31 de octubre de 2006

Entropía se baja del Donayo-gate

From: Ignacio Molina
To: Gonzalo Castro, VC, SMD, JMN
Subject: donayo??

Quién es David Donayo? Vende los libros de ustedes? Los vende a 86 euros? (creo que en este caso un abogado habilidoso haría un gran trabajo)


From: Gonzalo Castro
To: Ignacio Molina, JMN, SMD, VC
Subject: Re: donayo??

Lo de Donayo es un misterio que hemos tratado varias veces en nuestro blog. Alguna vez intentamos algo, pero no dio resultado. Ahora ya nos encariñamos con Deivid. (¿Donde decía 86 euros?)

29 de octubre de 2006

¿Quién es David Donayo?

Hasta hace algunas horas, David Donayo, el impostor que se atribuye en el mercado europeo la edición de Los estantes vacíos, publicitaba el libro en amazon.fr de la siguiente manera:

Acheter neuf: EUR 86,56 Habituellement expédié sous 12 à 14 jours
Neuf et d'occasion à partir de EUR 28,90

Hoy, junto a la tapa se lee:

Disponibilité: Actuellement indisponibleNous vous recommandons de consulter cette page régulièrement pour savoir si cet article est à nouveau disponible à la vente sur notre site.

Clickeando acá, las pruebas del descaro.

Se dice que los abogados de Entropía ya están trabajando en el caso.

26 de octubre de 2006

Sin título


Mi lectura conmueve
a esas manos anónimas

25 de octubre de 2006

Arte menor

El domingo, durante la sobremesa del asado campero, Martín estuvo hablando sobre mi libro. ''Las historias son impecables –me dijo–, cuando lo termine voy a hacerte un par de observaciones.'' Hace algunos minutos, frente a la pantalla en blanco, con el msn en no conectado y la televisión encendida en la ceremonia de los premios Clarín, recordaba esas frases y las siguientes cuando la llegada de un mail nuevo me desconcentró.

Era un mensaje de Marina, la hermana de Martín: el comment número doce
del post dedicado a Fausto. En ese mismo segundo, la conductora del evento anunciaba a la ganadora de la primera mención. Al girar la cabeza vi a un hombre de mi edad y a una chica subir al escenario, y, cuando volví la mirada hacia la computadora, escuché que ella decía algo así: '' . . . y dedicado también a Martín Llambí, su otro hijo, que la ayudó a corregir la novela . . . ''. La voz que había hablado era la de Marina, me di cuenta enseguida, y entonces me pregunté si su mail había llegado con retraso o si la transmisión de la ceremonia era en diferido.

Por pensar en esa cadena de casualidades no retuve el nombre de la ganadora del premio, una chica de 35 años de Villa Ballester. Me gustó que se pusiera nerviosa al recibir la estatuilla y que no supiera qué decir ni a quién agradecer. Pronto va a depositar en el Banco un cheque equivalente a lo que yo ganaría trabajando ocho horas por día durante casi seis años, y, en los próximos meses, su novela detectivesca va a ocupar las mesas de novedades y las playas de la costa.

Al final de la transmisión se emitieron algunas palabras grabadas de Saramago, uno de los jurados del concurso. En portuñol, el premio Nobel dijo algo así como: ''el único arte menor de este libro está en su título: Arte menor'', y, como quien le quita toda la gracia a un chiste malo explicando su sentido, pasó a revelarle a la cámara lo que había querido decir.

24 de octubre de 2006

Las selecciones efectivas

En el
blog del Quinteto
las
elecciones afectivas
(hace veinte
años se
escribía
poesía sin enter)

16 de octubre de 2006

Leen los cinco

En el marco de su ciclo de lecturas itinerante, el heterogéneo Quinteto (Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Funes, Federico Levín y yo) se presentará este miércoles a las 20:30 horas en el bar "El viejo Belgrano", Amenábar 2363, ciudad de Buenos Aires. Quedan todos invitados.

Flyers del Tigre:



El gran Ramón Paz . . .

. . . también se manifiesta contra los narradores explícitos.

13 de octubre de 2006

Cuatro

Aun dándole un gran crédito a su interlocutor para opinar sobre el tema, uno no tiene por qué tomar en serio frases del tipo: "Si tu segundo libro está la mitad de bueno de lo que está el primero, vos entrás en LA literatura argentina". De todas maneras, al recordar esas palabaras mientras vuelve de madrugada en un 151 vacío no puede evitar que se le muevan las comisuras de los labios.

*

Bien escrito, sin comments habilitados, y más volcado hacia una forma heterodoxa de periodismo cultural y de opinión que al diario personal, el de Mariano Cúparo es uno de los muy interesantes blogs que descubrí en el último tiempo. No sólo por eso, le agradezco la mención y el calificativo que le otorga a mi libro al final de uno de sus posts.



*

11 de octubre de 2006

Liga

El domingo fui a ver la vuelta de un equipo bahiense a la Liga Nacional de básquet. El partido era contra Obras Sanitarias pero se jugó en La Boca. En la playa de estacionamiento de la Bombonerita, junto a sus autos último modelo, estaban los jefes de la 12. El resto de la barra brava iba volviendo de la cancha de River en colectivos 29 alquilados.

En la tribuna despoblada del mini-estadio vi a Federico, un ex compañero de la primaria y parte de la secundaria. Juntos habíamos ido a ver todos los partidos de los playoffs de la
temporada 90-91 jugados en Bahía. Recién a los cinco minutos del primer cuarto pude decirle algo así como ''tengo un hijo recién nacido''. Hasta entonces no había encontrado el tono para hacerlo. Cuando él me preguntó dónde trabajaba o a qué me dedicaba, también me costó encontrar el tono para decirle, entre otras cosas, ''a la literatura''.
–¿A la legislatura? –me preguntó.

Una de las últimas veces que nos habíamos visto fue el 21 de noviembre de 1997. Recuerdo la fecha porque a la semana siguiente yo daría Inglés previa, la última materia que me quedaba para terminar el colegio. Esa noche también nos encontramos en un Obras – Estudiantes, aunque esa vez en la cancha de Núñez. El estaba con otros pibes de Bahía. Al plantel de esa temporada lo integraba Juan Vigna, un chico que había ido con nosotros a la escuela y que, como fanático de Olimpo, jugaba con un pantaloncito aurinegro debajo del blanco.

Después de recibir la charla técnica post-derrota en un hotel del Centro, algunos jugadores salieron con nosotros a dar vueltas en auto por la ciudad. Además de Vigna, estaban Juan Iglesias, un base de Puerto Madryn, y Manu Ginóbili, un pibe que andaba cada vez mejor y contra el cual yo había jugado años antes en diferentes
Napostá – Bahiense del Norte. Esa noche él había querido ponerse el equipo al hombro en el último cuarto, pero ni sus penetraciones ni sus triples alcanzaron para ganar.

Hicimos la cola en un boliche de la Costanera, pero, como los deportistas estaban en bermudas y zapatillas, en la puerta nos impidieron el paso. Yo caminaba siempre cerca de ellos porque me gusta estar al lado de gente que me supera en altura, cosa que es más difícil que pase en mi vida cotidiana. Después de dar más vueltas caímos en un bar de la placita Serrano. Mientras tomábamos cerveza y jugábamos al pool en parejas, Manu intentó explicarme el uso de unos verbos en inglés que yo no entendía.

El domingo pasado, Estudiantes
perdió por siete puntos en un final bastante cerrado. El 25 de noviembre de 1997 me recibí de bachiller.

6 de octubre de 2006

Taxi

(. . .)

González baja la velocidad frente a una parada de colectivos, pero no ve ningún brazo levantado. A la media cuadra estaciona unos segundos ante un semáforo en rojo, baja al máximo la ventanilla y se pone a hablar con otro taxista que estaciona a su lado y que viene escuchando la misma radio que él. Su colega sube el volumen, y, con un tono cómplice, refiriéndose a la noticia que acaban de escuchar, le dice casi a los gritos: "cadena perpetua le dieron . . . y encima le tenemos que pagar la comida".

