12 de marzo de 2009

Se me ocurre que escribir hoy una novela debe resultar mucho más dificultoso, en cierto sentido, que diez o quince años atrás. En la época de la hiper conectividad virtual, y después de pasar horas en la interacción instantánea de los mails, los blogs, el chat y las redes sociales, enfrentarse, en el mismo espacio físico, a la larga soledad del word, debe requerir dosis extras de convicción y coraje.

Para los dos mil lectores bahienses...

...de este blog:

desde la semana pasada, Los estantes vacíos está en venta en la librería del Angel, O´higgins 71, local 72.

10 de marzo de 2009

Amigo Molina:

Es una pena que no hayas podido estar el viernes en el Pachamama. Aunque también es un acierto, una muestra de consistencia y realidad ante nuestros lecto-oyentes: el año pasado, en la lectura que dedicamos a tus textos, Romero leyó tu “diario de migraña”. Ahí estábamos nosotros, sin vos, y ahí mismo te imaginábamos en el espiral borroso de tu migraña casera. Una cagada, sí. Pero flor de performance. Digamos que la migraña fue una especie de “disfraz ad hoc”, parafraseando a no me acuerdo quien, respecto de las mentadas payasificaciones del Quinteto. Que quién sabe lo que es. En fin, procedo a contarte más o menos lo que pasó, lo que yo recuerdo, para que estés ahora, retrospectivamente, un poco ahí.

A las 20 horas del viernes se presentan tres sujetos en la dirección Pasaje Argañaras 22, todos vestidos de pantalón negro y remera verde, respondiendo a los nombres, apellidos o seudónimos de: Funes, Romero y Levín.

La seguiría en ese tono pero me aburrí.

El Pachamama estaba vacío, y tenía que ser nuestro. El grueso de socios, afines y habitués del lugar, ya se había excusado: (...)



(Para seguir leyendo, clickear acá)

Prejuicios

Fogwill mira la tapa del libro, me pregunta la edad y me dice que tendría que esperar cinco años más para escribir cuentos. Que él a su primer cuento lo escribió a los treinta y siete.
–Pero tenés buen look –me dice–. No serás Pola, pero tenés buen look.

8 de marzo de 2009


3 de marzo de 2009

2 de marzo de 2009

27 de febrero de 2009

En la primera reunión de padres de mi vida la paso bastante mal. Siento, por momentos, vergüenza propia y ajena. Vergüenza propia por tener que decirles a las mamás y a los papás, desde mi sillita en miniatura, algo supuestamente original sobre mis expectativas sobre el ciclo lectivo que empieza. Y vergüenza ajena por los padres que en verdad creen que sus hijos son especiales y superdotados y que no sólo no tienen pudor en decírselo a desconocidos sino que se muestran excesivamente orgullosos de eso: “y es que él es así, vieron, hoy por ejemplo vino y me dijo: papá, cuidá mucho tu vida…. Es así, tan vivo e inteligente para su edad . . .”

25 de febrero de 2009

Concurso literario...

. . . para novelistas golosos.
Amiga

Amiga,
nunca te dije nada
pero la otra noche,
cuando nos encontramos
después de tres semanas,
casi muero en el esfuerzo
por mantenerme firme
y no acusar el golpe
la puntada al corazón,
cuando estirando un brazo
vos sacaste del cajón
esa caja de forros
de otra marca y empezada.

.

23 de febrero de 2009

Una chica me hace una encuesta de veinte minutos sobre marcas de cervezas. Cuando termina, me dice que se olvidó de preguntarme por mi ocupación.
-No sé... poné que escribo cosas, que soy periodista -le digo.
-Ah... ¿pero trabajás en diarios y revistas y esas cosas?
-De vez en cuando.
-Uy, justo no podía hacerle a personas que trabajaran en medios...
-Entonces poné, no sé, que corrijo libros. Que soy corrector de estilo.
-Bueno... ¿pongo corrector de estilo y escritor por cuenta propia?
-Okey, dale.
-...
-...
-Uy, ya lo puse...
-Está bien.
-... pero suena muy a vago...
Dicen que este año se viene una novela re grossa.

22 de febrero de 2009

Al final, la pizza Fausto resultó una pésima elección. Quedó fea, dura y quemada. Influyó el exceso de horno pero también, seguro, la calidad de la materia prima. Es medio inadmisible que todavía me pase algo así. Hasta ahí la tarde había estado bien. Fuimos a la feria de libros del mercadito de Bonpland. Hubo lecturas, música en vivo y conocidos para charlar. Fausto jugó con nenes, prestó el cuatriciclo y sopló el micrófono cuando le preguntaron cómo se llamaba. Estuvimos desde las cinco y media hasta un poco más de las ocho. Después, el nene reemplazó la pizza con un plato de arroz con pollo y un postrecito de dulce de leche. El baño quedó para hoy a la mañana; nos duchamos juntos a eso de las nueve, después de despertarnos a las siete y veinte y de desayunar una mamadera y un café con tostadas. Afuera llovía, el aire estaba gris. Cuando se despejó un poco fuimos a comprar el diario y a pasear al mercado de las pulgas. Necesito una mesita chiquita para apoyar la notebook y hacer una especie de escritorio en mi cuarto. La más barata estaba más cara de lo que imaginaba. Te la dejo a setenta mangos, me dijo un puestero. Tuve la certeza de que me dijo el número que se le cantó en el momento. Treinta o ciento cincuenta, me podría haber dicho con la misma seguridad. Después fuimos a comer a un bodegón del barrio. Tengo muchas cosas para escribir sobre eso, sobre ir a comer afuera con mi hijo, pero por ahora sólo consigno que hojeé un poco el Página mientras esperábamos la comida: ravioles con estofado para los dos, gaseosa y una jarra de medio de vino de la casa (la corta diferencia de precio entre la jarra de cuarto y la de medio siempre hace que llegue a la sobremesa con más sueño que lo normal, y pensando mucho más de lo necesario). Ahora, mientras Fausto se despierta de la siesta, el domingo toma la recta final hacia la caída del sol, hacia la curva depresiva que hay que tomar con cuidado para no morder la banquina.

