3 de diciembre de 2007
29 de noviembre de 2007
27 de noviembre de 2007
Dodó
(Nota de Noelia Rivero, publicada en el número de septiembre de la revista Dodó, vida de artistas) (Para leer, clickear en las imágenes)


26 de noviembre de 2007
26/11
Querido blog:
Son medio deprimentes esos bloggers que se la pasan mostrando fotos domésticas y hablando todo el tiempo de sus hijos, como si fueran los únicos en el mundo, ¿no? Hay excepciones, claro, como el blog de Loli, el de la Uruguaya y varios más, que están buenísimos y parecen tener la fórmula para quebrar esa regla general. Con respecto a los otros, no quiero decir que tenga algo en contra de esas muestras de intimidad, ni que no me gusten las fotos de nenes con pilas de cedés, mamaderas o manteles cuadriculados de fondo. Hablo de una sensación general que, supongo, deben tener algunos lectores ante esa especie de álbumes familiares públicos alumbrados con luces de living-comedor.
A riesgo de sonar un poco deprimente, entonces, puedo contar que Fausto ya camina como cien metros sin parar, que ya dice "papá" (aunque no está claro si refiriéndose a mí o como una onomatopeya) y que entiende frases como "buscá el chupete", "dejá de rayar ese compact", "los libros no se comen" o "si no te calmás no hay vainillitas". También finge ataques de tos, se ríe a las carcajadas, y se hace el que llora cuando alguien lo reta. La semana pasada Melina tuvo que comprar una red para tapar los espacios que dejaban libres las rejas del balcón. Hasta entonces Fausto había tirado a la calle cinco juguetes, dos tapas de mayonesa, un flan con dulce de leche, un paquete de medialunas y un chupete de los caros.
Ayer al mediodía, en el 166 rumbo al oeste, nos ubicamos con el nene en los asientos del fondo y, mientras esperaba para bajar, un chico de unos veintisiete años (un flaco bronceado, disfrazado de deportista, y, pensé en ese momento, muy parecido al promedio de participantes de Gran Hermano) se lo quedó mirando fijo. "Que maravilla", nos dijo. "Tiene una nariz perfecta, es lindísimo… Por Sunset lo van a corretear…"
Son medio deprimentes esos bloggers que se la pasan mostrando fotos domésticas y hablando todo el tiempo de sus hijos, como si fueran los únicos en el mundo, ¿no? Hay excepciones, claro, como el blog de Loli, el de la Uruguaya y varios más, que están buenísimos y parecen tener la fórmula para quebrar esa regla general. Con respecto a los otros, no quiero decir que tenga algo en contra de esas muestras de intimidad, ni que no me gusten las fotos de nenes con pilas de cedés, mamaderas o manteles cuadriculados de fondo. Hablo de una sensación general que, supongo, deben tener algunos lectores ante esa especie de álbumes familiares públicos alumbrados con luces de living-comedor.
A riesgo de sonar un poco deprimente, entonces, puedo contar que Fausto ya camina como cien metros sin parar, que ya dice "papá" (aunque no está claro si refiriéndose a mí o como una onomatopeya) y que entiende frases como "buscá el chupete", "dejá de rayar ese compact", "los libros no se comen" o "si no te calmás no hay vainillitas". También finge ataques de tos, se ríe a las carcajadas, y se hace el que llora cuando alguien lo reta. La semana pasada Melina tuvo que comprar una red para tapar los espacios que dejaban libres las rejas del balcón. Hasta entonces Fausto había tirado a la calle cinco juguetes, dos tapas de mayonesa, un flan con dulce de leche, un paquete de medialunas y un chupete de los caros.
Ayer al mediodía, en el 166 rumbo al oeste, nos ubicamos con el nene en los asientos del fondo y, mientras esperaba para bajar, un chico de unos veintisiete años (un flaco bronceado, disfrazado de deportista, y, pensé en ese momento, muy parecido al promedio de participantes de Gran Hermano) se lo quedó mirando fijo. "Que maravilla", nos dijo. "Tiene una nariz perfecta, es lindísimo… Por Sunset lo van a corretear…"
21 de noviembre de 2007
Notas rápidas en el 39 (transcripción)
En una esquina de Marcelo T discuten un hombre y una mujer. No puedo darme cuenta si son pareja o sin son padre e hija. Gesticulan mucho. Me da la impresión de que ella está a punto de darle un bollo: le grita como si fuera un nene que juntó basura del suelo. También podrían ser nieta y abuelo: ella tiene menos de treinta y él más de sesenta. Recién cuando nuestro semáforo se pone en verde ellos se disponen a cruzar la calle. Al señor casi lo pisa un tacho.*
En la verdulería hay un televisor prendido en Telenoche. Ver ahí a María Laura Santillán es como ver a un amigo en otro país. El verdulero levanta un cajón de tomates de la vereda y les mira el culo a dos chicas que pasan del brazo. Los mira como si estuviera comparando la calidad de dos lotes de manzanas.
*
Una chica que va adelante habla por celular del recital de Soda Stereo. Dice que estuvo bueno pero que le pareció “muy comercial”. Hace un rato me cambié de asiento porque el flaco que iba parado trataba de espiarme el cuaderno.
*
El vendedor ambulante es flaco y barbudo, muy parecido a Bin Laden. La barba lo debe hacer parecer más flaco de lo que en realidad es. Ofrece una linterna multiuso.“Ideal para ahora que se acercan los tiempos lindos”, dice, y yo no puedo darme cuenta de qué tiene que ver una cosa con la otra.
*
Ese local de Macdonalds fue el primero al que fui en mi vida. Me llevó mi hermana hace como veinte años. Ella ya vivía en Buenos Aires y yo estaba pasando acá las vacaciones de invierno. En realidad no sé si fuimos a este local o al que está más cerca de Callao. En mi imaginación siempre fue este de Pacífico. Ella pidió un menú barato (dos hamburguesas con queso y una sola gaseosa), subimos al primer piso y comimos a lado de unas chicas con hombreras y pelos parados.
*
Un cartel abajo del de Kentucky: moscato, pizza y fainá. Una de las canciones más horribles que escuché en mi vida. El colectivero gritó: “en la prósima el que baja en la estación”. En la baranda del puente hay una pintada política pro Seineldín. Alguna vez, hace unos cinco años, me prometí leerla cada vez que pasara por acá. El tipo que la escribió corrió peligro de muerte: casi se cae del puente o casi lo pisa un tren.
*
La mujer que va sentada detrás mío despide un olor a fritanga impresionante. Todavía no pude verle la cara. De reojo vi que tiene unos cincuenta años y una camisa floreada. Estoy seguro de que en la cartera lleva un paquete de rotisería con papas fritas y milanesas de pollo.
20 de noviembre de 2007
Cañas (verano de 1982)
15 de noviembre de 2007
12 de noviembre de 2007
La tensión entre escritura y experiencia
–¿Flaco, adónde querés ir de vacaciones?
–No sé, yo iría a alguna playa de Uruguay, pero debe estar re caro . . . Podríamos ir a la costa argentina . . . qué sé yo . . . a San Bernardo, ponele . . .
–¿¿En serio me estás diciendo?? . . . ¿Por qué San Bernardo?
–Qué sé yo . . . me gusta el nombre. Me resulta simpático, además . . . se me hace cómodo para ir con el bebé, un ambiente familiar, bien clase media . . .
–¿Simpático, decís? . . . Además, ¿desde cuándo te gustan los ambientes familiares? . . . Me estás jodiendo, no te puede gustar el nombre . . . La vida es otra cosa, no los cuentitos que vos escribís . . .
–No sé, yo iría a alguna playa de Uruguay, pero debe estar re caro . . . Podríamos ir a la costa argentina . . . qué sé yo . . . a San Bernardo, ponele . . .
–¿¿En serio me estás diciendo?? . . . ¿Por qué San Bernardo?
–Qué sé yo . . . me gusta el nombre. Me resulta simpático, además . . . se me hace cómodo para ir con el bebé, un ambiente familiar, bien clase media . . .
–¿Simpático, decís? . . . Además, ¿desde cuándo te gustan los ambientes familiares? . . . Me estás jodiendo, no te puede gustar el nombre . . . La vida es otra cosa, no los cuentitos que vos escribís . . .