Son las nueve y media de la mañana. Aunque el pronóstico del informativo anuncia calor, el asfalto todavía conserva la frescura de la noche. En Santa Fe y Riobamba sube una mujer. Elegante la veterana, piensa González mirándola por el espejito, y, antes de planear el viaje hacia Diagonal Norte y Florida, piensa que debe tener la misma edad que su esposa pero que parece veinte años menor. Hasta la 9 de Julio intenta sacar algún tema de conversación, y antes de quedarse callado le pregunta si fuma. Después se pone un cigarrillo entre los labios, pero en ninguna de las siguientes esquinas se decide a encenderlo.

Pocos minutos más tarde, frente a un edificio de oficinas, la mujer paga con un billete que había sacado de su cartera algunas cuadras atrás, y mientras baja del taxi le hace a González el gesto de que se quede con el vuelto. Como todas las mañanas, el custodio del Banco de al lado la saluda con un movimiento de cabeza. La mujer camina por la alfombra del hall, y, cuando está a punto de entrar al ascensor, al tocarse un antebrazo, cae en la cuenta de que dejó el sobre de papel madera en el asiento del auto. Con un rictus de espanto vuelve apurada a la vereda, todo lo rápido que le permiten los tacos, aun con la certeza de que el taxi ya se perdió en el tráfico de la avenida.

(. . .)

2 de octubre de 2006

"Gente que duerme de día"

(Publicada en el número de agosto de la revista Llegás a Buenos Aires) *

Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
- $ 21

Calificación: HAY QUE LEERLO


Por Pedro Mairal


Los estantes vacíos, el primer libro de cuentos de Ignacio Molina, tiene algo de novela. Las distintas historias están interconectadas, los personajes reaparecen en otros cuentos, vistos desde la mirada de otro. El autor, a su vez, sabe mostrar las relaciones mínimas que hay entre la gente: el que va al kiosco y pide algo, el que le pregunta la hora a un desconocido, el que comenta algo en la calle. Y construye una unidad: todo el libro está hecho de estos cruces entre personas que parecen estar comuni­cadas pero que en realidad no lo están; gente que se conoce apenas "de vista" o "de oídas", gente que dialoga pero que está en su propio mundo, dis­tante. Claro que lo interesante es que esta interconexión entre los cuentos y los per­sonajes no es explícita, sino que el lector tiene que armar su propio rompecabezas.

Los personajes, a pesar de su mutismo emocional, caen bien, quizá porque están respetados en su actitud de "bajo perfil"; no hacen grandes cosas, ni encarnan grandes dramas. Es gente que duerme de día, gente que se des­pierta y no sabe dónde está, gente que se ducha en casas ajenas, gente que se pone a pensar en otra cosa mientras alguien le habla, gente que pide de­livery, gente que va al kiosco a las tres de la mañana.

En "El futuro", por ejemplo, una chica ve en un cartel una publicidad de unas clases de yoga; al otro día, cuando decide volver a fijarse el teléfono, se da cuenta que sobre ese cartel pegaron un anuncio de un taller literario. Entonces anota el número igual y termina yendo al taller literario. No elige su des­tino, se entrega a esa especie de azar: si hubiera visto un anuncio de clases de reiki o de tarot, habría ido a reiki o tarot. Así, los personajes de Molina no pueden planear nada ni pueden ver el futuro. Intentan hacerlo pero la vida los lleva para otro lado. Los rodean asuntos domésticos, a corto plazo. Viven en un presente poblado de recuerdos recientes, cositas que pa­saron ayer, hace una semana. Sus vidas giran en espiral.

Esta forma de la soledad se vuelve manifiesta, casi material, cuando se trata el tema de la ruptura de una pareja. Algo que está en el título mismo, Los estantes vacíos, y que se refiere, precisamente, a ese momento cuando el que se va se lleva sus libros. El autor muestra las consecuencias grandes y las consecuencias mínimas de las separaciones. Los personajes que las sufren están como catatónicos, anestesiados por el dolor de la sepa­ración. Pero lo atractivo es que ese dolor no está explicado, sino que de alguna manera debe ser intuido por el lector. Y es eso, justamente, lo efectivo: quien se hace cargo de las emociones es el que lee, porque los personajes están en piloto automático, flotando en esa vida doméstica. Y pareciera que, a pesar del dolor, la vida sigue: hay que comprar comida, hay que bañarse, hay que hablar con los demás, hay que contestarle a la gente que pregunta la hora por la calle.

Con un estilo donde predomina el "show, not tell" ("mostrar, no explicar"), un estilo que viene de los cuentistas norteamericanos, Molina deja libre nuestra silla de lectores; simplemente no la ocupa, no nos subestima: nos muestra sin explicar, deja que nosotros mismos ocupemos ese lugar y nos demos cuenta de las cosas. Su apuesta es que la profundidad no debe mos­trarla el autor, sino que debe sugerirla para que el lector la encuentre. La poética de Molina parece decir que lo profundo son los hechos que suceden en la superficie.

No hay palabras que suenen extrañas o demasiado literarias o culturosas. El tono natural, a veces incluso informativo, atraviesa todo el libro. Los cuentos son hiper detallistas: hay una gran suma de observa­ciones, de gestos, como pliegues del pensamiento. En “El sistema”, por citar otro relato, un chico pasa a buscar a una chica por primera vez, caminando, y le toca el portero eléctrico. Mientras espera en la vereda, se apoya contra una ca­mioneta, y en un momento piensa: "Ah, pero ahora va a bajar y me va a ver a apoyado en la camioneta y se va a pensar que es mía, y después se va a desilusionar", entonces se aleja de la camioneta. La suma de esas pequeñas actitudes humanas y observaciones acertadas le dan relieve a cada relato y hacen que estos cuentos estén vivos y resulten tan creíbles.



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* En rebeldía con cierto lector calificado de este blog –que está harto de que acá se haga referencia a Los estantes vacíos–, y prometiéndole que intentaré hacerlo cada vez menos, me permití transcribir una reseña más al libro.

28 de septiembre de 2006

Energías

–Administrá bien las energías –me aconsejan por chat.
A la noche, cuando me voy a la cama, me cuesta leer más de dos páginas sin que se me cierren los ojos. Más tarde, me cuesta dormir más de diez minutos seguidos sin que me despierte el llanto o el hipo del bebé. Lo acuno, le pongo el chupete, le golpeteo la espalda o lo cambio de posición, y vuelvo a dar vueltas entre las sábanas. A la mañana siento un olor extraño, meto un dedo en el pañal hasta el primer nudillo y lo saco pintado de verde amarronado. Después, cuando me siento frente a la computadora, no pasan más de quince minutos antes de que me tenga que levantar.


–Yo quería ser un escritor prolífico –le digo a Melina en la mesa, mientras analizamos cómo vamos a hacer cuando ella tenga que volver al trabajo. Yo quería ser un escritor prolífico, pienso cuando la veo ponerse a caminar alertada por los gritos, y ahora –aunque no deje de pensar nunca en, y desde la, literatura– si no pongo un poco más de voluntad me iré convirtiendo sólo en un padre ocupado y responsable, en un oscuro empleado de oficina, en un ciudadano común.
Igual, me digo en voz baja, mirando hacia el moisés, ya estoy seguro de que no cambiaría el gesto más imperceptible de Fausto ni por la autoría del Fausto.

26 de septiembre de 2006

Reseña heterodoxa a "Los estantes vacíos"

Por Garatusas

Tu introversión general, tus estallidos inexplicables de alegría difícil de esconder, tu sangre más cercana al mendigo que al príncipe, tu papel de espectador de todo, un papel que más que exponer, denuncias. Pocas veces he visto más ganas de vivir, de moverse, más amor a todo, más insatisfacción por ser como se es . . .

(Sigue acá)

24 de septiembre de 2006

Tigre

Anoche, en una fiesta de casamiento en el Tigre, un invitado de la generación de los padres preguntó por mí y vino a saludarme.

