18 de noviembre de 2008

La placita

Lunes a las siete de la tarde. Mi hijo maneja su auto en la placita y una nena se le acerca y se queda mirándolo fijo. Fausto gira la cabeza y me consulta con la mirada; parece que no sabe cómo reaccionar.
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Se acaba de ir un contingente de tres mujeres y cinco nenes. También se fue una chica de unos diez años que saltaba a la soga. Ahora, la presencia más destacable es la de un papá con saco y corbata que habla de negocios por celular. “Si me la dejás a ocho lucas verdes la paso a buscar mañana mismo”, dice como apurando al que le habla del otro lado. Por unos segundos, no sé por qué, estoy convencido de que tiene el teléfono apagado y que está actuando para mí.
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Sentada a la mesita que tengo detrás hay una pareja de adolescentes. Ella tiene el pelo lacio hasta la cintura, teñido de amarillo oro, y pantalones militares. El pibe está totalmente de negro, tiene una mochila con inscripciones en liquid paper, y habla como si no le molestara el flequillo que le cubre el ojo derecho: “la vieja hija de puta me prometió cincuenta pesos y terminó dándome cuarenta, encima yo no le puedo decir nada porque es la mamá de los melli”.
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Ahora, jugando a la pelota, hay dos nenes con camisetas de fútbol: una del Barcelona de España y otra de la Juventus de Italia. Mi viejo, si estuviera acá, diría que son de San Lorenzo de Almagro y de Liniers de Bahía; es así de localista.
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¿Cómo dar cuenta de la calidez de la luz sepia del atardecer que se cuela por entre las hojas de ese árbol?
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Dos mellizos de un año (no deben ser los mellizos de los que hablaba el emo) juegan prolijamente con un balde y una pala en el arenero. Fausto los mira quieto desde la zona de las baldosas, sentado en su autito, como si estuviera presenciando un espectáculo desde la platea preferencial.
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Cada tanto aparece alguien extraño por la placita, alguien que no es ni papá ni tío ni abuelo y que es mirado de reojo por los demás: un borracho pacífico, una vieja chiflada, un tipo que conversa con sí mismo. Esta vez es un gordo de unos sesenta años que se sienta en uno de los bancos verdes, apoya un paquete de papel madera en el suelo y empieza a desplegarlo. Adentro hay una pila bastante alta de sánguches de miga. Desde acá se nota que están secos y endurecidos. El tipo, que está demasiado abrigado para la época del año, los empieza a comer con la mirada fija en algún punto de la calle. Tiene unos auriculares puestos. Durante unos segundos me convenzo de no transmiten sonidos.

2 comentarios:

diego dijo...

Si se parece a la de Liniers debe ser la de la Juventus.

Molina dijo...

tenés razón, era de la Juventus.