7 de noviembre de 2007
Rugby (I)
Estamos en el tercer tiempo. Yo tengo los botines limpios, las suelas sin barro, y la camiseta completamente blanca: jugué los últimos quince minutos del segundo tiempo pero casi no toqué la guinda. Apenas terminó el partido, y para no tener que pedirle el bidón a los chicos del equipo contrario, hice lo que siempre hago en los entrenamientos cuando tengo mucha sed: sellé los labios, junté mucha saliva en la boca y después la tragué intentando convencerme de que era agua. Ahora lleno un vaso de papel con gaseosa tibia y me voy a tomarlo a un costado de la cancha. Veo jugar a los de intermedia, escucho los gritos, huelo el humo que sale de la parrilla, y me dan ganas de que los segundos pasen cada vez más rápido. Cuando de reojo veo acercarse a mi entrenador, me levanto y voy a tratar de esconderme a la zona de los árboles.
Odio al rugby y a todo el clima que se forma alrededor. Ni el casete de Los Fabulosos Cadillacs que pusieron en el quincho me saca las ganas de querer estar en mi casa, mirando televisión, escuchando la radio o escribiendo historietas en alguno de mis cuadernos. Odio al rugby y al ambiente que lo rodea: lo único que quiero ahora es estar en mi cuarto. Hace unos meses mi mamá me compró los botines y la camiseta y me llevó al club, con la idea de que ahí me iba a “hacer nuevos amigos”. Mi deporte preferido es el básquet, pero supongo que ella se dejó llevar por el mito que indica que en el rugby se fomenta la amistad como en ningún otro deporte. Creo que algunos de mis compañeros ni siquiera saben mi nombre. En las vacaciones de invierno fuimos cuatro o cinco días a Lomas de Zamora y nos alojamos de a dos en las casas de los chicos de Pucará. Mientras el entrenador, en el colectivo de ida, sorteaba a las parejas, escuché que alguien decía a mis espaldas: “yo puedo dormir en un baño o en cualquier lado; lo único que pido es que no me toque con Molina” . . .
Odio al rugby y a todo el clima que se forma alrededor. Ni el casete de Los Fabulosos Cadillacs que pusieron en el quincho me saca las ganas de querer estar en mi casa, mirando televisión, escuchando la radio o escribiendo historietas en alguno de mis cuadernos. Odio al rugby y al ambiente que lo rodea: lo único que quiero ahora es estar en mi cuarto. Hace unos meses mi mamá me compró los botines y la camiseta y me llevó al club, con la idea de que ahí me iba a “hacer nuevos amigos”. Mi deporte preferido es el básquet, pero supongo que ella se dejó llevar por el mito que indica que en el rugby se fomenta la amistad como en ningún otro deporte. Creo que algunos de mis compañeros ni siquiera saben mi nombre. En las vacaciones de invierno fuimos cuatro o cinco días a Lomas de Zamora y nos alojamos de a dos en las casas de los chicos de Pucará. Mientras el entrenador, en el colectivo de ida, sorteaba a las parejas, escuché que alguien decía a mis espaldas: “yo puedo dormir en un baño o en cualquier lado; lo único que pido es que no me toque con Molina” . . .
6 de noviembre de 2007
5 de noviembre de 2007
30 de octubre de 2007
Yo también tuve fans
NACHO:Desde que entramos al colegio y te vimos estamos re-muertas por vos. Sos un dios.
Tus hojos son como dos lagos de agua cristalina, agua que nos llama, agua que nos inunda, agua que nos ahoga. Queremos hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos (de a una), el amor está frente a nuestra puerta, quiere entrar y ve que está entre abierta.
Te amamos y en todos los colores.
Besitos.
TUS FANS INTIMAS
(abril de 1994)
Buenos Aires Escala 1/1

Hace ya varias semanas salió Buenos Aires Escala 1/1, la antología sobre los barrios porteños compilada y prologada por Terranova y publicada por Entropía, también conocida extraoficialmente como "el libro de los barrios". Yo aporté "Las palomas", un cuentito escenificado en Colegiales. Sobre ese relato y sobre alguna otra cosa contesté preguntas en Hablando del asunto.
29 de octubre de 2007
Esa mujer
Ayer, camino a la escuela, mientras comentábamos las columnas de Página/K y hablábamos sobre la Coalición Cívica Libertadora y el nuevo gorilaje blanco, encontré esta imagen tirada en la calle. En realidad vi una agenda de tapas duras en el cordón de la vereda, la levanté por curiosidad, y saqué de entre sus páginas la estampita coloreada de esa mujer. Y después mi voto, por primera vez desde que empecé a votar en el 95, fue nacional y popular: siguió sin ser oficialista, pero tampoco fue para ningún partido de izquierda.
23 de octubre de 2007
23/10
Querido blog:
Hoy me desperté convencido de que tendría que galvanizar el techo de un gimnasio. En la tarea me ayudarían dos operarios: Galván y Galvanissi. Mientras caminaba hacia el baño traté de recordar los detalles del sueño, pero sólo se me vino a la cabeza las imagen de mí mismo vestido con un traje marrón de encargado de edificio de la década del ochenta.
Otra cosa: el fin de semana volví a andar en bicicleta. La había dejado en la bicicletería hace más de un mes y recién fui a buscarla el sábado pasado. Entré calculando cuánto me cobrarían por la guardería, pero la dueña no me dijo casi nada: sólo me retó con la mirada y me pidió que firmara un papel. Me indicó dónde estaba la bici y me cobró nada más que seis pesos, catorce menos de lo que había estimado semanas atrás. Con esa diferencia, un rato más tarde, agregué a la compra del súper un balde de un kilo y medio de helado.
Esa tarde pedaleé hasta la zona de Cabildo y Juramento para comprar los regalos del día de la madre. Encadené la bicicleta a un poste de luz y caminé hasta las cuadras de los negocios. En una librería de saldos vi a una chica levantar una pila de doce ejemplares de Cómo desparecer completamente y llevarla hacia el mostrador. Al principio creí que era una fan exagerada de Mariana Enriquez, pero enseguida me di cuenta de que era ella misma. Después de los saludos me contó que estaba por viajar a la feria de Guadalajara, que ni en su casa ni en la editorial quedaban ejemplares para llevar, y que alguien le había pasado el dato de que en esa librería de Belgrano podía conseguir. También hablamos de Bajar es lo peor, su primera y todavía más inhallable novela. Me contó que la había escrito completamente a máquina, y que estaba pensando en scanearla para subirla a la web.
Mientras pedaleaba de vuelta a casa, con la canasta de la bici llena de regalos, me acordé de un episodio –salvando las gigantes distancias entre los personajes– un poco similar: hace unos diez años, en el viejo Musimundo de Cabildo, vi a Sergio Denis comprar un disco suyo. “Ese que tiene: te quiero tanto…”, le había tarareado al vendedor. Un rato más tarde, de vuelta en mi casa, me puse a hacer zapping y en un canal de cable vi a Sergio cantando esa misma canción apasionadamente, mirando a la cámara y tocándose el pelo, haciendo playback sobre el mismo disco que había comprado en Musimundo.
Hoy me desperté convencido de que tendría que galvanizar el techo de un gimnasio. En la tarea me ayudarían dos operarios: Galván y Galvanissi. Mientras caminaba hacia el baño traté de recordar los detalles del sueño, pero sólo se me vino a la cabeza las imagen de mí mismo vestido con un traje marrón de encargado de edificio de la década del ochenta.
Otra cosa: el fin de semana volví a andar en bicicleta. La había dejado en la bicicletería hace más de un mes y recién fui a buscarla el sábado pasado. Entré calculando cuánto me cobrarían por la guardería, pero la dueña no me dijo casi nada: sólo me retó con la mirada y me pidió que firmara un papel. Me indicó dónde estaba la bici y me cobró nada más que seis pesos, catorce menos de lo que había estimado semanas atrás. Con esa diferencia, un rato más tarde, agregué a la compra del súper un balde de un kilo y medio de helado.
Esa tarde pedaleé hasta la zona de Cabildo y Juramento para comprar los regalos del día de la madre. Encadené la bicicleta a un poste de luz y caminé hasta las cuadras de los negocios. En una librería de saldos vi a una chica levantar una pila de doce ejemplares de Cómo desparecer completamente y llevarla hacia el mostrador. Al principio creí que era una fan exagerada de Mariana Enriquez, pero enseguida me di cuenta de que era ella misma. Después de los saludos me contó que estaba por viajar a la feria de Guadalajara, que ni en su casa ni en la editorial quedaban ejemplares para llevar, y que alguien le había pasado el dato de que en esa librería de Belgrano podía conseguir. También hablamos de Bajar es lo peor, su primera y todavía más inhallable novela. Me contó que la había escrito completamente a máquina, y que estaba pensando en scanearla para subirla a la web.