–¿Ignacio? –me dijo.

Yo estaba sentado en el salón de al lado de la pista de baile, pensando en si sería el único que no llevaba corbata y esperando, con Fausto en brazos, a que llegara el remís que habíamos pedido. Con un pie seguía el compás del remixado de Los Auténticos Decadentes. El tipo se presentó con su nombre, y me preguntó dándome la mano:

–¿Los estantes vacíos?

–Sí, claro . . .

–¿Cómo te va? . . . Leí el libro . . . La verdad que al principio, hasta la página treinta, tenía ganas de matarte . . . Después lo entendí . . .

–Bueno . . .

–Interesantísimo. Te felicito . . . Retrata muy bien a la juventud de hoy . . .

–Bueno, muchas gracias –le dije, mientras me parecía escuchar desde la calle el motor y la bocina del remís. Antes de despedirse, él quiso saber si el bebé era hijo mío y, volviendo al tema del libro, me preguntó:

–¿Pero vos sos así?

Un rato después, mientras nos alejábamos en el auto bordeando el río y escuchábamos, cada vez más lejanos, los graves de la música, pude ver cómo dos pibes intentaban pescar algo con un medio mundo. No me pareció raro que estuvieran ahí a esa hora de la noche. El remisero había vivido en mi barrio hasta antes de jubilarse. Ahora ya llevaba diez años viviendo con su mujer en una casita en el Delta, pero, como nunca le habían aumentado ni un peso de la jubilación, en algún momento tuvo que ponerse a trabajar con el coche.

21 de septiembre de 2006

19 de septiembre de 2006

Bandeja de entrada

De un mail:

(...) Y creo que si un personaje de tus cuentos quisiera dejar un comentario anónimo en un blog, viajaría en colectivo hasta un locutorio del conurbano como para reducir al máximo las posibilidades de que sospechen de él (...)

18 de septiembre de 2006

Dimensión

Hoy Melina se fue a su médico y yo me quedé por primera vez a solas con mi hijo. Para el operativo del cambio de pañales transpiré como si hubiera corrido una maratón. Todavía me duele el brazo izquierdo de tenerlo alzado para que no se pasara toda la mañana chillando.

Hace poco escuché a alguien contar que había dimensionado el amor que sentía por su novia cuando, al ver cómo ella se atragantaba con un pedazo de salamín, se puso a llorar del miedo a que se muriera.

Yo me pasé todo el fin de semana engripado y con principio de anginas, y, antes de que viniera el médico y me hablara sobre los anticuerpos que transmite la leche, se me cayeron un par de lágrimas por el miedo a que Fausto se contagiase algún virus.

12 de septiembre de 2006

La consigna guerrillera

Cuando Melina plantea la posibilidad de guardar leche en una mamadera en el caso eventual de que tenga que salir un par de horas y dejar a Fausto conmigo, el tono de voz de la pediatra cambia totalmente.
–El tema es así –nos dice muy seria–: cuando uno es padre su vida se modifica en todo sentido. Si uno puede evitar o posponer cualquier salida, tiene que hacerlo. Ahora lo principal es el bebé, y estar la mayor cantidad de tiempo con él es lo importante.

Desde la camilla, mientras le saco la ropa para que lo pesen, Fausto me moja las manos con un chorro de pis que atraviesa el pañal. Mientras me lavo, mirándome la cara de dormido en el espejo del baño, pienso en la posibilidad de escribir un libro parecido a Diario de una paternidad, un best-seller español que mi mamá trajo de un viaje.

En la sala de espera, cuando salimos del consultorio, una señora mayor me pregunta qué tiempo tiene el bebé y –a pesar del celeste en el saco y en la mantita de lana– si es nena o varón.
–Qué chiquito precioso –me dice, como con la pulsión de tocarle los cachetes pero conteniéndose a tiempo–, va a ser churro como el papi.

Más tarde, cuando entramos al Hospital de Niños para que le apliquen la BCG, no puedo evitar ponerme a tararear la consigna guerrillera de los primeros años setenta. Camino por los pasillos repletos de gente pensando en que muchos deben estar acá desde la noche anterior. En la sala de espera del vacunatorio desapareció el talonario de números, y frente a las puertas de los consultorios se formó una cola irregular. Yo soy el único hombre, y escuchando los diálogos me propongo adivinar cuál de todas las mamás habrá venido desde más lejos.

Una enfermera informa que los recién nacidos tienen prioridad en los turnos y nos hace pasar. Por los collares, el peinado y la forma de hablar, calculo que el médico que nos toma los datos tiene cuatro o cinco años menos que yo. Para pedirme que deje al bebé en la camilla y que le desnude el brazo derecho empieza tratándome de usted, pero, al ver la cara con que le respondo, gira hacia el tuteo.

De vuelta en mi casa, abro los mails pensando en escribir un post y releo los consejos que nos mandó una amiga desde España:


che, sean lo mas naturistas con fausto. nosotros durante el primer mes lo bañamos con un limón partido al medio, lo exprimís en la bañerita y listo. sin jabón ni nada. después siempre usamos jabones naturales, de coco, avena... en el culito nunca le puse cremas, siempre le puse aceite de almendras, que acá es barato. o de oliva. fijate alguno, es lo mejor. para lavarle los ojitos de las lagañas, haganlo con una gotita de leche.

y para melina: la cortaron? que se ponga gasa bañada en té de tomillo o cola de caballo. mete en el congelador y se va metiendo el hielo ese por ratitos. la miel también es un muy buen cicatrizante. yo me sentía super cansada y sin energía, la partera me mandó un batido alucinante, no sé si habra todo eso en argentina:

un yogurt grande (del sabor que te guste, con o sin frutas, es igual), ucacho de leche, una banana, un datil, 20 piñones, una cucharadita de levadura de cerveza, una de lectitina de soja, y una de germen de trigo.

todo eso lo baten en la licuadora. es la ostia. además tiene un montón de propiedades para este momento. para ella y para fausto.

7 de septiembre de 2006

Siesta, carta, efemérides y post




En las fotos, y a menos de sesenta horas de su nacimiento, Fausto compartiendo conmigo la siesta dominguera. En el blog del Quinteto, una carta abierta al bebé firmada por Federico Levín y una efemérides del 1º de septiembre a cargo de Ricardo Romero, y, en el de Funes, un post que lleva su nombre.

4 de septiembre de 2006

Parte de un sueño (post-parto II)

Entre "pre-parto III" y "post-parto" debería haber un post titulado "pre-parto IV", que escribí en word pero no pude subir a blogger. Copio las primeras líneas:

Nos fuimos dos y volvimos dos. Mientras yo esperaba en el hall, el médico le dijo a Melina que había dilatación pero no la suficiente como para dejarla internada . . .

Escribí ese post el jueves a la noche, durante el entre tiempo de la victoria de Olimpo. Después del partido me fui a la cama, miré un poco más de televisión y, pensando en el básquet, puse el despertador para las siete y veintiocho, dos minutos antes del salto inicial.

Alrededor de la una, todavía despierto aunque con los ojos cerrados, sentí que Melina me tocaba un hombro para avisarme que tenía contracciones, y en la media hora siguiente, tal como nos habían enseñado en el curso, fui tomando nota de la frecuencia en que se sucedían.

Cerca de las dos, con el bolso a cuestas y la bolsa ya rota, esperábamos en la vereda que mi mamá, que vive a una cuadra, nos pasase a buscar. Al ver a Melina doblada por el dolor en medio de una contracción, el custodio del edificio, un pibe de unos veinticinco años, despidió a los trasnochados con los que hablaba, me preguntó si necesitábamos un taxi, y después, nervioso como si él fuera el parturiento, nos saludó mientras nos alejábamos en el auto.

Arévalo, Nicaragua, Juan B. Justo, Paraguay, Riobamba, Perón, pasando semáforos en rojo, y antes de las dos y media estábamos esperando al médico de guardia. Melina tenía, cada cinco minutos, dolores cada vez más fuertes. Después de que le hicieran el tacto nos dieron el número de la habitación, y entre la enfermera y yo la ayudamos a subir, caminar por el pasillo y acostarse en la cama.

