescura de la noche. En Santa Fe y Riobamba sube una mujer. Elegante la veterana, piensa González mirándola por el espejito, y, antes de planear el viaje hacia Diagonal Norte y Florida, piensa que debe tener la misma edad que su esposa pero que parece veinte años menor. Hasta la 9 de Julio intenta sacar algún tema de conversación, y antes de quedarse callado le pregunta si fuma. Después se pone un cigarrillo entre los labios, pero en ninguna de las siguientes esquinas se decide a encenderlo.
Pocos minutos más tarde, frente a un edificio de oficinas, la mujer paga con un billete que había sacado de su cartera algunas cuadras atrás, y mientras baja del taxi le hace a González el gesto de que se quede con el vuelto. Como todas las mañanas, el custodio del Banco de al lado la saluda con un movimiento de cabeza. La mujer camina por la alfombra del hall, y, cuando está a punto de entrar al ascensor, al tocarse un antebrazo, cae en la cuenta de que dejó el sobre de papel madera en el asiento del auto. Con un rictus de espanto vuelve apurada a la vereda, todo lo rápido que le permiten los tacos, aun con la certeza de que el taxi ya se perdió en el tráfico de la avenida.
(. . .)
2 de octubre de 2006
"Gente que duerme de día"
(Publicada en el número de agosto de la revista Llegás a Buenos Aires) *
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía - $ 21
Calificación: HAY QUE LEERLO
Por Pedro Mairal
Los estantes vacíos, el primer libro de cuentos de Ignacio Molina, tiene algo de novela. Las distintas historias están interconectadas, los personajes reaparecen en otros cuentos, vistos desde la mirada de otro. El autor, a su vez, sabe mostrar las relaciones mínimas que hay entre la gente: el que va al kiosco y pide algo, el que le pregunta la hora a un desconocido, el que comenta algo en la calle. Y construye una unidad: todo el libro está hecho de estos cruces entre personas que parecen estar comunicadas pero que en realidad no lo están; gente que se conoce apenas "de vista" o "de oídas", gente que dialoga pero que está en su propio mundo, distante. Claro que lo interesante es que esta interconexión entre los cuentos y los personajes no es explícita, sino que el lector tiene que armar su propio rompecabezas.
Los personajes, a pesar de su mutismo emocional, caen bien, quizá porque están respetados en su actitud de "bajo perfil"; no hacen grandes cosas, ni encarnan grandes dramas. Es gente que duerme de día, gente que se despierta y no sabe dónde está, gente que se ducha en casas ajenas, gente que se pone a pensar en otra cosa mientras alguien le habla, gente que pide delivery, gente que va al kiosco a las tres de la mañana.
En "El futuro", por ejemplo, una chica ve en un cartel una publicidad de unas clases de yoga; al otro día, cuando decide volver a fijarse el teléfono, se da cuenta que sobre ese cartel pegaron un anuncio de un taller literario. Entonces anota el número igual y termina yendo al taller literario. No elige su destino, se entrega a esa especie de azar: si hubiera visto un anuncio de clases de reiki o de tarot, habría ido a reiki o tarot. Así, los personajes de Molina no pueden planear nada ni pueden ver el futuro. Intentan hacerlo pero la vida los lleva para otro lado. Los rodean asuntos domésticos, a corto plazo. Viven en un presente poblado de recuerdos recientes, cositas que pasaron ayer, hace una semana. Sus vidas giran en espiral.
Esta forma de la soledad se vuelve manifiesta, casi material, cuando se trata el tema de la ruptura de una pareja. Algo que está en el título mismo, Los estantes vacíos, y que se refiere, precisamente, a ese momento cuando el que se va se lleva sus libros. El autor muestra las consecuencias grandes y las consecuencias mínimas de las separaciones. Los personajes que las sufren están como catatónicos, anestesiados por el dolor de la separación. Pero lo atractivo es que ese dolor no está explicado, sino que de alguna manera debe ser intuido por el lector. Y es eso, justamente, lo efectivo: quien se hace cargo de las emociones es el que lee, porque los personajes están en piloto automático, flotando en esa vida doméstica. Y pareciera que, a pesar del dolor, la vida sigue: hay que comprar comida, hay que bañarse, hay que hablar con los demás, hay que contestarle a la gente que pregunta la hora por la calle.
Con un estilo donde predomina el "show, not tell" ("mostrar, no explicar"), un estilo que viene de los cuentistas norteamericanos, Molina deja libre nuestra silla de lectores; simplemente no la ocupa, no nos subestima: nos muestra sin explicar, deja que nosotros mismos ocupemos ese lugar y nos demos cuenta de las cosas. Su apuesta es que la profundidad no debe mostrarla el autor, sino que debe sugerirla para que el lector la encuentre. La poética de Molina parece decir que lo profundo son los hechos que suceden en la superficie.
No hay palabras que suenen extrañas o demasiado literarias o culturosas. El tono natural, a veces incluso informativo, atraviesa todo el libro. Los cuentos son hiper detallistas: hay una gran suma de observaciones, de gestos, como pliegues del pensamiento. En “El sistema”, por citar otro relato, un chico pasa a buscar a una chica por primera vez, caminando, y le toca el portero eléctrico. Mientras espera en la vereda, se apoya contra una camioneta, y en un momento piensa: "Ah, pero ahora va a bajar y me va a ver a apoyado en la camioneta y se va a pensar que es mía, y después se va a desilusionar", entonces se aleja de la camioneta. La suma de esas pequeñas actitudes humanas y observaciones acertadas le dan relieve a cada relato y hacen que estos cuentos estén vivos y resulten tan creíbles.
----------------------------------------------------------------------------------
* En rebeldía con cierto lector calificado de este blog –que está harto de que acá se haga referencia a Los estantes vacíos–, y prometiéndole que intentaré hacerlo cada vez menos, me permití transcribir una reseña más al libro.
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía - $ 21
Calificación: HAY QUE LEERLO
Por Pedro Mairal
Los estantes vacíos, el primer libro de cuentos de Ignacio Molina, tiene algo de novela. Las distintas historias están interconectadas, los personajes reaparecen en otros cuentos, vistos desde la mirada de otro. El autor, a su vez, sabe mostrar las relaciones mínimas que hay entre la gente: el que va al kiosco y pide algo, el que le pregunta la hora a un desconocido, el que comenta algo en la calle. Y construye una unidad: todo el libro está hecho de estos cruces entre personas que parecen estar comunicadas pero que en realidad no lo están; gente que se conoce apenas "de vista" o "de oídas", gente que dialoga pero que está en su propio mundo, distante. Claro que lo interesante es que esta interconexión entre los cuentos y los personajes no es explícita, sino que el lector tiene que armar su propio rompecabezas.
Los personajes, a pesar de su mutismo emocional, caen bien, quizá porque están respetados en su actitud de "bajo perfil"; no hacen grandes cosas, ni encarnan grandes dramas. Es gente que duerme de día, gente que se despierta y no sabe dónde está, gente que se ducha en casas ajenas, gente que se pone a pensar en otra cosa mientras alguien le habla, gente que pide delivery, gente que va al kiosco a las tres de la mañana.
En "El futuro", por ejemplo, una chica ve en un cartel una publicidad de unas clases de yoga; al otro día, cuando decide volver a fijarse el teléfono, se da cuenta que sobre ese cartel pegaron un anuncio de un taller literario. Entonces anota el número igual y termina yendo al taller literario. No elige su destino, se entrega a esa especie de azar: si hubiera visto un anuncio de clases de reiki o de tarot, habría ido a reiki o tarot. Así, los personajes de Molina no pueden planear nada ni pueden ver el futuro. Intentan hacerlo pero la vida los lleva para otro lado. Los rodean asuntos domésticos, a corto plazo. Viven en un presente poblado de recuerdos recientes, cositas que pasaron ayer, hace una semana. Sus vidas giran en espiral.
Esta forma de la soledad se vuelve manifiesta, casi material, cuando se trata el tema de la ruptura de una pareja. Algo que está en el título mismo, Los estantes vacíos, y que se refiere, precisamente, a ese momento cuando el que se va se lleva sus libros. El autor muestra las consecuencias grandes y las consecuencias mínimas de las separaciones. Los personajes que las sufren están como catatónicos, anestesiados por el dolor de la separación. Pero lo atractivo es que ese dolor no está explicado, sino que de alguna manera debe ser intuido por el lector. Y es eso, justamente, lo efectivo: quien se hace cargo de las emociones es el que lee, porque los personajes están en piloto automático, flotando en esa vida doméstica. Y pareciera que, a pesar del dolor, la vida sigue: hay que comprar comida, hay que bañarse, hay que hablar con los demás, hay que contestarle a la gente que pregunta la hora por la calle.
Con un estilo donde predomina el "show, not tell" ("mostrar, no explicar"), un estilo que viene de los cuentistas norteamericanos, Molina deja libre nuestra silla de lectores; simplemente no la ocupa, no nos subestima: nos muestra sin explicar, deja que nosotros mismos ocupemos ese lugar y nos demos cuenta de las cosas. Su apuesta es que la profundidad no debe mostrarla el autor, sino que debe sugerirla para que el lector la encuentre. La poética de Molina parece decir que lo profundo son los hechos que suceden en la superficie.