Mientras pedaleaba de vuelta a casa, con la canasta de la bici llena de regalos, me acordé de un episodio –salvando las gigantes distancias entre los personajes– un poco similar: hace unos diez años, en el viejo Musimundo de Cabildo, vi a Sergio Denis comprar un disco suyo. “Ese que tiene: te quiero tanto…”, le había tarareado al vendedor. Un rato más tarde, de vuelta en mi casa, me puse a hacer zapping y en un canal de cable vi a Sergio cantando esa misma canción apasionadamente, mirando a la cámara y tocándose el pelo, haciendo playback sobre el mismo disco que había comprado en Musimundo.
22 de octubre de 2007
El Tigre se pasa
Aunque Leo ya me lo había dicho personalmente, al verlo por escrito no puedo evitar volver a conmoverme:Siempre digo que si mi hijo, Ramón . . .
19 de octubre de 2007
El libro de mi viejo

La contratapa, de mi autoría:
Este libro constituye la investigación más completa sobre la historia política y social de Bahía Blanca realizada hasta el momento. A través de un pormenorizado estudio de las intendencias de la ciudad –desde la asunción en 1886 del primer mandatario municipal, Teófilo Vicente Bordeu, hasta la finalización en 2003 del período de gobierno de Jaime Linares–, Hernán Molina relata el acontecer de casi ciento veinte años de historia bahiense.
En las páginas de este formidable trabajo, sustentado en la elaboración de los apasionantes perfiles biográficos de sus protagonistas y en un gran acopio de datos estadísticos, el lector podrá conocer o rememorar los hitos que forjaron la identidad bahiense en sus diferentes ámbitos (institucional, político, social, científico, cultural y deportivo) a lo largo de su rico historial. Para ilustrar sus páginas, y luego de una ardua tarea de búsqueda en archivos oficiales y personales de la ciudad, Molina logró conformar un impactante documento fotográfico que retrata escenas de todas las épocas comprendidas en el libro.
De manera lateral –aunque no por eso menos profunda–, el autor aborda la narración de los momentos más relevantes acaecidos a nivel nacional desde fines del siglo XIX hasta las primeros años del siglo XXI, como la denominada "década infame", la sucesiva alternancia entre gobiernos democráticos y de facto, y el advenimiento de los grandes movimientos populares a la vida política del país, entre muchos otros acontecimientos.
En las páginas de este formidable trabajo, sustentado en la elaboración de los apasionantes perfiles biográficos de sus protagonistas y en un gran acopio de datos estadísticos, el lector podrá conocer o rememorar los hitos que forjaron la identidad bahiense en sus diferentes ámbitos (institucional, político, social, científico, cultural y deportivo) a lo largo de su rico historial. Para ilustrar sus páginas, y luego de una ardua tarea de búsqueda en archivos oficiales y personales de la ciudad, Molina logró conformar un impactante documento fotográfico que retrata escenas de todas las épocas comprendidas en el libro.
De manera lateral –aunque no por eso menos profunda–, el autor aborda la narración de los momentos más relevantes acaecidos a nivel nacional desde fines del siglo XIX hasta las primeros años del siglo XXI, como la denominada "década infame", la sucesiva alternancia entre gobiernos democráticos y de facto, y el advenimiento de los grandes movimientos populares a la vida política del país, entre muchos otros acontecimientos.
18 de octubre de 2007
17 de octubre de 2007
El lunes a la noche, mientras yo hablaba por teléfono con mi mamá, mi abuela dejó de respirar. Dicen que ya tenía los ojos cerrados y que no sufrió en ese momento: sólo exhaló con fuerza por última vez, y se quedó quieta con un gesto de alivio. Ayer a la mañana, mientras entraba el cajón al cementerio, me acordé de la tarde de veinticinco años atrás en que caminamos de la mano por Plaza Francia, y de cómo ella se burlaba a su modo de los que iban a “gastar plata” a los restaurantes de la Recoleta, “al lado de los muertos”. Y también pensé que por suerte, hace algunas semanas, en la clínica, me animé a decirle “te quiero mucho” mientras aún estaba despierta.
(Ah, no es necesario que dejen comments, en serio)
(Ah, no es necesario que dejen comments, en serio)
8 de octubre de 2007
Lectura de narradores...
DE LA NUEVA NARRATIVA ARGENTINA
¿qué escriben los que nacieron después de 1960?
¿qué escriben los que nacieron después de 1960?
MARTÍN KOHAN
IGNACIO MOLINA
PATRICIA RATTO
PAULA VARSAVSKY
Y el bonus track intergeneracional:
MARÍA ROSA LOJO
Coordina ELSA DRUCAROFF
Y como siempre, tragos y libros a buen precio
Domingo 14 de octubre, 18 hs en
CasaBrandon
Luis Maria Drago 236 (a dos cuadras de Canning y Corrientes).
Parque Centenario, Buenos Aires
4 de octubre de 2007
"Cómo estar solo"
(Publicado en la revista El Interpretador)
Sobre Los estantes vacíos, de Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Alejandro Soifer
¿Cómo escribir sobre un libro del que ya se ha dicho tanto?
Intentémoslo.
Tenemos entonces, quince relatos agrupados en un libro con ciertas continuidades temáticas y argumentales tanto como formales y de procedimiento.
Podría establecerse como plano de lo narrado el espacio y el tipo de personajes que se repiten en los relatos. Tenemos hombres y mujeres de entre 20 y 30 años, de clase media – media baja (en esa franja difícil de clasificar que algunos han llamado "la generación del milqui": mil quinientos pesos de sueldo que obligan a la vida gasolera y el alquiler y los gastos compartidos con otro; compañero de cuarto o pareja) que intentan vivir y sobrevivir a la vida en la época del ningún- ismo.
Establecer que hay una repetición de arquetipo de personaje que se reproduce a lo largo de los quince cuentos es un mecanismo crítico productivo porque permite hablar del desplazamiento de personajes y situaciones como una constante en la construcción del libro. Una idea básica se desliza: no importa el personaje, importa la situación. Los personajes entran en un juego de enroques permanentes, un desplazamiento que sigue la línea de toque de de significantes vacíos (...)
(La reseña completa, clickeando acá)
Sobre Los estantes vacíos, de Ignacio Molina
Entropía, 2006
Por Alejandro Soifer
¿Cómo escribir sobre un libro del que ya se ha dicho tanto?
Intentémoslo.
Tenemos entonces, quince relatos agrupados en un libro con ciertas continuidades temáticas y argumentales tanto como formales y de procedimiento.
Podría establecerse como plano de lo narrado el espacio y el tipo de personajes que se repiten en los relatos. Tenemos hombres y mujeres de entre 20 y 30 años, de clase media – media baja (en esa franja difícil de clasificar que algunos han llamado "la generación del milqui": mil quinientos pesos de sueldo que obligan a la vida gasolera y el alquiler y los gastos compartidos con otro; compañero de cuarto o pareja) que intentan vivir y sobrevivir a la vida en la época del ningún- ismo.
Establecer que hay una repetición de arquetipo de personaje que se reproduce a lo largo de los quince cuentos es un mecanismo crítico productivo porque permite hablar del desplazamiento de personajes y situaciones como una constante en la construcción del libro. Una idea básica se desliza: no importa el personaje, importa la situación. Los personajes entran en un juego de enroques permanentes, un desplazamiento que sigue la línea de toque de de significantes vacíos (...)
(La reseña completa, clickeando acá)
3 de octubre de 2007
3/10
Querido blog:
Anoche un lector me pidió que le explicara una frase de Kilómetro Cero: “Como se habían gastado las pilas del reloj, la persiana estaba subida”. Al principio me negué, le dije que era como explicar un chiste y quitarle la gracia, pero al final, ante su insistencia, y sin poder ocultar el fastidio, tuve que ceder.
Después, en la calle, caminé detrás de un pibe de unos veintiocho años que iba hablando por teléfono y gesticulando demasiado con la mano libre, como si su interlocutor lo estuviera viendo. Yo lo seguía a unos cinco metros, prestándole atención a su parte de la charla y tratando de imaginar la que no podía oír. En un momento escuché un nombre que me resultó conocido y tardé menos de dos segundos en darme cuenta. “Te quería encargar un laburo de fotos Madeleine Onis, llamala mañana al estudio”, dijo él, y yo, hasta que lo vi meter una llave en la puerta de su casa, estuve a punto de decirle que a Madeleine la conocía, que había sido compañera mía de colegio, que hacía más de diez años que no la veía, que me contar algo de ella, pero al final me quedé con las ganas.
