9 de abril de 2013
Se suele periodizar la vida de acuerdo a diferentes factores: los noviazgos, los trabajos, las casas donde se vivió (“esa es la época en que salía con Julieta”, “eso es de cuando vivíamos en Jean Jaurès”, etc). Yo, a esos factores, le sumo los libros; no tomando como parámetro sus fechas de publicación si no los meses o los años que me llevó escribirlos. Porque un libro, su proceso de escritura, es como un gran amigo o una novia que me acompaña durante mucho tiempo, una experiencia que se desarrolla en paralelo a las otras cosas de mi vida pero que al mismo tiempo las galvaniza y les da una justificación. En ese proceso puedo vivir con el libro diferentes etapas: mirarlo con indiferencia o incomodidad, no poder hacerlo fluir, dejarlo olvidado durante semanas, enamorarme y dedicarle horas y horas, días y noches, con ahínco y tenacidad. Pueden pasar esas y otras cosas, pero el libro siempre está ahí, rumiando, pensándose, tratando de escribirse, mientras por el otro cauce de mi mundo pasan los asuntos de la vida cotidiana. Y eso es, sino lo único, lo mejor de “ser escritor”, algo que suena demasiado serio y ampuloso pero que en realidad no es otra cosa que un entretenimiento auto satisfactorio y pequeño burgués, un modo de pasar el tiempo tratando de sacarle oscuridad y de hacerlo un poco más brillante y placentero. Todo lo demás (ser publicado, tener lectores, recibir críticos o elogios, ser invitado a lecturas o mesas redondas, editar en Europa, ganar premios o prestigio, cobrar derechos de autor, etc.) puede estar bien, pero no es nada comparado con la plenitud y la robustez que otorga el hecho de embarcarse en algo y empezar a construirlo hasta que toma vida propia y termina definiendo su propio rumbo. Después, al pasar por la edición y la imprenta y llegar a los lectores, el libro se transforma en otra cosa, en una mercancía de bajo vuelo y en un objeto literario. Toda esta parrafada viene a cuento de que, desde hace ya varios meses, al recordar determinado hecho suelo pensar “ah, eso fue en la época de Los puentes magnéticos”. ¿Y qué es Los puentes magnéticos? Es una novela que terminé de escribir el año pasado y que, ojalá, cuando el mes que viene Entropía la transformé en otra cosa, ustedes puedan disfrutar casi tanto como yo.
11 de marzo de 2013
Taller de escritura 2013
La
dinámica:
-Escritura y lectura de
textos propios; corrección, comentarios y debate grupal
-Recomendaciones y análisis
de cuentos y relatos de otros autores
-Dos horas semanales (o dos
horas y media, de ser necesario)
Los
objetivos:
-Experimentar el placer que
genera la escritura; intercambiar textos, ideas, conceptos y sensaciones acerca
de la literatura propia y ajena; leer y escribir en busca de motivaciones para
seguir leyendo y escribiendo
El
horario:
-Martes de 19:30 a 21:30 hs.
La
zona:
-Palermo Viejo-Colegiales
La
tarifa:
-$300 por mes
El
contacto:
ignaciomolina22@gmail.com
(o mensaje privado de FB)
El coordinador:
Ignacio Molina nació en
Bahía Blanca en 1976. Publicó los libros de relatos Los estantes vacíos (Entropía, 2006) y En los márgenes (17Grises, 2011), los libros de poemas Viajemos en subte a China (Pánico el
Pánico, 2009) y El idioma que usan todos
(PeP, 2012) y la novela Los modos de
ganarse la vida (Entropía, 2010), además de cuentos en diversas revistas y
antologías. Como periodista ha colaborado en diferentes medios gráficos y publicado el libro Tribus Urbanas (Kier, 2009). Mantiene el blog Unidad Funcional. Este
año publicará la novela Los puentes
magnéticos.
30 de enero de 2013
1 de enero de 2013
19 de diciembre de 2012
Anoche fui a comer con dos amigos y el señor de la caja hizo mal la adición: nos cobró unos treinta o cuarenta pesos menos de lo que habíamos consumido. Creo que los tres notamos algo raro al ver la cuenta pero recién hablamos de eso después de salir del local y caminar media cuadra. Ahí nos paramos para charlar al respecto: alguno con cargo de conciencia decía que volviéramos y pagáramos lo correcto; otro decía que no daba, que ya fue, que en definitiva nosotros éramos trabajadores y el restaurante era una empresa, que no le iba a pasar nada por cobrar una cerveza o unos pesos menos. Entonces un policía que había estado comiendo un pastel de papa en la mesa de al lado salió del bar y nos gritó imperativo: “ey, flaco, vení”. Hubo un segundo de nerviosismo hasta que agregó con tono más amable: “te olvidaste el bolsito”. Uno de los tres se había dejado un bolso sobre una silla y fue apurado a buscarlo. Más tarde soñé esto: yo estaba en el bar y cuando recibíamos la cuenta aparecía otro comensal, un flaco que en la realidad vi una sola vez en mi vida, en una fiesta de casamiento, pero que en la ficción del sueño era un ex amigo que ahora me odiaba por algún motivo indefinido, y le decía al mozo que mi intención era irme sin pagar y después me metía una mano en los bolsillos y empezaba a sacar billetes arrugados que iba alisando y desparramando sobre la mesa, como en las requisas policiales a los ladrones o narcotraficantes. Después aparecía el policía que estaba comiendo el pastel de papas y con el mismo tono con que había gritado desde la esquina me decía “ey, flaco”, y trataba de asfixiarme metiéndome la cabeza dentro del bolso que había quedado olvidado sobre el respaldo de una silla.