21 de febrero de 2009

Paso el sábado con mi hijo. Va a estar conmigo hasta mañana a la tarde. Cuando se despierte de la siesta y tome la merienda vamos a ir a pasear. Por suerte no hace mucho calor. Podemos ir un rato al festival de música y libros que hay en el mercadito de Bonpland, o a la placita del barrio, o a la plaza más grande para que baile con la murga, o acá abajo, al patio del edificio para que juegue con sus vecinos amigos. No hay ninguno de su edad; todos tiene más de tres años. A veces, cuando bajamos con su moto-cuatriciclo, algunos lo saludan desde los balcones internos. Faustooo, le gritan, y él responde gritando en su idioma de onomatopeyas y levantando los brazos. Ayer a la tarde también bajamos con la pelota de básquet. Verlo tratando de picarla es como... eso, como verlo tratando de picarla. Nada más ni nada menos. Para esta noche ya nos compré una pizza congelada marca Fausto. Podría haber pedido una por teléfono, pero en el super me dejé llevar por la oferta, por la idea de ya tener el tema más o menos resuelto, e inconscientemente -lo pienso ahora- por el nombre escrito en la caja de cartón. Después de comer lo voy a meter en la bañadera llena de agua tibia y voy a dejar que juegue un rato ahí, que nade de una punta a la otra con la misma alegría que si estuviera en el mar. Más tarde se va a meter en mi cama, me va a pedir una sola vez el chupete que ya no usa, y se va a quedar dormido abrazado a mi cuello.

17 de febrero de 2009

"Qué trabajo me va a costar dejarte ir con los pájaros..."




Qué trabajo me va a costar dejarte marchar,
te vas a ir lleno de mí
y vas a volver sin conocerme.
Qué trabajo me va a costar dejar sobre tu pecho
posibles realidades de imposibles minutos.
A la tarde, en la montaña, un Perseo te va a limar las cadenas
y te vas a ir corriendo por los montes
hiriéndote los pies


Invierno de saco azul / nadie te va a recordar,
pero dentro de mí / siempre te vas a quedar.
Siempre conmigo vas a estar.
Mano gigante Dios / tu mano enseñaba a vivir,
quiero tu saco azul / y volver a ser como fui,
volver a casa y verte allí.
El mundo va a caer / va a desaparecer.
Yo tengo tu saco azul / tengo tu saco azul.

No van a poder seducirte ni mi carne ni mi llanto
ni los ríos donde dormías tu fiesta de oro, tampoco.
Desde Oriente a Occidente voy a llevar tu luz gigante,
redonda, tu luz enorme
que sostiene mi alma en tensión aguda.
Desde Oriente a Occidente.
Qué trabajo me va a costar dejarte ir con los pájaros,
qué trabajo me va a costar.
Voy a levantar tus brazos
y se los voy a regalar al viento,
voy a levantar así tus brazos
y se los voy a regalar al viento.

No voy a llorarte más / voy a seguirte hasta el sol.
Ni voy a soñar con vos / voy a usar tu corazón de león.
Yo voy a usar tu corazón.
No queda nada aquí / ya no hay nada que cuidar.
Sólo es tu pecho Dios / que empuja como las olas del mar.
Siempre conmigo vas a estar.
El mundo va a caer / va a desaparecer.
Yo tengo tu saco azul / tengo tu saco azul.

Me pedís que no te llore más, que no te llame más,
que te deje ir, que si te llamo venís,
y que vos estás por pasar a dejar de ser,
pero yo sé que no es por vosque no te debo llamar.
Habrá que olvidar y bueno
y bueno pasará (y todo también pasará).
Pobre, tan sólo te voy a dejar sin saber nada
ni el olor de donde estás
sin siquiera reconocer el olor de donde estás.
Mi corazón late,
sin tu mano enorme en mi cara,
tu mano gigante en mi cara
gigante enorme.
Ya no lloro más, tengo de qué reír.
Mirá acá tocá acá, acá, tocá acá.
Tu mano enorme en mi cara,
gigante, tocá mi cara...

Canción de saco azul / nadie te va a recordar,
pero dentro de mí / siempre te vas a quedar.
Siempre conmigo vas a estar.
Canción de saco azul / nadie te va a recordar
sólo es tu pecho Dios / que empuja como las olas del mar.
Siempre conmigo vas a estar.