Otra cosa: el lunes que viene viajo a Bahía con Fausto. Desde fines del verano que no voy. El martes mi papá presenta su libro en la Biblioteca Rivadavia. Por suerte el bebé todavía no paga pasaje. Entre otras cosas, vamos a conocer a mi nueva sobrina y voy a entrevistarme con un ex boxeador. Espero que no haga demasiado calor y que mi viejo se tome todo con calma, como su nieto en la foto de abajo.
Anoche un lector me pidió que le explicara una frase de Kilómetro Cero: “Como se habían gastado las pilas del reloj, la persiana estaba subida”. Al principio me negué, le dije que era como explicar un chiste y quitarle la gracia, pero al final, ante su insistencia, y sin poder ocultar el fastidio, tuve que ceder.
Después, en la calle, caminé detrás de un pibe de unos veintiocho años que iba hablando por teléfono y gesticulando demasiado con la mano libre, como si su interlocutor lo estuviera viendo. Yo lo seguía a unos cinco metros, prestándole atención a su parte de la charla y tratando de imaginar la que no podía oír. En un momento escuché un nombre que me resultó conocido y tardé menos de dos segundos en darme cuenta. “Te quería encargar un laburo de fotos Madeleine Onis, llamala mañana al estudio”, dijo él, y yo, hasta que lo vi meter una llave en la puerta de su casa, estuve a punto de decirle que a Madeleine la conocía, que había sido compañera mía de colegio, que hacía más de diez años que no la veía, que me contar algo de ella, pero al final me quedé con las ganas.
Otra cosa: el lunes que viene viajo a Bahía con Fausto. Desde fines del verano que no voy. El martes mi papá presenta su libro en la Biblioteca Rivadavia. Por suerte el bebé todavía no paga pasaje. Entre otras cosas, vamos a conocer a mi nueva sobrina y voy a entrevistarme con un ex boxeador. Espero que no haga demasiado calor y que mi viejo se tome todo con calma, como su nieto en la foto de abajo.
2 de octubre de 2007
2/10
Querido blog:
Creo que ya encontré algo tan ridículo como caminar bajo un paraguas: verme a mí mismo empujando el cochecito del bebé. No sabría explicar por qué, pero cada vez que me veo en una vidriera tengo que desviar la mirada. A las viejas parece que no les pasa lo mismo: hoy una me sonrió y me dijo “papucho” mientras esperábamos a que cambiase la luz de un semáforo.
Antes, a las diez y media, habíamos salido a la calle para ir a retirar el carnet definitivo de la obra social. Llegamos, saqué número, esperamos diez minutos y en el mostrador me dieron otro carnet provisorio y me pidieron que volviera en tres semanas. Después fuimos hacia el lado de la vía; había quedado en encontrarme con un pibe (hombre, chico, muchacho, chabón) a las once y media en el bar de Conde y Lacroze. Di vueltas por Colegiales, llegamos a esa esquina sobre la hora y nos sentamos en la entrada. Estuvimos ahí casi media hora, esperando en vano y viendo pasar a la gente, y después de hacer un llamado desde un locutorio pegamos la vuelta. Para completar el malhumor provocado por la mañana perdida y la humedad insoportable, cuando llegamos a casa me di cuenta de que al bebé se le había perdido una zapatilla. Creo que la puteada más suave llegó hasta Lacroze.
Acá abajo pego una foto con los pibes del Quinteto que no viene al caso pero que encontré revolviendo papeles y me gustó para ilustrar.
Creo que ya encontré algo tan ridículo como caminar bajo un paraguas: verme a mí mismo empujando el cochecito del bebé. No sabría explicar por qué, pero cada vez que me veo en una vidriera tengo que desviar la mirada. A las viejas parece que no les pasa lo mismo: hoy una me sonrió y me dijo “papucho” mientras esperábamos a que cambiase la luz de un semáforo.
Antes, a las diez y media, habíamos salido a la calle para ir a retirar el carnet definitivo de la obra social. Llegamos, saqué número, esperamos diez minutos y en el mostrador me dieron otro carnet provisorio y me pidieron que volviera en tres semanas. Después fuimos hacia el lado de la vía; había quedado en encontrarme con un pibe (hombre, chico, muchacho, chabón) a las once y media en el bar de Conde y Lacroze. Di vueltas por Colegiales, llegamos a esa esquina sobre la hora y nos sentamos en la entrada. Estuvimos ahí casi media hora, esperando en vano y viendo pasar a la gente, y después de hacer un llamado desde un locutorio pegamos la vuelta. Para completar el malhumor provocado por la mañana perdida y la humedad insoportable, cuando llegamos a casa me di cuenta de que al bebé se le había perdido una zapatilla. Creo que la puteada más suave llegó hasta Lacroze.
Acá abajo pego una foto con los pibes del Quinteto que no viene al caso pero que encontré revolviendo papeles y me gustó para ilustrar.
1 de octubre de 2007
1/10
Querido blog:
¿Hay algo más ridículo que caminar bajo un paraguas? Supongo que sí, que hay muchas cosas más ridículas, pero hoy, mientras esquivaba charcos, no encontré ninguna. Creo que si me viera a mí mismo caminando con un paraguas me revolcaría en el suelo de la risa. Por eso, cuando llueve, nunca me miro en el reflejo de las vidrieras.
Anoche el bebé se despertó gritando a las tres de la mañana. Yo fui medio dormido a ponerle el chupete y después no me pude volver a dormir: pensaba en la plata, en el futuro, en todas esas cosas que ya se ven de otra manera cuando se hace de día. Di vueltas en la cama hasta las cinco y después, en el living, prendí el televisor sin volumen. Me pareció raro ver los goles de River a través de la cámara de Crónica TV: pensé que era parecido a verlos en la cancha, o a ver las fotos de una modelo sin fotoshop. Afuera llovía, el viento golpeaba las persianas y movía las copas de los árboles. Miré a través de una rendija: vi el reflejo de las luces en el asfalto mojado, y sonreí al imaginarme cruzando la calle bajo el paraguas abierto.
¿Hay algo más ridículo que caminar bajo un paraguas? Supongo que sí, que hay muchas cosas más ridículas, pero hoy, mientras esquivaba charcos, no encontré ninguna. Creo que si me viera a mí mismo caminando con un paraguas me revolcaría en el suelo de la risa. Por eso, cuando llueve, nunca me miro en el reflejo de las vidrieras.
Anoche el bebé se despertó gritando a las tres de la mañana. Yo fui medio dormido a ponerle el chupete y después no me pude volver a dormir: pensaba en la plata, en el futuro, en todas esas cosas que ya se ven de otra manera cuando se hace de día. Di vueltas en la cama hasta las cinco y después, en el living, prendí el televisor sin volumen. Me pareció raro ver los goles de River a través de la cámara de Crónica TV: pensé que era parecido a verlos en la cancha, o a ver las fotos de una modelo sin fotoshop. Afuera llovía, el viento golpeaba las persianas y movía las copas de los árboles. Miré a través de una rendija: vi el reflejo de las luces en el asfalto mojado, y sonreí al imaginarme cruzando la calle bajo el paraguas abierto.
28 de septiembre de 2007
Los días en Jeppener (fragmento)
–Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo –dijo Nicolás saliendo del agua, mojándome con gotas al sacudirse el pelo, y yo giré la cabeza para responderle con la mirada.
Estaba acostado al sol. Tenía ganas de meterme en la pileta y de tomar agua, pero pensé que haciendo las cosas en ese orden me podría electrocutar. Entonces me levanté y corrí hacia la casa. Cuanto más rápido llegue a la galería, debí intuir equivocadamente, menos probabilidades tengo de pincharme los pies.
Mientras miraba el interior de la heladera repetía, sin pensar y mecánicamente, la frase que había dicho Nicolás. Como cuando leo sin leer, o como cuando tarareo un estribillo en otro idioma, me dejé llevar por el sonido de las palabras sin prestarle atención a los significados: "Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo . . . "
Volví corriendo a la pileta y me tiré de cabeza en la parte más profunda. Durante el instante en que volaba, y por el envión que había tomado, pensé que debía estirar los brazos para no golpearme la frente. Como sentía la obligación de responderle a Nicolás con palabras antes de que llegaran las chicas, apoyé sobre el borde los puños y el mentón, lo miré tomar sol con los ojos cerrados y dije:
–Lo bueno de venir acá es que tardás poco en llegar, pero igual tenés la sensación de que estás de viaje.
