28 de septiembre de 2007

Los días en Jeppener (fragmento)

–Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo –dijo Nicolás saliendo del agua, mo­jándome con gotas al sacudirse el pelo, y yo giré la cabeza para responderle con la mirada.

Estaba acostado al sol. Tenía ganas de meterme en la pileta y de tomar agua, pero pensé que haciendo las cosas en ese orden me po­dría electrocutar. Entonces me levanté y corrí hacia la casa. Cuanto más rápido llegue a la galería, debí intuir equivocadamente, menos probabilidades tengo de pincharme los pies.

Mientras miraba el interior de la heladera repetía, sin pensar y mecánicamente, la frase que había dicho Nicolás. Como cuando leo sin leer, o como cuando tarareo un estribillo en otro idioma, me dejé llevar por el sonido de las pala­bras sin prestarle atención a los signi­ficados: "Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo . . . "

Volví corriendo a la pileta y me tiré de cabeza en la parte más profunda. Durante el instante en que volaba, y por el envión que ha­bía tomado, pensé que debía estirar los brazos para no golpearme la frente. Como sentía la obliga­ción de responderle a Nicolás con pala­bras antes de que llegaran las chicas, apoyé sobre el borde los puños y el mentón, lo miré tomar sol con los ojos cerrados y dije:
–Lo bueno de venir acá es que tardás poco en llegar, pero igual tenés la sensación de que estás de viaje.

(...)

Linne se zarpa

¿Borges?, ¿Cortázar?, ¿Marechal?, ¿Castillo? . . . Naaaa: Rejtman y Molina.

26 de septiembre de 2007

La plazoleta

La primera vez que, por mis propios medios, crucé en colectivo el puente de Juan B. Justo, fue en una mañana de otoño de 1992, una de las tantas veces que me rateé solo al colegio. Ese día caminé hasta la zona del parque Las Heras y me subí a un 60 para conocer la galería Churba de Cabildo y Juramento. Yo había llegado a Buenos Aires en marzo de ese año, y, hasta entonces, la ciudad para mí era la franja delimitada por el río, la avenida Córdoba y las plazas Francia e Italia.

A partir del año siguiente esos márgenes empezarían a ensancharse, y la zona de Cabildo y Juramento sería el escenario de mis primeras buenas trasnochadas porteñas. Pero por aquel entonces, en el 92, algunos de mis compañeros de colegio hablaban de esa esquina con la misma lejanía y fascinación que si hablaran de la quinta avenida de Nueva York.

Bajé del 60 frente a la plaza de la iglesia redonda. Después de conocer esa parte de Belgrano, de entrar a la galería y de subir y bajar por sus rampas espiraladas, decidí volver caminando. Tomé una calle paralela a Cabildo y me fui desviando sin rumbo fijo, notando cómo la ciudad se iba achatando a cada cuadra, hasta que, tras bordear un terreno baldío gigante, llegué a una plazoleta descuidada enclavada en una esquina de barrio. Aún no era el mediodía. Vi jugar a unos nenes de dos o tres años, y, al sentarme al sol, me pareció notar cómo las mamás me miraban extrañadas, como preguntándose, supuse, de qué colegio era mi uniforme.

A mediados del año siguiente nos mudamos al edificio que había en esa misma esquina, justo enfrente de la plaza. Cada vez que miraba por la ventana me veía sentado ahí, con ese uniforme que con el paso del tiempo se me iba haciendo cada vez más ridículo. En esa época, a la plazoleta empezaron a remodelarla cada seis meses. Podaban los yuyos, modernizaban los juegos, arreglaban el alambrado perimetral, ponían césped, agregaban areneros, pintaban el muro que la separaba de una casa.

Ahora, tantos años después, vivo con mi propia familia en ese mismo barrio, a menos de tres cuadras de esa esquina, y algunas mañanas llevo a mi hijo a la plazoleta. La persiana del cuarto en el que pasé casi toda mi adolescencia está siempre baja y la plazoleta, aunque no tiene ni un centímetro de césped, está impecable. Hay bancos fijos de madera barnizada, juegos en buen estado, areneros amplios y limpios, y hasta dos mesas empotradas al suelo con tableros de ajedrez dibujados.

Esta mañana, mientras Fausto andaba en su autito y le hacía señas de lejos a una nena, vi a un loco entrar en la plaza. Era pelado y tenía anteojos culo de botella. Se sentó a la mesa de ajedrez y se puso a repetir frases como: “está bien, por cinco mil euros por mes cerramos contrato”. También había unos pibes en equipos de gimnasia que se reían de cualquier cosa y se empujaban entre ellos. Tenían unos diecisiete años, y durante un segundo tuve la certeza de que eran los nenes cuyas madres me habían mirado extrañadas hacía quince años ese mismo lugar.