La primera etapa del trabajo duró algo más de una hora. Después vino la partera, y, en la misma habitación, la incentivó a hacer los primeros pujos. Esa, sin que lo supiéramos en el momento, fue la parte más complicada y dolorosa. Yo no quise mirar mucho, pero por el costado de un ojo me pareció ver que el bebé ya pretendía asomar su cabeza.
–Ahora quedate tranquila, lo peor ya lo hiciste –dijo la partera, antes de retirarse de la habitación para juntarse con el obstetra de guardia.

La enfermera me pidió que la ayudara a empujar la camilla hasta el ascensor grande, y que subiera al tercer piso por el otro. Yo corrí por el pasillo y toqué varias veces el botón, pero no vi que las poleas se movieran. Después de esperar un tiempo (no sé si veinte segundos o diez minutos), busqué una escalera y empecé a subir, sin saber que era la escalera del personal y que desembocaba en el cuarto piso. Busqué con la mirada la leyenda "sala de partos", pero enseguida me di cuenta de dónde estaba. Entonces llamé al ascensor, que ahí sí funcionaba, y bajé hasta el tercero.

Una enfermera vieja, golpeando el vidrio esmerilado de una puerta, me retó ("pensamos que se había fugado, señor"), me pidió que me pusiera la ropa de médico y me indicó en cuál sala meterme.

–Que hacés con ese gorro de carnicero –se sonrió Melina, que ya estaba acostada y en posición de parir. Alguien me dijo que me ubicara en la cabecera. El médico estaba del otro lado, sentado muy tranquilo y examinando la zona que yo, en los minutos posteriores, girando la cabeza hacia el instrumental y las paredes blancas, hice lo posible por no mirar.

Enseguida vinieron los pujos. A una queja de Melina le seguían palabras de aliento de la partera y del médico. Yo, callado y sosteniendo su cabeza por la nuca en cada contracción, pensé que ese parto no tenía mucho que ver con los que había visto en documentales.

La partera, subida a un taburete, apoyaba casi todo su peso sobre la panza empujando al bebé hacia la luz. En un momento me preguntó "¿cómo está el papi?", y al minuto siguiente dijo en voz más alta "miren cómo es su hijo, miren cómo sale". Entonces le hicimos caso, y no pude creer lo que vi. El bebé del que tanto hablábamos existía, no era ficción, pensé, y ahora salía de la panza mojado, a los gritos y con un color indefinible.

En medio de la impresión y de la emoción me pareció escuchar que alguien gritaba "cuatro y cincuenta y uno", pero en mi reloj eran las cinco menos cuarto. Ahí fue cuando la ayudante de la partera me preguntó cómo se llamaba, yo respondí con un hilo de voz, y ella anotó Faustín en una planilla.

Al bebé lo dejaron unos segundos sobre el pecho de la mamá. Después lo llevaron a un cuarto muy calefaccionado en donde lo lavaron y lo vistieron, y al rato me invitaron a alzarlo. Yo lo acuné con cuidado, caminé hasta donde estaba Melina con miedo de tropezarme, y durante unos segundos, cuando sentí que él abría los ojos y fijaba su mirada en la mía, me quedé con la mente totalmente en blanco.

Un rato más tarde, solo en la habitación, me senté en el sillón y creo –no estoy seguro– que se me escaparon algunas lágrimas. Después, mientras esperábamos a que trajeran a Fausto de la nursery, la enfermera me dio un par de instrucciones y le aconsejó a Melina tomar mucho líquido.

Antes del amanecer salí a la calle y sentí el contraste entre la blancura y el ascetismo de la sala de partos y la oscuridad y la suciedad de esa cuadra de Once. "La primera vez que salgo a la calle como papá", me dije, y caminé hasta la esquina pensando en que recordaría ese momento durante el resto de mi vida. Un Gatorade y un agua mineral, pedí a través de unas rejas mientras imaginaba un diálogo imposible con el kioskero.

Al volver al sanatorio le pedí al recepcionista un control remoto para sintonizar alguno de los canales que transmitirían el partido. Cuando llegué a la habitación, Melina intentaba darle de comer al bebé. Después, entre los llantos y los controles de la neonatóloga, los minutos pasaron muy rápido.

Si el tiro del final de Nocioni hubiera entrado, narraría acá los hechos que se fueron sucediendo hasta el mediodía. El relato abarcaría el partido que vi, por momentos, con mi hijo en brazos, y las excusas que encontré para salir, más tarde, a postear a un locutorio. Pero como la pelota pegó en el cilindro, esta pequeña crónica –que espero que algún día Fausto, que ahora empieza a quejarse mientras la escribo, lea con gusto– termina a las siete y veintiocho del viernes, hora en que hubiera sonado el despertador en mi mesa de luz y todo lo que conté podría haber sido parte de un sueño.

1 de septiembre de 2006

Post-parto

Hoy, 1º de septiembre, a las cinco menos cuarto de la madrugada, nació Fausto Molina. Pesó 4,090 kilos y mide cincuenta centímetros. Melina está muy bien. El parto fue rápido y con dolor (tan rápido que, debido a un ascensor en mal estado y a una escalera laberíntica, yo me perdí en el sanatorio, en el trayecto entre la habitación y la sala, y llegué cuando ya había empezado y a pocos minutos de terminar), y ella se lo bancó perfecto, sin quejarse más de lo necesario. Ahoras son las once y media y salí a la calle para hacer trámites en la obra social. Hace más de 29 horas que no duermo, pero creo que con el nivel de excitación que tengo tiro hasta la noche.

(Apenas el bebé, entre gris y violeta, salió de la panza, la ayudante de la partera, con una planilla en la mano, me preguntó cómo se llamaba, y yo, impresionado, le respondí con un confuso hilo de voz. Debido a eso, colijo, para la burocracia del sanatorio su nombre es, hasta el momento, "Faustín", nombre que ya figura, por ejemplo, en el cartelito del moisés en el que en este momento debe estar llorando extrañando a su papá).

31 de agosto de 2006

Pre-parto III

Hace unas horas, cuando volví de cobrar un cheque en el Centro, Melina me recibió acostada en la cama. Acababa de volver de su visita al obstetra. Se acarició la panza y me pidió que me sentara a su lado.

–¿Qué pasa, son mellizos? –fue lo primero que se me ocurrió preguntarle, y ella se rió de mi cara de pánico.

El médico, después de medirle la dilatación, le había pedido que volviera a la casa, que descansara un poco, que saliera a caminar unas tres horas, y que volviera a la guardia para, en el mejor de los casos, quedarse internada.

Ahora son las tres y media, y, mientras espero a que ella vuelva de la caminata, escribo en el blog para no correr por las paredes. En un rato salimos los dos para el sanatorio, y ya veremos cuántos volvemos.

*

(Y aunque soy un poco ateo para esas cosas, no me queda otra que encomendarme al santo de hoy)

29 de agosto de 2006

En la otra punta de la mesa . . .

. . . hablaban de mí, y yo, mirando por la ventana, me hacía el que no escuchaba:

–Che, Molina piensa todo el tiempo . . . ¿no?
–¿Cómo?
–Eso, que se pasa todo el día pensando.
–No sé. Me parece que estás equivocada.
–¿Por?
–Para mí, parece que él piensa todo el tiempo, pero en realidad está registrando.
–¿Registrando?
–Claro, todo el tiempo. Y piensa sólo una vez por día … Se la pasa registrando, y después clasifica: "esto va para los cuentos", "esto para comentarle a tal", "esto para pensar antes de dormir", "esto para el blog".
–"Esto a la papelera", "esto para enseñarle a mi hijo" . . .
–Claro, algo así . . .
–Ahá, puede ser . . . Pero miralo ahora . . . parece como que estuviera pensando . . .