(...)
Estaba acostado al sol. Tenía ganas de meterme en la pileta y de tomar agua, pero pensé que haciendo las cosas en ese orden me podría electrocutar. Entonces me levanté y corrí hacia la casa. Cuanto más rápido llegue a la galería, debí intuir equivocadamente, menos probabilidades tengo de pincharme los pies.
Mientras miraba el interior de la heladera repetía, sin pensar y mecánicamente, la frase que había dicho Nicolás. Como cuando leo sin leer, o como cuando tarareo un estribillo en otro idioma, me dejé llevar por el sonido de las palabras sin prestarle atención a los significados: "Lo único malo de irse de viaje es que, vaya donde vaya, uno siempre se lleva a sí mismo . . . "
Volví corriendo a la pileta y me tiré de cabeza en la parte más profunda. Durante el instante en que volaba, y por el envión que había tomado, pensé que debía estirar los brazos para no golpearme la frente. Como sentía la obligación de responderle a Nicolás con palabras antes de que llegaran las chicas, apoyé sobre el borde los puños y el mentón, lo miré tomar sol con los ojos cerrados y dije:
–Lo bueno de venir acá es que tardás poco en llegar, pero igual tenés la sensación de que estás de viaje.
(...)
26 de septiembre de 2007
La plazoleta
La primera vez que, por mis propios medios, crucé en colectivo el puente de Juan B. Justo, fue en una mañana de otoño de 1992, una de las tantas veces que me rateé solo al colegio. Ese día caminé hasta la zona del parque Las Heras y me subí a un 60 para conocer la galería Churba de Cabildo y Juramento. Yo había llegado a Buenos Aires en marzo de ese año, y, hasta entonces, la ciudad para mí era la franja delimitada por el río, la avenida Córdoba y las plazas Francia e Italia.
A partir del año siguiente esos márgenes empezarían a ensancharse, y la zona de Cabildo y Juramento sería el escenario de mis primeras buenas trasnochadas porteñas. Pero por aquel entonces, en el 92, algunos de mis compañeros de colegio hablaban de esa esquina con la misma lejanía y fascinación que si hablaran de la quinta avenida de Nueva York.
Bajé del 60 frente a la plaza de la iglesia redonda. Después de conocer esa parte de Belgrano, de entrar a la galería y de subir y bajar por sus rampas espiraladas, decidí volver caminando. Tomé una calle paralela a Cabildo y me fui desviando sin rumbo fijo, notando cómo la ciudad se iba achatando a cada cuadra, hasta que, tras bordear un terreno baldío gigante, llegué a una plazoleta descuidada enclavada en una esquina de barrio. Aún no era el mediodía. Vi jugar a unos nenes de dos o tres años, y, al sentarme al sol, me pareció notar cómo las mamás me miraban extrañadas, como preguntándose, supuse, de qué colegio era mi uniforme.
A mediados del año siguiente nos mudamos al edificio que había en esa misma esquina, justo enfrente de la plaza. Cada vez que miraba por la ventana me veía sentado ahí, con ese uniforme que con el paso del tiempo se me iba haciendo cada vez más ridículo. En esa época, a la plazoleta empezaron a remodelarla cada seis meses. Podaban los yuyos, modernizaban los juegos, arreglaban el alambrado perimetral, ponían césped, agregaban areneros, pintaban el muro que la separaba de una casa.
Ahora, tantos años después, vivo con mi propia familia en ese mismo barrio, a menos de tres cuadras de esa esquina, y algunas mañanas llevo a mi hijo a la plazoleta. La persiana del cuarto en el que pasé casi toda mi adolescencia está siempre baja y la plazoleta, aunque no tiene ni un centímetro de césped, está impecable. Hay bancos fijos de madera barnizada, juegos en buen estado, areneros amplios y limpios, y hasta dos mesas empotradas al suelo con tableros de ajedrez dibujados.
Esta mañana, mientras Fausto andaba en su autito y le hacía señas de lejos a una nena, vi a un loco entrar en la plaza. Era pelado y tenía anteojos culo de botella. Se sentó a la mesa de ajedrez y se puso a repetir frases como: “está bien, por cinco mil euros por mes cerramos contrato”. También había unos pibes en equipos de gimnasia que se reían de cualquier cosa y se empujaban entre ellos. Tenían unos diecisiete años, y durante un segundo tuve la certeza de que eran los nenes cuyas madres me habían mirado extrañadas hacía quince años ese mismo lugar.
Había mucho sol, Fausto la estaba pasando bien y así, lejos del ruido y cerca del pasado, los minutos parecían alargarse. Podríamos habernos quedado ahí varias horas más, pero él tenía que comer y yo tenía que volver a trabajar. Cuando nos estábamos yendo, nos cruzamos a un chico con uniforme de colegio secundario. Era alto, desgarbado y parecía andar sin rumbo fijo. Entró en la plaza, se sentó en un banco y se puso a ver jugar a la nena. No te preocupes, le dije a Fausto en voz baja, vos vas a andar sin uniforme, yo te voy a mandar a un colegio estatal.
A partir del año siguiente esos márgenes empezarían a ensancharse, y la zona de Cabildo y Juramento sería el escenario de mis primeras buenas trasnochadas porteñas. Pero por aquel entonces, en el 92, algunos de mis compañeros de colegio hablaban de esa esquina con la misma lejanía y fascinación que si hablaran de la quinta avenida de Nueva York.
Bajé del 60 frente a la plaza de la iglesia redonda. Después de conocer esa parte de Belgrano, de entrar a la galería y de subir y bajar por sus rampas espiraladas, decidí volver caminando. Tomé una calle paralela a Cabildo y me fui desviando sin rumbo fijo, notando cómo la ciudad se iba achatando a cada cuadra, hasta que, tras bordear un terreno baldío gigante, llegué a una plazoleta descuidada enclavada en una esquina de barrio. Aún no era el mediodía. Vi jugar a unos nenes de dos o tres años, y, al sentarme al sol, me pareció notar cómo las mamás me miraban extrañadas, como preguntándose, supuse, de qué colegio era mi uniforme.
A mediados del año siguiente nos mudamos al edificio que había en esa misma esquina, justo enfrente de la plaza. Cada vez que miraba por la ventana me veía sentado ahí, con ese uniforme que con el paso del tiempo se me iba haciendo cada vez más ridículo. En esa época, a la plazoleta empezaron a remodelarla cada seis meses. Podaban los yuyos, modernizaban los juegos, arreglaban el alambrado perimetral, ponían césped, agregaban areneros, pintaban el muro que la separaba de una casa.
Ahora, tantos años después, vivo con mi propia familia en ese mismo barrio, a menos de tres cuadras de esa esquina, y algunas mañanas llevo a mi hijo a la plazoleta. La persiana del cuarto en el que pasé casi toda mi adolescencia está siempre baja y la plazoleta, aunque no tiene ni un centímetro de césped, está impecable. Hay bancos fijos de madera barnizada, juegos en buen estado, areneros amplios y limpios, y hasta dos mesas empotradas al suelo con tableros de ajedrez dibujados.
Esta mañana, mientras Fausto andaba en su autito y le hacía señas de lejos a una nena, vi a un loco entrar en la plaza. Era pelado y tenía anteojos culo de botella. Se sentó a la mesa de ajedrez y se puso a repetir frases como: “está bien, por cinco mil euros por mes cerramos contrato”. También había unos pibes en equipos de gimnasia que se reían de cualquier cosa y se empujaban entre ellos. Tenían unos diecisiete años, y durante un segundo tuve la certeza de que eran los nenes cuyas madres me habían mirado extrañadas hacía quince años ese mismo lugar.
Había mucho sol, Fausto la estaba pasando bien y así, lejos del ruido y cerca del pasado, los minutos parecían alargarse. Podríamos habernos quedado ahí varias horas más, pero él tenía que comer y yo tenía que volver a trabajar. Cuando nos estábamos yendo, nos cruzamos a un chico con uniforme de colegio secundario. Era alto, desgarbado y parecía andar sin rumbo fijo. Entró en la plaza, se sentó en un banco y se puso a ver jugar a la nena. No te preocupes, le dije a Fausto en voz baja, vos vas a andar sin uniforme, yo te voy a mandar a un colegio estatal.