13 de febrero de 2009

Literatura

(…)
Dos semanas más tarde llamo por teléfono a Mónica y la invito a salir. No tuve noticias suyas desde que le mandé el email con los cuentos. Vamos a tomar algo a un pub de Barrio Norte y fumamos dos cigarrillos antes de que ella saque el tema.
–Leí los cuentos –dice, aspirando el humo.
–Ahá.
–Están muy bien escritos.
–Hm.
Mónica da otra pitada y me mira directamente a los ojos.
–Pero la verdad es que no sé qué es lo que tienen de especial. Todos los años se publican miles de cuentos como esos. No me parecen para nada originales. Están re bien escritos, ya te lo dije, súper profesionales. ¿A vos te importan esos personajes?
No contesto su pregunta y ella sigue hablando.
–Claro, cómo no te van a importar si escribís sobre ellos. Pero me pregunto por qué me tienen que interesar si a ellos mismos no les importa nada de sí mismos. Son como robots, no tienen sentimientos, ni metas en la vida, nada … Nada que les importe. Yo también fui a un taller literario y entiendo un poco del tema.
–Yo nunca fui a un taller literario.
–Ahá.
Nos quedamos un rato en un silencio un poco incómodo hasta que Mónica vuelve a hablar.
–Yo creo que la vida de la gente tiene que tener sentido. Hay que tener objetivos, algo positivo que nos haga seguir adelante, desafíos para mejorar, ser mejores personas.
–¿Todo eso lo aprendiste en el taller?
–Espero que no te enojes. Por lo menos te fui sincera.
–No, claro.
–Además, ya te lo dije. Están re bien escritos.
–Sí, ya me lo dijiste.
(…)


Fragmento del cuento “Literatura”, del libro Literatura y otros cuentos, de Martín Rejtman (Interzona, 2005)

"Y es que el fuego ha quemado al dragón / que existe ahora entre nosotros dos / (somos caricias de un alma que piensa) . . . "

12 de febrero de 2009

"Para saber bien cómo era la soledad / yo tuve que conocer a alguien como vos..."

Luego de andar caminando sin un rumbo fijo
vuelvo al lugar donde tanto silencio aprendí.
Abandonando placeres casi divertidos
(vuelvo al lugar donde tanto silencio aprendí)

Si estoy despierto y sueño con tus ojos
no te olvides que yo te vi primero.
Dame refugio esta noche de otoño,
ahora estoy libre sin causa y condena

Para saber bien cómo era la soledad
yo tuve que conocer a alguien como vos,
un dulce viento con lágrimas en sus mejillas,
disfrazadita de lluvia así me gusta más

Refugio, de Mal Momento (El audio no es muy bueno -está grabado en vivo en un estudio de radio- pero la canción es increíble)

11 de febrero de 2009

You're wondering now

You're wondering now, what to do, now you know this is the end
You're wondering how, you will pay, for the way you did behave

Curtain has fallen, now you're on your own
I won't return, forever you will wait

4 de febrero de 2009

Interviú

“Los escritores son los neuróticos que la pasaban mal en la escuela”

Por Valeria Tentoni (para el suplemento Nexo del periódico Atico de Bahía Blanca)

Joven, muy joven, este autor bahiense ya cuenta con su primer libro de cuentos publicado, y una novela en camino. Con la idea en mente de que “cualquier acontecimiento puede ser narrado”, Molina se anima al relato de lo imperceptible, y empuñando elementos cotidianos, como quien manipula colores primarios, logra generar un universo de palabras en el vacío, para que haya, como dice, donde antes no había nada, una historia. El valor de una llamada de teléfono equivocada.

¿Cómo se originó tu vínculo con la literatura? ¿Cuáles fueron tus primeras lecturas?
Creo que me empezó a gustar la literatura desde antes de saber que me gustaba, desde antes de leer un libro por voluntad propia. De chico exploraba mucho en las letras de las canciones, por ejemplo. O leía el diario y, más que en la noticia en sí, me fijaba en cómo estaba construido el texto. Me enganchaba con todo tipo de narraciones, con los programas de radio de la noche, los discursos políticos, las transmisiones de básquet. Me colgaba oyendo conversaciones, imaginando charlas entres personas que no se conocían. No pretendo decir que todo es literatura, pero sí creo que en esa época le empecé tomar el gusto a cierto tipo de relatos. Después, en la adolescencia, el primer libro que compré, influenciado por una canción de Los Fabulosos Cadillacs, fue Las venas abiertas de América Latina de Eduardo Galeano.

En tu libro Los estantes vacíos, se encuentra un estilo bien afirmado que está presente en cada uno de los cuentos. ¿Cómo fuiste encontrando ese estilo? ¿Cómo definirías tu escritura?

Las definiciones de ese tipo siempre son inexactas, por eso prefiero no arriesgar ninguna. Te podría decir que me gusta trabajar con los detalles, con los pliegues del pensamiento, con las cosas no dichas, con retazos que a simple vista no merecerían estar en ningún libro. Cuando me pongo a escribir trato de olvidarme de la palabra literatura. Es un término hermoso, pero que también, en cierta acepción, conlleva una carga de tradición muy pesada. Y yo intento alejarme de cualquier tradición, trato de romper con los clichés, los estereotipos, el costumbrismo, las estructuras, el coloquialismo mal entendido. No sé si lo logro, ni cuál es el valor de eso, pero lo intento.