26 de agosto de 2006

Pre-parto II

No sé en qué consiste la depresión post-parto que sufren algunas mujeres. Pero sí sé que, sumada a otras sensaciones –expectativa, temor, ansiedad–, en las horas previas al primer parto se experimenta, al menos en mi caso, una intensa especie de nostalgia: la certeza de que ya nada, nunca más, volverá a ser como antes.

23 de agosto de 2006

Pre-parto

Hoy, 23 de agosto, es una de las fechas estimativas que nos dieron para el parto. Ese día, que parecía tan lejano a principios de año, cuando hicimos la primera consulta con el obstetra, finalmente llegó. El bolso con la ropa, las cosas del bebé y los papeles burocráticas para la internación ya está armado desde hace una semana. En estos días Melina tuvo algunos dolores, pero no concluyeron en nada. En el panel de corcho, arriba de la pantalla en la que escribo, hay enchinchado un papel con los números de teléfono a los que puedo llamar para que nos lleven al sanatorio. Sólo hay que esperar que empiecen las primeras contracciones fuertes o que se rompa la bolsa. Ojalá que el llanto de Fausto no me impida terminar el cuento largo que estoy escribiendo, y que pueda festejar conmigo en la final del Mundial.

18 de agosto de 2006

Mientras esa velocidad

Además de administrar este blog y de participar en esta editorial, de subir fotos como ésta a un fotoblox oculto, de obligarme a sacar su apellido de los links y a no publicar los apuntes que tomó para una reseña a Los estantes vacíos, Paula escribe poemas como "Cerveza" o como "Enero con Sara Gallardo" y cuentos como "La pelota, el carro y la planchita".

Los dejos con esa buena literatura hasta la semana que viene, cuando, tal vez, yo ya conozca la cara de mi hijo.

16 de agosto de 2006

Lecturas de un viaje

Durante su viaje por Salta, Humahuaca, Tilcara, Purmamarca, San Lorenzo, Cachi, Molinos, Cafayate, Tafí del Valle y San Miguel de Tucumán, Superloyds se hizo tiempo para leer de punta a punta Los estantes vacíos, y ahora transcribe en su blog un fragmento del cuento que le da título al libro.

14 de agosto de 2006

"Hay un estante vacío"

(publicado en el suplemento Radar Libros de Página/12 el 6 de agosto de 2006)

Primeros cuentos con personajes recurrentes y donde la desidia no equivale al aburrimiento juvenil.

Por Juan Pablo Bertazza

Los estantes vacíos
Ignacio Molina
Entropía
188 páginas

Alguien dijo que lo más importante de una biblioteca son los espacios vacíos. Ignacio Molina, un joven bahiense blogger que ha realizado reseñas para algunos medios como la revista de crítica Los asesinos tímidos, tomó la idea para hacerla carne en lo que es su carta de presentación: un sobrio libro de cuentos. Y los quince relatos que vienen a llenar Los estantes vacíos se afilian muy claramente en esa tradición que inició Hemingway y que llevaron hasta su máxima expresión Cheever y Raymond Carver. En efecto, se podría jugar un poco y pensar que estas historias, que encuentran en el fútbol (ver el cuento “El opio de las masas”) una curiosa unidad, constituyen algo así como las variaciones argentas de dos cuentos de Carver que resumen, a su vez, los dos grandes procedimientos del autor norteamericano...

(La reseña completa, acá)

11 de agosto de 2006

Teórico

Anoche, en la mesa, Melina me preguntó si estaba listo para ser padre.
-¿Para el parto o para lo demás?
-Para todo lo que va a ir desencadenándose –me dijo, y yo bajé el volumen del televisor.

Esta mañana fuimos a la clase de “cuidados al bebé durante el primer mes”. Era la segunda clase “para papis” a la que iba. En la primera, el miércoles, nos habían mostrado diapositivas: entre otras, la cabeza peluda de un bebé saliendo por la entrepierna rasurada de su madre. La mujer que daba el curso contó que, en los últimos veinte años, había disminuido a un tercio el porcentaje de padres que se desmayan durante los partos.

Hoy había unas veinte chicas en estado avanzado de embarazo. Casi todas estaban acompañadas por su novios o maridos, y antes de la teórica habían tenido una clase práctica en la que habían aprendido a pujar. Cuando llegué estaban descalzas y recostadas sobre sus colchonetas. Melina me pidió que me sentara a su lado, que prestara atención, y, cuando la clase terminó (se tocaron los temas “cómo bañar al bebé”, “cómo limpiar el cordón”, “cómo dar la teta”, “cómo cambiar los pañales”), volvió a hacerme, con un tono bastante más serio, la misma pregunta que ayer.

9 de agosto de 2006

8 de agosto de 2006

"El niño salvaje"

De un mail, con fábula incluida, de Ricardo Romero:


PD: No te preocupes, la literatura es lo único que a la larga nos permite seguir siendo irresponsables. Hay señores mayores que se visten con las ropas de sus mujeres a escondidas, otros que no lo hacen a escondidas, los hay que se compran autos y lo lustran todos los domingos y les hablan, otros trabajan sonrientes y después cuando se mueren nadie se acuerda de que sonreían. Nosotros escribimos porque cualquier gesto nos resulta inverosímil: somos señores mayores pero al mismo tiempo somos niños remotísimos... permítanme muchachos, una fabulita para explayarme (es mi vicio, qué le voy a hacer)...

Alguna vez, el más lejano de nuestros antepasados, un niño, vio ponerse al sol por primera vez, sin saber si esa luz volvería. El miedo debe haber sido algo grande y poderoso, todavía innominado. Los sonidos de su desesperación, que todavía no eran palabras, fueron invocación, llamado, ruego. Cuando por fin la noche pasó y la luz volvió a aparecer, es posible que él haya creído en el poder de sus rugidos. Y comenzó a rugir cuando tenía miedo, cuando deseaba, y diferenció un rugido de otro. Desde entonces, nuestra fe en la palabra no es sólo una elección espiritual, sino también física. Nuestro cuerpo cree en ella, la siente como un músculo más, una víscera que palpita en la profunda oscuridad de la naturaleza, invocando e inventando la luz que nos permite empezar a construir un hogar y una historia. Por fin, el niño salvaje, en pleno día, cerrará los ojos para encontrarse con la oscuridad y exclamar ese grito del cual, sin saberlo, se ha enamorado.

7 de agosto de 2006

Sin título



igna, molín, rouge

pedro, carola, sartén

cañuela, cordero: domingo *


Foto de Paula
*epígrafe original en cierto fotoblox

5 de agosto de 2006

Es así...

...cuando querés darte cuenta tenés treinta años.

4 de agosto de 2006

Un índice absoluto

Hoy, 4 de agosto, un día antes de mi cumpleaños, y a un año de haberlo encendido, El Remisero Absoluto apaga su motor. Estaciona, abre las puertas y deja, como postales del viaje, sus contenidos agrupados en un índice absoluto: poemas, relatos y demás secciones, que pueden encontrarse a un costado de su pantalla.

3 de agosto de 2006

Jornadas literarias

La semana que viene, cuando yo ya tenga treinta años y esté a menos de quince días de ser padre (¿cómo? ¿esas cosas no les pasaban a los grandes?) Buenos Aires será sede de dos imperdibles eventos literarios.

El martes 8 a las 20:30 hs. en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525) Editorial Tamarisco presentará sus dos primeros libros de narrativa: Toronto no, de Leonel Livchits, y Hojas de Tamarisco, antología de cuentos de Hernán Vanoli, Félix Bruzzone, Sonia Budassi, Violeta Gorodischer. Los organizadores prometen brindis, música en vivo y lectura de textos.

Y el miércoles 9, también a las 20:30 pero en El Tano de Arriba (Díaz Vélez 4492, esquina Río de Janeiro) se llevará a cabo la jornada inaugural de Los Mudos, ciclo de lecturas organizado por Lucas “Funes” Oliveira. Habrá personalidades, música en vivo, grandes atracciones, y el Quinteto de la Muerte (ejército literario irregular que integro con Leonardo Oyola, Ricardo Romero, Federico Levín y el mismo Funes) leerá fragmentos de su obras éditas o inéditas. Quedan todos invitados.


