
–Pensé que te habías quedado pelado –me dijo.
La presentación, en la Boutique del Libro de Palermo Viejo, consistió en una entrevista con Silvia Hopenhayn. Yo me tuve que ir antes de que sirvieran la copa de vino, y como ya estamos a fin de mes no pude comprar la novela.
A mi humilde juicio, Vitagliano es uno de los narradores más interesantes de su generación y un férreo militante de la literatura; da clases en la UBA y, aun sabiendo que "uno pasa tres años escribiendo una novela de la que el mundo ni se va a enterar", ya tiene siete libros publicados y algunos más inéditos.
Hace once o doce años, en un local de Juramento y 11 de Septiembre donde antes había un bar y ahora hay una farmacia, Vitagliano, después de leer mis primeros y hoy vergonzantes cuentos, me dio algunos consejos prácticos.
–Ojalá te sirvan para seguir escribiendo –me dijo mientras llamábamos al mozo. Yo había pedido una lata de cerveza y él un café, que después me arrepentí de no haberle pagado.
Sus libros, anteriores y posteriores a esa fecha, así transcurran en un Flores contemporáneo o en el Tigre de los años cincuenta, son novelas extrañamente familiares –en el amplio sentido del término–, tal vez porque sus personajes intuyan que "en las micro sociedades es donde se cocina el mundo". En muchas de ellas hay referencias a la cultura japonesa, y en todas –me permito develar un guiño, y adivino que en La educación de los sentidos también– hay mujeres con vestidos azules.