Había mucho sol, Fausto la estaba pasando bien y así, lejos del ruido y cerca del pasado, los minutos parecían alargarse. Podríamos habernos quedado ahí varias horas más, pero él tenía que comer y yo tenía que volver a trabajar. Cuando nos estábamos yendo, nos cruzamos a un chico con uniforme de colegio secundario. Era alto, desgarbado y parecía andar sin rumbo fijo. Entró en la plaza, se sentó en un banco y se puso a ver jugar a la nena. No te preocupes, le dije a Fausto en voz baja, vos vas a andar sin uniforme, yo te voy a mandar a un colegio estatal.

25 de septiembre de 2007

Melodrama

El día en que Virginia cumplió dieciocho años, Roberto, al vol­ver de la oficina, le tocó el portero y le pidió que bajase, le besó la frente y caminó con ella una cuadra en silencio, hizo tintinear un lla­vero frente a sus ojos y le señaló el auto cero kilómetro que había estacionado junto al suyo.

Esa imagen, la sonrisa de su padre en la penumbra de la co­chera, se le cruzó a Virginia por la memoria una década más tarde, al salir del hospital con su bebé entre los brazos.

–Pero igual lo que él siempre quiso es un hijo varón –pensó en voz alta mientras subía al remís–. Un nieto no deja de ser como un premio consuelo.

–Además, cuando el nene empiece a caminar tu viejo ya va a es­tar para el geriátrico –acotó Mauricio durante el viaje, exagerando una son­risa para dar a entender que bromeaba.

Bajo el sol del mediodía, el remisero manejaba sin hablar y con la radio encendida a un volumen casi inaudible. Mientras mi­raba por la ventanilla, también en silencio, Virginia tuvo la sensa­ción de que hacía al menos un año que no andaba por la calle, y, aunque se esforzaba, no conseguía ubicarse en el tiempo.

En una esquina, a pocos metros de un semáforo en rojo, había un hombre tendido boca abajo en la vereda, las manos esposadas detrás de la espalda, y junto a él, desparramadas frente a la vidriera del negocio que había intentado robar, varias camisas envuel­tas. Virginia le tapó los ojos cerrados al bebé, y, cuando el auto re­tomó la marcha, se dio vuelta para ver cómo, a la sombra de un árbol, se iban juntando curiosos.


(El cuento completo, acá)

24 de septiembre de 2007

Soñé que Calamaro ...

Soñé que Calamaro iba a ver al Quinteto,
y nos contaba que escribiría una nota
para la versión chilena de la Rolling Stone.
Leíamos en un boliche enorme de Sarandí
un galpón con luces dicroicas en el techo.
“Pónganse las pilas, esto es zona sur”,
nos decían unos pibes sentados en el fondo
unos pibes disfrazados con camisetas de Arsenal.
Andrés me preguntaba, como si estuviera cantando,
qué libros estaba leyendo y si me gustaba Nirvana
mientras esperábamos congelados en la estación
a que se hicieran las cuatro para tomarnos el tren.
Funes y Oyola nos despedían abrazados en el andén
cantaban Last train to London en versión afro cubana,
Romero y Levín comían con las manos las sobras
del guiso de posguerra que habían cocinado
y con Gorostiza recitaban el cuentito
que yo, por un fulminante ataque de tos,
no había podido leer en el bar.

13 de septiembre de 2007

El regreso


12 de septiembre de 2007

Gajes...

...del autogoogleo.


"Papeles viejos y memoria colectiva: ¿Por qué querer defender el ...
Formato de archivo: PDF/Adobe Acrobat - Versión en HTML“los armarios y los estantes vacíos y dondequiera, desparramados, por el suelo [...] ...... Dirección: Av. La Fontana 755, La Molina, Lima, Páginas similares - Anotar esto


El Opinador Compulsivo: February 2006
La cultura cubana estará en los estantes vacíos de la feria, donde debieran ... como también debe saber el acoso que sufren la doctora Molina y su anciana ...articulos-interesantes.blogspot.com/2006_02_01_archive.html - 418k - En caché - Páginas similares - Anotar esto


Martha Colmenares Rosa Regás, una fan de Chávez que compromete a ...
... de atención médica porque sus estantes están vacíos, pura fachada y ruido. ... Nos los cuenta Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique de este mes: “Más ...www.marthacolmenares.com/2007/08/26/rosa-regas-una-fan-de-chavez-que-compromete-a-zapatero/ - 98k - En caché - Páginas similares - Anotar esto

5 de septiembre de 2007

Viajemos en subte a China

Partamos en dos la tierra
viajemos en subte a China
y con la plata que nos sobre
levantemos una casa de madera
en las afueras de Luis Guillón.

Hagamos una pira en el fondo
veamos arder la biblioteca
todos los papeles que nos permitan
volver a recordar nuestros nombres.

Levantemos una casa de madera
en un barrio al que no lleguen los diarios
rompamos las cuentas del alumbrado,
de la luz, el teléfono y el gas.

Dejemos de cumplir años
y cuando algún sábado a la tarde
queramos mirar un partido
caminemos hasta la estación
entremos al bar y saludemos
al mozo como si fuera un amigo
con el gesto ampuloso
de pedirle un café.

1 de septiembre de 2007

Un año

Hace un año, horas después de que pasara todo esto,

yo entraba en un locutorio para contar esto.