25 de septiembre de 2007
Melodrama
El día en que Virginia cumplió dieciocho años, Roberto, al volver de la oficina, le tocó el portero y le pidió que bajase, le besó la frente y caminó con ella una cuadra en silencio, hizo tintinear un llavero frente a sus ojos y le señaló el auto cero kilómetro que había estacionado junto al suyo.
Esa imagen, la sonrisa de su padre en la penumbra de la cochera, se le cruzó a Virginia por la memoria una década más tarde, al salir del hospital con su bebé entre los brazos.
–Pero igual lo que él siempre quiso es un hijo varón –pensó en voz alta mientras subía al remís–. Un nieto no deja de ser como un premio consuelo.
–Además, cuando el nene empiece a caminar tu viejo ya va a estar para el geriátrico –acotó Mauricio durante el viaje, exagerando una sonrisa para dar a entender que bromeaba.
Bajo el sol del mediodía, el remisero manejaba sin hablar y con la radio encendida a un volumen casi inaudible. Mientras miraba por la ventanilla, también en silencio, Virginia tuvo la sensación de que hacía al menos un año que no andaba por la calle, y, aunque se esforzaba, no conseguía ubicarse en el tiempo.
En una esquina, a pocos metros de un semáforo en rojo, había un hombre tendido boca abajo en la vereda, las manos esposadas detrás de la espalda, y junto a él, desparramadas frente a la vidriera del negocio que había intentado robar, varias camisas envueltas. Virginia le tapó los ojos cerrados al bebé, y, cuando el auto retomó la marcha, se dio vuelta para ver cómo, a la sombra de un árbol, se iban juntando curiosos.
(El cuento completo, acá)
Esa imagen, la sonrisa de su padre en la penumbra de la cochera, se le cruzó a Virginia por la memoria una década más tarde, al salir del hospital con su bebé entre los brazos.
–Pero igual lo que él siempre quiso es un hijo varón –pensó en voz alta mientras subía al remís–. Un nieto no deja de ser como un premio consuelo.
–Además, cuando el nene empiece a caminar tu viejo ya va a estar para el geriátrico –acotó Mauricio durante el viaje, exagerando una sonrisa para dar a entender que bromeaba.
Bajo el sol del mediodía, el remisero manejaba sin hablar y con la radio encendida a un volumen casi inaudible. Mientras miraba por la ventanilla, también en silencio, Virginia tuvo la sensación de que hacía al menos un año que no andaba por la calle, y, aunque se esforzaba, no conseguía ubicarse en el tiempo.
En una esquina, a pocos metros de un semáforo en rojo, había un hombre tendido boca abajo en la vereda, las manos esposadas detrás de la espalda, y junto a él, desparramadas frente a la vidriera del negocio que había intentado robar, varias camisas envueltas. Virginia le tapó los ojos cerrados al bebé, y, cuando el auto retomó la marcha, se dio vuelta para ver cómo, a la sombra de un árbol, se iban juntando curiosos.
(El cuento completo, acá)
24 de septiembre de 2007
Soñé que Calamaro ...
Soñé que Calamaro iba a ver al Quinteto,
y nos contaba que escribiría una nota
para la versión chilena de la Rolling Stone.
Leíamos en un boliche enorme de Sarandí
un galpón con luces dicroicas en el techo.
“Pónganse las pilas, esto es zona sur”,
nos decían unos pibes sentados en el fondo
unos pibes disfrazados con camisetas de Arsenal.
Andrés me preguntaba, como si estuviera cantando,
qué libros estaba leyendo y si me gustaba Nirvana
mientras esperábamos congelados en la estación
a que se hicieran las cuatro para tomarnos el tren.
Funes y Oyola nos despedían abrazados en el andén
cantaban Last train to London en versión afro cubana,
Romero y Levín comían con las manos las sobras
del guiso de posguerra que habían cocinado
y con Gorostiza recitaban el cuentito
que yo, por un fulminante ataque de tos,
no había podido leer en el bar.
y nos contaba que escribiría una nota
para la versión chilena de la Rolling Stone.
Leíamos en un boliche enorme de Sarandí
un galpón con luces dicroicas en el techo.
“Pónganse las pilas, esto es zona sur”,
nos decían unos pibes sentados en el fondo
unos pibes disfrazados con camisetas de Arsenal.
Andrés me preguntaba, como si estuviera cantando,
qué libros estaba leyendo y si me gustaba Nirvana
mientras esperábamos congelados en la estación
a que se hicieran las cuatro para tomarnos el tren.
Funes y Oyola nos despedían abrazados en el andén
cantaban Last train to London en versión afro cubana,
Romero y Levín comían con las manos las sobras
del guiso de posguerra que habían cocinado
y con Gorostiza recitaban el cuentito
que yo, por un fulminante ataque de tos,
no había podido leer en el bar.
13 de septiembre de 2007
12 de septiembre de 2007
Gajes...
...del autogoogleo.
"Papeles viejos y memoria colectiva: ¿Por qué querer defender el ...
Formato de archivo: PDF/Adobe Acrobat - Versión en HTML“los armarios y los estantes vacíos y dondequiera, desparramados, por el suelo [...] ...... Dirección: Av. La Fontana 755, La Molina, Lima, Páginas similares - Anotar esto
El Opinador Compulsivo: February 2006
La cultura cubana estará en los estantes vacíos de la feria, donde debieran ... como también debe saber el acoso que sufren la doctora Molina y su anciana ...articulos-interesantes.blogspot.com/2006_02_01_archive.html - 418k - En caché - Páginas similares - Anotar esto
Martha Colmenares Rosa Regás, una fan de Chávez que compromete a ...
... de atención médica porque sus estantes están vacíos, pura fachada y ruido. ... Nos los cuenta Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique de este mes: “Más ...www.marthacolmenares.com/2007/08/26/rosa-regas-una-fan-de-chavez-que-compromete-a-zapatero/ - 98k - En caché - Páginas similares - Anotar esto
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El Opinador Compulsivo: February 2006
La cultura cubana estará en los estantes vacíos de la feria, donde debieran ... como también debe saber el acoso que sufren la doctora Molina y su anciana ...articulos-interesantes.blogspot.com/2006_02_01_archive.html - 418k - En caché - Páginas similares - Anotar esto
Martha Colmenares Rosa Regás, una fan de Chávez que compromete a ...
... de atención médica porque sus estantes están vacíos, pura fachada y ruido. ... Nos los cuenta Ignacio Ramonet en Le Monde Diplomatique de este mes: “Más ...www.marthacolmenares.com/2007/08/26/rosa-regas-una-fan-de-chavez-que-compromete-a-zapatero/ - 98k - En caché - Páginas similares - Anotar esto
5 de septiembre de 2007
Viajemos en subte a China
Partamos en dos la tierra
viajemos en subte a China
y con la plata que nos sobre
levantemos una casa de madera
en las afueras de Luis Guillón.
Hagamos una pira en el fondo
veamos arder la biblioteca
todos los papeles que nos permitan
volver a recordar nuestros nombres.
Levantemos una casa de madera
en un barrio al que no lleguen los diarios
rompamos las cuentas del alumbrado,
de la luz, el teléfono y el gas.
Dejemos de cumplir años
y cuando algún sábado a la tarde
queramos mirar un partido
caminemos hasta la estación
entremos al bar y saludemos
al mozo como si fuera un amigo
con el gesto ampuloso
de pedirle un café.
viajemos en subte a China
y con la plata que nos sobre
levantemos una casa de madera
en las afueras de Luis Guillón.
Hagamos una pira en el fondo
veamos arder la biblioteca
todos los papeles que nos permitan
volver a recordar nuestros nombres.
Levantemos una casa de madera
en un barrio al que no lleguen los diarios
rompamos las cuentas del alumbrado,
de la luz, el teléfono y el gas.
Dejemos de cumplir años
y cuando algún sábado a la tarde
queramos mirar un partido
caminemos hasta la estación
entremos al bar y saludemos
al mozo como si fuera un amigo
con el gesto ampuloso
de pedirle un café.
4 de septiembre de 2007
1 de septiembre de 2007
28 de agosto de 2007
Girasoles
En Bahía son muy populares las semillitas de girasol. Las venden en bolsitas transparentes, con el nombre de la marca impreso en letras amarillas. La primera imagen que se me viene a la cabeza cada vez que pienso en la cancha de Olimpo es la de millones de cáscaras de semillas desparramadas sobre las viejas tribunas de madera durante la retirada del público. La primera vez que pedí semillitas en Buenos Aires, el kioskero se me rió en la cara: “¿semillitas, pibe, qué sos, una gallina, hincha de River?”. Años después aparecieron las Pipas, pero ni siquiera cuando tuve mi propio kiosco las probé: el envoltorio, demasiado moderno, me tiraba para atrás.