7 de diciembre de 2012
En las redes sociales, al igual que en los medios, suelen crearse realidades paralelas. Trabajo a una cuadra del shopping Dot. Ayer, cuando empezó a correr la noticia de que había “saqueos en el Dot”, entré a Twitter y vi que decenas y decenas ya estaban tirando sus versiones de los hechos como si estuvieran en el lugar. Y muchos, muchísimos de ellos, parecían encantados con la posibilidad de que
esa fuera la primera chispa que desatara un incendio de saqueos a lo largo y ancho de la ciudad y el conurbano. Algunos, incluso, citaban supuestos textuales de los saqueadores: “nos morimos de hambre, la asignación universal no alcanza, venimos a llevarnos todo…”, y cosas por el estilo. Un rato más tarde, en la parada del 28 sobre la General Paz, pude charlar bajo la lluvia con algunos empleados del Dot que, como yo, esperaban el colectivo. La versión que contaban, como testigos directos, no incluía hordas hambrientas ni saqueos en masa. La situación fue otra. Cada vez que caen cinco gotas, las calles internas y las casas de Villa Mitre (un barrio de casas precarias que ocupa unas cinco manzanas y cuyo borde más cercano a la General Paz está ubicado a unos cien metros de terreno en declive del Dot) se inundan en veinte minutos. Esto se debe, dicen los vecinos, al sistema de desagüe del shopping que desagota directamente hacia el barrio. Por eso ayer a la tarde, cansados de la situación, unos treinta decidieron hacer una manifestación en las puertas del shopping. Y cuando algunos quisieron entrar para hablar con las autoridades, los guardias de seguridad intentaron cerrar las puertas y eso provocó empujones y forcejeos. Eso derivó en que los encargados de muchos locales, asustados “por los negros que entraban”, cerraran sus negocios. Y eso generó que algunos empleados y clientes empezaran a los gritos y las corridas. Y si de parte de los vecinos hubo roturas en un puesto del supermercado del shopping, fue debido a esa histeria y a la impotencia generada por su situación y no a un plan de saqueo general o robo en masa. Esos fueron los hechos. En el resto del día no hubo saqueos en otros lugares ni estado de sitio en todo el país. Lo lamento por aquellos (como el opinólogo de derecha Esteban Schmidt, que había twiteado: “el gobierno opera a cuatro manos para minimizar los saqueos en el Dot…”) a los que les hubiera gustado que este incidente vecinal se transformara en una gran revuelta popular decembrista que desestabilizara al gobierno-populista-mafioso. Lo lamento por ellos: no hubo balas, ni sangre, ni muertos, ni helicópteros.
2 de noviembre de 2012
5 de octubre de 2012
Hoy, en la calle, una chica me preguntó, con lágrimas en los ojos, si no había visto una billetera negra tirada por ahí. Había bajado del tren, como yo, y en algún punto de esas tres cuadras había perdido la mitad del sueldo recién cobrado, además de documentos y fotos de sus sobrinos. Yo le dije que se tranquilizara y, mientras volvíamos para el lado de la estación concentrados en el suelo, vimos
cómo otra chica venía corriendo, le preguntaba "¿vos sos Micaela?" y, ante la respuesta afirmativa, sacaba de su cartera la billetera negra. Le explicó que desde una cuadra más allá había visto la billetera junto al cordón, que había visto desde ahí nuestros gestos de búsqueda y que se había fijado el nombre en el documento. Micaela le agradeció con un abrazo espontáneo y más lágrimas en los ojos. Después me saludaron y se fueron caminando juntas, charlando, como si fueran amigas. Yo volví pensando en escribir esto a la noche y diciéndome que me habría gustado que me invitaran a festejar.
16 de septiembre de 2012
A veces me pasan cosas que podrían pasar en los relatos que escribo. Hoy fui a Eterna Cadencia y me hicieron conversar frente a una cámara con un escritor chileno que hacía de librero por un día. Después, al confirmar que yo era yo, el chico que había hecho de sonidista me contó algo. Hace ya varios años, junto a su novia de entonces, iba a ver al Quinteto de la Muerte. En esa época también compraron y leyeron juntos Los estantes vacíos. Esas salidas nocturnas y esa lectura, pequeños hitos de la relación, forman parte de una etapa de sus vidas que ambos recuerdan con mucha calidez. Después se fueron de viaje y al volver descubrieron que el Quinteto no existía más. Al poco tiempo, también ellos se separaron. Ahora, años más tarde, están intentando reconciliarse. Ayer, en la librería, él vio un ejemplar de Los modos de ganarse la vida y, recordando aquella época dorada, lo compró para regalárselo a ella. Anoche se lo llevó a la casa. Después buscó Los estantes vacíos en la biblioteca y lo metió en su mochila. “Lo compramos juntos”, dijo cuando ella amagó con no prestárselo. Entonces hoy, tras contarme esto y decirme que le parecían muy locas todas esas casualidades, sacó ese ejemplar histórico, me lo mostró y me preguntó si podía firmarlo. Yo estuve un rato pensando la dedicatoria hasta que se me ocurrió:
“Para Elena y Sebastián. Porque los estantes nunca llegaron a estar vacíos.”