Tenés cierta predilección por lo cotidiano, lo doméstico, si se quiere; ¿Qué hace del detalle de un acontecimiento "normal", una historia para contar?
Cualquier acontecimiento puede ser narrado. Esa certeza me salva muchas veces. Aunque tengo como regla tácita no escribir sobre ciertos temas (por razones que resultaría largo explicar), saber que cualquier cosa se podría corporizar en palabras puede ser un alivio hasta en situaciones extremas. Con respecto a lo cotidiano y lo doméstico, creo que lo raro tendría que ser lo contrario: que los personajes de las novelas siempre protagonicen grandes epopeyas, cuando en realidad eso no pasa tanto en la vida real. La mayor parte del tiempo uno no la pasa pensando en los grandes sucesos o en las misiones vitales, sino en cosas mucho más pequeñas: duda en volver a su casa para confirmar si dejó la llave de gas cerrada, hacer fuerza mental en la cola del banco para que le toque la cajera más linda, se obsesiona con asuntos a los que al otro día no les encuentra sentido, se incomoda si tiene que hablar con un desconocido en un ascensor. Una vez un amigo me preguntó: “¿por qué será que en las películas o en las novelas nadie recibe llamadas de teléfono equivocadas?”. Tampoco nunca un personaje llama a otro para nada en especial, para preguntarle cómo anda todo. Yo en mis relatos intento que todas las llamadas sean equivocadas, pero que al mismo tiempo tengan un sentido dentro de la historia.

¿Por qué procesos transita una idea en vos hasta trasladarse a la palabra escrita?
Es impredecible. Cada vez que termino de escribir algo, creo que nunca me va a salir otra cosa. Es raro leerse: ahí hay una historia que antes no existía y que uno metió de alguna manera en el mundo, aunque sin tener la conciencia exacta de cómo lo hizo. Yo suelo tomar notas de escenas, de diálogos, y algunas después van tomando forma. La mejor parte de la escritura es la que se hace de manera inconsciente. Uno puedo pensar los personajes y delinear una trama, pero lo que pasa cuando surge la inspiración y se van llenando páginas de cuaderno o de word es lo más lindo, y, al mismo tiempo, lo más misterioso de todo.

¿Tenés rituales a la hora de escribir?

Antes tenía rituales y me imponía rutinas. Pero desde que soy padre ya no puedo darme ese lujo: escribo cuando encuentro el tiempo y la tranquilidad para hacerlo. Tal vez por eso empecé a escribir novelas, para tener hilos de los que ir tirando cada vez que me siento a escribir y no tener que empezar siempre desde cero. Una comodidad burguesa, en cierto sentido.

Formás parte del grupo El Quinteto de La Muerte, con el que realizan lecturas en vivo. ¿Qué cosas te aportó este grupo humano?
Lo que me otorgó el Quinteto es, sobre todo, la amistad con gente que invierte buena parte de su tiempo en una actividad tan absurda como la literaria. Porque el de escritor de ficciones debe ser uno de las oficios más inútiles a nivel social. Es verdad que sirve para que alguna gente se entretenga, se emocione o se ponga a pensar, pero la relación costo beneficio, en términos de producción capitalista, es demasiado negativa. Entonces el Quinteto es una de las cosas que me ayuda a sentirme menos solo dentro un mundo en el que el capital simbólico tiene una utilidad casi nula.

¿Qué aportes te dió la lectura en vivo de tus textos? ¿Modificó tu manera de escribir?
No la modificó para nada. Me gusta leer en público, a veces lo disfruto más y a veces menos, pero tengo claro que ahí no se juega nada de mí como escritor. No es una instancia comparable a la de un músico tocando sus canciones. Un escritor no tiene necesariamente que interpretar bien su obra. No es un actor ni un locutor. La verdadera experiencia de lectura es solitaria y en voz baja. Lo mejor de las lecturas en público es que le dan entidad social y de conjunto a un hecho que no la tendría de otro modo. Las lecturas están buenas cuando tiene cierta mística, y creo que las del Quinteto la tienen.

¿Te sentís parte de una generación literaria? ¿Qué elementos los hermana además del momento y del lugar?
La generación existe, no es cuestión de sentirse parte o no. Supongo que todas las épocas tuvieron sus camadas de nuevos escritores, pero lo que hay ahora, y que se nota desde hace unos cuatro años, es una herramienta como Internet que les permitió, en principio, darse a conocerse entre ellos. Así como en otras décadas los autores se nucleaban en torno a revistas, ahora lo hacen a través de blogs y de sitios digitales. Paralelamente a eso surgieron algunas editoriales independientes como Entropía –en la que edité mi primer libro y voy a editar el próximo– y se armó un circuito de lecturas que ayudó a crear un clima. En cuanto a los autores, no veo ningún patrón común. Por suerte hay una gran variedad de concepciones y de estilos.

¿Cómo aprovechás el formato blog para tu escritura? ¿Qué cosas tuyas van a parar ahí?
A lo que escribo en el blog no le doy mucha trascendencia, lo publico así nomás, sin pensarlo demasiado y sin correcciones. Aunque después me doy cuenta de que varias de esas cosas me terminan gustando. De hecho, en base a textos del blog armé Un padre de familia sin auto, una especie de novelita autobiográfica que va a formar parte del libro del Quinteto de la Muerte que se va a publicar este año.