1 de agosto de 2006

Villa del Parque I

A las nueve de la noche del sábado estoy parado en una es­quina de Villa del Parque, esperando que el semáforo me dé luz para cruzar. Hace quince minutos, to­da­vía con los ojos ce­rrados, Manuela me dijo que tenía ham­bre y yo le pregunté si tenía ganas de comer una pizza.

Detrás mío hay dos chicos adolescentes, que se pasan de pique una pelota de básquet y hablan sobre un jugador de su misma cate­goría.

–Pero no es ningún gil, eh. Yo sé lo que te digo. En el fondo es bastante . . .

–Seguro. Muy en el fondo será así, pero se hace el pelotudo . . .

Yo los escucho con la mirada fija en el asfalto.

–Cuidado, ey, che, el bondi, cuidado –me grita uno de ellos.

Retrocedo dos metros y pasa un colectivo cerca de nosotros, con las ruedas de un lado sobre la franja blanca en la que estuve parado yo. Mien­tras lo vemos alejarse a toda velocidad, el se­máforo cambia de luz y caminamos hacia la vereda de enfrente.

28 de julio de 2006

Papeles viejos

La abstinencia a la computadora puede ser tan dura como la abstinencia al chocolate. Desde hace una semana que la máquina se niega a encenderse. Hoy vino un técnico nuevo; enseguida me in­formó que no le había entrado ningún virus y, en algún momento de las dos horas posteriores, al leer mi nombre en la tapa de un libro me preguntó si yo me dedi­caba a eso.

Ante mi respuesta se mostró curioso y entusiasmado: por qué y dónde es­cribía, a qué hora del día, cómo me surgía la inspiración. Antes me había contado que vive en Tapiales ("viene a ser provincia, a ocho cuadras de la General Paz a la altura de Mataderos"), me había ha­blado mal de sus vecinos que tienen hijos sin saber cómo criarlos, y me había preguntado si mi nombre de pila se escribía con hache.

–No te espantes eh. Lo que pasa que, con esto de la tecno­logía y los mensajes de texto, ya ni me acuerdo cómo se ponen las palabras.

–Además, por ahí te confundiste con Horacio, que sí se escribe con hache –intenté una segunda justificación.

Cuando estaba a punto de ser formateada la máquina se apagó por completo, como si alguien la hubiera desenchufado. El me dijo que no era nada grave pero que necesitaría más tiempo; tendría que llevársela a su casa para encontrar la falla y hacerle un parche. Me cobró veinte pesos a cuenta del arreglo final y quiso saber para cuándo la necesitaba. Mientras bajábamos en el as­censor volvió a hacerme preguntas sobre a la escritura, y llegó a la conclusión de que para mí no se trataba de una cuestión moneta­ria.

25 de julio de 2006

"El sentido de los espacios vacíos"

Por Violeta Gorodischer

Los estantes vacíos es un continuo de discontinuos: momentos, fragmentos, fotografías que, como la ilustración de portada, no parecen sino instantes robados de una vida. Hay un lenguaje acertado y concreto en boca de un narrador humilde que logra un registro mimético de lo cotidiano. Así, con pasos lentos pero seguros, el libro va dibujando la geografía de una ciudad dormida. Los barrios y suburbios de Buenos Aires se vuelven de pronto escenario de los personajes, simpáticos flanêurs del subdesarrollo: calles, colectivos y grafittis son el fondo de diversas pinceladas que luego, en el conjunto, permiten (re)construir una historia. Como alguna vez hiciera Saer en sus Cicatrices, los personajes de Molina cruzan sus vidas acaso sin saberlo, o sí, cómo estar seguros . . .

(La reseña completa en Hojas de Tamarisco)

24 de julio de 2006

Día de campo

Al costado de la ruta que lleva a Cañuelas hay una construcción con forma de Castillo que tiene pintada en una de sus fachadas el aviso de un Tenedor Libre. Supongo que ese restaurante no existe más y calculo que el precio del menú (3 $) data de, por lo menos, la época en que un peso era lo mismo que un dólar. Muchas veces, viniendo en auto desde Bahía Blanca, esa pintada azul me anunció que ya estábamos cerca.

*

Como único hombre del auto bajo a abrir la tranquera, y, cuando quiero cerrarla, tengo algunos problemas: me cuesta atraer hacia mí las dos puertas al mismo tiempo, y temo hacer el ridículo antes quienes me miran desde la casa. Cuando al fin cruzo la cadena y pongo el candado me doy cuenta que quedé del lado de afuera, y al saltar el alambrado estoy a punto de pisar una montaña de bosta.

*

En el horizonte no se ve a nadie: sólo campo fértil, hectáreas pobladas de vacas y de ovejas. Mientras hago jueguito con una pelota el cielo cambia de color y el viento empieza a refrescar. Tardo en ponerme el pulóver porque es el único abrigo que traje. Los nenes se hamacan, corren a un corderito, juegan con su papá, le piden cosas, duermen en sillones. Alguien dice que eso es lo que me espera. La pileta está vacía; la imagino llena de gente en verano y cubierta de hojas secas en otoño.

*

En el viaje de ida nuestro auto recibió un mensaje de texto avisando que en la Ñ había salido una reseña de mi libro. Cuando compré ese suplemento y me di cuenta de que sólo había salido una pastillita de cinco líneas, hice lo posible por no deprimirme. Alguien comenta eso mientras comemos las achuras, y pone en mi boca palabras que yo nunca dije.
–Y a partir de ahí no habló más –imagina otro, que hace lo posible por no deprimirse cuando nos enteramos de que el perro se comió las tiras que se asaban sobre la parrilla.

*

-¿Un presidente de origen vasco?
-Aramburu.
-Pero ese no fue un presidente.
-¿Ah, no? ¿Y qué fue? -Un golpista. O el título de un libro.


Mi equipo pierde por escándalo al Trivial. Le echo la culpa a mi escaso background teórico. No me perdono no recordar que Estudiantes de La Plata ganó la Intercontinental antes del 85 y que River después. Igual nos reímos. Llamativamente no hablamos de literatura ni de blogs en toda la tarde. Sólo un comentario aislado, cuando ya empieza a anochecer, mientras hablamos de tragedias:
–Habría que dejar constancia de las claves ante escribano público. Sería muy feo que te murieras y tu blog quedara flotando así para siempre, encabezado por un post medio boludo.

19 de julio de 2006

Imaginé una ciudad

Imaginé una ciudad gigante,

una provincia sin campos.

Edificios grises y patios,

de Junín a Patagones,

de Bragado a Capital.

Una ciudad gigante y oscura

colectivos sesenta de larga distancia,

la costa del mar repleta de fábricas

y el límite oeste cubierto de flores.

Avenidas interminables sin nombres

esquinas desiertas y hundidas.

Una ciudad gigante y luminosa

colmada de amigos y ex novias,

una ciudad sin teléfonos celulares

un mundo nuevo sin colers ai dís.

17 de julio de 2006

"La cohesión de la apatía"

(publicado en el suplemento Cultura del diario Perfil el 9 de julio de 2006)

Los estantes vacíos

Autor: Ignacio Molina
Género: cuento
Editorial: Entropía. $21


Por Nicolás Mavrakis


En su primer libro
de cuentos, Ignacio Molina se propone abor­dar el género desde un particular manejo del lenguaje, el estilo y la forma; particularidad que fija su alejamiento de una tradición argentina de narradores tan consagrados como canonizados de cuya órbita, a tantos cuentistas de su misma generación, suele resultarles tan difícil escapar, innovación mediante.