Mis libros hablan, más que nada, de separaciones, de amores rotos y de estantes vacíos; sin embargo, a veces, pueden servir para unir cuerpos, bibliotecas y corazones. Ojalá que éste sea el caso.
“Para Elena y Sebastián. Porque los estantes nunca llegaron a estar vacíos.”
Mis libros hablan, más que nada, de separaciones, de amores rotos y de estantes vacíos; sin embargo, a veces, pueden servir para unir cuerpos, bibliotecas y corazones. Ojalá que éste sea el caso.
12 de septiembre de 2012
Hoy sonó el teléfono de mi casa:
-Hola.
-Hola, ¿podría hablar con Leandro?
-No, acá no vive ningún Leandro.
-Ah, tengo ese número en una agenda vieja. ¿Seguro que ahí no vive ningún Leandro?
-Seguro. Puede ser un ex dueño o ex inquilino. Pero ahora no vive ningún Leandro.
-Ah, bueno, ¿le podrías preguntar a tu papá o a tu mamá si ahí antes vivió algún Leandro?
-¿¿A mi mamá o a mi papá?? ¡¡¡Yo soy el padre de la casa!!!
-Hola.
-Hola, ¿podría hablar con Leandro?
-No, acá no vive ningún Leandro.
-Ah, tengo ese número en una agenda vieja. ¿Seguro que ahí no vive ningún Leandro?
-Seguro. Puede ser un ex dueño o ex inquilino. Pero ahora no vive ningún Leandro.
-Ah, bueno, ¿le podrías preguntar a tu papá o a tu mamá si ahí antes vivió algún Leandro?
-¿¿A mi mamá o a mi papá?? ¡¡¡Yo soy el padre de la casa!!!
3 de septiembre de 2012
Nueve preguntas
(...) ¿Nos mandás una foto de tu lugar de trabajo?
Ahora, además de escribir literatura, el trabajo que más disfruto es el taller de escritura que estoy dando en mi casa. Lo hacemos alrededor de estas dos mesas que aparecen en la foto. A la mesa de plástico verde la compré en el sector jardinería del Easy de Palermo. Mientras la cargaba caminando hasta mi casa se desató una tormenta descomunal y juro que yo, que más temprano había leído algunos de los cuestionarios de esta sección, mojándome hasta las rodillas pensaba: “si el taller se pone bueno y después me hacen ese cuestionario me voy a acordar de este momento y voy a responder que uno de mis lugares de trabajo preferidos es esta mesa que ahora estoy cargando mientras me mojo hasta las rodillas”. Recién en las últimas dos cuadras me di cuenta de que podría usar la mesa a modo de paraguas, pero ya no tenía mucho sentido. Por suerte el taller se puso muy bueno y ahora, cada martes, disfruto leyendo, escuchando y hablando sobre literatura e intentando enseñar, por ejemplo, que cualquier hecho, como el de cargar una mesa quince cuadras una tarde lluviosa, puede servir como material narrativo. (...)
(Respondí las 9 preguntas del sitio de Eterna Cadencia, y pueden leerse clickeando acá)
11 de agosto de 2012
10 de agosto de 2012
Si hace un par de horas, al salir del trabajo, no hubiera decidido caminar hasta la estación en vez de tomar el 76, si no hubiera descarrilado un tren cerca de Retiro un par de días atrás, si ese accidente no hubiera provocado un cambio en la frecuencia del Mitre, si ese cambio no me hubiera hecho decidir tomar el 161, si la máquina del primer 161 al que subí hubiera aceptado mi moneda de dos pesos, si la máquina del segundo 161 al que subí no hubiera aceptado esa moneda, si diez cuadras más adelante nadie hubiera llamado al celular de una mujer que estaba por cruzar esa esquina de Vicente López, si esa mujer no hubiera atendido o no se hubiera mandado a cruzar la calle hablando distraída y mirando hacia cualquier lado, entonces yo no habría sentido el impacto, ni el frenazo, ni los gritos, ni los cuerpos viniéndoseme encima, ni el caño vertical contra mi cabeza, ni habría visto el parabrisas estallado, ni los golpes de impotencia del colectivero contra el volante, ni habría oído a una chica repetir como un mantra “cruzó sin mirar cruzó sin mirar”, ni habría visto el charco de sangre en el asfalto, ni habría bajado a ver el cuerpo inmóvil y despatarrado de la mujer, ni le habría hecho caso al vecino que me pedía nervioso que llamara a una ambulancia, ni habría vuelto al colectivo a palmear el hombro del tipo que tres minutos antes me había dicho de mala gana que sí aceptaba monedas de dos pesos y que ahora llorando desconsolado me decía “pibe, creéme, treinta y cinco años que manejo esto y nunca había atropellado ni a un perro”.
30 de julio de 2012
23 de julio de 2012
25 de junio de 2012
Taller de escritura
La dinámica:
-Escritura
y lectura de textos propios; corrección, comentarios y debate grupal
-Recomendaciones
y análisis de cuentos y relatos de otros autores
-Grupo reducido
-Dos horas
semanales
Los objetivos:
-Experimentar
el placer de la escritura; intercambiar textos, ideas, conceptos y sensaciones
acerca de la literatura propia y ajena; leer y escribir en busca de
motivaciones para seguir leyendo y escribiendo
El horario:
-Martes de
19:30 a 21:30 hs.