No hay palabras que suenen extrañas o demasiado literarias o culturosas. El tono natural, a veces incluso informativo, atraviesa todo el libro. Los cuentos son hiper detallistas: hay una gran suma de observaciones, de gestos, como pliegues del pensamiento. En “El sistema”, por citar otro relato, un chico pasa a buscar a una chica por primera vez, caminando, y le toca el portero eléctrico. Mientras espera en la vereda, se apoya contra una camioneta, y en un momento piensa: "Ah, pero ahora va a bajar y me va a ver a apoyado en la camioneta y se va a pensar que es mía, y después se va a desilusionar", entonces se aleja de la camioneta. La suma de esas pequeñas actitudes humanas y observaciones acertadas le dan relieve a cada relato y hacen que estos cuentos estén vivos y resulten tan creíbles.
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* En rebeldía con cierto lector calificado de este blog –que está harto de que acá se haga referencia a Los estantes vacíos–, y prometiéndole que intentaré hacerlo cada vez menos, me permití transcribir una reseña más al libro.
28 de septiembre de 2006
Energías
–Administrá bien las energías –me aconsejan por chat.
A la noche, cuando me voy a la cama, me cuesta leer más de dos páginas sin que se me cierren los ojos. Más tarde, me cuesta dormir más de diez minutos seguidos sin que me despierte el llanto o el hipo del bebé. Lo acuno, le pongo el chupete, le golpeteo la espalda o lo cambio de posición, y vuelvo a dar vueltas entre las sábanas. A la mañana siento un olor extraño, meto un dedo en el pañal hasta el primer nudillo y lo saco pintado de verde amarronado. Después, cuando me siento frente a la computadora, no pasan más de quince minutos antes de que me tenga que levantar.
–Yo quería ser un escritor prolífico –le digo a Melina en la mesa, mientras analizamos cómo vamos a hacer cuando ella tenga que volver al trabajo. Yo quería ser un escritor prolífico, pienso cuando la veo ponerse a caminar alertada por los gritos, y ahora –aunque no deje de pensar nunca en, y desde la, literatura– si no pongo un poco más de voluntad me iré convirtiendo sólo en un padre ocupado y responsable, en un oscuro empleado de oficina, en un ciudadano común.
Igual, me digo en voz baja, mirando hacia el moisés, ya estoy seguro de que no cambiaría el gesto más imperceptible de Fausto ni por la autoría del Fausto.
A la noche, cuando me voy a la cama, me cuesta leer más de dos páginas sin que se me cierren los ojos. Más tarde, me cuesta dormir más de diez minutos seguidos sin que me despierte el llanto o el hipo del bebé. Lo acuno, le pongo el chupete, le golpeteo la espalda o lo cambio de posición, y vuelvo a dar vueltas entre las sábanas. A la mañana siento un olor extraño, meto un dedo en el pañal hasta el primer nudillo y lo saco pintado de verde amarronado. Después, cuando me siento frente a la computadora, no pasan más de quince minutos antes de que me tenga que levantar.
–Yo quería ser un escritor prolífico –le digo a Melina en la mesa, mientras analizamos cómo vamos a hacer cuando ella tenga que volver al trabajo. Yo quería ser un escritor prolífico, pienso cuando la veo ponerse a caminar alertada por los gritos, y ahora –aunque no deje de pensar nunca en, y desde la, literatura– si no pongo un poco más de voluntad me iré convirtiendo sólo en un padre ocupado y responsable, en un oscuro empleado de oficina, en un ciudadano común.
Igual, me digo en voz baja, mirando hacia el moisés, ya estoy seguro de que no cambiaría el gesto más imperceptible de Fausto ni por la autoría del Fausto.
26 de septiembre de 2006
Reseña heterodoxa a "Los estantes vacíos"
Por Garatusas
Tu introversión general, tus estallidos inexplicables de alegría difícil de esconder, tu sangre más cercana al mendigo que al príncipe, tu papel de espectador de todo, un papel que más que exponer, denuncias. Pocas veces he visto más ganas de vivir, de moverse, más amor a todo, más insatisfacción por ser como se es . . .
(Sigue acá)
Tu introversión general, tus estallidos inexplicables de alegría difícil de esconder, tu sangre más cercana al mendigo que al príncipe, tu papel de espectador de todo, un papel que más que exponer, denuncias. Pocas veces he visto más ganas de vivir, de moverse, más amor a todo, más insatisfacción por ser como se es . . .
(Sigue acá)
24 de septiembre de 2006
Tigre
Anoche, en una fiesta de casamiento en el Tigre, un invitado de la generación de los padres preguntó por mí y vino a saludarme.
–¿Ignacio? –me dijo.
Yo estaba sentado en el salón de al lado de la pista de baile, pensando en si sería el único que no llevaba corbata y esperando, con Fausto en brazos, a que llegara el remís que habíamos pedido. Con un pie seguía el compás del remixado de Los Auténticos Decadentes. El tipo se presentó con su nombre, y me preguntó dándome la mano:
–¿Los estantes vacíos?
–Sí, claro . . .
–¿Cómo te va? . . . Leí el libro . . . La verdad que al principio, hasta la página treinta, tenía ganas de matarte . . . Después lo entendí . . .
–Bueno . . .
–Interesantísimo. Te felicito . . . Retrata muy bien a la juventud de hoy . . .
–Bueno, muchas gracias –le dije, mientras me parecía escuchar desde la calle el motor y la bocina del remís. Antes de despedirse, él quiso saber si el bebé era hijo mío y, volviendo al tema del libro, me preguntó:
–¿Pero vos sos así?
Un rato después, mientras nos alejábamos en el auto bordeando el río y escuchábamos, cada vez más lejanos, los graves de la música, pude ver cómo dos pibes intentaban pescar algo con un medio mundo. No me pareció raro que estuvieran ahí a esa hora de la noche. El remisero había vivido en mi barrio hasta antes de jubilarse. Ahora ya llevaba diez años viviendo con su mujer en una casita en el Delta, pero, como nunca le habían aumentado ni un peso de la jubilación, en algún momento tuvo que ponerse a trabajar con el coche.
–¿Ignacio? –me dijo.
Yo estaba sentado en el salón de al lado de la pista de baile, pensando en si sería el único que no llevaba corbata y esperando, con Fausto en brazos, a que llegara el remís que habíamos pedido. Con un pie seguía el compás del remixado de Los Auténticos Decadentes. El tipo se presentó con su nombre, y me preguntó dándome la mano:
–¿Los estantes vacíos?
–Sí, claro . . .
–¿Cómo te va? . . . Leí el libro . . . La verdad que al principio, hasta la página treinta, tenía ganas de matarte . . . Después lo entendí . . .
–Bueno . . .
–Interesantísimo. Te felicito . . . Retrata muy bien a la juventud de hoy . . .
–Bueno, muchas gracias –le dije, mientras me parecía escuchar desde la calle el motor y la bocina del remís. Antes de despedirse, él quiso saber si el bebé era hijo mío y, volviendo al tema del libro, me preguntó:
–¿Pero vos sos así?
Un rato después, mientras nos alejábamos en el auto bordeando el río y escuchábamos, cada vez más lejanos, los graves de la música, pude ver cómo dos pibes intentaban pescar algo con un medio mundo. No me pareció raro que estuvieran ahí a esa hora de la noche. El remisero había vivido en mi barrio hasta antes de jubilarse. Ahora ya llevaba diez años viviendo con su mujer en una casita en el Delta, pero, como nunca le habían aumentado ni un peso de la jubilación, en algún momento tuvo que ponerse a trabajar con el coche.
21 de septiembre de 2006
19 de septiembre de 2006
Bandeja de entrada
De un mail:
(...) Y creo que si un personaje de tus cuentos quisiera dejar un comentario anónimo en un blog, viajaría en colectivo hasta un locutorio del conurbano como para reducir al máximo las posibilidades de que sospechen de él (...)
(...) Y creo que si un personaje de tus cuentos quisiera dejar un comentario anónimo en un blog, viajaría en colectivo hasta un locutorio del conurbano como para reducir al máximo las posibilidades de que sospechen de él (...)
18 de septiembre de 2006
Dimensión
Hoy Melina se fue a su médico y yo me quedé por primera vez a solas con mi hijo. Para el operativo del cambio de pañales transpiré como si hubiera corrido una maratón. Todavía me duele el brazo izquierdo de tenerlo alzado para que no se pasara toda la mañana chillando.
Hace poco escuché a alguien contar que había dimensionado el amor que sentía por su novia cuando, al ver cómo ella se atragantaba con un pedazo de salamín, se puso a llorar del miedo a que se muriera.
Yo me pasé todo el fin de semana engripado y con principio de anginas, y, antes de que viniera el médico y me hablara sobre los anticuerpos que transmite la leche, se me cayeron un par de lágrimas por el miedo a que Fausto se contagiase algún virus.