Anoche, mientras escribía, me acordé de todo eso. Me acordé de la manera en que me gustaba comerlas: separaba un puñado bastante grande de semillitas, me pasaba varios minutos pelándolas una por una, y después, todas juntas, me las metía en la boca. El placer casi efímero de morder tantas semillas al mismo tiempo justificaba todo el trabajo anterior. Algo similar, pensé ayer, me pasa cuando escribo cuentos: me gusta que el trabajo minucioso y casi de relojería que me lleva cada uno precise una lectura que lo devore de una sola sentada. Trabajar en la novela que estoy escribiendo, en cambio, es comer las semillitas del modo más tradicional: de a poco; sin prisa, sin pausa y sin tanta fineza; abriendo cada fecha una bolsita; mordiendo la cáscara, escupiéndola al tablón y despegándome los restos de los dientes.
Anoche, mientras escribía, me acordé de todo eso. Me acordé de la manera en que me gustaba comerlas: separaba un puñado bastante grande de semillitas, me pasaba varios minutos pelándolas una por una, y después, todas juntas, me las metía en la boca. El placer casi efímero de morder tantas semillas al mismo tiempo justificaba todo el trabajo anterior. Algo similar, pensé ayer, me pasa cuando escribo cuentos: me gusta que el trabajo minucioso y casi de relojería que me lleva cada uno precise una lectura que lo devore de una sola sentada. Trabajar en la novela que estoy escribiendo, en cambio, es comer las semillitas del modo más tradicional: de a poco; sin prisa, sin pausa y sin tanta fineza; abriendo cada fecha una bolsita; mordiendo la cáscara, escupiéndola al tablón y despegándome los restos de los dientes.
23 de agosto de 2007
21 de agosto de 2007
Etcétera
Si yo fuera un campeonato de básquet no sería la Liga Nacional ni ninguna de las ligas europeas ni, mucho menos, la NBA: sería el torneo local de Bahía Blanca. No quiero decir que ese sea el campeonato que necesariamente más me gusta; quiero decir que ese es el que yo sería. Me resulta difícil explicarlo, pero no me quedan dudas al respecto. Un torneo compuesto por veinte clubes de los diferentes barrios de la ciudad, a cuyos partidos, durante la temporada regular -antes de los playoffs-, no van, salvo excepciones, más de trescientas o cuatrocientas personas que entienden bien lo que están mirando. Un torneo compuesto por hombres que entrenan en un solo turno por día, tienen que trabajar de otra cosa para ganarse la vida, y, aunque en muchos de los casos cobran algún sueldo, siguen jugando por la camiseta, el amor al barrio o la pasión por el básquet, sin ningún tipo de interés extradeportivo.
*
Abel Escudero Zadrayec es un periodista bahiense que además de cubrir, entre muchas otras cosas, el torneo que yo sería si fuera campeonato de básquet, tiene un blog en donde documenta su presencia en el partido más largo en la historia de Sudamérica, escribe proclamas como ésta y postea –después de conocerme a través Unidad Funcional– elogios demasiado desmedidos.
*
Abel Escudero Zadrayec es un periodista bahiense que además de cubrir, entre muchas otras cosas, el torneo que yo sería si fuera campeonato de básquet, tiene un blog en donde documenta su presencia en el partido más largo en la historia de Sudamérica, escribe proclamas como ésta y postea –después de conocerme a través Unidad Funcional– elogios demasiado desmedidos.
14 de agosto de 2007
13 de agosto de 2007
10 de agosto de 2007
"Una unidad funcional"
(Publicado en la revista No-retornable)
Los estantes vacíos (Entropía, 2006)
de Ignacio Molina
por Sol Echevarría
Los estantes vacíos es un libro compuesto por quince relatos que funcionan como quince piezas de un rompecabezas. Si bien la tapa anticipa que es una compilación de cuentos, lo cierto es que existe una marcada continuidad entre ellos. El cruce de personajes, de historias y de lugares es tal que hasta podría pensarse que se trata de una novela. Cada cuento está compuesto por diferentes fragmentos y, a la vez, cada cuento es un fragmento del libro, como si todo fuera una unidad funcional. Una unidad, por supuesto, despedazada e incompleta, que se puede leer de atrás para adelante o saltando en forma desordenada.
El cruce entre un cuento y otro está dado por los vínculos que se generan entre los personajes a causa de su deambular por la ciudad. A menudo sus vidas apenas se rozan por un instante y luego prosiguen cada una por su camino. El azar cotidiano influye en estos pequeños intercambios que hacen que la mirada del narrador zigzaguee entre distintas historias. Así, sigue los pasos de un chico que va a comprar algo al kiosco y, zás! luego vemos al chico alejarse a través de los ojos del kiosquero, quien se convierte inmediatamente en el foco del relato. En este vaivén narrativo predomina un interés fugaz y algo caprichoso gracias al cual el relato diverge constantemente.
Este desplazamiento de perspectivas produce una visión panorámica fragmentada. Una vuelta al día en ochenta mundos donde cada personaje tiene una óptica determinada y una historia particular, aunque ésta permanezca apenas esbozada. El resultado es un rompecabezas imposible, ya que nunca se puede reponer la totalidad de las historias que se narran. Hay elipsis, piezas sueltas y repeticiones. Queda una mirada desecha, similar a la que se obtiene al observar a través de un calidoscopio.
Se produce un texto espiralado en donde las historias se entrecruzan. Los nombres de los personajes ya leídos resuenan en cada cuento como un eco, a veces difícil de restablecer. Vuelven a la memoria como un chispazo, como una resonancia de algo olvidado. La errancia de los personajes es la que estructura el relato. Estos nuevos flaneurs del segundo milenio recorren la geografía concreta y bien delimitada de Buenos Aires, sobre una calle o avenida en particular. Ese hincapié en el detalle cartográfico pareciera trazar una flecha que apunta a la realidad como su blanco principal.
Los personajes son, casi todos, veinteañeros que se hunden en siestas desordenadas, conversaciones triviales y se dedican a dar vueltas por la ciudad. Por momentos parecieran incluso no decidir sobre su destino. Hay cierta inercia en la manera que tienen de desplazarse por el mundo. Se entregan al azar como si fueran pequeños autómatas. Duermen, comen, conversan, deambulan y vuelven a sus casas. Están enmarcados en una cotidianidad de quehaceres domésticos y de acciones banales, apenas atravesada por conflictos que se disparan tanto a causa de la mirada de un mozo como por una tortuga encontrada en la calle.
(...)
(La reseña completa, clickeando acá)
Los estantes vacíos (Entropía, 2006)
de Ignacio Molina
por Sol Echevarría
Los estantes vacíos es un libro compuesto por quince relatos que funcionan como quince piezas de un rompecabezas. Si bien la tapa anticipa que es una compilación de cuentos, lo cierto es que existe una marcada continuidad entre ellos. El cruce de personajes, de historias y de lugares es tal que hasta podría pensarse que se trata de una novela. Cada cuento está compuesto por diferentes fragmentos y, a la vez, cada cuento es un fragmento del libro, como si todo fuera una unidad funcional. Una unidad, por supuesto, despedazada e incompleta, que se puede leer de atrás para adelante o saltando en forma desordenada.
El cruce entre un cuento y otro está dado por los vínculos que se generan entre los personajes a causa de su deambular por la ciudad. A menudo sus vidas apenas se rozan por un instante y luego prosiguen cada una por su camino. El azar cotidiano influye en estos pequeños intercambios que hacen que la mirada del narrador zigzaguee entre distintas historias. Así, sigue los pasos de un chico que va a comprar algo al kiosco y, zás! luego vemos al chico alejarse a través de los ojos del kiosquero, quien se convierte inmediatamente en el foco del relato. En este vaivén narrativo predomina un interés fugaz y algo caprichoso gracias al cual el relato diverge constantemente.
Este desplazamiento de perspectivas produce una visión panorámica fragmentada. Una vuelta al día en ochenta mundos donde cada personaje tiene una óptica determinada y una historia particular, aunque ésta permanezca apenas esbozada. El resultado es un rompecabezas imposible, ya que nunca se puede reponer la totalidad de las historias que se narran. Hay elipsis, piezas sueltas y repeticiones. Queda una mirada desecha, similar a la que se obtiene al observar a través de un calidoscopio.