Naciste en Bahía y viviste acá hasta los quince años. En una nota decís de esta, que es una ciudad "tímida". ¿Por qué?
Sí, dije eso, pero después me arrepentí un poco. Decir eso me sirvió para hablar un poco de mí, como una metáfora de mi infancia. Pero no me gusta generalizar ni ser prejuicioso, no quiero parecerme a los tarados que, por el hecho de estar más o menos cerca de Puerto Belgrano, dicen que Bahía es una ciudad fascista.

¿Qué imágenes te trae Bahía Blanca? ¿Cómo ves, desde tu vida en Buenos Aires y tus visitas esporádicas, el estado de cosas del medio cultural en esta ciudad?
Las imágenes son muchas. Ahora se me ocurre el frío de la plaza Rivadavia cuando la cruzaba para ir al colegio; el viento caliente y seco del verano; la cancha de Estudiantes llena; la tranquilidad de la avenida Alem los domingos a la tarde en que volvía con mi familia de Sierra de la Ventana; la cantina de Napostá; una pintada en la entrada del club Palihue a mediados de los ochenta: ciudado, Astiz anda suelto; las primeras salidas nocturnas por Fuerte Argentino cuando todavía me peinaba como un nene y no me había cambiado la voz. Lo que pasa es que yo me fui de Bahía cuando aún no se había concretado el proyecto de exterminio social y cultural pergeñado por el menemismo. Entonces es lógico que la actual sea una ciudad diferente, aunque no tuve demasiadas oportunidades para constatarlo. Y si con medio cultural te referís al campo artístico o literario, tampoco tengo muchas referencias, más allá de la existencia de un interesante grupo de poetas y de un valioso espacio como la editorial Vox.

"Me salva/y me condena a la vez/pensar/todo el día en palabras". ¿Qué lugar ocupa la poesía en vos?

Para escribir narrativa es necesario tener un sentido poético. Al término prosa poética no lo entiendo: para mí toda la prosa debe ser poética. Pero no hablo de la acepción cursi y solemne que se le da a la poesía en la escuela, sino de su sentido más profundo, y también de la justeza que hay que tener para construir las frases, de sentir que cada palabra tiene que estar ahí por algo y cumpliendo determinada función. En cuanto a mis poemas, los hago sin proponérmelo demasiado. Surgen como chispazos. Estoy pensando en algo, y de pronto me baja casi todo el poema completo. Después sólo tengo que sentarme a transcribirlo. Por otro lado, me gustaría que la lectura de mis relatos tuviera un efecto parecido a la lectura de un buen poema, una especie de emoción imprecisa, una sensación complicada de definir.

Para terminar; sé que cuando tu hijo Fausto se pone mañoso, le contás un cuento. ¿Cómo es Molina papá escritor? ¿Cómo se emparenta ese rito privado con tu hijo?
Papá-escritor suena raro. En realidad, cualquier título que se ponga al lado del de padre queda medio ridículo. A mí ser padre me ayudó a relativizar la mirada sobre muchas cosas, entre ellas la literatura. Sigo pensando que la literatura me cambió la vida y que sin ella sería una persona mucho menos saludable psíquicamente, pero a muchas de las cosas que la rodean (las capillas, la rosca, el pasilleo, el supuesto prestigio) les presto cada vez menos atención. Con respecto a mi hijo, voy a hacer lo posible para que disfrute del placer de la lectura, pero espero, por su bien, que no tenga pasta de escritor. Porque los escritores, en general, son los tipos introspectivos y neuróticos que de chicos la pasaban mal en la escuela, los que eran marginados en los recreos, los que se sacaban las peores notas porque no prestaban atención en las clases. Entonces espero que mi hijo tenga otros intereses, que sea médico, ingeniero o abogado. O que encuentre un buen modo de vengarse de sus compañeritos.

*

30 de enero de 2009

"Sueño con la cola que sólo vi una vez / aunque no fuera áurea ni única...



Debajo de la tela de un short escocés,
por sobre la costura, mi ojo la roza.
Ese short me volteó la percepción,
ese short que me volteó la percepción,
ese short que me volteó la percepción,
pica aaa
pica aaa

Scotch, Paula Trama

(este post se autodestruirá)

9 de enero de 2009

8 de enero de 2009


2 de enero de 2009

29 de diciembre de 2008

Plataforma 56

Si el movilero de Todo Noticias que
deambula por la terminal de Retiro
en busca de testimonios
sobre el éxodo turístico
viera la sonrisa y los brazos abiertos
con que me saluda mi hijo
tras quince días sin verme,
llamaría a estudios centrales
para pedir que dejen de hablar
sobre la ola de inseguridad
o el blanqueo de capitales,
para darles la primicia
de que lo único real
está sucediendo ahora
en la plataforma cincuenta y seis
al costado de un coche cama
procedente de Villa Gesell.