Hace poco escuché a alguien contar que había dimensionado el amor que sentía por su novia cuando, al ver cómo ella se atragantaba con un pedazo de salamín, se puso a llorar del miedo a que se muriera.
Yo me pasé todo el fin de semana engripado y con principio de anginas, y, antes de que viniera el médico y me hablara sobre los anticuerpos que transmite la leche, se me cayeron un par de lágrimas por el miedo a que Fausto se contagiase algún virus.
12 de septiembre de 2006
La consigna guerrillera
Cuando Melina plantea la posibilidad de guardar leche en una mamadera en el caso eventual de que tenga que salir un par de horas y dejar a Fausto conmigo, el tono de voz de la pediatra cambia totalmente.
–El tema es así –nos dice muy seria–: cuando uno es padre su vida se modifica en todo sentido. Si uno puede evitar o posponer cualquier salida, tiene que hacerlo. Ahora lo principal es el bebé, y estar la mayor cantidad de tiempo con él es lo importante.
Desde la camilla, mientras le saco la ropa para que lo pesen, Fausto me moja las manos con un chorro de pis que atraviesa el pañal. Mientras me lavo, mirándome la cara de dormido en el espejo del baño, pienso en la posibilidad de escribir un libro parecido a Diario de una paternidad, un best-seller español que mi mamá trajo de un viaje.
En la sala de espera, cuando salimos del consultorio, una señora mayor me pregunta qué tiempo tiene el bebé y –a pesar del celeste en el saco y en la mantita de lana– si es nena o varón.
–Qué chiquito precioso –me dice, como con la pulsión de tocarle los cachetes pero conteniéndose a tiempo–, va a ser churro como el papi.
Más tarde, cuando entramos al Hospital de Niños para que le apliquen la BCG, no puedo evitar ponerme a tararear la consigna guerrillera de los primeros años setenta. Camino por los pasillos repletos de gente pensando en que muchos deben estar acá desde la noche anterior. En la sala de espera del vacunatorio desapareció el talonario de números, y frente a las puertas de los consultorios se formó una cola irregular. Yo soy el único hombre, y escuchando los diálogos me propongo adivinar cuál de todas las mamás habrá venido desde más lejos.
Una enfermera informa que los recién nacidos tienen prioridad en los turnos y nos hace pasar. Por los collares, el peinado y la forma de hablar, calculo que el médico que nos toma los datos tiene cuatro o cinco años menos que yo. Para pedirme que deje al bebé en la camilla y que le desnude el brazo derecho empieza tratándome de usted, pero, al ver la cara con que le respondo, gira hacia el tuteo.
De vuelta en mi casa, abro los mails pensando en escribir un post y releo los consejos que nos mandó una amiga desde España:
che, sean lo mas naturistas con fausto. nosotros durante el primer mes lo bañamos con un limón partido al medio, lo exprimís en la bañerita y listo. sin jabón ni nada. después siempre usamos jabones naturales, de coco, avena... en el culito nunca le puse cremas, siempre le puse aceite de almendras, que acá es barato. o de oliva. fijate alguno, es lo mejor. para lavarle los ojitos de las lagañas, haganlo con una gotita de leche.
y para melina: la cortaron? que se ponga gasa bañada en té de tomillo o cola de caballo. mete en el congelador y se va metiendo el hielo ese por ratitos. la miel también es un muy buen cicatrizante. yo me sentía super cansada y sin energía, la partera me mandó un batido alucinante, no sé si habra todo eso en argentina:
un yogurt grande (del sabor que te guste, con o sin frutas, es igual), ucacho de leche, una banana, un datil, 20 piñones, una cucharadita de levadura de cerveza, una de lectitina de soja, y una de germen de trigo.
todo eso lo baten en la licuadora. es la ostia. además tiene un montón de propiedades para este momento. para ella y para fausto.
–El tema es así –nos dice muy seria–: cuando uno es padre su vida se modifica en todo sentido. Si uno puede evitar o posponer cualquier salida, tiene que hacerlo. Ahora lo principal es el bebé, y estar la mayor cantidad de tiempo con él es lo importante.
Desde la camilla, mientras le saco la ropa para que lo pesen, Fausto me moja las manos con un chorro de pis que atraviesa el pañal. Mientras me lavo, mirándome la cara de dormido en el espejo del baño, pienso en la posibilidad de escribir un libro parecido a Diario de una paternidad, un best-seller español que mi mamá trajo de un viaje.
En la sala de espera, cuando salimos del consultorio, una señora mayor me pregunta qué tiempo tiene el bebé y –a pesar del celeste en el saco y en la mantita de lana– si es nena o varón.
–Qué chiquito precioso –me dice, como con la pulsión de tocarle los cachetes pero conteniéndose a tiempo–, va a ser churro como el papi.
Más tarde, cuando entramos al Hospital de Niños para que le apliquen la BCG, no puedo evitar ponerme a tararear la consigna guerrillera de los primeros años setenta. Camino por los pasillos repletos de gente pensando en que muchos deben estar acá desde la noche anterior. En la sala de espera del vacunatorio desapareció el talonario de números, y frente a las puertas de los consultorios se formó una cola irregular. Yo soy el único hombre, y escuchando los diálogos me propongo adivinar cuál de todas las mamás habrá venido desde más lejos.
Una enfermera informa que los recién nacidos tienen prioridad en los turnos y nos hace pasar. Por los collares, el peinado y la forma de hablar, calculo que el médico que nos toma los datos tiene cuatro o cinco años menos que yo. Para pedirme que deje al bebé en la camilla y que le desnude el brazo derecho empieza tratándome de usted, pero, al ver la cara con que le respondo, gira hacia el tuteo.
De vuelta en mi casa, abro los mails pensando en escribir un post y releo los consejos que nos mandó una amiga desde España:
che, sean lo mas naturistas con fausto. nosotros durante el primer mes lo bañamos con un limón partido al medio, lo exprimís en la bañerita y listo. sin jabón ni nada. después siempre usamos jabones naturales, de coco, avena... en el culito nunca le puse cremas, siempre le puse aceite de almendras, que acá es barato. o de oliva. fijate alguno, es lo mejor. para lavarle los ojitos de las lagañas, haganlo con una gotita de leche.
y para melina: la cortaron? que se ponga gasa bañada en té de tomillo o cola de caballo. mete en el congelador y se va metiendo el hielo ese por ratitos. la miel también es un muy buen cicatrizante. yo me sentía super cansada y sin energía, la partera me mandó un batido alucinante, no sé si habra todo eso en argentina:
un yogurt grande (del sabor que te guste, con o sin frutas, es igual), ucacho de leche, una banana, un datil, 20 piñones, una cucharadita de levadura de cerveza, una de lectitina de soja, y una de germen de trigo.
todo eso lo baten en la licuadora. es la ostia. además tiene un montón de propiedades para este momento. para ella y para fausto.
7 de septiembre de 2006
Siesta, carta, efemérides y post


En las fotos, y a menos de sesenta horas de su nacimiento, Fausto compartiendo conmigo la siesta dominguera. En el blog del Quinteto, una carta abierta al bebé firmada por Federico Levín y una efemérides del 1º de septiembre a cargo de Ricardo Romero, y, en el de Funes, un post que lleva su nombre.
4 de septiembre de 2006
Parte de un sueño (post-parto II)
Entre "pre-parto III" y "post-parto" debería haber un post titulado "pre-parto IV", que escribí en word pero no pude subir a blogger. Copio las primeras líneas:
Nos fuimos dos y volvimos dos. Mientras yo esperaba en el hall, el médico le dijo a Melina que había dilatación pero no la suficiente como para dejarla internada . . .
Escribí ese post el jueves a la noche, durante el entre tiempo de la victoria de Olimpo. Después del partido me fui a la cama, miré un poco más de televisión y, pensando en el básquet, puse el despertador para las siete y veintiocho, dos minutos antes del salto inicial.
Alrededor de la una, todavía despierto aunque con los ojos cerrados, sentí que Melina me tocaba un hombro para avisarme que tenía contracciones, y en la media hora siguiente, tal como nos habían enseñado en el curso, fui tomando nota de la frecuencia en que se sucedían.
Cerca de las dos, con el bolso a cuestas y la bolsa ya rota, esperábamos en la vereda que mi mamá, que vive a una cuadra, nos pasase a buscar. Al ver a Melina doblada por el dolor en medio de una contracción, el custodio del edificio, un pibe de unos veinticinco años, despidió a los trasnochados con los que hablaba, me preguntó si necesitábamos un taxi, y después, nervioso como si él fuera el parturiento, nos saludó mientras nos alejábamos en el auto.
Arévalo, Nicaragua, Juan B. Justo, Paraguay, Riobamba, Perón, pasando semáforos en rojo, y antes de las dos y media estábamos esperando al médico de guardia. Melina tenía, cada cinco minutos, dolores cada vez más fuertes. Después de que le hicieran el tacto nos dieron el número de la habitación, y entre la enfermera y yo la ayudamos a subir, caminar por el pasillo y acostarse en la cama.