Gracias al uso ininterrumpido de una escritura cuidadosamente despojada de todo ornamento y de toda pompa; una escritura que, a razón de su elaborada depuración del lenguaje entraña su aire inusual, Molina sitúa al lector ante un "estilo apático" que exige una atención distinta. Este estilo, que se impone como rasgo de una cohesión general –lo que distingue a una serie dis­persa de cuentos agrupados en un mismo libro de una unidad significativa, es decir, de un libro de cuentos propiamente dicho–, surte, además, el efecto de dar vida instantánea a personajes a su vez decididamente "apáticos" (es evidente que Carver y Cheever figuran entre las lecturas predilectas del autor). Irreso­lución de ánimos que se traslada, también, a la forma misma de cuentos que, a veces interconectados como nouvelles, repiten per­sonajes y alteran perspectivas en torno a una misma situación, como montajes cinematográficos en el que se brindaran planos generales y zooms.

Tramas incompletas que evaden lo tradicional; personajes que, si bien forman circuitos de relaciones privadas y espacios propios, escapan o se ven imposibilitados de toda relación -incluso amo­rosa y aún cívica- en una Buenos Aires construida como espacio de innumerables desplazamientos (abundan caminatas, trenes y colectivos) que tematizan cuestiones referidas al encierro y a la regresión; todo esto termina elaborando una opera prima con innegable personalidad propia.

12 de julio de 2006

Recursos Humanos

Despliego la cuenta del teléfono frente a la ventanilla del Pago Fácil, pero el policía que está parado en la puerta del kiosco me frena con señas.
–Tenés un retraso de diez o quince minutos –me dice.
“No, de ocho o nueve años”, estoy a punto de responderle, pero enseguida me doy cuenta de lo que habla: en segunda fila estacionó un camión de caudales, y los empleados de la empresa se disponen a llevarse la recaudación del negocio.

Una vez, hace siete u ocho años, yo trabajé en esa empresa. Las oficinas centrales, por llamarlas de alguna manera, quedaban en una zona oscura y elevada de La Boca, a pocas cuadras del Riachuelo. Mi tarea consistía en contar el dinero que los camiones traían de los comercios y de los Bancos. Encerrados en cabinas individuales de dos por dos y paredes transparentes, los empleados recibían los fajos de billetes y las monedas en grandes sacos y consignaban las cifras que arrojaban las cuentas en una computadora. No podían hablar entre ellos, y, para alejar las manos de la mesa de trabajo, debían mirar a la cámara que colgaba del techo de la cabina y avisar en voz alta, por ejemplo, “voy a toser” o “me voy a rascar un tobillo”. Las seis jornadas semanales eran de nueve horas diarias, de diez de la noche a seis de la manaña, y el sueldo era de 450 pesos.

-Claro que con el presentismo aumenta a 475 –nos había dicho sonriendo la encargada de Recursos Humanos, una rubia de unos veinticinco años, a los empleados que empezaban a trabajar la misma noche que yo, una mujer mayor de cuarenta y un hombre de alrededor de cincuenta.

Cuando escribo que una vez trabajé en ese lugar, es literal: esa primera madrugada, mientras empezaba a dolerme la cabeza y desde el 64 que me devolvería a Belgrano miraba los fondos de la Casa Rosada, pensé que ese trabajo no era para mí. O, mejor dicho, que ese trabajo no era para nadie pero que yo podía darme el lujo de renunciar. Al llegar a mi casa, y aunque no tenía hambre, rompí el ayuno y diluí tres aspirinas en un café con leche. Después vomité, bajé las persianas y esperé a que se hicieran las diez para llamar a la encargada de Recursos Humanos.

–A ese centro clandestino de trabajo no voy más –le informé intentando sonreír, y ella me dijo que esa misma tarde podría pasar a buscar la plata que me correspondía por las nueve horas de servicios prestados. Yo le agradecí por todo, y me quedé a oscuras, en la cama, hasta el anochecer. Creo que ese día empezaron mis migrañas.


(también en El Remisero Absoluto)

11 de julio de 2006

"¿Por qué, Molina, por qué?"

El Gordo Gostanián me entrevistó en La Biela y, como parte de un intercambio blogkultural, publicó el producto de ese encuentro en Playmobil Hipotético.

Facundo GV, por su parte, leyó Los estantes vacíos y subió a Mavrakis y Valdés sus impresiones y su propia respuesta a la pregunta que da título a este post.

Acá la entrevista.

Y acá la reseña.

10 de julio de 2006

Mesa

5 de julio de 2006

Comunicado de los trabajadores de Perfil

PERIODISMO PURO SIN FIRMAS

Los trabajadores de prensa del diario y editorial Perfil, tras un mes de asambleas, decidieron dejar de firmar sus notas a partir del día 5 de julio de 2006, como protesta frente a la falta de respuestas al reclamo que vienen llevando adelante.

Más información en envolviendo huevos.

Por favor, si es posible, linkiá este post en tu blog.

Cuentos grossos

Qué habré dicho en la entrevista para que, ya abajo del escenario, alguien me dijera: “Molina, sos igual a tus personajes”.

–Sos el escritor con menos narcisismo del mundo –me dijo después un amigo. Y eso que yo, minutos antes, había clausurado la última respuesta con algo más o menos así:

“No, yo no planeo la trama de mis relatos. Yo sólo imagino a los personajes, y son ellos los que van armando la historia a medida que va siendo escrita. Claro que a veces los personajes no tienen nada que hacer ni que decir y entonces esos textos terminan en nada . . . y otras veces terminan en cuentos tan grossos como los de Los estantes vacíos.”

4 de julio de 2006

Hoy leo - (gacetilla)

El grupo literario Alejandría, en su segundo año de actividades, presenta el martes 4 de julio otra Noche de Cuentos. Como siempre, habrá cuatro escritores invitados a leer sus cuentos, este martes son: Ignacio Molina, Sonia Budassi y Félix Bruzzone, más el invitado especial, en esta ocasión, Martín Kohan. Al finalizar el encuentro, se sortearán libros y revistas.

La cita es a las 20:30 horas en Bartolomeo (Bartolomé Mitre 1525, Capital Federal). La entrada es libre y gratuita.

http://grupoalejandria.com.ar

Grupo Alejandría

3 de julio de 2006

Harvey Pekar

Harvey Pekar podría haber sido –como dicen en los doblajes de ciertas películas– un "don nadie": sólo un oscuro empleado del archivo de un hospital público de la ciudad de Cleveland, Ohio, lugar en el que prestó sus servicios durante casi cuarenta años. Lo que, muy a pesar suyo, lo convirtió en una personaje de culto y de cierto renombre popular fue el hecho de haber sido guionista de American Splendor, una historieta autobiográfica donde dio cuenta, en tono de comedia, de la otra cara del “sueño americano”, de la vida cotidiana de un hombre común de la clase trabajadora estadounidense durante los años setenta y gran parte de los ochenta.

Ayer vimos “Esplendor Americano”, la película estrenada en 2003 que en forma mixta (ficción y documental) narra la historia de Pekar. En una de sus primeras escenas, el futuro autor tiene diez años y, junto con otros nenes del barrio –en lo que se supone una celebración tradicional yankee–, toca la puerta de una casa para recibir golosinas. La señora que abre los ve alineados en la entrada: todos están disfrazados de superhéroes, menos Pekar, el último de la fila, que por estar vestido como un nene común vuelve a la calle con las manos vacíos. La escena transcurre en 1950, y es una metáfora de lo que sería la vida de Harvey Pekar: un hombre tan común como talentoso que, por no disfrazarse de superhéroe a la hora de escribir sus historias, debió trabajar como empleado municipal hasta el día de su jubilación.

(Clickeando acá, una nota del escritor y cinéfilo Leo Oyola sobre la película)

1 de julio de 2006

Condiciones

Anoche me desperté a las cuatro y media y me costó volver a dormir. Dando vueltas entre las sábanas, y con la nuca húmeda como si fuese verano, pensé en las pocas semanas que faltan para el nacimiento de mi hijo. Traté de imaginar ese día (las primeras contracciones, la rotura de bolsa, el remís hasta la clínica, los nervios y el clima en la sala de parto), y recordé la experiencia que me había contado, el martes a la noche, un autor de novelas policiales.