24 de diciembre de 2008

23 de diciembre de 2008

"La hora del almuerzo", Pío Collivadino (1903)


“ (…) El 19 de diciembre estábamos en la peña tomando un vino con un músico de Santiago del Estero, un sobrino de Mario Roberto Santucho, y cuando íbamos por la mitad de la botella empezamos a escuchar el quilombo de afuera, los gritos, el ruido de las cacerolas, la gente que pasaba. Lo miré a Santucho y le dije: están haciendo la revolución y no nos dimos cuenta. Entonces dejamos todo, salimos así como estábamos y nos pusimos a caminar para el centro. Cada vez había más gente, se agrandaban las columnas. Hacía calor, avanzábamos y había cada vez más quilombo. De repente en medio del lío lo pierdo a Santucho y me quedo con dos mujeres que se nos habían juntado: una colega tuya, una periodista fotógrafa, y una mina más grande que andaba en bicicleta y lo gracioso era que tenía un diablito abajo del brazo. Un muñeco, una especie de títere, que era un diablito así bastante grande. Seguíamos caminando para el lado de la plaza. Y cuando empezó un quilombo con la policía, le digo a la fotógrafa vení para este lado, vamos para allá que está más tranquilo… Pero no, ella quería meterse en el medio de todo, si había balas se metía en el medio de las balas para trabajar. Decía que tenía que mandar las fotos antes de las cinco. No sé qué hora era en ese momento, ya era la madrugada, y lo que pasó después es que en una desbandada perdimos a la mina de la bicicleta y yo me quedé con el diablito llevándolo para todos lados, y cuando ya era de día tuve que volver con el diablito a mi casa (…)”

20 de diciembre de 2008

La novela, un modo de acumulación

Aunque me embarco con expectativa y felicidad en su escritura, la novela sigue pareciéndome un género burgués –para usar un término anacrónico aunque cierto.
*
El novelista tiene algo de empresario, o de jefe de área diciéndose a sí mismo: bueno, ponete las pilas, para el fin de esta semana tenés que terminar el segundo capítulo, metele que no terminás más.
*
El novelista acumula palabras y frases como si tratara de acumular carga horaria en un trabajo tradicional. Un modo de acumulación capitalista y en cierto modo conservador. Un modo de acumular que funciona en realidad por sustracción. Dos trabajos que se ejecutan de manera consciente, muchas veces lejos de los raptos de inspiración: ya tengo la estructura, ahora invento cosas para meter ahí adentro.
*
El momento más feliz en el proceso de escritura de una novela puede no ser aquel en que uno está escribiéndola: puede ser aquel en que, lejos de la máquina, mientras hace cualquier otra cosa, piensa en ideas, palabras o frases y no ve la hora de sentarse a escribirlas, a ir dándole forma a ese nuevo universo que va a meter en el mundo.
*
Lo mejor de escribir novelas es que uno, cuando se sienta frente al papel o la pantalla, siempre tiene algo para hacer. O al menos tiene hilos de los cuales tirar para ir ampliando la superficie. Eso es, en rigor, lo mejor y lo peor al mismo tiempo. Una comodidad cautelosa, que no tendría mucho que ver con el espíritu de la creación artística genuina.

No-Retornable

Salió el nuevo número de No-Retornable con un dossier sobre Malvinas y muchas (literalmente, muchas) cosas más. Para leerla hay que clickear acá.

18 de diciembre de 2008

17 de diciembre de 2008

Siguiendo la luna

Hace algunos años, en una entrevista que le hice, Sergio Rotman me dijo: “eso de los estadios y de los conciertos gigantes es una enajenación, el rock está hecho para tocarse en lugares chicos”. Y la comprobación de sus palabras pudo haberse dado en el recital que brindó junto a los Cadillacs en River el sábado pasado. Es cierto que fue un concierto excelente y por momentos emocionante, con un despliegue musical e histriónico formidable, difícil de superar por cualquier banda argentina. Pero en la impersonalidad de los estadios hay algo que se pierde. Algo que podría ser llamado calidez, comunión, espontaneidad. Como escribí después del show de Soda Stereo del año pasado, cuando un hecho artístico se vuelve tan multitudinario ya no hay identificación posible: ese hecho se brinda a todos y a nadie al mismo tiempo. Aunque también puede ser verdad que debo estar poniéndome un poco viejo. En otra época, un recital de un grupo que me gustaba me provocaba cosas totalmente diferentes. Si no estaba cerca del pogo o a los saltos cerca del escenario sentía que estaba perdiéndome algo, y después salía tarareando la última canción con la energía cambiada, con ganas de hacer cosas, de ponerme a escribir, de pensar en proyectos. Ahora sigo disfruntando de estas cosas, pero de una manera mucho menos eufórica y más analítica. Acá abajo, una grabación casera de Siguiendo la luna, en el momento en que salía la luna en la noche del viernes.

15 de diciembre de 2008

Continuidad de los kioscos, "la fundamentación de la existencia de este movimiento".

11 de diciembre de 2008

Sandinista!

Sandinista

Recién ayer, googleando, me enteré de que en el mundo hay otra obra literaria titulada Los estantes vacíos. Es un poema de Ernesto Cardenal, bastante malo y desconocido fuera de su país de origen, que hace referencia a los estantes vacíos de los supermercados nicaragüenses durante la revolución sandinista de la década del ochenta. El embargo que Estados Unidos le inflingió al gobierno de corte socialista provocó que desaparecieran las “hileras de cosas de colores” de las góndolas de los supermercados. Y esos estantes vacíos, para Cardenal, fueron símbolo de resistencia heroica del pueblo ante la agresión y el desabastecimiento imperialista.