La primera etapa del trabajo duró algo más de una hora. Después vino la partera, y, en la misma habitación, la incentivó a hacer los primeros pujos. Esa, sin que lo supiéramos en el momento, fue la parte más complicada y dolorosa. Yo no quise mirar mucho, pero por el costado de un ojo me pareció ver que el bebé ya pretendía asomar su cabeza.
–Ahora quedate tranquila, lo peor ya lo hiciste –dijo la partera, antes de retirarse de la habitación para juntarse con el obstetra de guardia.
La enfermera me pidió que la ayudara a empujar la camilla hasta el ascensor grande, y que subiera al tercer piso por el otro. Yo corrí por el pasillo y toqué varias veces el botón, pero no vi que las poleas se movieran. Después de esperar un tiempo (no sé si veinte segundos o diez minutos), busqué una escalera y empecé a subir, sin saber que era la escalera del personal y que desembocaba en el cuarto piso. Busqué con la mirada la leyenda "sala de partos", pero enseguida me di cuenta de dónde estaba. Entonces llamé al ascensor, que ahí sí funcionaba, y bajé hasta el tercero.
Una enfermera vieja, golpeando el vidrio esmerilado de una puerta, me retó ("pensamos que se había fugado, señor"), me pidió que me pusiera la ropa de médico y me indicó en cuál sala meterme.
–Que hacés con ese gorro de carnicero –se sonrió Melina, que ya estaba acostada y en posición de parir. Alguien me dijo que me ubicara en la cabecera. El médico estaba del otro lado, sentado muy tranquilo y examinando la zona que yo, en los minutos posteriores, girando la cabeza hacia el instrumental y las paredes blancas, hice lo posible por no mirar.
Enseguida vinieron los pujos. A una queja de Melina le seguían palabras de aliento de la partera y del médico. Yo, callado y sosteniendo su cabeza por la nuca en cada contracción, pensé que ese parto no tenía mucho que ver con los que había visto en documentales.
La partera, subida a un taburete, apoyaba casi todo su peso sobre la panza empujando al bebé hacia la luz. En un momento me preguntó "¿cómo está el papi?", y al minuto siguiente dijo en voz más alta "miren cómo es su hijo, miren cómo sale". Entonces le hicimos caso, y no pude creer lo que vi. El bebé del que tanto hablábamos existía, no era ficción, pensé, y ahora salía de la panza mojado, a los gritos y con un color indefinible.
En medio de la impresión y de la emoción me pareció escuchar que alguien gritaba "cuatro y cincuenta y uno", pero en mi reloj eran las cinco menos cuarto. Ahí fue cuando la ayudante de la partera me preguntó cómo se llamaba, yo respondí con un hilo de voz, y ella anotó Faustín en una planilla.
Al bebé lo dejaron unos segundos sobre el pecho de la mamá. Después lo llevaron a un cuarto muy calefaccionado en donde lo lavaron y lo vistieron, y al rato me invitaron a alzarlo. Yo lo acuné con cuidado, caminé hasta donde estaba Melina con miedo de tropezarme, y durante unos segundos, cuando sentí que él abría los ojos y fijaba su mirada en la mía, me quedé con la mente totalmente en blanco.
Un rato más tarde, solo en la habitación, me senté en el sillón y creo –no estoy seguro– que se me escaparon algunas lágrimas. Después, mientras esperábamos a que trajeran a Fausto de la nursery, la enfermera me dio un par de instrucciones y le aconsejó a Melina tomar mucho líquido.
Antes del amanecer salí a la calle y sentí el contraste entre la blancura y el ascetismo de la sala de partos y la oscuridad y la suciedad de esa cuadra de Once. "La primera vez que salgo a la calle como papá", me dije, y caminé hasta la esquina pensando en que recordaría ese momento durante el resto de mi vida. Un Gatorade y un agua mineral, pedí a través de unas rejas mientras imaginaba un diálogo imposible con el kioskero.
Al volver al sanatorio le pedí al recepcionista un control remoto para sintonizar alguno de los canales que transmitirían el partido. Cuando llegué a la habitación, Melina intentaba darle de comer al bebé. Después, entre los llantos y los controles de la neonatóloga, los minutos pasaron muy rápido.
Si el tiro del final de Nocioni hubiera entrado, narraría acá los hechos que se fueron sucediendo hasta el mediodía. El relato abarcaría el partido que vi, por momentos, con mi hijo en brazos, y las excusas que encontré para salir, más tarde, a postear a un locutorio. Pero como la pelota pegó en el cilindro, esta pequeña crónica –que espero que algún día Fausto, que ahora empieza a quejarse mientras la escribo, lea con gusto– termina a las siete y veintiocho del viernes, hora en que hubiera sonado el despertador en mi mesa de luz y todo lo que conté podría haber sido parte de un sueño.
Nos fuimos dos y volvimos dos. Mientras yo esperaba en el hall, el médico le dijo a Melina que había dilatación pero no la suficiente como para dejarla internada . . .
Escribí ese post el jueves a la noche, durante el entre tiempo de la victoria de Olimpo. Después del partido me fui a la cama, miré un poco más de televisión y, pensando en el básquet, puse el despertador para las siete y veintiocho, dos minutos antes del salto inicial.
Alrededor de la una, todavía despierto aunque con los ojos cerrados, sentí que Melina me tocaba un hombro para avisarme que tenía contracciones, y en la media hora siguiente, tal como nos habían enseñado en el curso, fui tomando nota de la frecuencia en que se sucedían.
Cerca de las dos, con el bolso a cuestas y la bolsa ya rota, esperábamos en la vereda que mi mamá, que vive a una cuadra, nos pasase a buscar. Al ver a Melina doblada por el dolor en medio de una contracción, el custodio del edificio, un pibe de unos veinticinco años, despidió a los trasnochados con los que hablaba, me preguntó si necesitábamos un taxi, y después, nervioso como si él fuera el parturiento, nos saludó mientras nos alejábamos en el auto.
Arévalo, Nicaragua, Juan B. Justo, Paraguay, Riobamba, Perón, pasando semáforos en rojo, y antes de las dos y media estábamos esperando al médico de guardia. Melina tenía, cada cinco minutos, dolores cada vez más fuertes. Después de que le hicieran el tacto nos dieron el número de la habitación, y entre la enfermera y yo la ayudamos a subir, caminar por el pasillo y acostarse en la cama.
La primera etapa del trabajo duró algo más de una hora. Después vino la partera, y, en la misma habitación, la incentivó a hacer los primeros pujos. Esa, sin que lo supiéramos en el momento, fue la parte más complicada y dolorosa. Yo no quise mirar mucho, pero por el costado de un ojo me pareció ver que el bebé ya pretendía asomar su cabeza.
–Ahora quedate tranquila, lo peor ya lo hiciste –dijo la partera, antes de retirarse de la habitación para juntarse con el obstetra de guardia.
La enfermera me pidió que la ayudara a empujar la camilla hasta el ascensor grande, y que subiera al tercer piso por el otro. Yo corrí por el pasillo y toqué varias veces el botón, pero no vi que las poleas se movieran. Después de esperar un tiempo (no sé si veinte segundos o diez minutos), busqué una escalera y empecé a subir, sin saber que era la escalera del personal y que desembocaba en el cuarto piso. Busqué con la mirada la leyenda "sala de partos", pero enseguida me di cuenta de dónde estaba. Entonces llamé al ascensor, que ahí sí funcionaba, y bajé hasta el tercero.
Una enfermera vieja, golpeando el vidrio esmerilado de una puerta, me retó ("pensamos que se había fugado, señor"), me pidió que me pusiera la ropa de médico y me indicó en cuál sala meterme.
–Que hacés con ese gorro de carnicero –se sonrió Melina, que ya estaba acostada y en posición de parir. Alguien me dijo que me ubicara en la cabecera. El médico estaba del otro lado, sentado muy tranquilo y examinando la zona que yo, en los minutos posteriores, girando la cabeza hacia el instrumental y las paredes blancas, hice lo posible por no mirar.
Enseguida vinieron los pujos. A una queja de Melina le seguían palabras de aliento de la partera y del médico. Yo, callado y sosteniendo su cabeza por la nuca en cada contracción, pensé que ese parto no tenía mucho que ver con los que había visto en documentales.
La partera, subida a un taburete, apoyaba casi todo su peso sobre la panza empujando al bebé hacia la luz. En un momento me preguntó "¿cómo está el papi?", y al minuto siguiente dijo en voz más alta "miren cómo es su hijo, miren cómo sale". Entonces le hicimos caso, y no pude creer lo que vi. El bebé del que tanto hablábamos existía, no era ficción, pensé, y ahora salía de la panza mojado, a los gritos y con un color indefinible.
En medio de la impresión y de la emoción me pareció escuchar que alguien gritaba "cuatro y cincuenta y uno", pero en mi reloj eran las cinco menos cuarto. Ahí fue cuando la ayudante de la partera me preguntó cómo se llamaba, yo respondí con un hilo de voz, y ella anotó Faustín en una planilla.