La zona:
-Palermo Viejo-Colegiales
La tarifa:
-$200 por
mes
El contacto:
El coordinador:
Ignacio Molina nació en Bahía Blanca en 1976. Publicó los
libros de relatos Los estantes vacíos
(Entropía, 2006) y En los márgenes
(17Grises, 2011), los libros de poemas Viajemos
en subte a China (Pánico el Pánico, 2009) y El idioma que usan todos (PeP, 2012) y la novela Los modos de ganarse la vida (Entropía, 2010),
además de cuentos en diversas revistas y antologías. Como periodista ha colaborado
en diferentes medios gráficos y publicado el libro Tribus Urbanas (Kier, 2009). Mantiene el blog Unidad Funcional.
Tiene inédita la novela Los puentes
magnéticos.
24 de junio de 2012
20 de junio de 2012
12 de junio de 2012
Brick
La semana
pasada fui a ver Brick, la obra de teatro escrita y dirigida por Camila Fabbri
y protagonizada por Mario Sala, Bruno Campos y Julián Infantino. Y como volví a
mi casa con muchas ganas de recomendarla, y, al mismo tiempo, me parecía que la
obra se merecía algo más que un simple “¡andá a verla, no te la pierdas!”,
decidí, aprovechando este blog, hacerle una entrevista a Camila sobre el germen
de Brick y algunas otras cosas que fueran surgiendo. El resultado se puede leer
acá abajo:
-Tenía algunas ideas respecto a la puesta, a las formas de los actores, el espacio. Y además el texto ya de por si tenía un orden. No tenía mucha idea de dirección y fue mi primera experiencia. Llena de ansiedad, sí. Como las primeras veces de las primeras cosas.
-Les diría que vayan a ver un rato a tres galancetes y a escuchar unos buenos boleros y canciones de Sandro, de Violeta Rivas, de Roberto Carlos. Además de miles de cosas más que se me irían ocurriendo...
(Brick se
da los viernes a las 22 hs. en Granate Espacio Teatral, Álvarez Thomas 1529.
Reservas al 4551-8068)
-Brick cuenta algunos días en la vida de tres
hombres, tres obreros (Jaime, Javier y Toni), que se conocen cuando se
presentan a trabajar en una obra, en un lugar alejado de la ciudad, pero lo que
terminan construyendo, más que un edificio, es una relación entre ellos, una
relación, podría decirse, con tintes eróticos o amorosos. ¿Cómo surgió la idea
de la obra?
-La idea
de la obra surgió, de verdad, cuando pasé un día caminando por una obra en
construcción y se habían olvidado el portón abierto. Las obras en construcción
se particularizan por tener siempre los portones cerrados, cosa que uno tenga
que adivinar qué pasa adentro. Bueno, justo este día me pasó todo lo contrario:
pasé por ahí y puerta abierta. Vi todo. Era muy extraño, y encima,
además...sonaba un bolero que salía de una radio. Ahí se armó un mundo.
-¿Y en ese momento salió la historia? ¿O sólo la
idea del escenario para contar una historia?
-Fue la
primera imagen. A partir de ahí vinieron miles de otras... Lo importante es
llegar a la primera. Que no es una idea, es una imagen. Y eso es mucho más
poderoso a veces.
-Claro, es una sensación. ¿Y cómo fue el proceso
de la escritura?
-La
escribí en el 2009. Hice taller-clínica con Romina Paula, y mis compañeros del
taller en ese entones. Y la terminé de escribir ese año. Y después empecé a
hacerla circular. Me mataba la ansiedad.
-¿Mientras la escribías ya sabías que la ibas a
dirigir? ¿Ibas proyectando esa posibilidad?
-Sí. No me
imaginé nunca que otro agarrase el material y lo dirigiera. Un egoísmo tremendo
respecto a eso. Pero creo que defiendo la idea de que el autor debería dirigir
sus materiales siempre que pueda.
-¿Pero tenías idea ya de dirección? ¿O eran sólo
ansias?
-Tenía algunas ideas respecto a la puesta, a las formas de los actores, el espacio. Y además el texto ya de por si tenía un orden. No tenía mucha idea de dirección y fue mi primera experiencia. Llena de ansiedad, sí. Como las primeras veces de las primeras cosas.
-Supongo que mientras uno escribe una obra tiene
una idea en la cabeza de cómo se verá finalmente, cuando se ponga en escena. ¿Esa
imagen que tenías es muy similar al resultado final? ¿O fue sufriendo muchas
modificaciones?
-No
realmente. Es difícil saberlo. En el momento de escribir hay muchas imágenes
que son más cinematográficas, o de sueño, pero que no serán así en la puesta.
Hay algo más ideal en el proceso de escritura. Después eso baja, y una vez que
están los cuerpos de los actores (en este caso estos tres tipos) todo se va
contagiando un poco de eso también. Y la cosa se pone más seria, o incluso un
poco menos ingenua que esa
idea tan sensible...o frágil, que surgía en la escritura.
-Claro. Y hablando de "estos tres
tipos", contame cómo fue meterte en la piel de esas personas de otro sexo
que el tuyo y de otras generaciones (uno tiene 22, como vos, pero los otros son
un treintañero y un cincuentón). Contame lo que quieras sobre la creación de
esos personajes.