Ayer entré a un Supermercado
y vi los estantes vacíos;
la mayor parte vacíos; y sentí un poco
la melancolía de los estantes vacíos,
pero más que eso, la alegría
por la dignidad de nuestro pueblo patente
en los estantes vacíos.
Estos estantes antes tan abarrotados
de cosas de todos colores innecesarias y necesarias
o como están en otros países. Es el precio
que pagamos, un pueblo pequeño peleando
contra el Coloso, y los veo repletos
de heroicidad los estantes vacíos.
El precio de la independencia. Y porque hay
miles de cachorros de Sandino sueltos por el monte.
Y así como faltan esas hileras de cosas de colores
falta la señora en la accra enseñando su haga,
el niño de ojos blancos como mármol extendiendo su mano.
Los niños retozan en sus barrios;
los mayores, tranquilos.
Y los policías sin garrotes de hule en la calle
para pegar a la gente,
ni bombas lacrimógenas
ni mangueras de agua ni escudos antimotines,
por los estantes vacíos.
Están sin las cosas
necesarias o innecesarias, pero llenos de sacrificio
y orgullo los estantes vacíos,
orgullo, arrogancia si se quiere, de un pueblo:
los estantes vacíos.
Ni se vende ni se rinde.
Y me fui, pesaroso pero gozoso por los estantes vacíos.

9 de diciembre de 2008

8 de diciembre de 2008

Bicho

La semana pasada Martín Lipszyc (una de las valiosas figuras que vendría a reemplazar, en el universo radiofónico, a esos viejos carcamanes que, con un lenguaje pseudo transgresor pero esencialmente conservador, pretenden seguir hablándole a los adolescentes y a los jóvenes, como si no se hubieran transformado en empresarios-millonarios-votantes de Macri) comentó Los estantes vacíos en el programa de Fernando Peña. Y después escribió una mini reseña del libro en el blog en el que escribe, y que puede leerse clickeando acá.

Salud, La Loma

4 de diciembre de 2008

Un padre de familia sin auto

Un padre de familia sin auto,
ni casa, ni familia,
mira el techo desvelado,
a las tres de la mañana.

Y espera a que se hagan las ocho
para caminar los mil kilómetros
que entran en la cuadra
que ahora lo distancia de su hijo.

Un padre sin familia que
–como los futbolistas
que se van al descenso–
habla en tercera persona,
para ablandar el dolor.



Si invitaran al Quinteto...

Roka Valbuena viajó a Villa Gesell, a cubrir el Encuentro Nacional de Narradores, y habló con el único asistente en las dos jornadas del evento.

“Es fascinante ser el único acá”

3 de diciembre de 2008

(...) La literatura. La venganza de los losers (...)

29 de noviembre de 2008

Pienso un poco en mi casa. No, nunca tuve una casa.
Pienso un poco en mis hijos. Mis hijos son mi casa
como estas estrellas son la casa
de mis ojos.

Desierta está la Plaza Batallón 40.
Su comandante es este hermoso árbol
que susurra
con los brazos abiertos,
y en la cabeza alta, en las banderas
y en los brazos abiertos
del comandante que perdió su sueño
susurra el aire suave,
el más suave de toda Sudamérica.

Nombre de cuartel tiene la plaza,
pero no es necesario
pasar por una guardia
para sentarse un rato en este banco,
no hay policía militar que pida
los papeles,
la dirección del alma.

Respira a pocos metros
el comandante positivo
y en su pecho susurra el aire suave,
el más suave de toda Sudamérica,
este aire lavado y vuelto a lavar
de amanecer en amanecer,
desde que el país existe,
como un blanco ajustado uniforme
sobre el cuerpo sin sueño
del comandante abierto
como cruz, florecido.

Alguien, algún día,
me contará qué hizo
el Batallón 40
aunque a mí no me importe
saberlo,
aunque hoy me baste
con leer su nombre
pintado con pobreza en una esquina,
me baste con sentir
que el Batallón 40
descansa en esta plaza,
bajo este cielo bajo, muy bajo
y muy oscuro
entre estrella y estrella
que pesa sobre el alma como jaula
vacía de zoológico,
con la puerta entreabierta.

En mi bolsillo, junto a otras llaves,
guardo la llave de una casa
de Buenos Aires
donde mis hijos duermen,
donde también va a amanecer
dentro de poco.
Allá todo era simple.
Se me caía el anillo
de casado del dedo,
salía a la terraza
miraba amanecer.

No sé qué hizo el Batallón 40,
ni me importa saberlo.
Pero junto a este árbol,
bajo este cielo
que perdió a su tigre,
miro con sueño las estrellas,
siento la suave brisa como el alma
de muchos hombres pobres
y borrados
sobre la luz de un monte.

En mi bolsillo guardo la llave
de otros amaneceres tibios
pero sin sueño,
amaneceres para gritar
pero no, porque mis hijos duermen.
Aquí descanso, en el Batallón 40.

24 de noviembre de 2008

Quiero que legalicen la marihuana

para fumarme un porro por la mañana,
cantan golpeando el techo,
sacando los brazos por las ventanillas,
los hinchas de River Plate
que nos secuestraron en el cuarenta y dos
y nos llevan sin escalas hasta Núñez.