Al bebé lo dejaron unos segundos sobre el pecho de la mamá. Después lo llevaron a un cuarto muy calefaccionado en donde lo lavaron y lo vistieron, y al rato me invitaron a alzarlo. Yo lo acuné con cuidado, caminé hasta donde estaba Melina con miedo de tropezarme, y durante unos segundos, cuando sentí que él abría los ojos y fijaba su mirada en la mía, me quedé con la mente totalmente en blanco.
Un rato más tarde, solo en la habitación, me senté en el sillón y creo –no estoy seguro– que se me escaparon algunas lágrimas. Después, mientras esperábamos a que trajeran a Fausto de la nursery, la enfermera me dio un par de instrucciones y le aconsejó a Melina tomar mucho líquido.
Antes del amanecer salí a la calle y sentí el contraste entre la blancura y el ascetismo de la sala de partos y la oscuridad y la suciedad de esa cuadra de Once. "La primera vez que salgo a la calle como papá", me dije, y caminé hasta la esquina pensando en que recordaría ese momento durante el resto de mi vida. Un Gatorade y un agua mineral, pedí a través de unas rejas mientras imaginaba un diálogo imposible con el kioskero.
Al volver al sanatorio le pedí al recepcionista un control remoto para sintonizar alguno de los canales que transmitirían el partido. Cuando llegué a la habitación, Melina intentaba darle de comer al bebé. Después, entre los llantos y los controles de la neonatóloga, los minutos pasaron muy rápido.
Si el tiro del final de Nocioni hubiera entrado, narraría acá los hechos que se fueron sucediendo hasta el mediodía. El relato abarcaría el partido que vi, por momentos, con mi hijo en brazos, y las excusas que encontré para salir, más tarde, a postear a un locutorio. Pero como la pelota pegó en el cilindro, esta pequeña crónica –que espero que algún día Fausto, que ahora empieza a quejarse mientras la escribo, lea con gusto– termina a las siete y veintiocho del viernes, hora en que hubiera sonado el despertador en mi mesa de luz y todo lo que conté podría haber sido parte de un sueño.
1 de septiembre de 2006
Post-parto
Hoy, 1º de septiembre, a las cinco menos cuarto de la madrugada, nació Fausto Molina. Pesó 4,090 kilos y mide cincuenta centímetros. Melina está muy bien. El parto fue rápido y con dolor (tan rápido que, debido a un ascensor en mal estado y a una escalera laberíntica, yo me perdí en el sanatorio, en el trayecto entre la habitación y la sala, y llegué cuando ya había empezado y a pocos minutos de terminar), y ella se lo bancó perfecto, sin quejarse más de lo necesario. Ahoras son las once y media y salí a la calle para hacer trámites en la obra social. Hace más de 29 horas que no duermo, pero creo que con el nivel de excitación que tengo tiro hasta la noche.
(Apenas el bebé, entre gris y violeta, salió de la panza, la ayudante de la partera, con una planilla en la mano, me preguntó cómo se llamaba, y yo, impresionado, le respondí con un confuso hilo de voz. Debido a eso, colijo, para la burocracia del sanatorio su nombre es, hasta el momento, "Faustín", nombre que ya figura, por ejemplo, en el cartelito del moisés en el que en este momento debe estar llorando extrañando a su papá).
(Apenas el bebé, entre gris y violeta, salió de la panza, la ayudante de la partera, con una planilla en la mano, me preguntó cómo se llamaba, y yo, impresionado, le respondí con un confuso hilo de voz. Debido a eso, colijo, para la burocracia del sanatorio su nombre es, hasta el momento, "Faustín", nombre que ya figura, por ejemplo, en el cartelito del moisés en el que en este momento debe estar llorando extrañando a su papá).
31 de agosto de 2006
Pre-parto III
Hace unas horas, cuando volví de cobrar un cheque en el Centro, Melina me recibió acostada en la cama. Acababa de volver de su visita al obstetra. Se acarició la panza y me pidió que me sentara a su lado.
–¿Qué pasa, son mellizos? –fue lo primero que se me ocurrió preguntarle, y ella se rió de mi cara de pánico.
El médico, después de medirle la dilatación, le había pedido que volviera a la casa, que descansara un poco, que saliera a caminar unas tres horas, y que volviera a la guardia para, en el mejor de los casos, quedarse internada.
Ahora son las tres y media, y, mientras espero a que ella vuelva de la caminata, escribo en el blog para no correr por las paredes. En un rato salimos los dos para el sanatorio, y ya veremos cuántos volvemos.
*
(Y aunque soy un poco ateo para esas cosas, no me queda otra que encomendarme al santo de hoy)
–¿Qué pasa, son mellizos? –fue lo primero que se me ocurrió preguntarle, y ella se rió de mi cara de pánico.
El médico, después de medirle la dilatación, le había pedido que volviera a la casa, que descansara un poco, que saliera a caminar unas tres horas, y que volviera a la guardia para, en el mejor de los casos, quedarse internada.
Ahora son las tres y media, y, mientras espero a que ella vuelva de la caminata, escribo en el blog para no correr por las paredes. En un rato salimos los dos para el sanatorio, y ya veremos cuántos volvemos.
*
(Y aunque soy un poco ateo para esas cosas, no me queda otra que encomendarme al santo de hoy)
29 de agosto de 2006
En la otra punta de la mesa . . .
. . . hablaban de mí, y yo, mirando por la ventana, me hacía el que no escuchaba:
–Che, Molina piensa todo el tiempo . . . ¿no?
–¿Cómo?
–Eso, que se pasa todo el día pensando.
–No sé. Me parece que estás equivocada.
–¿Por?
–Para mí, parece que él piensa todo el tiempo, pero en realidad está registrando.
–¿Registrando?
–Claro, todo el tiempo. Y piensa sólo una vez por día … Se la pasa registrando, y después clasifica: "esto va para los cuentos", "esto para comentarle a tal", "esto para pensar antes de dormir", "esto para el blog".
–"Esto a la papelera", "esto para enseñarle a mi hijo" . . .
–Claro, algo así . . .
–Ahá, puede ser . . . Pero miralo ahora . . . parece como que estuviera pensando . . .
–Che, Molina piensa todo el tiempo . . . ¿no?
–¿Cómo?
–Eso, que se pasa todo el día pensando.
–No sé. Me parece que estás equivocada.
–¿Por?
–Para mí, parece que él piensa todo el tiempo, pero en realidad está registrando.
–¿Registrando?
–Claro, todo el tiempo. Y piensa sólo una vez por día … Se la pasa registrando, y después clasifica: "esto va para los cuentos", "esto para comentarle a tal", "esto para pensar antes de dormir", "esto para el blog".
–"Esto a la papelera", "esto para enseñarle a mi hijo" . . .
–Claro, algo así . . .
–Ahá, puede ser . . . Pero miralo ahora . . . parece como que estuviera pensando . . .
26 de agosto de 2006
Pre-parto II
No sé en qué consiste la depresión post-parto que sufren algunas mujeres. Pero sí sé que, sumada a otras sensaciones –expectativa, temor, ansiedad–, en las horas previas al primer parto se experimenta, al menos en mi caso, una intensa especie de nostalgia: la certeza de que ya nada, nunca más, volverá a ser como antes.
23 de agosto de 2006
Pre-parto
Hoy, 23 de agosto, es una de las fechas estimativas que nos dieron para el parto. Ese día, que parecía tan lejano a principios de año, cuando hicimos la primera consulta con el obstetra, finalmente llegó. El bolso con la ropa, las cosas del bebé y los papeles burocráticas para la internación ya está armado desde hace una semana. En estos días Melina tuvo algunos dolores, pero no concluyeron en nada. En el panel de corcho, arriba de la pantalla en la que escribo, hay enchinchado un papel con los números de teléfono a los que puedo llamar para que nos lleven al sanatorio. Sólo hay que esperar que empiecen las primeras contracciones fuertes o que se rompa la bolsa. Ojalá que el llanto de Fausto no me impida terminar el cuento largo que estoy escribiendo, y que pueda festejar conmigo en la final del Mundial.
18 de agosto de 2006
Mientras esa velocidad
Además de administrar este blog y de participar en esta editorial, de subir fotos como ésta a un fotoblox oculto, de obligarme a sacar su apellido de los links y a no publicar los apuntes que tomó para una reseña a Los estantes vacíos, Paula escribe poemas como "Cerveza" o como "Enero con Sara Gallardo" y cuentos como "La pelota, el carro y la planchita".
Los dejos con esa buena literatura hasta la semana que viene, cuando, tal vez, yo ya conozca la cara de mi hijo.
Los dejos con esa buena literatura hasta la semana que viene, cuando, tal vez, yo ya conozca la cara de mi hijo.
16 de agosto de 2006
Lecturas de un viaje
Durante su viaje por Salta, Humahuaca, Tilcara, Purmamarca, San Lorenzo, Cachi, Molinos, Cafayate, Tafí del Valle y San Miguel de Tucumán, Superloyds se hizo tiempo para leer de punta a punta Los estantes vacíos, y ahora transcribe en su blog un fragmento del cuento que le da título al libro.