Se produce un texto espiralado en donde las historias se entrecruzan. Los nombres de los personajes ya leídos resuenan en cada cuento como un eco, a veces difícil de restablecer. Vuelven a la memoria como un chispazo, como una resonancia de algo olvidado. La errancia de los personajes es la que estructura el relato. Estos nuevos flaneurs del segundo milenio recorren la geografía concreta y bien delimitada de Buenos Aires, sobre una calle o avenida en particular. Ese hincapié en el detalle cartográfico pareciera trazar una flecha que apunta a la realidad como su blanco principal.
Los personajes son, casi todos, veinteañeros que se hunden en siestas desordenadas, conversaciones triviales y se dedican a dar vueltas por la ciudad. Por momentos parecieran incluso no decidir sobre su destino. Hay cierta inercia en la manera que tienen de desplazarse por el mundo. Se entregan al azar como si fueran pequeños autómatas. Duermen, comen, conversan, deambulan y vuelven a sus casas. Están enmarcados en una cotidianidad de quehaceres domésticos y de acciones banales, apenas atravesada por conflictos que se disparan tanto a causa de la mirada de un mozo como por una tortuga encontrada en la calle.
(...)
(La reseña completa, clickeando acá)
5 de agosto de 2007
2 de agosto de 2007
Cháchara
Anoche, en la previa de la sesión de fotos para la revista Dodó, dije que, al momento de ponerme a trabajar en la novela, me presionaba el hecho de tener en cuenta todas las cosas que me comentaron y se escribieron sobre mi primer libro. Y después, ya en la vereda, pensé que era un boludo. Soy un boludo, me dije, sintiendo en todo el cuerpo la humedad de la avenida de Mayo: lo que me presiona no es eso; lo que me presiona es la inflación, llegar con lo justo a fin de mes, pensar en el futuro de mi hijo. Nada de lo que tenga que ver con la escritura me puede presionar, y todo lo que pueda decir sobre ella es, en el fondo, pura cháchara: en realidad lo único importante es leer, hacerse el tiempo para escribir, poder vivir en la literatura al compás de los días.
*
Ayer, minutos antes de las cinco de la mañana, el bebé cumplió once meses. En algún momento del día se golpeó la cara con la baranda de la cuna. Auque no demuestra dolor, ahora tiene un pequeño moretón negro al costado de un ojo. Esta mañana, para sacarle la hinchazón, le pasé un cubito de hielo envuelto en una servilleta, y después, para curarle el resfrío que no lo había dejado dormir en casi toda la noche, le puse gotas en la nariz y le hice un baño de vapor. Los dos, casi desnudos, transpiramos como si hubiéramos corrido una maratón en pleno verano. Antes, y hasta que el reflejo empezó a hacerse borroso, jugamos a hacernos peinados ridículos frente al espejo.
*
Ayer, minutos antes de las cinco de la mañana, el bebé cumplió once meses. En algún momento del día se golpeó la cara con la baranda de la cuna. Auque no demuestra dolor, ahora tiene un pequeño moretón negro al costado de un ojo. Esta mañana, para sacarle la hinchazón, le pasé un cubito de hielo envuelto en una servilleta, y después, para curarle el resfrío que no lo había dejado dormir en casi toda la noche, le puse gotas en la nariz y le hice un baño de vapor. Los dos, casi desnudos, transpiramos como si hubiéramos corrido una maratón en pleno verano. Antes, y hasta que el reflejo empezó a hacerse borroso, jugamos a hacernos peinados ridículos frente al espejo.
31 de julio de 2007
Natalicio
Las paradojas del calendario: ya empezó la semana de mi cumpleaños, pero no todavía el mes. El recital del viernes pasado merece una crónica que, al menos hasta ahora, ninguno de los miembros del Quinteto escribió: guiso romeriano; buenas lecturas; alrededor de ciento veinte personas; mucha atención; voz femenina invitada; varios libros vendidos; lindo ambiente; guitarrista inspirado. Cuando abrí la puerta del Pacha para salir, vi cómo uno de los encargados, con una botella entre las manos, le explicaba a un policía: "… estamos celebrando un aniversario de mi natalicio…". Yo me acordé de Natalicchio, el defensor pelilargo de Huracán de Tres Arroyos, y, como para seguirle la corriente al pibe, lo saludé como si fuera mi amigo y le deseé feliz cumpleaños. En la parada de colectivos un hombre de mi edad discutía con una mujer por teléfono: "…y si yo te hubiera metido los cuernos, ahora de qué estaríamos hablando…", decía a los gritos y mirándome de reojo. Yo me hubiera quedado a escucharlo hasta el final de la conversación, pero, casi como en un acto reflejo, tuve que estirar un brazo al ver acercarse un 168. Según el boleto eran las tres y media de la mañana. En la hilera de asientos del fondo, una pareja de adolescentes dormía abrazada. Les miré las zapatillas altas, los dos pares del mismo color, y me di cuenta de que ante el primer frenazo del coche terminarían revolcados en el suelo.
25 de julio de 2007
19 de julio de 2007
16 de julio de 2007
Niño diamante
Yo te sigo capitán / quiero soñar /todos tus sueños y verte nadar /
llevame al mar / llevame al mar /
Niño diamante que corta al diamante /
niño más grande que el sol /
Timonel del ciclón / remolino vencedor /
quiero aprender capitán / serenidad
para mirarte y verte crecer / cada vez más /
Tengo las espadas y el escudo /
para defendernos los dos /
proteger tu cuarto azul / capitán, viaja en la luz /
Indio / revoluciona /
arrasa el barrio / como una bomba /
Cómo se ve la ciudad / desde tu lugar /
casas gigantes y la inmensidad /
de tu mirar / de tu mirar /
Niño diamante que corta al diamante /
niño más grande que el sol /
Que caiga un temporal / trueno gris, un vendaval /
yo te sigo capitán / quiero mirar /
todos tus trucos, poder abrazar / el viento y el mar.
Tengo las espadas y el escudo /
para defendernos los dos /
proteger tu cuarto azul / capitán, viaja en la luz /
Indio / revoluciona /
arrasa el barrio / como una bomba.
(Gaby Fernández Capello)
9 de julio de 2007
3 de julio de 2007
2 de julio de 2007
Ventana
Mirado desde cierta distancia, el hueco de la Ventana tiene la forma de la República Argentina. Anoche, leyendo y mirando este blog, me acordé del día en que subimos hasta ahí con los pibes de la escuela. Los que, como yo, siempre veraneábamos en el pueblo, nos reíamos de los que decían "ríos" en vez de "arroyos" y "montañas" en vez de "sierras". Yo me hacía el canchero porque me sentía local, pero aquel día, por terror a la vergüenza, casi me desmayo: por no animarme a sacar de mi mochila la cantimplora rosada y con motivos infantiles que me había prestado mi hermana, sentí, antes de llegar a la cima, que me empezaba a deshidratar.
29 de junio de 2007
Chamamé
La de abajo es la tapa de Chamamé, la segunda novela de mi amigo Leonardo Oyola, publicada -al menos por ahora- sólo en España.
Y clickeando acá se puede leer una entrevista realizada a Leo a raíz de la publicación del libro.
Y clickeando acá se puede leer una entrevista realizada a Leo a raíz de la publicación del libro.
27 de junio de 2007
Existir en invierno
Al mediodía, encuentro con Cecilia S. en un bar de Palermo Viejo para conocernos y comentar detalles de la futura antología. Nos sentamos en la vereda. Yo no pido nada para comer ni para tomar, no porque sepa que en este lugar las mozas cobran al voleo sino porque estoy un poco engripado, por primera vez en el año pude dormir hasta las doce y desayuné hace menos de una hora. Ella siente olor a marihuana y se da vuelta para ver quién está fumando. Yo estoy demasiado resfriado como para oler cualquier cosa y sólo veo a una chica tomando café con leche en la mesa de al lado. En la esquina me cruzo con una niñera paseando a dos bebés mellizos en cochecitos y a una chica de mi edad paseando a más de diez perros. Hace frío, me envuelvo el cuello con la bufanda, piso una baldosa floja y pienso que este barrio está construido para existir en invierno. Pienso en las personas que veo, en los que pasan en auto y en los que debe haber dentro de sus casas; todos hacen algo, o dejan que alguien haga algo por ellos, para poder seguir haciendo lo que hacen. Por algún motivo –supongo que por complejo de inferioridad–, nunca dejan de asombrarme los modos que tiene la gente de ganarse la vida.
26 de junio de 2007
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