Después, y cuando ya estaba amaneciendo, rapasé parte de lo que vendría más tarde (la nueva rutina, las responsabilidades, los pañales, los llantos de madrugada, el planteo existencial), y, antes de volver a pensar en el partido, me repetí una frase que alguna vez me dijo el autor de El Caníbal:

–Vos no te preocupes: si podés parar un taxi con onda, ya estás en condiciones de ser padre.

27 de junio de 2006

"El agotamiento de un Sistema"

Algunos de los apuntes ordenados por Mavrakis y publicados en su blog, más en forma de ensayo que de simple reseña, luego de una dedicada y atenta lectura de Los estantes vacíos:


“Pero por otro lado, sostener, durante ciento sesenta y ocho páginas, un estilo y un lenguaje apático involucra, sin dudas, algo del orden del oficio que requiere la literatura.”

“Y no hay pérdida de la realidad: hay indiferencia. Los personajes, por ejemplo, no tienen reloj; pero se la pasan averiguando la hora a razón de sus propias percepciones temporales.”

“Una oposición a la dialéctica del lenguaje mercantil, por lo menos. (…) La dialéctica discursiva del mercado se opone al lenguaje de una apatía sin dialéctica –y no al revés, que es lo importante– a lo largo de todo Los estantes vacíos.”

“Ignacio Molina prefiere decir antes que nombrar. O, en todo caso, prefiere no nombrar para decir.”


"El genio apático también como “estilo” en la construcción de una figura de autor. Quien hace circular la mirada por la página de un libro que –de nuevo– prefiere ni siquiera mostrar.”

“El libro de Ignacio Molina, al correr de la lectura, entrelaza y entrecruza los géneros (estamos realmente ante una serie de ¿cuentos? ¿nouvelles? ¿un proyecto de novela?)”

“El pasado, entonces, como dislocación del presente: un pretérito imperfecto capaz de agrietar la continuidad del presente. La tragedia apática de Los estantes vacíos.”

“Los diálogos entre los personajes –que se cruzan y conviven pero no siempre se conocen ni quieren dejarse conocer– se entrelazan abruptamente como si los uniera fraternalmente un mismo espacio urbano. La ciudad como gran relato que los incluyera a todos.”

“Tal vez todo Los estantes vacíos quiere representar, apatía mediante, el agotamiento de un Sistema. Es decir, la inutilidad de toda narración que presuponga enlaces ineludibles entre sujetos. Y quien quiere escapar del Sistema –quien fantasea– se cae.”


(El ensayo completo, acá)

23 de junio de 2006

La (di)versión de Entropía

"El viernes pasado se presentó Los estantes vacíos, el libro de cuentos de Ignacio Molina, en el bar Bartolomeo. Lamentablemente, lo que se auguraba una fiesta para toda la familia, trocó en un episodio negro, de consecuencias hasta ahora insondables . . .

(Sigue en Las Apostillas)

22 de junio de 2006

"Un escritor burbuja"

(Desgrabación del discurso espontáneo ofrecido por Federico Levín -en letras negras- y mis dos sobrinas, Mora y María -en letras rojas- la noche del viernes pasado -hay fotos ilustrativas, pero por el momento tengo problemas para subirlas)


Molina, como personaje de sí mismo, se acuerda de todas las palabras que componen sus cuentos. Y sus personajes son personas que están presionadas por su memoria, al punto de –como decía Mairal– recordar cada detalle de la última semana de sus vidas. Yo creo que Molina es un escritor verdaderamente . . . burbuja

Molina es un escritor verdaderamente burbuja, lo cual quiere decir que, en este ámbito tan popular, él está como aislado, en parte, y está separado del resto por una especie de . . .
nube

Lo que quiero decir es que los cuentos de Molina son particularmente . . .
lindos

Sus cuentos son lindos. Porque uno puede decir “tal libro es bueno, está bien escrito”, pero eso se dice de cualquiera. Porque, con tantos talleres literarios, hoy por hoy cualquiera . . .
escribe

Hoy por hoy cualquiera escribe, verdaderamente. Por eso es importante que alguien escriba, aparte de bien, y aparte de correctamente, aparte de que no se le escape ni una palabra de su registro, es importante que tenga aparte esa especie de . . .
libro

Que tenga esa especie de libro. Como yo le decía a Molina el otro día, que, si bien es común leer volúmenes de cuentos, la gente que dice “yo escribo tengo como cuarenta cuentos, así que si me querés publicar…”. No, no, esto es otra cosa: publicar un libro de cuentos. Un libro que tenga una idea, unas palabras, unos personajes en común, nada demasiado pretencioso. Es decir, no es pretencioso, es . . . fuego

Es fuego. Es la pasión por escribir, es el fuego interno de un escritor. No hay literatura posible sin fuego. Hay un montón de gente, incluso amigos de Molina, que dicen “mirá, te escribo unos cuentos…”. Y lo hacen bien, pero no se genera esa efervescencia en una presentación porque le falta ese fuego. Queremos decir, mi consciencia y yo, mi consciencia que está formada por dos niñas, que el libro de Molina es recomendable, por una sencilla razón que podría ser definida en una sola palabra, que es . . .
pelo

Por un pelo: o sea, no es “ehhhh, mucho mejor que los demás”. Sí, es mejor que los demás, pero por un pelo. Lo cual está bien, porque no quiere enrostrarle a los demás lo bien que escribe, sino que dice “yo con los mismos elementos, escribo unos cuentos que son verdaderamente” . . .
papel

Son papel. Tenemos que darnos cuenta de eso: estamos comprando y vendiendo papel. Y de hecho hay una persona, un amigo de la casa, llamado Funes, que tiene un libro que está todo forrado con partes de la revista Ñ, titulado Papel. Y Funes, que es amigo de Molina, es un tipo verdaderamente . . . p$%a@fg?Xg%

No se entendió nada. Pero es así, es la lucha de egos. De hecho yo iba a presentar hoy el libro de Molina, y Terranova vino y me dijo: “bueno Levín, hoy voy a presentar yo el libro, voy a decir unas palabras”. Son egos que se pelean, pero sin embargo yo debo decir que la presentación que hizo Terranova fue verdaderamente . . .
zapato

Bueno, ahora hay gente especializado, ya sea lecto-escritores, o . . . luz


O gente que tiene luz, gente de brillo, que quiere leer los cuentos de este libro, para que no sea todo bla, bla, bla. Así que, sin más prolegómenos, le doy la bienvenida a Funes, que va a leer “Brasil tiene esas cosas”, uno de los peores cuentos del libro –así que si les gusta éste, ni se imaginan lo que van a encontrar en el resto del libro–, y quiero felicitar a mi amigo Molina por la presentación de Los estantes vacíos y pedir nuevamente un aplauso para él.

20 de junio de 2006

Post-evento

El viernes se llevó a cabo, después de tantas idas y vueltas, la presentación de Los estantes vacíos. Agradezco públicamente a los editores de Entropía (Valeria y Gonzalo Castro, Sebastián Martínez Daniell y Juan Manuel Nadalini), a todos los que participaron desde el escenario (Pedro Mairal, Federico Levín, Juan Terranova, Magali Romero, Lucas “Funes” Oliveira, Mora Serrano y María Molina), a los que no conocía personalmente y se me presentaron, a los que no lo hicieron, y a todos y a cada uno de los que formaron el resto de la pequeña multitud que asistió. Fue una gran noche, incluso post-evento; lo lamento por todos los que habían confirmado su presencia y a último momento tuvieron cosas más importantes que hacer. Supongo que ya tendrán una nueva oportunidad. (Me tomé con mucha seriedad la propuesta que me hizo Romina Paula pasada la medianoche, antes de irse del bar: alentar la realización de una importante fiesta, una especie de presentación conjunta de los autores jóvenes de Entropía. Espero que pronto tengamos novedades al respecto)

16 de junio de 2006

Ahí estaremos

Quedan invitados. Allí estaré.