14 de agosto de 2006
"Hay un estante vacío"
(publicado en el suplemento Radar Libros de Página/12 el 6 de agosto de 2006)
Primeros cuentos con personajes recurrentes y donde la desidia no equivale al aburrimiento juvenil.
Por Juan Pablo Bertazza
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
188 páginas
Alguien dijo que lo más importante de una biblioteca son los espacios vacíos. Ignacio Molina, un joven bahiense blogger que ha realizado reseñas para algunos medios como la revista de crítica Los asesinos tímidos, tomó la idea para hacerla carne en lo que es su carta de presentación: un sobrio libro de cuentos. Y los quince relatos que vienen a llenar Los estantes vacíos se afilian muy claramente en esa tradición que inició Hemingway y que llevaron hasta su máxima expresión Cheever y Raymond Carver. En efecto, se podría jugar un poco y pensar que estas historias, que encuentran en el fútbol (ver el cuento “El opio de las masas”) una curiosa unidad, constituyen algo así como las variaciones argentas de dos cuentos de Carver que resumen, a su vez, los dos grandes procedimientos del autor norteamericano...
(La reseña completa, acá)
Primeros cuentos con personajes recurrentes y donde la desidia no equivale al aburrimiento juvenil.
Por Juan Pablo Bertazza
Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
188 páginas
Alguien dijo que lo más importante de una biblioteca son los espacios vacíos. Ignacio Molina, un joven bahiense blogger que ha realizado reseñas para algunos medios como la revista de crítica Los asesinos tímidos, tomó la idea para hacerla carne en lo que es su carta de presentación: un sobrio libro de cuentos. Y los quince relatos que vienen a llenar Los estantes vacíos se afilian muy claramente en esa tradición que inició Hemingway y que llevaron hasta su máxima expresión Cheever y Raymond Carver. En efecto, se podría jugar un poco y pensar que estas historias, que encuentran en el fútbol (ver el cuento “El opio de las masas”) una curiosa unidad, constituyen algo así como las variaciones argentas de dos cuentos de Carver que resumen, a su vez, los dos grandes procedimientos del autor norteamericano...
(La reseña completa, acá)
11 de agosto de 2006
Teórico
Anoche, en la mesa, Melina me preguntó si estaba listo para ser padre.
-¿Para el parto o para lo demás?
-Para todo lo que va a ir desencadenándose –me dijo, y yo bajé el volumen del televisor.
Esta mañana fuimos a la clase de “cuidados al bebé durante el primer mes”. Era la segunda clase “para papis” a la que iba. En la primera, el miércoles, nos habían mostrado diapositivas: entre otras, la cabeza peluda de un bebé saliendo por la entrepierna rasurada de su madre. La mujer que daba el curso contó que, en los últimos veinte años, había disminuido a un tercio el porcentaje de padres que se desmayan durante los partos.
Hoy había unas veinte chicas en estado avanzado de embarazo. Casi todas estaban acompañadas por su novios o maridos, y antes de la teórica habían tenido una clase práctica en la que habían aprendido a pujar. Cuando llegué estaban descalzas y recostadas sobre sus colchonetas. Melina me pidió que me sentara a su lado, que prestara atención, y, cuando la clase terminó (se tocaron los temas “cómo bañar al bebé”, “cómo limpiar el cordón”, “cómo dar la teta”, “cómo cambiar los pañales”), volvió a hacerme, con un tono bastante más serio, la misma pregunta que ayer.
-¿Para el parto o para lo demás?
-Para todo lo que va a ir desencadenándose –me dijo, y yo bajé el volumen del televisor.
Esta mañana fuimos a la clase de “cuidados al bebé durante el primer mes”. Era la segunda clase “para papis” a la que iba. En la primera, el miércoles, nos habían mostrado diapositivas: entre otras, la cabeza peluda de un bebé saliendo por la entrepierna rasurada de su madre. La mujer que daba el curso contó que, en los últimos veinte años, había disminuido a un tercio el porcentaje de padres que se desmayan durante los partos.
Hoy había unas veinte chicas en estado avanzado de embarazo. Casi todas estaban acompañadas por su novios o maridos, y antes de la teórica habían tenido una clase práctica en la que habían aprendido a pujar. Cuando llegué estaban descalzas y recostadas sobre sus colchonetas. Melina me pidió que me sentara a su lado, que prestara atención, y, cuando la clase terminó (se tocaron los temas “cómo bañar al bebé”, “cómo limpiar el cordón”, “cómo dar la teta”, “cómo cambiar los pañales”), volvió a hacerme, con un tono bastante más serio, la misma pregunta que ayer.
9 de agosto de 2006
8 de agosto de 2006
"El niño salvaje"
De un mail, con fábula incluida, de Ricardo Romero:
PD: No te preocupes, la literatura es lo único que a la larga nos permite seguir siendo irresponsables. Hay señores mayores que se visten con las ropas de sus mujeres a escondidas, otros que no lo hacen a escondidas, los hay que se compran autos y lo lustran todos los domingos y les hablan, otros trabajan sonrientes y después cuando se mueren nadie se acuerda de que sonreían. Nosotros escribimos porque cualquier gesto nos resulta inverosímil: somos señores mayores pero al mismo tiempo somos niños remotísimos... permítanme muchachos, una fabulita para explayarme (es mi vicio, qué le voy a hacer)...
Alguna vez, el más lejano de nuestros antepasados, un niño, vio ponerse al sol por primera vez, sin saber si esa luz volvería. El miedo debe haber sido algo grande y poderoso, todavía innominado. Los sonidos de su desesperación, que todavía no eran palabras, fueron invocación, llamado, ruego. Cuando por fin la noche pasó y la luz volvió a aparecer, es posible que él haya creído en el poder de sus rugidos. Y comenzó a rugir cuando tenía miedo, cuando deseaba, y diferenció un rugido de otro. Desde entonces, nuestra fe en la palabra no es sólo una elección espiritual, sino también física. Nuestro cuerpo cree en ella, la siente como un músculo más, una víscera que palpita en la profunda oscuridad de la naturaleza, invocando e inventando la luz que nos permite empezar a construir un hogar y una historia. Por fin, el niño salvaje, en pleno día, cerrará los ojos para encontrarse con la oscuridad y exclamar ese grito del cual, sin saberlo, se ha enamorado.
PD: No te preocupes, la literatura es lo único que a la larga nos permite seguir siendo irresponsables. Hay señores mayores que se visten con las ropas de sus mujeres a escondidas, otros que no lo hacen a escondidas, los hay que se compran autos y lo lustran todos los domingos y les hablan, otros trabajan sonrientes y después cuando se mueren nadie se acuerda de que sonreían. Nosotros escribimos porque cualquier gesto nos resulta inverosímil: somos señores mayores pero al mismo tiempo somos niños remotísimos... permítanme muchachos, una fabulita para explayarme (es mi vicio, qué le voy a hacer)...
Alguna vez, el más lejano de nuestros antepasados, un niño, vio ponerse al sol por primera vez, sin saber si esa luz volvería. El miedo debe haber sido algo grande y poderoso, todavía innominado. Los sonidos de su desesperación, que todavía no eran palabras, fueron invocación, llamado, ruego. Cuando por fin la noche pasó y la luz volvió a aparecer, es posible que él haya creído en el poder de sus rugidos. Y comenzó a rugir cuando tenía miedo, cuando deseaba, y diferenció un rugido de otro. Desde entonces, nuestra fe en la palabra no es sólo una elección espiritual, sino también física. Nuestro cuerpo cree en ella, la siente como un músculo más, una víscera que palpita en la profunda oscuridad de la naturaleza, invocando e inventando la luz que nos permite empezar a construir un hogar y una historia. Por fin, el niño salvaje, en pleno día, cerrará los ojos para encontrarse con la oscuridad y exclamar ese grito del cual, sin saberlo, se ha enamorado.
7 de agosto de 2006
Sin título

igna, molín, rouge
pedro, carola, sartén
cañuela, cordero: domingo *
Foto de Paula
*epígrafe original en cierto fotoblox
5 de agosto de 2006
4 de agosto de 2006
Un índice absoluto
Hoy, 4 de agosto, un día antes de mi cumpleaños, y a un año de haberlo encendido, El Remisero Absoluto apaga su motor. Estaciona, abre las puertas y deja, como postales del viaje, sus contenidos agrupados en un índice absoluto: poemas, relatos y demás secciones, que pueden encontrarse a un costado de su pantalla.
3 de agosto de 2006
Jornadas literarias
La semana que viene, cuando yo ya tenga treinta años y esté a menos de quince días de ser padre (¿cómo? ¿esas cosas no les pasaban a los grandes?) Buenos Aires será sede de dos imperdibles eventos literarios.
El martes 8 a las 20:30 hs. en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525) Editorial Tamarisco presentará sus dos primeros libros de narrativa: Toronto no, de Leonel Livchits, y Hojas de Tamarisco, antología de cuentos de Hernán Vanoli, Félix Bruzzone, Sonia Budassi, Violeta Gorodischer. Los organizadores prometen brindis, música en vivo y lectura de textos.