-Con los
personajes fue muy divertido el trabajo. Quizás fue una de las cosas más
divertidas de todo el proceso. Les hice ver materiales de algunos actores en
particular, a cada uno de ellos. Mario Sala, el más grande, que hace de Jaime
en la obra, tuvo que ver toda la producción actoral de Clint Eastwood. Para mí,
Mario el actor, tiene algo de Clint...y algo de esa energía tenía que tener el
personaje. Después Toni Claudio, vio muchos capítulos de Six Feet Under. Quería
que observase mucho al personaje que hace Michael C. Hall (David Fisher), que es
un tipo homosexual, no estereotipado, y extremadamente sensible. David Fisher
podría haber besado paredes en Six Feet Under, igual que Toni de Brick. Por último
Julián, que hace le personaje de Javier, el más pequeño de los tres. Para mí el
en su naturaleza tiene una belleza "galanera" y al mismo tiempo,
tiene algo muy infantil. De nene que no creció todavía, que está en proceso.
Esas dos ideas conviven en la imagen de Lolita, de Vladimir Nabokov. Julián vio
las dos películas de Lolita que se hicieron y también consumió mucho Marlon
Brando...de joven...para entusiasmarse con su personaje. Cuando estrenamos por
primera vez, le regalé a cada uno un portarretratos con la foto de cada
actor-personaje que habían estado observando. Un portarretratos con David
Fisher, otro con Marlon Brando y otro con Clint.
-Hace poco me dijiste o te escuché decir que los
actores te decían que dirigiéndolos eras "severa", o algo así. ¿Sos
severa?
-Ja. No
soy severa, pero me dicen que me hago escuchar. Y que si es necesario, me
peleo. No sé, yo todavía no me percibo así. Habrá que hacerles caso. Igualmente
son tres tipos en contra mío. Qué puedo decir…
-Antes hablabas de la pared. Una gran pared de
ladrillos con la que Toni tiene una relación especial. Algo que me llamó la
atención cuando vi la obra es que esa pared es una pared del teatro donde se
da. Es decir, no es escenografía. ¿Esto fue casualidad?
-Tuvimos
suerte de encontrar una pared de ladrillo. Aunque si no hubiese sido de
ladrillo, la obra podía funcionar igual. Lo importante era más que nada ese
erotismo con la pared.
-Hablando de ese erotismo, y de la relación
entre los personajes, algo que me gustó de la obra es cómo está resuelto el
paso del tiempo. Hay (al menos así lo vi yo) muchas elipsis. Pareciera que no
se cuenta todo explícitamente, que hay espacios que el espectador tendría que
llenar. Esto tal vez tenga que ver de alguna manera con que ellos, los tres,
deben tomar una medicación que evita que pierdan la memoria…
-Sí, ellos
toman una medicación para no oxidarse. Un antioxidante que funciona para la
mala memoria. Se olvidan de que son hombres, de alguna manera. O dejan de lado
lo rígido de la masculinidad del obrero, que está visto que debe ser así. Al
mismo tiempo, no quería tratar tanto el tema de la mediación. Pensé que era
interesante fuera una particularidad en común de los tres y nada más. Una
recontra casualidad puesta completamente a propósito ahí.
-Decime qué le dirías a la gente para que vaya a
ver Brick si vos no fueras la autora ni directora.
-Les diría que vayan a ver un rato a tres galancetes y a escuchar unos buenos boleros y canciones de Sandro, de Violeta Rivas, de Roberto Carlos. Además de miles de cosas más que se me irían ocurriendo...
-Una última pregunta: ¿qué hacés durante la
obra? ¿podés disfrutar ese momento o estás un poco tensa?
-Estoy muy
tensa siempre. Nunca es un momento demasiado grato. Uno hace estas cosas para
sufrir. Dulcemente. Pero para sufrir igual.
.
7 de junio de 2012
Tips para escritores
I- Cuando te pongas a escribir, nunca pienses "me estoy poniendo a escribir"; hacelo como al pasar, como si le estuvieras escribiendo un mail a un amigo, sin presionarte ni obligarte a nada.
.
II- Si tenés muchas ganas de escribir pero no sabés qué ni cómo, hacé lo siguiente: preguntate qué cuento o relato que todavía no está compuesto te gustaría leer, pensá en qué situaciones y/o personajes debería tener ese texto, imaginalo durante un rato y ponete a escribirlo.
.
III- Cuando estés escribiendo, no te detengas a pensar en tu “estilo” ni en nada parecido. El estilo no es algo que se pueda premeditar; es, más bien, una derivación del fluir de tu escritura. Y si reflexionás demasiado sobre ella mientras la ejercés, la escritura no fluye.
.
IV- No abuses de lo autobiográfico o autorreferencial. No todo lo que te pasa a vos es, por el solo hecho de que te pase a vos, interesante o digno de contar. No te quedes encerrado en tu mundito. Comparado con lo vasto del universo tu mundo es pequeñísimo, y justamente una de las virtudes de la literatura es que te permite ampliar y expandir los márgenes de la mirada sin otros recursos que el pensamiento y la imaginación.
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II- Si tenés muchas ganas de escribir pero no sabés qué ni cómo, hacé lo siguiente: preguntate qué cuento o relato que todavía no está compuesto te gustaría leer, pensá en qué situaciones y/o personajes debería tener ese texto, imaginalo durante un rato y ponete a escribirlo.
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III- Cuando estés escribiendo, no te detengas a pensar en tu “estilo” ni en nada parecido. El estilo no es algo que se pueda premeditar; es, más bien, una derivación del fluir de tu escritura. Y si reflexionás demasiado sobre ella mientras la ejercés, la escritura no fluye.