Mirá si serán putas las gallinas,
me dice en voz baja al oído
la chica que viaja a mi lado,
y me muestra con disimulo,
bajándose un centímetro la pollera,
el borde de su bombacha azul y oro.
Mirá serán caretas estos pibes
que no pueden quemarse un churro
por fuera de la ley.

19 de noviembre de 2008

Ayer, mientras esperaba al 151 con Fausto en brazos, un adolescente de gorrita y pantalones anchos me preguntó: “¿quiere que lo ayude a sacar el boleto, señor?” Yo le agradecí, le dije que no hacía falta, y enseguida pensé en un post sobre la paranoia que te meten en todos lados con la inseguridad: tranquilamente, en vez de responderle con buena onda, yo podría haber pensado que el flaco me quería robar, que quería hacerse de las monedas para escaparse corriendo. Pensé en esas cosas, y recién ahora que me pongo a escribirlas me doy cuenta de que el pibe me dijo señor. Cómo vas a hablarme así, si somos de la misma, tendría que haberle dicho, sólo nos separan quince años de experiencia y baqueteo.

18 de noviembre de 2008

La placita

Lunes a las siete de la tarde. Mi hijo maneja su auto en la placita y una nena se le acerca y se queda mirándolo fijo. Fausto gira la cabeza y me consulta con la mirada; parece que no sabe cómo reaccionar.
*
Se acaba de ir un contingente de tres mujeres y cinco nenes. También se fue una chica de unos diez años que saltaba a la soga. Ahora, la presencia más destacable es la de un papá con saco y corbata que habla de negocios por celular. “Si me la dejás a ocho lucas verdes la paso a buscar mañana mismo”, dice como apurando al que le habla del otro lado. Por unos segundos, no sé por qué, estoy convencido de que tiene el teléfono apagado y que está actuando para mí.
*
Sentada a la mesita que tengo detrás hay una pareja de adolescentes. Ella tiene el pelo lacio hasta la cintura, teñido de amarillo oro, y pantalones militares. El pibe está totalmente de negro, tiene una mochila con inscripciones en liquid paper, y habla como si no le molestara el flequillo que le cubre el ojo derecho: “la vieja hija de puta me prometió cincuenta pesos y terminó dándome cuarenta, encima yo no le puedo decir nada porque es la mamá de los melli”.
*
Ahora, jugando a la pelota, hay dos nenes con camisetas de fútbol: una del Barcelona de España y otra de la Juventus de Italia. Mi viejo, si estuviera acá, diría que son de San Lorenzo de Almagro y de Liniers de Bahía; es así de localista.
*
¿Cómo dar cuenta de la calidez de la luz sepia del atardecer que se cuela por entre las hojas de ese árbol?
*
Dos mellizos de un año (no deben ser los mellizos de los que hablaba el emo) juegan prolijamente con un balde y una pala en el arenero. Fausto los mira quieto desde la zona de las baldosas, sentado en su autito, como si estuviera presenciando un espectáculo desde la platea preferencial.
*
Cada tanto aparece alguien extraño por la placita, alguien que no es ni papá ni tío ni abuelo y que es mirado de reojo por los demás: un borracho pacífico, una vieja chiflada, un tipo que conversa con sí mismo. Esta vez es un gordo de unos sesenta años que se sienta en uno de los bancos verdes, apoya un paquete de papel madera en el suelo y empieza a desplegarlo. Adentro hay una pila bastante alta de sánguches de miga. Desde acá se nota que están secos y endurecidos. El tipo, que está demasiado abrigado para la época del año, los empieza a comer con la mirada fija en algún punto de la calle. Tiene unos auriculares puestos. Durante unos segundos me convenzo de no transmiten sonidos.

17 de noviembre de 2008

"Nueva escritura en Latinoamérica"

El Andariego es una editorial de buenos libros creada y dirigida por Celeste Plaza Roig y Juan Ignacio Calcagno Quijano. Hasta el momento han publicado obras de, entre otros, Rodrigo Rey Rosa, Angel Rama, Elvio Gandolfo y Sergio Ramírez. Y se rumorea que entre las piezas literarias imperdibles que editarán en el 2009 está el libro de El Quinteto de la Muerte. Hace poco estuvimos en la casa de Celeste comiendo los mejores canelones del mundo. Con Juan Ignacio habíamos estado algunas semanas antes, pero no creo que él recuerde muy bien lo que pasó. El sábado que viene van a estar presentando –en un bar que me trae a la memoria los años de ascenso y defunción del progresismo blanco– un libro de Héctor Libertella. Acá abajo, el flyer con los datos.

14 de noviembre de 2008

Bellatin por Entropía

Editorial Entropía presenta Condición de las flores, de Mario Bellatin.
Sábado 15 a las 20:30 en La Boutique del libro - Thames 1762

Los que leen meses enteros, se deprimen y aconsejan...

. . . esos son los Anónimos que me gustan:

Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "Fans del Quinteto...":

la verdad que es deprimente buscar en temátika a ver quien compra tus libros. te conviene mirar un poco a tu alrededor y dejar de llevar a cabo las máximas que vos mismo expones para los escritores primerizos.Cerrá el blog, abandoná el lobby, y sentate a escribir. En una de esas, lo hacés bien.