Y el miércoles 9, también a las 20:30 pero en El Tano de Arriba (Díaz Vélez 4492, esquina Río de Janeiro) se llevará a cabo la jornada inaugural de Los Mudos, ciclo de lecturas organizado por Lucas “Funes” Oliveira. Habrá personalidades, música en vivo, grandes atracciones, y el Quinteto de la Muerte (ejército literario irregular que integro con Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Federico Levín y el mismo Funes) leerá fragmentos de su obras éditas o inéditas. Quedan todos invitados.
El martes 8 a las 20:30 hs. en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525) Editorial Tamarisco presentará sus dos primeros libros de narrativa: Toronto no, de Leonel Livchits, y Hojas de Tamarisco, antología de cuentos de Hernán Vanoli, Félix Bruzzone, Sonia Budassi, Violeta Gorodischer. Los organizadores prometen brindis, música en vivo y lectura de textos.
Y el miércoles 9, también a las 20:30 pero en El Tano de Arriba (Díaz Vélez 4492, esquina Río de Janeiro) se llevará a cabo la jornada inaugural de Los Mudos, ciclo de lecturas organizado por Lucas “Funes” Oliveira. Habrá personalidades, música en vivo, grandes atracciones, y el Quinteto de la Muerte (ejército literario irregular que integro con Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Federico Levín y el mismo Funes) leerá fragmentos de su obras éditas o inéditas. Quedan todos invitados.
1 de agosto de 2006
Villa del Parque I
A las nueve de la noche del sábado estoy parado en una esquina de Villa del Parque, esperando que el semáforo me dé luz para cruzar. Hace quince minutos, todavía con los ojos cerrados, Manuela me dijo que tenía hambre y yo le pregunté si tenía ganas de comer una pizza.
Detrás mío hay dos chicos adolescentes, que se pasan de pique una pelota de básquet y hablan sobre un jugador de su misma categoría.
–Pero no es ningún gil, eh. Yo sé lo que te digo. En el fondo es bastante . . .
–Seguro. Muy en el fondo será así, pero se hace el pelotudo . . .
Yo los escucho con la mirada fija en el asfalto.
–Cuidado, ey, che, el bondi, cuidado –me grita uno de ellos.
Retrocedo dos metros y pasa un colectivo cerca de nosotros, con las ruedas de un lado sobre la franja blanca en la que estuve parado yo. Mientras lo vemos alejarse a toda velocidad, el semáforo cambia de luz y caminamos hacia la vereda de enfrente.
Detrás mío hay dos chicos adolescentes, que se pasan de pique una pelota de básquet y hablan sobre un jugador de su misma categoría.
–Pero no es ningún gil, eh. Yo sé lo que te digo. En el fondo es bastante . . .
–Seguro. Muy en el fondo será así, pero se hace el pelotudo . . .
Yo los escucho con la mirada fija en el asfalto.
–Cuidado, ey, che, el bondi, cuidado –me grita uno de ellos.
Retrocedo dos metros y pasa un colectivo cerca de nosotros, con las ruedas de un lado sobre la franja blanca en la que estuve parado yo. Mientras lo vemos alejarse a toda velocidad, el semáforo cambia de luz y caminamos hacia la vereda de enfrente.
28 de julio de 2006
Papeles viejos
La abstinencia a la computadora puede ser tan dura como la abstinencia al chocolate. Desde hace una semana que la máquina se niega a encenderse. Hoy vino un técnico nuevo; enseguida me informó que no le había entrado ningún virus y, en algún momento de las dos horas posteriores, al leer mi nombre en la tapa de un libro me preguntó si yo me dedicaba a eso.
Ante mi respuesta se mostró curioso y entusiasmado: por qué y dónde escribía, a qué hora del día, cómo me surgía la inspiración. Antes me había contado que vive en Tapiales ("viene a ser provincia, a ocho cuadras de la General Paz a la altura de Mataderos"), me había hablado mal de sus vecinos que tienen hijos sin saber cómo criarlos, y me había preguntado si mi nombre de pila se escribía con hache.
–No te espantes eh. Lo que pasa que, con esto de la tecnología y los mensajes de texto, ya ni me acuerdo cómo se ponen las palabras.
–Además, por ahí te confundiste con Horacio, que sí se escribe con hache –intenté una segunda justificación.
Cuando estaba a punto de ser formateada la máquina se apagó por completo, como si alguien la hubiera desenchufado. El me dijo que no era nada grave pero que necesitaría más tiempo; tendría que llevársela a su casa para encontrar la falla y hacerle un parche. Me cobró veinte pesos a cuenta del arreglo final y quiso saber para cuándo la necesitaba. Mientras bajábamos en el ascensor volvió a hacerme preguntas sobre a la escritura, y llegó a la conclusión de que para mí no se trataba de una cuestión monetaria.
Ante mi respuesta se mostró curioso y entusiasmado: por qué y dónde escribía, a qué hora del día, cómo me surgía la inspiración. Antes me había contado que vive en Tapiales ("viene a ser provincia, a ocho cuadras de la General Paz a la altura de Mataderos"), me había hablado mal de sus vecinos que tienen hijos sin saber cómo criarlos, y me había preguntado si mi nombre de pila se escribía con hache.
–No te espantes eh. Lo que pasa que, con esto de la tecnología y los mensajes de texto, ya ni me acuerdo cómo se ponen las palabras.
–Además, por ahí te confundiste con Horacio, que sí se escribe con hache –intenté una segunda justificación.
Cuando estaba a punto de ser formateada la máquina se apagó por completo, como si alguien la hubiera desenchufado. El me dijo que no era nada grave pero que necesitaría más tiempo; tendría que llevársela a su casa para encontrar la falla y hacerle un parche. Me cobró veinte pesos a cuenta del arreglo final y quiso saber para cuándo la necesitaba. Mientras bajábamos en el ascensor volvió a hacerme preguntas sobre a la escritura, y llegó a la conclusión de que para mí no se trataba de una cuestión monetaria.
25 de julio de 2006
"El sentido de los espacios vacíos"
Por Violeta Gorodischer
Los estantes vacíos es un continuo de discontinuos: momentos, fragmentos, fotografías que, como la ilustración de portada, no parecen sino instantes robados de una vida. Hay un lenguaje acertado y concreto en boca de un narrador humilde que logra un registro mimético de lo cotidiano. Así, con pasos lentos pero seguros, el libro va dibujando la geografía de una ciudad dormida. Los barrios y suburbios de Buenos Aires se vuelven de pronto escenario de los personajes, simpáticos flanêurs del subdesarrollo: calles, colectivos y grafittis son el fondo de diversas pinceladas que luego, en el conjunto, permiten (re)construir una historia. Como alguna vez hiciera Saer en sus Cicatrices, los personajes de Molina cruzan sus vidas acaso sin saberlo, o sí, cómo estar seguros . . .
(La reseña completa en Hojas de Tamarisco)
Los estantes vacíos es un continuo de discontinuos: momentos, fragmentos, fotografías que, como la ilustración de portada, no parecen sino instantes robados de una vida. Hay un lenguaje acertado y concreto en boca de un narrador humilde que logra un registro mimético de lo cotidiano. Así, con pasos lentos pero seguros, el libro va dibujando la geografía de una ciudad dormida. Los barrios y suburbios de Buenos Aires se vuelven de pronto escenario de los personajes, simpáticos flanêurs del subdesarrollo: calles, colectivos y grafittis son el fondo de diversas pinceladas que luego, en el conjunto, permiten (re)construir una historia. Como alguna vez hiciera Saer en sus Cicatrices, los personajes de Molina cruzan sus vidas acaso sin saberlo, o sí, cómo estar seguros . . .
(La reseña completa en Hojas de Tamarisco)
24 de julio de 2006
Día de campo
Al costado de la ruta que lleva a Cañuelas hay una construcción con forma de Castillo que tiene pintada en una de sus fachadas el aviso de un Tenedor Libre. Supongo que ese restaurante no existe más y calculo que el precio del menú (3 $) data de, por lo menos, la época en que un peso era lo mismo que un dólar. Muchas veces, viniendo en auto desde Bahía Blanca, esa pintada azul me anunció que ya estábamos cerca.*
Como único hombre del auto bajo a abrir la tranquera, y, cuando quiero cerrarla, tengo algunos problemas: me cuesta atraer hacia mí las dos puertas al mismo tiempo, y temo hacer el ridículo antes quienes me miran desde la casa. Cuando al fin cruzo la cadena y pongo el candado me doy cuenta que quedé del lado de afuera, y al saltar el alambrado estoy a punto de pisar una montaña de bosta.
*
En el horizonte no se ve a nadie: sólo campo fértil, hectáreas pobladas de vacas y de ovejas. Mientras hago jueguito con una pelota el cielo cambia de color y el viento empieza a refrescar. Tardo en ponerme el pulóver porque es el único abrigo que traje. Los nenes se hamacan, corren a un corderito, juegan con su papá, le piden cosas, duermen en sillones. Alguien dice que eso es lo que me espera. La pileta está vacía; la imagino llena de gente en verano y cubierta de hojas secas en otoño.