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IV- No abuses de lo autobiográfico o autorreferencial. No todo lo que te pasa a vos es, por el solo hecho de que te pase a vos, interesante o digno de contar. No te quedes encerrado en tu mundito. Comparado con lo vasto del universo tu mundo es pequeñísimo, y justamente una de las virtudes de la literatura es que te permite ampliar y expandir los márgenes de la mirada sin otros recursos que el pensamiento y la imaginación.
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11 de mayo de 2012
8 de mayo de 2012
"Las infinitas expropiaciones del amor"
Por Esteban Dipaola
(Texto leído en la presentación de mi libro El idioma que usan todos, editado por Pánico el Pánico, en La Usina)
Uno podría decir, en referencia a este libro de poemas de Ignacio Molina, simplemente: el amor en los tiempos K. Sin embargo, es mucho más que eso. Se trata de un muy buen libro de poesía, de poemas que no tienen como tema u objetivo al amor, sino que componen una historia de amor. Una historia de amor de estos tiempos: el amor en la era del fútbol para todos, el amor en la era del proyecto nacional, en la era de google, de las redes sociales y del chat. En la era de los planes, en el múltiple sentido que podemos dar a esa palabra. El poema que abre la serie de El idioma que usan todos dice:
Con vos quiero planear
hacer planes y volar
Es un poema síntesis, incluso me animo a arriesgar una afirmación contundente, como me gustan a mí, que diga que podríamos leer ese poema y no leer nada más. Claro que haciendo algo así nos perderíamos un montón de cosas. Y ahora estoy hablando de política, que es también una forma del amor: una política de lectura. ¿Cómo leer un libro? ¿Cómo leer un libro de poesía? ¿Cómo leer un libro de poemas de amor? ¿Cómo leer un libro de poemas de amor en los tiempos K?.. Bueno, planeando: quiero decir, haciendo planes y volando.
Sería muy fácil acusar a Ignacio Molina y arriesgar chicanas poco sutiles al estilo “poesía K”, “poesía seisieteochesca”, emitir ideas del estilo: “se vino la poesía para todos y todas”. Todo eso es muy fácil, pero quienes realizaran algo así, carecerían de una política de lectura (serían como la oposición, básicamente), es decir, no harían planes ni volarían. Sabemos, por la vida y por los poemas, que el amor está lleno de contradicciones y de congojas. Y en ese plan me parece a mí que habría que leer el libro de Molina: es un libro de poemas sobre el amor, que compone una historia de amor en los tiempos de la política. En ese contexto deberíamos apreciar también el título del libro: no es el idioma que hablan todos, es el idioma que usan todos. Ahí nos enfrentamos a un lugar de la praxis que es profundamente político: ¿cómo usar un idioma? El uso del idioma es plenamente político, y en ese sentido en este libro de Molina hay una composición de la historia, porque hay una praxis, hay un trabajo con la palabra, con el contexto de enunciación. Es decir, se va construyendo poema a poema una historia de amor que atraviesa las formas políticas de una era que es ésta, la presente.
Entonces, de lo que se trata en esa praxis es de la evocación. Con más precisión, se trata de cómo evocar una época, en donde además de las vicisitudes políticas nos hemos enamorado, hemos compartido, nos separamos, desenamoramos, en fin, usamos un idioma… que usan todos.
Hay un poema que marca el libro en este sentido preciso: se titula “Los domingos felices”:
Si un día vuelve la derecha
(o nuestro amor llega a su fin)
lo que más voy a extrañar
son los domingos felices
que pasamos en tu cama
con las persianas bajas
la luz verde en la pantalla
del televisor casi inaudible
y los gritos emocionados
de los hombres del barrio
por el fútbol para todos.
Más allá de esa exquisita referencia al “fútbol para todos” como ya parte ineludible de la felicidad popular de cualquier domingo juntos (mucho más si juega Estudiantes). El comienzo de este poema me llama la atención: “Si un día vuelve la derecha / (o nuestro amor llega a su fin)”, quiero aclarar, además, que ese “o nuestro amor llega a su fin” está entre paréntesis. Quiero decir, hay una justeza… o una justicia (no me animo a decir social) en esas palabras, que convierten al amor en una metáfora política y a la política en un acto de amor: pues tanto en el regreso de la derecha como en la inexorable conclusión de un amor, hallamos el fin de la felicidad. Eso es parte de la evocación que refiero: podemos decir que estos poemas de Molina, en tanto este libro es mucho más que el amor en los tiempos K, son experiencias de lenguaje o experiencias de un idioma que usan todos, que evocan a ese amor ausente –y eso es un acto profundamente político–, pero esa evocación no es a una figura particular, al ser amado podríamos decir recurriendo a horrendas retóricas clásicas, sino que es una evocación sellada por los objetos, las experiencias, las vitalidades, los lenguajes que mencionan y recuerdan ese amor. Es decir, una evocación sellada por los fantasmas, que en buena parte es el idioma que usamos todos. Recurriendo a metáforas políticas: “un fantasma recorre Europa” dijo alguien que yo leo mucho –y según La Nación y Clarín también lo lee mucho Kicillof–, y un fantasma recorre este libro –y quizás, por qué no, este ambiente hoy, acá entre nosotros–, y es el fantasma de haber perdido un idioma, un uso, un código en común.
Una historia de amor, bien la representan estos poemas, es, entre otras cosas, compartir el uso de un idioma común y singular a partir de aprehenderlo en un código propio. Dice el poema que le da título al libro:
Volvamos por favor
aunque sea por un instante
a nuestro lenguaje anterior:
(ahora que para comunicarnos
usamos el idioma que usan todos
se me hace imposible mirarte)
Para mí en este poema es donde se encuentra la franja de dislocación del relato que componen estos poemas. Ingresamos en una nueva dimensión temporal: ahora ya no compartimos el código con el otro. Si una comunidad se conforma en el uso de un idioma, esa pequeña comunidad del amor compone en ese uso común su propia concepción de la utilidad, y cuando ese código se rompe nos hallamos otra vez en la comunidad total, en el idioma que usamos todos. Digamos, además, que los versos finales de este poema también se hallan entre paréntesis.
Entonces, “El idioma que usan todos” es un libro de trayectos, es decir, compone una narrativa o un plan desde su comienzo, nos evoca el principio del amor y su desenlace. Nos obliga a una política, a una política de lectura, pero también de la otra, esa que nos obliga a embarrarnos un poco, la política de las tragedias, podríamos decir. Pero además este libro de la editorial Pánico el pánico, nos involucra con un idioma que usamos todos: esto es, nos mete de lleno en la praxis, y la praxis es el uso tanto como el amor.Así, uno podría decir simplemente: bien, este es un libro de pomas sobre el amor. Pero claramente estaríamos siendo injustos porque es mucho más que eso. Es un libro de poemas sobre la práctica concreta del amor, sobre sus contradicciones y sus congojas, sus posibles e imposibles. Para ser bien actuales y apropiadores de la coyuntura: entre otras cosas, el libro de Molina es un libro sobre las infinitas expropiaciones del amor. Porque seamos sinceros, en cuestiones de amor, todos hemos expropiado alguna vez y hemos sido expropiados otras tantas. Y eso es parte del idioma que usamos todos.
(Texto leído en la presentación de mi libro El idioma que usan todos, editado por Pánico el Pánico, en La Usina)
Uno podría decir, en referencia a este libro de poemas de Ignacio Molina, simplemente: el amor en los tiempos K. Sin embargo, es mucho más que eso. Se trata de un muy buen libro de poesía, de poemas que no tienen como tema u objetivo al amor, sino que componen una historia de amor. Una historia de amor de estos tiempos: el amor en la era del fútbol para todos, el amor en la era del proyecto nacional, en la era de google, de las redes sociales y del chat. En la era de los planes, en el múltiple sentido que podemos dar a esa palabra. El poema que abre la serie de El idioma que usan todos dice:
Con vos quiero planear
hacer planes y volar
Es un poema síntesis, incluso me animo a arriesgar una afirmación contundente, como me gustan a mí, que diga que podríamos leer ese poema y no leer nada más. Claro que haciendo algo así nos perderíamos un montón de cosas. Y ahora estoy hablando de política, que es también una forma del amor: una política de lectura. ¿Cómo leer un libro? ¿Cómo leer un libro de poesía? ¿Cómo leer un libro de poemas de amor? ¿Cómo leer un libro de poemas de amor en los tiempos K?.. Bueno, planeando: quiero decir, haciendo planes y volando.
Sería muy fácil acusar a Ignacio Molina y arriesgar chicanas poco sutiles al estilo “poesía K”, “poesía seisieteochesca”, emitir ideas del estilo: “se vino la poesía para todos y todas”. Todo eso es muy fácil, pero quienes realizaran algo así, carecerían de una política de lectura (serían como la oposición, básicamente), es decir, no harían planes ni volarían. Sabemos, por la vida y por los poemas, que el amor está lleno de contradicciones y de congojas. Y en ese plan me parece a mí que habría que leer el libro de Molina: es un libro de poemas sobre el amor, que compone una historia de amor en los tiempos de la política. En ese contexto deberíamos apreciar también el título del libro: no es el idioma que hablan todos, es el idioma que usan todos. Ahí nos enfrentamos a un lugar de la praxis que es profundamente político: ¿cómo usar un idioma? El uso del idioma es plenamente político, y en ese sentido en este libro de Molina hay una composición de la historia, porque hay una praxis, hay un trabajo con la palabra, con el contexto de enunciación. Es decir, se va construyendo poema a poema una historia de amor que atraviesa las formas políticas de una era que es ésta, la presente.
Entonces, de lo que se trata en esa praxis es de la evocación. Con más precisión, se trata de cómo evocar una época, en donde además de las vicisitudes políticas nos hemos enamorado, hemos compartido, nos separamos, desenamoramos, en fin, usamos un idioma… que usan todos.
Hay un poema que marca el libro en este sentido preciso: se titula “Los domingos felices”:
Si un día vuelve la derecha
(o nuestro amor llega a su fin)
lo que más voy a extrañar
son los domingos felices
que pasamos en tu cama
con las persianas bajas
la luz verde en la pantalla
del televisor casi inaudible
y los gritos emocionados
de los hombres del barrio
por el fútbol para todos.