*
En el viaje de ida nuestro auto recibió un mensaje de texto avisando que en la Ñ había salido una reseña de mi libro. Cuando compré ese suplemento y me di cuenta de que sólo había salido una pastillita de cinco líneas, hice lo posible por no deprimirme. Alguien comenta eso mientras comemos las achuras, y pone en mi boca palabras que yo nunca dije.
–Y a partir de ahí no habló más –imagina otro, que hace lo posible por no deprimirse cuando nos enteramos de que el perro se comió las tiras que se asaban sobre la parrilla.
*
-¿Un presidente de origen vasco?
-Aramburu.
-Pero ese no fue un presidente.
-¿Ah, no? ¿Y qué fue? -Un golpista. O el título de un libro.
Mi equipo pierde por escándalo al Trivial. Le echo la culpa a mi escaso background teórico. No me perdono no recordar que Estudiantes de La Plata ganó la Intercontinental antes del 85 y que River después. Igual nos reímos. Llamativamente no hablamos de literatura ni de blogs en toda la tarde. Sólo un comentario aislado, cuando ya empieza a anochecer, mientras hablamos de tragedias:
–Habría que dejar constancia de las claves ante escribano público. Sería muy feo que te murieras y tu blog quedara flotando así para siempre, encabezado por un post medio boludo.
19 de julio de 2006
Imaginé una ciudad
Imaginé una ciudad gigante,
una provincia sin campos.
Edificios grises y patios,
de Junín a Patagones,
de Bragado a Capital.
Una ciudad gigante y oscura
colectivos sesenta de larga distancia,
la costa del mar repleta de fábricas
y el límite oeste cubierto de flores.
Avenidas interminables sin nombres
esquinas desiertas y hundidas.
Una ciudad gigante y luminosa
colmada de amigos y ex novias,
una ciudad sin teléfonos celulares
un mundo nuevo sin colers ai dís.
una provincia sin campos.
Edificios grises y patios,
de Junín a Patagones,
de Bragado a Capital.
Una ciudad gigante y oscura
colectivos sesenta de larga distancia,
la costa del mar repleta de fábricas
y el límite oeste cubierto de flores.
Avenidas interminables sin nombres
esquinas desiertas y hundidas.
Una ciudad gigante y luminosa
colmada de amigos y ex novias,
una ciudad sin teléfonos celulares
un mundo nuevo sin colers ai dís.
17 de julio de 2006
"La cohesión de la apatía"
(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 9 de julio de 2006)Los estantes vacíos
Autor: Ignacio Molina
Género: cuento
Editorial: Entropía. $21
Por Nicolás Mavrakis
En su primer libro de cuentos, Ignacio Molina se propone abordar el género desde un particular manejo del lenguaje, el estilo y la forma; particularidad que fija su alejamiento de una tradición argentina de narradores tan consagrados como canonizados de cuya órbita, a tantos cuentistas de su misma generación, suele resultarles tan difícil escapar, innovación mediante.
Gracias al uso ininterrumpido de una escritura cuidadosamente despojada de todo ornamento y de toda pompa; una escritura que, a razón de su elaborada depuración del lenguaje entraña su aire inusual, Molina sitúa al lector ante un "estilo apático" que exige una atención distinta. Este estilo, que se impone como rasgo de una cohesión general –lo que distingue a una serie dispersa de cuentos agrupados en un mismo libro de una unidad significativa, es decir, de un libro de cuentos propiamente dicho–, surte, además, el efecto de dar vida instantánea a personajes a su vez decididamente "apáticos" (es evidente que Carver y Cheever figuran entre las lecturas predilectas del autor). Irresolución de ánimos que se traslada, también, a la forma misma de cuentos que, a veces interconectados como nouvelles, repiten personajes y alteran perspectivas en torno a una misma situación, como montajes cinematográficos en el que se brindaran planos generales y zooms.
Tramas incompletas que evaden lo tradicional; personajes que, si bien forman circuitos de relaciones privadas y espacios propios, escapan o se ven imposibilitados de toda relación -incluso amorosa y aún cívica- en una Buenos Aires construida como espacio de innumerables desplazamientos (abundan caminatas, trenes y colectivos) que tematizan cuestiones referidas al encierro y a la regresión; todo esto termina elaborando una opera prima con innegable personalidad propia.
12 de julio de 2006
Recursos Humanos
Despliego la cuenta del teléfono frente a la ventanilla del Pago Fácil, pero el policía que está parado en la puerta del kiosco me frena con señas.
–Tenés un retraso de diez o quince minutos –me dice.
“No, de ocho o nueve años”, estoy a punto de responderle, pero enseguida me doy cuenta de lo que habla: en segunda fila estacionó un camión de caudales, y los empleados de la empresa se disponen a llevarse la recaudación del negocio.
Una vez, hace siete u ocho años, yo trabajé en esa empresa. Las oficinas centrales, por llamarlas de alguna manera, quedaban en una zona oscura y elevada de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo. Mi tarea consistía en contar el dinero que los camiones traían de los comercios y de los Bancos. Encerrados en cabinas individuales de dos por dos y paredes transparentes, los empleados recibían los fajos de billetes y las monedas en grandes sacos y consignaban las cifras que arrojaban las cuentas en una computadora. No podían hablar entre ellos, y, para alejar las manos de la mesa de trabajo, debían mirar a la cámara que colgaba del techo de la cabina y avisar en voz alta, por ejemplo, “voy a toser” o “me voy a rascar un tobillo”. Las seis jornadas semanales eran de nueve horas diarias, de diez de la noche a seis de la manaña, y el sueldo era de 450 pesos.
-Claro que con el presentismo aumenta a 475 –nos había dicho sonriendo la encargada de Recursos Humanos, una rubia de unos veinticinco años, a los empleados que empezaban a trabajar la misma noche que yo, una mujer mayor de cuarenta y un hombre de alrededor de cincuenta.
Cuando escribo que una vez trabajé en ese lugar, es literal: esa primera madrugada, mientras empezaba a dolerme la cabeza y desde el 64 que me devolvería a Belgrano miraba los fondos de la Casa Rosada, pensé que ese trabajo no era para mí. O, mejor dicho, que ese trabajo no era para nadie pero que yo podía darme el lujo de renunciar. Al llegar a mi casa, y aunque no tenía hambre, rompí el ayuno y diluí tres aspirinas en un café con leche. Después vomité, bajé las persianas y esperé a que se hicieran las diez para llamar a la encargada de Recursos Humanos.
–A ese centro clandestino de trabajo no voy más –le informé intentando sonreír, y ella me dijo que esa misma tarde podría pasar a buscar la plata que me correspondía por las nueve horas de servicios prestados. Yo le agradecí por todo, y me quedé a oscuras, en la cama, hasta el anochecer. Creo que ese día empezaron mis migrañas.
(también en El Remisero Absoluto)
–Tenés un retraso de diez o quince minutos –me dice.
“No, de ocho o nueve años”, estoy a punto de responderle, pero enseguida me doy cuenta de lo que habla: en segunda fila estacionó un camión de caudales, y los empleados de la empresa se disponen a llevarse la recaudación del negocio.
Una vez, hace siete u ocho años, yo trabajé en esa empresa. Las oficinas centrales, por llamarlas de alguna manera, quedaban en una zona oscura y elevada de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo. Mi tarea consistía en contar el dinero que los camiones traían de los comercios y de los Bancos. Encerrados en cabinas individuales de dos por dos y paredes transparentes, los empleados recibían los fajos de billetes y las monedas en grandes sacos y consignaban las cifras que arrojaban las cuentas en una computadora. No podían hablar entre ellos, y, para alejar las manos de la mesa de trabajo, debían mirar a la cámara que colgaba del techo de la cabina y avisar en voz alta, por ejemplo, “voy a toser” o “me voy a rascar un tobillo”. Las seis jornadas semanales eran de nueve horas diarias, de diez de la noche a seis de la manaña, y el sueldo era de 450 pesos.
-Claro que con el presentismo aumenta a 475 –nos había dicho sonriendo la encargada de Recursos Humanos, una rubia de unos veinticinco años, a los empleados que empezaban a trabajar la misma noche que yo, una mujer mayor de cuarenta y un hombre de alrededor de cincuenta.
Cuando escribo que una vez trabajé en ese lugar, es literal: esa primera madrugada, mientras empezaba a dolerme la cabeza y desde el 64 que me devolvería a Belgrano miraba los fondos de la Casa Rosada, pensé que ese trabajo no era para mí. O, mejor dicho, que ese trabajo no era para nadie pero que yo podía darme el lujo de renunciar. Al llegar a mi casa, y aunque no tenía hambre, rompí el ayuno y diluí tres aspirinas en un café con leche. Después vomité, bajé las persianas y esperé a que se hicieran las diez para llamar a la encargada de Recursos Humanos.
–A ese centro clandestino de trabajo no voy más –le informé intentando sonreír, y ella me dijo que esa misma tarde podría pasar a buscar la plata que me correspondía por las nueve horas de servicios prestados. Yo le agradecí por todo, y me quedé a oscuras, en la cama, hasta el anochecer. Creo que ese día empezaron mis migrañas.
(también en El Remisero Absoluto)
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