Más allá de esa exquisita referencia al “fútbol para todos” como ya parte ineludible de la felicidad popular de cualquier domingo juntos (mucho más si juega Estudiantes). El comienzo de este poema me llama la atención: “Si un día vuelve la derecha / (o nuestro amor llega a su fin)”, quiero aclarar, además, que ese “o nuestro amor llega a su fin” está entre paréntesis. Quiero decir, hay una justeza… o una justicia (no me animo a decir social) en esas palabras, que convierten al amor en una metáfora política y a la política en un acto de amor: pues tanto en el regreso de la derecha como en la inexorable conclusión de un amor, hallamos el fin de la felicidad. Eso es parte de la evocación que refiero: podemos decir que estos poemas de Molina, en tanto este libro es mucho más que el amor en los tiempos K, son experiencias de lenguaje o experiencias de un idioma que usan todos, que evocan a ese amor ausente –y eso es un acto profundamente político–, pero esa evocación no es a una figura particular, al ser amado podríamos decir recurriendo a horrendas retóricas clásicas, sino que es una evocación sellada por los objetos, las experiencias, las vitalidades, los lenguajes que mencionan y recuerdan ese amor. Es decir, una evocación sellada por los fantasmas, que en buena parte es el idioma que usamos todos. Recurriendo a metáforas políticas: “un fantasma recorre Europa” dijo alguien que yo leo mucho –y según La Nación y Clarín también lo lee mucho Kicillof–, y un fantasma recorre este libro –y quizás, por qué no, este ambiente hoy, acá entre nosotros–, y es el fantasma de haber perdido un idioma, un uso, un código en común.
Una historia de amor, bien la representan estos poemas, es, entre otras cosas, compartir el uso de un idioma común y singular a partir de aprehenderlo en un código propio. Dice el poema que le da título al libro:
Volvamos por favor
aunque sea por un instante
a nuestro lenguaje anterior:
(ahora que para comunicarnos
usamos el idioma que usan todos
se me hace imposible mirarte)
Para mí en este poema es donde se encuentra la franja de dislocación del relato que componen estos poemas. Ingresamos en una nueva dimensión temporal: ahora ya no compartimos el código con el otro. Si una comunidad se conforma en el uso de un idioma, esa pequeña comunidad del amor compone en ese uso común su propia concepción de la utilidad, y cuando ese código se rompe nos hallamos otra vez en la comunidad total, en el idioma que usamos todos. Digamos, además, que los versos finales de este poema también se hallan entre paréntesis.
Entonces, “El idioma que usan todos” es un libro de trayectos, es decir, compone una narrativa o un plan desde su comienzo, nos evoca el principio del amor y su desenlace. Nos obliga a una política, a una política de lectura, pero también de la otra, esa que nos obliga a embarrarnos un poco, la política de las tragedias, podríamos decir. Pero además este libro de la editorial Pánico el pánico, nos involucra con un idioma que usamos todos: esto es, nos mete de lleno en la praxis, y la praxis es el uso tanto como el amor.Así, uno podría decir simplemente: bien, este es un libro de pomas sobre el amor. Pero claramente estaríamos siendo injustos porque es mucho más que eso. Es un libro de poemas sobre la práctica concreta del amor, sobre sus contradicciones y sus congojas, sus posibles e imposibles. Para ser bien actuales y apropiadores de la coyuntura: entre otras cosas, el libro de Molina es un libro sobre las infinitas expropiaciones del amor. Porque seamos sinceros, en cuestiones de amor, todos hemos expropiado alguna vez y hemos sido expropiados otras tantas. Y eso es parte del idioma que usamos todos.
7 de mayo de 2012
El sábado a la mañana, en el 93, venía charlando con Fausto y pensando en cualquier cosa hasta que de pronto, en alguna cuadra entre Plaza Italia y Puente Pacífico, algo pasó, se alinearon los planetas, se me puso la mente en blanco, después en negro, después de todos colores, y “se me ocurrió” una novela (no completa, claro, pero sí un principio, un tono, una sensación, una tenue línea argumental). Durante todo el fin de semana esa idea fue creciendo en mi cabeza, y hoy, por primera vez en tres o cuatro largos meses, voy a volver a mi casa con la hermosa calentura de ponerme a escribir. ¡Belleza!
3 de mayo de 2012
Soy un ciclista temerario. Hoy vine por primera vez en bici al laburo y, unos trescientos metros antes de llegar, por mirar hacia el costado para chiflarle y repetirle el chiflido a Sofi que venía caminando por la vereda de enfrente, perdí el control del rodado, a una velocidad considerable, y cuando me quise dar cuenta estaba mordiendo el cordón primero y subiéndome a la vereda de pasto lindante a las vías medio segundo después. “Me la pongo”, pensé, y le pasé rozando a un árbol y a un poste de luz manteniendo milagrosamente el equilibrio y sintiendo cómo, si me caía hacia el costado izquierdo, un auto me pasaría todo entero por encima. Lo que me salvó, creo, además de mi muñeca, fue que el cordón fuese atoboganado y que esa vereda fuese una suerte de plazoleta. Y lo mejor de todo fue haber visto pasar -cuando pensé que no la contaba- los mejores momentos de mi vida en una fracción de segundo.
25 de abril de 2012
Tónica
Acaba de salir el número debut de Tónica, "la primera revista cultural para Kindle", dirigida por Juan Terranova, que se puede leer gratis online o bajar para el Epub o el Mobi.
Este número incluye una breve entrevista que me hizo Luz Mendizábal.
Pasen y lean:
http://www.elcec.com.ar/tonica
Este número incluye una breve entrevista que me hizo Luz Mendizábal.
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